CAPITULO XXIX

EL BRASIL DURANTE EL REINADO DE JUAN III.--LOS CORSARIOS.--LAS

CAPITANÍAS.--EL GENERAL THOMÉ DE SOUZA.--LOS FRANCESES EN EL

BRASIL.--EL GOBERNADOR DUARTE DE COSTA.--MEN DE SÁ EN GUERRA

CON LOS FRANCESES Y CON LOS INDÍGENAS.--DIVISIÓN DEL BRASIL

EN DOS GOBIERNOS.--EL GOBERNADOR GENERAL TELLES BARRETO.--EL

GOBERNADOR SOUZA Y LOS CORSARIOS.--OTROS GOBERNADORES.--LUCHA ENTRE

PORTUGUESES Y FRANCESES.--LOS JESUÍTAS.--LOS HOLANDESES.--COMPAÑÍA

DE LAS INDIAS ORIENTALES.--GUERRAS.--PORTUGAL SE SEPARA DE

ESPAÑA.--POLÍTICA DE LOS JESUÍTAS.--LOS HOLANDESES ARROJADOS DEL

BRASIL.--LA REPÚBLICA DE PALMARES.--EL BRASIL BAJO EL DOMINIO DE

PORTUGAL.

Durante el reinado de Juan III (1521-1557) fué nombrado capitán mayor

del Brasil el famoso Cristóbal Jaques, quien arribó á la bahía de

Todos los Santos, así llamada por el día en que fué descubierta. En

la bahía encontró fondeados unos buques franceses, y sin averiguar

el porqué estaban allí, cayó sobre ellos y los echó a pique, sin que

lograra salvarse ninguno de los tripulantes. Así lo relatan algunos

cronistas. No sirvió de escarmiento un hecho tan cruel. Los corsarios

no abandonaban aquellas costas, donde encontraban siempre indígenas

para engañar o europeos para robar. Por esto Juan III dividió el Brasil

en capitanías, con el objeto de que no quedase sin defensa parte alguna

de la costa. El primero que fué favorecido con una capitanía fué el

historiador Juan de Barros, a quien se dió la de Maranhâo. Hubo,

además, otras ocho capitanías, y los nombres de ellas y los de sus

capitanes ponemos a continuación.

La de Pernambuco se dió a Coelho d'Alburquerque.

La de los Ilheos, a Jorge de Figueiredo Correa.

La de Porto Seguro, a Pedro de Campos Tourinho.

La de Espíritu Santo, a Vasco Fernández Coutinho.

La de Santo Thomé--en la que se incluía a Río de Janeiro--, a Pedro

de Goes da Silva.

La de San Vicente, a Martín Alfonso de Souza.

La de Santo Amaro, a Pero López de Souza, hermano del anterior.

La de San Salvador de Bahía se reservó la Corona, y posteriormente

la cedió a Francisco Pereira Coutinho.

Los citados capitanes mayores o capitanes generales tenían poderes

soberanos, menos el de acuñar moneda. El derecho de acuñar moneda

pertenecía a la Corona, la cual también percibía la _vintena_, o sea

el 5 por 100 sobre el palo brasil, y el _quinto_ sobre los metales y

piedras preciosas. Cada capitán mayor tomaba posesión, o consideraba

haberla tomado, de cierto número de leguas de costa, avanzando luego

tierra adentro lo que podía. Aunque los impuestos que se establecieron

fueron muy moderados y las industrias todas gozaron de absoluta

libertad, la colonización, que pudiéramos llamar feudal--pues señores

feudales eran los capitanes mayores--, vino en decadencia, ya por la

oposición de los indígenas, ya por los ataques de los piratas europeos,

contribuyendo a ello también el clima caluroso, lo extenso del

territorio y la mucha frondosidad de la vegetación.

La Corona se encargó entonces de la colonización y el rey Juan III

nombró en 1538 gobernador general a Thomé de Souza, que se instaló

en Bahía[642]. «Prohibió que sin licencia especial comunicaran entre

sí los colonos de las diversas capitanías; que nadie desembarcara y

comerciara donde no hubiera aduana; reglamentó el cultivo y fabricación

del azúcar; expidió licencias para la construcción de buques, y dió

vigoroso impulso a la colonización de Bahía[643]. Tan duros son siempre

los cimientos de una nación, tan inconmovibles y persistentes, que

todavía se traslucen en la reciente República brasileña estos rasgos

primitivos de su fábrica. Aún hoy, las tendencias federales reflejan

aquella primera separación en capitanías casi aisladas unas de

otras»[644].

[642] Hasta el 1549 no comenzó su gobierno.

[643] En el año 1552 se nombró el primer obispo de Bahía.

[644] _El Brasil_, Conferencia de D. Gonzalo Reparaz leída en

el Ateneo de Madrid el 21 de mayo de 1892. Pág. 15.

Consideremos la primera invasión de que fué objeto el Brasil por

los europeos. La riqueza del Brasil, su privilegiada situación y lo

dilatado de sus costas, influyeron para que los franceses mantuvieran

cordiales relaciones y comerciasen con los indios. El indígena odiaba

al portugués y amaba al francés, porque el primero le reducía a la

servidumbre haciéndole trabajar en las plantaciones, y el segundo

comerciaba con él, comprándole palo brasil y vendiéndole objetos

necesarios o curiosos. Durante el reinado de Enrique II de Francia

(1547-1559) el almirante Coligny intentó fundar en el Brasil una

colonia que sirviera de refugio a los hugonotes franceses, encargando

de la empresa a Durand de Villegagnon, caballero de Malta y hombre

de experiencia. Establecióse en una de las islas de la bahía de Río

Janeiro, desde cuyo punto escribió a Coligny, pidiéndole refuerzos

de hombres y municiones. Fortificóse en la isla y se atrajo a los

indígenas con cariño, mientras que trataba a los suyos con extremada

severidad. «Los indígenas le aman--escribía Men de Sá al gobierno de

Lisboa--y los franceses le temen.» Ya porque Villegagnon abjuró el

calvinismo y se hizo católico, ya porque los refuerzos que llegaron

(marzo de 1557) le parecieron insuficientes, o ya también por otras

causas, el representante de Coligny se embarcó para Francia. Era un

peligro--como se creía en Portugal--el establecimiento de los franceses

en la colonia del Brasil.

El segundo gobernador del Brasil fué Duarte de Costa (1553-1557),

en cuya época estallaron conflictos entre el poder civil y el

eclesiástico. Los franceses--aunque Nicolás Durán de Villegagnon

abandonó el Brasil--continuaron en la bahía de Río Janeiro. Por

entonces una misión asentó sus reales en las cercanías del Tieté,

origen luego de la actual ciudad de San Pablo. Men de Sá (1558-1572)

hizo que terminasen las desavenencias entre el poder civil y el

religioso, y se dedicó a pelear contra los franceses, a quienes venció

completamente (1567), no sin mostrar un rigor rayano a la crueldad.

Todos los castigos eran justos--según Men de Sá--para acabar con

aquellos herejes invasores. Por su parte los franceses hubieron de

resistirse con bravura. Un centenar de ellos, con grandes trabajos y no

pocos peligros, consiguió mediante sus canoas ganar la costa, volviendo

poco tiempo después con sus amigos los _tupinambás_, los _tamoyos_ y

otros; reedificaron la fortaleza y con nuevos auxilios que recibieron

de Francia levantaron otras en la costa. Men de Sá escribió a Lisboa

diciendo: «Si Villegagnon vuelve con los refuerzos anunciados, serán

los franceses más temibles que nunca. Que se me envíen nuevas tropas

para la total expulsión de los enemigos.» Por un período crítico

iba a pasar la colonia portuguesa. Los _aimorés_, tribu de tapuyas,

invadieron las capitanías de los Ilheos y Porto Seguro, llevándolo todo

a sangre y destruyéndolo completamente. También los _tamoyos_, no menos

feroces, alentados por los franceses, se hicieron dueños del terreno

entre Río de Janeiro y San Vicente. Mandó Men de Sá a su hijo con

algunas tropas, las cuales fueron derrotadas por los tamoyos y el joven

jefe de ellas muerto. Al lado de los portugueses se pusieron los Padres

Nóbrega y Anchieta, y por la mediación de dichos misioneros se hizo

la paz. A poco llegó con algunas tropas Eustaquio de Sá, sobrino del

gobernador, quien se dió buena maña para arrasar todas las fortalezas

de los franceses. Men de Sá, protector decidido de los misioneros, les

ayudó con todas sus fuerzas para que se atrajesen a los indígenas al

seno del cristianismo.

A la muerte de Men de Sá, la metrópoli dividió el Brasil en dos

gobiernos: el de _Bahía_ y el de _Río Janeiro_. El primero, o el del

Norte, fué confiado a Luis de Brito y Almeida; el segundo, o el del

Sur, se encargó a Antonio Salema. En el año 1577 se confió el mando

general á Luis de Brito, quien renunció luego en Lorenzo da Veiga.

Grandes disgustos ocasionó al gobernador da Veiga el contrabando de

palo tintoreo que los franceses hacían en el Norte. A su muerte fué

confiado interinamente el gobierno al obispo de Bahía, al oidor general

Cosme Rangel y al consejo municipal.

En 1583 llegó el gobernador general, llamado Manuel Telles Barreto,

el cual incorporó a la colonia algunos territorios (1586) y consiguió

que los benedictinos, carmelitas y capuchinos fundasen conventos en

diferentes lugares. Otra junta que se encargó del poder a la muerte de

Telles, realizó hechos importantes, pues pacificó la región de Sergipe

é hizo de ella nueva capitanía, fundó a _Cochoeina_ y construyó algunos

fuertes.

El gobernador Francisco de Souza tuvo la fortuna de conquistar Río

Grande del Norte y fundó a Natal, si bien no pudo impedir que el pirata

inglés Cavendish saqueara a Santos y otros puertos, como tampoco que

los corsarios Venner y Lancáster penetrasen en Pernambuco y robasen

considerable botín.

Nada de particular hicieron los gobernadores Diego Botelho (1602-1607)

y Diego Meneses Sigueira (1607-1608).

Vencidos los franceses en el mediodía, se dedicaron a piratear en el

Norte. Por todas partes se encontraban los portugueses con sus mortales

enemigos. Un tal Devaux fundó una colonia en la isla de Maranhâo,

situada al Sur del Amazonas, declarándose de ella protectora María de

Médicis, encargada de la regencia durante la menor edad de Luis XIII

(1610-1643)[645]. Los tupinambás se pusieron al lado de los franceses,

repitiéndose el suceso de Río de Janeiro. Por fin los portugueses

consiguieron la expulsión de sus enemigos (1614), y el gobernador

portugués, que logró triunfos tan señalados, se llamaba Gaspar de Souza.

[645] A Enrique II sucedió Francisco II (1559-1560), después

Carlos IX (1561-1574), en seguida Enrique III (1574-1589) y

últimamente Enrique IV de Borbón (1589-1610).

Entretanto, el otro gobernador--pues ya se ha dicho que el Brasil

estaba dividido en dos gobiernos--, llamado Francisco Caldera

Castello-Branco, fundó el fuerte de Preseque, origen de la villa de

_Belem_ (Pará).

Consideremos la estancia de las Comunidades religiosas en el Brasil,

y en particular la Compañía de Jesús. Con Thomé de Souza llegaron los

hijos de San Ignacio de Loyola al Brasil. Ellos, algo apartados del

pensamiento y conducta del fundador, tomaron a su cargo la educación

de Portugal y luego la de los indígenas del Brasil. Ancho campo se

les presentaba a los jesuítas, pues la colonia había prosperado mucho

en poco tiempo. Por el año 1550 la caña de azúcar cubría el suelo de

las provincias de la costa, se levantaron fábricas y se dió mucha

importancia al comercio con la metrópoli. Los colonos, necesitando

hombres para cultivar sus ingenios, iban en busca de los indios a las

selvas del interior, donde los cazaban; pero ellos, acostumbrados a

la vida salvaje, no se avenían al trabajo agrícola. Si el portugués

reducía a dura esclavitud al indio, éste, en cambio, cuando se le

presentaba ocasión, cogía al portugués, lo mataba y se lo comía. Los

_tupis_ o _guaranís_, raza belicosa y fuerte, que había vencido y

arrojado de la comarca a los tapuyas, se preparó, a la llegada de

Souza, a luchar contra los colonos. En efecto, Souza llegó al Brasil y

el levantamiento de los indios fué general. Los Padres jesuítas Nóbrega

y Azpilcueta, el primero de nación portuguesa y el segundo español,

dieron comienzo en las cercanías de Bahía a _aldear_ indígenas, esto

es, a reducir a los indios para que viviesen en poblaciones. Los

hijos de San Ignacio siguieron en el Brasil la misma conducta que

en el Perú, en la Argentina, en el Paraguay y en el Uruguay. Los

citados Padres fundaron en Bahía dos Seminarios, el Padre Leonardo

Nunes marchó a Espíritu Santo, el Padre Alonso Braz fué a San Vicente

y otros misioneros se encaminaron a diferentes puntos, predicando

siempre el Evangelio y atrayendo a los salvajes a la vida de la

civilización. A veces eran caritativos y a veces enérgicos. «No sólo

con blandura--decía uno de los Padres--sino también por la fuerza se

somete al indio.» El Padre Nóbrega convenció a los tupinambás de que

sólo debían tener una mujer; mas nada pudo contra la antropofagia. El

Padre Anchieta fué el más querido de todos los misioneros. La conducta

observada por los Padres hizo sospechar, lo mismo a los escritores

brasileños que a los portugueses, que la Compañía intentaba formar

una sociedad conforme a las doctrinas y planes jesuíticos. Tal vez no

anduviesen muy descaminados, según lo que casi por entonces hacían los

jesuítas en el Paraguay; pero el plan, si lo hubo, fracasó.

Los portugueses (_paulistas_) y los mestizos (_mamelucos_) declararon

en las provincias meridionales guerra a muerte a la Compañía; en la

parte septentrional, donde había menos ingenios y, por consiguiente,

menos esclavos, las razas se fundieron mejor y la enemiga a los

jesuítas no comenzó sino bastante tiempo después.

Recordaremos que desde el año 1580 en que, reinando Felipe II, la

espada del duque de Alba conquistó a Portugal, los Países Bajos

fijaron sus ojos en el Brasil, donde podían causar grandes perjuicios

a España[766]. A semejanza de la Compañía inglesa, reglamentada por

la reina Isabel el 31 de diciembre de 1600, los Estados generales

de Holanda, en 20 de marzo de 1602, dieron la autorización para

negociar únicamente por el Cabo de Buena Esperanza y el Estrecho de

Magallanes, é invitaron a los comerciantes, que hacían dicho tráfico,

a incorporarse a la nueva Compañía. El capital primitivo fué de 18

millones de florines. La compañía nombraba los empleados de sus

colonias, declaraba la guerra y hacía paces y alianzas, construía

fortalezas y factorías, tenía ejércitos y armadas, etc. La Compañía

holandesa se propuso monopolizar el comercio de los productos de

la India Oriental, en particular el de la especiería (cinamomo,

jengibre, pimienta, nuez moscada, mostaza, y sobre todo, el clavo).

El comercio, monopolizado por los portugueses durante un siglo, pasó

a los holandeses. La Compañía, usando toda clase de armas, arrebató a

los españoles y por consiguiente a los portugueses y brasileños--pues

Portugal formaba a la sazón parte de la monarquía española--el comercio

de Europa. En 1602, hallándose en la rada de Java una flota portuguesa,

fué echada a pique por los holandeses. Heemskerk, después de invernar

en la Nueva Zembla, capturó--en el citado año--a los portugueses

una escuadra mercante, repartiendo entre sus compañeros el botín de

1.000.000 de florines. En el año 1605, llevaban grandes ventajas los

holandeses sobre portugueses y españoles, llamando la atención muy

especialmente la victoria conseguida por Heemskerk en la bahía de

Gibraltar (1607). Heemskerk al frente de 26 buques destruyó la flota

española, compuesta de 21 y dirigida por don Juan Alvarez Dávila.

Pasados algunos años, decidióse la Compañía a conquistar el Brasil,

y al efecto, el 4 de mayo de 1624 poderosa escuadra con más de 3.500

hombres y 500 cañones se apoderó de Bahía casi sin resistencia, siendo

saqueada la ciudad. Mandaba la escuadra Jacobo Willekens. Prisionero

de los holandeses el gobernador español, los brasileños, fieles en

esta ocasión a la metrópoli, nombraron en reemplazo de aquél al obispo

don Marcos Teixeira, quien, sin embargo de su avanzada edad y de su

carácter sacerdotal, hizo guerra tenaz a los enemigos encerrados

en la ciudad. Sucedió al prelado en el gobierno del país Matías de

Alburquerque. Una escuadra, mandada de España por el conde duque de

Olivares y bajo las órdenes de don Fadrique de Toledo, llegó a Bahía

el 29 de marzo de 1625. Los holandeses, después de algunos combates,

se rindieron el 30 de abril. La Compañía de Indias, cada vez más

deseosa de explotar su comercio, realizó nueva invasión. El almirante

Loncz, con una flota compuesta de 38 buques con 3.400 marineros y

3.500 soldados, se presentó delante de Olinda, villa situada a seis

kilómetros de Pernambuco. Olinda cayó en poder de los enemigos (16

de febrero) y a los pocos días Pernambuco. Ciudad tan importante no

pudo ser recobrada por Matías de Alburquerque, sin embargo de los

auxilios que le prestaron, por un lado la escuadra del almirante

Oquendo, y por otro el negro Díaz, el indio Camarâo y el brasileño

de raza portuguesa Vidal de Negreiros. Convencido Alburquerque de no

poder reconquistar a Pernambuco, se mantuvo a la defensiva, dándose

por contento con tener a los holandeses encerrados en la ciudad. Tal

vez hubiera sido fatal el resultado para los enemigos, si no hubiesen

encontrado un poderoso auxiliar en el negro Calabar, hombre valeroso,

astuto y enemigo mortal de los portugueses. Era conocedor del país y de

la guerra que convenía hacer. Con su ayuda extendieron su dominio los

holandeses desde Río Grande do Norte hasta Porto Calvo, reduciendo a

Alburquerque a penosa defensiva. La retirada de Alburquerque desde su

campamento de Bom Jesús, que hubo de abandonar después de la pérdida

del fuerte del cabo de San Agustin, fué desastrosa, sin embargo de la

ayuda que le prestó Camarâo. Perseguido incesantemente por Calabar,

sufrió pérdidas considerables, llegando en su orgullo a querer coger

prisioneros a sus enemigos; pero el sorprendido fué él, que mereció

la pena de horca, después de rapidísimo proceso. De este modo terminó

la campaña de los años 1634 a 1636. España pudo al fin mandar algunas

tropas bajo el mando de don Felipe de Rojas, duque de Lerma, militar

pretencioso y desconocedor de aquella clase de guerra. Empeñóse en dar

una batalla formal contra los holandeses en contra de la opinión de

Alburquerque, Camarâo y Días, cuyo resultado fué quedar derrotado y

muerto en Porto Calvo; Camarâo pudo salvar con sus indios los restos

del ejército. El gobierno español, que iba de torpeza en torpeza,

llamó al veterano Matías de Alburquerque a España, recompensando sus

servicios encerrándole en un castillo, del cual salió para tomar parte

en la guerra de Portugal y vencer al marqués de Torrecusa cerca de

Montijo (junio de 1644).

[646] Antes de la invasión holandesa había en Pernambuco y

Bahía ingenios cuyos productos no bajaban de 40.000 toneladas

de azúcar.

Con el nombramiento de gobernador de Pernambuco salió de Holanda para

el Brasil Juan Mauricio, conde de Nassau Siegen, de la casa de Orange,

valeroso y excelente general, hábil político y honrado administrador.

Retiráronse los generales portugueses--pues Portugal se hallaba

en guerra con España--hacia el sur de San Francisco, dejándole en

completa posesión de las provincias de Río Grande do Norte, Parahyba,

Pernambuco y Alagoas. Hubiera deseado Mauricio organizar el país;

pero Holanda quería dinero y le mandó que se apoderara de Bahía y la

saquease. Obedeció el ilustre general y marchó con poderosa armada a la

conquista de la capital del Brasil, saliéndole mal la empresa, pues los

portugueses se defendieron con bravura y a la Compañía de las Indias

Occidentales costó 3.000 hombres. Mauricio pudo después desplegar

sus talentos políticos y administrativos: dió al culto católico las

mayores libertades, empleó en cargos importantes a muchos portugueses,

favoreció el cultivo de los ingenios, la explotación del palo brasil,

etc. Todo esto importaba poco a la Compañía holandesa, que sólo pensaba

en el saqueo de ricas ciudades para que los dividendos fuesen mayores.

Portugal y por consiguiente el Brasil iban a separarse de España.

Tenemos que confesar con sentimiento que los jesuítas, si antes, lo

mismo en el nuevo que en el viejo mundo, habían sido amigos de España,

a la sazón, allá en las Indias y aquí en Europa manifestaban censurable

desvío a nuestra política. Ellos, olvidándose de la protección que

siempre les dispensamos, se pusieron algunas veces al lado de Francia

y en contra de España, y constantemente trabajaron para que Portugal

consiguiera su independencia. Pusiéronse al lado de aquella revolución

que comenzó el 1.º de diciembre de 1640 y que colocó en el trono

lusitano al duque de Braganza con el nombre de Juan IV. Pagóles Juan

IV (1640-1656) y Alfonso VI (1656-1683) concediendo toda clase de

privilegios a los del Brasil, si bien el último monarca y en sus

últimos años se mostró con ellos bastante receloso. Antes haremos

notar que el P. Antonio Vieira, defensor decidido de la dinastía de

Braganza, con el objeto de salvar a los indígenas de la tiranía de

los colonos, fundó la _Junta de Protección_, organizó el sistema de

los aldeamientos y trazó el modo de colonizar tierras regadas por

el Amazonas. No recibieron bien tales reformas la gente del Sur, ya

enemiga de las misiones, pues se halla probado que en el año 1679,

de 100.000 conversos que los misioneros tenían aldeados, apenas les

quedaban 12.000. Cuando los religiosos perdieron las esperanzas en el

Sur, pusieron sus ojos en el Norte, donde, si en un principio tuvieron

ventajas, pronto se sublevaron contra ellos los colonos, obligándoles

a embarcarse para Europa. Volvieron posteriormente; pero ya sólo

desempeñaron papel secundario en la vida del Brasil. Después de los

reinados de Pedro I (1683-1706) y de Juan V (1706-1750) vino el de José

I (1750-1777) en cuyo tiempo el marqués de Pombal acabó (1757) con las

últimas esperanzas de la Compañía, arrojándola de aquella tierra que

los misioneros contribuyeron a conservar para Portugal. «Dábanla--dice

el Sr. Reparaz--por sus grandes servicios parecida recompensa a la que

ella diera a España por los aún mayores que a ésta debía.»[647] «La

Compañía holandesa--escribe el Sr. Oliveira Martins--era un Estado

constituído piráticamente. Sean cuales fueren los errores y los

vicios del Imperio portugués--digámoslo en honor nuestro--más vale

la nobleza, aunque bárbara, de los conquistadores del Oriente, que

la mezquina codicia de los mercaderes de Holanda. Acúsennos de haber

establecido en América un feudalismo; declárense los vicios de nuestra

administración colonial; el hecho es que _creó_ naciones, que hizo

germinar y nacer las simientes de nuevas patrias ultramarinas, mientras

que las Compañías holandesas jamás crearon cosa alguna, a no ser un

hábil sistema de robar el trabajo indígena, después de terminado el

período de productivas piraterías. Saquear y _atesorar_: tal fué el

fin de esos institutos, nacidos exclusivamente del espíritu mercantil;

y si lo estrecho de la ambición facilitaba la empresa y aumentaba la

ganancia, el hecho es que, careciendo de todo pensamiento religioso,

político o civilizador, esas empresas nada suponen en la historia de

las manifestaciones nobles del genio humano y en la historia de la

civilización.»

[647] Discurso citado, pág. 21.

Registraremos en la historia del Brasil el hecho siguiente. Allá por el

año 1650, unos 40 negros procedentes de Guinea, después de robar a sus

amos algunas armas, huyeron a las selvas, estableciéndose en el sitio

que años antes ocupara cierto _quilombo_ (aldea de libertos), destruído

por los holandeses. De todas partes acudieron esclavos y también

hombres libres que huían de la tiranía de los blancos[648]. Cuando

fueron muchos, se internaron más en el país y fundaron a Palmares. Poco

después se dirigieron a las haciendas más próximas y robaron negras,

mulatas y blancas. Si en un principio vivieron del merodeo, pronto se

dedicaron a la agricultura y al comercio con los plantadores vecinos.

Tenían sus leyes y, según el historiador Rocha Pitta, formaron «una

República rústica muito bem ordenada á seu modo.» El gobierno era

electivo, y el jefe, llamado _Zombe_, conservaba el poder durante su

vida; a su muerte debía elegirse el sucesor entre los más bravos.

Unos magistrados entendían en las cosas de la guerra y otros en los

asuntos de la paz. La ley castigaba con pena de muerte el homicidio,

el adulterio y el robo. El negro que se presentaba en Palmares después

de haber conquistado su libertad, quedaba libre; el que siendo esclavo

era hecho prisionero en los ingenios, continuaba en la esclavitud. El

que habiendo conseguido la libertad en Palmares volvía a casa de sus

antiguos amos, sufría la última pena; el que, esclavo en Palmares huía,

era castigado con menos severidad. La República de los negros contaba,

á los cincuenta años de fundarse, con varias poblaciones importantes.

La capital se hallaba defendida por grandes troncos de árboles, y se

entraba en ella por tres puertas. Calculábase en 20.000 el número

de sus habitantes, y en 10.000 el de los combatientes de todos los

_quilombos_.

[648] En tres siglos de tráfico de esclavos, no bajaron de

seis a ocho millones de negros los que se llevaron al Brasil.

Caetano de Mello, gobernador de Pernambuco, dispuso en el año 1696

la destrucción de Palmares. Las primeras tropas que mandó fueron

derrotadas, decidiéndose entonces a que un ejército de 7.000 hombres,

mandados por Bernardo Vieira, y con fuerte artillería, se apoderase de

la población. Las murallas de madera fueron batidas y rotas por los

cañones; abiertas tres brechas, por ellas se arrojaron otras tantas

columnas. Los héroes de Palmares defendieron el terreno palmo a palmo.

Cuando el _Zombe_ vió la causa perdida, seguido de los principales

jefes, se arrojó desde lo alto de un peñón que había dentro del recinto

y cayó hecho pedazos a los pies del vencedor. Los vencidos fueron

exterminados, las casas destruídas y los plantíos arrasados. Así acabó

Palmares, permaneciendo desde entonces sometidos los esclavos.

Pasando a otro orden de cosas, conviene no olvidar que en tiempo de

Pedro I de Portugal se descubrieron nuevas minas en el Brasil, que, con

sus productos, además de remediarse aquella corte en sus necesidades

interiores, pudo tomar parte en la desastrosa guerra de sucesión

española. Ayudó a Inglaterra, de cuya nación fué una factoría. Juan

V, el _Fidelísimo_, amigo en demasía del fausto, contribuyó con sus

enormes gastos a empobrecer el reino, que marchaba poco a poco a su

decadencia. Gastó el Rey muchos millones en la fundación de Academias,

en el suntuoso convento de Mafra, en la concesión del título de

Patriarca para el arzobispo de Lisboa, etc. En su época, el Brasil

mandó a Portugal los siguientes tesoros: 130 millones de cruzados en

monedas de plata, 100.000 monedas de oro, 315 marcos de plata por

acuñar, 24.500 marcos de oro, 700 arrobas de oro en polvo y 392 octavos

de diamantes, que valían 40 millones de cruzados. Además, el quinto

real sobre las minas y el monopolio del palo brasil. Durante el reinado

de José I (1750-1777) el marqués de Pombal expulsó a los jesuítas, y

con doña María I (1777-1816) vino la reacción contra el gran ministro.

Cuando los franceses y españoles se hicieron dueños de Portugal, la

corte huyó, quedando aquella nación como colonia y el Brasil ascendió a

metrópoli. Juan VI (1816-1826), estableció su corte en el Brasil; pero

cuando quiso regresar a lo que llamaba _o seu canapé da Europa_, el

Brasil no quiso volver a ser colonia y proclamó emperador a D. Pedro de

Braganza, hijo del citado Juan VI[649].

[649] Juan VI estuvo casado con la española Carlota Joaquina.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 56 / 141 题