Hay en sus costas extensas bahías, donde podrían guarecerse flotas

enteras, algunas de las cuales son muy frecuentadas por los holandeses,

los malayos y los chinos.

El interior de la Isla es poco conocido; pero se sabe que hay en ella

grandes cordilleras, altísimas algunas. Sobre los ríos hay pocas

noticias. El Durga, que desagua cerca del promontorio de Volk, se

asegura que es de los más grandes. Otros muchos van a desembocar en la

costa septentrional y en la meridional. En la occidental desagua uno que

debe de ser caudalosísimo, porque muchos navegantes han observado que no

lejos de la punta oriental de la bahía de Geelvine, las aguas del mar

son dulces a muchas leguas de la costa.

El interior está cubierto de bosques inmensos. Las especies de árboles,

muchos de ellos de maderas preciosas, se cuentan por miles.

La nuez moscada, el árbol del alcanfor, el teck, cuya madera tanto se

aprecia en la construcción naval; el cedro gigantesco, los árboles del

pan, del sagú, de la canela y mil otros, crecen allí sin cultivo. En

aquellas inmensas selvas, pobladas por las aves más espléndidas de la

creación, viven también salvajes cruelísimos y sanguinarios, enemigos de

los extranjeros.

Algunos de los ribereños de la isla comercian con los europeos,

vendiéndoles el _trépang_, que abunda en aquellas playas, las finas

especierías, las maravillosas aves del paraíso, tan estimadas por sus

plumas, o la plata y el oro que extraen en gran cantidad de sus

montañas; pero en el interior habitan las naciones de los alfuras, los

arfakis y otras montaraces y belicosas, que son feroces caníbales, y en

las playas abundan los piratas, dedicados principalmente a la trata de

esclavos, y a los cuales temen muchísimo los habitantes de las regiones

marítimas.

Van-Stael, que conocía la Nueva Guinea y a sus habitantes, por haber

traficado en otro tiempo con los indígenas de Dari y haber pescado

_trépang_ en algunas bahías, conocía también a los piratas papúes y no

ignoraba su ferocidad; así que apenas se hubo ocultado la chalupa detrás

del islote, organizó la defensa para impedir a sus perseguidores la

entrada en el río.

--¡Pronto!; tomad las armas y embosquémonos entre estos palúdicos--dijo

a sus compañeros--. Guardaos sobre todo de las flechas, porque hombre

herido es hombre muerto.

--Las municiones abundan y todos somos buenos tiradores--dijo el

piloto--. No se atreverán a entrar en el río.

--Además--observó Cornelio--, hay tan poco fondo, que les será imposible

pasar a esas embarcaciones.

--Pero son capaces de desembarcar y de seguirnos por los bosques--dijo

el Capitán--. ¿Se les ve?

--Sí--dijo Hans, que se había abierto paso entre aquellas plantas, de

las cuales se desprendían emanaciones pestilentes.

--¿Qué hacen?

--Tratan de entrar en el río.

--Veamos.

Van-Stael atravesó la espesura, y al llegar al extremo del islote se

inclinó hacia adelante, cuidando de no descubrirse.

La piragua había dado vuelta al banco de arena y avanzaba con precaución

por la orilla derecha, tratando de evitar los bajíos.

Algunos hombres sondeaban el agua con los remos, mientras otros trataban

de descubrir a los náufragos, escondidos en las malezas del islote.

Se les oía hablar y se les veía moverse sobre cubierta.

Aquellos salvajes eran todos altos y membrudos, y a primera vista

parecían negros africanos; pero mirados despacio se advertía que su piel

era de un tinte aceitunado y sus facciones más finas que las de

aquéllos; pues tenían narices regulares y no achatadas, labios delgados,

bocas pequeñas y rostros ovalados. Su pelo era espesísimo y abundante,

lanoso, y lo llevaban arrollado en un zoquete de madera teñido de

encarnado.

Reducíase su vestido a una blusa o camisa llamada por ellos _tridako_,

fabricada con las fibras de una corteza de árbol; pero la falta de

trajes la suplían con la sobra de adornos: collares de dientes de puerco

y chacal, o de escamas de tortuga, y brazaletes de conchas y espinas de

pescado.

Uno solo de ellos--el Korana o jefe sin duda--llevaba una especie de

sotana de tela roja.

Iban todos armados de lanzas y de los pesados y groseros cuchillos

llamados _parangs_, y algunos llevaban cerbatanas de bambú, destinadas a

disparar flechas impregnadas del jugo extremadamente venenoso del

_upas_.

La piragua se acercaba al islote, navegando a lo largo de la playa

occidental, pero con gran trabajo, pues no había agua suficiente, aunque

estaba subiendo la marea.

Detúvose bruscamente la piragua. Al parecer había encallado, pues se vió

a los piratas correr de proa a popa, observar la corriente, y lanzar

después furiosos gritos.

--Han encallado--dijo el Capitán.

--Pero la marea está subiendo y quizás logren ponerse a flote dentro de

un rato--observó Van-Horn.

--¿Rompemos el fuego?--preguntó Cornelio--. Si saben que llevamos armas,

quizás desistan de atacarnos.

--No es mala idea, Cornelio; pero sin que nos hostilicen no debemos

tirarles. Hasta ahora nada nos han hecho.

--¿Y si nos aprovecháramos de esta tregua forzada para huir?--dijo

Horn--. Si nos estamos aquí, no tardará en llegar la tripulación de la

segunda piragua.

--¿Y adónde irá este río?--preguntó Cornelio.

--De eso sé lo mismo que tú--respondió el Capitán--. Subiremos por él

hasta encontrar un sitio bueno para acampar, y cuando los piratas se

marchen, nos embarcaremos otra vez y seguiremos nuestro viaje.

--Señor Van-Stael; ya está ahí la segunda piragua--avisó Van-Horn.

El piloto no se había equivocado. La segunda piragua, que se había

quedado rezagada, acababa de llegar a la desembocadura del río y trataba

de unirse a la otra, que seguía encallada.

Aquel refuerzo podía ser fatal para los náufragos, pues aumentaba

considerablemente el número de los piratas. Aunque los europeos tenían

en su chalupa abundantes municiones, no era prudente empeñar una lucha

contra cincuenta o sesenta salvajes provistos de flechas envenenadas.

--Huyamos--dijo el Capitán--. Ya que el camino está libre, remontemos el

río.

Volvieron donde estaba la chalupa y se embarcaron, poniendo las armas a

su alcance para estar prontos a hacer fuego.

Manteniéndose ocultos detrás de la isla, cuyas plantas eran suficientes

para cubrirles, comenzaron a remontar el río remando en silencio,

ayudados por la marea, que subía, empujando hacia atrás las aguas

dulces.

Los piratas, ocupados en desencallar la piragua, no habían advertido

nada, a lo que parecía, pues no se les oía gritar.

--¡Qué sorpresa van a llevarse cuando no nos encuentren en el

islote!--dijo Cornelio.

--Nos buscarán; de eso estoy seguro--dijo el Capitán--. Esos tunos no

renunciarán tan fácilmente a su presa; pero, si nos buscan, nos hallarán

dispuestos a defendernos y no nos dejaremos sorprender.

--¿Habrá pueblecillos en las márgenes de este río?

--No lo sé; y hasta ignoro cómo se llama esta corriente de agua.

Procederemos, no obstante, con prudencia, y si vemos una aldea nos

esconderemos en los bosques.

--Me parece que el río hace allí una vuelta--dijo Van-Horn.

--Mejor para nosotros. Escaparemos más fácilmente a la vista de los

piratas. Avante, y no perdáis de vista las orillas.

El río conservaba siempre su anchura de ciento sesenta o doscientos

pies, pero no era profundo y estaba sembrado de islotes de arena, que

los náufragos tenían que ir rodeando.

Las dos orillas estaban cubiertas de árboles enormes, y tan cercanos los

unos a los otros que hacían casi imposible el paso. Se veían gigantescos

tecks, cuyos robustos troncos tenían setenta pies de altura y sostenían

madejas de bejucos y de _nefentes_; mangostanos, parecidos a nuestros

olmos, pero cargados de frutas gruesas como naranjas, con la carne

violeta obscura y delicadísima al paladar; soberbios árboles del pan,

cuyas frutas tienen una pulpa grisácea, que asada se parece en el sabor

a las batatas; magníficos _arenghes sacaríferas_, especie de palmas con

largas hojas plumadas, de las cuales se saca una especie de crin

vegetal, que se emplea en la fabricación de ciertas vistosas telas, y

cuyo tronco da por incisión un jugo dulce, que si se le hierve se reduce

a azúcar; árboles de coco, muy cargados de fruta, y muchísimos

_gambirs_, plantas que dan un líquido especial empleado con éxito para

fijar los colores en las sedas y tisúes de lujo. También abundaban allí

los _casuarines_, o árboles de la goma, y los bambúes, que formaban

extensos bosques.

Entre aquellos árboles revoloteaban bandadas de espléndidas aves;

papagayos del tamaño de faisanes, con los picos amarillos; otros, de

plumaje rojo y negro y largas colas amarillas, pertenecientes a la

especie de los _charmasira papúa_; _promerops superbi_, gruesos como

pichones, y con el plumaje negro, tan fino que parece de terciopelo, y

la cola larga y ancha adornada de un extraño penacho rizado; _cicinnuros

regii_, del tamaño de mirlos, y las plumas de los colores más hermosos

que pueden imaginarse. Al volar por los aires, reflejando al sol sus

tonos rubios, esmeraldas y oro y plata brillantísimos, parecen flores

animadas o mariposas gigantescas.

Si abundaban las plantas y los árboles, faltaban, en cambio,

absolutamente los hombres. No se descubría rastro siquiera de ellos en

aquellas orillas. ¿Se hallaban los náufragos en una costa desierta? Si

era así, el hecho no les inquietaba, sino al contrario; pues de los

hombres con que hubieran podido tropezarse por aquellos lugares, más

tenían que temer que esperar.

A las dos, y a cerca de tres millas de la desembocadura, el Capitán hizo

que acercaran la chalupa a la orilla más cercana para dar algún descanso

a los remeros y para comer algo, pues estaban completamente en ayunas.

No se atrevieron, sin embargo, a encender fuego por no llamar la

atención de los salvajes que pudiera haber en aquellos espesos bosques,

y se contentaron con comer galletas y sardinas ahumadas, a las que

agregaron varios _durions_, frutas exquisitas, grandes como la cabeza

de un hombre y erizadas de espinas muy agudas por fuera, pero que

encierran una pulpa blanca delicada y de sabor exquisito, superior al de

la piña y el mango; pero que tiene un olorcillo a madera quemada que

desagrada mucho a los no acostumbrados a él.

A las cuatro, como no vieran nada sospechoso en las orillas del río, y

queriendo interponer buen trecho entre ellos y los piratas, que de

seguro los seguirían, continuaron remontando el río, que conservaba la

misma anchura que hasta allí.

Su carrera no duró mucho, pues a las seis, hora en que comenzaba a

oscurecer en el bosque y a bajar rápidamente la marea, encalló la

chalupa en un banco de arena que había casi en medio del río.

XV.--EL ASALTO DE LOS COCODRILOS

Cuantos esfuerzos hicieron para poner a flote la embarcación fueron

inútiles. La baja marea los había dejado en medio de aquel banco, que

parecía ser muy extenso.

Como no querían abandonar la chalupa, que podía caer en manos de los

piratas, y sin ella no podrían seguir su viaje al mar de las Molucas, y

considerándose bastante alejados de la desembocadura del río y, por lo

tanto, de sus enemigos, decidieron dormir allí hasta que subiera la

marea. Tenían también en cuenta la necesidad que pudieran tener de la

chalupa como lugar de refugio si eran atacados por los papúes, caso de

que los hubiera en aquellos bosques.

La chalupa les brindaba también manera de ponerse fuera del alcance de

las serpientes, que abundan en la isla, y aun de los tigres, que tampoco

escasean en ella, y señaladamente en las costas.

--Nuestra prisión no durará mucho--dijo el Capitán a Cornelio y a Hans,

que le interrogaban--. En cuanto suba la marea nos pondremos a flote y

nos acercaremos a cualquiera de las orillas, antes de bajar por el río.

--¿Temes, tío--dijo Cornelio--, que los piratas nos tengan mucho tiempo

bloqueados?

--Cuando se convenzan de que hemos huído al interior, espero que se

vayan.

--¿Y si no se van?

--Alguna vez se han de ir, y todo se reduce a esperar a que se marchen.

Tenemos víveres para dos semanas y abundancia de frutas, plantas y caza;

pues de todo ello hay en la isla.

--Debíamos intentar alejarlos a tiros.

--¿Para atraernos otros enemigos? ¿Quién nos dice que esa gente no tenga

compatriotas en estas costas? Dejemos que se cansen, Cornelio, y verás

cómo acabamos por podernos ir tranquilamente. Comamos ahora algo, y

descansemos. ¿A quién le toca el primer cuarto de guardia?

--A mí--dijo el joven--. Podéis dormir tranquilos: ningún pirata se

acercará sin mi permiso.

--Te hará compañía Horn. Ven más cuatro ojos que dos.

--Los míos todavía son buenos--dijo el viejo piloto.--Vamos, señor

Cornelio; vos a proa y yo a popa.

Terminada la frugal cena, el Capitán, el pescador y Hans se tendieron en

el fondo de la chalupa, en espera de sus respectivos turnos de guardia,

mientras el piloto y Cornelio se sentaban, el uno a proa, para vigilar

el río, aguas arriba, y el otro a popa, para no dejarse sorprender por

los piratas que tenían que venir por la parte del mar. En el bosque

reinaba el silencio; sólo se sentían los zumbidos de los insectos y el

ligero crujir de las ramas de los árboles, suavemente agitadas por un

vientecillo que venía del mar. En el río, sólo se oía el murmullo del

agua batiendo en los bancos y en las orillas.

De vez en cuando, a través del espeso follaje se veían brillar acá y

allá puntos luminosos, que tan pronto se dejaban ver como se ocultaban

en la espesura; pero ni Cornelio ni el viejo Horn se inquietaban, pues

sabían que aquellas lucecillas procedían de ciertas luciérnagas de la

especie llamada _lampiris_, muy comunes en todas las islas de la

Malasia, a las cuales las elegantes del país encierran en pomitos de

vidrio para adornarse con ellas el pelo, clavándolas en alfileres de

plata.

Había ya pasado una hora sin que ocurriera nada extraordinario, cuando

Cornelio creyó ver una masa oscura que atravesaba rápidamente el río

describiendo una curva por el aire. Se había destacado de un árbol

situado en la orilla derecha, y desapareció bajo los bosques de la

opuesta.

--Van-Horn, ¿has visto?--preguntó, echando mano precipitadamente del

fusil.

--Nada he visto ni oído, señor Cornelio--contestó el piloto.

--Ha pasado ante mi vista una cosa negra, que no he podido distinguir

bien.

--Tal vez un ave.

--No, Horn; era muy grande, y no tenía forma de ave.

--¿Qué queréis que sea entonces?

--No lo sé. ¿Sería un proyectil disparado por los papúes?

--Sólo usan flechas y lanzas, señor Cornelio.

--Lo sé; pero... ¡Mira!

Una masa negra, otra, sin duda, se había destacado de un árbol de la

orilla derecha, y había pasado a través del río con extrañas

ondulaciones produciendo una leve corriente de aire, y desapareciendo

entre las plantas de la orilla izquierda.

--¿Lo has visto, Horn?--preguntó Cornelio.

--Sí; y sé lo que es.

--¿Un proyectil?

--No, señor Cornelio. Uno de esos volátiles que los malayos llaman

_Kubug_, nosotros, gatos o zorras voladoras, y los naturalistas,

_galeopithecus_, si no me equivoco.

--¿Qué clase de animales son?

--Parecen monos, más bien que gatos; tienen unos dos pies de altura, la

cabeza pequeña, semejante a la de los chacales, el pelo rojo oscuro, y

ejecutan vuelos hasta de doscientos pies. Hay otros de una especie

parecida y de larga cola, pero que vuelan menos.

--¿Y cómo hacen para volar?

--Batiendo las alas.

--¿Monos con alas? Tú sueñas, Horn.

--No, señor Cornelio. No diré que sus alas sean iguales a las de los

pájaros, eso no. Consisten en una especie de membrana que les sale de

las patas anteriores, se junta con las posteriores y se prolonga hasta

la cola. Al mover las patas, mueven al mismo tiempo las alas, y vuelan,

pero de cada vuelo sólo pueden atravesar unos doscientos pies o poco

más, como os he dicho.

--¿Y sólo se crían en esta isla?

--Yo he visto muchos en el puerto de Dori y en los bosques de la c.

--¡Silencio!

--¿Otra vez?

--Sí; pero ahora no se trata de monos voladores.

Aguzaron los oídos y escucharon atentamente, conteniendo la respiración.

Por la parte alta del río percibieron un ruido como el que hace al caer

un cuerpo pesado en el agua. Miraron en aquella dirección; pero la

sombra que proyectaba el bosque era tan espesa, que no pudieron

descubrir nada.

--¿Has oído, Horn?

--Sí, señor Cornelio--contestó el marino, con cierta inquietud.

--Alguien se ha tirado al río.

--Eso temo.

--¿Algún pirata, quizá?

--Los piratas tienen que venir de la parte del mar.

--Es verdad; pero pueden haber desembarcado, para caer de espaldas y de

frente sobre nosotros.

Van-Horn no respondió; pero movió la cabeza con aire de duda.

--¿Qué hacemos?--dijo Cornelio después de algunos instantes de silencio.

--Por ahora, vigilar las aguas. Si es un hombre, tendrá que subir al

banco de arena para llegar hasta nosotros, y se descubrirá, pues por

aquí no hay agua.

--Es verdad... ¡Calle! ¡Otra zambullida!

--Y otra más lejana.

--¿Estaremos rodeados?

--¡Oh!--gritó el marino--; ¡mirad allí!

Cornelio miró en la dirección que le señalaba, y vió a flor de agua

masas negruzcas que se acercaban lentamente al banco de arena.

--¿Canoas?--preguntó levantándose.

--O cocodrilos--respondió el piloto.

--¿Los hay aquí?

--En todos los ríos.

--¿Querrán acometernos? Por fortuna, estamos en la chalupa.

--Pero encallados en medio de un banco, señor Cornelio, y en la absoluta

imposibilidad de huir hacia las orillas. Si llegan aquí, no les será

difícil entrar en la chalupa y aun destrozarla con sus formidables

coletazos.

--Despertemos a mi tío.

--Y a todos. Nos aguarda un mal cuarto de hora.

Despertaron al Capitán y a sus compañeros y les dijeron lo que ocurría.

--La cosa puede ser muy grave--dijo Van-Stael--. Los cocodrilos de los

ríos de Nueva Guinea son feroces y no temen al hombre. ¿Empieza a subir

la marea?

--Desde hace un cuarto de hora--respondió Van-Horn.

--Es necesario defendernos hasta que estemos a flote.

--¿Y no oirán los piratas los tiros?

--Sin duda, Horn; y subirán en seguida río arriba; pero no vamos a dejar

que nos devoren los cocodrilos por miedo a los piratas. Apenas podamos

movernos, o, mejor dicho, apenas pueda moverse la embarcación, nos

refugiaremos en los bosques y allí estaremos seguros. ¡Atención! ¡Ahí

están los cocodrilos! Procurad darles en el cuello, si queréis que nos

veamos libres de sus tremendas mandíbulas.

Los cocodrilos llegaban, en efecto; pero no eran dos o tres, sino una

verdadera banda; treinta, cuarenta o quizá más. ¿Cómo se habían reunido

allí tantos saurios, cuando los náufragos no habían visto ni uno

siquiera durante el día? ¿Venían de alguna gran charca o de algún lago

que hubiera cerca del río? Ambas cosas eran probables.

Aquellos espantosos anfibios, advertidos de la presencia de una buena

presa, llegaban por todas partes rodeando la chalupa.

A la luz de los astros se veían sus enormes mandíbulas erizadas de

largos dientes, que se entrechocaban con un ruido semejante al que

produce un cajón al caer sobre cubierta.

Daban terribles coletazos en el agua que producían verdadero oleaje.

Sonaban sus colas al dar unas contra otras con ruido como el que harían

huesos durísimos entrechocándose.

Cuando tuvieron rodeado el banco, se detuvieron como si quisieran

asegurarse de la clase de enemigo con quien tenían que habérselas.

Después uno de ellos, el más atrevido, y el mayor sin duda, pues tenía

más de treinta pies de largo, dió un coletazo en tierra, subió al banco,

que la marea iba ya cubriendo, y avanzó resueltamente hacia la chalupa.

--¡Es horrible!--exclamó Hans, temblando.

--¡Valor, muchachos!--dijo el Capitán, que no perdía su calma--. Este es

mío.

El saurio no estaba más que a seis pasos, y de un coletazo podía echarse

encima de la chalupa.

Van-Stael apuntó a las abiertas mandíbulas del monstruo, e hizo fuego.

El cocodrilo, herido de muerte por la bala que le debió de atravesar de

la garganta a la cola, se encabritó como un caballo, agitando su enorme

cola, y después cayó revolcándose y levantando salpicaduras de fango.

Los otros, lejos de asustarse por la detonación, que para ellos debía de

ser cosa nueva y desusada, pues que los papúes no usan armas de fuego,

ni tampoco por la muerte de su compañero, saltaron al banco dirigiéndose

hacia la chalupa.

--¡Valor!--volvió a exclamar el Capitán, cargando precipitadamente el

fusil.

El asalto fué tremendo. Aquellos formidables saurios, creyendo que hasta

la chalupa era una presa propia para tragársela, se atropellaban unos a

otros para llegar primero. Sus hálitos, calientes y fétidos, llegaban

hasta los desgraciados náufragos.

Estos, aunque aterrorizados, no perdieron la calma. Descargadas las

armas contra los más cercanos, echaron mano de las hachas, de los

arpones y hasta de los remos, y se defendieron con valor sobrehumano,

golpeándolos furiosamente en los cráneos y en las mandíbulas, hasta

romperles los dientes o herirles las gargantas.

Por fortuna, la chalupa era alta de bordas, y los cocodrilos no podían

entrar a saquear el interior; pero trataban de volcarla a coletazos, tan

violentos, que habrían acabado por desguazarla.

Aquella encarnizada defensa, aquellas detonaciones, aquellos fogonazos,

aquellos gritos, parecieron desconcertar a los asaltantes, los cuales se

decidieron a retroceder hacia las orillas del banco, pero sin

abandonarlo.

Cinco de ellos yacían en la arena, y otros tres, heridos de gravedad,

tal vez mortalmente, se agitaban con violentas convulsiones.

Los náufragos comenzaron otra vez el fuego, para obligar a los saurios a

volverse al río; pero los terribles anfibios parecían dispuestos a

renovar su acometida.

--No perdáis golpe--decía el Capitán--. Si podemos resistir siquiera

diez minutos, la chalupa dejará el banco.

--Ya está todo él cubierto de agua--dijo Cornelio--. La marea sube

rápidamente.

--Pero estos cocodrilos no se deciden a irse--repuso Van-Horn--. ¡Aquí

viene otro!

--¡Duro con él, muchachos!--gritó el Capitán.

Dos disparos sonaron casi a un tiempo. El cocodrilo dió un salto que lo

hizo caer al borde del banco, de donde rodó al río desapareciendo bajo

el agua.

Los otros, que parecían indecisos, retrocedieron; pero en seguida

volvieron a acometer atropellándose los unos a los otros para acabar más

pronto con aquellos hombres. Ya iban a llegar a la chalupa, cuando ésta,

que desde hacía algunos instantes estaba dando tumbos sacudida por la

marea, se puso a flote deslizándose a través del banco.

--¡Libres!--gritó Cornelio.

--¡A los remos, Horn!--exclamó el Capitán, descargando su fusil en medio

de la banda de cocodrilos.

El piloto, el chino y Hans se pusieron a remar desesperadamente

dirigiendo la chalupa hacia la orilla izquierda, mientras Cornelio y el

Capitán, por medio de frecuentes disparos, mantenían lejos a los

saurios, los cuales no parecían ya muy dispuestos a seguir atacando.

En pocos instantes la chalupa atravesó el río y atracó en la orilla, en

medio de un enorme matorral de plantas acuáticas.

Iban a desembarcar, cuando por la parte baja del río oyeron voces

humanas y batir de remos.

--¿Quién se acerca?--preguntó el Capitán.

--Los piratas, sin duda--respondió Van-Horn--. Han oído nuestros

disparos y vienen a atacarnos.

--¡Después de los cocodrilos los piratas!--exclamó Cornelio--. ¡Qué

dichoso país y qué hermosa noche!

--¡Callad!--dijo el Capitán.

Se inclinó hacia el agua y escuchó.

--Sí--dijo, después de algunos instantes--. Deben de ser los piratas que

vienen río arriba. He oído el batir de muchos remos.

--¿Suben con las piraguas?

--Sí; deben de haberlas separado para hacerlas más ligeras, quitándoles

el puente y el cobertizo. Escondamos la chalupa y huyamos a los

bosques.

XVI.--LA CABAÑA AÉREA

No había un momento que perder. Los piratas, atraídos por el ruido de

los disparos, se habían puesto rápidamente en campaña, para tratar de

hacer prisioneros a los náufragos antes de que cayesen en manos de

otros. Creían, sin duda, que habían sido atacados por indígenas y venían

decididos a disputarles la propiedad sobre aquellos hombres y sobre la

chalupa.

Los pescadores de "Trépang" · 第 7 / 12 段