mediana, era vigoroso. Tenía la piel amarilla, los pómulos salientes,
los ojos oblicuos y los labios algo pronunciados. Llevaba la cabeza
rapada y adornada con la larga trenza que usan todos los súbditos del
Imperio Celeste.
Colocado junto a la lantaca, medio oculto el rostro bajo un monumental
sombrero de bambú entretejido, que tenía la forma de un hongo, espiaba
los movimientos de los caníbales, dispuesto a derramar sobre ellos una
lluvia de metralla.
Al parecer, aquellos salvajes habían abandonado por el momento la idea
de apoderarse del junco, en vista de la inutilidad de sus tentativas
para atravesar el ancho espacio de agua que los separaba de la playa.
Habían perdido casi todos sus _bomerangs_, los cuales no volvían a sus
manos por no encontrar un buen punto de apoyo en el agua. Emprendiéronla
entonces con los depósitos de _trépang_, devorando las _olutarias_ con
bestial avidez.
Al pie de las peñas ardían grandes hogueras, señal evidente de que
estaban preparando el festín de carne humana.
A las dos de la tarde todos los barriles de agua y el lastre de arena
habían sido arrojados al mar, aligerando al buque de un peso de cerca de
cuarenta toneladas. El mismo Capitán, para acelerar una operación que
tanto podía contribuír a poner a flote el junco cuando subiera la marea,
había trabajado con sus propias manos para efectuarla; después se
dedicó, en unión del viejo piloto, a trasladar a la banda de babor los
víveres, los baúles y todos los objetos pesados para aligerar la banda
de estribor, que se apoyaba en el banco.
Cornelio y Hans habían vuelto a la cubierta y reconocían desde allí el
banco de arena, que la subida de la marea iba ocultando por momentos
bajo mayor cantidad de agua.
--¿Crees que lograremos ponernos a flote?--preguntó Hans a Cornelio.
--Lo espero--respondió éste--, porque según el tío, no será una pleamar
ordinaria la que tendremos.
--¿El agua sube en esta costa más que en otras?
--Sí, Hans, porque esta región está bajo la influencia directa de la
Luna.
--Es verdad--dijo el Capitán, que había vuelto a subir a cubierta--. A
las cuatro y media tendremos una pleamar excepcional.
--¿Todas las pleamares no son, pues, iguales, tío?
--No, Hans.
--¿Son las mareas efecto de las corrientes marinas o de qué?
--Las produce la Luna, y algo también el Sol, por la atracción que
ejercen sobre las aguas.
--No entiendo ese fenómeno, tío. Esto de bajar y subir cada seis horas
el nivel del mar es para mí un misterio.
--Lo creo, pues durante muchos siglos no se supo explicar ese hecho.
Algunos astrónomos y hombres de ciencia muy antiguos como Cleomedes,
Plinio y Plutarco, sospecharon que era debido a la influencia de la
Luna; pero no lo aseguraban de un modo terminante. Hasta Galileo y el
ilustre Kepler andaban todavía en dudas. Newton fué el primero que
demostró la posibilidad de que ese fenómeno fuera debido a la atracción
de la Luna. Después de él el astrónomo Laplace ha dejado la cuestión
completamente resuelta.
--Pues si tantos hombres ilustres por su ciencia han estado tanto tiempo
dudando, me consuelo de mi ignorancia--dijo Hans.
--Y, sin embargo, sobrino, ¡es tan sencillo ese fenómeno! Como sabes, la
superficie de nuestro globo está en gran parte cubierta de agua, la
cual, por su fluidez, puede moverse. Ejerciendo la Luna una fuerte
atracción sobre nuestro planeta, levanta la masa de las aguas. De éstas,
las menos sometidas a la fuerza atractiva de la Luna siguen el
movimiento, pero más perezosamente, y las que están en el lado opuesto
de la Tierra no experimentan los efectos del fenómeno. Tenemos, pues,
dos enormes masas de agua sobre la superficie terrestre, de las cuales
una mira a la Luna y la otra ocupa la parte de la Tierra opuesta a la
atracción lunar.
--Comprendo, tío; pero las mareas cambian. Ahora suben aquí y dentro de
seis horas lo hacen en otra parte del globo.
--Eso depende de la rotación de la Tierra. Girando sobre sí misma en el
espacio de veinticuatro horas, expone sucesivamente las varias partes de
su superficie a la acción de la Luna, obligando a las aguas a un
constante movimiento. Ahora nos encontramos nosotros bajo la influencia
directa de la Luna y aquí se amontonan las aguas; pero, al girar la
Tierra, estas aguas se alejan de esa influencia, que pasa a ejercerse
sobre otras.
--Entonces la Luna mantiene a los mares en una perturbación
continua--dijo Cornelio.
--Así es; pero no sólo la atracción de la Luna produce las mareas; pues
el Sol también tiene su parte en ellas.
--¿A pesar de lo lejos que está de nosotros?--preguntó Cornelio.
--Sí; pero la atracción del Sol es menos intensa que la de la Luna, a
causa, sin duda, de la enorme distancia que de él nos separa. Las mareas
provocadas por su acción son menos marcadas. Puede decirse que no hace
más que modificar las ocasionadas por la acción de la Luna, aumentando o
disminuyendo la intensidad de ellas. La atracción del Sol es dos tercios
menos enérgica que la de la Luna.
--¿Ocurre alguna vez que se sumen las dos atracciones?
--Sí, Cornelio, y entonces ocurren las grandes mareas. Si la Luna eleva
las aguas tres pies, el Sol y ella juntos las hacen levantarse hasta
cuatro.
--¿Y a qué se debe que las mareas sean más fuertes en unos lugares que
en otros? Porque he oído decir que en algunos puntos de la Tierra llegan
a alturas enormes.
--Es cierto, Cornelio, y se explica por la configuración especial de
ciertas costas. En medio del Océano las mareas son siempre iguales,
salvo en los casos en que se sumen las atracciones de la Luna y del Sol;
pero en las inmediaciones de los continentes se advierten grandes
diferencias, señaladamente en ciertos mares y golfos, donde sube hasta
siete y ocho brazas el nivel de las aguas en la pleamar. En la bahía de
Fundy, que está en la costa de Nueva Escocia, sube hasta doce brazas.
Las aguas, atraídas por la Luna, se acumulan en ciertas playas; pero, a
causa de la velocidad adquirida, continúan su movimiento ascendente, aun
después del paso de la Luna por el meridiano, elevándose más de lo
normal.
--La Tierra ejercerá también atracción sobre la Luna; eso ni que decirlo
hay, ¿verdad tío?
--Sí, y mucho más poderosa que la de la Luna sobre la Tierra, porque la
Tierra es mucho mayor que la Luna. Los movimientos que produciría la
Tierra en la masa de la Luna cuando estaba, como se supone que estuvo
alguna vez, en estado líquido, tenían que ser enormes.
--¡Capitán!--gritó en aquel instante Van-Horn--. Se oyen crujidos en la
carena.
--¡Buena señal!--exclamó Van-Stael levantándose apresuradamente--.
Aprovechemos estos momentos en que tenemos buena brisa del Este para
desplegar las velas.
Los dos jóvenes, el piloto y el chino treparon por las escalas de cuerda
y fueron desplegando las velas.
Los salvajes, al notar aquellas maniobras, presumieron que los blancos
se preparaban a abandonar la bahía y acudieron a la playa dando furiosos
gritos y blandiendo las armas.
Algunos, más audaces, se arrojaron al agua, mientras los otros saltaban
hasta los extremos de la escollera; pero un disparo de la lantaca hizo
caer a tres o cuatro, refrenando el ardor de los demás.
--¡Preparad la cuerda del ancla!--gritó el Capitán a Van-Horn y al
chino--. ¿Sigue la otra a babor?
--Siempre, señor--contestó el piloto.
--¿Crees que resistirá?
--Confío en ello, Capitán.
--Virando algo, creo que podremos ejercer un poderoso esfuerzo por
estribor y poner el barco a flote.
--Ayudaremos a la marea.
En aquel momento se estremeció el junco y pareció que tendía a recobrar
su nivel. El Capitán se asomó por la amura de estribor y miró al fondo;
pero la marea, que seguía creciendo, había cubierto todo el banco y no
se le distinguía.
Los crujidos continuaban, y las velas, ejerciendo su esfuerzo hacia
babor, ayudaban poderosamente la acción de la marea.
Oyéronse de pronto, bajo la carena, fuertes crujidos, que iban
aumentando en intensidad, y el junco, que el viento empujaba hacia en
medio de la bahía, se inclinó más.
--¡Resbalamos por el banco!--gritaron Hans y Cornelio.
--¡Y los salvajes adelantan!--exclamó Horn--. ¡Eh, Lu-Hang, mándales
unos cuantos confites a esa cáfila de brutos!
El chino disparó la lantaca sobre los salvajes, que avanzaban
amenazadoramente dando saltos por las escolleras, para ponerse a tiro de
sus azagayas y _bomerangs_.
Casi al mismo tiempo, el junco, levantado por la marea, salía de su
lecho de arena dando un fuerte bandazo.
--¡Pronto, el ancla!--gritó Van-Stael.
Van-Horn, Cornelio y Hans obedecieron rápidamente y maniobrando con
vigor en la palanca sacaron del fondo la pequeña ancla.
Van-Stael subió al castillo y empuñó la caña del timón, mientras sus
compañeros disponían el velamen para tomar viento en popa y Lu-Hang
lanzaba un último disparo contra los australianos, que daban espantosas
voces.
Pocos minutos después el junco, ya boyante por efecto de la pleamar,
salía a toda vela de la bahía, dirigiéndose al golfo de Carpentaria.
IX.--EL NAUFRAGIO DURANTE EL HURACÁN
Al ver huir la nave, los salvajes, que contaban que siguiera
embarrancada, lanzaron furiosos gritos y se dispersaron por la playa con
la esperanza de que los fugitivos se vieran obligados a tocar en tierra.
Para aquella gente famélica el _trépang_ no había sido más que un
aperitivo. El agradable tufillo que despedían los cuerpos de los chinos
puestos a asar en las brasas les excitaba terriblemente el apetito.
Al fin tuvieron que perder sus últimas esperanzas, pues el Hai-Nam,
impulsado por el viento que soplaba del Este, filaba rápidamente hacia
el amplio golfo de Carpentaria. Las velas, hinchadas casi hasta
reventar, lo empujaban hacia el Nordeste, y el Capitán lo dirigía al
lejano estrecho de Torres, para entrar en el mar de las Molucas y llegar
a la isla de Timor.
A pesar del encallamiento, el junco no parecía tener la menor avería y
navegaba gallardamente por las espumosas olas del golfo.
--¡Gritad, gritad, que ya no nos pillaréis!--decía Van-Horn mirando a
los salvajes que iban perdiéndose en la distancia--: os desafío a
seguirnos basta el estrecho de Torres.
--Veo que ya no te dan miedo, viejo Horn--le dijo Cornelio.
--Ni antes me lo daban tampoco; pero esa canalla puede jactarse de haber
hecho una buena presa. ¡Pobres chinos!... A estas horas estarán
comiéndose sus cuerpos los caníbales; pero la culpa no ha sido nuestra.
Si no se hubieran emborrachado todos estarían a salvo a bordo del junco.
--¿Y lograremos nosotros llegar a la costa de Timor?
--¿Y por qué no, señor Cornelio? Somos cinco solamente; pero las
maniobras de nuestras velas no requieren muchos brazos, y, además,
atravesado el estrecho de Torres, nada tendremos que temer, porque sólo
en ese brazo de mar, sembrado de bancos coralíferos y de bajíos, hay
algún peligro.
--¡Quiera Dios que no nos sorprenda alguna tempestad! ¡Mira hacia allá,
Horn! ¿No ves las nubes que se elevan a la extremidad del golfo?
--Es verdad, señor Cornelio--dijo el marino arrugando la frente--. Esta
noche tendremos viento fuerte; pero el junco parece sólido y está ya
probado en varias tempestades.
--No digo lo contrario; pero si al encallar ha quedado algo resentido
... Tú sabes muy bien que la carena de estos barcos no es tan segura
como la de los europeos.
--También eso es verdad, señor Cornelio. Todos los juncos chinos, lo
mismo los grandes, que llaman _ts-as-ch'wan_, que los pequeños, o
_towmang_, o que los de solo un palo, o _ta-yü-ch'wang_, suelen estar
mal construídos. Muchos de ellos, a lo que se dice, no pueden afrontar
los peligrosos bajíos del mar de la China. Aun se añade que sólo el
departamento marítimo de Cantón pierde anualmente sobre diez mil marinos
a causa de la mala construcción de los barcos chinos.
--Lo cual no es nada halagüeño para nosotros, tripulantes del Hai-Nam.
--Ya os he dicho que nuestro junco es de los mejores, y que tiene muy
buena arboladura y que la maniobra puede hacerse muy fácilmente. Vuestro
tío no habría consentido en tomar el mando de una almadía.
--¡Eh, Van-Horn!--gritó en aquel momento el Capitán, que seguía en el
timón--. ¿No te parece que el junco está algo tumbado de estribor?
El marino, sorprendido por aquella pregunta, miró al puente y se
convenció de que, en efecto, el barco estaba inclinado de estribor,
cuando, por la posición de las velas, debiera inclinarse del lado
contrario.
--¡Esto es raro!--exclamó--. Si llevásemos carga se diría que estaba mal
estibada, pero no hay siquiera una tonelada de lastre.
--¿Y qué me dices, Van-Horn?--preguntó el Capitán.
--No me explico esto, señor Van-Stael--contestó el piloto--. ¡Como no
sea que tenga el junco alguna avería!
--Sin embargo, navega bien.
--Perfectamente--dijo Van-Horn.
--Más adelante trataremos de averiguar de qué depende este defecto que
no había notado antes. Ponte al timón, Horn.
--¿Qué ruta?--preguntó el marino subiendo al castillo.
--Nornoroeste, derecho a la isla Wessel. ¡Hum! El tiempo se nubla y
dentro de pocas horas tendremos mar gruesa.
--También yo lo he advertido, señor Van-Stael. Si el viento aprieta,
recogeremos velas.
Los dos lobos de mar no se habían equivocado.
A la extremidad meridional del golfo de Carpentaria se iban amontonando
nubes obscuras con los bordes color de naranja, y se extendían por el
cielo, amenazando cubrirle hasta los límites del horizonte.
Por aquella dirección soplaban de vez en cuando ráfagas de aire
caliente, que procedían, sin duda, de las caldeadas regiones de
Australia, tal vez de aquel gran desierto de piedra que ocupa gran parte
de ese enorme continente.
El mar comenzaba también a agitarse. Las olas iban tomando un tinte
amarillento rojizo y se cubrían de espuma.
A las siete de la tarde, mientras el sol se iba ocultando en el
horizonte, comenzaban a oírse hacia el Sur los primeros truenos, y algún
que otro relámpago iluminaba aquella masa de vapores. El viento arreció
de pronto, silbando entre la arboladura de la nave y levantando las
olas, que se precipitaban unas sobre otras con roncos mugidos.
--¡Mala noche!--dijo el Capitán a Cornelio y a Hans, que tenían la vista
puesta en las nubes--. Por fortuna, el golfo de Carpentaria es amplio y
sólo tiene bancos peligrosos alrededor de las islas de Eduard Pellew.
Estamos todavía muy lejos de los escollos y bancos de coral del estrecho
de Torres.
--¿Amainamos velas, tío?
--La prudencia lo aconseja. Ayudadme, muchachos, y tú también, Lu-Hang.
Las velas altas, que eran muy grandes, podían hacer que el junco se
inclinara a estribor hasta hacerle embarcar agua si el viento arreciaba.
Hubo, pues, que recogerlas. El Capitán y Hans se apresuraron a plegar la
de trinquete, y Cornelio y el chino la del palo mayor. Esta maniobra se
efectuó al punto, a pesar de las sacudidas que daba el junco y de la
violencia del viento.
La nave, que estaba muy inclinada por estribor, se enderezó un tanto;
pero en seguida volvió a acostarse. Oyóse en esto un ruido sordo en la
estiba.
--¿Qué es eso?--preguntó el Capitán, admirado e inquieto--. ¿Habéis
oído?
--Sí--dijo Cornelio, poniendo atención--. He oído un ruido extraño.
¿Habrá alguien en la estiba? ¿Tal vez algunos salvajes escondidos?
--No es posible. Los hubiéramos visto cuando sacamos el lastre.
A poco se golpeó la frente y palideció.
--¡Gran Dios!--murmuró.
--¿Qué tienes, tío?--le preguntaron Hans y Cornelio.
--¡Van-Horn!--gritó el Capitán, en lugar de responder--. ¿Te parece que
el junco conserva el mismo nivel?
--¿Qué queréis decir, señor?--preguntó el marino.
--Te pregunto si te parece que conserva, siempre el mismo
desplazamiento.
Van-Horn se inclinó por el coronamiento del castillo y miró hacia abajo.
Un grito se le escapó.
--¡Capitán!--exclamó--. ¡Nos vamos hundiendo lentamente! La popa se ha
sumergido en poco tiempo más de tres pies. El agua ha cubierto el timón
y llega a la orla inferior del cuadro.
--¡Hans, Cornelio, Lu-Hang, a la estiba!--gritó el Capitán--. ¡Sobre
nosotros pesa una triste fatalidad!
Todos bajaron a la estiba con el corazón angustiado y las frentes
bañadas en frío sudor.
Escapados a los dientes de los antropófagos, y cuando ya se creían en
salvo, veían que les amenazaba el peligro de ser tragados por los
abismos del golfo de Carpentaria, precisamente cuando comenzaba una
tempestad espantosa.
Al llegar al pie de la escala se detuvieron. Van-Stael, que iba delante
de todos, había metido un pie en agua.
--¡Luz!--dijo.
Lu-Hang, que iba el último, subió a cubierta, entró en la cámara de popa
y volvió con una linterna encendida.
--¡La bodega está inundada!--exclamaron Hans y Cornelio, poniéndose
pálidos.
En efecto; la estiba del junco estaba llena de agua, la cual unas veces
se inclinaba a babor y otras a estribor, con sordos y pavorosos mugidos,
rompiéndose su obscura masa contra los puntales y contra los pies de los
palos mayor y trinquete. ¿Cómo había entrado aquella agua? ¿Se había
abierto una vía por la mala construcción del buque o durante el tiempo
que estuvo encallado?
Van-Stael, pálido por la emoción, con la frente arrugada, dirigía por
todas partes miradas de desesperación, tratando en vano de descubrir la
avería.
--Y bien, tío--dijo Cornelio--; ¿podremos todavía salvar el barco?
--¡Imposible!--respondió Van-Stael, haciendo un gesto de rabia--. ¡Es
demasiado tarde!
--Tenemos una bomba a bordo.
--¡Pero si tenemos lo menos doscientos barriles de agua en la bodega!
--Si se pudiera tapar el boquete...
--Y ¿dónde está? ¿Por qué no nos habremos dado cuenta antes de este
desastre?
--Podemos buscarlo. Hasta ahora no hay más que tres pies de agua, y...
--¡Silencio!
El Capitán se había inclinado hacia el agua, aguzando el oído. Hacia
popa se oía un sordo murmullo, que parecía producido por una corriente
de agua.
--¡Aquí está!--dijo--. Baja, Lu-Hang.
El pescador se sumergió y se dirigió hacia popa, después de haberse
desembarazado de la _hen-pu_ (larga blusa de amplias mangas) y del
_ken-ku_ (especie de calzones cortos que usan los pescadores y que
forman un doble pliegue sobre el vientre).
--Hacia allí--le dijo Van-Stael, indicándole el sitio donde sospechaba
que estaba el boquete.
Se vió al pescador caminar por debajo del agua, llevando fuera la mano
con que sostenía la linterna. Pocos minutos después salió, y dijo:
--Capitán, alguien ha hecho traición.
--¿Qué quieres decir?
--Que alguien ha abierto una cala en el barco.
--¿Alguien?
--Sí, Capitán. Mis manos han tropezado con un hacha, clavada aún en la
madera.
--Y ¿quién puede haber sido ese criminal?
--El salvaje, señor.
--¡Ah, miserable!--gritó Van-Stael--. Sí; ahora comprendo: aquel infame,
después de haber roto las cadenas de las anclas, abrió esta vía para
impedirnos huir. ¿Y es muy ancha?
--Las olas deben haberla agrandado, porque tiene como pie y medio.
--¡Estamos, pues, perdidos! Nuestra bomba no basta para desalojar el
agua que entra.
Subió a cubierta. La noche había cerrado y el golfo de Carpentaria
ofrecía un espectáculo horroroso.
Altas olas, con las crestas cubiertas de blanca espuma, iban hacia el
Sur con terribles mugidos, rompiéndose impetuosamente contra los
costados del junco.
El viento, cada vez más fuerte, silbaba por entre la arboladura, que
crujía fatídicamente. Las velas se agitaban en todas direcciones como
trapos puestos a secar. El barco no podía mantenerse en equilibrio,
porque el viento no tenía dirección fija, y allá a lo lejos, en las
costas de la tierra de Arnheim y de la de Torres tronaba y relampagueaba
sin cesar.
A veces las olas, saltando por encima de las bordas, inundaban la
cubierta. El agua corría por toda ella y salía con fragor de catarata
por los canalones de babor y estribor.
El viejo Horn, aunque estaba solo sobre cubierta, afrontaba el huracán
con serenidad admirable. Erguido sobre el castillo, con el cabello y la
larga barba sacudidos por el viento y las manos en la caña del timón,
guiaba valientemente el buque.
--Van-Horn--le dijo el Capitán acercándose--; el junco se hunde bajo
nuestros pies. El salvaje, antes de irse, abrió un boquete en la obra
viva y el agua tiene inundada la bodega.
--¡Ah, pillo! Y ¿qué pensáis hacer, señor? Si estuviéramos cerca de la
costa podríamos intentar alcanzarla, llevando el junco hacia los
arrecifes.
--La tierra de Torres está a cien millas de nosotros y el junco se
sumergirá dentro de una hora.
--¿No habrá tiempo para construír una balsa?
--¿Con este oleaje? Aunque el tiempo nos sobrara, nos sería imposible
construírla.
--¿Queréis que recurramos a la chalupa? ¿Resistirá a la tempestad?
--Con ayuda de Dios, esperemos vencer en esta terrible prueba.
--¡Infame salvaje!
--Las exclamaciones son inútiles, Horn. Es preciso hacer algo antes de
que la nave se hunda.
--No olvidéis las armas si abandonamos el junco.
--Será lo primero que embarque. ¡Cornelio, Hans, Lu-Hang, seguidme!
X.--EL HURACÁN
Un triste destino pesaba sobre los desgraciados pescadores de _trépang_.
Después de haber perdido la tripulación, asesinada por los antropófagos
de la costa australiana; después de haber visto destruír los depósitos
de _olutarias_, que representaban para ellos y para el armador de Timor
una verdadera fortuna, y de escapar milagrosamente de las manos de
aquellos feroces salvajes, se encontraban en inminente peligro de
hundirse para siempre en el mar.
Si hubieran tenido buen tiempo, como en los días precedentes, habría
sido mucho menor su inquietud, a pesar de hallarse en las cercanías de
regiones peligrosísimas, tanto por los escollos y los bancos submarinos
de que están sembrados sus mares, como por los pueblos salvajes y
caníbales que moran en sus tierras.
Pero aventurarse por aquel revuelto golfo en una simple chalupa era cosa
de espantar al más valiente. ¿Resistiría aquel barquichuelo, que sólo
tenía catorce pies de eslora y que apenas desplazaba ocho toneladas,
los tremendos embates del mar y la furia de los vientos? ¿Verían el sol
del día siguiente?
Tales eran las inquietudes que atormentaban al Capitán y a Van-Horn, más
prácticos que los otros en cosas de mar. Con todo, no perdían el ánimo,
y para no asustar a sus jóvenes compañeros, trataban de parecer
tranquilos y confiados.
El junco estaba perdido, y se hacía absolutamente preciso abandonarlo
cuanto antes. El agua seguía entrando y ya casi llenaba la bodega,
viéndose que el buque se hundía como si fuera de plomo. Las olas le
pasaban ya por encima y entraban hasta en la cámara de popa, donde
Van-Stael, Cornelio y Hans tenían sus literas, y en el departamento de
proa, destinado antes a la tripulación china.
Los cuatro holandeses y Lu-Hang hacían a toda prisa los preparativos
para el abandono del buque.
Tenían ya en la cubierta los fusiles, algunas hachas, municiones,
víveres para una semana, un gran barril lleno de agua, remos, una vela,
un palo para sostenerla y algunas mantas.
--¡A embarcar!--ordenó el Capitán.
En pocos minutos todos aquellos objetos fueron colocados en la chalupa,
asegurados con cuerdas, y los víveres, las armas y las municiones
envueltos en una gruesa tela impermeable.
--Ahora botémosla al mar con la grúa de popa--dijo el Capitán.
--¿No la estrellarán las olas contra la nave?--preguntó Van-Horn.
--Lu-Hang y Cornelio bajarán en ella y tratarán de mantenerla separada
del buque. ¡Ayudadme, amigos!
Reunieron sus fuerzas y arrastraron la chalupa hasta la popa, atando
después a las anillas las cadenas de la grúa.
--¡A la chalupa!--gritó Horn.
El joven chino y Cornelio embarcaron, y la chalupa fué botada al mar,
dejando correr las cadenas por sus garruchas. Apenas tocó el agua, una
ola la levantó; pero, afortunadamente, en vez de estrellarla contra el
junco, se la llevó hacia afuera, hasta donde lo permitían las amarras.
--¿Resiste?--preguntó Van-Stael.
--Se mantiene a maravilla sobre las olas--respondió Cornelio.
--¿Hace agua?
--Hasta ahora, no.
--Baja, Hans.
El joven se agarró a una cuerda, y, manteniéndose perfectamente sujeto
para no ser arrastrado por las olas, llegó hasta la chalupa, ayudándole
su hermano a embarcarse. Van-Horn le siguió ágilmente, a pesar de su
edad, y, por último, el Capitán entró también en la pequeña embarcación.
--¡Soltadla!--ordenó Van-Stael.
La chalupa, libre ya después de sueltas las amarras, fué arrastrada por
una ola gigantesca.
Ya era tiempo. El junco, lleno de agua, casi hasta la segunda cubierta,
se hundía con rapidez, arrastrado a los abismos del mar por el enorme
peso que llevaba dentro.