alto y de tres y medio o cuatro de diámetro, de larguísimas hojas, que
en vez de crecer derecho, se torcía, tomando una dirección oblícua.
--¡Nuestro pan!--exclamaron los dos jóvenes admirados.
--Y muy bueno, señores míos--dijo Van-Horn--. La harina está en sazón,
pues veo las hojas cubiertas de un polvo gris.
--¿Y dónde está esa harina?
--En el tronco del árbol, señor Cornelio.
--Os burláis, viejo Horn.
--No; os lo aseguro. Ahora lo veréis.
El piloto empuñó el hacha y atacó briosamente con ella el tronco del
árbol, que ofrecía una resistencia increíble. El Capitán tuvo que
relevarle en el trabajo un cuarto de hora después, hasta que por último
la planta, cortada circularmente a dos pies del suelo, se desplomó con
gran estrépito.
--Mirad--dijo el piloto.
Hans, Cornelio y el joven pescador se acercaron, y con gran sorpresa
vieron que aquel tronco estaba lleno de una materia ligeramente rosada y
al parecer muy dura.
--¿Qué es esto?--preguntó Cornelio.
--Harina; o, si lo prefieres, _sagú_--dijo el Capitán.
--Lo conozco de nombre y hasta lo he probado en Timor, tío.
--Te creo, pues en aquella isla se produce también.
--Y me pareció muy gustoso y nutritivo.
--Es una planta maravillosa--exclamó Hans.
--Y utilísima--dijo el Capitán--. Crece sin necesidad de cultivo y se
reproduce mucho. Bastan tres árboles para alimentar a una familia
durante un año entero.
--¿Abundan mucho estas plantas, tío?
--Mucho; y no se encuentran solamente aquí. Las mejores y las más
productivas son las llamadas por los naturalistas _metroxilon sagus_ y
_metroxilon rumphii_; pero hay muchas otras especies.
Crecen en casi todas las islas de la Malasia, especialmente en Borneo,
Filipinas, Molucas, en ésta en que estamos, en la India, en las
Maldivas, en Sumatra y en América, en la Luisiana; pero la harina que
producen no es siempre igual. La de las Maldivas, por ejemplo, es
granulosa, dura, grisácea, y no uniforme; la de Sumatra tiene los granos
redondos y blancos o amarillentos; la de la Luisiana es gris, y la de
las Molucas y Nueva Guinea es roja, blanca o gris. Un árbol del tamaño
de éste que acabamos de cortar da unos ocho quintales.
--¡Qué afortunada tierra, tío!
--Efectivamente; porque no es poca fortuna para una persona el
proporcionarse pan para doce meses con sólo cuatro o cinco días de
trabajo.
--¿Y cómo se prepara esta harina?
--Ahora lo verás. ¡Al trabajo, mi fiel Horn!
El piloto no había perdido el tiempo. Arrancadas las grandes hojas, daba
hachazos en el tronco caído, dividiéndolo en pedazos de dos palmos de
largo; pero a costa de grandes esfuerzos, porque la corteza, aunque no
gruesa, era durísima. Al fin logró dividir el tronco en ocho trozos.
--Ahora, la maza--dijo el piloto, enjugándose el sudor de la frente--.
Hay que romper las raíces interiores.
El Capitán, que había cortado una gruesa y pesada rama y le había dado
forma de maza, iba ya a trabajar con ella, cuando se oyó un grito
terrible.
Volviéronse todos y vieron al joven chino luchando desesperadamente con
una serpiente enorme que lo tenía preso entre sus anillos.
--¡Gran Dios!--exclamó el Capitán--. ¡Un pitón!
Todos estaban helados de espanto.
XX.--LOS BOSQUES DE LA PAPUASIA
Si la Nueva Guinea es la patria predilecta de las más espléndidas aves
de la creación, lo es también de las serpientes, y sobre todo de los
pitones, que son los mayores y más formidables reptiles de los bosques.
Ninguna serpiente de las especies conocidas le supera, ni le iguala, ni
con mucho, en tamaño; ni siquiera las boas de las selvas brasileñas.
Abundan en todas las islas de la Malasia, en la India, donde hay
muchísimas, y en África; pero no las hay en Europa, aunque, a juzgar por
las que se encuentran en estado fósil en los terrenos terciarios, debió
de haberlas en tiempos remotos.
No son venenosas; pero su ferocidad y su audacia las hacen en extremo
temibles. Se atreven con el hombre y con los animales más valientes y
corpulentos: hasta con el tigre. El inglés Wádington vió a una en las
orillas del Ganges sorprender a un tigre real, apretarlo entre sus
potentes anillos y sofocarle al fin, a pesar de los zarpazos y mordiscos
del tigre. Tienen tan fuerte musculatura, que estrujan a un oso o a un
buey entre sus anillos, y es tal su vitalidad, que aun después de
muertas tienen durante horas enteras sujeta su presa.
Schouten, en su viaje a la India narra a este propósito el siguiente
hecho:
Durante la recolección del arroz algunos campesinos del Malabar dejaron
en la cabaña a un muchacho que, por estar enfermo, no podía salir con
ellos al campo.
El muchacho salió de la choza y se tendió a la sombra de una palma,
donde se quedó dormido. En aquella posición le sorprendió un pitón
gigante. Al volver los campesinos oyeron gemidos sofocados, pero no les
hicieron caso al principio. Como siguieran oyéndolos, salieron de la
choza y vieron a la monstruosa serpiente, que tenía envuelto al
muchacho, aún vivo, entre sus anillos. El padre del muchacho,
revistiéndose de valor, partió a la serpiente por la mitad de un
hachazo; pero ella, así mutilada, siguió apretando el cuerpo del
muchacho hasta sofocarlo.
Viven generalmente estas serpientes en los bosques calientes y húmedos,
donde acechan a sus presas, bien ocultas en la yerba, bien suspendidas
de los árboles. Prefieren para emboscarse la proximidad de los ríos,
para sorprender a los animales que acuden allí a beber.
Aunque no son muy gruesas, pueden tragarse animales diez o doce veces
más voluminosos, y veinte veces más pesados que ellas; la dilatabilidad
de sus mandíbulas y la elasticidad de su piel que son extraordinarias,
se lo permiten. Y así tiene que ser, pues como carecen de garras para
despedazar a su presa, han de tragársela entera. Así tardan mucho
tiempo, hasta una semana a veces, en deglutirla.
El pitón que había sorprendido al chino era de los mayores, pues no
tenía menos de veintidós pies de largo. El horrible reptil, que quizás
estuviera dormido en la espesura, advertiría la presencia del chino y se
le acercaría silenciosamente, apresándolo de pronto entre sus
formidables anillos. El desgraciado chino, casi sofocado, pálido como un
muerto y con los ojos fuera de las órbitas, agitaba desesperadamente el
brazo que le quedaba libre, haciendo por agarrar la cabeza del reptil,
que tenía la bifurcada lengua fuera de la boca.
Cornelio, Hans y el mismo Van-Horn, paralizados por el terror, estaban
como clavados en el suelo; pero el Capitán había acudido en socorro del
joven con un hacha en la mano. Sabía que un momento de retardo podía ser
fatal al pobre chino, cuyos huesos crujían ya, oprimidos por los anillos
de la serpiente.
El arma cayó sobre el reptil con fuerza irresistible, cortándole el
cuerpo a unos siete pies de la cola. Herido de muerte, aflojó al
instante los anillos, y soltó al chino, para arremeter, mutilado y
chorreando sangre como estaba, con aquel nuevo enemigo, dando silbidos
de cólera.
Pero Van-Stael no era hombre asustadizo. Dió un rápido salto atrás para
librarse de la serpiente, y en seguida le asestó otro terrible hachazo,
que la tendió en la yerba con el casco de la cabeza partido en dos.
--¡Pobre muchacho mío!--exclamó el valiente Capitán acudiendo adonde
estaba el chino--. ¿Te ha roto las costillas?
--No, señor--respondió el chino con voz apagada--. Me tenía ya medio
ahogado; pero aún estoy con los huesos enteros, gracias a lo pronto que
acudisteis en mi ayuda.
--¿No viste el peligro?
--No, señor; me sorprendió por la espalda. ¡Qué miedo he pasado,
Capitán!
--Lo creo, pobre muchacho. Por fortuna pude acudir a tiempo.
--¡Ah, tío!--exclamó Cornelio--. ¡Nunca he experimentado emoción
semejante! ¡Sentí que me faltaban las fuerzas!
--No me sorprende. Estas serpientes dan miedo hasta a los tigres. Tú,
acuéstate y descansa, Lu-Hang; y nosotros trabajemos antes de que nos
pille la noche.
Van-Horn, repuesto ya de su susto, emprendió con gran actividad el
trabajo que tenía entre manos y que había suspendido. Empuñó la maza que
el Capitán le había preparado, y se puso a golpear la médula roja del
sagú, contenida en el pedazo de tronco que sobresalía de la tierra.
--¿Por qué la golpeas así, en vez de sacarla?--le preguntó Cornelio, que
seguía atentamente la operación.
--Porque está sujeta por una verdadera red de fibras--respondió el
piloto--. Si no se rompen esas fibras no hay modo de sacarla. ¡Mirad,
ahora!
El Capitán metió ambos brazos en el tronco y extrajo un gran puñado de
harina, que salió mezclada con blancas y finísimas hebras, al parecer
muy resistentes y tenaces.
--¿Se comen también esas hebras?--preguntó Cornelio.
--No--respondió el Capitán--; echarían a perder el pan, porque son
leñosas.
--¿Hay que separarlas?
--Sí, y para ello construiremos un cedazo con hebras de coco, para
perder menos tiempo.
El Capitán vació por completo aquella parte del tronco del árbol, y
amontonó la harina sobre grandes hojas.
Después puso otra de las rodajas del tronco sobre la que acababa de
vaciar y manejando con fuerza la maza, la despojó de toda la harina,
repitiendo la maniobra con todos los trozos, y obteniendo en pocas horas
muy cerca de ocho quintales de harina, que formaba un montón enorme.
Había aún que cernerla para separarla de las fibras; pero habiendo
llegado la noche, se dejó aquella segunda operación para el día
siguiente. Cernieron, con todo, por lo pronto, una pequeña cantidad de
aquella harina, la amasaron con un poco de agua y la pusieron a cocer
sobre brasas.
Con aquel pan y con tortuga asada cenaron muy bien aquella noche.
Acabada la cena, Van-Horn hincó en el suelo algunas estacas y formó un
cobertizo de hojas que los librasen de la humedad de la noche, y lo
rodeó de los trozos de tronco vacíos de _sagú_, que sirvieran como de
empalizada que los defendiera de las flechas si llegara el caso.
Cornelio hizo el primer cuarto de guardia emboscándose en un matorral, y
los demás se entregaron al sueño.
Aquellas precauciones resultaron inútiles, porque la noche pasó con
tranquilidad y en silencio. Ni hombres ni fieras asomaron por aquellos
sitios.
Al amanecer, todos se entregaron al trabajo para preparar la provisión
de pan. Van-Horn construyó una especie de cedazo con hebras de cáscara
de coco, y se puso a cerner la harina. El capitán y Hans echaban agua en
el cedazo para hacer pasar la fécula, y Cornelio y el chino la amasaban
en panes de a cuatro libras, que secaban después al sol. Habrían podido
también reducir la harina a grano, pero hubieran necesitado un
recipiente de hierro, y no lo tenían.
Para obtener el sagú granulado como el comercio lo lleva a Europa, se
echa la harina en una caldera puesta al fuego y se la tuesta
ligeramente revolviéndola sin cesar, y después se la lava y empaqueta.
Los granos así obtenidos adquieren un sabor más agradable y un color más
rojizo.
A mediodía tenían ya doscientos panes secándose al sol. Como ya eran
bastantes, pues los náufragos no podían cargar con un peso excesivo,
abandonaron la harina sobrante a los pájaros.
Por la noche los panes, ya perfectamente secos, fueron envueltos en
hojas de plátano, que los conservan muy bien, y amontonados bajo el
cobertizo.
--Tenemos para un mes--dijo el Capitán--. Mañana nos podremos poner en
camino, sin miedo de pasar hambre.
--Pero nos falta la carne--dijo Hans.
--Nos la procuraremos durante el viaje, glotón. Las aves no faltan en
esta selva, y tampoco nos faltarán cuadrúpedos.
--Será prudente llevar con nosotros una provisión de agua--dijo
Van-Horn--. No la encontraremos siempre.
--Es que no tenemos vasijas. ¿Dónde vamos a llevarla?--preguntó
Cornelio.
--Tampoco las tienen los papúes--dijo el Capitán--; pero disponen de
recipientes, y en sus canoas no falta nunca el agua dulce.
--¿Y cómo se las componen?
--Ahora lo verás.
De uno de los muchos bambúes que por allí había, cortó con el hacha un
trozo del grueso del muslo, y lo dividió en otros trozos más pequeños
cortándolo por cerca de los nudos.
--Aquí tienes una vasija--dijo tomando en la mano uno de ellos--. La
caña de bambú está hueca, como sabes, entre cada dos nudos, lo mismo que
cualquiera otra especie de cañas, y este trozo tiene sendos nudos en sus
extremos.
--Ya comprendo: se hace un agujero en uno de los nudos, se echa por él
el agua, se tapa después con un tarugo y ya está hecha la vasija.
--Efectivamente, Cornelio. Se explica que en tierras donde la Naturaleza
nos da hechos tales utensilios, no haga grandes progresos la industria
del hombre. Y ahora, acostémonos; que mañana tenemos que ponernos en
camino.
Se habían ya guarecido en el cobertizo, cuando con gran sorpresa para
todos ellos oyeron por el lado del bosque los ladridos de un perro.
--¿Los papúes?--preguntó Cornelio, poniéndose en pie de un salto.
--¡Imposible!--contestó el Capitán, arrojándose fuera con el fusil en la
mano.
Horn y los tres jóvenes, muy alarmados, salieron también armados de sus
fusiles. Los ladridos continuaban a intervalos regulares, pero sin
acercarse.
--Es imposible que sean los papúes--repitió el Capitán, que no apartaba
la vista del bosque.
--¿Por qué?--le preguntó Cornelio.
--Porque nunca han tenido perros, ni aquí los hay.
--Sin embargo, esos son ladridos de perro, tío.
--¿Habrá en el bosque algún cazador europeo?--exclamó Van-Horn.
--¿Aquí, en esta selva tan alejada de los puertos que frecuentan los
buques?
--Algún explorador, señor Stael.
--¡Hum! Lo dudo, Van-Horn.
--¿Y cómo puede haber aquí un perro sin amo?
--Pero ¿será un perro?
--¿Y qué puede ser? Esos son ladridos.
--Es que si fuera un perro ya estaría aquí, y esos ladridos ni se
acercan ni se alejan.
--Es verdad, Capitán.
--Tened dispuestas las armas, y vamos a aclarar este misterio.
Manteniéndose ocultos entre la maleza para no recibir a mansalva una
lluvia de flechas envenenadas, entraron en el bosque, que estaba oscuro,
pues ya iba a ponerse el sol. Su sorpresa llegó al colmo cuando notaron
que los ladridos venían de lo alto.
--¡Calla!--exclamó Cornelio--. ¿Un perro en las ramas de un árbol? ¿Cómo
explicar esto, tío?
El Capitán, en vez de responder, lanzó una carcajada.
--¿De qué te ríes?--le preguntaron Hans y Cornelio.
--Es que el caso es para reirse, muchachos--les dijo--. ¿Queréis ver al
pretendido perro? Mirad entre las ramas de aquel _durión_.
Dirigieron la vista hacia donde el Capitán les había indicado, y vieron,
sosteniéndose en una gruesa rama, un pajarraco negro del tamaño de un
cuervo, y que a intervalos regulares daba ladridos tan perfectos que
parecían salir de la garganta de un perro.
--¡Dichoso país!--exclamó Cornelio--. No sabía que hubiera pájaros que
ladrasen[6].
--Por fortuna, son inofensivos. Vámonos a dormir.
Pasaron también aquella noche sin novedad. Durante el cuarto de guardia
del piloto hubo una falsa alarma, motivada por ciertos ruidos
sospechosos que se oyeron hacia el bosque; pero después todo quedó
tranquilo.
A las seis de la mañana todos estaban de pie, dispuestos a emprender
valerosamente la marcha hacia el Oeste. Repartieron las provisiones de
sagú proporcionalmente a las fuerzas de cada cual; cargaron con los
barrilillos de bambú llenos de agua, y después de dar un adiós a
aquellos sitios, se entraron por el bosque, decididos a llegar hasta el
río Durga. Dificultaba mucho su marcha la espesura del bosque, que ni
siquiera la luz del día dejaba pasar, sino a medias. Los árboles de
teck, sagú, mangostán, cedro, bambú, _arenghe_, _saccaripre_, betel,
_rotang_ y otros infinitos, se apiñaban, entrelazando su ramaje y sus
raíces, y los bejucos y las plantas trepadoras formaban impenetrables
redes corriéndose de un árbol a otro, subiendo, bajando y serpenteando
por la tierra.
No faltaban los árboles frutales silvestres. Veíanse muchísimas
mangustanas cargadas de sus deliciosas frutas; gigantescos durines cuyas
ramas se rendían al peso de las suyas, que son del tamaño de sandías, de
enorme peso y envueltas en agudas espinas; _buá bangha_ o _artocarpi
integrifoglia_, altísimos, con enormes ramas, y que dan los mayores
frutos de la tierra, pues dos hombres no pueden apenas con una de ellas,
frutas bastante nutritivas y que maduran todo el año, y mangos
silvestres.
Después de cinco horas de marcha llegaron nuestros viajeros al centro de
un inmenso grupo de árboles que despedían un olor acre, pero muy
agradable.
--¿Qué aroma tan exquisito, tío!--exclamó Cornelio.
--Procede de estos árboles--dijo el Capitán deteniéndose--. ¡Qué fortuna
hay aquí para los que pudieran aprovecharla!--añadió--. Estos son los
árboles que dan la nuez moscada. Míralos bien, Cornelio, que lo
merecen.
XXI.--EL BABIRUSSA
Los árboles de la nuez moscada (_myristica moschata_) son hermosísimos,
parecidos a nuestros alerces. Tienen veinticinco o treinta pies de alto
y crecen espontáneamente en los bosques húmedos y calurosos de ciertas
regiones intertropicales del Asia Oriental. Por los motivos que después
diremos, sólo los hay en algunas de las islas Molucas, donde se los
cultiva en grande escala, y en los bosques inmensos y salvajes de Nueva
Guinea. Viven sesenta u ochenta años y no fructifican hasta los nueve.
No se crea que el árbol da las nueces tales como las pone en circulación
el comercio. Su fruto es una especie de albérchigo grande, de corteza
cenicienta, que, al madurar, se abre, dejando ver una pulpa carnosa y
rojiza que envuelve a la nuez, la cual está revestida de una membrana
delgada, pero recia. El árbol produce todo el año, viéndosele con flores
y frutas al mismo tiempo; pero las nueces con que se trafica se recogen,
ordinariamente, en los meses de Abril, Julio y Noviembre.
Se las seca tres días seguidos al sol para conservarlas, cubriéndolas de
noche del rocío, que les es dañoso. Quítaseles después la membrana que
las envuelve y se las baña en agua de cal para librarlas de las
picaduras de los insectos. Para asegurar más su conservación suele
encerrárselas, antes de ese baño, en cañas de bambú, y someterlas a la
acción de un fuego lento durante tres meses. Las mejores son las que se
arrancan a mano del árbol; siguiéndolas en valor las que se recogen de
su pie después de caídas, naturalmente, y las menos estimadas son las
silvestres.
En otro tiempo, los holandeses, que se habían hecho dueños de la
Malasia, tuvieron el monopolio de la nuez moscada, y para sostenerlo,
impidiendo la competencia, destruyeron inmensos plantíos valiéndose de
medios violentos y hasta inhumanos, y limitaron el cultivo a la isla de
Banda, que produce la mejor calidad de ellas, y a otras tres islas de
aquel archipiélago; pero pronto se convencieron de lo poco discreto de
tal sistema, tratándose de un producto de puro lujo y de uso limitado, y
dejaron a los malayos la libertad de cultivarlo a su guisa.
--¡Hermosos árboles!--exclamó Cornelio acercándose a uno de ellos--. ¡Y
qué olor tan penetrante el de sus frutas!
--Hay aquí una fortuna--dijo el Capitán--. ¡Qué desgracia tener que
dejarla!
--Los indígenas la recogerán.
--No la aprecian, y la abandonan; como tampoco estiman en nada el
clavo, que tanto se aprecia entre nosotros.
--¿Hay alguno aquí?
--Sí; mira uno, Cornelio. Crecen en los terrenos que producen la nuez
moscada; pero prefieren los volcánicos.
Cornelio, Hans y el mismo Van-Horn se acercaron al árbol indicado, que
crecía en los linderos del bosquecillo, y lo observaron atentamente.
Tenía más de veinte pies de alto, y estaba cuajado de pequeños ramitos
de flores de un color rojo oscuro que despedían un aroma delicadísimo.
--¿Es de estas flores de donde se saca el clavo?--preguntó Hans.
--El clavo consiste precisamente en sus pétalos--le respondió el
Capitán--; pero no se recogen las flores hasta que se caen naturalmente.
Después se las deja secar al sol hasta que toman un color casi negro. Un
solo árbol de éstos da una buena renta; pues produce durante muchos
años; desde los siete hasta los ciento veinte.
--¿Son comunes a todas estas regiones?
--Se da en todas las islas de la Malasia; pero mejor que en ningunas
otras en las Molucas, que parecen ser su verdadera patria.
--¡Cuánta planta preciosa encierra esta isla, tan abandonada por los
colonos europeos!--dijo Cornelio.
--Es verdad--respondió el Capitán--. Han poblado otras islas mezquinas
y de tierras áridas, y se han olvidado de este paraíso.
Iban ya a ponerse en marcha, cuando una bandada de grandes pájaros cayó
sobre el bosquecillo de nueces moscadas, y se puso a picar ávidamente la
fruta.
--¿Qué volátiles son esos?--preguntó Cornelio.
--Palomas carpófagas--respondió el Capitán--. Son golosísimas de nueces
moscadas, y a mi parecer las verdaderas productoras de los bosques de
ese árbol, por las semillas de él que difunden por todas partes con sus
excrementos.
Hans, deseoso de cazar una de aquellas aves, se echó el fusil a la cara;
pero un grito de Van-Horn le detuvo.
--¡Tenéis algo mejor en que emplear vuestros tiros!--exclamó en el
momento en que pasaba a toda carrera, por el lindero del bosque, un
animal semejante al puerco en la corpulencia.
El joven, que se había vuelto al oir las voces de Hans, disparó contra
la res; pero no debió acertarle de lleno, porque el animal desapareció
en la espesura, después de lanzar un gruñido.
--¡Va herido!; ¡sigámoslo, señor Cornelio!--dijo Van-Horn.
--Pero ¿qué animal es ése?--preguntó el joven.
--Un _babirussa_. Apresurémonos a seguirlo, o perderemos su rastro--le
replicó el piloto.
Pusiéronse en persecución del animal, que, efectivamente, debía de estar
herido, pues se veían manchas de sangre en las malezas. Tampoco debía de
haberse alejado mucho, pues se sentían sus pisadas y sus gruñidos y el
ruido que hacía al abrirse paso a través del ramaje.
Cornelio, que era más ágil, corría como un gamo, saltando por encima de
las raíces y rompiendo con su cuchillo las lianas que se oponían a su
paso, seguido de Horn, que hacía desesperados esfuerzos para no perderlo
de vista; pero el _babirussa_, a pesar de la sangre que iba perdiendo,
no paraba de correr.
Duraba ya media hora aquella persecución, cuando Cornelio, que había
vuelto a cargar el arma, vió a la res aprisionada entre un tejido
espesísimo de lianas. Hizo fuego por segunda vez, y el animal cayó
muerto.
--¿Le acertasteis?--preguntó Van-Horn, que estaba unos trescientos pasos
detrás.
--Sí, y bien, pues no se mueve--respondió el cazador.
--¡Qué cena, señor Cornelio!; ¡chuletas deliciosas, como las del cerdo!;
¡cosa algo mejor que las palomas a que ibais a tirar!
Avanzando por entre las lianas, llegó Cornelio hasta donde yacía el
animal, que estaba completamente inmóvil. Era un verdadero _babirussa_,
que es como lo llaman los malayos, palabra que, traducida literalmente,
significa puerco-ciervo, aunque nada tiene de común con los cuadrúpedos
de esta última especie.
Pertenece a la de los paquidermos, y constituye un género particular de
la familia de los cerdos, animal éste con el cual tiene gran semejanza.
Difiere de él en tener las patas más largas, el cuello más grueso, el
hocico algo caído y los ojos pequeñísimos. Es mucho más veloz que él en
la carrera, circunstancia a que debe sin duda el calificativo de ciervo,
que forma la segunda parte del nombre con que lo designan los malayos.
No tiene el pelo cerdoso, como el de los puercos, sino corto y lanudo,
de un gris rojizo, y tiene la boca armada de dos largos colmillos que se
encorvan hacia arriba, en dirección de los ojos del animal.
Viven los _babirussas_ en las selvas de las islas de Malasia, en Ceilán
y en Nueva Guinea, y se dejan domesticar si son de poca edad. Los
indígenas aprecian mucho su carne, que, en el sabor, se asemeja a la de
nuestros puercos monteses.
--¿Lo habéis matado?--preguntó Horn acercándose.
--Le he dado en la cabeza--le contestó Cornelio.
--Cortemos un trozo de él, por lo pronto, y volvamos al lado del
Capitán.
--¿No se comerán las fieras el resto?
--Hay pocas fieras en Nueva Guinea, si es que hay algunas, señor
Cornelio. Algunos dicen que hay tigres; pero no es seguro.
--Sí; pero hay pitones, cocodrilos...
--No hay que temer. Regresemos, señor Cornelio: estamos lo menos a tres
millas de donde salimos y podemos extraviarnos.
--¿No tienes brújula?
--No; se la dejé al Capitán.
--Entonces, apresurémonos, Horn. Mi tío puede inquietarse.