y en las esterillas del corredor; pero, aunque con gran trabajo y
recibiendo quemaduras, habían logrado los jóvenes apagarlo.
Aquella lucha no podía durar mucho tiempo. Los disparos de fusil no
cesaban, pero arreciaba la lluvia de flechas. Veíaselas atravesar los
aires y caer en los alrededores de la casa, y algunas de ellas en el
techo.
--¡Tío!--exclamó a poco Hans con voz angustiosa--. ¡No podemos resistir
más! ¡El techo está ardiendo!
--¡Maldición!--gritó, rabioso, Van-Stael.
--¡Vamos a morir asados!--gritó Cornelio--. ¡Huyamos, o la casa ardiendo
se nos caerá encima!
XVIII.--LA CAZA DE LAS TORTUGAS
La construcción aérea, acribillada de flechas encendidas, ardía por
varios sitios. El techo, que era de bambúes cubiertos de paja, se había
incendiado también por los dos extremos y el fuego había prendido hasta
en la barandilla del corredor.
Las llamas, alimentadas por tantas materias combustibles, adquirían
enorme desarrollo e iluminaban todo el campo circunvecino con sus
rojizos resplandores. Una densa nube de humo tachonada de chispas, que
saltaban en todas direcciones, se levantaba en el espacio. El fuego
había prendido también en la plataforma inferior.
El Capitán y sus compañeros, imposibilitados ya de seguir en aquella
hoguera, salieron al corredor a través de las llamas y de la humareda.
Al verlos los piratas, salieron de los matorrales lanzando gritos de
triunfo y blandiendo sus parangs en son de amenaza.
--¡Canalla!--gritó Van-Horn--. ¡Ahí va eso!
El salvaje más cercano, herido por la bala del piloto, cayó a tierra
dando un alarido de desesperación.
Aprovechando la confusión producida por aquel tiro, los sitiados
echaron con rapidez las pértigas que servían de escalas, y dos a dos se
deslizaron por ellas llegando a la primera plataforma envueltos en fuego
y en humo.
Los piratas, que se habían detenido algunos minutos ante el cadáver de
su compañero, volvieron a la carga furiosamente, pero momentos después
retrocedieron rápidamente.
A lo lejos, hacia el río, se habían oído gritos, que se hacían cada vez
más fuertes. ¿Qué ocurría al otro lado de la selva? Algo muy grave, sin
duda, pues los sitiados vieron a sus enemigos volverse en tropel al
bosque y huir como gamos hacia el Este.
--¡Se van!--exclamó Cornelio, admirado.
--Déjalos ir--gritó el Capitán--. Y bajemos, que la choza se va a
desplomar sobre nosotros.
Llegaron a tierra y se alejaron a toda carrera en dirección opuesta a
los piratas. Sólo se detuvieron cuando llegaron al lindero del bosque.
La casa aérea seguía ardiendo y amenazaba desplomarse de un instante a
otro. Las llamas subían, bajaban y se enroscaban como serpientes,
lanzando al aire nubes de humo y constelaciones de chispas.
El techo se había hundido; las dos plataformas, ya casi destruídas,
caían a pedazos, y los bambúes, consumidos en su extremidad superior y
en su punto de apoyo, se venían al suelo con gran estrépito.
--¡Ya era tiempo!--exclamó Cornelio--. Pocos minutos más, y hubiéramos
caído al suelo medio quemados, desde una altura de cincuenta pies.
--¿Pero por qué han huído los piratas, cuando ya nos tenían en sus
manos?--preguntó Hans.
--Por el lado del río ocurre algo grave--dijo el Capitán--. ¿No oís
voces?
--Sí; parece que se está riñendo allí una batalla--dijo Horn--. ¿Habrán
sido atacados los piratas?
--Pero ¿por quién?--preguntó Hans.
--Por alguna tribu enemiga--respondió el Capitán--. Como os he dicho,
los habitantes del interior están en continua guerra con los de la
costa.
--Pues el ataque no ha podido ser más oportuno para nosotros--observó
Cornelio--. ¿Oís?
Hacia el río se oía terrible clamoreo: eran gritos feroces, más de
fieras que de seres humanos, y de vez en cuando sonaba un ruido como de
tambor u otro instrumento análogo. Debía de estarse combatiendo allí
encarnizadamente.
--No hay duda... es un combate--dijo el Capitán--. Alguien ha caído
sobre los piratas por la espalda: quizás hayan sido los arfakis o los
alfuras.
--¿Y los vencedores vendrán luego a atacarnos a nosotros?--preguntó
Cornelio--. Las llamas de esa choza puede atraerlos, tío.
--Tienes razón; alejémonos de aquí cuanto antes, y dejémosles matarse a
su gusto.
--¿Y la chalupa?--preguntó Van-Horn.
--Volveremos a buscarla cuando podamos.
--¿Y la encontraremos entonces?
--Confiemos en que no hayan dado con ella los piratas. Si la
descubrieran, sería para nosotros un verdadero desastre.
--Como que no podríamos salir de esta tierra ni llegar a Timor.
--Vamos, amigos, antes de que lleguen los piratas o sus adversarios.
Busquemos un arroyo para beber y frutas con que calmar el hambre.
Entraron en la selva y se pusieron en marcha, procurando dirigirse hacia
el Oeste. La espesura era tal, que reinaba allí la oscuridad más
completa. La luz de la luna, interceptada por los árboles, no podía
romperla; pero bien pronto los ojos de los náufragos se acostumbraron a
ella y pudieron avanzar con relativa rapidez, a pesar de las enormes
raíces, las plantas trepadoras y las lianas que les cerraban el paso,
obligándoles a dar largos rodeos.
Los gritos de los combatientes seguían oyéndose por el lado del río;
pero a medida que los náufragos se alejaban en dirección contraria, se
iban debilitando. A la media hora de marcha apenas se sentían, y poco
después se apagaron por completo. ¿Habría terminado la lucha? No podían
saberlo, pero su resultado les era indiferente, pues tan enemigos suyos
eran los unos como los otros.
Hacia media noche, después de cinco o seis millas de camino, llegaron
los fugitivos a la orilla de un arroyo que corría entre bancos de arena
y plantas acuáticas. Sus orillas estaban cubiertas de vegetación
espesísima.
--Detengámonos aquí--dijo el Capitán--. No tengo por probable que nos
alcancen.
Bajaron al arroyo y saciaron la sed. Después se dedicaron a buscar
frutas para aplacar el hambre. No les fué difícil hallarlas, contando,
como cuenta, la flora papú con variedad infinita de plantas silvestres
de frutos comestibles, y de excelente sabor algunos.
En las mismas orillas de aquel arroyo abundaban los mangos, fruta
deliciosa; había también _pombos_, especie de cidros enormes, tamaños
como melones, también muy sabrosos. Los árboles que los producen llevan
el nombre botánico de _citrus decumanus_.
Ya bebidos y comidos, y sintiéndose tranquilos por el silencio profundo
que reinaba en la selva y en las orillas del riachuelo, se entregaron al
sueño, que ningún suceso vino a turbar. Los gritos de una bandada de
papagayos los despertaron al alborear el día.
--Hacía muchas noches que no descansábamos tan bien--dijo Cornelio
estirándose--. Ya era hora de que los piratas nos concedieran algún
reposo.
--¿Se oye algo?--preguntó el Capitán.
--Nada más que el griterío de las aves, tío. Parece que el combate
acabó.
--Me alegraría de que hubiesen llevado los piratas la peor parte--dijo
Van-Horn--. Así nos dejarían tranquilos para siempre.
--Pronto lo sabremos, viejo.
--¿Pensáis que volvamos al río, señor Stael?
--Sí, Horn. Estoy inquieto por nuestra chalupa.
--Pero nos dejaréis almorzar antes. Me siento flojo, y el estómago me
pide algo más que frutas.
--El mío me pide unas chuletas--dijo Hans--. La caza no debe faltar en
esta selva.
--Y la tenemos muy cerca--dijo el chino, que desde algunos minutos antes
estaba observando las plantas acuáticas.
--¿Has visto algún animal?--le preguntó Cornelio, preparando el fusil.
--Mirad allí. ¿No veis moverse las plantas del río?
--Es verdad--dijo el joven--. ¿Habrá peces grandes en este arroyo?
--¿O cocodrilos?--exclamó Van-Horn.
--No--contestó el Capitán--. Allí tenemos un almuerzo espléndido, viejo
mío.
Van-Stael no se equivocaba: a través de las plantas acuáticas se veía
caminar por los bancos de arena unos animales raros, de forma redonda,
un poco alargada, y provistos de patas cortas que parecían salir de una
especie de escudo.
--¿Qué es eso?--preguntaron Cornelio y Hans.
--Tortugas--dijo Van-Stael.
--En Timor nunca he visto semejantes bichos, tío--dijo Cornelio.
--Pues los hay. Es un bocado superior, y vais a probarlo. ¡Ven acá,
Horn!
Bajaron ambos hasta el banco, que llegaba a la mitad del río, y se
precipitaron sobre las tortugas, que aún no se habían percatado de la
presencia del enemigo. En un momento se apoderaron de dos de las más
grandes, y las volvieron boca arriba para impedirles huir, mientras
cogían otras; pero las demás se apresuraron a tirarse al agua,
escondiéndose entre el limo y las plantas.
--Déjalas ir, Horn. Ya tenemos carne de sobra.
Llamaron en su ayuda a Cornelio y al chino, y entre todos transportaron
las dos tortugas a la orilla. Tenían más de una vara de largo y como
media de ancho, y no pesaría menos de un quintal cada una de ellas.
--Estos animales están acorazados--exclamó Cornelio, que los examinaba
con curiosidad.
--Y su coraza está hecha a prueba de hacha, sobrino--dijo el Capitán.
--¿Y cómo hay aquí estas tortugas? Me han dicho que sólo viven en el
mar, tío.
--Las hay de muchas especies: unas, terrestres, que son las más comunes,
gruesas, cortas y con las patas parecidas a troncos; otras, de lagunas y
pantanos, que son las más pequeñas; otras de río, y por último otras de
mar. En esta isla abundan todas las especies, y los salvajes hacen gran
consumo de ellas, pues su carne es superior.
--¿Y de qué se alimentan?
--De yerbas, raíces, lombrices, insectos acuáticos, algas marinas y
pequeños crustáceos.
--¿Las hay también en otros países?
--Sí, Cornelio: las hay en Asia, en África, en Europa, y sobre todo en
la América meridional.
--¿Tan grandes como éstas?
--Las hay más pequeñas, y también mucho mayores. Las que viven en los
bosques de la cadena del Himalaya dan doscientas cincuenta libras de
carne, sin contar el peso del caparazón, que es respetable; pero las más
grandes son las llamadas elefantinas, que se encuentran en África, en el
canal de Mozambique, en la isla de Madagascar y en las de la Reunión y
Borbón.
Son largas como éstas, pero muchísimo más voluminosas: algo así como una
bota de vino de mediano tamaño. Además, son tan fuertes y robustas, que
pueden llevar encima un muchacho sin que, en apariencia, les estorbe
para andar.
En la isla de los Galápagos las hay grandísimas, verdaderos monstruos
antediluvianos contemporáneos del mamuth.
Las conchas de algunas especies como el carey, son muy apreciadas, y se
hacen de ellas peines, mangos de cuchillo y mil otros objetos de lujo.
Algunas especies fluviales dan una concha hermosísima que se paga muy
cara; otras dan un aceite finísimo, transparente y realmente exquisito.
De estos pobres anfibios se hace un consumo enorme, y si continúa la
destrucción, antes de muchos años desaparecería la especie. En América
comienza ya a escasear.
--Dicen que los pescadores de tortugas no las matan siempre--dijo
Van-Horn.
--Es cierto--respondió el Capitán--. Primero examinan su cuerpo para
asegurarse de la belleza de la concha, y practicándole una incisión
junto a la cola ven la calidad y cantidad de aceite que puede producir.
Si es escasa o de inferior calidad y además el animal está delgado,
vuelven a darle libertad para que engorde.
--¿Y si, estando delgadas, tienen la concha hermosa?
--Lo privan de la concha, y lo dejan ir.
--Pero morirá en seguida, después de tan espantosa mutilación.
--No, Cornelio. Aun privado de la concha, que fué su cuna y que debía
ser su sepulcro, el pobre anfibio vive. Va a esconderse en alguna
hendidura y permanece en ella sin salir más que lo preciso, hasta que
poco a poco le nace otra concha, que nunca es tan hermosa ni tan fina
como la primera.
--¡Pobres animales! Pierden su casa, y sólo logran, después de muchos
sufrimientos, otra más fea e incómoda.
--Pero viven, y ocultan su cuerpo deforme y su concha opaca y fea en las
aguas de los ríos.
--Deben sufrir un martirio atroz, tío--dijo Hans.
--Cierto; especialmente cuando el cuchillo del cazador les priva de su
vivienda. Pero, Van-Horn; que te olvidas del almuerzo.
--Es verdad, Capitán--contestó el piloto.
Ayudado por el chino, hizo un montón de ramas secas y encendió un alegre
fuego. Cuando estuvo casi hecho brasas, decapitó una de las tortugas de
una cuchillada, y sin extraer la carne de la concha la puso al fuego.
Bien pronto se esparció por la selva un olor apetitoso. La tortuga se
cocinaba en su concha asándose en su propia grasa.
Cuando estuvo a punto, el piloto rompió la concha a hachazos y extrajo
la carne, que dió de comer a sus compañeros.
No hay que decir que todos ellos hicieron honor al asado, después de
veinte horas de ayuno. Se comieron la mitad de la tortuga, reservando
para otra comida la otra mitad.
Terminada la comida, el Capitán y el piloto encendieron sus pipas, dando
en seguida la orden de marcha, que emprendieron al punto, sin abandonar
la segunda tortuga, que debía constituir el alimento del siguiente día.
Caminaron de prisa, pero con cautela, y a medio día llegaban al lugar de
la orilla del río donde esperaban encontrar la chalupa.
XIX.--LOS ÁRBOLES DE SAGÚ
Sólo el vocerío de una bandada de papagayos rompía el silencio que
reinaba en las orillas del río. El ruido de la batalla que habían oído
la noche anterior nuestros náufragos, había cesado por completo. Al
parecer, los piratas y sus enemigos se habían alejado definitivamente de
aquellos lugares.
Abriéndose paso a través de las yerbas y de las plantas trepadoras, y
avanzando con gran precaución y deteniéndose a cada paso a escuchar,
para no caer en una emboscada, los náufragos se acercaron a la ribera
arrojando una detenida mirada al río.
No vieron a nadie: ni a los piratas, ni a sus misteriosos enemigos, pero
vieron claramente las huellas de un encarnizado combate.
Había matas tronchadas, yerbas pisoteadas y troncos de árboles erizados
de flechas. El banco de arena, que la baja marea había dejado al
descubierto, estaba sembrado de trozos de lanzas y cuchillos y de
escudos rotos. Más allá, hacia la orilla izquierda, se veían medio
hundidos en el agua del río restos que parecían ser de una canoa, y
entre las yerbas los cadáveres de algunos indígenas medio devorados ya
por los cocodrilos.
--Los piratas han sido atacados y destruidos o puestos en fuga--dijo el
Capitán.
--¿Por los alfuras?--preguntó Cornelio.
--Seguramente--respondió Van-Stael.
--¿Habrá alguna aldea por estas cercanías?
--Lo temo, Cornelio; y será prudente alejarse cuanto antes de estos
sitios.
--Pues busquemos la chalupa.
--Vamos a ver. Empiezo a estar inquieto.
--¿Temes que la hayan descubierto?
--Sí, Cornelio.
--Sería un gran desastre para nosotros.
--Sí, sobrino mío. Allí veo el teck que ha de servirnos de guía: la
chalupa tiene que estar a pocos pasos de ese árbol enorme.
--Sí, Capitán--repuso Van-Horn--: no podemos equivocarnos.
--Apresurémonos: me consume la impaciencia.
Bajaron a la orilla del río y se fueron costeando el bosque, avanzando
siempre con mil precauciones, pues no estaban seguros de que aquel sitio
estuviera desierto.
A medida que se acercaban al teck, que crecía en la orilla bañando sus
raíces en el río, aumentaban sus inquietudes, y sus miradas se fijaban
angustiosas en las plantas y en las yerbas para descubrir el lugar en
que habían escondido la chalupa.
No llevaban mucho tiempo explorando, cuando Cornelio, que caminaba
distante, se detuvo.
--Tío--dijo con voz alterada--. Creo que nos han robado la chalupa. El
montón de ramas con que la tapamos debía estar aquí, y no lo veo.
--¿Será posible?--exclamó Van-Stael palideciendo.
Adelantóse; examinó con gran atención el lugar en que se encontraban,
entreabriendo las malezas, y acabó lanzando una exclamación de ira.
--¡Infames!
--¿La han robado?--preguntaron acercándose Hans, Cornelio y Van-Horn.
El Capitán les indicó, con un ademán de desesperación, las ramas
esparcidas por el suelo.
--¡Ah, ladrones!--rugió Cornelio, pálido de ira.
--¡Estamos perdidos!--exclamó el piloto.
En efecto, la chalupa ya no estaba allí. Aunque había sido perfectamente
escondida entre las yerbas y luego recubierta de ramas y de hojas, o los
piratas o sus enemigos la habían encontrado y se la habían llevado. Los
víveres y los demás objetos que contenía habían desaparecido igualmente.
Sólo habían dejado allí un remo roto y, por lo tanto, inservible, y
algunos trozos de cuerda.
--¿Y qué hacemos ahora?--se preguntó Van-Stael que parecía
anonadado.--¿Quién nos llevará ahora a Timor? ¡Miserables! ¡Hasta los
instrumentos náuticos nos han robado!
--¡No nos han dejado ni siquiera una galleta!--dijo Cornelio.
--¡Qué desastre, si no hubiéramos tenido la precaución de llevarnos las
municiones!--dijo Van-Horn.--Por fortuna nos quedan aún setecientos u
ochocientos cartuchos, y teniendo armas no se muere uno de hambre en
este país.
--Y sin chalupa, ¿cómo podremos volver nunca a nuestra isla?--dijo Hans.
--¿Y dónde nos encontramos ahora, Capitán?--dijo Horn.
--¿Qué nos importa estar en un punto o en otro?--Todos están igualmente
lejanos de Timor para nosotros--replicó Van-Stael.
--Yo creo que nuestra situación no es desesperada, Capitán, y que con un
poco de valor lograremos salir de este trance. Por eso quería saber si
estamos muy distantes de Dory.
--¿Del puerto de Dory?--preguntó el Capitán, en cuyos ojos brilló un
relámpago de esperanza.
--Sí; y si podemos llegar a él, no tendremos grandes dificultades para
volver a nuestra patria. Ya sabéis que ese puerto es muy frecuentado por
los pescadores de _trépang_ malayos y chinos, y también por nuestros
compatriotas que van allí a adquirir conchas de tortugas, nuez moscada
y aves del paraíso disecadas.
--Es verdad, Horn. No había pensado en el puerto de Dory.
--¿Podréis decirme si está muy lejos y si nos será fácil llegar a él?
--Lo creo muy difícil, Van-Horn; porque Dory está en la península
septentrional al lado de allá de la bahía de Geelwinck, y tendríamos que
atravesar para llegar allí territorios inmensos cubiertos de selvas
impenetrables y poblados por gentes ferocísimas. Tengo otro proyecto que
me parece mejor y más practicable.
--¿Cuál es, señor Stael?
--Tú sabes que en la costa Suroeste de la Isla desemboca el Durga, que
es uno de los ríos más caudalosos de ella. Tratemos de llegar a ese río
y bajemos por él hasta el mar, bien en una balsa, bien en una canoa que
podremos construir ahuecando un tronco de árbol. Desde allí iremos a las
islas Arrú, que son las más frecuentadas por nuestros compatriotas y los
pescadores de _trépang_. No debemos de estar a más de veinte o treinta
leguas del río, y quizás podamos llegar a sus orillas dentro de seis o
siete días.
--¡Buena idea, Capitán!--exclamó Van-Horn.
--¿Y no podríamos costear la Isla, evitando así el penetrar en los
bosques?--preguntó Cornelio.
--Sería un camino mucho más largo--le contestó Van-Stael. La costa
meridional hace muchas curvas y vueltas y hacia el Suroeste avanza
muchísimas leguas dentro del mar. Necesitaríamos más de un mes para
llegar al río Durga.
--Y estamos sin víveres, tío.
--No nos pondremos en camino sin provisiones, Cornelio. No podemos
contar siempre con la caza, que puede faltarnos.
--¿Y de dónde vamos a sacar los víveres?: yo no veo por aquí más que
frutas, deliciosas, sí, pero poco nutritivas.
--Llevaremos con nosotros gran cantidad de galletas, mejores que las que
nos han robado.
--¿Has encontrado alguna panadería?--preguntó Cornelio riendo.
--No; pero te aseguro que muy pronto tendremos todo el pan que nos dé la
gana. ¿Es verdad, Horn?
--¡Ya lo creo! ¡Y qué pan, señor Cornelio!--dijo el piloto--. Seréis el
hornero, y nosotros los amasadores.
--Quiero ver ese milagro.
--Y yo--dijo Hans.
--Ante todo busquemos para acampar un sitio más seguro y oculto--dijo el
Capitán--. Los aires de estos lugares no son buenos para nosotros, y nos
conviene un sitio donde podamos trabajar sin temor de que nos molesten.
¡Valor, muchachos! Alejémonos de este río, y vamos a escondernos en la
selva.
La prudencia les aconsejaba partir; pues nada extraño hubiera sido que
volvieran por allí los piratas o sus contrarios, que quizás tuvieran no
lejos de aquellos lugares sus moradas.
Cargaron con la tortuga, de la cual de ninguna manera querían
deshacerse, y se pusieron en marcha a través del bosque, dirigiéndose
hacia el Oeste. El piloto, que conservaba una pequeña brújula de
bolsillo, los guiaba sin temor a equivocarse, aunque lo intrincado de
aquella selva no les permitía seguir un rumbo fijo.
Hans y Cornelio, como buenos cazadores que eran, escudriñaban con la
vista el ramaje para no desaprovechar la ocasión que se les presentase
de hacer un buen tiro. Dejábanse ver de cuando en cuando aves
hermosísimas. Ora eran bandadas de cierta especie de palomas coronadas
de penachos, ora de _apimachus magnificus_, pájaros de forma
elegantísima, con plumas de un negro aterciopelado en el dorso, la
garganta y el pecho azul oscuro con reflejos verdosos y la cola larga
adornada de plumas de barbas sutilísimas. También se veían grupos de
_apimachus albus_, aves del tamaño de gallinas, con el plumaje blanco
plateado en la parte posterior del cuerpo y negro en la anterior, con
colas rarísimas formadas de seis o siete penachos rizados; bandadas de
_promerops superbi_, aves de negro plumaje, cola larga y espesa y un
penacho de plumas en la cabeza, y papagayos de multitud de variedades:
amarillos, grises, azules y rojos, también en bandadas.
Parecía, en cambio, que no había cuadrúpedos en aquella parte de la
Isla, pues ni se veían puercos salvajes, ni babirusos ni otros animales
que tanto abundan en otras regiones de ella.
Hacia las tres, al atravesar un claro del bosque, hicieron un
descubrimiento singular nuestros viajeros. Era un árbol--un
_ficopisocarpo_--de cuyas ramas pendían, en vez de frutas, unos pájaros
extrañísimos del tamaño de pollos, de alas membranosas, con el cuerpo
vestido de un plumón castaño de reflejos rojizos. Estaban agarrados a
las ramas por las patas, tenían las alas abiertas y extendidas y
parecían adormilados. Habría sobre doscientos.
--¿Qué pajarracos son ésos?--preguntaron Hans y Cornelio, sorprendidos.
--_Pteropus eduli_--respondió el Capitán riéndose--, o diciéndolo más
claro, murciélagos gigantes, que esperan que se haga de noche para
echarse a volar.
--Son enormes--observó Hans--. ¿Y qué hacen en esa rara posición?
--Duermen, después de haberse comido todas las frutas del árbol; pues
son muy glotones--respondió Van-Stael.
--Malos bichos deben de ser ésos.
--No lo creas, Hans. Se dice que todos los pájaros les temen; pero no
es verdad. Son utilísimos al hombre, pues acaban con muchos insectos
dañinos que le chupan la sangre.
--A pesar de ello son muy perseguidos, según he oído decir--dijo Hans.
--Es verdad. Los desgraciados murciélagos, que nos parecen topos o
ratones voladores, son aborrecidos y perseguidos cruelmente en todas
partes sin motivo alguno, no más que por superstición estúpida. Se les
cree espíritus de las tinieblas, se dice que de noche se beben el aceite
de las lámparas, y se cuentan otras mil patrañas sobre ellos. En unas
partes los clavan en las puertas y en las paredes; en otras, los queman
vivos y hacen con ellos mil atrocidades.
--¿Es verdad que son ciegos, tío?
--No; pero se cree que los ojos les sirven de muy poco o de nada. Se ha
probado a inutilizárselos y se les ha visto volar con la misma seguridad
que antes y sin tropezar en delgados hilos colocados ante ellos. Parece
que se orientan por el tacto, o por el oído, que se les supone
agudísimo. En cambio, no tienen o se cree que no tienen olfato o que, de
tenerlo, es muy imperfecto. Y ahora ¡vamos, muchachos, que el pan nos
espera!
--¿Dónde?--le preguntaron sus sobrinos.
--Pronto lo encontraremos.
Se pusieron en marcha, siguiendo siempre el mismo rumbo, pasando de una
selva a otra y cogiendo frutas de vez en cuando, hasta que, después de
una hora de camino, el Capitán se detuvo en un angosto llano rodeado de
árboles.