vez para que caigamos en una emboscada, han arrancado esas plantas y las
tienen en las manos con una habilidad sorprendente. No es un recurso
nuevo para esta gente, ahora que me acuerdo.
--¿Será verdaderamente así, tío?
--Sí, muchacho, y si fuera de día podrías convencerte.
--¡Canallas!
--Pero nosotros no seremos tan tontos que les sigamos hasta aquella
altura. Apostaría cualquier cosa a que en aquel bosque de eucaliptos
está escondida la tribu entera, dispuesta a echársenos encima.
--¿Sabrán que tenemos prisionero a su jefe?
--Desde luego lo sospechan. Con que, vamos, Cornelio; envía una bala a
esos hierbajos.
El joven, que era un valiente tirador y que quería demostrar a su tío
que no tenía miedo de los salvajes, no se dejó repetir la orden. Apuntó
rápidamente e hizo fuego.
El montón de hierba más cercano cayó en tierra, pues el proyectil había
hecho blanco. Al mismo tiempo cayeron los otros matojos; pero quedaron
en pie los quince indígenas que los sostenían. Trataron de acercárseles
con sus hachas de piedra en la mano y dando saltos como monos; pero
Van-Stael no les dejó tiempo para que llegaran hasta ellos.
Una lluvia de balines cayó sobre aquel grupo de hombres. No hacía falta
más para ponerles en fuga. Todos huyeron a la desesperada en dirección
al bosque, dando alaridos.
--¿Me equivocaba?--preguntó el Capitán.
--No, tío--dijo Cornelio.
--Espero que esta lección les bastará por ahora.
--¿Y después? ¿Crees que volverán?
--Sobre esto tengo mis dudas. Me inclino a creer que una de estas noches
los tendremos encima, Cornelio. Conozco a los australianos y sé que son
testarudos; pero nos encontrarán dispuestos a recibirlos, y no nos
dejaremos sorprender. Volvamos, valiente muchacho. Van-Horn y Hans
estarán intranquilos.
No era prudente seguir explorando aquella llanura, en la cual podían
exponerse a caer en alguna emboscada. Ya sabían que los australianos los
habían descubierto, y que debían estar muy sobre aviso para no ser
sorprendidos.
Seguros de que no les seguirían, al menos por el momento, pues los
indígenas del Continente sólo acostumbran atacar de noche, volvieron a
escalar las rocas y bajaron después al campamento.
Con gran sorpresa vieron que los trabajos no habían empezado aún, por
más que ya el sol había salido. Los pescadores se habían retirado hacia
las chalupas y discutían acaloradamente. Los preparadores del _trépang_
aún no habían encendido las fornallas y sostenían viva discusión con el
viejo marinero, el cual de vez en cuando daba alguna que otra puñada en
la rapada cabeza a los hombres amarillos.
--¿Qué pasa aquí?--preguntó Van-Stael desde lejos, arrugando el ceño.
--¿Habrán asaltado los indígenas el campamento?--dijo Cornelio.
--No puede ser: habríamos oído los tiros.
Acercáronse rápidamente y se dirigieron al grupo que formaban los
preparadores, los cuales parecían estar en rebeldía contra Van-Horn y
Hans.
--¿Qué significa este tumulto?--gritó Van-Stael, deteniéndose entre la
turba furibunda--. ¿Por qué no se trabaja?
--Porque no quieren seguir aquí más tiempo, Capitán--dijo Van-Horn--.
Dicen que no están dispuestos a dejarse comer por los australianos en
beneficio nuestro y del armador y consignatario del junco.
--¿Os subleváis, pues, por miedo?
--Queremos irnos de aquí, Capitán--dijo un chino que llevaba una trenza
de un metro de larga--. Queremos abandonar esta costa, en la cual los
salvajes abundan tanto como las peonías en nuestros jardines.
--Y yo deseo llevar mis huesos a mi patria, antes de que los dejen
limpios de carne estos salvajes--dijo otro.
--Sí; todos queremos marcharnos de aquí--añadieron los demás.
--Y yo--dijo Van-Stael, irguiéndose y mostrando sus manos
callosas--estoy sintiendo ganas de ataros a los quince por las trenzas y
abandonaros en la bahía, ¡Pillos!... ¡Ah! ¿Tenéis miedo, conejos del
Celeste Imperio?... ¡Mil truenos!... Yo no os he contratado para que
deis un viaje de placer alrededor del mundo, señores míos... ¡Van-Horn,
sujeta a este cobarde que dice que quiere abandonar esta costa, y mételo
en la barra por tres días!... ¡Y vosotros al trabajo, o, palabra de
marino, os hago sentir lo que pesan mis manos!... ¡Yo me entenderé con
los salvajes! ¡Vosotros, a vuestra obligación, y vivo!
V.--EL ASALTO NOCTURNO
Van-Stael era un marino valiente y un hombre de gran energía, y la
tripulación no lo ignoraba. Profundo conocedor de los hombres de raza
amarilla, sabía que la más pequeña debilidad de su parte podría serle
funesta, comprometiendo el éxito de la empresa que tan felizmente habían
comenzado.
Su actitud resuelta produjo excelente efecto en la tripulación,
turbulenta por naturaleza, pero también muy cobarde. Los pescadores
fueron los primeros en ponerse al trabajo, imitándoles los preparadores,
los cuales encendieron las fornallas; pero ni unos ni otros trabajaban
con la diligencia de los días precedentes.
El miedo los tenía cohibidos, y a no ser por la persuasión en que
estaban de no ser Van-Stael hombre que pasara por movimiento mal hecho,
no habrían tardado en refugiarse en el junco, abandonando el _trépang_
que se oreaba bajo los toldos.
A pesar de la activa vigilancia del Capitán, del Piloto y de los dos
jóvenes, cambiaban entre ellos rápidas palabras, señalando la altura
donde habían visto brillar el fuego misterioso, y echaban ojeadas
temerosas a las peñas que rodeaban la bahía, como si temieran ver
aparecer de improviso a los salvajes.
Tampoco estaban muy tranquilos el Capitán y sus compañeros. Presentían
algo grave. Temían que los salvajes estuvieran preparando algún furioso
asalto nocturno. Aunque nada sospechoso se viera ni se oyera en la
llanura, había muchos indicios de que los salvajes tramaban algún plan.
Hacia el Mediodía habían visto muchas bandadas de aves salir volando de
los bosques de eucaliptos y dirigirse hacia el Norte. Eran papagayos del
tamaño de tórtolas, con las plumas amarillas, verdes y azules,
pertenecientes a la especie de los _trichoglosses_; _chiorias-alba_,
especie de palomas algo mayores que las nuestras y con el plumaje
blanquecino; _milvus_, de plumas rizadas, blancas y negras; _cacatúas_ y
palomas magníficas, del tamaño de faisanes y con las plumas del pecho
azules, con reflejos metálicos, y las del dorso verdes obscuras, con
reflejos dorados.
Si estos pájaros abandonaban aquellos bosques en tan gran número debía
de ser por algún grave motivo. La presencia de unos cuantos salvajes no
habría bastado para espantarlos.
Más tarde, el Capitán y Cornelio, que se habían encaramado en lo alto de
una roca para observar la llanura, vieron salir de aquellos bosques
muchos _warangales_ huyendo hacia el Sur.
Los perros salvajes, llamados _dingos_, se parecen más a las zorras que
a los lobos. Son fuertes y fieros, y cuando están reunidos no le temen
al hombre. Si huían era, sin duda, porque no se tenían allí por seguros.
A la caída de la tarde, algunos _casoares_, grandes aves que tienen, a
veces, hasta cinco pies de alto y cuyas alas están reducidas a una
especie de muñones, que no les permite volar, huyeron a todo correr por
la llanura.
--Querido Cornelio--dijo el Capitán bastante inquieto--, creo que se nos
prepara una mala noche.
--¿Temes un asalto?
--Sí, hijo mío.
--Somos cuarenta, tío querido.
--Por lo que se ve, sigues contando con los chinos. A los primeros
disparos huirán a las chalupas, y nos dejarán solos.
--Es que tenemos dos lantacas a bordo, y podríamos desembarcarlas.
--Es verdad; pero no bastarán para rechazar a esa canalla.
--¿Temes que sean muchos?
--En las costas meridionales de Australia quedan pocos indígenas, porque
los colonos ingleses han ido acabando poco a poco con todos ellos; pero
aquí en las septentrionales los hay todavía en gran número, y podríamos
tener que vérnoslas con cuatrocientos o quinientos hombres.
--Un verdadero ejército para nosotros, que ni siquiera podemos contar
con los chinos. La cosa se pone seria, tío.
--Sí, Cornelio.
--Refugiémonos en el junco. Me han dicho que los salvajes australianos
no tienen canoas.
--Es verdad; pero ¿y nuestro _trépang_? Si se dan cuenta de que hemos
abandonado la playa, saquearán el campamento, y en pocas horas
perderemos el trabajo de siete días, y con él muchos miles de pesos,
pues ya tenemos recogida una verdadera fortuna en moluscos.
--Y ¿no podríamos embarcarlo?
--Es demasiado pronto, y se echaría a perder.
--Pues estamos en una cruel disyuntiva, tío. ¿Crees que los chinos
dormirán en tierra? Yo tengo mis dudas.
--Les obligaré a ello, aunque tenga que emplear la fuerza. Si los
salvajes nos ven en gran número, podrán detenerse; pero si sólo se
encuentran con nosotros cuatro, no dudarán en asaltar el campamento.
Bajemos, Cornelio.
Había cerrado la noche, una noche obscura como boca de lobo, pues la
luna se había ya puesto y el cielo estaba cubierto de grandes
nubarrones, que un viento cálido empujaba hacia el golfo de
Carpentaria.
Los chinos habían ya suspendido el trabajo, y después de cenar se habían
agrupado en la playa, discutiendo animadamente con el Piloto y con Hans.
No querían pasar la noche en tierra, y todos estaban resueltos a
retirarse a bordo del junco.
Cuando el Capitán y Cornelio llegaron al campamento habían ya botado al
agua las chalupas y estaban embarcándose en ellas, a pesar de las
amenazas de Van-Horn.
La llegada de Van-Stael los contuvo.
--¿Dónde vais?--les preguntó el Capitán amartillando resueltamente el
fusil.
--A bordo--dijeron algunos.
--¡A bordo, hato de haraganes! ¿Vais a abandonar el _trépang_?
¡Desembarcad, o al primero que toque un remo lo mato como a un perro!
Aquí nos quedamos nosotros, y aquí os quedaréis vosotros también.
--Es que los salvajes nos amenazan, señor--dijo un cabo de pescadores.
--También amenazan a mi _trépang_, y no me da la gana de
perderlo--respondió Van-Stael--. ¡A tierra, os repito!...
--Defended vos vuestro _trépang_--dijo una voz.
--¡Eh, tunante; ven aquí a repetir esas palabras, si te atreves, o deja
al menos que yo te vea la cara!--dijo el Capitán, perdiendo la
paciencia.
Ninguno respondió; pero tampoco ninguno hizo el menor ademán para saltar
en tierra.
--¡Ah! ¿Os rebeláis?--exclamó el Capitán--. ¡Van-Horn, Cornelio, Hans,
desembarcad las lantacas, y si estos hombres intentan alejarse, haced
fuego contra las chalupas!
El Piloto y los dos hermanos no se hicieron repetir la orden. Se
agarraron a los bordes de las chalupas y con dos vigorosos empujones las
embarrancaron en la playa, sacando a tierra las dos lantacas.
Los chinos, que tenían más miedo al Capitán que a los salvajes, bajaron
a tierra, aunque murmurando.
Van-Stael, para animarles un poco, hizo destapar un barrilito de
_sam-sciú_, especie de aguardiente de arroz fermentado que se fabrica en
China, y lo distribuyó abundantemente entre todos. Si sabía hacerse
temer de aquella gente, sabía también hacerse querer.
--¡Animo!--les dijo--. No somos tan pocos que nos vayamos a dejar comer
de un bocado por los australianos, y ni las armas, ni la pólvora, ni las
balas nos faltan. Mostremos a estos brutos cómo se defienden los hombres
de mar.
Estas animosas palabras produjeron poco efecto en la tripulación china,
que, en vez de acampar junto a las fornallas y los toldos, se quedó en
la playa, para poderse embarcar más fácilmente. Decididamente, los
holandeses no debían contar para nada con aquellos hombres, más
dispuestos a huir que a ayudarlos.
Van-Stael tenía que resignarse; pero no dejó de tomar sus medidas para
defenderse de los antropófagos.
Hizo colocar las dos lantacas en la playa, de manera que batieran los
dos pasos abiertos entre las rocas de la costa y por las cuales podían
desembocar los indígenas. Después mandó traer a tierra un centenar de
botellas vacías, que hizo reducir a cascos, los cuales esparció
alrededor de los toldos de _trépang_. Aquellas puntas agudas y cortantes
eran un serio obstáculo para los pies desnudos de los antropófagos.
Terminados aquellos preparativos, esperó tranquilamente la acometida del
enemigo, haciendo él la primera guardia en compañía de Hans y de seis
chinos, escogidos entre los mejores. Van-Horn y Cornelio debían
relevarle a media noche.
Esta era obscura y muy a propósito para un asalto. Los silbidos del
viento, al pasar por entre las peñas, y el ruido del oleaje al batir en
las escolleras, bastaban para impedir que pudiera sentirse la
aproximación de un ejército de salvajes.
Van-Stael y Hans estaban muy apercibidos y no apartaban la vista de las
peñas. De vez en cuando, mientras los chinos, más espantados que nunca,
permanecían amontonados junto a las tiendas, llegaban hasta los
depósitos de _trépang_, temerosos de que los indígenas los estuvieran
saqueando, o reconocían la playa para asegurarse de que las anclas del
junco seguían sólidamente agarradas a los fondos.
Ningún indígena se veía por allí, ni la menor sombra humana se dejaba
ver por las escolleras ni por las rocas que rodeaban la bahía. Sin duda
los antropófagos no se atrevían aún a dar el asalto.
A media noche, Van-Horn y Cornelio, que sólo habían dormido con un ojo,
como suele decirse, entraron a hacer la segunda guardia con diez chinos.
--¿Nada de nuevo, tío?--preguntó Cornelio al Capitán.
--Hasta ahora no; pero no os descuidéis, pues temo que la noche no pase
sin alarmas.
Entró en la tienda con Hans, que se caía de sueño, y el piloto y
Cornelio se sentaron junto al fuego con los fusiles entre las rodillas.
Media hora llevarían velando cuando oyeron a corta distancia lúgubres
aullidos.
--Los _warangales_--dijo Van-Horn, levantándose--. ¿Cómo se atreven a
llegar tanto aquí esos perros salvajes? ¿Qué os parece, señor Cornelio?
--Algún perro hambriento--respondió el joven.
--¡Hum! No me parece eso.
--Pues ¿qué creéis que sea?
--Tal vez una señal.
--Pues a mí me han parecido esos aullidos naturales.
--¿Veis algo?
--No.
En aquel instante se oyó de nuevo el aullido, pero más cercano.
--No es un _warangal_, señor Cornelio--dijo Van-Horn, palideciendo--.
Esto es una señal; no me equivoco.
--¿Se acercarán los salvajes?--preguntó el joven, levantándose con
rapidez.
--¡Silencio!
--¿Habéis oído algo?
--Mirad allí, junto a las hornillas. ¿Veis algo?
--Sí, descubro una sombra negra. La noche está obscura; pero la veo
moverse.
--Y yo veo otras sombras bajar por las rocas.
--Es verdad. Ahora veremos.
Cornelio salió del espacio iluminado por el fuego, se echó a tierra y
apuntó. Iba ya a disparar, cuando entre los hornillos estallaron gritos
agudos, a los que respondieron otros, cerca de los depósitos de
_trépang_. No eran gritos de guerra o de triunfo, sino alaridos
dolorosos.
--¡Ah!--exclamó Van-Horn--. Los vidrios de las botellas destrozan los
pies de los caníbales. ¡Fuego contra ellos!
Se dirigió hacia la lantaca, que tenía cerca, y después de apuntarla
hacia las sombras que se movían, la disparó, cubriéndolas de una lluvia
de metralla. Al cañonazo siguieron otros siete u ocho disparos de los
chinos de guardia.
Los gritos, de dolor se trocaron en tremendo vocerío. Una masa enorme de
cuerpos humanos se precipitaba por las rocas con velocidad vertiginosa:
eran ciento, doscientos, cuatrocientos; porque parecía que no acababan
nunca.
Van-Stael, Hans y los chinos, despertados por el vocerío y los disparos,
se pusieron en pie; pero mientras los dos primeros se dirigían hacia los
depósitos de _trépang_, para evitar que fueran saqueados, los chinos
huían en tropel hacia la playa para embarcarse en las chalupas.
--¡Adelante, muchachos!--había gritado el Capitán; pero sólo siete u
ocho hombres le siguieron.
Eran un puñado de hombres contra un ejército; pero no cabían
vacilaciones en aquellos momentos.
El Capitán y los suyos avanzaron descargando los fusiles contra las
espesas filas de los asaltantes, mientras el piloto, que se había
quedado solo, disparaba la lantaca, sembrando la muerte con una
granizada de hierro y de plomo.
De pronto, los antropófagos se detuvieron en su formidable asalto. Los
que llegaron primero a los depósitos de _trépang_, al pisar con los pies
desnudos sobre los vidrios, se echaron atrás, dando alaridos. Algunos,
que cayeron entre los pedazos de botellas, que les cortaban las carnes,
se retorcían desesperadamente, regando el terreno de sangre. Los otros,
espantados y no sabiendo de qué peligro se trataba, se detuvieron
también vacilantes, hasta que, al fin, optaron por volver las espaldas y
huir hacia las peñas.
Una doble descarga de las lantacas y los fusiles apresuró su retirada, y
en breve desaparecieron todos por la vertiente opuesta.
--¡Bravo, valientes muchachos!--gritó Van-Stael--. Es una lección que no
olvidarán en mucho tiempo. ¡A los depósitos de _trépang_, amigos míos!
Veo algunos indígenas moverse por allí.
Se lanzó hacia las tiendas, entre las cuales se revolcaban algunos
australianos en las últimas convulsiones de la agonía; y cuando estuvo
cerca dió un grito de furor.
--¡Oh!... ¡Miserables!
--¿Qué pasa, tío?--preguntaron Hans y Cornelio, que habían acudido a la
exclamación de Van-Stael.
--¡Que estamos arruinados, hijos míos!
--¿Han saqueado los depósitos?
--Peor que eso. Nos han imposibilitado para pescar más, pues han robado
las calderas, y no tenemos otras.
--¡Las calderas!--exclamó Cornelio.
--Sí, sobrino--dijo el Capitán con voz ronca--. ¿Cómo vamos a preparar
en adelante el _trépang_? La estación de pesca apenas ha comenzado y no
tenemos aún más que la décima parte de la carga.
--¡Sigámosles, tío!--exclamó Cornelio.
--¿A quiénes? ¿A los ladrones?
--Y ¿por qué no? ¿Vais a volver a Timor con esas pocas _olutarias_,
mientras podemos pescar diez veces más?
--Yo opino lo mismo--dijo Hans--. Aprovechemos los momentos para
seguirlos.
--Pero ¿querrán venir con nosotros los chinos?
--No, señor--dijo Van-Horn, acercándose--. Esos cobardes se han
embarcado y se resistirán a volver a tierra.
--¡Canallas!--exclamó el Capitán con ira--. ¡Ahora todo se ha perdido!
--Y ¿qué pueden hacer los australianos con nuestras calderas? Estoy
seguro, Capitán, de que las han abandonado en la llanura, para no cargar
con un peso inútil, que les estorbaría en su fuga.
--Tal vez tengas razón, mi viejo Horn. Vaya, no perdamos tiempo; y si
los salvajes están todavía a tiro de fusil, tratemos de aligerar su
retirada. Al ser asaltados, quizá abandonen las calderas. ¡Andando; a
escalar las rocas!
VI.--LA ORGÍA DE LA TRIPULACIÓN
Era inútil pensar en seguir pescando mientras no volvieran a su poder
las pailas para la preparación del _trépang_. Cierto es que hubieran
podido secar al sol los moluscos; pero esta operación requería mucho
tiempo, y no podían disponer de él a causa de la hostilidad constante de
los salvajes.
Como había observado el piloto, no era probable que los australianos
hubieran transportado muy lejos las pailas, tanto por su peso,
relativamente grande, como por su ninguna utilidad para ellos. No
podían, con todo, los pescadores perder el tiempo; porque si los
fugitivos llegaban a los bosques de eucaliptos sin abandonar su presa,
no les quedaba otro recurso al Capitán y los suyos que levar anclas y
desplegar las velas, abandonando aquella bahía tan rica en _olutarias_.
Van-Stael se lanzó a todo correr por una de las gargantas de las rocas,
seguido del piloto, de Cornelio y de Hans. Aunque aquel paso era áspero
y difícil, lo atravesaron en pocos minutos y bajaron a la llanura.
La obscuridad era tan completa, que no podían distinguir los grupos de
caníbales, aunque oían muy bien su salvaje clamoreo, alejándose hacia el
Este, en dirección de la colina y el bosque.
--No están a más de una milla de aquí--dijo el Capitán, después de
escuchar con atención un rato.
--Tratan de llegar al bosque--dijo Cornelio.
--¿Está lejos?--preguntó Van-Horn.
--Seis o siete millas.
--Hay que darse prisa, Capitán. Ya sabéis que los australianos son
buenos andarines.
--También nosotros tenemos buenas piernas. Si logramos ponernos a tiro,
les haremos fuego. ¡Adelante, y con cuidado para no caer en emboscadas!
--Y para ver si han abandonado las calderas--añadió Van-Horn.
Siguieron a buen paso, inclinándose hacia el Este; pero los australianos
no se dormían tampoco en su marcha, pues la delantera que les llevaban
no menguaba un ápice, a juzgar por el rumor de sus voces.
El Capitán, que no estaba tan ágil como los dos jóvenes, maldecía de la
ligereza de los salvajes, y Van-Horn seguía a duras penas la marcha,
resoplando como una foca.
De pronto, cuando llevaban andadas cerca de dos millas, el viejo piloto
tropezó en un cuerpo duro, que despidió un sonido metálico.
El encontrón había sido tan brusco, que estuvo a punto de caerse; pero
se repuso al momento, y exclamó:
--¡No me había equivocado!
--¿Qué has encontrado, viejo?--le preguntó el Capitán.
--Ya os decía yo que no tardarían estos caníbales en desembarazarse de
un peso inútil. Me ha faltado poco para romperme la cabeza contra una de
nuestras calderas.
--¡Qué suerte! ¿Estará la otra por estos alrededores?
--Nada extraño sería. Los mismos motivos que han tenido para abandonar
ésta tienen que inducirlos a soltar la otra.
--¡Silencio!--dijo Cornelio.
--¿Qué hay?
--No oigo más los gritos de los salvajes, tío.
--¿Habrán ya llegado al bosque?
--¿Habrán advertido que los seguimos?
--Preferiría que volviéramos a la playa, ahora que tenemos una caldera.
Podríamos muy bien pasarnos sin la otra.
--¡Oh, oh!--exclamó Van-Horn--. ¡A tierra todo el mundo!
Oíase en el aire un extraño ruido que se acercaba rápidamente. Los
cuatro holandeses se dejaron caer al suelo, aunque Hans y Cornelio
ignoraban el peligro que les amenazaba.
Poco después, a pocos pasos de ellos, oyeron un ligero golpe, como si un
cuerpo duro hubiera tocado contra el suelo. Después volvieron a oír un
ruido semejante; pero esta vez alejándose.
--Es un _bomerang_--dijo Van-Stael--. Esos tunos se han dado cuenta de
que los seguimos.
--¿Es uno de esos palos ligeramente curvados, de que me
hablaste?--preguntó Cornelio.
--Sí, y hubiera podido rompernos la cabeza a cualquiera de nosotros.
--Me parece que ha vuelto atrás después de tocar al suelo.
--Ha vuelto a la mano del hombre que lo lanzó.
--¿El _bomerang_?
--Sí, Cornelio. El _bomerang_, que es sencillamente un palo de unos tres
pies de largo, algo redondo en uno de sus extremos, es un arma
sorprendente; pero que sólo los australianos saben manejar. Lo lanzan
hacia adelante, y después de dar en el punto a que lo dirigen, vuelve a
sus manos, describiendo en el aire una curva parecida a una parábola. Si
tiene ese hecho su razón en la forma especial del _bomerang_, o en la
manera de arrojarlo, o en ambas cosas a la vez, no se sabe a ciencia
cierta.
--¿Estará muy lejos el salvaje que lo ha lanzado?
--A cincuenta o sesenta pasos. ¿Distingues algo?
--Está tan obscuro, que no se ve a un hombre a quince pasos de
distancia.
--Batámonos en retirada, Capitán--aconsejó Van-Horn--. Si se enteran de
que no somos más que cuatro, se nos echarán encima. No hay tiempo que
perder, porque dentro de media hora empezará a clarear.
--Y ¿qué hacemos con la paila?
--La llevaremos entre nosotros dos. Vuestros sobrinos, que son muy
buenos tiradores, se encargarán de tener a raya a los salvajes.
--Tienes razón, viejo mío. Si el alba nos sorprende lejos del
campamento, estos tunos se nos echarán encima y tendremos que abandonar
la caldera. ¡Hans, Cornelio!: os confiamos nuestra defensa.
--El primero que se acerque demasiado es hombre muerto--dijo Cornelio--.
Mis balas van adonde yo las mando.
--Apresuraos, tío--dijo Hans--. Creo percibir sombras negras moviéndose
a lo lejos.
--Partamos, Van-Horn.
Cargaron entre los dos con la caldera, que pesaba cerca de un quintal, y
se pusieron en marcha, aligerando lo posible el paso, mientras los dos
jóvenes, con los fusiles dispuestos, no perdían de vista a los salvajes,
los cuales avanzaban en dispersión para presentar menos blanco a los
tiros enemigos.