últimas señales de vida que daba. Pronto el agua de la estiba llegó al
puente, mientras que la del mar, que le entraba a torrentes por la parte
de afuera, parecía impaciente por devorar su presa.
Por algunos instantes, y a la lívida luz de un relámpago, se dejó ver
todavía la proa del junco sobre la superficie de las aguas; pero pronto
desapareció la nave entera entre las olas, formando un remolino
espantoso.
Sus palos oscilaron un momento entre las espumas, y luego desaparecieron
también en la vorágine.
--¡Pobre nave!--exclamó conmovido el Capitán--. ¡Quién sabe si pronto te
seguiremos!...
Entre tanto, la chalupa se alejaba con rapidez del lugar del naufragio,
llevada por las olas, que se dirigían a la extremidad meridional de
aquel inmenso golfo.
Van-Horn se había sentado en el puesto del timonel y Cornelio y Hans,
ayudados por el muchacho pescador, habían izado el palo y desplegado la
vela.
--¿Adónde nos dirigimos, señor?--preguntó el piloto al Capitán.
--Tratemos de llegar a la costa australiana, que es la más próxima. No
me atrevo, en medio de este temporal, a intentar ahora la travesía del
golfo ni a dirigirme hacia las islas de Eduard Pellew, Wellesley o
Groote. Más tarde procuraremos ganar las playas septentrionales de la
tierra de Arnheim. ¡Atención a la vela, muchachos; y tú, Horn, cuidado
con los golpes de mar!
--Perded cuidado, señor Stael.
La situación de los náufragos de la Hai-Nam era peligrosísima. Podía
decirse que su existencia pendía de un hilo, que podía romperse de un
momento a otro.
El temporal se desencadenaba entonces con furor increíble. A la primera
noche de tinieblas había sucedido otra de fuego. Los relámpagos se
sucedían casi sin interrupción, iluminando las masas de nubes que se
amontonaban confusamente y corrían hacia el estrecho de Torres.
Retumbaban sin cesar los truenos entre los silbidos del viento y los
mugidos de las olas.
La chalupa, verdadera cáscara de nuez, perdida en aquel golfo, más
vasto que algunos mares, sufría espantosas sacudidas. Ora llegaba hasta
la espumante cresta de una ola gigantesca, donde se sostenía por un
milagro de equilibrio, parecida a un pájaro marino; ora caía con rapidez
vertiginosa en abismos insondables, verdaderas simas negras y sin fondo,
que a cada momento amenazaban tragársela, pero de donde salía como una
flecha para volver a montar en la cresta de otra ola.
Parecía un juguete en manos de gigantes; pero resistía maravillosamente.
Con su pequeña vela saltaba con agilidad de ola en ola, como si fuera un
barco insumergible, y subía y bajaba por las montañas de agua, intrépida
y ágil como una gaviota.
El Capitán, con la cuerda de la vela en las manos, la cabeza
descubierta, los cabellos al viento, y pálido, pero resuelto, desafiaba
con serenidad a la muerte, que le amenazaba por todas partes, y daba con
voz segura las voces de mando. Van-Horn, con la caña del timón en la
mano, la barba revuelta y los ojos muy abiertos, miraba sin pestañear
las olas y trataba de evitarlas para que no los tomaran de través; Hans,
Cornelio y el chino, pálidos y aterrados, se ocupaban en achicar el agua
que entraba por las bordas de la chalupa.
Van-Stael de vez en cuando los animaba con una palabra o con un gesto, y
les preguntaba:
--¿Tenéis miedo?
--No--respondían invariablemente Hans y Cornelio; pero su voz era poco
segura.
La chalupa, entre tanto, avanzaba con extraordinaria rapidez. Llevada
por el viento y las olas, iba acercándose a la costa australiana, que ya
no debía de estar muy lejos.
Si no ocurría alguna catástrofe antes de llegar a ella, y ya comenzaban
a tener esperanzas de que no ocurriera, los náufragos del junco podían
considerarse en salvo, pues en las costas de la tierra de Torres
desembocan buen número de ríos, los cuales, a su vez, forman pequeñas
bahías.
Por desgracia, Van-Horn no podía mantener la ruta hacia el Este a causa
del oleaje, que, por venir del Sur, empujaba de costado a la chalupa.
Tenía que dirigir la proa al Nordeste y otras veces al Norte, alargando
así el camino en muchas leguas. Además, el tiempo no tendía a calmarse,
sino que más bien empeoraba, poniendo a dura prueba el valor de aquellos
desgraciados. El viento seguía soplando con ímpetu irresistible,
empujando ante sí verdaderas masas de agua. Debía de tener, por lo
menos, una velocidad de veintidós metros por segundo, que es de las
mayores que suele alcanzar. El mar, embravecido, rugía furiosamente con
tonos imposibles de describir, y empujaba hacia el Norte verdaderas
montañas de agua.
A las dos de la mañana estuvo a punto de zozobrar la chalupa. Cogida
entre dos olas, fué lanzada al aire a bastante altura y cayó en un
abismo, cuyas líquidas paredes se cerraron en seguida.
¡Fué un momento terrible! Todos, al verse caer en aquella profunda sima,
se dieron por muertos, considerando imposible volver a salir de ella.
Cornelio y Hans lanzaron un grito de terror, dándose por muertos; pero
una tercera ola empujó al barquichuelo, que pudo subir a flote y seguir
adelante, aunque lleno de agua. A las tres, otra ola, que embistió de
costado a la chalupa, estuvo a punto de volcarla; pero Van-Horn, que no
abandonaba la caña del timón, la salvó con una brusca virada, mientras
el Capitán, sin perder un momento la calma, aflojaba rápidamente la
cuerda de la vela.
Casi en el mismo instante Cornelio, que estaba a proa, señalaba una
costa.
La había visto a la luz de un relámpago; pero la obscuridad volvió a
caer sobre aquel mar proceloso, ocultándola a las miradas del Capitán.
--¿Estás seguro de no haberte equivocado, Cornelio?
--No, tío; la he visto perfectamente.
--¿A proa?
--Hacia el Nordeste.
--¿Lejana?
--Unas tres millas.
--Es la costa de la tierra de Torres. Procuremos no chocar con alguna
escollera, Horn.
--Pondré cuanto esté en mi mano por evitarlo.
--¿Podremos llegar a tierra, tío? Tengo miedo--dijo Cornelio.
--Has demostrado demasiado valor para tu edad, pobre muchacho; pero esta
es la última prueba. Si estamos cerca de la costa, espero que podamos
llegar a ella. ¿La ves, Cornelio?
--No; pero me parece sentir el ruido de la resaca.
--¿Habrá escollos por aquí? Navegamos por un golfo poco conocido y que
abunda en escollos coralíferos.
Entregó la cuerda de la vela al joven pescador chino y, a pesar de las
sacudidas furiosas que sufría la chalupa, se acercó a Cornelio. Miró
ante sí; pero sólo vió olas monstruosas. Aguzando el oído, percibió
distintamente ciertos ruidos bien diferentes a los que producen las olas
en medio del mar.
--Sí--dijo--. Estamos cerca de tierra o de un escollo. Esperemos un
relámpago.
No tuvo que esperar mucho. A poco un brillante relámpago rasgaba las
nubes, iluminando el golfo hasta los extremos límites del horizonte.
Una orden precisa y terminante salió de los labios del Capitán:
--¡Escollera ante nosotros! ¡Orza la barra, Van-Horn!
El viejo piloto, sin perder un instante, volvió la barra a babor, y la
chalupa huyó hacia el Norte, mientras el chino dejaba correr toda la
cuerda de la vela.
Al resplandor de aquel relámpago Van-Stael y Cornelio habían visto una
escollera como a quinientos pasos de la chalupa. Un momento de retardo o
una falsa maniobra y la embarcación se habría estrellado en aquellas
peñas.
--Nos hemos salvado por milagro--dijo el Capitán--. ¿Tendremos que
luchar hasta el alba entre estas olas, que parecen ansiosas por
tragarnos? ¿Podremos resistir hasta entonces?
--¡Tío!--exclamó Hans--. ¡Mira hacia allá!
--¿Qué ves?
--Un resplandor muy vivo. ¿No lo percibes tú?
--¿Un resplandor? ¿Tal vez el fanal de algún buque?
--No; más bien parece un incendio.
Todos volvieron la vista en la dirección indicada por el joven, y
descubrieron a gran distancia una luz extraña que se destacaba en las
tinieblas.
No parecía que la produjera un incendio, como el joven había supuesto;
pero tampoco era fácil adivinar su verdadera causa. Parecía como una
niebla luminosa con reflejos dorados y plateados. Por debajo de ella se
veían moverse unos cuerpos extraños, que parecían de plata fundida,
veteados de un verde pálido y con estrías de púrpura.
--¿Qué ocurre allí?--preguntaron Hans y Cornelio.
--Se diría que el mar llamea--dijo Van-Horn, que se había levantado,
aunque sin abandonar el timón.
--¿Ocurrirá algún fenómeno desconocido de nosotros?--preguntó el
Capitán.
--O que esté ardiendo alguna selva cerca de la costa--opinó Cornelio.
--Se verían llamas--objetó el Capitán--. Además, con este viento
impetuoso las chispas se elevarían a gran altura, y ahí no las hay.
--¿Será acaso alguna erupción volcánica?
--No hay ningún volcán en estas costas, Cornelio.
--Además--dijo Van-Horn--, se vería la luz a cierta altura, y esa que
vemos está a flor de agua.
--Como que parece que se trata de ondas luminosas--dijo el Capitán,
después de observar con mayor atención--. Mira, Horn, cómo se mueven, se
levantan, bajan y corren.
--Son olas que se rompen, Capitán.
--¿Contra una costa?
--No estoy seguro.
--Pero ¿qué es lo que produce tan intenso resplandor?
--Pronto lo sabremos, Capitán. El mar nos lleva hacia allá.
La chalupa, en efecto, se dirigía hacia la luz misteriosa, que se
extendía de Norte a Sur en un espacio amplísimo. Sufría esa luz grandes
oscilaciones y movimientos: unas veces parecía alzarse, otras bajarse;
destacábanse a veces de ella múltiples puntas o crestas, y se rodeaba de
una niebla brillante que vibraba con violencia. Surcaban aquella luz
ciertas líneas o vetas brillantísimas que parecían de oro o de fuego,
las cuales tan pronto se encendían como se apagaban y que cambiaban de
lugar corriéndose de un lado para otro.
De pronto exclamó el Capitán:
--¡Costa allí!
--¿Detrás de aquel fuego?--preguntó Cornelio.
--No es un fuego; es una espléndida fosforescencia marina. Allá distingo
las olas luminosas rompiéndose en las escolleras y lanzando al aire su
espuma fosforescente. ¡Atención, Van-Horn! ¡Ten firme la caña del
timón!
XI.--UNA ISLA DE CORAL
Uno de los más espléndidos fenómenos que se admiran en los océanos es,
sin duda, la fosforescencia marina, cuya intensidad depende de los
climas y de la mayor o menor cantidad de zoófitos que haya en las aguas.
Como puede comprenderse, sólo es visible de noche, cuando las aguas se
ponen tan negras que parecen de alquitrán, y su esplendidez es mayor en
las noches sin luna y muy cubiertas de nubes.
Entonces se ven salir extraños resplandores de los abismos del mar:
puntos luminosos, rayas de fuego y círculos resplandecientes. Van,
vienen, se mueven, se agrupan formando raros dibujos; unas veces son
resplandores de un rosa pálido, otras de un azul muy vivo, otras rojos o
amarillentos. Poco a poco cubren el mar; las luces se funden, las aguas
se impregnan de ellas, y entonces parece que en las profundidades del
mar brilla esplendorosa una luna o una lámpara eléctrica de incalculable
fuerza.
¿Cuáles son los agentes productores de esa luz? Moluscos gelatinosos,
sin consistencia, de forma de extravagantes sombrillas, provistos de
cierta cola más extraña aún y de tentáculos lisos o plumeados cubiertos
de ventosas, como animales marinos que llevaran linternas encendidas.
Algunos de aquellos moluscos se llaman anémonas, otros pelagias, y los
peces fosforescentes _scopelus_, _ergysopeletas_, _chanliodas_, etc.,
etc.
Una fosforescencia más maravillosa aún es la producida por los
_nottiluche_, pequeñísimos moluscos, invisibles por lo común, y que
tienen la forma de un círculo alargado por uno de sus polos, con un
apéndice movible provisto de una membrana resistente. Suben a la
superficie por millones de millones y saturan las aguas.
No se sabe todavía si estos pequeñísimos organismos son de naturaleza
animal o vegetal; sólo se sabe que su fosforescencia es debida a una
substancia particular que recubre su cuerpo y que parece resplandecer al
contraerse.
Sea como quiera, es sorprendente el espectáculo que con tales organismos
ofrece el océano. La superficie brilla como salpicada de partículas de
plata o como si entre las aguas corrieran metales fundidos: hierro, oro
o plata y azufre ardiendo.
Arrojado al mar un objeto cualquiera, se le ve como despedir brillantes
chispas, y si un buque navega por esas aguas, a proa, a popa, a babor y
a estribor se le ve relampaguear y como adornarse de espléndidas orlas
de lucecillas azules, rojas y verdes, lanzando por la popa como un
penacho de fuego que prolonga sus encendidas plumas hasta larga
distancia.
El fenómeno es todavía más admirable cuando el mar está agitado.
Entonces son las olas las que parecen luminosas, como si no fuesen de
agua, sino de fósforo líquido.
Esas luces parecen adquirir intensidad con el movimiento de las aguas:
suben, bajan y se mezclan unas con otras, confusamente, formando
movibles líneas de oro y plata, que se prolongan hasta las crestas de
espuma, que también se hacen luminosas. Al chocar esas olas contra una
costa o una escollera parece que la tierra o los escollos se incendian y
de ellos se levanta una especie de niebla llameante que produce un
efecto verdaderamente maravilloso.
Tal era el fenómeno que tanto había sorprendido a los náufragos del
junco.
La distancia había impedido a Van-Stael darse cuenta desde el principio
de lo que se trataba; pero al acercarse la chalupa a aquellos parajes lo
comprendió perfectamente.
Las olas fosforescentes, rompiéndose con indecible furia contra la
costa, lanzaban al aire sus espumas y salpicaduras, impregnadas de
aquellos microscópicos organismos, y las cuales, mantenidas por el
viento en suspenso en el aire durante algún tiempo, tomaban aspecto de
niebla luminosa.
--¡Qué admirable fosforescencia!--dijo Cornelio--. ¡No he visto en mi
vida cosa más hermosa!
--Y con esta tempestad resulta doblemente soberbia--dijo el Capitán--.
Demos gracias a este fenómeno, que nos ha hecho descubrir a tiempo la
costa australiana. Lu-Hang, disponte a arriar la vela.
--¿Esperáis encontrar un refugio en la costa, señor Van-Stael?--le
preguntó el piloto.
--Lo espero; pero no estoy seguro. No sé adónde nos ha traído el
temporal.
--Fuera del golfo, de seguro que no.
--¡Dios no lo permita! Antes que encontrarme en el estrecho de Torres
con este tiempo, preferiría verme delante de una escollera.
--Pues delante de una escollera creo que nos encontramos, señor
Stael--dijo Van-Horn, que se había levantado de pronto.
--¿No es la costa australiana la que estamos viendo?
--No; es una larga línea de escollos.
--¿No te equivocas, Horn?--preguntó el Capitán con ansiedad.
--No; los he visto al resplandor de un relámpago, mientras hablabais con
el señor Cornelio.
--¿Tendremos que virar en redondo y emprender otra vez la lucha con la
tempestad?
--No, Capitán. Aquí encontraremos un refugio mejor que el que pudiera
ofrecernos una bahía en la costa australiana. Si no me equivoco, he
visto un atol, y hasta árboles.
--¿Está abierto el atol?
--Sí; he descubierto un canal abierto a través de los corales. Esperemos
un relámpago, Capitán.
--¿Es un puerto eso que se llama atol?--preguntaron Hans y Cornelio.
--Y de los más seguros--respondió el Capitán--. Si es, en efecto, un
atol, veréis qué construcciones son capaces de hacer los corales.
--¡Mirad!--gritó Van-Horn.
Un relámpago iluminó el tempestuoso golfo y la línea de escollos en que
se estrellaban las olas.
--¿Habéis visto?--preguntó el piloto.
--Sí--dijo el Capitán, respirando satisfecho--. En medio de la escollera
he visto el atol rodeado de árboles y he visto también el canal.
Gobierna tú siempre derecho con la proa al Este.
--¿Resistirá la chalupa la resaca?
--No habiéndose ido a pique entre estas tremendas olas, saldrá también
victoriosa de la resaca. Cornelio, mira bien, no sea que haya escolleras
delante del atol.
--Las ondas luminosas nos las harán ver, tío.
La chalupa, impulsada por el viento y las olas que corrían hacia los
arrecifes, se acercaba con rapidez al atol, que se veía perfectamente a
los resplandores de la niebla luminosa. Pronto se halló en medio de
aquella prodigiosa fosforescencia. Brillaban las olas como si se
compusieran de partículas de plata y azufre fundido, y salpicaban a los
náufragos de aquellos microscópicos moluscos, que seguían reluciendo aun
fuera del agua.
La chalupa dejaba marcada su ruta por una estela luminosa, que brillaba
en las tinieblas de la noche como la cola de un espléndido cometa.
El Capitán y Cornelio, asomados al mar por la banda de proa, mientras
que Hans y el chino atendían a la vela, examinaban con atención las
aguas para no chocar contra cualquier escollera que subiese hasta la
superficie y que indudablemente habría destrozado a la débil
embarcación.
Tenían el atol como a un cable de distancia delante de ellos. Era como
un islote redondo, de un cuarto de milla de bojeo, con un lago en medio,
también redondo, formando así un como anillo de unos cien pies de ancho,
cubierto de árboles, con una angosta abertura hacia el Sudoeste.
Nada más hermoso que el aspecto de aquel atol, con el lago central de
aguas fosforescentes rodeado de un cinturón, que la vegetación de que
estaba cubierto hacía parecer de esmeraldas.
Al Norte y al Sur se destacaban dos líneas de escolleras, prolongándose
muchas millas en la misma dirección.
La mar estaba agitadísima en torno de aquel islote y de las escolleras.
Las olas se estrellaban furiosas en tales obstáculos con fragor
tremendo, reventando en espumas, alejándose y volviendo furiosamente a
la carga.
--¡Atención al paso, Van-Horn!--gritó el Capitán, que se había puesto
pálido.
--¿Hay escolleras delante?--preguntó el piloto con la voz ligeramente
alterada.
--No.
--Confiemos en que se podrá pasar.
La chalupa, levantada por una ola monstruosa, fué lanzada hacia el
canal. Desapareció un momento entre las espumas, y poco después pudo
vérsela levantada sobre la cresta de una ola, que la empujaba hacia
adelante.
--¡Gobierna derecho, Horn!--gritó el Capitán.
Habían ya entrado en el canal del atol. Lo atravesaron con la rapidez de
una bala y entraron en el pequeño mar interior del islote.
--¡Abajo la vela!--ordenó Van-Stael.
Hans y el chino la dejaron caer, mientras Van-Horn orzaba la barra,
dirigiendo la chalupa hacia la orilla interior del atol. ¡Qué
tranquilidad en aquel lago, abrigado de las olas por la corona de
escollos, o, mejor dicho, por aquel círculo de rocas coralíferas en que
se estrellaban las olas del mar exterior! Mientras fuera se revolvían
furiosamente las aguas agitadas por la tempestad, en aquel lago reinaba
la más absoluta calma. Su superficie estaba tranquila y era bruñida y
lisa como la de un espejo metálico. Apenas la chalupa hizo moverse la
superficie de sus aguas, despidieron éstas resplandores fosforescentes.
--Pero ¿dónde estamos?--preguntaron Hans y Cornelio.
--En un puerto seguro, desde el cual podemos desafiar a los más
tremendos huracanes--respondió el Capitán.
--¿Y qué isla es ésta?
--¿Quién sabe? Yo mismo ignoro dónde nos encontramos, y por ahora no me
preocupa el saberlo.
--¡Pero es maravillosa, tío!--exclamó Cornelio--. Jamás he visto una
isla semejante.
--Pues en el océano Pacífico hay muchas parecidas, perfectamente
circulares; pero no todas tienen un canal o paso al interior como ésta.
--¿Y tienen también su pequeño lago en medio?
--También, Cornelio.
--Son verdaderos anillos de rocas.
--De rocas, no, de coral; pues las islas de esta forma especial son obra
de pólipos.
--Ya sé que los pólipos coralíferos del océano Pacífico levantan desde
el fondo del mar escolleras e islotes; pero no comprendo cómo pueden dar
a esos islotes esta forma redonda y formar un lago o mar interior en su
centro.
--La explicación es fácil, Cornelio. En el océano Pacífico hay muchos
volcanes apagados y sumergidos desde tiempos remotísimos, separados de
los nuestros por millones de millones de años.
Algunos de estos volcanes llegan con sus cimas casi hasta la misma
superficie del mar. Los pólipos coralíferos ocupan esa cima y comienzan
su construcción, elevándola gradualmente.
Como tú sabes, los volcanes tienen un cráter más o menos circular y en
su interior están huecos. Los pólipos, construyendo sólo en los bordes,
conservan la forma circular y edifican estas preciosas islas, a las que
se da el nombre de atoles.
Algunos cráteres suelen tener en sus bordes determinada cortadura, y no
pudiendo los pólipos coralíferos soportar presiones demasiado grandes,
construyen solamente allí donde pueden vivir, dejando libre la
cortadura. Esta es la razón de que algunos atoles, como éste en que
estamos, tengan un canal.
--¿Son resistentes las construcciones de los pólipos?
--Más que las rocas de pórfido, de granito o de cuarzo. ¡Es un fenómeno
maravilloso, increíble, Cornelio! Estos seres, infinitamente pequeños,
débiles, gelatinosos, levantan barreras que las tempestades no pueden
destruír. Se apoderan de los átomos de carbonato de cal que hay en las
aguas y los transforman en materiales de construcción, con los cuales
forman rocas indestructibles.
¡Qué labor tan admirable la de estas miríadas de arquitectos, trabajando
constantemente, de día, de noche, por años, por siglos, por centenares
de siglos, sin cansarse jamás!
--¿Son muchas las islas construídas por estos maravillosos zoófitos?
--Se calcula que la superficie de todas juntas asciende aproximadamente
a dos mil quinientas leguas cuadradas.
--No son muchas, tío. Yo creía que casi todas las islas del océano
Pacífico eran coralíferas.
--Hubo un tiempo en que así se creía; pero hoy se ha comprobado que los
zoófitos constructores sólo pueden vivir a pequeñas profundidades. Antes
se suponía que se reunían en lugares muy profundos y allí comenzaban sus
construcciones, elevándolas gradualmente hasta la superficie del mar;
pero hoy se sabe que los cimientos de sus obras no pueden estar a más de
ocho o diez brazas debajo de la superficie del agua.
--¿No es, pues, cierto lo que afirman algunos?
--¿Qué afirman?
--Que los zoófitos, continuando sus construcciones, podrían reunir un
día todas las islas diseminadas por el océano Pacífico.
--Eso es un desatino, Cornelio; pues, como te he dicho, los zoófitos
comienzan a construír en la cima de los montes o volcanes submarinos.
--Debe de haber muchísimos montes y volcanes bajo las aguas del océano
Pacífico.
--Es cierto, Cornelio, y por eso abundan tanto allí las construcciones
coralíferas.
Y basta ya de preguntas, curioso. Aprovechemos la tranquilidad que reina
en este atol y tratemos de dormir algunas horas. Tenemos necesidad de
descanso.
XII.--EL ESTRECHO DE TORRES
La tempestad no cesó en toda aquella noche. Un viento terrible que
soplaba del Sur, caliente como si saliera de un inmenso horno encendido
o como si atravesara por un desierto de fuego, corrió constantemente
sobre el golfo de Carpentaria, retorciendo, como si fueran débiles
cañas, los árboles que crecían alrededor del islote coralífero.
El trueno no cesó un solo instante y las olas batieron toda la noche
furiosamente las escolleras, rompiéndose en ellas con fragor tremendo.
Los náufragos del junco, que no tenían ya nada que temer del furor de
los elementos, durmieron plácidamente en su chalupa, cubiertos por un
gran encerado y por la vela, que los protegían de las salpicaduras de
las olas.
No despertaron hasta después de las nueve de la mañana, precisamente
cuando comenzaba a calmarse.
Las nubes huían hacia el Norte, en dirección del estrecho de Torres y de
Nueva Guinea o Papuasia, impulsadas por las últimas ráfagas, y un sol
espléndido brillaba hacia la costa australiana, dorando las olas del
golfo de Carpentaria, que aún seguían agitadas.
Entre las palmas de coco que crecían en la isla, bandadas de papagayos
verdes y rojos, de loros de plumas amarillentas y cuellos negros y de
pequeños pardalotes grises y dorados revoloteaban, cantando alegremente,
como saludando al sol, mientras algunos _bernicla jubata_, feos
volátiles de cuello largo y delgado, plumaje blanco y negro y patas
palmípedas, buscaban cangrejos y pececillos.
--Tío--exclamó Hans, que había desembarcado en la isla--; te invito a
almorzar.