detuvieron, preparándose a un nuevo asalto, pero con gran prudencia,
pues ignoraban la fuerza de sus enemigos. De cuando en cuando, algún
_bomerang_ sonaba en el aire y volvía a las manos del que lo había
arrojado; pero la obscuridad protegía a los cuatro holandeses, los
cuales apresuraban su retirada para no ser descubiertos.
No podía tardar en ser de día, y si los australianos llegaban a verlos
era segura su acometida, que sólo cuatro hombres, aun armados de fusiles
y resueltos a defenderse, no eran bastantes para resistir.
--¡Adelante!--repetía Van-Stael, que trataba de adelantar camino--.
Pronto llegaremos al campamento, y, una vez allí, podremos refugiarnos
en el junco.
El peso de la caldera les impedía caminar con rapidez; por otra parte,
el terreno, pedregoso y cubierto de malezas, les obligaba a dar rodeos,
haciéndoles perder un tiempo precioso.
Estaban ya a mil quinientos pasos de la cadena de peñas que limitaban la
bahía, cuando los australianos, que hasta entonces los habían seguido
andando a gatas, se pusieron en pie. ¿Se habían ya dado cuenta del
exiguo número de sus enemigos y se decidían a asaltarlos?
--¡Hans! ¡Cornelio!--exclamó Van-Stael--. ¡Estad muy prevenidos!
Dos tiros de fusil le respondieron. Los dos valientes jóvenes habían
comenzado el fuego, y sus balas debieron de hacer blanco, porque a los
disparos siguieron rabiosos alaridos y gritos de dolor.
--¡Huíd!--gritó Van-Stael.
--Aún no, tío--dijo Cornelio--. Tira al centro de las filas, Hans, y no
desperdicies las balas.
--Están sólo a cien pasos, y los veo muy bien, Cornelio.
--¡Fuego, pues!
Un momento después resonaron otros dos disparos. Los alaridos de los
australianos les hicieron ver que también habían acertado en su
puntería, poniendo a dos enemigos más fuera de combate.
Los dos jóvenes retrocedieron precipitadamente, cargando los fusiles, y
llegaron adonde estaban el Capitán y el piloto, los cuales no habían
abandonado la caldera.
--¿Estáis heridos?--les preguntó Van-Stael.
--No, a Dios gracias--respondieron.
--Poneos fuera del alcance de los _bomerang_. ¿Está lejos la bahía?
--Estamos ya muy cerca; pero empieza a clarear. Las estrellas brillan ya
muy poco--dijo Hans.
--¡Un último esfuerzo, Van-Horn!
--Soy de hierro, Capitán.
--¡Helos ahí!--exclamó Cornelio--. ¡A mí, Hans!
Los australianos se acercaban a la carrera, dando gritos y blandiendo
sus azagayas de puntas de hueso y sus hachas de piedra verde, sujetas a
los mangos con goma xantorrea, que es solidísima.
A los primeros albores pudo distinguírseles fácilmente. Eran como
trescientos o cuatrocientos; todos de mediana estatura y miembros
débiles, cabezas lanudas y pechos cubiertos de tatuajes. Adornábanse con
collares de dientes de animales y llevaban por toda vestimenta pieles de
kanguro sobre los hombros. Iban pintados imitando esqueletos, como el
jefe de la tribu que estaba preso a bordo del junco.
Guiábanlos tres jefes, fáciles de reconocer por las plumas de cacatúa
con que se adornaban la cabeza y por las colas de perro salvaje que
llevaban a la cintura.
Tampoco faltaban entre ellos algunos _malgara docks_, sacerdotes y
médicos a un tiempo, que tanto curan heridas o enfermedades como
celebran matrimonios.
Aquella turba feroz y hambrienta se disponía a arrojarse sobre los
cuatro blancos, con cuyos cuerpos contaba para darse un banquete; pero
el temor los tenía vacilantes.
Cornelio y Hans, parapetados tras de unos pedruscos, hacían fuego sin
cesar, procurando herir a los jefes y a los sacerdotes, mientras su tío
y el piloto se alejaban corriendo para llegar pronto a las peñas, de
las cuales distaban ya muy poco. Tenían esperanza de llegar pronto a la
orilla del mar si los dos valientes jóvenes conseguían retardar el
asalto algunos minutos.
Los australianos, que temían que se les escapara su presa, no cejaban, a
pesar de los incesantes disparos de Hans y de Cornelio.
Adelantábanse, aunque lentamente, blandiendo las azagayas, las hachas y
los _bomerang_, vociferando como locos y prorrumpiendo en aullidos
feroces cada vez que uno de ellos caía a tierra, muerto o herido por un
disparo.
Los dos heroicos jóvenes seguían resistiendo, para dar tiempo a su tío y
al piloto de llegar a la costa. Peleaban como soldados veteranos,
cargando y descargando sus fusiles sin cesar un punto.
Cuando se vieron dentro del alcance del _bomerang_ fueron retrocediendo
paso a paso hasta ponerse a unos seiscientos de la costa, donde se
apostaron tras de unas peñas.
--Que apuntes bien, Hans--dijo Cornelio--. El tío y Horn están ya cerca
de las rocas, y si podemos retardar el avance de los salvajes unos
cuantos minutos, la caldera estará a salvo. ¡Guárdate de los palos
volantes y de las hachas!
--No temas, Cornelio; mis balas no se pierden.
--¡Fuego!
Otros dos salvajes, que se distinguían por sus desaforados gritos y que
iban delante de los demás, animándolos, cayeron a unos cuatrocientos
pasos de nuestros jóvenes. La muerte de aquellos dos hombres, uno de los
cuales era brujo o sacerdote, pareció excitar la furia de los salvajes.
Abandonando toda precaución, avanzaron como un torrente impetuoso, dando
gritos horribles y arrojando sus azagayas, sus hachas y sus _bomerang_.
No era ya posible detenerlos: para ello hubiera sido preciso un cañón
cargado de metralla. Cornelio y Hans descargaron una vez más sus
fusiles, y después huyeron, confiando su salvación a sus piernas.
El Capitán y Van-Horn habían ya llegado a las primeras rocas y las
escalaban, empujando la caldera delante de ellos.
--¡Pronto, muchachos!--gritó Van-Stael, al ver a sus sobrinos seguidos
por los caníbales.
--No temáis, tío--le contestó Cornelio--; tenemos buenas piernas.
Entre tanto los salvajes, aunque corrían a la desesperada, sin dejar de
lanzar sus armas, no lograban alcanzar a los dos jóvenes, que corrían
como ciervos.
En pocos momentos llegaron a las rocas y las escalaron sin detenerse.
Iban a volverse para disparar otra vez, cuando vieron al Capitán
abandonar la caldera.
--¿Estás herido, tío?--le preguntó Cornelio, corriendo hacia él.
--¡No! ¿Oyes?... ¡Escucha tú también, Van-Horn!
Todos aguzaron los oídos. Mientras por el lado de tierra seguían
oyéndose los gritos salvajes de los australianos, hacia la bahía
percibíanse risotadas, cantos y gritos proferidos por voces roncas, como
de borrachos.
--¡Gran Dios!--exclamó Van-Horn--. ¿Qué han hecho nuestros chinos?
--¿Se habrán vuelto locos de miedo?--dijo Cornelio.
--¡No! ¡Me temo que todos estén borrachos!--murmuró el Capitán,
poniéndose pálido--. En mi camarote había cinco barriles de
_sciam-sciú_. ¡Corramos pronto, amigos, o habrá una horrible matanza!
Abandonaron la caldera, que rodó hasta la llanura chocando de roca en
roca, y con el corazón oprimido por la angustia y la frente bañada en
frío sudor, atravesaron la última línea de rocas y bajaron hacia la
playa.
VII.--LOS DEVORADORES DE CARNE HUMANA
El Capitán no se había equivocado: en el campamento reinaba el desorden
más espantoso.
La tripulación china, que los había abandonado vilmente en el momento en
que iban a emprender la persecución de los salvajes para recobrar las
calderas, no estaba a bordo del junco. Todos habían desembarcado, y
estaban dispersos entre las tiendas, los depósitos de _trépang_ y las
hornillas; ¡pero en qué estado!
Aquellos miserables, en vez de prepararse para hacer frente a los
australianos en el caso probable de que volvieran a presentarse, se
habían aprovechado de la ausencia de los blancos para saquear la
despensa del buque y el camarote del comandante.
Olvidando la más elemental prudencia, todos habían desembarcado,
abandonando el junco, con peligro de que el viento o las corrientes lo
arrojaran contra la costa, y se entregaron a una desenfrenada orgía.
Después de romper los barriles de carne salada y de comerse las
conservas, cuyas cajas se veían esparcidas por el suelo, embistieron con
el _sciam-sciú_ del Capitán y se emborracharon por completo.
Unos yacían amontonados; otros seguían bebiendo y cantando con voces
roncas y destempladas; los había en estado de verdadero delirio, que se
peleaban como fieras, dándose furiosos puñetazos en las peladas cabezas,
mientras que otros, que no habían perdido del todo los sentidos, se
entregaban al juego en medio de atronador vocerío. El jefe de los
pescadores y el contramaestre, agarrados del brazo, bailaban en torno de
los barriles, declamando versos chinos.
Ninguno de aquellos beodos se acordaba de los salvajes, ni mucho menos
del Capitán y sus compañeros, a quienes daban ya por muertos y asados.
Van-Stael, arrebatado de furor, se lanzó en medio de aquella patulea de
borrachos, gritando:
--¡Miserables! ¿Qué habéis hecho?
El jefe de los pescadores se le puso delante, vacilando sobre sus altos
zuecos de planta de fieltro, diciendo:
--¡Hola! ¡Os creía muerto, Capitán!
--¡Os habéis emborrachado, canallas!--le dijo Van-Stael, amenazándole
con el puño.
--¡Sí, sí!--añadió el chino, tartamudeando--. ¡Bebed... el _sciam-sciú_
es... excelente!... Aún... queda... Lo juro...
--Pero, ¡desgraciado!; ¿no oyes los gritos de los salvajes?
--¡Los salvajes!... ¡Ah, sí!... Bebamos _sciam-sciú_. ¡Bebamos!
--Te van a comer, ¡estúpido!... ¡A bordo! ¡A bordo! ¡Miserables!
El chino balanceó estúpidamente la cabeza y comenzó otra vez su baile
alrededor de los barriles, acompañándose con cánticos. Van-Horn lo echó
a rodar de un tremendo puntapié.
Entre tanto, Hans y Cornelio se habían precipitado hacia los otros para
obligarles a huir en las chalupas; pero aquellos desgraciados ni
atendían a razones ni llegaban a comprender el tremendo peligro en que
estaban. Uno solo, menos ebrio que los demás, se apresuró a ganar una de
las chalupas; pero los demás siguieron jugando, bebiendo, cantando o
durmiendo.
--Tío--dijo Cornelio--; están todos borrachos perdidos y no es posible
hacerles entrar en razón.
--¡Oh, miserables--exclamó el Capitán, empujando con rabia al maestro y
al cabo de pescadores hacia las barcas--. ¡Esto era cuanto me faltaba!
¡Pronto, Van-Horn, Hans, Cornelio: coged a estos bribones y echadlos en
las chalupas!
--¿Tendremos tiempo para eso? Oigo ya muy cerca los gritos de los
australianos--dijo el piloto.
--Tratemos de salvar a los más que podamos. ¡Pronto, amigos! No
perdamos los minutos, que son preciosos.
Lanzáronse los cuatro en medio de aquella turba de borrachos, que no
querían atender a razones, y a puñetazos y puntapiés condujeron a diez o
doce a la playa, y fueron arrojándolos uno a uno en la chalupa más
cercana. Varios de ellos, testarudos, como todos los borrachos, se
resistían a embarcarse, tratando de acercarse a los barriles para beber
un último sorbo.
Los cuatro holandeses iban ya a traer a las chalupas a los demás chinos,
cuando los salvajes, que desembocaban ya por las dos gargantas, entraron
en el campamento con ímpetu irresistible.
--¡Huíd!--gritaron Van-Stael, Van-Horn y los dos jóvenes, echando mano
de las armas.
Los chinos, al oír el clamoreo de los caníbales y al ver caer sobre
ellos una lluvia de azagayas y _bomerangs_, comprendieron, al fin, el
peligro que les amenazaba, y al punto se les disiparon los vapores de la
borrachera. Por desgracia, era ya demasiado tarde para que pudieran
embarcarse en las chalupas.
Los salvajes los rodearon al momento. El Capitán y sus compañeros habían
tenido tiempo de huir hacia la playa, desde donde rompieron el fuego
contra los indígenas, apuntando especialmente a los jefes y a los
brujos.
¡Vanos esfuerzos! Los salvajes, a pesar de los estragos que las balas
hacían en ellos, no retrocedían. Los chinos no caían sin defenderse,
luchando desesperadamente a puñetazos y puntapiés y golpeando a los
caníbales con las espumaderas, los arpones, los cuchillos y hasta con
troncos encendidos que sacaban de las fornallas. Trataban a toda costa
de llegar a la playa y ganar las chalupas, donde les esperaban el
Capitán y sus compañeros.
Muchos antropófagos yacían en tierra, muertos o gravemente heridos; pero
los chinos tenían pocas esperanzas de escapar, y no pocos de ellos
habían sido muertos.
Dos veces había disparado Van-Horn las lantacas, aun a riesgo de herir o
matar a algunos chinos, y dos veces también intentó Van-Stael abrirse
paso por entre los caníbales para socorrer a aquellos desgraciados; pero
todo fué inútil.
Al contrario, un centenar de aquellos salvajes intentaron acabar con los
blancos y los chinos que presenciaban aquel furioso combate, y se
dirigieron tumultuosamente a la playa.
No había que perder un momento. Para los tripulantes que se habían
quedado en tierra no había ya salvación posible y los más de ellos
habían ya perecido. No era prudente exponer a igual suerte a los que se
habían salvado.
--¡A mí, Horn!--gritó el Capitán--. ¡A mí, Cornelio, Hans! ¡Salvemos a
los hombres que están en las chalupas!
Manejando los fusiles como mazas, se arrojaron sobre los salvajes,
matando a unos cuantos de ellos y logrando contenerlos por algunos
instantes; pero los salvajes volvían a arremeter, animándose con gritos
feroces.
--¡Huíd!--gritó el Capitán a los chinos de una de las chalupas, que
parecían estar medio aturdidos.
En seguida se embarcó en la otra, seguido de Horn, Hans, Cornelio y un
joven pescador, que había logrado abrirse paso hasta ellos a arponazos.
Empuñaron los remos y se alejaron a toda prisa, protegidos por los
disparos de los dos jóvenes. Los chinos de la otra chalupa trataron de
seguirlos; pero los salvajes lograron agarrarla por una de las bandas
antes de que se alejara de la orilla y la volcaron con todos los
desgraciados que conducía.
--¡A la lantaca, Horn!--dijo el Capitán con acento desesperado--.
¡Apunta bien!
Soltó Horn el remo; cargó rápidamente el cañoncito y regó la playa con
una rociada de balines. Siete u ocho antropófagos cayeron; pero los
otros se arrojaron al agua, y agarrando a los chinos por las trenzas y
por los pies, los sacaron a tierra.
Por algunos instantes se oyeron los desesperados gritos de los
amarillos, que a poco fueron sofocados por el espantoso vocerío de los
salvajes.
Van-Stael, loco de dolor y de ira, quería volver a tierra para entablar
una lucha suprema y morir o vencer; pero Van-Horn, Hans y Cornelio
impelieron vigorosamente la chalupa hacia el junco.
Todo se había ya perdido, pues la tripulación había sido aniquilada.
Habría sido, pues, una verdadera locura y un sacrificio inútil entablar
combate con enemigo tan numeroso.
--¡Dejadme ir a tierra!--exclamaba el pobre Capitán, mesándose el
cabello--. ¡Dejad que vaya a vengar a mi tripulación!
--¿Para haceros matar, señor?--respondía el viejo piloto--. No; hemos
hecho todo lo posible por salvarlos, y no debéis seguir exponiendo
vuestra vida ni la de vuestros sobrinos.
La chalupa, después de atravesar la bahía, llegó hasta el junco, que
había sido abandonado por la tripulación en masa. Subieron al puente,
izaron la chalupa para impedir que los salvajes se apoderasen de ella y
colocaron la lantaca en el castillo, cargándola de metralla.
--Señor--dijo Van-Horn, acercándose al Capitán, que dirigía miradas
feroces sobre los salvajes, esparcidos por la playa--. Creo que nada
tenemos ya que hacer en esta bahía.
--¿Qué quieres decir, Horn?
--Que lo mejor sería desplegar velas y hacernos a la mar, antes de que
los salvajes encuentren el medio de intentar el abordaje del junco.
--¿Y pretendes que abandone a los chinos?
--No habrán dejado uno vivo, señor. Mirad: encienden grandes hogueras en
la playa.
--Es que no debemos dejarles que se los coman tranquilamente, Horn.
Tenemos aún una lantaca y nuestros fusiles.
--Y los salvajes se parapetarán detrás de las rocas, poniéndose así a
cubierto de nuestras balas.
--¿Y crees tú que los chinos hayan muerto todos? ¿Habrá alguno vivo?
--Se le oiría gritar o lo veríamos. Los caníbales están todos en la
playa y en medio de ellos no veo más que muertos.
--Es verdad--murmuró Van-Stael con amargura--. Los han matado a todos y
me han inutilizado todo el _trépang_. ¡Qué pérdida, Van-Horn!
--Nosotros no tenemos la culpa de que se hayan emborrachado nuestros
marineros, señor. Si no se hubieran aprovechado de nuestra ausencia para
abandonarse a sus instintos rapaces, todos estarían vivos y a bordo de
este buque.
--Es verdad. Nosotros lo hubiéramos intentado todo por salvarles. Pero
¿qué dirá nuestro armador al vernos regresar sin _olutarias_ y sin
tripulación?
--Peor caso es el de muchos otros pescadores, que perdieron los buques y
la vida.
--Es cierto, Van-Horn.
--Partamos, señor. Sólo somos cinco y los antropófagos son, por lo
menos, cuatrocientos. Si nos abordan estamos perdidos.
--Bueno, pues levemos anclas y a desplegar velas, Van-Horn. No quiero
que mis sobrinos caigan en poder de esos salvajes.
--Señor Hans, señor Cornelio, y tú, Lu-Hang--dijo el piloto dirigiéndose
a los jóvenes y al pescador--, ayudadme.
--Levemos el ancla de popa--dijo el Capitán--. El viento sopla del Este,
y pondremos la proa hacia la salida de la bahía.
Van-Horn subió al castillo para examinar antes la posición del ancla;
pero a poco se le vió palidecer y hacer un gesto de furor.
--¡Capitán!--exclamó con voz descompuesta.
--¿Qué ocurre?--preguntó Van-Stael.
--La cadena está cortada y el ancla perdida.
--¿Cortada? ¡Imposible! Era muy gruesa y además bastante sólida.
--¡También ha desaparecido la de proa!--gritó Cornelio, que había subido
también al castillo.
Van-Stael se asomó a la proa y vió que, en efecto, estaba también rota
la cadena de la segunda ancla. Sólo había un pedazo de ella pendiente
del escobén. El último anillo parecía haber sido roto a hachazos.
Van-Stael se acercó al joven pescador chino y sacudiéndole vigorosamente
le dijo apretando los dientes:
--¡Canalla! ¿Qué habéis hecho durante nuestra ausencia? ¿No os bastaba
con saquear la despensa de los víveres y la de mi camarote, sino que aun
queríais que naufragara el buque?
--No, señor--respondió el chino--. Ninguno de nosotros ha cortado la
cadena. Lo juro por Buddha y Confucio.
--¿Estás seguro, Lu-Hang?
--Sí, Capitán. Yo estaba en el puente cuando mis compatriotas tuvieron
la desdichada idea de embriagarse con vuestro _sciam-sciú_, y no vi a
ninguno romper las cadenas.
--¿Y quién supones entonces que pueda haber sido?
--No lo sé, señor.
A poco el Capitán se dió un golpe en la frente y lanzó un grito.
--¡Van-Horn!--exclamó.
--¡Señor!
--¿Dónde está el salvaje que hicimos prisionero?
--Debe de estar aún en la cala.
--¡Vamos a ver!
Bajaron a la cámara de proa y pasaron después a la estiba; pero el
salvaje no estaba ya allí. En el sitio que había ocupado se veían
algunos trozos de cuerda deshilachados, como si hubieran sido roídos por
unos dientes fuertes.
--¡Ahora lo comprendo!--exclamó Van-Stael--. El muy pillo, aprovechando
la orgía de los chinos, cortó las cuerdas con los dientes y rompió las
cadenas a hachazos para que el junco embarrancase en las escolleras de
la bahía!
--¿Y por qué no se mueve el barco si no está anclado? El reflujo ha
debido llevarle fuera de la bahía.
--Tengo miedo de comprender tus palabras, Van-Horn.
--¿Las comprendéis?
--Sí; estamos embarrancados.
--Tengo ese temor, Capitán.
--Subamos, Van-Horn.
Abandonaron la estiba y subieron a cubierta, asomándose por la amura de
babor. Sólo entonces advirtieron que la nave estaba ligeramente
inclinada y que su carena se apoyaba a estribor sobre un banco de arena
cubierto por media braza de agua.
--Estamos embarrancados--dijo el Capitán, secándose el frío sudor que le
bañaba la frente--. ¿Baja la marea?
--Sí, Capitán.
--¿Qué hora es?
--Las once.
--Dentro de cuatro horas será la pleamar. Esperemos con confianza que
nos ponga a flote.
--¿Y si no llega la marea a desencallarnos?
--Tenemos la chalupa y nos encomendaremos a Dios y a las olas.
VIII.--EL GOLFO DE CARPENTARIA
Entre tanto, los australianos seguían en la playa. No contentos con
haber matado a la tripulación china ni con haberse apoderado de los
depósitos de _trépang_, que debían proporcionarles abundantes comilonas,
parecían querer apoderarse también de los últimos supervivientes y del
junco, creyéndolo cargado de víveres, y, sobre todo, de licores.
Se agitaban vociferando alrededor de las escolleras; medían con sus
azagayas la profundidad del agua, esperando encontrar bancos que
llegaran hasta el junco, y disparaban sus _bomerangs_ sin resultado
alguno, porque aquellos proyectiles no llegaban a su destino, a causa de
la distancia, que era de unos dos cables.
Sin embargo, no parecían dispuestos a alejarse, y seguían dando
desaforados gritos y blandiendo sus armas en son de amenaza.
Hans y Cornelio no estaban inactivos, y de vez en cuando disparaban
contra los más audaces, y sus balas no se perdían, pues a cada disparo
veían caer en la playa a un salvaje para no levantarse más. La lantaca
se hacía oír también de rato en rato, y la metralla destrozaba las
flacas espaldas o los vientres abultados de aquellos salvajes.
--Dejadles que griten a su gusto--dijo el Capitán--. Por ahora no se
atreverán a atacarnos. Ocupémonos, pues, en poner el junco a flote,
sobrinos míos.
--¿Qué debemos hacer, tío?--preguntaron los dos incansables jóvenes.
--Ante todo, echaremos un ancla a popa para impedir que una ola empuje
al junco hacia la playa. Esto no ocurrirá, porque estamos demasiado bien
encallados; pero nunca están demás las precauciones.
--Tenemos todavía un ancla--dijo Van-Horn--. Será suficiente para
sujetar el barco.
--Luego desplegaremos velas para estar dispuestos a dejar esta bahía
apenas estemos a flote.
--Se puede aligerar la nave, Capitán--dijo el piloto--. Tenemos en la
estiba más de veinte barriles de agua y quince toneladas de lastre.
--Lo echaremos todo al agua. Que uno de nosotros vigile en el puente, al
lado de la lantaca, para que no nos sorprendan los feroces antropófagos.
--Dejaremos a Lu-Hang--dijo Cornelio.
--¿A ése?--exclamó el Capitán arrugando el entrecejo.
--Podéis fiaros de mí, señor--dijo el pescador cayendo de rodillas--. No
soy un traidor, os lo juro, y os serviré fielmente.
--Te creo. Está bien; colócate junto a la lantaca y si los australianos
se arrojan al agua haz fuego contra ellos.
--Gracias, Capitán--respondió el chino--. Me haré matar si fuera
preciso; pero ninguno de esos malditos negros se acercará al junco.
--Pues vete a tu puesto, y en cuanto a nosotros, pongamos manos a la
obra.
Los cuatro bajaron a la estiba y fueron trasladando los barriles al pie
de la escotilla para subirlos después a la cubierta.
Habían separado apenas tres, cuando advirtieron que todo el lastre
estaba mojado.
--¡Calle!--exclamó el Capitán--. ¿Qué quiere decir esto? ¿Se ha roto
algún barril o hace agua el junco?
--Todos los barriles están en perfecto estado, señor--dijo Van-Horn.
--¿Se habrá abierto una vía de agua?
--Imposible, Capitán. No hemos tocado contra ninguna roca y el junco fué
muy bien carenado al emprender el viaje.
--Es cierto; pero tú sabes que las naves chinas no suelen estar muy bien
construídas.
--Tal vez se trate de una simple filtración--dijo Van-Horn--. Tenemos
bomba a bordo y luego la haremos funcionar.
--Subid y echad la cuerda--dijo el Capitán a Cornelio y Hans.
Los dos hermanos echaron desde cubierta a la estiba dos gruesas maromas
suspendidas de una garrucha. El primer barril fué izado y arrojado al
agua, y la misma operación continuaron haciendo con los demás barriles y
con la arena del lastre.
Mientras los cuatro holandeses efectuaban tan penosa maniobra, el chino
vigilaba con atención. Era el más joven de los pescadores que embarcaron
en el junco, pues sólo tenía diez y ocho o diez y nueve años; pero era
uno de los más hábiles y nadaba como un pez.
Nacido en Boccatigris, islote próximo a la boca del río Li-Kiang o "de
las Perlas", en cuyas orillas está la ciudad de Cantón, se había
embarcado muy joven, y hacía ya tres años que estaba a las órdenes del
capitán Van-Stael, el cual supo bien pronto apreciar sus méritos.