pálidos y dirigían ansiosas miradas a aquellos árboles; pero ni uno ni
otro vieron a nadie. Solamente las palomas coronadas ocupaban las ramas,
comiendo las exquisitas frutas.
--¡Ya no están aquí!--exclamó sollozando el joven.--¡Dios mío! ¿Dónde
los encontraremos?
--Veamos, señor Cornelio. No es posible que se hayan marchado, sin dejar
aquí algo para nosotros.
Entraron bajo los árboles y llegaron al sitio en que habían acampado el
Capitán, Hans y el chino. Se veían aún algunas huellas: trozos de pan de
sagú, cenizas, una pequeña choza medio caída, plumas de palomas, pero
nada más.
--¡Nada! ¡Ni un papel que nos indique el camino que han
seguido!--exclamó Van-Horn con desesperación.
A poco, mientras él y Cornelio registraban entre la yerba, vieron al
papú, que se había alejado para buscar las huellas del Capitán, volver
corriendo, con la ansiedad pintada en el semblante.
--¡Allí!--gritó señalando al piloto el lindero de la gran selva.
--¿Qué has visto?--le preguntó Horn, que tuvo un momento de esperanza--.
¿Hombres blancos, quizá?
--No; pero venid.
Cornelio y Hans lo siguieron, llegando hasta un grupo de enormes
_duriones_. Allí, con gran angustia, vieron en el suelo algunos panes de
sagú pisoteados, balas de fusil, un pedazo de paño que reconocieron como
perteneciente al traje del Capitán, y el sombrero del chino; observaron,
además, algunas flechas clavadas en los troncos de los árboles, una maza
medio rota y cuerdas de fibras de _rotang_.
--¿Qué ha pasado aquí?--exclamó Cornelio con voz ronca.
--¡Aquí ha habido un combate!--respondió Horn mesándose el cabello--.
¡Los salvajes han acometido a nuestros compañeros!
--¡Y tal vez mi tío, mi hermano y el chino han sido muertos!
--¡No!... ¡Esperad!...
El piloto se precipitó entre la yerba y recogió un trozo de carta
arrugado, que había al pie de un árbol. En él se veían algunas palabras
escritas con el zumo de una planta.
--Leed, señor Cornelio--le dijo, intregándole el pedazo de papel.
El joven lo estiró, y leyó:
"_Prisioneros de los salvajes. Nos llevan hacia el Durga.--Van-Stael._"
--¡Han sido sorprendidos y hechos prisioneros--exclamó Horn--; ¿pero,
por quiénes? ¿Por los papúes o por los arfakis? ¿Los harán esclavos, o
se los comerán?... ¡Uri-Utanate!
El papú pareció no haberle oído: había arrancado una flecha clavada en
un tronco, y la miraba con atención.
--¡Uri-Utanate!--repitió el marino.
Esta vez el salvaje le oyó, y se le acercó diciéndole:
--Yo conozco esta flecha.
--¿La conoces?--exclamó Van-Horn.
--Sí; y pertenece a los guerreros de mi tribu.
--¿Estás seguro de no equivocarte?
--No me engaño.
--¿Y por qué motivo los de tu tribu han llegado hasta aquí?
--Mi padre los ha conducido.
--¿Para sorprender a nuestros compañeros?
--No, porque no podía saber que estaban aquí, sino para salvarme de
manos de los arfakis. Un compañero mío, que pudo huir cuando me hicieron
prisionero, le habrá advertido de mi desgracia.
--¿Y si por vengar tu muerte mata a los nuestros?
--No; nosotros hacemos la guerra a los europeos porque nos han
maltratado.
--¿Y los matará?
--Mi padre no mata a los prisioneros. No somos antropófagos tampoco: los
hacemos esclavos.
--Pues nosotros los libraremos, aunque tengamos que incendiar tu aldea.
El papú se sonrió.
--El hijo de Uri-Utanate ha sido salvado por vosotros, y es vuestro
esclavo. Cuando mi padre lo sepa, será amigo vuestro y os hará conducir
a todos a vuestra patria.
--¿Está muy lejos el Durga?
--A dos jornadas de marcha.
--¿Cuándo crees que fué el asalto?
--Al alba, porque estas ramas tronchadas están aún húmedas de savia. Si
hubiera sido ayer, ya estarían secas.
--Señor Cornelio; partamos sin perder un minuto--dijo el piloto--.
Dentro de cuarenta y ocho horas abrazaremos al Capitán, a Hans y al
chino.
--¡En marcha, Van-Horn! Me siento tan fuerte ahora, que andaría diez
leguas sin detenerme.
Recogieron los panes de sagú esparcidos entre la hierba, y se pusieron
en marcha penetrando en la gran selva, que se extendía hacia el Oeste.
XXIV.--EL JEFE URI-UTANATE
El Capitán, Hans y el chino habían esperado en vano en el bosquecillo de
nueces moscadas la vuelta de los cazadores, que se habían alejado
siguiendo al _babirussa_.
Al principio no se inquietaron, creyendo que el animal los había llevado
muy lejos; pero viendo que las horas pasaban sin que Cornelio ni Horn
volvieran, comenzaron a recelar que les hubiera podido ocurrir alguna
desgracia.
Encontrándose en país salvaje, habitado por tribus hostiles y algunas
sospechosas de antropofagia, y poblado además de no pocos animales
feroces, sus temores no carecían de fundamento.
El Capitán, cuyos recelos aumentaban a medida que el día iba decayendo,
decidió marchar en busca de sus compañeros. Después de haber recomendado
a Hans y al chino que no abandonaran el bosquecillo y vigilasen
atentamente, se puso en marcha hacia el Sur, siguiendo las huellas del
_babirussa_ y teniendo la precaución de señalar los árboles a su
derecha, dando en ellos hachazos, a fin de guiarse al regreso.
Se internó mucho en la selva; pero ya iba al acaso, pues había perdido
las huellas del animal. De vez en cuando llamaba a gritos a sus
compañeros, sin obtener respuesta.
Como el sol iba declinando y temía no poderse guiar al regreso, se vió,
a pesar suyo, obligado a volver al campamento, con la esperanza de
hallar en él a los cazadores que podían haber vuelto por otro camino.
Su desesperación llegó al colmo, cuando sólo vió a Hans y al chino.
--Se han extraviado--dijo--. ¿Qué será de ellos? Los imprudentes,
persiguiendo a la res, se han olvidado de hacer señales en los árboles,
y Dios sabe dónde estarán ahora.
--No pueden estar muy lejos, tío--dijo Hans--. El _babirussa_ perdía
sangre y no habrá podido correr mucho. De seguro volverán.
--Pero la selva es inmensa, Hans, y muy fácil extraviarse en ella.
--Van-Horn es un marino, y tú sabes que los hombres de mar saben
orientarse muy bien.
--En el mar, sí; ¡pero en estos bosques, donde no pueden verse el sol ni
las estrellas! Pero tengamos paciencia. No veo otro remedio por ahora.
Construyeron una pequeña choza con hojas y ramas entrelazadas, y se
guarecieron en ella para pasar la noche sin atreverse a dormir, por
temor de no oir los gritos o señales de sus compañeros.
Las horas pasaban sin que Cornelio ni Van-Horn volviesen. Sólo a media
noche creyeron sentir una lejana detonación y gritos; pero no se
repitieron.
El Capitán hubiera querido partir al instante; pero la oscuridad era
profunda y temía extraviarse. Hubo, pues, de renunciar a su proyecto.
Al alba, vencidos por el cansancio de aquella larga y angustiosa velada,
se quedaron dormidos; pero su sueño duró poco, pues fueron bruscamente
despertados por unos gritos salvajes.
Iban a ponerse en pie, cuando se precipitaron sobre ellos treinta o
cuarenta papúes armados de cerbatanas, mazas y lanzas, y adornados de
plumas y collares de dientes de cuadrúpedos y conchas de tortugas.
Hans y el chino fueron en un instante reducidos a la impotencia, antes
de que pudieran hacer uso de sus armas. El Capitán, empuñando un hacha,
se había lanzado fuera tratando de guarecerse en la selva; pero no pudo
lograrlo, porque se vió rodeado por un numeroso grupo de salvajes y
hecho prisionero, a pesar de su desesperada defensa.
Un viejo papú, de alta estatura, con la cabeza adornada de plumas de
aves del paraíso, y liada a la cintura una banda de tela que le caía por
delante, se acercó al Capitán y le dijo en lengua malaya:
--¿Dónde está mi hijo?
--¿Tu hijo?--exclamó Van-Stael--. ¡No sé quién es!
--Había venido aquí para matar al jefe de los arfakis.
--No lo he visto.
--¡Mientes!--gritó el papú--. ¡Tú lo has matado!
--Te repito que no lo he visto.
--Los europeos son nuestros enemigos.
--Yo no he sido nunca enemigo tuyo.
--Tú quieres engañarme; pero eres mío, y serás mi esclavo, o te
entregaré a mis súbditos para que te coman.
--Estás borracho, papú--dijo el Capitán, que iba perdiendo la calma--.
¿Qué historia es ésa que me cuentas?
--¿Qué hacéis en este bosque?
--Hemos naufragado en estas costas, arrojados por la tempestad, y
trataba de llegar al río Durga, para luego ir a las islas Arrú y desde
allí volver a mi patria.
--¿Y no has visto a los arfakis?
--Ni a uno siquiera.
--¿Qué es lo que ha ocurrido a mi hijo?
--¿Pero cómo quieres que lo sepa?
--¿Son amigos tuyos los arfakis?
--Si los hubiera encontrado, me habrían comido.
--No te creo: serás mi esclavo, hasta que encuentre a mi hijo.
--Como quieras. ¿Dónde está tu aldea?
--En la orilla del río Durga.
--Es mi camino--murmuró el Capitán--. Cornelio y Van-Horn saben que
vamos en busca de ese río, y tal vez nos los encontremos allí. Sin
embargo, se lo advertiré, por si vuelven a este sitio.
Arrancó una hoja de un libro de memorias, y escribió en ella las
palabras que más tarde debían leer sus compañeros, arrojándola medio
arrugada sobre la yerba.
--¿Qué has hecho?--le preguntó el jefe.
--Un voto a mi genio protector--respondió el Capitán--. Te aconsejo que
no toques ese papel, si no quieres morir.
El papú, supersticioso como todos sus compatriotas que creen en los
genios del mar y de la noche, se guardó muy bien de tocar el papel. Al
contrario, temiendo que fuera un poderoso maleficio, apresuróse a dar la
orden de marcha.
Convencido de que su hijo había sido muerto por los arfakis o por sus
prisioneros, volvía a su aldea.
La marcha a través de aquellos grandes bosques fué penosa, sobre todo
para los tres náufragos, a quienes les habían atado las manos a la
espalda para impedirles todo intento de rebeldía o de fuga, durante el
descanso nocturno.
Al alba del tercer día, los papúes y sus prisioneros llegaron a la
orilla del Durga, gran río, de rápida corriente, que surca una gran
parte de la vasta isla hacia Occidente, y que desemboca cerca del cabo
Valke, en el trozo de mar que baña el archipiélago de las islas Arrú.
Una gran aldea acuática fundada sobre altísimos pilotes ocupaba una
enorme extensión de la orilla izquierda. La componían cuarenta
espaciosas cabañas rectangulares, con largos corredores provistos de
barandas de bambú que las ponían en comunicación unas con otras. Los
pilotes que sostenían aquellas construcciones estaban hincados en el
fondo del río. Comunicábanse con la orilla por medio de puentes móviles,
bajo los cuales, atadas a aquella selva de estacas, se balanceaban en el
agua gran número de barcas apareadas hechas de troncos de árboles
ahuecados, y provistas de un puente de unión, de palos y de velas.
Los papúes atravesaron los puentes y entraron en la aldea a los gritos
de júbilo de sus habitantes. Encerraron a los prisioneros en la
habitación del jefe, que era la más vasta de todas, pues no tenía menos
de ciento cincuenta pies de largo por la mitad de ancho, y estaba
situada en la medianía de aquella larga fila de casas.
El Capitán y sus compañeros tuvieron que hacer peligrosos ejercicios
gimnásticos para andar por aquellos puentes y corredores, cuyos pisos
eran muy semejantes a los de la casa aérea de que atrás hablamos. Varias
veces estuvieron a punto de caerse, pero sus guardianes les ayudaban a
seguir, acostumbrados como estaban aquellos salvajes a caminar por
tales suelos sin poner jamás el pie en falso. La única ventaja de aquel
sistema de pavimentos consiste en que, sin necesidad de escobas, está
siempre limpio de inmundicias.
--¿Y ahora, qué vas a hacer de nosotros?--preguntó el Capitán al jefe,
cuando se vió dentro de la estancia junto a sus compañeros.
--El consejo de los ancianos de la tribu decidirá de vuestra
suerte--respondió el salvaje--. Si habéis matado a mi hijo, moriréis.
--¡Qué testarudo!--exclamó el Capitán, impaciente.--¡Te he dicho que no
somos enemigos tuyos!
--Todos los hombres de tu raza son enemigos míos.
--Otros, sí; nosotros, no.
--Es igual; todos sois lo mismo.
--¡Pero si yo no he visto a tu hijo!
--Lo habrán matado los arfakis, tus aliados.
--¡Eres un canalla!
--Soy Uri-Utanate.
--¡Un pillo!--gritó el Capitán exasperado.
--¡Calla, hombre blanco!
--¡No tengo miedo a los tuyos!
--Más tarde me lo dirás.
--Mira, viejo negro, que tengo en la selva compañeros libres, y si nos
tocas a mí o a los míos, quemarán tu aldea.
--Mis guerreros me defenderán.
--¡Oh, bandido!
El Capitán, furibundo, se había levantado amenazando con los puños al
jefe, cuando de pronto oyó dos disparos de fusil, seguidos de gran
gritería.
--¡Dos disparos!--exclamó Hans--. ¡Sin duda son Cornelio y Van-Horn!...
El jefe papú se había precipitado fuera de la habitación empuñando su
maza, temeroso de que fuera asaltada la aldea. Poco después dió un grito
de alegría.
--¡Uri! ¡Uri!--decía, corriendo a través de las terrazas, donde se había
agolpado la población entera.
Un papú, seguido por dos hombres blancos, cruzó el puente y corrió al
encuentro del jefe, rápido como una flecha.
--¡Padre!--exclamó.
El jefe, que estaba muy conmovido, lo estrechó contra su pecho,
diciendo:
--¡Vivo!... ¡Vivo mi hijo!...
--Sí, padre. Los arfakis, como ves, no me pudieron matar.
Luego, dirigiendo una mirada alrededor, preguntó a su padre:
--¿Has hecho prisioneros a unos hombres blancos?
--Sí--respondió el jefe.
--¿Dónde están? ¡Quiero verlos!
--En mi cabaña.
El papú corrió por la terraza, y entró en la estancia donde se hallaban
el Capitán, Hans y el chino.
Avanzó hacia ellos, y con un gesto que no carecía de nobleza les dijo:
--¡Sois libres, y huéspedes gratos del jefe Uri-Utanate!
--Pero ¿quiénes son éstos?--le preguntó el jefe, que lo había seguido--.
¿No son enemigos nuestros?
--No, padre. Son hermanos de los hombres blancos que me arrancaron de
las manos de los arfakis, cuando iban a matarme.
En aquel instante Cornelio y Van-Horn se presentaron en la puerta.
--¡Tío!
--¡Sobrino!
--¡Hans!
--¡Van-Horn!
Los cuatro náufragos, que llegaron a temer no volver a verse, se
abrazaron estrechamente, mientras el chino, arrebatado de alegría, daba
saltos por la estancia, como si estuviera loco.
--Hombres blancos--dijo Uri-Utanate, que ya lo sabía todo--. Mi casa,
mis guerreros y mis barcos están a vuestra disposición. Me habéis
devuelto a mi hijo, a mi heredero, y yo os devuelvo la libertad.
--Padre--dijo el joven guerrero--. Estos hombres vienen de lejanos
países situados al Oeste, y quieren llegar a las islas Arrú para volver
a su patria. Yo los guiaré hasta ellas.
--¡Mi hijo es un valiente! Sigue a los hombres blancos, y protégelos
hasta las islas.
--Gracias, Uri-Utanate--dijo el Capitán--. Cuando llegue a mi patria
diré que en la Papuasia hay hombres malos; pero que tampoco faltan los
de corazón generoso.
CONCLUSIÓN
Al siguiente día los náufragos del junco dejaban la aldea de
Uri-Utanate, y descendían la corriente del río Durga en una de las
mayores y mejor provistas embarcaciones de aquellos naturales.
El hijo del jefe y doce de los más hábiles marinos indígenas les
acompañaban para defenderlos de los piratas de la costa y guiarlos hasta
las islas Arrú.
El jefe, antes de separarse de ellos, les había devuelto las armas, y
había hecho cargar en la piragua víveres para muchos días.
La bajada del río se hizo sin incidentes desagradables, pues todas las
tribus acampadas en aquellas orillas eran aliadas de Uri-Utanate.
Tres días después llegaron al cabo Valke, pusieron la proa al Sudoeste,
y favorecidos por un viento fresco navegaron a la vela hacia Arrú,
archipiélago que está en medio del mar de Banda, comprendido entre las
islas del mismo nombre, que lo limitan por el Oeste, y la costa de la
Papuasia o Nueva Guinea, que lo ciñe por el Noroeste.
A los doce días de navegación dieron vista a aquel importante grupo de
islas, compuesto de más de treinta, fertilísimas y cubiertas de
exuberante vegetación.
Todas ellas son pequeñas, a excepción de la de Trana, que tiene veinte
leguas de largo por tres de ancho, y está poblada por multitud de papúes
y malayos, repartidos en veinticuatro aldeas, dieciséis de las cuales
son cristianas, cinco mahometanas y tres idólatras.
Aunque no haya en ella ninguna colonia de blancos, pertenece a los
holandeses, que la visitan mucho para adquirir conchas de tortugas,
_trépang_ y aves del paraíso. Los barcos malayos, llamados paraos,
frecuentan aquellas playas para pescar olutarias y traficar con sus
naturales.
La piragua, guiada por Uri, llegó al puerto natural de Dabo, formado por
las islas Vama y Vacam, que es el más importante de todo el
archipiélago, y ancló ante el viejo fuerte holandés.
Los náufragos tuvieron la satisfacción de encontrar allí una goleta
holandesa, a cuyo Capitán conocían, y que estaba cargando _trépang_. Era
la _Batanta_, de Timor, mandada por un antiguo amigo de Van-Stael.
Renunciamos a describir la acogida que tuvieron los náufragos por parte
de sus compatriotas: el Capitán puso el buque a su disposición.
El joven Uri se detuvo dos días en Dabo acompañando a sus salvadores, y
luego, antes de partir, sacó de un escondite que había en la piragua dos
grandes paquetes envueltos en hojas y cuidadosamente atados con
bejucos, y, mostrándoselos al Capitán Van-Stael, le dijo:
--Este metal amarillo, que abunda en nuestro país entre las arenas del
Durga, sé que es muy apreciado por los blancos. Consérvalo como recuerdo
mío.
Dicho esto, saltó a la piragua, hizo tender las velas y se dió a la mar
saludando por última vez a sus amigos.
El Capitán y sus compañeros, que no habían comprendido el significado de
aquellas palabras, creyeron que aquellos paquetes contendrían regalos de
poco valor; pero ¡cuál sería su sorpresa cuando, abiertos, vieron que
estaban llenos de polvo de oro!
Había, por lo menos, un quintal de tan precioso metal, que tanto abunda
entre las arenas de los ríos papúes. Era una verdadera fortuna, que les
recompensaba largamente de la pérdida del junco y del _trépang_.
Cuatro días después la _Batanta_ desplegaba velas, y una semana más
tarde llegaba a Timor ante la factoría del armador chino.
* * * * *
El capitán Van-Stael ha renunciado a navegar: posee una gran factoría;
se ocupa en el comercio del _trépang_ y de los productos de su país.
Hans y Cornelio navegan ahora en un buque adquirido con el oro del papú,
en compañía del viejo Van-Horn y del pescador chino, que no han querido
abandonarlos.
FIN
ÍNDICE
Páginas.
I.--La costa australiana 9
II.--Los pescadores de _trépang_ 19
III.--La pintura de guerra del salvaje 33
IV.--Los australianos 45
V.--El asalto nocturno 57
VI.--La orgía de la tripulación 69
VII.--Los antropófagos 81
VIII.--El golfo de Carpentaria 93
IX.--El naufragio durante el huracán 105
X.--El huracán 117
XI.--La isla de Coral 129
XII.--El estrecho de Torres 141
XIII.--Los piratas de la Papuasia 151
XIV.--La Nueva Guinea 163
XV.--El asalto de los cocodrilos 173
XVI.--La cabaña aérea 185
XVII.--Entre las flechas y el fuego 197
XVIII.--La caza de las tortugas 209
XIX.--Los árboles de sagú 221
XX.--Los bosques de la Papuasia 233
XXI.--El babirussa 245
XXII.--La venganza de los papúes 257
XXIII.--Los prisioneros 267
XXIV.--El jefe Uri-Utanate 279
CONCLUSIÓN 289
* * * * *
BIBLIOTECA CALLEJA
PRIMEROS VOLÚMENES
AZORÍN: Ptas.
PARLAMENTARISMO ESPAÑOL 3,50
EL PAISAJE ESPAÑOL 3,50
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ:
DIARIO DE UN POETA RECIÉN CASADO (_Verso y prosa_) 3,50
ESTÍO (_Verso_) 3,50
PLATERO Y YO (Primera edición completa). (_Prosa_) 3,50
RICARDO DE ORUETA:
BERRUGUETE Y SU OBRA (_Con fotograbados. Texto en español,
francés e inglés_) 6,--
G. K. CHESTERTON:
ORTODOXIA (_Trad. del inglés por_ Alfonso Reyes) 3,50
PAOLO SAVJ LÓPEZ:
CERVANTES (_Trad. del italiano por_ A. G. Solalinde) 3,50
JULES RENARD:
POIL DE CAROTTE (_Trad. del francés por_ Juan Ramón Jiménez) 3,50
GASTÓN LEROUX:
ROULETABILLE EN RUSIA 2,50
BIBI (_Dos tomos_) 4,--
LA ESPOSA DEL SOL 2,50
EL SILLÓN TRÁGICO 2,50
EL HOMBRE QUE HA VISTO AL DIABLO 2,50
EMILIO SALGARI:
EL BUQUE MALDITO 1,50
LOS PESCADORES DE TRÉPANG 1,50
NOTAS:
[1] Culebrinas de poco calibre usadas por los malayos.
[2] Especie de golondrinas.
[3] Treinta y tres libras.
[4] El dios de los australianos.
[5] Tiene una superficie una cuarta parte mayor que la del imperio de
Austria Hungría.
[6] Estos pájaros son también comunes en la isla de Nueva Bretaña, que
está al Este de Nueva Guinea.
[7] El _betel_ es una mezcla de las hojas aromáticas del siri, de nueces
secas y de cal viva. Se mastica, y produce una salivación roja; y con el
tiempo ennegrece los dientes.
El _betel_ es muy usado por todos los habitantes de las islas
indomalayas y por los papúes.
[8] Jefe.
End of Project Gutenberg's Los pescadores de Trépang, by Emilio Salgari