--¿Has descubierto algún cuadrúpedo? Creo que no, porque aquí no se ven

más que pájaros.

--Y cocos que nos darán una bebida excelente.

--Que probaremos, Hans. Toma un hacha, viejo Horn, y vamos a proveernos

de cocos.

--Hay pocos, señor Stael--dijo el piloto--. ¿Habrán venido los

australianos a llevárselos?

--No; se los habrán comido los cangrejos ladrones. Aquí estoy viendo uno

de esos cocos, que, por la manera de estar horadado, se comprende que lo

ha sido por uno de esos crustáceos, que hacen sus madrigueras en la

arena.

--¿Es que hay cangrejos que comen cocos?--preguntó Hans.

--Sí, hijo mío, y que se los comen con mucho gusto, porque son muy

glotones. Son cangrejos enormes, armados de fortísimas presas. Trepan

por los troncos de las palmas y hacen caer los cocos al suelo.

--Pero ¿cómo se las componen para romper la cáscara de los cocos, siendo

tan dura que hace resistencia hasta al hacha?

--Introduciendo una de sus tenazas por uno de los tres ojos que hay en

la cáscara y haciéndola voltear como un berbiquí.

--¿Se comen esos cangrejos?

--Son exquisitos, y sentiría no encontrar uno para que nos diéramos el

gran festín. Mira bien por las ramas de los árboles, porque esos

cangrejos tienen la costumbre, durante el día, de dormir entre las hojas

suspendidos de sus bocas o tenazas.

--Abriré bien los ojos, tío.

Sus pesquisas no dieron resultado favorable, porque ningún cangrejo

ladrón había en la isla. En cambio, recogieron diez o doce cocos y los

partieron a hachazos.

Como no estaban todavía maduros, sólo pudieron sacar de ellos el jugo,

que es un agua fresca y azucarada, y un poco de la pulpa blanquísima de

que está la cámara revestida por la parte interior. Cornelio y Hans

cazaron una docena de papagayos y una _bernicla jubata_ del tamaño de un

pavo, a la cual sorprendieron en la orilla interna del atol.

No sólo no les faltó, pues, qué comer, sino que hasta se regalaron con

la carne asada de esas aves, que es un manjar sabroso y delicado.

Después de mediodía el Capitán dió la orden de marcha.

La tempestad había cesado y el mar se iba calmando poco a poco y no

ofrecía ya peligro.

Quedarse en aquel islote desierto y sin agua dulce, situado en un golfo

tan poco frecuentado por los barcos, no era prudente. Urgíales llegar al

estrecho de Torres y a la Nueva Guinea para acercarse al mar de las

Molucas antes de que se les agotaran los víveres o volviera el tiempo a

estropearse.

Desplegada la vela, atravesaron el canal y salieron al mar, poniendo

proa al Nornoroeste, para mantenerse alejados de aquellos grupos de

islas que se extienden por el estrecho de Torres y que están pobladas de

caníbales.

El viento que soplaba al Sudeste, favorecía la marcha de la chalupa, la

cual se deslizaba por las aguas del golfo con una velocidad media de

cinco a seis millas por hora.

En ninguna dirección se veía barco alguno, ni isla, ni islote. Sólo el

atol y sus escolleras, extendiéndose unos tres cuartos de milla de Norte

a Sur, sobresalían de las aguas. En cambio, abundaban los peces. Muchos

veleros, llamados así por una aleta natatoria que llevan en el lomo y

que sacan fuera del agua para que les sirva de vela, pasaban hacia el

Nornoroeste, mostrando de cuando en cuando su cuerno óseo, arma

formidable de que se sirven con bastante frecuencia. Se parecen al

pez-espada, pero su cuerno no es aplanado, sino redondo. Son peces muy

grandes, habiéndolos que pasan de doce pies. No vacilan en arremeter con

la ballena y con el pez-perro, y a veces se atreven con los barcos.

Veíanse también muchas morenas, peces que en aquellas latitudes son de

gran tamaño; medusas, extraños moluscos semejantes a bolsas vueltas

hacia abajo y provistas de tentáculos. Algunas de esas medusas son

enormes. Cornelio vió una que debía de pesar como cincuenta libras.

--Nunca he visto medusa tan grande: parece un gran paraguas--dijo.

--Pues aún las hay mayores--dijo el Capitán--, y que brillan por la

noche como si llevaran en la bolsa una lámpara eléctrica.

--¿Son gelatinosas esas medusas?--preguntó Hans.

--Tan extremadamente gelatinosas son, que no pueden conservarse. En el

agua parecen tener alguna consistencia; pero en la mano se reducen a una

finísima membrana incolora. Una medusa que pese una arroba en el agua se

reduce a unas dos onzas fuera de ese elemento.

--¿Y dices, tío, que las hay más grandes aún?--preguntó Cornelio.

--¡Colosales! Hace cuarenta años, en las presas de Bombay, el flujo

arrojó a la playa una medusa que pesaba dos toneladas, y que era tan

fosforescente, que en un principio se la creyó un trozo de algún cometa.

Se dice que su resplandor era tal que, aun después de muerta, iluminó

durante muchas noches la playa hasta gran distancia.

--Si era tan gigantesca, sus tentáculos serían larguísimos.

--Cada uno de ellos tenía quince brazas de largo.

Mientras charlaban, la chalupa, dirigida por el viejo piloto, que no

abandonaba la caña del timón, seguía avanzando por el golfo de

Carpentaria, dirigiéndose constantemente al Nornoroeste. El viento la

empujaba velozmente; pero los deseos de llegar a los primeros islotes

del estrecho de Torres o de ver las playas australianas, que sentían

vivamente los náufragos, habían hasta entonces resultado fallidos: no se

veía sombra siquiera de tierra todo en redondo del horizonte.

No habiendo podido salvar los instrumentos náuticos, carecían de medios

de determinar el lugar en que se encontraban; pero orientándose con una

pequeña brújula que llevaban consigo, estaban seguros de que saldrían

del golfo y alcanzarían, más tarde o más temprano, el mar de las

Molucas.

El día transcurrió sin que sucediera nada extraordinario. Ningún barco

habían visto en el horizonte, ni tampoco señales de tierra.

Al llegar la noche se iluminó el mar, como la precedente.

Una espléndida fosforescencia brillaba bajo las olas, producida entonces

por las _nottiluche miliari_, en opinión del Capitán.

Estos infusorios son pequeñísimos; tienen forma de hojas algo

redondeadas, con un pequeño apéndice, y despiden extraordinario brillo.

Una botella de agua saturada de estos animálculos brilla y da luz

suficiente para poder leer un libro a un metro de distancia.

Aunque ya no les cogía de nuevas, Hans y Cornelio admiraban aquel

espectáculo sorprendente y sumergían las manos en el agua para sacarlas

cubiertas de puntos luminosos.

A media noche la fosforescencia desapareció y la mar quedó negra y

obscura, como si fuera de alquitrán.

A las dos, mientras el Capitán y el chino relevaban a Van-Horn, a Hans y

a Cornelio, descubrieron hacia el Oeste, pero a gran distancia, un punto

luminoso que parecía brillar a flor de agua.

--¿Será el fanal de algún buque?--preguntó Hans.

--Me parece demasiado bajo--dijo el Capitán, que observaba atentamente.

--¿O alguna isla?

--¿Será la barca de un salvaje?

--No; parece que la luz está fija, viejo mío.

--¿Habremos pasado ya el golfo de Carpentaria?

--No me sorprendería. En estas treinta y seis horas hemos avanzado

mucho, especialmente durante la borrasca.

--Entonces ese punto luminoso puede ser el fanal de algún buque. Ya

sabéis que algunos, para no bojear la Australia, se aventuran a través

de los escollos y arrecifes del estrecho de Torres.

--Lo sé, Horn; pero te repito que no es un fanal; de eso estoy seguro.

¡Calle! Veo otro punto luminoso más al Norte y que parece ir al

encuentro del primero.

--Entonces son barcas de salvajes.

--Me lo temo.

--Mal encuentro, capitán. Si al alba nos descubren nos darán caza.

--¿Serán australianos?--preguntó Cornelio.

--Los australianos no son marinos ni tienen barcos--dijo el Capitán--.

Los isleños del estrecho de Torres, y en particular los papúes, tienen

muchas embarcaciones y bien pertrechadas. Con ellas emprenden largos

viajes.

--¿Sin brújula?

--Es un objeto desconocido para ellos; pero saben dirigirse sin ella y

no se extravían. ¿Se guían por las estrellas o por el sol, o tienen un

instinto maravilloso como las aves? Se ignora.

--¿Son malos los isleños del Estrecho?

--Pérfidos, Cornelio, y muy valientes.

--¿Hasta los papúes?

--Hay algunas tribus que ya no son salvajes, por su frecuente trato con

nuestros compatriotas, que visitan el puerto de Deorj para adquirir

conchas de tortuga, _trépang_, aves del paraíso, nidos de golondrinas,

etcétera; pero los demás no tienen buena fama y algunos del interior son

antropófagos.

--No ha mejorado, pues, nuestra situación.

--Tenemos nuestros fusiles y sabremos defendernos. Id a descansar, y no

temáis. No perderé de vista esas dos luces.

El piloto y el joven se tendieron en el fondo de la chalupa, bajo una

lona, y el capitán se sentó a popa, junto a la caña del timón, mientras

el chino se apoyaba en el palo de la vela.

Las dos luces seguían brillando en el obscuro horizonte, siempre

lejanas, por más que la chalupa adelantaba bastante. Parecía que ellas

se dirigían también al Norte, siguiendo a los náufragos.

El capitán comenzaba a estar inquieto. Sentía por instinto que debían

de ser barcas tripuladas por peligrosos isleños.

Seguíalas atentamente con la mirada, para ver si se acercaban, temiendo

un inesperado abordaje, y había obligado al chino a preparar las armas

para estar dispuesto a la defensa; pero la distancia no disminuía, sino

que más bien parecía aumentar poco a poco, pues las luces iban siendo

menos perceptibles.

Hacia las tres, una de ellas desapareció; pero la otra seguía brillando

y parecía acercarse.

--¿Oyes algo?--dijo el Capitán al chino.

--No, señor; pero el fanal parece que quiere pasarnos por popa.

--Es cierto, muchacho. ¡Ah, si no estuviera tan obscuro!... Pero quizá

sea mejor para nosotros, pues esa luz no debe ser la del fanal de un

buque.

A las cuatro, el punto luminoso, que había cambiado de ruta, pasó, en

efecto, a popa de la chalupa, pero a distancia de siete millas lo menos,

y con dirección al Este.

Media hora después salió el Sol y por el Norte se descubrieron lejanas y

altas montañas. Por el Este se veían muchas islas y grupos de

escolleras.

El Capitán se levantó de un salto.

--¡El estrecho de Torres!--exclamó--. ¡Horn, Cornelio, Hans... todo el

mundo en pie! ¡Hemos atravesado el golfo de Carpentaria!

XIII.--LOS PIRATAS DE LA PAPUASIA

El estrecho de Torres, que separa la gran isla de Nueva Guinea o

Papuasia de la región extrema septentrional del continente australiano

llamada Tierra de Torres o de Carpentaria, es uno de los pasos más

peligrosos y difíciles que existen.

Fué descubierto en Agosto de 1606 por Luis de Torres, segundo comandante

de la expedición de Pedro Fernández de Quirós; pero quedó casi olvidado

muchos años por los graves obstáculos que presentaba y aún hoy mismo es

muy poco frecuentado, a pesar de las magníficas cartas topográficas

debidas a los cuidados del Gobierno inglés y de la colonia australiana.

Tiene treinta y cuatro leguas de extensión; pero ¡cuántas fatigas cuesta

su travesía! Es una sucesión continua de bajíos, que cambian

constantemente de posición a causa de las corrientes. Una selva de

escolleras madrepóricas que los zoófitos extienden cada vez más y que

van gradualmente subiendo hasta la superficie del agua, y un caos de

islotes y de islas que hacen dificilísima la navegación, hasta a los

barcos de más pequeño calado: tal es el Estrecho. Además, los

habitantes de aquella tierra tienen pésima fama. Asaltan los barcos que

se pierden en aquellos bajíos y escolleras y devoran a sus tripulantes.

Aún se recuerdan los casos de los barcos _Chesterfield_ y _Hormnzier_,

ocurridos en 1793.

Todas o casi todas aquellas islas son pequeñas, pero están muy pobladas.

Forman el archipiélago llamado del Príncipe de Gales, cuya isla mayor es

la de Murray.

Los habitantes son belicosos y proceden, a lo que se cree, de

cruzamientos de papúes y polinesios. Son, en general, negros, de

estatura alta y bien conformados, con la frente despejada, la nariz

regular y el cabello lanudo, que se tiñen de rojo. Se adornan el cuello

con medias lunas de nácar y figurillas de hueso, y las orejas con

conchas de tortuga.

Son buenos y audaces marinos, como los papúes de la costa y los

polinesios, y usan piraguas de veinte pies de largo con velas de hojas

entretejidas, con las cuales piratean por el Estrecho, asaltando a las

tribus ribereñas de la costa australiana y de Nueva Guinea.

Al oir gritar al Capitán ¡el estrecho de Torres!, Cornelio y Hans se

pusieron en pie.

--¿Ya?--exclamó Cornelio--; pero ¿dónde está la costa de Australia?

--Veo allí, a nuestra izquierda, una especie de niebla--dijo

Van-Stael--: debe de ser la tierra de Carpentaria.

--¿Y esas montañas que tenemos ahí delante?

--Pertenecen a la Nueva Guinea.

--¿Tiene montes altos esa gran isla?

--Altísimos, Cornelio, y cubiertos de nieve la mayor parte del año. Se

dice que tienen picos de 18.000 y más pies de altura.

--¿Estamos muy lejos de esa isla?

--Tal vez a cuarenta millas.

--¿Llegaremos a ella?

--Las costas meridionales son peligrosas, Cornelio, y sus habitantes,

casi todos piratas. Trataremos más bien de llegar a las islas Arrú, que

se encuentran a la entrada del mar de las Molucas, y donde espero

encontrar pescadores holandeses de _trépang_.

--¡Eh! ¡Eh!--exclamó en aquel instante Van-Horn.--Mientras nosotros nos

descuidamos charlando, un ave de rapiña, o mejor dicho dos, tratan de

darnos caza.

--¿Qué quieres decir, viejo Horn?--preguntó el Capitán.

--Que dentro de poco nos veremos obligados a disparar los fusiles, si

antes no hallamos un refugio. ¿No veis a popa dos piraguas que hacen una

maniobra sospechosa, señor Van-Stael?

El Capitán miró hacia el Sur, e hizo un ademán de disgusto.

--¡Ya sé lo que eran los fanales que vimos anoche!--exclamó--. En

efecto, se trata de aves de rapiña de las más peligrosas.

A siete u ocho millas al Sur se veían, no dos aves de rapiña, sino dos

embarcaciones, que navegaban de conserva siguiendo la misma ruta que la

chalupa.

No costaba mucho trabajo reconocerlas como dos piraguas de isleños, pues

son bien distintas de las nuestras.

Consisten en troncos de árboles ahuecados de unos cuarenta pies de

largo, con cubiertas provistas de barandas de bambú.

Las que veían nuestros náufragos llevaban grandes velas triangulares de

filamentos vegetales entretejidos, e iban tripuladas por muchos hombres

negros medio desnudos, que se distinguían sobre los puentes.

--Son papúes, si no me engaño--dijo el Capitán--. Mala vecindad, amigos

míos.

--¿Se trata de piratas?--preguntó Van-Horn.

--Lo temo, viejo mío; y hasta parece que tratan de alcanzarnos.

--¿Son muchos?--preguntó Cornelio.

--Cuarenta, por lo menos--respondió el Capitán.

--¿Usan armas de fuego los papúes?

--Armas de fuego, no; pero sí flechas envenenadas con jugo del _upas_, y

que lanzan muy diestramente con la cerbatana. También usan lanzas y

ciertas hachas pesadas, que llaman _parangs_, con las cuales, de un solo

golpe decapitan a una persona.

--No hay, pues, que jugar con esos salvajes.

--Al contrario; hay que temerles, Cornelio, y haremos bien en huir.

--Pero ¿adónde? Nos alcanzarán, señor Van-Stael--dijo el piloto--. Con

esas grandes velas tienen que correr más que nosotros.

--Nos dirigiremos a la costa.

--¿A las islas del Estrecho?

--¿Estás loco, viejo lobo? Los habitantes de ellas son peores que los

papúes, y nos matarían en seguida.

--¿Entonces a Nueva Guinea?

--Sí, Horn; y trataremos de no perder tiempo. Me parece que las piraguas

nos ganan a andar, y si no nos apresuramos, dentro de dos horas las

tendremos encima.

--¿Qué debemos hacer?--preguntaron Hans y Cornelio.

--Desplegar más la vela que tenemos, y añadir otras dos que arreglaremos

con el encerado y que armaremos en sendos remos a popa y a proa: ¡Al

trabajo, muchachos!

El chino, Hans y Cornelio ayudados por el viejo piloto, pusieron manos a

la tarea. Como habían tenido la precaución de llevar cuerdas en la

chalupa, les fué fácil sujetar firmemente a proa y a popa los dos remos,

amarrándolos a las banquetas; partieron otro remo por la mitad para

utilizar los trozos como vergas, y con la tela encerada y una manta

hicieron las velas, atándolas por las puntas inferiores a las bordas de

la chalupa.

Soplaba del Sur un viento fresco, que empujaba la chalupa. Los salvajes,

que advirtieron la maniobra de sus tripulantes, lanzaron rabiosos gritos

que se oyeron, aunque aún lejanos, y a poco desplegaron dos pequeñas

velas triangulares más, ayudándose también con los remos.

--¡Ya lo decía yo! ¡Esa canalla quiere abordarnos!--exclamó Van-Horn al

advertir esa maniobra.

--Tal vez lleguemos a la costa de Nueva Guinea antes de que nos

alcancen--dijo el Capitán--. Si el viento no cede, dentro de cuatro

horas llegaremos a tierra.

--Pero perderemos la chalupa--dijo Cornelio.

--Encontraremos quizá algún río, querido sobrino, y remontaremos la

corriente.

--Harán lo mismo los piratas.

--Pero, escondidos nosotros en los bosques, nos será fácil ahuyentarlos.

--¿Y no encontraremos en tierra tribus hostiles?

--La Nueva Guinea es grande, Cornelio, y no está muy poblada. No es

probable que tropecemos con enemigos. ¿Se nos acercan, Horn?

--Creo que no--respondió el piloto, que no perdía de vista las

piraguas--. Corren mucho; pero no nos ganan terreno por ahora.

--¡Vosotros atended a las velas, y dejadme a mí el cuidado de dirigir la

chalupa!

Los papúes, que ansiaban alcanzar a los fugitivos para hacerlos

prisioneros o quizá para matarlos en el acto, hacían desesperados

esfuerzos por adelantar camino. Remaban furiosamente para ayudar a las

velas, levantando salpicaduras de espumas, pero no se acercaban sino muy

lentamente, pues la chalupa corría a razón de ocho o quizá de nueve

millas por hora.

De vez en cuando se oían sus gritos, que el viento llevaba hasta la

chalupa, y que parecían intimaciones para que los náufragos se

detuviesen; mas éstos no hacían caso de tales amenazas.

Las montañas de la gran isla iban haciéndose más perceptibles por

momentos, y la costa empezaba a delinearse confusamente hacia el Norte,

corriendo de Este a Oeste.

A las nueve de la mañana la chalupa sólo distaba veinticinco millas de

tierra; pero el viento, que hasta entonces se había mantenido fresco,

comenzaba a ceder.

El Capitán y Van-Horn se iban inquietando, porque si el viento faltaba

no podrían regatear con las piraguas, que llevaban tripulaciones mucho

más numerosas y acostumbradas a las maniobras del remo.

Una piragua se había adelantado, y sólo distaba ya cuatro millas. La

otra, no tan buena velera, por lo visto, se quedó rezagada; pero sin

abandonar la caza.

Sin duda aquellos astutos salvajes se habían dado cuenta de las

intenciones de los náufragos, y querían a todo trance impedirles llegar

a la playa de la gran isla.

--¡Ah!--exclamó el Capitán--. Si hubiéramos podido conservar la lantaca,

no se acercarían seguramente esos pillos; pero ya que no la tenemos, nos

defenderemos con los fusiles.

A las diez, la costa estaba aún a doce o trece millas y el viento seguía

aflojando. Se veían ya los árboles de la ribera y hacia el Este se

distinguía una bahía espaciosa, que podía ser muy bien la boca de algún

río.

La primera piragua estaba ya muy cerca y seguía ganando terreno,

impulsada por veinte remeros vigorosos. Se la distinguía ya muy bien a

simple vista. Aunque construída por salvajes, era una excelente

embarcación. Consistía en dos canoas apareadas, de unos treinta y cinco

pies de eslora, construídas de sendos troncos de árbol ahuecados.

Iba armada a proa de una especie de espolón de madera pacientemente

esculpido, y la popa era altísima, y de forma como de escala. Las dos

canoas apareadas que constituían, como se ha dicho, la embarcación,

estaban trabadas entre sí por una especie de pasarela cubierta de un

colgadizo de hojas sostenido por una ligera armadura.

A proa y a popa se alzaban sendos palos, formado cada uno de ellos por

tres bambúes unidos en lo alto y separados en la base; pero sin antenas,

vergas ni cordaje, que no necesitaban, por lo demás; porque las velas de

los barcos papúes no se despliegan de alto a bajo, sino al contrario; y

para ejecutar esta maniobra basta una cuerda en la punta del palo.

Las velas consistían en nervios de hojas entretejidas con filamentos del

árbol del sagú y eran cuadrilongas, de veinte pies de largo por siete de

ancho, aunque también suele haberlas triangulares. Cuando no hay viento

van arrolladas al pie de los palos; cuando lo hay, las izan hasta la

mitad, o hasta lo alto, según sea más o menos recio.

Un largo remo que sirve de timón y un balancín, compuesto de una ancha

tabla que pasa de babor a estribor y que, sobresaliendo mucho de los

costados del barco, tiene sus extremos provistos de sendos flotadores

que descansan en el agua, completan los menesteres de estos pequeños

veleros.

En el puente de la piragua más cercana se distinguían varios hombres

ocupados en las maniobras de las dos velas, y muchos otros aplicados a

los remos.

De cuando en cuando se oía una voz que gritaba: _¡miro! ¡miro!_; pero el

Capitán se guardaba muy bien de darle crédito. Aquellas palabras que

significaban ¡paz! ¡paz! sonaban mal en boca de aquellos salvajes, que

parecían dispuestos a caer sobre la chalupa con las armas en la mano.

En vez de detenerse, el Capitán, Cornelio, Horn y el chino habían

empuñado los remos y los manejaban furiosamente. Hans estaba en la barra

del timón.

A las once estaban los náufragos a sólo tres millas de la costa de Nueva

Guinea; pero tenían la primera piragua media milla detrás de ellos y la

segunda poco más de una.

--¡Veo un río!--exclamó Hans.

--¿Cerca?--preguntó el Capitán, que no podía verlo por estar de espaldas

a la costa.

--Sí, tío; ahí enfrente de nosotros.

--Lleva hacia él la chalupa. ¿Es ancho?

--Tendrá algo más de un cable.

--Lo remontaremos y desembarcaremos en los bosques.

--¡Duro con los remos, amigos!: los papúes han advertido nuestras

intenciones.

--Tío--dijo Cornelio--; los tenemos ya encima, y podríamos disparar

sobre ellos.

--Todavía no; espérate: ¡Avante!

La chalupa volaba, hendiendo impetuosamente las aguas; pero el velero de

los papúes le ganaba ventaja.

Por fortuna, la costa estaba ya muy cercana. Se distinguían

perfectamente las palmas de coco, las cañas de azúcar, las sensitivas

gigantes y hasta los arbustos. La tierra toda hasta la misma orilla del

mar estaba cubierta de espesísimos bosques.

La chalupa, pasando sobre un banco de arena, entró en la desembocadura

del río, y fué a atracar a una isla o más bien un islote, cubierto de un

espeso bosque de palúdicos, llamados así porque son plantas que

producen las fiebres.

Los náufragos soltaron los remos y echaron mano de los fusiles, mientras

la primera piragua daba una virada para evitar el banco de arena.

XIV.--LA NUEVA GUINEA

Aunque la Nueva Guinea o Papuasia es la isla más grande del mundo[5],

una de las más espléndidas y también de las más feraces y productivas,

es de las regiones menos conocidas, por extraño que parezca. Hasta hoy

mismo se tienen muy imperfectas noticias sobre sus costas y poquísimas

sobre sus regiones interiores.

Sólo dos viajeros italianos, Rienzi en 1826 y últimamente De Albertis,

exploraron una parte de las costas y algunos ríos de la Nueva Guinea, no

obstante la hostilidad de sus naturales.

Esta isla fué, sin embargo, una de las primeramente descubiertas, pues

el portugués Abreu llegó a ella en 1511. Luis de Torres, que la visitó

en 1606, le puso el nombre que lleva, según unos, por caer frente por

frente de la Guinea africana, y según otros por el parecido de los

negros naturales de ella con los negros de la dicha comarca de África.

Otros muchos navegantes la visitaron en los siglos posteriores, pero

todos se limitaron, como hemos dicho, a tocar en algún punto de sus

costas.

Los holandeses establecieron una colonia en la costa occidental en 1822;

pero la abandonaron siete años después, sin dejar de traficar con

aquellos isleños, y en 1858 mandaron una nueva expedición en el vapor

_Etna_, y ocuparon algunos puntos de la costa.

Es ésa, como ya se ha dicho, la isla más vasta del mundo, considerando a

la Australia como continente. Tiene 400 leguas de largo y 138 de ancho,

y 38.000 leguas cuadradas de superficie.

Los pescadores de "Trépang" · 第 6 / 12 段