Produced by David Starner, Chuck Greif and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
book was produced from scanned images of public domain
material from the Google Print project.)
BIBLIOTECA CALLEJA
EMILIO SALGARI
LOS PESCADORES
DE "TRÉPANG"
VERSIÓN DIRECTA DEL ITALIANO
[Illustration]
CASA EDITORIAL CALLEJA
MADRID
1916
ES PROPIEDAD.
DERECHOS RESERVADOS
Imp. de "Alrededor del Mundo".
Madrid.
LOS PESCADORES
DE "TRÉPANG"
I.--LA COSTA AUSTRALIANA
A principios de abril de 1850 iba costeando la región occidental de la
tierra de Carpentaria, perteneciente al continente de Australia, una de
las esbeltas naves chinas llamadas juncos. Tienen estos barcos alta
arboladura, con grandes velas de estera, y la proa alta y redondeada.
Los dos grandes escobenes para las cadenas de las anclas que llevan a
proa, y que por las pinturas que los adornan semejan ojos, dan a esas
naves aspecto de monstruos marinos. El junco navegaba despacio y con
grandes precauciones.
Treinta hombres de cráneos rapados y largas trenzas en la nuca, piel
amarilla, ojos oblicuos, medio desnudos varios de ellos y otros vestidos
con anchas túnicas y calzones, también anchos, de tela floreada, estaban
alineados en la borda de la nave, con las cuerdas de maniobras entre las
manos, dispuestos a orientar las velas a la primera orden.
De pie en el castillo de proa un hombre de alta estatura, facciones
enérgicas, piel bronceada y vestido a la europea, examinaba atentamente
la costa australiana con un poderoso anteojo. Podría tener unos
cuarenta años, y parecía ser el comandante de aquella tripulación de
chinos. Detrás de él dos jóvenes de diez y seis y veinte años,
respectivamente, de piel blanca como la de los europeos, pero no atezada
como la que suele distinguir a la gente de mar, parecían esperar con
cierta ansiedad el resultado de la minuciosa observación que estaba
practicando el del anteojo.
--¿Ves algo?--le preguntó al poco rato el más joven de ellos.
--No, sobrino--contestó éste--. No se ve ni un ser viviente.
--¿Estamos cerca de la bahía?
--La tenemos seis millas delante de nosotros, Hans.
--¿Estás seguro de no engañarte, tío?
--¿Un hombre de mar como yo equivocarse?... Vine aquí el año último a
pescar el _trépang_, y no he olvidado la bahía.
--¿Y por qué observas tan minuciosamente la costa?
--Porque me va en ello la piel, y, sobre todo, la vuestra, sobrinos
míos.
--¿Qué temes?
--Esa es tierra de salvajes, Hans. Ahora seguramente no hay nadie en la
playa; pero de un momento a otro puede cubrirse de australianos.
--¿Odian quizás a los hombres blancos?
--No distinguen de razas: blancos, negros, amarillos, rojos o
aceitunados, todos son manjares apetecibles para ellos.
--¿Comen hombres esos salvajes?
--Como nosotros comemos gallinas.
--¡Qué brutos!
--Tienen hambre, Hans. Su tierra nada produce; no hay animales en ella,
o son escasísimos, y tienen que apencar con todo para comer.
--Pero nosotros somos muchos, tío.
--¡Muchos!...
--Y tenemos fusiles y dos lantacas[1].
--¿Cuentas con los chinos, Hans?... ¡Buena tripulación de conejos!... ¡A
los primeros disparos se esconderían en la estiba!
--Es que no veo tan fácil asaltar un barco.
--¿Y cuando tengamos que saltar en tierra para colocar la caldera?
--¿La caldera?
--¡Ah, sí! Olvidaba que vosotros no sabéis aún lo que es la pesca del
_trépang_. Todavía sois marinos de agua dulce.
--¡Tío!...--exclamaron los dos jóvenes en tono de reproche.
--Pero pronto seréis verdaderos marinos ¡qué diablo! No se improvisan en
un día los lobos de mar.
--Es cierto.
--¡Eh, Van-Horn! gobierna hacia aquella punta. ¿La ves?--gritó el
comandante.
Un viejo marinero, de barba blanca, piel bronceada y curtida por el sol
y los vientos de los mares tropicales, y que empuñaba la caña del timón,
dijo:
--La veo, Capitán. Aunque tengo sesenta años, aún conservo la vista.
El junco, que seguía costeando lentamente la aguda península que se
extiende entre el mar de Coral y el golfo de Carpentaria, y que se
prolonga por los bajofondos del estrecho de Torres, puso la proa hacia
un promontorio peñascoso, que parecía proteger una profunda ensenada.
Aquella costa, que el comandante seguía examinando con gran atención,
parecía desierta. Se prolongaba hacia el Este con profundas escarpaduras
y peñas enormes que parecían descansar sobre los escollos coralinos casi
a flor de agua. No se descubría vegetación alguna en aquellas playas;
pero a lo lejos se veían algunos grupos de los árboles llamados
_eucaliptos rostrados_, verdaderos gigantes vegetales, pues suelen
alcanzar hasta ciento cincuenta metros de altura; pero que no dan sombra
alguna, porque sus largas hojas obscuras se presentan siempre de canto
al sol.
El Capitán no parecía estar muy seguro de la aparente tranquilidad que
reinaba en aquellas playas, y de cuando en cuando escuchaba con
atención, como si quisiera percibir algún otro rumor que el de las olas
al estrellarse en los escollos.
La misma tripulación china parecía inquieta y miraba con desconfianza
hacia la costa, como si temiese algún grave peligro.
En pocos minutos el junco, que navegaba ahora con gran velocidad, pues
se había levantado un recio brisote del Oeste, dobló la punta peñascosa
que el Capitán había indicado, y entró en una gran bahía rodeada de
escollos coralíferos, y cuyas márgenes descendían dulcemente hasta el
mar.
--¿Es aquí?--preguntaron los dos jóvenes.
--Sí--respondió el Capitán, que en aquel momento tenía puesta toda su
atención en el agua de la bahía--. Aquí hay una verdadera fortuna para
nosotros y para el armador del junco.
--¿Abunda aquí el _trépang_?--preguntó el mayor de los dos muchachos.
--Sí, Cornelio: haremos una pesca abundantísima en pocas semanas.
--Estoy impaciente por ver cómo se hace esa pesca.
--Y llegarás tú también a ser un hábil pescador y...
Un grito estridente que venía de la playa le cortó la palabra.
--_¡Cooo-mooo-eee!_
--¡Mil truenos!--exclamó el Capitán, arrugando la frente--. ¡El instinto
no me engañaba!
--¿Es el grito de los _trépang_?--preguntó Hans.
--Los _trépang_ no gritan.
--¿Es, acaso, algún otro animal?--dijo Cornelio.
--Peor todavía. Es el grito de alarma de los australianos.
--Pues yo no los veo.
--No importa; ellos nos han visto--dijo el Capitán, que se había quedado
pensativo.
--¿Y temes que nos ataquen?
--Ahora, no; pero temo por los chinos. Como sepan que hay australianos
caníbales en la playa, no querrán desembarcar.
--Capitán Van-Stael, ¿habéis oído?--dijo el viejo marino que había
entregado a un chino la caña del timón.
--Sí, viejo mío; pero no renunciaré a la pesca. La bahía está llena de
_trépang_, y no quiero perder una carga que puede valernos veinte mil
duros.
En seguida, enderezándose sobre el castillo de proa, gritó:
--¡Abajo las anclas y las velas!
En aquel momento se oyó salir de entre las escolleras de la playa el
mismo grito de antes.
--_¡Cooo-mooo-eee!_
--¡Todavía!--exclamó el Capitán--. ¿Es una amenaza, o estos tunos
tratan sólo de asustar a mis hombres?
--Es un grito de llamada, Capitán--dijo el viejo Van-Horn.
--¿Habrá alguna tribu acampada por estos contornos?
--Ya sabéis que en la temporada de la pesca estos salvajes acuden a la
costa con la esperanza de proporcionarse carne humana. El año último las
tripulaciones de tres juncos fueron devoradas por los salvajes del cabo
York.
--Lo sé, Van-Horn. He visto los restos de uno de aquellos juncos en las
playas de la isla Edward Pellews; pero nosotros no vamos a tener miedo
de los australianos.
--Estad, sin embargo, sobre aviso, Capitán. Ya sabéis que son capaces de
cortar las maromas y de romper las cadenas de las anclas para que
vayamos a embarrancar en las escolleras.
--Estaremos atentos, Van-Horn. Entre tanto, que carguen las lantacas y
suban a cubierta los fusiles para proteger a nuestros pescadores.
En tanto que hablaban, la tripulación china había echado las dos anclas
de proa y una pequeña de popa para afirmar mejor el buque, y después
procedió a enrollar las velas de los palos mayor y trinquete.
--Apresurémonos--dijo el Capitán a la tripulación--. Si todo marcha
bien, dentro de tres semanas habremos completado nuestra carga, y
dentro de seis estaremos de vuelta en Lia-King...
* * * * *
El Hai-Nan, que así se llamaba el junco, había salido un mes antes de
Timor, isla de las Molucas, para la pesca del _trépang_, bajo el mando
del Capitán Van-Stael, holandés de Batavia. En otros tiempos Van-Stael,
que gozaba fama de valiente hombre de mar, había navegado por su cuenta
y en nave propia, dedicándose a la pesca del _trépang_; pero a los
cuarenta años, cuando ya se creía suficientemente rico para acabar su
vida entre comodidades en alguna ciudad del Extremo Oriente, tuvo la
desgracia de arruinarse.
Una noche tempestuosa su buque naufragó en el mar de Coral, junto a la
costa australiana, y de los veinte hombres que componían la tripulación,
sólo él y el viejo Van-Horn pudieron salvarse en un madero. No se
desanimó por aquella desgracia, aunque fué para él un desastre. Se
sentía con fuerzas todavía para rehacer su fortuna; y vuelto a Timor,
ofreció sus servicios a un rico negociante de _trépang_, el chino
Lia-King, el cual, sabiendo con qué experto y hábil marino trataba, no
dudó en confiarle el mando de uno de sus mejores juncos.
Van-Stael, aunque nunca había tenido gran confianza en aquellos barcos
de construcción china, muy poco seguros para los malos tiempos, partió
para la costa septentrional de la Australia, y en pocas semanas
completó su carga de aquellos coriáceos moluscos, que son tan apreciados
en los mercados chinos y malayos.
Aunque en aquella primera campaña de pesca había realizado muy buenas
ganancias, al principiar la nueva estación volvió a hacerse a la mar,
llevando esta vez consigo a sus dos sobrinos, huérfanos desde hacía
varios años, y a los cuales pensaba llevar consigo en todos sus viajes
para hacer de ellos dos buenos marinos.
Los dos jóvenes, hijos de un valiente capitán, muerto en las costas de
Borneo en un encuentro con los piratas del sultán de Varanni, aceptaron
con entusiasmo la proposición de su tío, por más que no ignoraban los
peligros de la pesca del _trépang_, no porque estos moluscos estén
dotados de armas defensivas, sino por los parajes en que hay que
pescarlos, poblados todos ellos de salvajes antropófagos.
Eran entrambos bien jóvenes, como ya hemos dicho--Hans de diez y seis
años y Cornelio de veinte--; pero el capitán Van-Stael podía estar
seguro de su valor, porque acostumbrados a andar por las espesas selvas
de Timor persiguiendo animales salvajes, y a navegar por los peligrosos
mares de las Molucas, eran hombres para todo.
Queda, pues, explicado cómo aquel junco, con tripulación china mandada
por europeos, había anclado en aquella profunda bahía de la costa de
Carpentaria, donde tanto abundan los _trépang_.
II.--LOS PESCADORES DE TRÉPANG
No hay pueblo más extravagante que el chino para comer. Es
aficionadísimo a las agallas de pez-perro en salsa encarnada, a los
nidos de golondrinas marinas, que tienen una substancia gelatinosa, pero
insípida[2], a las lombrices saladas, a los renacuajos, a las ratas
saladas, a los perros y, sobre todo, al _trépang_.
Puede decirse que desde muchos siglos antes de que los navegantes
europeos conocieran la existencia de la Australia, iban barcos chinos a
las playas septentrionales de ese continente y a las costas de la Nueva
Guinea a pescar ese extraño molusco. Impórtasele en enormes cantidades
en el Celeste Imperio; pero aún son pequeñas para satisfacer la demanda:
tanta es la afición que le tienen los chinos. En ningún banquete chino
falta ese manjar, que bien puede calificarse de nacional. Los provechos
que rinde su pesca han excitado el espíritu mercantil de los europeos, y
se dedican muchos a ella. Así como hay pescadores de arenques, de
ballenas y de focas, hay pescadores de _trépang_, los cuales todos los
años, en la estación propicia, llegan desde los puertos más lejanos
hasta las aguas del estrecho de Torres, del mar de Coral o del golfo de
Carpentaria.
Aunque muchos de esos buques no vuelven más a su país o vuelven con las
tripulaciones diezmadas, el negocio se sostiene por lo lucrativo que es.
Saben los que lo explotan que los salvajes están dispuestos a aprovechar
la primer tempestad para cortar las cuerdas y cadenas de los barcos y
hacer que se estrellen en los arrecifes; saben también que si caen en
sus manos acaban su vida guisados en salsa verde, y, sin embargo, van
allí a pescar, porque los chinos pagan muy caros esos moluscos. Pronto
los conoceremos.
Pero volvamos a nuestra nave, cuya tripulación, a pesar del grito de los
australianos, que aún resonaba en el espacio como una fúnebre amenaza,
se preparaban a la pesca.
La nave estaba fuertemente anclada, como ya hemos dicho. Había puesto la
proa mirando a la boca de la bahía, dispuesta, en caso de peligro, a
abandonar aquellos parajes. El capitán Van-Stael había hecho botar al
agua una gran chalupa, y se había embarcado en ella en compañía del
viejo Van-Horn, de Hans y de Cornelio.
Inclinado hacia el mar, se había puesto a observar el agua con gran
atención, explorando el fondo de la bahía, que se distinguía
perfectamente.
--Tenemos siete brazas de agua--les dijo con aire satisfecho--. Nuestros
pescadores no tendrán que fatigarse mucho.
--Pero ¿dónde está el _trépang_?--preguntó Hans.
--El fondo está lleno de ellos. ¿No ves nada entre la arena y las algas?
--Me parece distinguir unos rollos que se mueven.
--Pues esos son las _olutarias_, o, si te parece mejor, los _trépang_
que pescaremos.
--Y son de los mejores, Capitán--dijo Van-Horn--. Mire usted los
_bankolungan_, más al fondo los _kikisan_, los _talifan_, y más allá se
perciben los _murrang_.
--Que los chinos pagan muy caros, viejo mío--dijo el Capitán--. Hay aquí
una verdadera fortuna que pescar.
--¿Nos dirás, al fin, lo que son esas _olutarias_?--preguntó Hans.
--Sí, muchacho--respondió el Capitán--. Anda, Van-Horn, haz que bajen
los pescadores.
Diez chinos medio desnudos, que llevaban al cinto largos cuchillos
ligeramente curvados para defenderse, en caso de necesidad, de los
peces-perros, que abundan en aquellas aguas y que son tan aficionados a
la carne humana como los antropófagos de la costa septentrional de la
Australia, bajaron a la chalupa a una orden del viejo marinero,
llevando en la mano izquierda una especie de red capaz de contener
muchas _olutarias_.
--¡Ea! ¡Manos a la obra sin perder tiempo!--dijo el Capitán después de
haber examinado la entrada de la bahía para convencerse de que no había
peces-perros en ella.
Los diez pescadores, escogidos entre los mejores nadadores y buzos de la
tripulación, se echaron a una al agua.
Los dos jóvenes, inclinados al borde de la chalupa, seguían con gran
curiosidad las maniobras de los valientes pescadores. El agua de la
bahía, tranquila y transparente como un cristal, les permitía distinguir
perfectamente a aquellos hombres, que procedían con gran rapidez
cogiendo moluscos, que iban echando en la red.
Bien pronto uno de ellos, pasado medio minuto, salió a la superficie con
la red llena hasta rebosar, la cual entregó al viejo Van-Horn, que la
vació en el fondo de la chalupa. Aquella primera redada consistía en
diez _olutarias_.
--¿Qué moluscos son éstos?--preguntaron Hans y Cornelio, que se habían
agachado para observar mejor.
--Los _trépang_--dijo el Capitán--; y de los mejores, muchachos.
--Parecen cilindros rugosos--dijo Cornelio.
--Sí; pero con tentáculos--añadió Hans.
El Capitán tomó en la mano uno de aquellos moluscos y se lo enseñó a sus
sobrinos. Este extraño habitante del mar parecía, en efecto, un
cilindro, provisto, en una de sus extremidades, de un círculo de
tentáculos plumosos; pero carecía de cabeza y de ojos, y su boca era una
especie de agujero.
Tenía doce o quince pulgadas de largo, y su piel, que parecía muy
resistente, mostraba a lo largo del cuerpo cavidades muy singulares,
pues tan pronto se dejaban ver como se ocultaban.
--Es una _olutaria bankolungan_--dijo el Capitán--. Es una especie muy
apreciada, y que los chinos pagan bastante cara.
--Y ¿cuál es la conformación de esos moluscos? No les veo ni cabezas ni
ojos.
--No tienen cabeza ni ojos, Cornelio. Tampoco tienen oído ni olfato,
pues les faltan los órganos de esos sentidos. Su cuerpo es un verdadero
saco, envuelto en músculos muy fuertes, duros y resistentes, y parece no
tener otra función que la de comer o, mejor dicho, devorar.
Viven en grandes familias en el fondo de aguas claras y tranquilas, y se
arrastran como serpientes, apoyándose en las esponjas que suelen rodear
sus cuerpos, y se nutren de algas marinas y de otros moluscos. Suelen
tragarse hasta las arenas, piedrecillas y trozos de coral.
--¡Qué estómagos!--exclamó Hans--. Deben tener un aparato digestivo
poderosísimo.
--Su estómago es un tubo que les ocupa todo el cuerpo de punta a punta.
En uno de los extremos de ese tubo tienen la boca. Por ella les entra el
alimento, el cual recorre todo el tubo interior, y sale por el extremo
opuesto sin detenerse.
--Y esos tentáculos que les rodean la boca ¿de qué les sirven?
--Para agarrar las algas, piedras y demás objetos que se comen.
--Me parece que a éste le faltan algunos.
--Es verdad, Hans. Los peces atacan a las _olutarias_ y suelen
comérseles los tentáculos si no consiguen retirarlos a tiempo; pero aun
en ese caso no pierden para siempre los tentáculos, pues se les
reproducen al cabo de cierto tiempo. Toma ahora esta _bankolungan_, que
aún vive, y apriétala un poco entre tus manos.
El joven hizo lo que su tío le indicaba, y vió contraerse el molusco
hasta reducirse a una especie de bola y lanzar primero un chorro de agua
y después una materia obscura, que se le extendió por los bordes de la
boca.
--Son los intestinos del molusco--dijo el Capitán anticipándose a
contestar a la pregunta que iba a hacerle su sobrino--. Su contracción
muscular es tan fuerte, que le hace expeler las vísceras.
--Si yo arrojase ahora al agua esta _olutaria_, ¿podría vivir?
--Sí; y viviría aunque le arrancaras los intestinos, pues no tardarían
en reproducírsele.
--¡Qué animal tan extraño!--exclamaron los dos jóvenes en el colmo de la
sorpresa.
--Pues esto es más extraño todavía--dijo el Capitán recogiendo otra
_olutaria_, de cuya boca salía un pececillo de pocos centímetros de
largo, vivo todavía.
--¿Tal vez un pez que no ha podido digerir?--preguntó Cornelio.
--No; es el compañero de la _olutaria_--respondió el Capitán.
--No te comprendo.
--Me explicaré mejor. Estos pececillos, no se sabe aún por qué motivo,
viven en el vientre de estos moluscos. Les entran por la boca y se les
pasean por dentro como si estuvieran en su casa.
--¿Y la _olutaria_ los tolera?
--Desde luego que sí, pues con su poderosa contracción muscular podría
expelerlos fácilmente, y, por el contrario, los deja en paz, como si la
visita le fuera agradable.
--¡Es maravilloso!--exclamó Hans--. Y ahora dime, querido tío: ¿son tan
excelentes como dicen los chinos estos moluscos?
--Tienen un sabor parecido a los calamares; pero son muy duros, y para
comerlos se necesitan muy buenos dientes, porque son elásticos como la
goma. A los chinos, malayos y cochinchinos les gustan muchísimo; pero
nosotros los europeos preferimos otros pescados más finos y sabrosos.
--¿Y se paga caro el _trépang_?
--Carísimo, Cornelio. La calidad mejor se paga en los mercados chinos de
veinte a treinta y cinco pesos el _pikul_[3]. Los hay de calidad
inferior, que se pagan entre seis y diez pesos.
--Debe de ser muy buen negocio para los pescadores.
--No siempre, Hans, porque las _olutarias_, lo mismo que las ballenas,
van ya escaseando. En estas islas, que antes eran riquísimas en
moluscos, hay ya muchos menos, por la incesante pesca que de ellos se
hace. Es una verdadera guerra de exterminio, especialmente por parte de
los barcos europeos y americanos.
Hasta hace algunos años las islas Likana eran célebres por la abundancia
del _trépang_ en sus aguas; pero desde que un capitán americano pescó
durante el año 1845 doscientos sesenta y cinco pikules, y el capitán
Muyne casi otro tanto en 1847, las _olutarias_ desaparecieron de
aquellas playas.
Y basta por ahora, sobrinos míos. Hagamos disponer la otra chalupa, y
vamos a colocar las calderas.
--¿Las calderas?--exclamó Cornelio--. ¿Qué intentas hacer?
--Son necesarias para la preparación del _trépang_.
--¿Y los salvajes?--preguntó Hans--. ¿Nos dejarán tranquilos?
--¿No has oído hace poco un grito?
--Supongo que no se atreverán a acercarse. Al menos así lo espero por
ahora. Saben que los hombres blancos poseen armas de fuego, y les tienen
miedo. ¡Eh, Van-Horn! Haz que boten al agua la segunda chalupa.
El viejo marinero, que había vuelto a bordo del junco, se apresuró a
obedecer. La embarcación, que estaba guindada de los pescantes de popa,
fué botada al mar y la ocuparon diez chinos armados de fusiles.
--Ahora las calderas y el combustible--ordenó Van-Horn, que también se
había embarcado en ella.
Dos pailas de metal, de un metro de diámetro y de treinta y cinco a
cuarenta centímetros de profundidad, grandes espumaderas, unos cuantos
arpones y gran cantidad de leña fueron embarcados en la chalupa.
--¿Está cargada la lantaca?--preguntó el Capitán.
--De metralla--respondió el viejo--. Si a los salvajes les entran deseos
de molestarnos, los saludaremos con una buena rociada.
--¡Vamos, muchachos!--dijo Van-Stael a sus sobrinos.
Embarcaron todos en la otra chalupa, los chinos empuñaron los remos y se
dirigieron a tierra.
En pocos minutos llegaron a la playa, sorteando las peligrosas
escolleras que rodean la costa, contra las cuales se rompe el oleaje con
roncos mugidos, produciendo gran resaca.
--¡Alto!--dijo Van-Stael antes de que la chalupa tocase en la orilla.
Se subió al banco de proa y miró detenidamente hacia la playa, erizada
de rocas enormes, que se alzaban en forma de anfiteatro. A pesar del
grito que habían oído poco antes, no se veía ninguna criatura humana ni
se percibía rumor alguno sospechoso. Solamente una bandada de cacatúas,
espléndidas aves de plumas purpúreas y blancas que ostentan en la cabeza
un penacho inclinado hacia atrás, revoloteaban entre las ramas de un
pequeño _black-wood_ (árbol de madera negra) que crecía desmedradamente
entre la arena.
--¿Hay novedad?--preguntó Van-Horn.
--Ninguna, viejo mío. Desembarquemos.
La chalupa se acercó a la playa hasta tocar en la arena.
El Capitán, los dos jóvenes y el marinero desembarcaron armados de
sendos fusiles, y tras de ellos los chinos conduciendo a tierra la leña,
las pailas, los arpones y las espumaderas.
A corta distancia de la orilla Van-Stael indicó dos pequeñas
construcciones circulares formadas por pedruscos y que podían servir muy
bien de hogares.
--Los salvajes las han respetado--dijo.
--¿Qué es eso?--preguntó Hans.
--Los hornillos que construímos el año pasado. ¡Al trabajo, muchachos!
La otra chalupa va a llegar.
Los chinos cargaron de combustible las hornillas, les prendieron fuego y
después colocaron encima las dos calderas, llenándolas de agua de mar.
La segunda chalupa, tripulada por los pescadores, llegó en aquel
momento. La pesca había sido verdaderamente milagrosa, pues la
embarcación venía tan cargada, que apenas sobresalía del agua.
Después de atracarla a la playa, los veinte chinos se pusieron a
descargarla. En menos de una hora aquellos pescadores habían recogido
cerca de cinco quintales de _olutarias_, pero no todas de una sola
especie.
Entre ellas se veían las preciadas _bankolungan_, de once a quince
pulgadas de largas, con el dorso obscuro, el vientre blanco y una costra
calcárea en ambos costados, cubiertos, además, de verrugas.
Esta clase se pesca ordinariamente en los bordes interiores de los
bancos de coral, a menos de braza y media de profundidad.
Había también muchas _kichisan_, de treinta centímetros de longitud,
forma ovalada y piel negra recubierta de verrugas; _talifan_, de la
misma longitud poco más o menos que las anteriores, de color rojo
tostado, con una fila de espinas rojas en el dorso. Son las más tiernas,
y por ello exigen cuidados especiales para prepararlas.
No faltaban tampoco las _nunang_, que son las más pequeñas de todas, sin
verrugas ni espinas, lisas y con toda la piel negra, pero que son las
más codiciadas, pagándose en los mercados chinos hasta a treinta y cinco
pesos el pikul. Había también otras de calidad inferior, como los
zapatos, los _lowlovan_, los _balatliman_, los _botan_ y los _hangenan_,
que se venden a seis pesos el pikul.
Todas aquellas _olutarias_ estaban vivas aún, y desahogaban su impotente
cólera arrojando chorrillos de agua a los marineros, los cuales, sin
hacer el menor caso, las amontonaron junto a los dos hornillos.
El Capitán observaba atentamente el hervor del agua en las calderas.
Se requiere larga práctica y rara habilidad para preparar el _trépang_,
porque basta un punto más o menos de hervor para echarlo a perder.
El exceso de calor cubre de vejigas a las _olutarias_ y las vuelve
porosas como esponjas, y, por el contrario, la falta de calor suficiente
les hace perder la consistencia, y entonces se pudren e inutilizan en
pocas horas.
--¡Echad!--exclamó al cabo de un rato Van-Stael.
Los chinos arrojaron los moluscos en las calderas. Por algunos instantes
se les vió agitarse y contraerse desesperadamente; después quedaron
inertes en el fondo del agua, que hervía a borbotones.
El Capitán, entre tanto, no apartaba la vista del reloj que había
sacado, y que tenía en la mano.
--Ocho minutos--dijo--; el _trépang_ está a punto.
Los chinos extrajeron los moluscos de las pailas con las espumaderas y
los fueron echando sobre una lona que habían tendido cerca de las
fornallas.
Hans y Cornelio contemplaban atentamente todas aquellas maniobras.
--La cochura está a punto--repitió el Capitán--. Los moluscos tienen el
aspecto de la goma elástica y su piel azulea, señales ambas de que están
en condiciones de conservarse perfectamente.
--Me han dicho que también hay el procedimiento de secarlos al sol--dijo
Cornelio--. ¿Es cierto eso, tío?
--Sí, muchacho, y añadiré que los conservados así se pagan más caros;
pero es operación demasiado larga, pues requiere veinte días, y nosotros
no disponemos de tanto tiempo. También se les seca al fuego, operación
más breve que la de secarlos al sol, pues sólo exige cuatro días; pero
esta playa en que estamos....
--_¡Cooo-mooo-eee!_
Este grito extraño, que ya habían oído antes, salió de pronto de entre
las rocas, interrumpiendo la frase del Capitán.
Casi al mismo tiempo se oyó exclamar a Van-Horn:
--¡Eh, monazo del demonio: en cuanto hagas el menor movimiento, te aso!
¡Palabra de marinero!
III.--LA PINTURA DE GUERRA DEL SALVAJE
Un negro horrible, que despedía un fuerte olor a amoníaco, se había
presentado de pronto, saliendo de detrás de una escollera que se
prolongaba hacia la orilla septentrional de la bahía.
Era de poco más que mediana estatura; pero tan extraordinariamente
enjuto, que se le podían contar las costillas. Tenía el vientre
colgante, y las piernas, completamente desprovistas de carne, parecían
dos bastones forrados de cuero.
Tenía cara más de mono que de hombre; la cabeza, aplastada; la frente,
comprimida; la nariz, chata; las mandíbulas, abultadas; las orejas,
largas; los ojos, pequeños y de brillo extraño, y la boca, tan grande,
que le llegaba casi desde una oreja a la otra.
Su piel era de un color negro sucio y estaba toda cubierta de raras
pinturas y tatuajes de muy diversos colores.
Aquel verdadero espantajo se quitó de encima la piel de kanguro que le
cubría las espaldas y parte de la lanuda cabeza, y empuñando con cómico
ademán una especie de venablo, con la punta de hueso y adornado de un
penacho de plumas, se adelantó hacia los pescadores, deteniéndose a diez
pasos de ellos.
--¿Qué quiere este animal de antropófago?--dijeron Hans y Cornelio,
mientras los chinos se iban retirando prudentemente hacia las chalupas.
--Querrá ordenarnos que nos vayamos--dijo el Capitán--. Estos salvajes
tienen la pretensión de que ningún extranjero venga a pescar a sus
costas; pero este horrible y ridículo ejemplar de la raza australiana se
engaña si cree que vamos a obedecerle.
--Yo me encargo de mandarlo a su tribu de un puntapié--dijo el viejo
marino--. No me asusta el chuzo que lleva en la mano, capitán Stael.
--Veamos antes, señor salvaje--dijo el Capitán, avanzando hacia él--,
qué es lo que pretendes.
El australiano, que se mantenía inmóvil empuñando su chuzo, al ver al
Capitán acercarse, se golpeó con la mano izquierda el vientre, que
resonó como un tambor.
--Pide de comer--dijo Van-Stael--. No somos fondistas, señor salvaje;
pero si estás en ayunas, puedes comerte esta _olutaria_.
Tomó una de la especie llamada _zapatos_, y se la arrojó al australiano,
que la pilló al vuelo, llevándosela ávidamente a la boca.
--¡Qué apetito!--exclamó Hans.
--No hay que maravillarse, sobrino mío. Estos salvajes del continente
australiano están toda la vida luchando con el hambre, y pasan por
larguísimos ayunos.
--Pero ¿no se producen en Australia frutales?
--Sólo árboles de goma. Y te advierto que, cultivadas, todas las plantas
de Europa dan aquí fabulosas cosechas; sólo que estos salvajes
desprecian la agricultura y sólo viven de la caza.
--¿Y abundan los cuadrúpedos y las aves?
--Son muy escasos. Aquí sólo se encuentran focas, kanguros, algunos
_casoares_, más pequeños que los africanos, y bandadas de ciertos perros
salvajes, llamados _dingos_, que son muy difíciles de cazar. Es verdad
que el indígena de Australia no es exigente, y se alimenta de asquerosos
reptiles; pero aun éstos escasean y no alcanzan para todos. Añade a esto
que son imprevisores, y que jamás piensan en el mañana. Si cae en sus
manos un kanguro o un _casoar_, se apresuran a asarlo, y lo devoran, sin
dejar más que los huesos, no preocupándose de si tendrán para comer al
siguiente día.
--¿Comen, pues, mucho?
--Ahí tienes un ejemplo--dijo el Capitán--. La _olutaria_ ha
desaparecido en seis bocados dentro de ese vientre que parece no tener
fondo.
En efecto, el salvaje había ya devorado el _zapatos_ que el Capitán le
había arrojado; pero no parecía satisfecho. Al ver el montón de
moluscos, y animado por el primer regalo, se arrojó encima, arramblando
con todas las _olutarias_ que pudo; pero Van-Horn, que no lo perdía de
vista, lo agarró por una pierna y tiró de él, diciéndole:
--¡Quieto, monazo! ¡Suelta eso o te estrangulo!
El australiano, al verse defraudado en sus propósitos, se puso en pie,
con ademán amenazador.
--Pero ¡qué mamarracho eres!--le dijo el marinero riendo.
--¡Ten cuidado, Van-Horn!--dijo el Capitán--. Estos salvajes son
traidores.
--Le romperé el chuzo en las espaldas, señor Van-Stael.
Iba a lanzarse sobre el australiano para desarmarle; pero éste saltó
hacia atrás, diciendo en un lenguaje mixto de inglés y de malayo:
--¡Quieto, hombre blanco! Esta es la tierra de los hijos de
_Mooo-tooo-omj_[4].
--¡Y yo te digo que si no te vas, te echo a puntapiés,
antropófago!--dijo el marinero, levantando el fusil--. ¿Me has
comprendido?
El australiano, que no debía ignorar el efecto de las armas de fuego,
retrocedió precipitadamente, y, plantando con resolución el chuzo en la
arena, dijo:
--Pronto nos volveremos a ver.
Después, dando un gran salto, se alejó a toda prisa, desapareciendo
detrás de las rocas que rodeaban la bahía.
-¡Que te devoren los perros salvajes!--le gritó Van-Horn.
--¿Volverá?--preguntó Cornelio.
--Es probable--respondió el Capitán, que se había quedado pensativo--.
Ese salvaje procurará jugarnos alguna mala pasada; pero estaremos sobre
aviso, y al primer indicio de peligro nos refugiaremos en el junco.
--¿Habrá alguna tribu por estos contornos?
--Creo que esta costa es demasiado estéril para alimentar a una tribu
entera; pero en el interior de la península, los salvajes no deben
faltar.
--¿Son valientes?
--Cuando los espolea el hambre, sí. Han exterminado y devorado las
tripulaciones de algunos barcos. Hay que vigilar mucho y no dejar que
ninguno se acerque sin nuestro permiso.
Los chinos, tranquilizados, emprendieron otra vez la faena de preparar
el _trépang_, mientras los pescadores salieron otra vez en busca de
_olutarias_. Las dos fornallas, cargadas de leña, lanzaban al aire
grandes llamaradas, y el agua de las dos pailas hervía sin cesar. Los
moluscos, conforme iban cociéndose, eran echados en la lona, la cual
estaba protegida por un toldo, para impedir que el sol echara a perder
la pesca.
Hans y Cornelio, armados de fusiles, registraban las rocas, para
convencerse de que no había por allí ningún otro salvaje, y disparaban
sin cesar contra las bandadas de _cacatúas_ blancas, rojas o de color de
rosa pálido, matando muchas de ellas. El Capitán, entre tanto, examinaba
los bajíos de la bahía, para asegurarse mejor de la cantidad y calidad
de las _olutarias_.
Habían pasado dos horas, durante las cuales aportaron los pescadores dos
cargas más de moluscos, esta vez de la especie más codiciada, cuando el
salvaje de antes volvió a presentarse.
Venía solo, como la vez anterior, pero horriblemente transformado. Se le
hubiera creído un esqueleto animado de vida, pues se había pintado con
tierra amarilla, una especie de ocre, sin duda, las costillas y los
huesos.
No iba armado; pero en la mano, pendiente de un bastón, llevaba un trozo
de corteza de árbol, de un color y forma particular.
Los chinos, al ver aquel extraño emblema, palidecieron, murmurando:
--¡El _wai-waiga_!
--¡Ah, tunante!--exclamó Van-Horn--. ¿Otra vez vuelves?... ¡Eres audaz,
monazo!
--Y se presenta a nosotros con la pintura--dijo el Capitán.
--Y con la corteza del _wai-waiga_--añadió el marinero--. Es una
verdadera declaración de guerra, señor Van-Stael.
--Pero ¿qué significa esa lúgubre pintura?--preguntó Cornelio.
--Es su atavío de guerra--respondió el Capitán.
--¿Y ese trozo de corteza de árbol?
--Una declaración de hostilidad. Es una corteza de _wai-waiga_, o sea de
un árbol venenoso, llamado por ellos árbol mortal.
--¿Y ese pillo se atreve a presentarse solo? ¡Ah, tío; voy a agarrarlo
de una oreja y a llevarle a bordo del junco!
El joven iba a poner en práctica su amenaza; pero el Capitán le detuvo.
--Déjame a mí, Cornelio--le dijo--. De seguro no está solo, y detrás de
esas rocas puede esconderse una tribu. Tú, Van-Horn, reúne a los chinos
junto a las chalupas, y vosotros, sobrinos, a la lantaca.
Mientras la tripulación se retiraba precipitadamente hacia la playa,
para estar pronta a embarcarse, el Capitán, con el fusil cargado en la
mano, se acercó al salvaje, que le miraba insolentemente, como si
estuviera seguro de sí propio.
--¿Qué quieres?--le preguntó, empleando el mismo lenguaje de que el
antropófago se había antes servido.
--Que los hombres blancos dejen la costa que pertenece a los hijos de
_Mooo-tooo-omj_--respondió el australiano.
--Nosotros no matamos ni tus kanguros, ni tus casoares, ni tus
_warrangas_ (perros salvajes)--dijo Van-Stael--. El _trépang_ ni tú ni
tus compatriotas sabéis pescarlo, y además el mar no te pertenece.
--Entonces la tribu de los Wawamas te dará batalla.
--Y ¿eres tú quien lo dice?
--Yo, jefe de la tribu de los _Moo-wiamos_.
--¡Pues, toma, canalla!
Van-Stael, de una guantada, que resonó como un latigazo, arrojó al suelo
al antropófago. Después, agarrándole fuertemente por los brazos, le
arrastró hacia las chalupas.
--Ata a este hombre y llévale a bordo del junco--dijo, dirigiéndose a
Van-Horn--. Lo tendremos prisionero hasta que acabe la pesca, y así le
impediremos noticiar a su tribu que nos ha declarado la guerra.
--Lo ataré con quince metros de cuerda muy fuerte--dijo el marinero--.
Veremos si es capaz de escaparse de la cala.
Contrariamente a sus instintos, el antropófago no opuso la menor
resistencia; pero sus pequeños ojos negros lanzaban extraños relámpagos.
Se dejó atar sin pronunciar una sílaba y transportar a bordo del junco
por los chinos, que volvieron a la pesca del _trépang_.
--Y ¿no nos traerá esto complicaciones, tío?--preguntó Hans.
--Es probable que sus súbditos le busquen, pues se trata de un jefe;
pero tal vez ignoran que nosotros estamos aquí, y pueden llevar sus
indagaciones por otro lado--respondió el Capitán--. Además, no
permaneceremos mucho tiempo en esta bahía si la pesca sigue siendo tan
abundante.
--¿Conoces algún otro sitio abundante en _olutarias_?
--En las islas de Eduard Pellew hay muchas, y más tarde pasaremos por
ellas para completar el cargamento.
--Y, por otra parte--arguyó Cornelio--, si los salvajes vienen a
molestarnos, nos defenderemos.
--¡Bien, muchacho!--le dijo, sonriendo, el Capitán--. Eres un hombre
valiente.
--Y yo no me quedaré atrás, y pelearé a tu lado--dijo Hans, empinándose
para parecer más alto.
--Ya sé que eres un hombrecito que no conoce el miedo--respondió
Van-Stael--. Un día seréis dos valientes y hábiles marinos. Ahora,
sobrinos, prosigamos nuestra faena. Es preciso atender cuidadosamente a
la preparación del _trépang_, o estos indolentes chinos nos lo echarían
a perder.
La chalupa de los pescadores volvía otra vez a la orilla, cargada de
moluscos.
En aquella bahía, que era muy abundante en algas y en peces, había tal
profusión de _olutarias_, que los pescadores apenas tenían más que hacer
que bajarse para recogerlas, pues casi todas las especies viven a pocos
pies de profundidad.
Aquella primera jornada fué tan feliz, que de seguro había producido más
de 500 pesos, suma considerable habido en cuenta el poco trabajo
invertido en ganarlos.
Van-Stael no podía estar más satisfecho. Si la campaña seguía como había
comenzado, en pocas semanas podía dejar aquellas peligrosas playas,
llevándose un cargamento casi completo.
No pudiéndose transportar los moluscos a bordo, pues tenían que estar
algún tiempo al aire libre para que se secaran antes de amontonarlos en
el sollado, se armaron tiendas en la playa para refugio de los hombres
de guardia.
Los chinos, que temían una irrupción de compatriotas del prisionero, se
resistían al principio, prefiriendo dormir en el junco, donde estaban
seguros; pero el Capitán hizo que desembarcaran las dos lantacas, y les
prometió además que los acompañarían él mismo, uno de sus sobrinos y el
viejo Van-Horn, con lo cual les persuadió a quedarse.
Van-Stael y el marinero, que no estaban muy tranquilos, pues sabían que
los australianos aguardan a la noche para atacar, hicieron fortificar
el campamento con una cerca de piedras y fragmentos de coral, y
dispusieron que el junco se acercara a la playa para poder embarcarse en
caso de peligro.
Aquellas precauciones resultaron, por fortuna, inútiles. La primera
noche que pasaron en las playas del continente australiano transcurrió
en calma, a pesar de las amenazas del antropófago.
Sólo los lúgubres aullidos de los dingos turbaron el silencio que
reinaba en el campamento.
IV.--LOS AUSTRALIANOS
Habían pasado cinco días. Ningún suceso extraordinario había venido a
turbar los trabajos de la tripulación del junco; la pesca seguía siendo
abundante, y parecía que aquella bahía, desconocida de los otros
pescadores, era inagotable, pues los moluscos seguían siendo
abundantísimos, a pesar de la persecución de que eran objeto.
Las dos fornallas no habían parado de trabajar un solo momento, y
verdaderas toneladas de _olutarias_ habían pasado ya por las calderas.
Estaban repletas de pesca todas las tiendas, y hasta cerca de las
escolleras se alzaban enormes montones, prontos a ser cargados.
Para nada los habían molestados los salvajes hasta entonces, ni habían
dado siquiera señales de vida.
El Capitán y los dos jóvenes, para tranquilizar más a los chinos, que no
acababan de perder el miedo, habían explorado un largo trecho de la
costa, sin descubrir a ningún australiano. Van-Horn se internó unas
cuantas leguas en la península, en una excursión que hizo, y sólo halló
bandadas de cacatúas y de papagayos o huellas de algún que otro kanguro
o casoar.
Sin duda, el jefe de la tribu de los _Warrames_ había tratado de
asustarles con una baladronada. Era posible que la tribu sólo existiera
en su imaginación o, por lo menos, que estuviera muy lejos.
Así lo suponían el Capitán y sus compañeros, por más que el prisionero,
que seguía en la estiba atado fuertemente de pies y manos, se obstinase
en hacer creer lo contrario, amenazándoles con que sus súbditos
exterminarían a toda la tripulación.
La sexta noche, cuando ya todos estaban seguros de no ser importunados,
ocurrió un suceso inesperado, que les inquietó sobremanera.
Mientras los pescadores descansaban tranquilamente en las tiendas, los
hombres de guardia, que velaban alrededor de las fornallas,
distinguieron, hacia las tres de la mañana, una luz en una altura, como
a tres millas de la costa.
No estaba fija ni presentaba constantemente igual aspecto, sino que
cambiaba de posición y de dimensiones, ora agrandándose
desmesuradamente, ora achicándose hasta desaparecer casi.
Alarmáronse los chinos, que desde cinco días antes estaban intranquilos,
temiéndose un asalto. Todos se pusieron al momento en pie, y hubo unos
cuantos que se apresuraron a acercarse a las chalupas, que estaban
atadas en la playa.
El Capitán y Cornelio, que dormían en una tienda, mientras Hans y
Van-Horn se habían quedado en el junco, fueron bien pronto advertidos
del hecho.
--¿Se tratará de una señal?--preguntó el joven.
--Me lo temo, Cornelio--respondió el Capitán, que miraba con atención
aquel fuego.
--¿Dirigida a quién?
--Sin duda a alguna tribu.
--Y ¿no será a nuestro prisionero? Ellos tal vez ignoran que está en
nuestras manos.
--Tu idea no me parece infundada.
--¿Se dispondrán a atacarnos?
--¡Quién sabe! ¿Oyes tú algo?
--No, tío.
--¿Tienes miedo?
--¿Miedo?... ¡No, tío!...
--Toma el fusil, y vamos a ver.
--¿Vas a ir hasta allí?
--No; pero quiero explorar los contornos para asegurarme de que no hay
nadie y tranquilizar a nuestros chinos. Si estos cobardes se amedrentan
nos estropearán nuestro negocio de la pesca.
--¿Y Van-Horn?
--Se quedará aquí con Hans, para evitar que los chinos huyan.
--Vamos, tío; mi fusil está cargado.
Van-Stael mandó avisar al viejo Van-Horn lo que ocurría y luego se
encaminó a las rocas que circundaban la bahía, seguido del joven, que no
daba las menores muestras de miedo.
Habíase puesto la luna hacía algunas horas, y la noche estaba
obscurísima; pero el misterioso fuego, que seguía brillando en la
altura, bastaba para guiarles, sin temor de extraviarse.
Avanzando cautelosamente para no caer en alguna emboscada, el Capitán y
Cornelio llegaron bien pronto al pie de las primeras rocas, y las
escalaron con no poco trabajo, por ser muy escarpadas. Echaron una
ojeada desde la cima a la vertiente opuesta. Extendíase ante ellos un
pequeño llano ligeramente ondulado, con algunos grupos de árboles
esparcidos acá y allá. Como a dos millas hacia el Este comenzaba otra
vez a levantarse el terreno, formando como un semicírculo en torno del
llano.
Seguía viéndose el fuego en la cima más alta. En aquel momento era
extenso y muy vivo, pareciendo que lo producían árboles o malezas
ardiendo.
--¿Ves algo?--preguntó el Capitán al joven.
--Me parece distinguir hombres moviéndose ante aquella cortina de
llamas--respondió Cornelio.
--Yo también percibo sombras obscuras que se mueven.
--¿Serán salvajes o monos?
--En Australia no hay monos, y además estos animales no saben encender
fuego. ¿Oyes algo?
--Los gritos de los _warrangal_ solamente.
--¿Intentarán acaso asustarnos estos salvajes?--dijo Van-Stael--. ¡Pues
buen chasco se llevan si piensan que vamos a marcharnos de aquí antes de
acabar la campaña de la pesca! Porque si nos atacan estoy decidido a
hacerles frente.
--¿Qué hacemos ahora, tío?
--Seguir adelante. Es preciso demostrarles a estos caníbales que no les
tenemos miedo.
--Estoy dispuesto a seguirte.
--Te advierto que tal vez tengamos que disparar los fusiles.
--Ya sabes que soy buen tirador.
--Lo sé; eres el más hábil de todos nosotros. ¡Vamos, querido sobrino!
Bajaron por la pendiente opuesta a la que habían subido. Cornelio, más
ágil y diestro que el Capitán, iba delante, buscando los pasos más
fáciles a través de las peñas y saltando de una en otra sin vacilar.
Cuando hubieron llegado al llano se detuvieron, mirando atentamente en
torno suyo; pero no vieron nada sospechoso. Extendíase allí un lagunato,
cuyas orillas estaban cubiertas de _mulghe_, césped fortísimo que suele
alcanzar hasta quince pies de altura, y de _marras_, o madres de las
lianas, como también se las llama por su desmesurado tamaño.
--No sigas, Cornelio--dijo el Capitán--. Entre estas plantas pueden
esconderse salvajes.
--Pero harían algún ruido, y yo no oigo nada, tío.
--Es que me parece haber visto moverse aquel _lys_ real.
--¿Qué es eso?
--Hablo de aquella planta que se eleva a unos veinticinco pies de
altura.
Cornelio miró en la dirección indicada, y a los primeros resplandores
del alba descubrió, a treinta pasos de un grupo de _mulghe_, una alta
vara, terminada en una flor de espléndido aterciopelado, que debía de
tener por lo menos un metro de diámetro.
Aunque no soplaba la menor ráfaga de aire, aquella flor oscilaba como si
alguien la moviera o acabara de moverla.
--Es verdad, tío--le dijo, armando rápidamente el fusil--. Algún salvaje
ha pasado por allí.
--Es muy probable que nos espíen, Cornelio.
--Iré a registrar los _mulghe_.
--¿Estás loco, sobrino mío? ¿Quieres que te claven una azagaya en el
pecho o que te aplasten el cráneo con el _bomerang_?
--¿Qué es eso del _bomerang_?
--Es un proyectil que no falla nunca cuando es un australiano el que lo
maneja. Consiste en una estaca ligeramente curvada, que se lanza a brazo
y que va volteando por el aire. Los australianos la manejan con singular
destreza y no dejan de atinar nunca a bastantes pasos de distancia.
Quizás tengamos ocasión de conocer esa arma arrojadiza... Pero...
¡Calla!... ¡Esto sí que es raro!
--¿Qué ves?
--Mira hacia aquel matorral.
--Ya lo veo.
--¿Lo había antes?
--La verdad, no he puesto la bastante atención para poder asegurar nada;
pero, tienes razón, creo que no lo había.
--Pues yo estoy seguro de que en el lugar que ahora ocupa no había antes
absolutamente nada.
--Y ¿es posible que en pocos instantes haya crecido esa hierba? Nunca
podré creerlo.
--Pues te repito que antes no había nada en ese terreno.
--¿Nos ocultará alguna desagradable sorpresa?
--Mucho me lo temo, Cornelio.
El matorral de que hablaban estaba formado por veinte o treinta matojos
puestos en fila, y distaba menos de cien pasos de ellos.
--Pues yo, tío, voy pronto a aclarar ese misterio.
Y avanzando con el fusil amartillado hacia el matorral, observó con
asombro que iba retrocediendo, de manera que lo tenía siempre a igual
distancia delante de sí. ¿Era un engaño de la vista o aquellas plantas
estaban dotadas de movimiento?
El joven, en el colmo de la sorpresa, apretó el paso; pero la distancia
no disminuía, sino que más bien aumentaba.
--¡Tío!--exclamó--. ¡Estas matas huyen!
--Lo veo--respondió el Capitán, que le había seguido y que tampoco podía
ocultar su sorpresa.
--¿Conoces tú plantas que anden?
--No las conozco.
--Ni yo tampoco, ni tengo noticia de que los naturalistas hayan
encontrado plantas con patas.
--Y ¿qué deduces de eso?
Iba el Capitán a responder, cuando dos bultos se levantaron bruscamente
a pocos pasos de aquellas plantas y emprendieron rápida carrera hacia la
llanura; pero a saltos, como si fueran ranas gigantescas.
--¡Una pareja de kanguros!--exclamó Cornelio.
Apuntó rápidamente a los dos animales, que se alejaban velocísimamente;
pero Van-Stael le bajó el brazo, diciéndole:
--Deja tranquilos a los kanguros, que tienes necesidad de tus balas para
otros enemigos más temibles.
--¿Qué quieres decir?
--Que los australianos están delante de nosotros.
--¿Dónde? Yo no los veo.
--Detrás de las matas que andan.
--¡Oh!