Los náufragos, que oían las voces de los que se acercaban y hasta el

batir de los remos en el agua, llevaron a tierra la chalupa y la

cubrieron con un montón de ramas y de hojas, para no perderla y verse

privados de los víveres y mantas que no podían llevarse consigo. Para

mayor precaución cargaron con todas las municiones, no queriendo

dejarlas en la barca, que, aunque bien escondida, corría el peligro de

ser descubierta y saqueada.

--¡A tierra!--exclamó el Capitán.

Por el recodo del río había aparecido una piragua tripulada por muchos

hombres, y detrás se veía ya la proa de otra. Los náufragos no podían

ya dudar un instante; y se apresuraron a internarse en la selva

alejándose del río.

La selva era espesísima y reinaba tal oscuridad en ella que apenas

podían distinguirse los troncos de los árboles; pero Cornelio que

conocía muy bien los bosques de Timor, por los cuales había andado a

menudo, se puso a la cabeza de los expedicionarios y los guió hacia el

Oeste.

Había allí árboles innumerables, de infinidad de especies: unos altos,

rectos, enormes, que desplegaban su ramaje a doscientos y más pies del

suelo; otros, más bajos, nudosos, curvados a derecha o izquierda, y

otros, en fin, delgados y raquíticos de tronco, pero de follaje

gigantesco, compuesto de hojas de lo menos veinte pies de largo por tres

o cuatro de ancho. Bejucos larguísimos y plantas trepadoras se enredaban

por todas partes y corrían de un tronco a otro, formando redes

inextricables bastantes para detener a elefantes en su marcha,

apresándolos entre sus mallas.

Brotaban del suelo monstruosas raíces que serpenteaban acá y allá, como

reptiles apocalípticos, haciendo muy difícil el paso en medio de aquella

oscuridad. Cornelio avanzaba con muchísimo tiento para no tropezar con

cualquiera de aquellos infinitos obstáculos, y sobre todo para no pisar

a alguna serpiente pitón, de las innumerables que hay en las selvas de

Malasia y Nueva Guinea, y que tienen veinticinco y hasta treinta pies

de largas, y están dotadas de tan prodigiosa fuerza, que ahogan a un

buey entre sus anillos.

Hacía una hora que caminaban, alejándose siempre del río para hacer

perder sus huellas a los piratas, cuando de repente fueron a dar en un

pequeño escampado rodeado de árboles.

Vió Cornelio, con gran sorpresa, alzarse casi en medio de aquel espacio

descubierto, una masa negra, enorme, que parecía suspendida en el aire,

a catorce o dieciséis pies del suelo.

--¡Tío!--exclamó.

--¿Qué has descubierto?--preguntó Van-Stael, saliendo del bosque.

--¡Mira!

--Es una casa de papúes--dijo el Capitán.--¡Mal encuentro, si está

habitada!

--¿Una habitación?

--Sí, Cornelio. Los papúes para no dejarse sorprender por sus enemigos o

por las fieras, construyen sus cabañas sobre altas estacas.

--Pero esa es inmensa.

--Suelen habitar muchas familias en cada una de esas casas aéreas. Son

construcciones curiosas.

--¿Estará habitada?--preguntó Van-Horn.

--Pronto lo sabremos. Por la noche los inquilinos levantan los bambúes

con entalles o muescas que les sirven de escaleras para subir. Si a

esta cabaña le faltan esas escalas, es que está habitada.

--Si lo estuviera, los papúes habrían oído nuestros disparos y no

estarían durmiendo ciertamente--observó Hans.

--Tienes razón--dijo el Capitán--. ¡Qué suerte si estuviera vacía!

--¿La ocuparemos?--preguntó Cornelio.

--Sin perder tiempo. Desde lo alto podremos defendernos de los piratas,

en el caso de que vengan a asaltarnos.

--¿Y no se caerá esa choza? Tengo poca fe en la solidez de su

construcción.

--Esos edificios son muy resistentes, Cornelio, y desafían a los

elementos. Los bambúes en que descansan y de que están construídos son

fuertísimos, como sabes, a pesar de su ligereza. Seguidme, amigos, pero

sin hacer ruido.

Los náufragos se adelantaron hacia la choza procurando ocultarse entre

las yerbas y las plantas trepadoras que había esparcidas por aquella

pequeña llanura, y se detuvieron al pie de los horcones del edificio, el

cual era de enormes dimensiones. Aquella casa aérea, levantada treinta

pies sobre el suelo, estaba admirablemente construída.

Los papúes comienzan, para construir esos edificios, por hincar

firmemente en el suelo, a guisa de horcones, gruesas cañas de bambú de

cuarenta o más pies de largo fuera de tierra, que han de ser los

soportes de toda la máquina, las cuales, para que no se cimbreen y

conserven siempre entre sí iguales distancias, van ligadas unas con

otras con fibras de rotang y con lianas. Arman después a treinta pies

del suelo el primer piso de la casa, formado por bambúes más ligeros,

enlazados entre sí y sujetos a los horcones con las mismas fibras. Diez

o doce pies más arriba arman una segunda plataforma con los mismos

materiales y por iguales procedimientos y sobre ella de igual manera,

levantan la habitación, que va cubierta por un techo de dos aguas

formado de hojas curiosamente dispuestas para resguardar de la lluvia

todo el edificio.

Bájase y súbese a tales casas por pértigas provistas de muescas o

entalladuras de trecho en trecho para apoyar los pies. Llegan esas

pértigas hasta una altura de veinte pies, donde hay un a modo de andén o

descansillo, del cual parten hasta lo alto otras escalas semejantes,

pero más ligeras. Por la noche, los habitantes de la casa retiran hacia

arriba todas las pértigas, quedando perfectamente seguros en su

habitación aérea.

Encastillados en ella no temen ni a las fieras ni a sus enemigos, pues

ni cuadrúpedos ni hombres pueden subir a lo alto, mientras no bajen las

escalas. Todo asalto practicado con escalas extrañas produciría ruidos

que alarmarían a los moradores y les harían ponerse en defensa.

El Capitán, que había visto ya varias de aquellas casas, dió una vuelta

alrededor de los horcones que la sostenían, y encontró dos pértigas que

llegaban hasta la primera plataforma, desde la cual advirtió que partían

otras dos hasta la casa.

--Esta habitación ha sido abandonada--dijo.

--¿Habrán sido muertos los propietarios?--preguntó Cornelio.

--Puede ser. Los papúes de la costa y los del interior se odian

ferozmente y se destruyen unos a otros en sangrientas batallas; pero

añadiré que los papúes son también muy aficionados a emigrar.

--Pues aprovechemos la ausencia de los propietarios y tomemos posesión

de tan segura vivienda.

Iba ya a subir por una de las pértigas, cuando el Capitán le detuvo.

--Aguarda--dijo--. Algunos habitantes pueden haber bajado; pero es

posible que haya otros arriba, y te matarían con sus flechas

envenenadas. Antes quiero asegurarme de que no hay nadie.

Y, dicho esto, sacudió violentamente dos de los horcones de bambú. Toda

la construcción tembló de la base a la cima con gran ruido, pero sin

ceder, pues, como hemos dicho, esas edificaciones son solidísimas.

--Si hay arriba alguien durmiendo, ya despertará.

Esperaron con los ojos fijos en la cabaña aérea; pero ningún ser humano

apareció en la plataforma; solamente algunas aves que dormían bajo el

techo salieron volando y lanzando gritos de terror.

--No hay nadie--dijo Van-Horn--. Podemos subir.

Cornelio comenzó a elevarse por una pértiga, apoyando los pies en los

entalles y agarrándose al mismo tiempo a ellos con las manos, mientras

el Capitán le imitaba ascendiendo por otra pértiga, hasta que ambos

llegaron al primer descansillo.

Ya en él, practicaron una segunda investigación, y como no sintieran

ruido alguno ni vieran a nadie, subieron por las otras pértigas,

llegando hasta la gran plataforma que sostenía la cabaña.

Allí tuvieron que detenerse, porque aquel piso era impracticable para

ellos. Los papúes, que son ágiles como monos, no se cuidan mucho de los

suelos de sus habitaciones, y apenas cubren con hojas los espacios

hueros que median entre las traviesas de bambúes de que están formados

los pisos de sus viviendas; así que cualquiera no acostumbrado a andar

por ellos puede dar un traspiés y caerse. Los papúes sólo cubren la

parte del suelo de la choza en que suelen estar ordinariamente, y aun

ésa muy a la ligera. El piso del corredor exterior sólo tiene las

traviesas, habiéndose de andar por él a saltos y con pie seguro para no

caer por entre ellas en la plataforma inferior.

--¡Demonio!--exclamó Cornelio--. Este pavimento es para pájaros, tío.

--No es muy cómodo para nosotros, Cornelio; pero a los papúes les basta.

--Pero debe de ser peligroso para los pequeñuelos indígenas.

--Son ágiles como macacos--le contestó el Capitán.

--No quiero correr el peligro de poner el pie en falso y de ir a dar con

mis huesos en el suelo, querido tío, cosa muy fácil con esta obscuridad;

prefiero andar a gatas.

--Es lo más seguro--dijo el Capitán, riendo.

Y así atravesaron la plataforma y entraron en la casa, cuyo piso estaba

cubierto de fuertes y gruesas esteras.

Aquella choza era muy amplia, de forma cuadrilonga y bastante alta de

techo. Estaba dividida en cuatro compartimientos o habitaciones

cuadradas de veintiocho a treinta y cinco pies de lado cada una, con su

puerta a la galería exterior.

El Capitán sacó fuego con el eslabón y el pedernal y encendió una

pajuela que se halló en el bolsillo. Reconoció la casa, y la encontró

enteramente vacía y desierta.

--Mejor para nosotros--dijo--. Pasaremos aquí el resto de la noche, y

dormiremos perfectamente.

--Retiraremos las escalas--dijo Cornelio.

--Ya se lo he prevenido a Horn.

Mientras tanto, Hans y el chino ascendieron por la escala y entraron en

la casa, y a poco, en pos de ellos, el piloto, el cual retiró las

pértigas para que no pudieran subir los piratas.

--¡Ya tenemos casa!--exclamó Hans.

--Una verdadera fortaleza--añadió Cornelio--. Desafío a los piratas a

que nos descubran.

--Si es que no nos han descubierto ya--dijo el piloto entrando--. Me

temo que esa canalla sepa más que nosotros.

--¿Has visto algo sospechoso?--preguntó el Capitán con inquietud.

--Quizás me engañe, señor Van-Stael; pero mientras retiraba las pértigas

me pareció oir un ligero silbido por el lado de la selva.

--¿Habrán descubierto nuestras huellas?

--No lo sé, Capitán.

--Pero con esta obscuridad, ¿cómo?--preguntó Cornelio.

--Los salvajes tienen mejor vista que nosotros--respondió el viejo

piloto--. A veces ven más que los animales nocturnos.

--¿Y para qué querrán hacernos prisioneros?

--Para apoderarse de nuestros fusiles, Cornelio--dijo el Capitán--. Su

insistencia no se explica de otro modo.

--¿Aprecian mucho las armas de fuego?

--Naturalmente; porque sólo tienen arcos y cerbatanas. Con fusiles,

estos piratas pueden llegar a ser verdaderamente invencibles para los

naturales de la costa.

--Pues si quieren subir hasta aquí, ya tienen que hacer.

--No lo creas--dijo Horn--. Con romper los horcones que sostienen la

casa nos harán venir al suelo. Con sus parangs, que son unos machetes

muy pesados y cortantes, pueden hacerlo facilísimamente.

--¡La caída que daríamos sería buena!

--Mortal, señor Cornelio.

--Salgamos--dijo el Capitán--. No hay que dejar que se acerquen.

Salieron del interior de la choza y se asomaron a la barandilla de bambú

del corredor, desde donde podían distinguir todos los alrededores. Sólo

se sentía el suave rumor de la brisa al pasar por entre los árboles del

bosque. En cuanto a hombres, ni trazas de ellos había. Si hubiera habido

alguno, habrían podido divisarlo, aun a larga distancia, a la luz de la

luna, que era clarísima y estaba muy alta.

--No hay la menor novedad--dijo Cornelio.

--Yo tampoco veo nada--añadió Hans.

--No hay que fiarse--advirtió Horn--. La explanada está cubierta de

matorrales y pudieran muy bien acercársenos sin que los viéramos.

En aquel instante, y como para confirmar sus palabras, algo hendió el

aire y vino a clavarse en la pared exterior de la cabaña, a poca altura

sobre la cabeza del chino.

--¡Oh!--exclamó el Capitán.

Se dirigió al objeto y lo arrancó.

--Una flecha--dijo examinándola con precaución--. Ha sido disparada

probablemente con una cerbatana.

Aquella flecha tenía como un palmo de largo: era una delgada caña de

bambú espinoso, con una de sus puntas aguzada y la otra provista de un

fleco de algodón. Toda ella parecía recubierta de una tintura vegetal.

--¿Estará envenenada?--preguntó Cornelio.

--Ciertamente, y os ordeno a todos que os retiréis al interior de la

choza, porque la más leve herida de estas flechas es mortal. El _upas_

es un veneno terrible.

--¿Serán los piratas quienes nos hayan lanzado esa flecha?

--Sin duda, Cornelio. Apresurémonos a ponernos en sitio seguro.

Abandonaron el corredor y entraron en la cabaña, en el momento en que

una segunda flecha iba a clavarse en el techo.

XVII.--ENTRE LAS FLECHAS Y EL FUEGO

Los papúes van muy mal armados y son incapaces de resistir un ataque de

hombres provistos de armas de fuego. Los arcos que emplean son de poca

eficacia, sus mazas de palo valen poco, y sus lanzas tienen la punta de

hueso; pero emplean un arma peligrosa: la flecha envenenada, que lanzan

con cerbatana; arma que se presta mucho a la guerra de emboscadas, y que

causa heridas mortales. No deben de haberla inventado ellos seguramente,

sino que la habrán tomado de los malayos y de los naturales de la isla

de Borneo; pero son muy hábiles en su uso.

Esa cerbatana, que los malayos llaman _sumpitán_, consiste en un cañuto

de bambú de unos siete palmos de largo, muy bien pulido en su parte

interior por medio de un hierro incandescente.

Soplando por ella, disparan hasta a setenta u ochenta pasos de distancia

unas flechitas de bambú que llevan en la punta una espina larga y aguda

y en el otro lado un taponcito de médula vegetal que ajusta

perfectamente en el hueco de la cerbatana. Se sirven de ese artificio

para cazar pajarillos, y también en la guerra, impregnando en este

último caso la punta de la flecha del zumo del upas, que es una de las

plantas más ponzoñosas que se conocen.

A la herida sigue inmediatamente un temblor convulsivo con precipitación

del pulso, y a poco extrema debilidad, ansiedad angustiosa, respiración

difícil, espasmos, vómitos, diarrea, convulsiones tetánicas, y, por

último, la muerte, que suele ocurrir al cuarto de hora a lo más de

recibida la herida. También suelen empapar las puntas de las flechas en

el zumo del _cettins_ (_strichnos tiente_), planta trepadora más

venenosa aún que el _upas_, pues la muerte que causa es más rápida, casi

fulminante. No podían, pues, los náufragos presentar el cuerpo al

descubierto sin gravísimo peligro; pero sí defenderse desde dentro

disparando a través de las hendrijas de las paredes y de las puertas.

Distribuyéronse por todos los compartimientos de la casa para vigilar

mejor los contornos, y se prepararon a repeler los ataques de aquellos

tenaces asaltantes.

No tuvieron que esperar mucho. Al poco rato notaron que se acercaban

bultos negros arrastrándose por entre los matorrales. Cornelio disparó

contra uno de ellos, que quedó inmóvil sin lanzar un grito.

Aquel tiro, y sobre todo sus efectos, debieron de asustar a los

asaltantes, porque se les vió retroceder a toda prisa y esconderse entre

los espesos árboles de la selva.

--Lo que es ese no volverá a levantarse--dijo Van-Horn--. El confite le

ha sabido bien amargo, pero lo tenía bien merecido. ¡Ah, pillos! también

nosotros tenemos armas que matan como el rayo.

--Estoy dispuesto a repetir la suerte--dijo Cornelio.--Al primero que se

acerque lo dejo seco.

--¡Cuidado!--gritó el Capitán.

Oyéronse los silbidos de siete u ocho flechas; pero, disparadas de muy

lejos, sólo dos conservaron fuerza para clavarse en los bambúes del

corredor.

--Malos correos--dijo uno de ellos.

--¡Y tan malos!: ¡como que están envenenados!--añadió Van-Horn--. Por

fortuna, a esta distancia no pueden herirnos mientras no nos

descubramos.

--¿Y cómo nos las vamos a componer si esto dura mucho?--se preguntó el

Capitán con cierta inquietud--; porque estos bandidos son capaces de

tenernos sitiados sabe Dios hasta cuando.

--No tenemos prisa, tío--replicó Cornelio--: se está muy bien en este

nido de cigüeñas.

--Pero ¿y los víveres? ¿y el agua?

--¿Tratarán verdaderamente de sitiarnos?--preguntó Van-Horn.

--Estoy seguro de ello, viejo mío. Tratarán de rendirnos por hambre.

--No, tío--dijo Hans--; no esperarán tanto, pues veo que vuelven a la

carga: ¡mira!

Acercáronse todos a la puerta y vieron a los piratas avanzar por la

explanada. Se deslizaban como serpientes amparándose en los matorrales.

--¿Tratarán de cortar los horcones?--preguntó Van-Horn, aterrorizado--.

¡A ellos, señor Cornelio!

El joven, que había vuelto a cargar el fusil, disparó apuntando a unas

matas que se movían, pero ningún grito siguió a la detonación.

--¿Habréis matado a otro o errado el tiro?--preguntó Van-Horn.

--Veo moverse las matas todavía--dijo Cornelio--. Estos tunantes saben

esconderse muy bien.

El Capitán y Hans hicieron fuego apuntando a las ramas que se movían;

pero los piratas no se dejaron ver, ni contestaron disparando flechas.

--¿Se habrán ocultado bajo tierra?--exclamó el piloto--. Esto se pone

feo.

A poco, quince o veinte hombres salieron de repente de entre las yerbas

y en dos o tres saltos llegaron hasta los horcones de la cabaña, que

comenzaron a golpear furiosamente con sus parangs. En un momento siete u

ocho de los horcones cayeron a tierra. Veíase a los agresores a través

de las viguetas del piso.

--¡Fuego!--gritó el Capitán.

Tres disparos resonaron: dos piratas fueron muertos, y un tercero quiso

huir lanzando ayes; pero fué a caer entre la yerba. Los demás lograron

llegar hasta el bosque, no sin recibir otra rociada de balas.

--¡Es valiente esa canalla!--exclamó Van-Horn--. Si cortan unos cuantos

horcones más, dan en tierra con la casa.

--Estoy tranquilo en cuanto a ese punto--dijo el Capitán--. Tenemos

municiones para mil disparos por lo menos, y acabaremos con todos antes

de que consigan derribar la choza.

--¿Creéis que repetirán el ataque?

--Después de esta segunda lección que han recibido, presumo que no se

atreverán a acercarse. Parapetémonos en la plataforma, y estemos

dispuestos a hacerles fuego al menor intento de avance.

Todos se colocaron junto a la puerta, con los fusiles preparados.

Los piratas no salían de la selva; pero se alejaban lo menos posible;

pues de vez en cuando se oían sus voces, y alguna que otra flecha se

acercaba silbando, aunque sin llegar a la cabaña aérea.

Sin duda habían cobrado miedo a las balas de los sitiados, pues se

mantenían ocultos tras de los troncos de los árboles; pero parecían

decididos a impedir a los náufragos todo intento de fuga. Probablemente

contaban con obligarles a rendirse por hambre, recurso menos peligroso

para los sitiadores y de más seguro éxito, pues los de la choza no

podían resistir mucho tiempo la falta de agua.

La noche pasó sin novedad, y a la salida del sol tampoco cambiaron las

cosas. Oíase hablar entre sí a los piratas, pero sin salir de la

espesura donde estaban ocultos.

--Esto va tomando muy mal cariz--dijo Van-Horn.--Si la cosa sigue, no sé

cómo vamos a componérnosla sin una gota de agua.

--Si hubiera una charca o un arroyo por aquí cerca, probaría a

bajar--dijo Cornelio--. Voy aburriéndome de este encierro, Horn.

--¡Pues si no ha comenzado apenas! Tendremos tiempo de aburrirnos, señor

Cornelio, pues los piratas no dan señales de irse.

--¿Y si probáramos a asustarlos?

--¿Cómo?

--Dándoles una acometida.

--Nos acribillarían a flechazos, y ya sabéis que sus flechas están

emponzoñadas.

--¿Y si se prolonga el asedio?

--Confiamos en que se cansarán, señor Cornelio.

--Pero la sed comienza ya a mortificarnos, Horn.

--Resistiremos lo que se pueda.

--¡Ah, si se dejaran ver!

--Ya saben ellos lo que hacen permaneciendo escondidos.

--Vamos a ver si los obligamos a salir de su escondite, viejo Horn.

Estoy viendo moverse algo en aquel matorral. De seguro hay allí un

centinela.

Armó el fusil e hizo fuego; pero los piratas respondieron con una

granizada de flechas, sin descubrirse. Sólo algunas llegaron, ya sin

fuerza, hasta la casa; las otras se quedaron a medio camino.

--No se mueven, Van-Horn--dijo el joven, irritado.

--Ya lo veo, señor Cornelio. Saben que somos diestros tiradores, y huyen

de nuestras balas; así que en vez de desperdiciarlas, creo que debemos

almorzar.

--Será muy frugal nuestro almuerzo, Horn.

--Yo tengo tres galletas.

--Y yo dos.

--¿Y vos, Capitán?

--Mi pipa.

--Pues nosotros, ni eso--dijeron Hans y el chino.

--Pues no moriremos de una indigestión, de seguro--dijo el piloto, que

no perdía su buen humor.

Se repartieron fraternalmente las cinco galletas, que desaparecieron en

dos bocados, y después, tendiéndose sobre las esterillas, se entregaron

al sueño bajo la vigilancia del piloto, pues habían pasado la noche en

constante alarma.

El día transcurrió lentamente, sin que los piratas intentaran un nuevo

ataque. No obstante, seguían tenaces en el bosque, disparando de cuando

en cuando alguna que otra flecha. Al caer la tarde, los pobres sitiados

experimentaban ya las torturas del hambre y sobre todo de la sed. Desde

la mañana sólo habían comido aquellas galletas, y desde la noche

anterior no bebían un solo trago de agua. Ninguno de ellos se quejaba, y

hasta Hans, que era el más joven de todos, había resistido heroicamente,

aunque tenía ya la garganta seca y la lengua hinchada. La brisa de la

noche tonificó algo a los sitiados; pero tal consuelo era bien escaso; y

si el asedio seguía, no podrían resistir otras veinticuatro horas de

ayuno.

--Hay que intentar algo--dijo el Capitán con resolución--. Hans no puede

soportar ya tantas privaciones.

--No me quejo, tío--respondió el joven--. Si tú resistes, yo resistiré

también.

--No, pobre niño. Tú no tienes aún la resistencia de un hombre hecho.

Esta noche iré a buscar agua.

--Te matarán, tío.

--Trataré de bajar sin que me vean.

--Yo te acompañaré--dijo Cornelio.

--¿Y yo?--exclamó Horn--. Dejad que yo vaya en busca del agua, Capitán.

Tengo sesenta años, y si me matan he vivido ya bastante.

--No, valiente Horn. Tú te quedarás aquí para cuidar de mis sobrinos. No

estás tan ágil como en otro tiempo, y la bajada es difícil.

--Mis músculos están aún fuertes, y bajaré como un joven, Capitán. Si os

mataran, ¿quién conduciría a vuestros sobrinos a su patria?

--Tú, Horn. Tú puedes conducir muy bien una chalupa hasta más allá del

Timor. Pero aún no me han matado esos tunos, ni creo que lo consigan.

--Deja que vaya yo, tío--dijo Cornelio--. Corro como un ciervo, y si los

piratas me siguen les haré que revienten antes de alcanzarme.

--No, sobrino mío; no quiero... ¡Ah!

Van-Stael se había vuelto de pronto hacia el sitio que en el bosque

ocupaban los piratas, poniéndose pálido.

--¿Qué has visto, tío?--preguntaron con ansiedad Hans y Cornelio,

montando los fusiles.

--He visto brillar una llama en las tinieblas.

--¿Dónde?--preguntaron todos.

--Hacia el bosque.

--¿Tratarán los piratas de incendiarnos la casa?--preguntó Van-Horn.

--Me lo temo--respondió el Capitán.

--Veo a los piratas que avanzan hacia nosotros--dijo Cornelio.

--¡Preparad las armas! Si prenden fuego a los horcones de la casa,

estamos perdidos: ¿los ves, Cornelio?

--Están ocultos detrás de aquellas matas. ¡Ah!

Una cosa que ardía se elevó del sitio señalado y vino a caer, lanzando

chispas, en la parte anterior del corredor. Cornelio, exponiéndose a

caerse o a recibir un flechazo, salió al corredor y arrojó todo lo lejos

que pudo aquel objeto encendido, antes de que prendiera fuego en las

viguetas.

--¡Es una flecha!--gritó.

--¿Una flecha?--repitió el Capitán.

--Sí, una flecha; pero con un algodón ardiendo en la punta.

--¡Ah, pillos!--exclamó Horn--. Quieren quemar la casa sin acercarse.

Otra flecha inflamada partió de entre la maleza y se clavó en la pared

de la choza, amenazando incendiar las esterillas de fibras y las hojas

resecas. Hans logró arrancarla y apagar el algodón que llevaba en la

punta.

--¡Si estimáis en algo la vida y no queréis morir asados, romped el

fuego!--ordenó el Capitán--. Hay que espantar de aquí a los piratas, o

no tardaremos en vernos envueltos en llamas.

Los náufragos rompieron nutrido fuego, dirigiendo sus tiros a los

matorrales en que estaban ocultos sus enemigos; pero los piratas,

decididos por lo visto a acabar de una vez con ellos, seguían lanzando

flechas encendidas que iban a dar unas en la casa y otras en el corredor

que la circundaba.

Hans y Cornelio corrían de un lado a otro para apagarlas, mientras sus

compañeros seguían disparando, aunque sin lograr contener a los

asaltantes.

Los pescadores de "Trépang" · 第 8 / 12 段