GOBIERNO DEL PARAGUAY Y DEL URUGUAY.--CÉDULA DE
FELIPE III.--GOBIERNO DE FRÍAS.--GOBERNADORES MÁS
IMPORTANTES.--REDUCCIONES DE LOS JESUÍTAS.--DEPREDACIONES DE LOS
INDIOS.--DECADENCIA DEL GOBIERNO.--REYES BALMACEDA.--REVOLUCIONES,
GUERRA CON LOS INDIOS Y EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--FUNDACIÓN DE
POBLACIONES.--GOBIERNO DEL URUGUAY.--ESPAÑOLES Y PORTUGUESES EN EL
PAÍS.--CONSECUENCIAS DE LA PERMUTA DE LA COLONIA DEL SACRAMENTO POR
OTRAS COLONIAS.--VIANA, GOBERNADOR DE MONTEVIDEO Y OPOSICIÓN DE LOS
JESUÍTAS.--LOS INDÍGENAS.--CAMPAÑA DE CEBALLOS, JEFE DEL GOBIERNO
DE LA PLATA, CONTRA LOS PORTUGUESES: TRATADO DE 1763.--GOBIERNO DE
LA ROSA Y EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--EL GAUCHO.--EXPEDICIÓN DE
SAMPAYO.--EL CABILDO.--GOBIERNOS DE VIANA Y DEL PINO, DE TEJADA
Y DE OLAGUER FELIÚ: REFORMAS.--BUSTAMANTE Y RUIZ HUIDOBRO.--EL
CABILDO.--LOS CHARRÚAS.--CALAMIDADES EN EL PAÍS.
Ya se dijo en su lugar respectivo que comprendiendo Felipe II que el
gobierno del Paraguay era demasiado extenso para ser regido por un
sólo jefe, mediante una Cédula del 16 de diciembre de 1617 creó dos
gobiernos: el del Río de la Plata (Buenos Aires, Santa Fe, San Juan de
Vera y Concepción del Bermejo), y el del Guairá o Paraguay (Asunción,
Ciudad Real, Villa Rica y Jerez).
Continuó de gobernador en el Paraguay el ya citado Manuel Frías
(1620-1626), quien empeñado en no vivir en compañía de su mujer doña
Leonor Martel de Guzmán, hija de Ruiz Díaz de Melgarejo, se atrajo las
censuras de Torres, obispo de la Asunción; pero la Audiencia de Charcas
falló el pleito en favor del gobernador, que falleció en Salta cuando
iba a ocupar de nuevo el mando. Sucedióle Diego de Rego (1626-1631),
que nada hizo digno de contarse. Ejemplo de malos gobernantes fué Luis
Céspedes García Xaria, acusado tal vez con motivo de andar en tratos
con los indios brasileños (_tupíes y mamelucos_), para reducir a la
esclavitud a _guaraníes_ y venderlos en la provincia de Río Janeiro. La
Audiencia de Charcas le puso preso (1631) y le condenó a pagar la multa
de 12.000 pesos, quedando destituído. A Martín Ledesma Valderrama
sucedió Pedro de Lugo y Navarro, que comenzó a gobernar el año 1636:
en guerra con los mamelucos y tupíes, abandonó sus tropas, las cuales
alcanzaron sin embargo una gran victoria. Llamado a España, murió en
el viaje. Gregorio de Henestrosa, natural de Chile, que se encargó
del gobierno el año 1641, y de quien se cuenta que se vió obligado a
expulsar del Paraguay al obispo Fray Bernardino de Cárdenas, enemigo
declarado de los jesuítas. Luego, el dicho prelado consiguió, no sólo
volver a la Asunción, sino ser nombrado gobernador, haciendo entonces
cerrar el Colegio de la Compañía y expulsar de la ciudad a los hijos de
Loyola. Destituído el prelado por la Audiencia de Charcas y después de
los breves gobiernos de Diego de Escobar Osorio y de Sebastián de León
y Zárate, en cuyo tiempo volvieron los jesuítas, fué nombrado Andrés
Garavito de León (1650), natural de Lima, sabio legista, que venció
con auxilio de los guaraníes a los mamelucos y _guaicurúes_. Cristóbal
de Garay y Saavedra (1653-1656), nieto del famoso Juan de Garay, fué
nombrado gobernador.
En su lugar respectivo haremos detenida relación de las Reducciones de
los jesuítas en el Perú, Buenos Aires, Uruguay, Brasil y en particular
en el Paraguay. El gobernador Juan Blazquez Valverde (1656-1659),
fué defensor de los hijos de Loyola. Respecto a las depredaciones de
algunas tribus no tuvo energía para contenerlas. Por el contrario,
Alonso Sarmiento de Sotomayor y Figueroa (1659-1663), puso una barrera
a las invasiones de los indios enemigos. Como se levantasen las
tribus del Norte del Paraguay, sufrieron severo castigo y los jefes
fueron ajusticiados. También contuvo a los guaraníes y payaguáes,
que continuaban sus depredaciones. Juan Diez de Andino (1663-1671),
siguió la guerra con algunas tribus, y don Felipe Rego Corbalán no
pudo contener las invasiones de los mamelucos ni las tropelías de los
guaicurúes en Atirá. Gobernó el cabildo juntamente con el licenciado
Diego Ibáñez de Faría (1676-1684), después Antonio de Vera Múgica y
en seguida Alonso Fernández Marcial, no ocurriendo hechos dignos de
especial mención. En tiempo de Francisco de Monforte (1691) se comenzó
a construir la catedral de la Asunción, cuya obra se terminó a los
tres años, esto es, el 1693. Tan odioso se hizo don Sebastián Felix
de Mendiola (1691-1696), que los paraguayos le redujeron a prisión y
le mandaron con grillos a Buenos Aires. Apenas hay noticias de Juan
Rodríguez Cota (1696-1702), Antonio de Escobar y Gutiérrez (1702-1706),
Baltasar García Ros (1706-1707) y Manuel de Robles Lorenzana
(1707-1713); pero de Juan Gregorio Bazán de Pedraza (1713-1717),
debemos decir que dió comienzo a dos poblaciones: una en el valle
de Guarmipitán y otra en Curuguati; la primera para contener a los
guaicurúes y la segunda a los mamelucos. A Antonio Victoria sucedió
Diego de los Reyes Balmaceda (1721-1725). En la historia del Paraguay
se señala por su importancia el gobierno de Balmaceda, pues aquel país
fué teatro del primer acto de independencia. Acusado Balmaceda de
varios delitos, la Audiencia de Charcas nombró juez pesquisidor a José
de Antequera, natural de Lima. De las pesquisas hechas resultó culpable
el gobernador, siendo nombrado el mismo Antequera por el virrey de Lima
para reemplazarle; pero Diego de los Reyes, que contaba con el poderoso
apoyo de los jesuítas, logró que el citado virrey le devolviese el
gobierno. Ni Antequera ni el cabildo obedecieron la orden. Balmaceda se
refugió en el territorio de Corrientes, donde gozaba de las simpatías
de los indios de las misiones. Vióse obligado el virrey del Perú a
enviar tropas contra Antequera, quien tuvo que huir. A Balmaceda
sucedió en 1725 Martín de Barna. En su tiempo, Fernando Mompó, de
acuerdo con Antequera, pretendió insurreccionar el país, intitulándose
presidente de la provincia del Paraguay. Al gobierno de Ignacio de
Soroeta (1730) sucedió la Junta gubernativa presidida por José Luis
Barreiro, después Manuel de Garay, luego Antonio Ruiz de Orellano, en
seguida Cristóbal Domínguez de Obelar, y últimamente Isidoro Mirones y
Benavente. Nombrado por la corte de España Manuel Agustín de Ruiloba
(1733), fué muerto en Guayaibití en un combate contra los comuneros.
Juan Caballero de Añosco (1733) nada hizo de particular y le sucedió
en el citado año el obispo Fray Juan de Arregui, quien pronto se
arrepintió de haber aceptado y se retiró a Buenos Aires, dejando
el gobierno a Cristóbal Domínguez de Obelar (segunda vez). Ante el
desorden que reinaba en el Estado, Bruno Mauricio de Zabala, se encargó
de restablecer la paz en el Paraguay y al frente de 6.000 indios
atacó a los rebeldes y les venció, pasando por las armas a los jefes
y entrando en la Asunción (junio de 1735). Así terminó la _revolución
de los comuneros_. Martín José de Echaurri (1735-1741) restableció la
tranquilidad en el país; Rafael de la Moneda (1741-1747) fundó al norte
la villa de _Emboscada_ con 6.000 negros y mulatos libres y sometió a
los payaguaes obligándoles a establecerse cerca de la Asunción; Marcos
José de Larrazabal (1747-1750) derrotó a los abipones; Jaime Sanjust
(1750-1761) fomentó el cultivo del tabaco y José Martínez Fontes
(1761-1762) hizo la paz con los abipones y con ellos fundó en el Chaco
la Reducción del Timbó. A Fulgencio Yegros y Ledesma (1762-1766), le
sucedió Carlos Morphi (1766-1772), bajo cuyo gobierno fueron expulsados
los hijos de Loyola, pasando las misiones a cargo de los frailes
dominicos, franciscanos y mercenarios. Desde entonces las misiones
fueron decayendo, si bien por otro lado se aumentó la industria, pues
bajo el gobierno de Morphi se fundaron los pueblos de _Carimbatay_,
_Ibicuí_, _Pirayú_, _Carayaó_ y _Caacupé_, aumentando también el número
de habitantes de la capital.
Consignaremos de igual manera que durante el gobierno de Agustín
Fernández de Pinedo (1772-1778) se fundaron otras poblaciones y se creó
el virreinato de Río de la Plata, del cual fué el Paraguay una de sus
intendencias. El primer gobernador de la intendencia se llamaba Pedro
Melo de Portugal (1778-1785) y en su tiempo se echaron los cimientos
de _Humaitá_, _Curupaity_, _Arroyos y Esteros_, _Ibitimí_ y otros, con
las importantes villas del _Pilar_, del _Rosario_ y de _San Pedro_.
Recordaremos que en 1783 se fundó el Colegio Real y Seminario de San
Carlos, aumentando de un modo considerable la industria. Aumentó el
ganado vacuno, lanar y caballar, se plantaron muchos árboles, se
explotaron los prados, se cultivó el algodón y adquirió importancia la
fabricación de la miel. Abriéronse caminos y los montes dieron maderas
de construcción en abundancia.
Joaquín Alós y Brú (1785-1796) continuó el impulso dado por su
antecesor a la colonia y se opuso al avance de los portugueses. Lázaro
de Rivera y Espinosa de los Monteros (1796-1806) decretó un censo de
población, resultando que en el primer año de su gobierno había en
el país 97.480 habitantes. Declaróse (1803)--lo cual será siempre
un timbre de gloria--la igualdad de derechos entre los indios y los
criollos.
Durante el siglo XVI y parte del XVII los españoles apenas hicieron
caso de los indígenas del Uruguay. En lucha los chanaes con los
charrúas, aquéllos solicitaron la ayuda de D. Diego de Góngora,
gobernador de Buenos Aires, quien se limitó a enviarles algunos
misioneros (1622). Tres años después el gobernador D. Francisco de
Céspedes mandó al Padre Bernardo de Guzmán y a otros dos franciscanos,
para que fundasen varias Reducciones. Conocido entonces por los
españoles de Buenos Aires la fértil tierra y el benigno clima del
Uruguay, comenzaron a criar ganados, sacando también de allí maderas
de construcción y para combustibles. Cada vez más encariñados los
españoles con la Banda Oriental, cuando vieron a los portugueses
avanzar hacia el Río de la Plata, se decidieron a ocuparla de
una manera definitiva, pues hasta últimos del siglo XVII había
sido habitada únicamente por indígenas. El Uruguay fué la manzana
de la discordia arrojada a españoles y portugueses. D. Manuel
Lobo, gobernador del Brasil, al frente de algunas tropas con su
correspondiente artillería, se presentó (1679) en la costa Oriental,
fundando una población, frente a la isla de San Gabriel, que llamó
_Colonia del Sacramento_. Protestó de ello D. José Garro, gobernador
de Buenos Aires, e intentó arreglar el asunto mediante negociaciones
pacíficas; pero todo fué en vano y no hubo más remedio que echar mano
a las armas. Mandó Garro a Vera Mújica, maestre de campo, con 300
españoles y 3.000 guaraníes, para que desalojara a los brasileños de
la Colonia del Sacramento. Después de tenaz lucha fueron arrojados
los brasileños, comenzando las reclamaciones diplomáticas entre las
cortes de España y Portugal, cuyo resultado fué que Carlos II devolvió
la Colonia, aunque en calidad de depósito. Muchos perjuicios causó a
España la citada devolución, por cuanto dicha Colonia se constituyó
en foco de contrabando. Pasado algún tiempo, Portugal se declaró en
contra de Felipe V de Borbón, lo cual fué motivo para que el general
García Ros marchase de Buenos Aires al frente de 13 compañías y 4.000
guaraníes para apoderarse de la codiciada posesión. El territorio que
tanta sangre había costado conquistarle, se perdió a los diez años,
pues fué devuelto a Portugal, según una cláusula del tratado de Utrech
celebrado el 1715.
Ya sabemos que después de Zabala y de Salcedo, gobernadores de Buenos
Aires, aumentó la importancia de la Colonia del Sacramento.
Aunque don José Joaquín de Viana recibió su título (22 diciembre
1749) creándole gobernador de Montevideo y coronel de los ejércitos
reales, hasta el 14 de marzo de 1751 no tomó posesión de su destino.
En seguida comenzó el sargento mayor D. Manuel Domínguez, al frente de
220 hombres, la campaña contra los charrúas, consiguiendo derrotarles
completamente.
Pero lo más interesante por entonces y en cuyo asunto se hallaban fijas
las miradas, era el tratado de límites concluído con los portugueses.
Conviene recordar lo que se dijo en el capítulo XXVII acerca del
cambio de las siete misiones españolas con la portuguesa Colonia del
Sacramento. Para llevar a feliz término el dicho tratado de límites,
llegó al puerto de Montevideo la comisión nombrada por el gobierno
español (27 enero 1752), y de la cual formaba parte el marqués de
Valdelirios. Tenía interés en resolver pronto y bien el asunto, porque
él había nacido en Huamanga (Perú), era miembro del Consejo de Indias
y gozaba fama de hábil y enérgico. Después de varias consultas y
pareceres, habiendo leído la exposición del obispo de Tucumán, del
gobernador del Paraguay Sant Just, del provincial de los jesuítas Padre
Barreda y de los Padres Altamirano y Córdova, se decidió a hacer la
nueva designación de límites, entregando las misiones a los portugueses
y recibiendo en cambio la colonia. Pesaba en el ánimo del marqués de
Valdelirios la opinión de D. José de Andonaegui, gobernador de Buenos
Aires. Todos los jesuítas, como un solo hombre, combatieron las
medidas tomadas por Valdelirios. Sin embargo, después de tres meses de
conferencias se eligieron los sitios adonde habían de trasladarse las
Reducciones. A la Reducción de _San Luis_ se le señaló un sitio entre
la laguna Iberá y el río Santa Lucía; a la de _San Lorenzo_ una isla
grande en el Paraná; a la de _San Miguel_ terrenos al Sudeste sobre el
río Negro; a la de _San Juan_ un trozo de tierra insalubre que lindaba
con el pantano de Neembucú; á la de _San Angel_ terrenos al Norte de la
Reducción de Corpus; a la de _San Francisco de Borja_ terrenos sobre
el Sur del Queguay en jurisdicción de los charrúas, y a la de _San
Nicolás_ tierras sobre una curva del Paraná entre Itapua y Trinidad.
El Padre Altamirano recibió el encargo de dar prisa para que la
traslación se verificase cuanto antes, entregando al mismo tiempo a los
jesuítas, para obviar dificultades, la cantidad de 28.000 pesos[633].
Era evidente que los nuevos terrenos designados a los indígenas eran
inferiores a los que habitaban primeramente, así que se quejaban con
razón guaranís y jesuítas. Valdelirios, considerando ya terminado el
objeto principal de su cometido, marchó a avistarse con el comisario
portugués, que era Gomes Freire de Andrade, después conde de Bobadela.
Se puso en marcha, camino de Maldonado, y en las inmediaciones del
Cerro de Navarro se abrieron las conferencias, que terminaron con
la mayor alegría. Hubo bailes y serenatas. Sin embargo, mientras
se verificaba el arreglo de la demarcación y el Padre Altamirano
intentaba convencer a los pueblos de la conveniencia de transmigrarse,
se alzaron en rebelión las Reducciones de San Luis y de San Nicolás,
siguiendo después las otras, excepción sólo de la de San Lorenzo, cuyos
habitantes ocuparon la isla que se les dió sobre el Paraná, edificando
una iglesia y otros edificios públicos.
[633] Diario de Andonaegui sobre la evacuación de los siete
pueblos guaranís de las Misiones situadas al Oriente del
Uruguay (M. S).
Daba prisa Gomes Freire para que pronto se arreglase el asunto, instaba
Valdelirios al Padre Altamirano, y el Padre Altamirano no dejaba en paz
a los curas doctrineros; pero todo en vano. Tanta oposición encontró
el citado Padre, y tantas calumnias se levantaron contra él, que
perseguido y fugitivo marchó a Buenos Aires.
Decidido a todo Valdelirios pidió a la Iglesia que lanzase sus rayos
sobre la cabeza de los contumaces, y así lo hizo el obispo de Buenos
Aires, «privándose--escribe Bauzá--a sus moradores hasta de los
sacramentos del bautismo y extremaunción, que es discutible si tenía
facultad de negarles aquel prelado»[634]. Decían los españoles que
el Rey tenía derecho a disponer de sus territorios, y los indígenas
contestaban que era una iniquidad entregarles a los portugueses,
hallándose decididos a no consentirlo. La impresión que causó en los
portugueses la resistencia la expresó perfectamente el bardo de esta
triste epopeya, cuando dijo:
[634] Ob. cit., tomo II. págs. 97 y 98.
«Quem podía esperar que uns indios rudes
sem disciplina, sem valor, sem armas,
se atravessassen no caminho aos nossos,
e que lhes disputassem o terreno!»[635].
[635] Basilio da Gama, _O Uruguay_, canto I.
En una conferencia celebrada en Buenos Aires, a la que asistieron
Andonaegui, Valdelirios y demás comisarios con el Padre Altamirano,
se acordó, a instancia del religioso, que se hiciera salir de los
pueblos a los curas doctrineros, a los cuales, dado el cariño que les
profesaban, seguirían los indígenas. No pudo realizarse el acuerdo
anterior porque los indios no dejaron salir a los curas.
Acordóse apelar a las armas. No quedaba otro camino. Andonaegui reunió
sus fuerzas, y con el auxilio de Gomes Freire se dispuso a combatir
a los desobedientes indígenas. Pelearon en _Daymán_, perdiendo los
indígenas 230 hombres y 72 prisioneros, hallándose entre los últimos
el cacique Rafael, que--según Andonaegui--«era grandísimo pícaro y
uno de los movedores de los pueblos.» Cartas de Valdelirios, tan poco
prudentes como oficiosas, dirigidas a Andonaegui, obligaron a dicho
general a emprender la retirada. También el general portugués Gomes
Freire, después de combatir sin descanso un día y otro día, pidió un
armisticio, que se firmó el 18 de Noviembre de 1754, y cuyas cláusulas
fueron las siguientes: «1.ª Que ni una ni otra parte se harían daño
hasta tanto que se diese la última y definitiva sentencia por los
reyes de España y Portugal, acerca de las quejas dadas y perdón de los
indios, o hasta tanto que el ejército español no volviese otra vez a
campaña. 2.ª Que ambas partes se volverían a sus tierras, y que ni
una ni otra nación pasaría el río Grande. 3.ª Que los indios serían
cautivos si pasasen el río yendo a las tierras de los portugueses, y
mútuamente los portugueses lo serían de los indios si ellos intentaren
pasar á sus tierras»[636]. Valdelirios y los suyos lamentaban aquel
pacto, al paso que los jesuítas, llenos de alegría, se creían
invencibles. Enemigos y amigos del tratado fueron sorprendidos por
la noticia de la muerte del ministro Carvajal, principal autor del
presente estado de cosas. Si los primeros creían que Dios castigaba
con la muerte al incrédulo Carvajal, los segundos presentían grandes
calamidades por el triunfo de los hijos de Loyola. Andonaegui
considerábase vencido, no por el poder de los indígenas, sino por los
rigores de la estación y la escasez de víveres. Por su parte, Fernando
VI hubo de declarar que creía a los jesuítas autores de la insurrección
de los indígenas y llegó a despedir a su confesor, que era jesuíta.
[636] _Diario de Henis_, pár. 60.--Bauzá, ob. cit., tomo II,
págs. 111 y 112.
Iba otra vez a comenzar la guerra, encargándose de dirigirla el
gobernador de Buenos Aires, Andonaegui, llevando por segundo jefe a
Viana, gobernador de Montevideo. Vino a entorpecer los comienzos de
la guerra una cuestión enojosa entre Viana y el cabildo. Habiendo
nombrado Viana como teniente general suyo a D. Pedro León de Romero y
Soto, se opuso a ello el cabildo en tanto que el agraciado no prestase
las fianzas correspondientes, ni presentara la aprobación de la Real
Audiencia del distrito. Molestado Viana por la oposición, hubo de
dirigirse al cabildo en forma destemplada e injusta en un oficio,
llegando a reducir a prisión al alguacil mayor. Arregladas al fin
las cosas, comenzó la campaña dirigida por Andonaegui, Viana y Gomes
Freire. El 6 de febrero se presentaron los indios deseosos de reñir
con sus enemigos. Atacóles Viana, logrando una victoria: entre los
mulatos, estaba el cacique Sepee, general en jefe de los sublevados.
A Sepee sucedió Nicolás Ñanguirú, hombre tan bueno como rudo. Los
españoles, enemigos de los jesuítas, propalaron la especie calumniosa
de que se intituló _Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los
mamelucos_. Ni Rey, ni Emperador pretendió nunca ser el antiguo y
rudo pastor; cuya única habilidad--según refieren los cronistas--fué
tocar el violín. Atacaron españoles y portugueses a los indios (10
febrero 1756) que ocupaban la cima del cerro _Kaibaté_, armados de
flechas y de hondas. Las pérdidas de los aliados fueron cuatro muertos
y 40 heridos, incluyendo dentro de los últimos a Andonaegui entre los
españoles y al coronel Osorio entre los portugueses. Los indígenas
tuvieron 1.511 muertos y 154 prisioneros, perteneciendo casi todos a
las Reducciones del Uruguay. Continuó su camino el ejército aliado, y
cuéntase que al llegar Viana a San Miguel, de cuya población no tenía
idea alguna, hubo de exclamar en voz alta: «¿Y éste es uno de los
pueblos que nos mandan entregar a los portugueses? Loca debe estar la
gente de Madrid para deshacerse de una población que no tiene rival
en ninguna de las del Paraguay.» Se entregaron los indígenas de San
Miguel, después los de San Juan, y en seguida los de San Lorenzo. Por
cierto que Henis, uno de los Padres que fueron presos en la última
población, hubo de decir a Viana: «Al Rey no le han costado nada estos
pueblos; somos nosotros quienes los hemos conquistado con el Santo
Cristo en la mano. S. M. no puede entregarlos a los portugueses, y si
yo estuviera en la corte, le informaría de modo que tal entrega no
había de verificarse»[637]. Si indígenas y jesuítas transigían con los
españoles, odiaban a muerte a Gomes Freire y a los portugueses. Comenzó
la marcha de los emigrantes. Dejaban hermosos pueblos por tierras
insalubres y mortíferas. No hubo compasión para los pobres indios.
Hallándose Viana en el paraje denominado el _Salto_, donde había de
esperar a Valdelirios, echó los cimientos de una ciudad que tomó el
nombre de dicho paraje (noviembre de 1756). Llegó a Buenos Aires don
Pedro de Ceballos, que venía de España a sustituir a Andonaegui, e
inmediatamente se dirigió a San Francisco de Borja, donde recibió a
muchos caciques y pueblo; Valdelirios pasó a San Nicolás; Viana se
puso al frente de su gobierno de Montevideo, y Andonaegui se preparó
a marchar a España. Aunque ofrecía Gomes Freire que todo se hallaría
arreglado en el siguiente año, el estado de las cortes de Portugal
y España fué causa del aplazamiento de la cuestión de límites. En
Portugal se hallaba arruinado el Tesoro público, contribuyendo a ello
los gastos de la expedición de misiones, y también el terremoto que
destruyó gran parte de Lisboa. En España todo se hallaba paralizado por
la muerte de la reina Bárbara y la enfermedad de Fernando VI. En el año
1759 marchó Gomes Freire a Janeiro, dejando por apoderado suyo a don
Custodio de Saá y Faría. Tiempo adelante y después de siete años de
tratos, disgustos y guerras, los negociadores rompieron toda clase de
compromisos, y las cosas volvieron a su primitivo estado.
[637] Relación de los servicios de Viana (M. S).--Bauzá, ob.
cit., tomo II, pág. 136.
Es cierto que los jesuítas se opusieron al tratado de Madrid; pero
también es cierto que la entrega de las misiones uruguayas, si
perjudicaba a los jesuítas, no perjudicaba menos a los indígenas
y a la monarquía española. Así lo creía D. Carlos, rey de las Dos
Sicilias, y luego rey de España con el nombre de Carlos III, debiéndose
advertir que el citado monarca era enemigo de la Compañía de Jesús.
Si provocaron los jesuítas el alzamiento de unas cuantas misiones,
como afirman algunos, ¿por qué no las sublevaron todas, en cuyo caso
hubieran puesto en un verdadero conflicto a España y Portugal juntos?
El marqués de Valdelirios, terminada la guerra, se dedicó a restañar
las heridas del país. Levantó fortalezas para prevenir las invasiones
de los indios bravos; fundó la ciudad de _Maldonado_; aumentó y
embelleció a Montevideo. Al subir al trono Carlos III, uno de sus
primeros hechos fué obtener de Portugal la anulación del tratado
de Madrid, lo cual se consiguió mediante un convenio firmado en El
Pardo (12 febrero 1761) entre los plenipotenciarios de ambas Coronas.
Cuando los portugueses tuvieron noticia del ajuste, ni tardos ni
perezosos, ocuparon terrenos en las fronteras del Uruguay, llevándose
al interior del Brasil muchas familias indígenas pertenecientes a
las Reducciones uruguayas, algo así como con visos de esclavitud.
También Ceballos, correspondiendo a la actividad de los portugueses, se
dirigió a Gomes Freire, pidiéndole, ya la devolución de los terrenos
detentados, ya el libre regreso a sus hogares de las familias que
se habían llevado. Sordo se hizo Gomes Freire lo mismo a la primera
comunicación que a otras posteriores, llegando a tal punto su deseo
de molestar a España que, entrado el año 1762 hizo levantar una
fortaleza que denominó de Santa Teresa, en territorio de Maldonado,
sin disputa alguna perteneciente a nuestra nación. La cuestión iba
a decidirse por las armas y a la guerra se preparó Ceballos. Ya
España, en virtud del _Pacto de familia_, había roto sus relaciones
con Inglaterra y casi también con Portugal, dada la alianza y amistad
entre estas últimas naciones. Ceballos recibió órdenes terminantes
del gobierno español para que reivindicase los terrenos usurpados por
el Brasil e inmediatamente hizo levantar una batería de 7 cañones
enfrente de la enemiga ciudad de Colonia. A la carta que dirigió
Fonseca, oficial que mandaba la guarnición de Colonia, a Ceballos
preguntándole qué se proponía con los trabajos de fortificación que
estaba haciendo, respondió el general español «que cada uno en su casa
podía hacer lo que le pareciese.» Después de una segunda reconvención
de Fonseca, que no obtuvo respuesta, comenzó el fuego en la noche
del 5 de octubre y que siguió en los días sucesivos, hasta que el 2
de noviembre salían los portugueses con los honores de la guerra y
entraba Ceballos en Colonia. En tanto que se obtenía victoria tan
gloriosa, una división portuguesa de 500 hombres amenazaba desde
el Chuy a Maldonado y una escuadra anglo-portuguesa, compuesta de
11 naves, bajo las órdenes de M. Macnamara, bombardeaba las costas
del Río de la Plata y se presentaba de improviso frente a Colonia
(6 enero 1763). Ceballos, enfermo como estaba, se lanzó a la pelea,
y, entusiasmando a los soldados, logró que una bala de la plaza
incendiase el navío _Lord Clive_, que montaba Macnamara, muriendo la
mayor parte de la tripulación y el mismo almirante. Dícese que cuando
Gomes Freire supo la muerte de Macnamara y que se había perdido en
las Indias occidentales el navío que llevaba el nombre glorioso del
gran conquistador inglés en las orientales, murió de pena. Por su
parte Ceballos dirigió un oficio a Viana, que terminaba del siguiente
modo: «Hemos palpado nuevamente la especial protección con que Dios
milita por nosotros, y por lo mismo debemos dar a su Divina Majestad
las gracias, a cuyo efecto dispondrá V. S. se cante el _Te Deum_ en la
iglesia matriz de esa plaza, con la solemnidad y concurrencia que en
semejantes casos se acostumbra»[638]. Ceballos salió de Colonia el 19
de marzo (1763) al frente de 300 dragones, camino de Maldonado, cuyo
trayecto de 80 leguas recorrió en diez días. Organizó las fuerzas y
el 8 de abril salió de la plaza, y a los siete días de marcha, llegó
al arroyo de Castillosgrandes, donde descansó un día, franqueando el
penoso albardón de tres leguas, a cuyo extremo se halla el fuerte de
Santa Teresa, guarnecido por 1.500 hombres y 13 cañones, al mando del
coronel D. Luis Tomás Osorio. El 18 por la mañana comenzó el ataque y
al llegar la noche desertaron del fuerte 1.200 portugueses, teniendo
que rendirse Osorio el 19 con 25 oficiales y 280 dragones.
[638] Véase Bauzá, ob. cit. tomo II, pág. 166.
Ocupado Santa Teresa, dispuso el general que tres cuerpos de ejército
persiguiesen a los fugitivos, los cuales se desbandaron en todas
direcciones, cayendo muchos prisioneros y entregándose el fuerte de
San Miguel y el pueblo de Río Grande. Recogiéronse cañones, morteros,
bombas, balas y mucha cantidad de pólvora en Santa Teresa, San Miguel
y Río Grande. Vino a añadir una página de buen político a su historia
militar la fundación que con el nombre de _San Carlos_ (en honor del
Soberano reinante), hizo Ceballos en el sitio que llamaban Maldonado
chico (1762). Cuando la fortuna no se separaba de Ceballos, vino a
cortar la carrera de sus glorias el tratado de París (10 febrero 1763),
en que Inglaterra, Francia y Hannover ponían fin a la guerra conocida
con el nombre de los _Siete años_. Francia dió a España la Luisiana
como indemnización de las Floridas, cedidas por nuestra nación a
Inglaterra en cambio de Cuba y Filipinas. Los portugueses recobraban
la Colonia, que se les entregó el 24 de diciembre del mismo año,
quedando los españoles en posesión de Río Grande y de todos los fuertes
conquistados, haciendo valer por ello el tratado de Tordesillas. Como
dice muy bien Bauzá, mostraron habilidad los portugueses e ineptitud
los españoles, cuando aquéllos, fuera como fuese la suerte de las
armas, consiguieron conservar siempre la Colonia del Sacramento[639].
[639] Véase _Hist. de la dominación española en el Uruguay_,
tomo II, pág. 169.
El coronel graduado, teniente coronel del regimiento de Galicia, don
Agustín de la Rosa Queipo de Llano, llegó a Montevideo (abril de 1764)
y tomó posesión del mando el 8 del mismo mes. Una de las primeras
medidas fué contener las demasías de los fugados de los presidios del
Brasil y de otros puntos de América. A los presidiarios se unían otras
gentes maleantes, y todos formaban una especie de población militar con
sus correspondientes jefes. Si tales gentes estaban acostumbradas al
robo y saqueo, no esquivaban el encuentro de la tropa regular. Vino
también a aumentar el malestar la imposición de tributos de que estaba
dispensada la ciudad por el acta de su fundación. Negóse el Rey a lo
solicitado por el cabildo, y desde entonces quedó vigente el impuesto
del derecho de alcabala.
Mientras esto pasaba en el interior, nuevas complicaciones surgían por
lo que a Uruguay respecta entre los gobiernos de Madrid y Lisboa. En
el tratado que puso fin a la guerra, se dispuso que España devolviese
a Colonia, reservándose Río Grande de San Pedro y las islas de Martín
García y Dos Hermanas, que eran exclusivamente suyas. Sin embargo, el
ministro portugués cerca del gobierno de Madrid, requirió (6 enero
1765), no sólo la entrega de Colonia, sino las que acabamos de citar
como propiamente españolas, con otros territorios y puertos de que los
portugueses habían sido desalojados durante la guerra. El marqués de
Grimaldi, en nombre del gobierno, se negó a satisfacer las demandas de
Portugal. Si la corte de Lisboa no hizo hincapié en sus pretensiones,
el virrey del Brasil no tuvo reparo en engañar con buenas palabras a
D. Francisco Bucarelli, sucesor de Ceballos en el gobierno del Río
de la Plata. El 29 de mayo, el coronel José Marcelino de Figueredo,
segundo de José Custodio de Saá y Faría, se presentó a la cabeza de
800 hombres embarcados en varios buques ante la villa de Río Grande de
San Pedro para tomarla por sorpresa. Los nuestros rompieron el fuego
sobre la flotilla, que tuvo que retirarse fuertemente castigada. El
gabinete de Lisboa, solicitado por el de España, y tal vez a disgusto,
no tuvo más remedio que condenar a sus oficiales de América. A pesar
de ello, siguieron los portugueses dueños de los territorios y puntos
que acababan de usurpar, porque otro asunto de más monta preocupaban
a Carlos III y a su gobierno. El asunto a que nos referimos era la
expulsión de los jesuítas de todos los dominios españoles. Ya habían
sido expulsados de Portugal por el marqués de Pombal, ministro de José
I, y de Francia por el duque de Choiseul, ministro de Luis XV. Los de
España siguieron la misma suerte (abril de 1767) y los de Montevideo
(julio de 1767); el número total de los expulsados en las provincias
del Río de la Plata fué de 397 individuos, incluyendo a los misioneros
de los moxos y chiquitos. Faltaríamos a la verdad si no dijésemos que
los indígenas ganaron poco o nada al cambiar de gobierno y muchos de
aquéllos pasaron, no queriendo sufrir la tiranía y codicia de las
nuevas autoridades, a poblar las campiñas de Montevideo y Maldonado,
hasta entonces casi yermas, y que pronto se convirtieron en terrenos
agrícolas. En el correr de los tiempos uniéronse los indios civilizados
de las Reducciones con los salvajes, y las mujeres de unos y de otros
con los españoles y portugueses, importando poco que tanto los
españoles como los portugueses procedieran de las cárceles de España y
del Brasil.
De elementos tan diversos nació el _gaucho_. «El gaucho venía a
ser--escribe Bauzá--el resultado de todas las fusiones, y como el
primer eslabón de la nueva y definitiva raza que había de ocupar el
suelo. Todo indica, desde el día de su presentación en la escena
social, que por su carácter, costumbres y afecciones, se creía
verdaderamente dueño de la tierra. Sin embargo, los primeros gauchos
no eran todos uruguayos: se les llamaba indistintamente gauchos o
_guaderios_, y muchos de entre ellos componían el número de los
portugueses y españoles fugados de presidio, y refugiados en el
Uruguay, merced a la tolerancia de los habitantes de los campos. El
nombre de gaucho era sinónimo, en sus primeros tiempos, al de holgazán
o malhechor; después se hizo extensivo a los que vagaban sin quehaceres
fijos provistos de una mala guitarra, entonando coplas ajenas o
propias, y a los que sobresalían en las pendencias y en la galantería
rústica de los desiertos. Lo numeroso de las familias permitía que
no todos los varones se dedicasen al trabajo, rudimentario de suyo
en aquellos tiempos, y de ahí que estimulados por la facilidad de
alimentación y la simpatía inspirada por las hazañas personales, muchos
se sintiesen inclinados a la vida andariega, particularmente los que se
creían de sobra en su casa»[640].
[640] _Lazarillo de ciegos caminantes._--Bauzá, Ob. cit., tomo
II, págs. 193 y 194.
Cundía el malestar en Montevideo. El gobernador La Rosa carecía de
dotes políticas. Más astutos los portugueses y el virrey Azambuya, al
mismo tiempo que despojaban a España de sus territorios en el Río de
la Plata, extendían su comercio por todas partes. Como si todo esto
fuera poco, comenzaron a propagar el abandono de España por lo que a la
religión respecta, afirmando que era un caso de conciencia no consentir
que se perdiese la fe de los indios de las misiones. Llegaba a tal
punto el descaro de nuestros vecinos que censuraban acremente al rey
de España por haber expulsado a los jesuítas, cuando el gobierno de
Portugal había sido el primero que dió la señal de la persecución de la
Compañía.
Poniendo manos a la obra, cuando corría el año 1770 partió de San
Pablo militar expedición bajo las órdenes del teniente coronel Alonso
Botello de Sampayo, con ánimo de reducir nuevamente los indios a la fe
católica. Aunque no se habían separado de dicha fe, Sampayo comenzó
su cruzada destacando al capitán Silveyra Peixoto, quien penetró por
la vía del Paraná a tomar posesión de las tierras de los infieles y
proceder luego a su conversión. D. Francisco de Zavala, gobernador de
las misiones, no pensaba lo mismo que Sampayo. Púsose sobre las armas,
sorprendió a Silveyra y a los suyos, mandándoles presos a Buenos Aires
como infractores de los pactos y perturbadores de la paz. Tomó entonces
extraña determinación Sampayo, cual fué retirarse de aquellos lugares,
no como soldado vencido, sino como misionero que se ve desdeñado por
los mismos a quienes iba a hacer el bien. La ridícula expedición de
Sampayo anunciaba para el porvenir grandes males entre españoles y
portugueses. Así lo comprendió el prudente gobernador de Buenos Aires y
así lo comprendió también el violento gobernador La Rosa.
Era La Rosa uno de esos hombres que si carecía de cualidades de
gobernante, había sabido granjearse la estimación de poderosos
personajes de la corte. En poco tiempo había llegado a obtener el
empleo de brigadier. En cambio, el cabildo de Montevideo no le quería
por su carácter arbitrario y por su codicia. Con la misma moneda
pagaba La Rosa al cabildo. Con motivo de unas elecciones (1771) de
nuevo cabildo, se rompió la aparente armonía entre ambas autoridades,
llegando el gobernador a reducir a prisión lo mismo al alcalde de
primero y segundo voto que al alguacil mayor. En queja se dirigió el
cabildo al gobernador de Buenos Aires, D. Juan José de Vertiz, quien
se puso en absoluto al lado de la autoridad popular, según lo indicaba
el siguiente oficio: «Conviniendo al Real servicio el que el brigadier
D. Agustín de La Rosa, gobernador de esa plaza, pase a esta ciudad,
he ordenado ocupe interinamente este empleo el mariscal de campo D.
José Joaquín de Viana, quien tiene acreditadas su conducta, integridad
y demás circunstancias que le hacen recomendable»[641]. Continuó el
cabildo el proceso contra La Rosa; pero, contra lo que se esperaba,
se le castigó solamente con la pérdida del empleo de gobernador. Era
creencia general que sus poderosos amigos en la corte habían influído
para que el asunto se resolviese de aquel modo.
[641] L. C. de Montevideo.--Bauzá, ob. cit., tomo II, p. 205.
Mientras que La Rosa se marchaba á España, Viana, gobernador interino,
procuraba adquirir recursos, ayudándole en su empresa el cabildo. Con
fecha 16 de febrero de 1771 hizo el gobernador presente al cabildo la
necesidad de socorrer al Rey con algunos recursos, dándose el caso de
que, por indicación de Viana, nombrase la autoridad popular a D. José
Mas y D. Bruno Muñoz para que fueran «de casa en casa y de tienda en
tienda a recoger los donativos voluntarios.» También Viana y el cabildo
estuvieron conformes en la necesidad de castigar los homicidios y
robos, cada día más numerosos en la campiña. Otras reformas se llevaron
a cabo por ambas autoridades con el beneplácito de Vertiz, gobernador
de Buenos Aires. También por entonces familias indígenas echaron los
cimientos de la actual ciudad de _Pay-Sandú_.
Por enfermedad de Viana se encargó del gobierno (10 febrero 1773)
el teniente coronel D. Joaquín del Pino, ingeniero jefe de estas
provincias. Inauguró del Pino su gobierno (1773) dando pruebas de
energía, lo mismo en los asuntos interiores que en sus relaciones
exteriores. Con la ayuda de Vertiz, gobernador de Buenos Aires, logró
purgar de malhechores y de toda clase de enemigos al país. Vertiz y
Pino, contando con el apoyo del gobierno de Madrid, pensaron fortificar
a Montevideo y Maldonado. Ciertas disposiciones dadas por Pino fueron
recibidas perfectamente por la opinión pública. Bien merecía que,
por Real Cédula dada en El Pardo a 7 de mayo de 1776, se le nombrase
gobernador propietario. Hacía poco más de un mes que los portugueses,
valiéndose de engaños y malas artes, consiguieron conquistar por
segunda vez Río Grande. Bajo el gobierno de Pino, Uruguay comenzó
a tener vida más exuberante. Maldonado aumentó su vecindario en
poco tiempo y fué declarada ciudad (1786). Se ampliaron los límites
jurisdiccionales del gobierno de Montevideo, hasta entonces inseguros
e inciertos. Por entonces llegó (1789) al puerto de Montevideo la
expedición que mandaba el brigadier don Alejandro Malespina, acompañado
de varios sabios, en las corbetas _Descubierta_ y _Atrevida_. Tiempo
adelante, Pino marchó a Buenos Aires, donde debía encargarse del
virreinato.
El coronel D. Miguel de Tejada se encargó interinamente del gobierno de
Montevideo, no ocurriendo nada que sea digno de contar.
El 2 de agosto de 1790 tomó posesión del gobierno el brigadier don
Antonio Olaguer Felíu. Permitió el comercio de esclavos; dió más vida
a Montevideo y a Soriano, pueblo éste el más antiguo del Uruguay; se
fundó la ciudad de _Mercedes_, cuna de la independencia nacional, y
adquirió importancia y esplendor Maldonado, cuyo puerto visitaron las
primeras embarcaciones de la Compañía Marítima en 1790. Por asunto
baladí se disgustó con el cabildo, pues con razón al gobernador se le
conocía con el dictado de _el Ceremonioso_, si bien preciso es confesar
que la desmoralización cundía en la corporación popular. Gobernador
y cabildo no se entendían y la lucha entre ellos era cada vez más
enconada. Ante el virrey de Buenos Aires D. Pedro Melo de Portugal,
hombre prudente y amigo de la justicia, acudieron gobernador y cabildo.
Melo, en oficio de 20 de abril de 1795, reprobó la conducta de Olaguer,
aprobando por completo la conducta del cabildo.
El brigadier D. José de Bustamante y Guerra se encargó del gobierno
de Montevideo el 11 de febrero de 1797. Como jefe de la marina--pues
era brigadier de la Real Armada--conocía las ventajas que podían
sacarse del puerto de Montevideo. Entre el cabildo de Montevideo y el
consulado de Buenos Aires, se originó lucha tenaz acerca de asuntos
comerciales. El consulado era contrario a la autorización Real de 1795,
en la cual se ampliaban las facultades de comerciar a los pueblos del
Río de la Plata, autorizándoles a exportar frutos y toda clase de
producciones del país a las colonias extranjeras. El cabildo tomó la
determinación de remitir al Rey una solicitud rebatiendo las ideas
del citado consulado. Subleváronse por entonces los _charrúas_ del
Norte. Vivían la vida primitiva y se ignora la causa de su rebelión,
que se verificó penetrando en poblaciones y vaquerías, cometiendo toda
clase de atrocidades. Quisieron oponerse los _guarinís_; mas fueron
derrotados con grandes pérdidas. Vióse obligado el teniente coronel D.
Francisco Rodrigo, comandante de Japeyú, a salir a campaña, pudiendo,
después de larga persecución, derrotarles completamente. Aprovecháronse
los portugueses de los disturbios interiores para infringir el tratado
de límites, asunto que preocupó por algún tiempo a las autoridades
del Uruguay y al gobierno de Madrid. Mayor contrariedad vino en el
último año del siglo XVIII a perturbar el bienestar público. Es el caso
que, una gran sequía paralizó la vida de la agricultura. Se perdieron
completamente las cosechas, y á esto siguió mortal enfermedad de los
ganados. El hambre se sintió en muchas poblaciones, y con ella vino la
peste. Por el cabildo de Montevideo y por el pueblo todo se invocó el
auxilio divino para que la lluvia fertilizase los campos y despejara de
miasmas la atmósfera. Dios oyó a los que le pedían de corazón su amparo
y copiosas lluvias pusieron fin a tantas calamidades. Comenzó el siglo
XIX y con él trascendentales sucesos. Ya sabemos que sobre la margen
septentrional del Plata se levantaba Montevideo, al Este se hallaba
con título de ciudad el caserío de Maldonado, y al Oeste varias ruinas
daban idea exacta de la existencia de Colonia. Hacia el Norte, desde
el Daymán hasta las misiones, sólo se hallaba el fuerte denominado el
Salto. Eran aldeas ribereñas _Paysandú_, _Mercedes_ y _Soriano_; y en
el interior se encontraban _Guadalupe_, _Santa Lucía_, _San José_ y
_Minas_. En el resto del país se levantaban por algunos sitios fortines
militares o santuarios. Calculábase la población fija en unos 40.000
habitantes, de los que 15.000 pertenecían a Montevideo. La cultura era
escasa y casi nula, exceptuando la futura capital del Uruguay, donde
las artes, en particular la música, tenía no pocos cultivadores en
el bello sexo. El trato con las familias de los altos empleados que
venían de España, introdujo cierto gusto en el vestir y cierto arreglo
en las casas. Algunos padres ricos mandaban a sus hijos a los colegios
superiores del virreinato y también a los centros de cultura de las
ciudades españolas. Comprendiendo el gobierno de Madrid que Montevideo
era la llave de la navegación del Plata, dispuso la creación de
un faro, el primero que se estableció en el sitio denominado el
_Cerro_. El gobernador Bustamante, aunque a veces no guardaba las
consideraciones debidas al cabildo, procuraba el progreso de la ciudad,
así que con el apoyo de la citada corporación hizo continuar la fábrica
de la iglesia matriz, reedificó la casa del dicho cabildo, construyó
puentes y alcantarillas y arregló los caminos públicos. Se dotó a la
ciudad de buenas aguas, se hizo un lavadero público y se realizaron
otras reformas de interés general. Bustamante presintió brillante
porvenir, si desaparecía la indiferencia y el abandono, «del mayor
y cuasi único puerto del Río de la Plata.» No sólo en la ciudad de
Montevideo se notaba cierta prosperidad, sino en todo el país, pues
entonces (1800) se echaron los cimientos de la villa de _Rocha_, futura
capital del departamento de su nombre. En Mercedes y en Soriano se
desvivían las autoridades para realizar mejoras. En tanto que del Pino,
virrey de Buenos Aires, andaba en tratos o en guerra con los charrúas,
con las misiones o con los portugueses, algunos vecinos de Montevideo,
aconsejados por Bustamante, habían construído en 1802 el primer muelle.
Aumentó el comercio de una manera considerable. Cuando la prosperidad
parecía reinar en el Uruguay y muy especialmente en Montevideo,
la población de color de la citada ciudad se propuso provocar un
levantamiento (1803), que comenzó, ya huyendo bastantes esclavos de la
ciudad y ya también asesinando algunos a sus amos. El cabildo decretó
medidas enérgicas y castigó con rigor a los esclavos fugitivos que pudo
coger prisioneros. Terminaremos el gobierno de Bustamante, recordando
que en su tiempo andaba tan atrasada la medicina en el país, que los
curanderos gozaban de general prestigio, lo mismo en los campos que en
las ciudades. El Protomedicato de Buenos Aires tomó mano en el asunto,
disponiendo que los curanderos sólo pudieran ejercer su industria en la
campiña y eso bajo ciertas condiciones.
Sucedió a Bustamante en el gobierno de Montevideo D. Pascual Ruiz
Huidobro, brigadier de la Real Armada, nombrado el 14 de julio de
1803; tomó posesión en los primeros días de 1804. Continuó la obra
de su antecesor, construyendo edificios públicos, limpiando las
calles de la ciudad y arreglando los caminos públicos. Comenzaron las
obras de la nueva Casa Capitular y se consagró la iglesia matriz que
acababa de edificarse, se hizo un lazareto y se levantó una alhóndiga.
La desgracia de Bustamante en su lucha con la flota inglesa y la
participación que el gobernador Ruiz Huidobro tuvo en la reconquista de
la ciudad de Buenos Aires en el año 1806, son hechos que ya se trataron
en el capítulo XXVII de este tomo.