CAPITULO XXVII

GOBIERNO DEL RÍO DE LA PLATA O DE BUENOS AIRES.--D. PEDRO

DE MENDOZA HASTA ARIAS DE SAAVEDRA (4.ª VEZ).--SAAVEDRA

DERROTADO POR LOS URUGUAYOS.--INTRODUCCIÓN DE NEGROS--FUNCIONES

RELIGIOSAS.--ENEMIGA DEL CABILDO A LOS ABOGADOS.--GOBIERNO DE

GÓNGORA.--LA UNIVERSIDAD EN BUENOS AIRES.--EL OIDOR PÉREZ DE

SALAZAR.--EL GOBERNADOR CÉSPEDES.--LA AUDIENCIA.--GOBIERNO DE

DÁVILA.--EL GOBERNADOR LA CUEVA ES EXCOMULGADO.--CANONIZACIÓN DE

SAN FERNANDO.--DESGRACIAS EN EL PAÍS.--GOBIERNO DE ABENDAÑO, DE

MÚXICA, DE CABRERA, DE LAXIS, DE RUIZ DE BAIGORRI, DE MERCADO Y

DE MARTÍNEZ SALAZAR.--LA AUDIENCIA.--GOBIERNO DE GARRO, HERRERA

Y PRADO.--LA COLONIA DEL SACRAMENTO.--EL GOBERNADOR ZABALA: SUS

HECHOS MÁS NOTABLES.--CAMBIO DE POSESIONES ENTRE PORTUGAL Y

ESPAÑA.--CONDUCTA DE LOS JESUÍTAS.--LOS GOBERNADORES SALCEDO,

ORTIZ DE ROSAS Y ANDONAEGUI--EL GOBERNADOR CEBALLOS.--VIRREINATO

DE BUENOS AIRES.--LOS VIRREYES CEBALLOS, ORTIZ, MARQUÉS DE

LORETO Y OTROS.--LOS VIRREYES MALO DE PORTUGAL, AVILÉS Y DEL

PINO.--DERROTA DE NUESTRA FLOTA.--LOS INGLESES TOMAN A BUENOS

AIRES.--LINIERS.--GOBIERNO DE TUCUMÁN.

Conviene no olvidar que después de la fundación de Buenos Aires por D.

Pedro de Mendoza en la orilla derecha del Río de la Plata (2 febrero

1536) y de su gobierno; después de Juan de Ayolas, fundador de la

Asunción, muerto por los salvajes, y después de otros gobernadores,

fué nombrado Juan de Garay, quien echó los cimientos de _Buenos Aires_

(11 junio 1580), pues la que fundara Mendoza había sido despoblada.

Habremos de recordar también que si en el último cuarto del siglo

XVI se sucedieron en el Plata siete gobernadores españoles que nada

hicieron para conquistar el Uruguay, en los albores del XVII apareció

Arias de Saavedra, que comenzó a gobernar en agosto de 1600; pero la

Cédula confiriéndole el mando en propiedad es del 18 de septiembre de

1601. Antes se había distinguido como protector de los indios pacíficos

y fué severo con los enemigos de España. Como hijo de la Asunción (hoy

capital del Paraguay) amaba a su tierra, y como gobernante español

era fiel a la metrópoli. A la cabeza de unos 500 soldados partió de

la Asunción hacia las tierras uruguayas. Los indios se prepararon

a la lucha y se dirigieron a encontrar al enemigo, decididos a no

consentir la entrada en territorio patrio. Siguieron su camino los

españoles, importándoles poco los preparativos de los indígenas.

Halláronse en frente unos de otros. Murieron--según relación de los

historiadores--los 500 soldados, pudiendo sólo escapar Saavedra para

ser portador de la derrota. En un cuarto de siglo los indígenas

uruguayos se habían preparado para resarcirse de las desgracias que les

habían ocasionado Zárate y Garay. El gobernador, con ruda franqueza,

escribió a la corte declarando su impotencia para dominar el Uruguay, y

aconsejando que las armas espirituales, la predicación y las dulzuras

de la fe harían efecto en la condición áspera de aquellos indios.

Examinó el Consejo de Indias la indicación de Saavedra, y Felipe III,

en 5 de julio de 1608, aprobó la conquista pacífica.

Consta oficialmente que unos dos años antes, siendo gobernador y

capitán general y justicia mayor de las provincias del Río de la Plata

el Sr. Hernandarias de Saavedra, solicitó el cabildo de Buenos Aires al

Rey se sirviera «darle licençia para meter trescientos negros para el

sustento desta tierra...»[542].

[542] _Actas del cabildo de Buenos Aires._--Sesión del 13 de

marzo de 1606.--Tomo I, pág. 190.--Buenos Aires. 1907.

Pasados algunos días, habiendo fallecido el conde de Monterrey, virrey

del Perú, la Audiencia de la Plata asumió el gobierno[543].

[543] Ibidem, págs. 216-218.

El cabildo de Buenos Aires, en agradecimiento a las _once mil

vírgenes_, por cuya intercesión Dios había librado de la plaga de la

langosta a la ciudad y sus términos, acordó que desde el día de San

Lucas (18 octubre 1607) hasta el de las once mil vírgenes (21 del mismo

mes y año), se hiciesen procesiones solemnes con la asistencia de todos

los conventos[544].

[544] Ibidem, págs. 422 y 423.

Asunto de capital interés debió ser la introducción de negros en Buenos

Aires, por cuanto algún tiempo después el cabildo comisionó al padre

Juan Romero, Rector del Colegio de Jesuítas, que marchó a España para

que insistiera con el Rey sobre dicho asunto[545] y sobre otros. Tiempo

adelante, esto es, el 21 de julio de 1610, volvió el cabildo á suplicar

a Su Majestad que permitiese importar negros para emplearlos en los

trabajos agrícolas, por cuanto era grande la escasez de indios[546].

Acordóse en la sesión del 7 de febrero de 1611 que se fundase un

Hospital y una Ermita dedicados a San Martín, patrón de la ciudad, en

el lugar elegido por Juan de Garay, fundador de Buenos Aires[547]. Al

mes siguiente, mejor pensado el asunto, se dispuso que se hicieran

dichos edificios «en el camino que va al Riachuelo desta ciudad, donde

esté más cerca del comercio, etc.»[548].

[545] Ibidem, tomo II, págs. 58-61.

[546] Ibidem, págs. 265-267.

[547] Ob. cit., págs. 326-328.

[548] Ibidem, págs. 342-345.

Escribió D. Diego Martín Negrón al Rey (30 junio 1610), haciéndole

saber que en aquellas provincias había a la sazón 300.000 naturales y

12.000 reducidos a la fe, y que habiendo consultado con los religiosos

más graves del país acerca de la persona más apta para desempeñar

el cargo de _protector general de los indios_, contestaron que se

confiriese dicho título a su antecesor Hernando Arias de Saavedra,

quien lo aceptó de muy buena gana. Posteriormente, en la sesión

celebrada por el cabildo el 21 de diciembre de 1611, se trató de asunto

asaz importante. Hacía veinte años largos que para acabar con las

hormigas y ratones, tan abundantes en la ciudad, se echaron suertes con

el objeto de elegir un Santo que fuese abogado contra aquella plaga,

prometiendo celebrar la fiesta de aquel hijo de Dios. Pero ¿qué Santo

era éste? Unas personas decían que cupo la suerte a San Bonifacio y San

Sabino, otras que a San Saturnino. En esta duda, y como la plaga iba

siempre en aumento, se acordó por el cabildo echar de nuevo suertes.

En efecto, se metieron varias cédulas o papeletas en un sombrero,

conteniendo una el nombre de San Saturnino, otra los de San Bonifacio y

San Sabino, doce con los respectivos de los doce Apóstoles, y algunas

más con otros Santos. Un niño, que se llamó para el caso, extrajo una

de las cédulas, donde estaban los nombres de San Simón y San Judas,

acordándose entonces que fuese «voto a Dios Nuestro Señor de guardar

la fiesta del dicho día todos los años desde el que viene, que será la

primera, y de hacer decir en la Iglesia Mayor una misa cantada con su

proçesion, la qual se pague la limosna de los propios de cabildo ó de

limosna que para ello se sacare»[549]. ¿Acabaron los Santos Simón y

Judas con las hormigas y ratones? Las actas del cabildo de Buenos Aires

guardan silencio sobre el particular.

[549] Ibidem, págs. 406 y 407.

Por carta del Rey fechada en San Ildefonso el 15 de octubre de 1611, y

por otra del virrey D. Juan de Mendoza, marqués de Montesclaros, tuvo

noticia el cabildo del fallecimiento de la Reina D.ª Margarita, mujer

de Felipe III, el 3 del citado mes, celebrándose con este motivo honras

en la Iglesia mayor[550].

[550] Ibidem, págs. 455-457.

No habremos de pasar en silencio un hecho que prueba la ignorancia

de aquellos tiempos. Corrió la noticia de que pensaban venir a Buenos

Aires y ejercer su profesión de abogados D. Diego Fernández de Andrada,

vecino de Santiago del Estero; José de Fuensalida, morador en Córdoba,

y Gabriel Sánchez de Ojeda, residente últimamente en Chile. Reunido

el cabildo el 22 de octubre de 1613, el regidor Miguel del Corro,

teniendo en cuenta que donde había abogados no faltaban pleitos,

trampas y marañas, propuso, porque así convenía al bien común, que no

se admitiesen ni recibiesen en la ciudad. La proposición de Miguel

del Corro fué aceptada por el cabildo, dándose «aviso a los dichos

tres letrados, donde quiera que se les alcanzase, que no vengan a esta

ciudad sin orden de S. M., señor virrey o Real Audiencia»[551].

[551] Ob. cit., págs. 469-472.

Por entonces (25 marzo 1614), el arzobispo de la Plata se quejó al

Rey de la conducta del presidente de la Real Audiencia, «quien se

entrometía a querer gobernar espiritual y temporal so color de buen

celo, alabando como se merece su persona en lo demás...»[552].

[552] Pastells, _Historia de la Compañía de Jesús de la

provincia del Paraguay_, etc., tomo I, página 256.

Desde el Real sitio de San Lorenzo (7 septiembre 1614), fué nombrado

por cuarta vez gobernador de Buenos Aires D. Hernando Arias de

Saavedra. Era digno de ocupar cargo tan elevado y se atrajo generales

simpatías, aunque--como después veremos--tuvo también enemigos que

le persiguieron con saña. En esta época de su mando, como en las

anteriores, pudo contener a los indios fronterizos que, sin respeto

alguno, penetraban en el gobierno de Buenos Aires. Acordóse en el

cabildo celebrado el 10 de junio de 1615, escribir al virrey del Perú

dándole noticia de haber tomado posesión del gobierno de las provincias

de la Plata Hernando Arias de Saavedra[553]. Desde que Negrón dejó el

gobierno hasta el nombramiento de Hernandarias, carecen de interés los

hechos que se sucedieron.

[553] _Actas del cabildo de Buenos Aires_, tomo III, pág. 217.

Veinte días después de la citada comunicación al virrey del Perú,

volvió a tratarse del asunto de la esclavitud, asunto que tenía

preocupados al cabildo y al pueblo de Buenos Aires. Se acordó escribir

al Rey y al Real Consejo de las Indias para que se les conceda «algunas

liçençias de esclavos para sustentar nuestras haciendas de labranças y

estançias porque de otra suerte será la total destruçión deste puerto y

ciudad»[554].

[554] _Cabildo del 30 de Junio de 1615_, pág. 237.

Temeroso el gobernador Hernando Arias de un ataque al puerto por la

escuadra holandesa, dispuso que se tomasen algunas medidas para la

defensa, despachándose también «una chalupa a la isla de Maldonado y

puertos a tomar lengua de lo que oviere»[555].

[555] _Cabildo del 30 de agosto de 1615_, pág. 271.

Preocupó de igual modo al cabildo que la peste que a la sazón diezmaba

al Perú se propagase a las provincias de la Plata. En su virtud, y,

para librarse de ella, se tomó el acuerdo de hacer dos procesiones,

una a Santo Domingo y otra a San Francisco[556]. Ya en el camino de

las procesiones, no había de faltar la que en el día de San Simón y

San Judas se mandó hacer a los patronos de la plaga de ratones y de

hormigas, como también, además de las funciones religiosas, se acordó

correr toros y jugar cañas en el día de San Martín, patrón de la

ciudad[557].

[556] _Cabildo del 22 de septiembre de 1615_, pág. 275.

[557] _Cabildo del 12 de octubre de 1615_, pág. 277.

Las alteraciones y levantamientos de los indios, los cuales llegaron al

extremo de hacer cautivos a varios españoles, obligaron al gobernador

Arias a salir de Buenos Aires con algunas fuerzas para dirigirse hacia

el Norte de la provincia[558]. Volvió el gobernador después de castigar

a los revoltosos, renunciando luego el cargo (8 julio 1617)[559].

[558] _Cabildo del 31 de julio de 1617_, págs. 458 y 459.

[559] Pastells, _Hist. de la Compañía de Jesús en el

Paraguay_, etc., tomo I pág. 275.

Noticia importante llegó de Madrid. El Rey, con fecha 16 de diciembre

de 1617, dispuso dividir en dos el gobierno del Río de la Plata: el

del _Río de la Plata_ (Buenos Aires), y el de _Guayra_ ó _Paraguay_

(Asunción)[560]. Del primero nombró gobernador a D. Diego de Góngora,

caballero del hábito de Santiago[561], y del segundo á Don Manuel Frías.

[560] La provincia de Tucumán gozaba de completa independencia.

[561] _Actas del Cabildo de Buenos Aires_, tomo III, págs.

88-95.

Dos días después de tomar posesión del cargo, el cabildo dió la noticia

al virrey y Real Audiencia del Perú[562]. Poca benevolencia manifestó

el cabildo con el ex-gobernador Arias de Saavedra, por cuanto al tener

noticia que se disponía marchar a la ciudad de Santa Fe, se trató de

exigirle fianza por el tiempo de su residencia, no sin afirmar que

había hecho agravios y daños a la ciudad[563]. Hasta tal punto llegó la

enemiga al ex-gobernador, que el cabildo escribió al Rey, al Consejo

Real de las Indias, al virrey Príncipe de Esquilache y a la Real

Audiencia de la Plata, para que lo antes posible se mandase la persona

encargada de tomar la residencia a D. Hernando Arias[564]. En el mismo

cabildo se dispuso rogar al Rey que procurase la pronta llegada de

un obispo para la provincia de Buenos Aires, siendo tiempo adelante

nombrado D. Pedro Carranza. Cada vez era mayor el enojo entre el

cabildo y Hernando Arias, indicándolo así lo acordado en la sesión del

1.º de julio de 1620[565].

[562] _Cabildo del 19 de noviembre de 1618_, págs. 99-102.

[563] _Cabildo del 14 de enero de 1619_, tomo IV, págs.

139-141.

[564] _Cabildo del 27 de enero de 1620_, tomo IV, págs. 353 y

354.

[565] _Actas del Cabildo_, tomo IV, págs. 401-404.

En el cabildo del 9 de marzo de 1621, el gobernador D. Diego de Góngora

dió la grata noticia de que el Rey había despachado cédula y carta al

obispo Carranza, haciéndole saber que Su Santidad había beatificado á

_San Isidro_ de Madrid, con cuyo motivo se dispuso que se celebrasen

procesiones y otras fiestas en señal de regocijo[566].

[566] _Actas del Cabildo_, tomo V, págs. 52 y 53.

Conviene no olvidar que con fecha 4 de mayo de 1621 Fray Pedro de

Carranza, obispo del Río de la Plata, escribió al Rey dándole cuenta de

su llegada al puerto de Buenos Aires (9 de enero), del estado indecente

en que halló el edificio de la Catedral, de la poca paz que reinaba en

el país, de la rectitud del gobernador Góngora y de la necesidad de

poner Audiencia, no sin olvidar la conveniencia de que los gobernadores

fuesen personas de experiencia y temerosos de Dios[567].

[567] Pastells, _Hist. de la Compañía de Jesús en el

Paraguay_, etc., tomo I, pág. 329.

Suceso interesante registraremos en este lugar: el papa Gregorio XV,

con fecha 8 de agosto de 1621, dió un Breve fundando la Universidad

y Academia de la ciudad de la Plata en el Colegio de la Compañía

de Jesús, noticia que se recibió con mucha alegría en todo el país

argentino, y que--como era de esperar--contribuyó mucho a la mayor

cultura de aquella parte de América. La alegría del mes de marzo se

convirtió en tristeza en el mes de junio. La peste tenía afligida a

la ciudad; pero se halló un medio para evitarla, cual era, como otras

veces, tomar por intercesor y abogado a algún santo. Este santo debía

ser San Roque[568]. Tratóse de hacer una ermita; pero como la cofradía

de los bienaventurados San Sebastián y San Fabián tenía acordado

construir otra para los citados últimos santos, dispusieron los de San

Roque pedir que la imagen de este santo se colocase en la ermita de

aquéllos, si bien las cofradías debían ser dos, una de San Sebastián y

San Fabián, y otra de San Roque[569]. A tal punto llegó a amedrentar

la peste a la población de Buenos Aires, que el cabildo, recordando

que en los dos últimos meses habían fallecido más de 1.000 personas,

requirió al gobernador para que no abandonase a Buenos Aires con la

excusa de hacer una visita a las provincias; mas, si a pesar de ello

«quisiere salir a la dicha bisita, este cabildo lo contradise una y dos

y tres besses y protesta que, si en este puerto sucediere algún daño,

sea por quenta, costa y riesgo de su merced...»[570]. Aproximábase

el 16 de agosto, día de San Roque, y en el cabildo del 9 de agosto de

1621, se tomó el acuerdo de hacer en aquel día «prossesion y fiesta con

bisperas y misa cantada y sermon en la Iglesia Catedral»[571]. Tratóse

en el cabildo del 15 de septiembre de 1621, del recibimiento que debía

hacerse al obispo Fray Pedro de Carranza[572], y en el del 15 de

noviembre de dicho año se acordó, ya que en aquella fecha nada se hizo

«por estar la tierra enferma», celebrar fiestas de toros y cañas[573].

[568] _Cabildo del 14 de junio de 1621_, tomo V, págs. 79 y 80.

[569] _Cabildo del 21 de junio de 1621_, tomo V, págs. 81 y 82.

[570] _Acuerdo del 20 de julio de 1621_, tomo V, págs. 85-87.

[571] _Actas_, etc., tomo V, págs. 90 y 91.

[572] Pág. 125.

[573] Pág. 138.

Recibióse la noticia de la muerte de Felipe III en Buenos Aires

(comienzos de febrero de 1622)[574], celebrándose con tal motivo

suntuosas exequias, como también juegos de cañas, corridas de toros

y luminarias con ocasión de la jura de Felipe IV. A los pocos días

se dirigió el Rey al cabildo, diciéndole que todos los enemigos de

la Corona de España estaban armados contra ella en Italia, Flandes

y Alemania, mientras los corsarios holandeses, turcos y de otras

naciones, con gran número de bajeles, realizaban muchos y continuos

robos en las costas de estos reinos y carrera de las Indias, «y

asimismo como por estar mi patrimonio Real tan exausto y consumido que

por nengun caso se puede sacar del sustancia conque acudir a el remedio

de tan grandes y peligrosos daños, a sido forzoso valerme de mis buenos

y leales basallos, pidiéndoles un donativo y empréstito tan cuantioso

como lo requiere la nesesidad y ocasión presente...»[575].

[574] Págs. 182 y siguientes.

[575] _Cabildo del 7 de octubre de 1622_, tomo V, págs.

250-256. D. Diego de Góngora falleció en Buenos Aires el 21 de

mayo de 1623.

Llegó a últimos de 1623 D. Alonso Pérez de Salazar, oidor de la

Audiencia de la Plata, con el propósito de tomar la residencia a los

gobernadores D. Diego Marín Negrón y D. Hernán Arias de Saavedra[576].

[576] Saavedra escribió con fecha 3 de enero de 1625, desde

Buenos Aires a su amigo D. Antonio de la Cueva, notificándole

haber sido declarado libre por sus propios émulos, saliendo

su honor con la aprobación que siempre tuvo y no teniendo que

restituir a la hacienda un maravedí. El juez dió sentencia en

su favor en todas las demandas.

Después de sucesos poco importantes, ocupó el gobierno (septiembre de

1624)[577], D. Francisco de Céspedes, natural de Sevilla. En su tiempo

se realizaron grandes y necesarias fortificaciones en el puerto de

la ciudad de Buenos Aires. Luego (12 febrero 1625) recibió Céspedes

carta del Adelantado del Río de la Plata, gobernador de la provincia

de Tucumán, ofreciéndose y poniéndose gustoso a sus órdenes[578];

también tuvo aviso de que una escuadra holandesa, compuesta de 40

velas, se hallaba sobre Pernambuco, aviso que también se comunicó al

virrey de Chile a fin de que estuviesen preparados a la defensa[579].

No fueron cordiales las relaciones entre el gobernador Céspedes y la

Audiencia de la ciudad de la Plata, dándose el caso de que D. Diego

Martínez de Prado, juez comisario de dicha Audiencia, se presentó en

Buenos Aires, disponiendo que el gobernador saliese de la ciudad hasta

averiguar si eran verdaderas o falsas las denuncias[580]. Céspedes,

durante su ausencia, nombró como su teniente y justicia mayor a Pedro

Gutiérrez, diciendo entonces el citado señor juez, que si Céspedes

no podía usar de los oficios de gobernador y capitán general, menos

podría nombrar teniente[581]. El cabildo tampoco se puso al lado

de Céspedes. La Audiencia de la ciudad de la Plata nombró a Diego

Martínez de Prado «para conoser de los essesos y delitos que se an

cometido contra la Real hacienda por el Sr. D. Francisco de Céspedes,

gobernador, y sus ijos y contra otras personas de esta ciudad...»[582].

Es de advertir que ya (13 enero 1628) Martínez de Prado había dado

orden de poner en prisión a Céspedes[583], y pocos días después, en el

cabildo de 21 de febrero del citado año se leyó una carta de Hernán

Arias de Saavedra, anunciando que la Real Audiencia le había nombrado

para continuar las comisiones de que estaba encargado Martínez de

Prado[584]. Inmediatamente publicó Arias de Saavedra que fuese repuesto

en su cargo Francisco de Céspedes, siendo de creer que en la visita

de aquél a Buenos Aires nada encontró censurable en la conducta del

gobernador. Así debió ser, por cuanto en el cabildo del 24 de octubre

de 1629, el procurador general de la ciudad, D. Diego Ruiz de Ocaña,

hizo notar que Céspedes consiguió pacificar las provincias del Uruguay

y demás convecinas, como también los despoblados que hay hasta Córdova,

Tucumán y Santa Fe. Del mismo modo «en las cosas tocantes al servicio

de S. M. y buen cobro de su hacienda Real he procedido con el celo,

cuidado y diligencia de fiel y legal ministro», señalándose por las

acertadas disposiciones que dió «para la defensa de la tierra y ofensa

del enemigo.» Por todo ello se acordó pedir al Rey la continuación

de Céspedes en su importante cargo[585]. Sin embargo, las opiniones

acerca de la conducta del mencionado gobernador no estaban conformes,

pues, desde Buenos Aires (8 octubre 1630), escribieron al Rey una

carta los Padres Fray Francisco Barreto, Fray Luis de Herrera, Fray

Gabriel Arias y Fray Tomás de Solorines--carta ratificada por Gabriel

de Peralta, gobernador, provisor y vicario general del obispado del Río

de la Plata--en la cual afirmaban que perseguía al obispo, prelado,

religiosos y seglares que le decían verdades y volvían por el aumento

de la Real hacienda, que tenía destruída dicha Real hacienda, que

tanto él como sus dos hijos se habían hecho ricos y poderosos, y que

puso preso y quiso quitar la vida al capitán Juan de Vergara, regidor

perpetuo[586].

[577] Fué nombrado en Madrid el 16 de abril de 1623.

[578] _Actas_, etc., tomo VI, págs. 159 y 160.

[579] _Cabildo del 8 de octubre de 1627_, tomo VI, págs.

335-337.

[580] _Cabildo del 15 de enero de 1628_, tomo VI, págs. 351 y

siguientes.

[581] Ibidem, págs. 361 y 362.

[582] Ibidem, pág. 392.

[583] Ibidem, pág. 401.

[584] Ibidem, pág. 426.

[585] _Actas_, etc., tomo VII, págs. 88-91.

[586] Conviene recordar que en el Cabildo celebrado en Buenos

Aires el 5 de octubre de 1630 se presentó por Juan Gutiérrez

de Humanes una proposición contra Juan de Vergara, proposición

que apoyaron D. Francisco de Céspedes, D. Enrique Enríquez, D.

Diego Ruiz de Ocaña, Juan Barragán y otros[546a].

[546a] _Revista general del Archivo general de Buenos

Aires_ por Trelles, págs. 196-199.

Pasado algún tiempo, queriendo dicha autoridad dar muestras de

consideración y cariño al señor obispo de Paraguay, quien por entonces

visitaba a Buenos Aires, dispuso que a su costa se hiciesen fiestas de

toros y juegos de cañas[587].

[587] _Cabildo del 27 de enero de 1631_, tomo VII, págs. 187 y

188.

El gobernador Céspedes, al tener noticia de que los holandeses,

enemigos de España, se habían apoderado de la ciudad y puerto de la

bahía en la costa del Brasil, ordenó que se fortificase la ciudad y

puerto de Buenos Aires[588]. Con razón, en carta que por entonces

escribió al Rey, le hubo de decir que no le cogerían de improviso

los 40 navíos holandeses que se disponían a subir tierra adentro por

algunos ríos[589].

[588] _Cabildo del 30 de julio de 1631_, tomo VII, págs. 215 y

siguientes.

[589] Pastells, _Hist. de la Compañía de Jesús en el

Paraguay_, etc., tomo I, págs. 439 y 440.

Fijóse Céspedes en atraerse con medios pacíficos a los uruguayos.

Estableció comercio con ellos, mandó misiones franciscanas y jesuíticas

y consiguió que los charrúas cediesen en su hostilidad a los españoles.

Más feliz fué todavía con los chanás, pues abandonaron sus guaridas

del río Negro, bajando a tierra firme, donde comenzaron la edificación

del pueblo de Santo Domingo de Soriano (1624). Del Uruguay se sacó

carbón y leña, y ganados (vacas y caballos). A la cría de ganados se

dedicaron aquellas tierras, como si no fuesen también a propósito

para la agricultura. Según Bauzá, los campos uruguayos «no merecieron

del conquistador y del vecindario de Buenos Aires otro destino que el

de ser dedicados a la cría de animales»[590]. Tuvo el sentimiento de

que bajo su gobernación, los indios del Chaco, arrostrando el poder

español, destruyeron completamente la Reducción de la Concepción del

Bermejo.

[590] Ob. cit., tomo I, p. 339.

Comenzó el gobierno de D. Pedro Esteban Dávila. Aunque fué

nombrado el 11 de octubre de 1629, tardó más de dos años en tomar

posesión[591]. Su primera idea, que fué salir al frente de algunas

fuerzas para castigar a los indios del Chaco, más imprudentes cada

día y más amenazadores, encontró oposición de parte del cabildo, el

cual hizo presente al gobernador los perjuicios que podían seguirse

«quedando esta ciudad y provincias sin cabeza ni quien gobierne las

armas...»[592]. No sólo preocuparon al gobernador las rebeliones de

los indios, sino los enemigos de España, ya apoderados de Pernambuco

en la costa de Brasil[593]. Que D. Pedro Esteban Dávila no desistió

de su viaje, era buena prueba la petición que el cabildo le hizo,

de que suspendiese la marcha a las Reducciones del Uruguay, en

razón del levantamiento de indios y de la amenaza de los holandeses

que se hallaban en las costas brasileñas[594]. Volvió el cabildo a

rogarle que no abandonase la ciudad[595]. Un año después, cuando el

gobernador estaba decidido a salir de Buenos Aires «a la pacificación y

allanamiento de los indios alçados y reedificación de la ciudad del río

Bermejo...», insistió el cabildo para que suspendiese el viaje por la

causa y razones ya dichas[596]. Marchó, sin embargo, volviendo pronto

después de castigar a los indios.

[591] _Cabildo del 26 de diciembre de 1631_, tomo VII, p. 289

y siguientes.

[592] Ibidem, p. 376 y siguientes.

[593] Ibidem, p. 381 y siguientes.

[594] _Sesión del 28 de mayo de 1635_, tomo VII, p. 469 y

siguientes.

[595] _Cabildo del 24 de julio de 1635_, tomo VII, p. 473 y

siguientes.

[596] _Cabildo del 3 de abril de 1636_, tomo VIII, p. 33 y

siguientes.

Importa recordar que en el cabildo del 29 de noviembre de 1637 se

presentó D. Mendo de la Cueva y Benavides con el nombramiento de

gobernador, capitán general y justicia mayor de las provincias del

Río de la Plata, nombramiento que tenía la fecha del 24 de diciembre

de 1636. Apenas el gobernador La Cueva había tomado posesión del

cargo, cuando ocurrió un suceso que tuvo grande resonancia en Buenos

Aires y en general en toda América. Es el caso que Fray Cristóbal de

Aresti, obispo de Buenos Aires, se atrevió, por motivos fútiles y sin

importancia, excomulgar al gobernador (24 diciembre 1637). Si poco

antes (15 abril 1636) el Rey encargó a D. Luis Jerónimo Fernández de

Cabrera, conde de Chinchón y virrey del Perú, tomase residencia a D.

Pedro Esteban Dávila, gobernador que había sido de Buenos Aires[597],

lo que preocupaba a todos era el asunto de la excomunión que en un

momento de mal humor lanzara el obispo Aresti sobre el gobernador. El

cabildo, en nombre de la ciudad, pidió al prelado que levantara la

excomunión[598], insistiendo en su petición pocos días después[599]. No

cedió el prelado, sino antes, por el contrario, se dispuso a marchar a

la ciudad de la Plata, no queriendo oir las súplicas de los individuos

del cabildo[600]. Así lo hizo. El cabildo se dirigió entonces al

provisor del obispado con el mismo ruego[601]. A tal punto llegaron las

cosas que vino a poner paz D. Juan de Palacios, visitador de la Real

Audiencia de la Plata[602].

[597] Ibidem, tomo VIII, págs. 274 y siguientes.

[598] Ibidem, tomo VIII, pág. 286.

[599] Ibidem, tomo VIII, pág. 305.

[600] Ob. cit., tomo VIII. pág. 310.

[601] Ibidem, tomo VIII, págs. 350 y siguientes.

[602] Ibidem, tomo VIII, pág. 370.

Exigía la importancia del asunto, que tanto el Rey como el virrey

escribiesen al gobernador, el primero en carta fechada en Madrid a

14 de agosto de 1634, y el segundo en carta escrita en Lima el 1.º

de septiembre de 1638. Dícese en ellas «que Su Majestad trata con Su

Santidad de que se canonice el señor rrey D. Fernando, y que ay ya

echas ynformasiones, y para conseguirle a sus espensas es menester

muchos ducados, y su patrimonio está mui gastado y assi encarga a los

cabildos seculares eclesiásticos y seglares hagan que sus súbditos

acudan con lo que más pudieren para esta santa obra»[603]. Dispúsose el

gobernador a emprender la marcha a Calchaqui para reducir a los indios

rebeldes, y como siempre, el cabildo manifestó que no convenía saliese

de la ciudad, atendiendo a que los holandeses andaban con deseos de

venir a Buenos Aires[604].

[603] Ibidem, tomo VIII, pág. 374.

[604] Ibidem, tomo VIII, pág. 421.

Reunióse el cabildo (8 noviembre 1640) para dar lectura al nombramiento

de gobernador y capitán general de las provincias del Río de la Plata,

hecho a favor de D. Francisco de Abendaño y Baldivia[605]. Juró y

tomó posesión del cargo; pero en el cabildo del 13 de diciembre del

citado año se presentó Cédula y provisión del Rey, fecha en Madrid

el 13 de enero de 1640, haciendo merced a D. Ventura de Múxica del

cargo y oficios de gobernador, capitán general y justicia mayor de

las provincias del Río de la Plata[606]. Tiene cierta curiosidad la

ordenanza por la cual se mandó a don Mendo de la Cueva se abstuviese de

hablar mal de los vecinos con pena de 1.000 pesos para la Real cámara

por mitad y gastos de las casas del cabildo[607]. A los seis meses

siguientes, habiendo fallecido don Ventura de Múxica, el presidente de

la Audiencia de las Charcas, nombró a don F. Andrés de Sandobal[608].

Al poco tiempo el marqués de Mancera, virrey del Perú, hizo el

nombramiento de nuevo gobernador y capitán general en favor de don

Jerónimo Luis de Cabrera[609]. Tratóse en el cabildo de 23 de julio de

1642, del remedio para combatir la peste de enfermedades contagiosas

que causaban tantas muertes, acordándose hacer rogativas con su

procesión nueve días seguidos[610]. Desde el año 1642 al 1645, pocos

hechos importantes se sucedieron en Buenos Aires. Digno de alabanza

fué el gobierno de Cabrera, mereciendo también iguales aplausos el

almirante don Luis de Aresti, teniente general de gobernador y justicia

mayor. Por entonces, la separación de Portugal de la Corona de España,

trajo como consecuencia alguna intranquilidad en Buenos Aires.

[605] Tomo IX, págs. 71 y 72.

[606] Tomo IX, pág. 92.

[607] _Cabildo del 21 de enero de 1641._--Tomo IX, págs.

121-126.

[608] _Cabildo del 17 de julio 1641._--Tomo IX, págs. 160 y

161.

[609] _Cabildo del 29 de octubre de 1641._--Tomo IX, págs. 183

y siguientes.

[610] Pág. 290.

Refieren los escritores coetáneos que Don Jacinto de Laris (1646-1652),

visitó las Reducciones que los jesuítas habían fundado al Sur del

Panamá y se acarreó muchos adversarios, porque intentó privar a los

eclesiásticos del derecho de adquirir bienes raíces.

Añaden también que don Pedro Ruiz de Baigorri (1653-1660), tuvo que

permitir el comercio con los holandeses, pues no podía recibir apoyo

de España, que a la sazón estaba en guerra con la Gran Bretaña. Acerca

de otro orden de cosas consta que Buenos Aires, a mediados del siglo

XVII, tenía unas 400 casas y se hallaba defendida por un fortín con 150

soldados y 10 cañones de hierro.

De Don Alonso Mercado y Villacorta (1660-1663), sólo refieren las

crónicas que hizo trasladar la ciudad de Santa Fe al sitio en que la

fundó Garay.

Más importancia tiene don José Martínez Salazar. Bajo su gobierno se

estableció la Audiencia en Buenos Aires, hizo un censo de la población,

fundó la Reducción de los Quilmes, reforzó las milicias coloniales con

indios de las misiones y defendió a Santa Fe de los indios del Chaco.

Como en tiempo de don José Garro (1678-1682), los portugueses, sin

derecho alguno, fundasen la Colonia del Sacramento frente a Buenos

Aires, mandó el gobernador contra ellos al Maestre de Campo don Antonio

Vera Mújica, con 260 españoles y 3.000 indios procedentes de las

Reducciones administradas por los jesuítas. La colonia fué tomada por

asalto; pero al hacerse la paz entre las dos naciones, se devolvió a

Portugal.

Si de D. José Herrera y Sotomayor, sucesor de Garro, poco dicen las

crónicas, de D. Manuel del Prado y Maldonado, que comenzó su gobierno

en 1700, se refiere que fortificó la ciudad temiendo el ataque de una

armada dinamarquesa que recorría aquellos mares.

Ilustró su nombre D. Alonso Juan de Valdés Inclán, sitiando y

apoderándose de la Colonia del Sacramento, con un ejército de indios

guaraníes, devolviéndose también a Portugal después de la paz de

Utrech (1713.)

El verdadero fundador de la nación uruguaya fué D. Bruno Mauricio

de Zabala, gobernador del Río de la Plata, quien destruyó los

establecimientos fundados en la banda oriental por el corsario Moreau

y arrojó a los portugueses que se habían fortificado en la península

de Montevideo[611]. Zabala levantó un fuerte en la citada península

y dejó una guarnición. Felipe V, por cédula dada el 16 de Abril de

1725, decretó la colonización del Uruguay, y el año siguiente, a 20

de enero, comenzó la edificación de _Montevideo_. «Sin que su talla

sea gigantesca, es D. Bruno Mauricio de Zabala de estatura elevada,

cuerpo bien proporcionado, arrogante sin presunción y con una

presencia magestuosa de príncipe. Sólo sí que le falta la mitad del

brazo derecho, que perdiera en una de las muchas batallas en que se

ha encontrado en Europa luchando contra los enemigos de su patria o

de su Rey. Tal falta, sin embargo, no ocasiona deformidad en él, sino

que más pronto y más fácilmente predispone a su favor, desde que es

un testimonio auténtico de su valor. Y por no andar manco suple dicho

defecto con otro medio brazo y mano de plata, que por lo regular lleva

en cabestrillo»[612]. Dicen las crónicas que el primer habitante de

Montevideo se llamó Jorge Brogués, que tenía allí una casa pequeña

desde el año 1724, viniendo después familias de Canarias, de Buenos

Aires y de otras partes. Promovido Zabala a la presidencia de Chile,

tuvo, antes de ponerse en marcha para su nuevo destino, que sofocar

una insurrección en el Paraguay. Después se embarcó para Buenos Aires

(enero de 1736), y llegó cerca de Santa Fe, donde una enfermedad le

condujo al sepulcro. Se sabe que fué enterrado a orillas del río

Paraná, aunque se desconoce el lugar cierto. Falleció el 31 de enero

de 1736, a los cincuenta y tres años de edad. «Fué el teniente general

D. Bruno Mauricio de Zabala, fundador de Montevideo, pacificador del

Paraguay, defensor de los territorios del Plata contra la agresión

portuguesa, protector de los indígenas en cuanto a usar con ellos más

del comedimiento que del rigor; prudente, justo y esforzado. Su sola

personalidad conducida al escenario histórico basta para lavar muchas

manchas de la dominación española»[613].

[611] Zabala vino a gobernar Buenos Aires (1717-1734) cuando

ya se había distinguido en las campañas de Flandes.

[612] Carta del Padre Cayetano Cattaneo fechada en Buenos

Aires en 1.º de mayo de 1720.

[613] Francisco Bauzá, _Historia de la dominación española en

el Uruguay_, tomo II, pág. 27.

Vino a sucederle D. Miguel de Salcedo, mediano general y político.

Aflojáronse en seguida todos los resortes de la administración. No

reinaba la paz ni en el interior ni en el exterior. Los indígenas por

un lado y los brasileños por otro tenían en continuo aprieto a la

colonia. Montevideo tuvo que luchar con los minuanes, los cuales, si

vencedores en un principio, se sometieron por último. Montevideo, y

en general todo el Uruguay, se veían continuamente molestados por los

brasileños, dueños de la colonia del Sacramento. Para acabar de una

vez con semejante estado de cosas, las Cortes de Madrid y de Lisboa

celebraron un tratado (13 enero 1750), en virtud del cual Portugal

cedería a los españoles la colonia del Sacramento en cambio de siete

Reducciones fundadas por los jesuítas en el alto Uruguay y de otras

ventajas. Conviene advertir que separado Portugal de España, aquella

nación se echó en brazos de Inglaterra. Esta última nación convenció

a Portugal de que el cambio era conveniente para evitar cuestiones y

disturbios, cuando en realidad era porque así podían ellos extender más

fácilmente su comercio por aquellas regiones. Fernando VI consultó el

asunto con el gobernador de Montevideo, quien informó a gusto del rey

de Portugal y de su hermana la reina de España, según las instrucciones

mandadas al efecto por el ministro Carvajal; pero el gobernador

de Buenos Aires hizo ver que la permuta propuesta era sumamente

perjudicial al decoro y a los intereses de España. Conformes con el

gobernador de Buenos Aires, los jesuítas del Paraguay representaron al

rey de España la inconveniencia de semejante trueque y cuya exposición

entregó a Fernando VI el procurador general de la Compañía en Madrid.

Surgieron luego no pocas dificultades. Cuando los comisionados se

reunieron en el Brasil para hacer la demarcación de las posesiones

que iban a cambiarse, los habitantes de las siete colonias españolas

(los _guaraníes_) se negaron a estar bajo el dominio portugués y se

reunieron en número de 15.000 en la colonia central de San Nicolás,

obligando a los comisionados a retirarse. Creemos inexactas las

siguientes palabras de D. Blas Garay: «Los jesuítas vieron en peligro

sus intereses con este pacto, que desmembraba el territorio en que se

habían formado un reino casi totalmente independiente, y excitaron a

los guaraníes a resistirlo con las armas en la mano»[614]. Es cierto

que no pocos partidarios de los jesuítas lamentaron la debilidad de sus

compañeros, porque no se opusieron enérgicamente a los planes de las

Cortes de España y Portugal. Sea de ello lo que quiera, concluyóse el

tratado, si bien se suspendió al poco tiempo, a causa de la protesta

formal y solemne del rey Carlos de Nápoles. Sucedió entonces que el

marqués de la Ensenada, a cuyas espaldas se había hecho la permuta,

acudió reservadamente a Carlos de Nápoles, presunto heredero de la

corona de Castilla, dándole noticia de todo. En seguida el monarca

napolitano dirigió a su hermano Fernando protesta formal y solemne

contra el referido convenio, quedando en suspenso, no sin gran

contrariedad del Rey, de la reina D.ª Bárbara[615], de los consejeros

y del embajador de Inglaterra. Créese con fundamento que la enemiga de

Fernando VI a Ensenada tuvo su origen en el hecho citado.

[614] _Compendio de la Historia del Paraguay_, pág. 140.

[615] Ya sabemos que era hija de Juan V de Portugal. También

se dijo por entonces que el P. Rábago, confesor de Fernando

VI, había dirigido diferentes cartas a los jesuítas del

Paraguay animándoles a la resistencia.

A Salcedo sucedió Ortíz de Rosas y últimamente D. José Andonaegui. Bajo

el gobierno de Andonaegui el P. Quiroga exploró la costa patagónica y

los PP. Cardiel y Falkner fundaron la Reducción del Pilar en la falda

de la sierra del Vulcán. El marqués de la Ensenada--en oficio dado en

Aranjuez el 8 de mayo de 1747--decía a Andonaegui: «En la expedición

de los patagones se promete S. M. un feliz progreso, por cuanto el

catholico zelo de los PP. Jesuítas, nada omitirá de cuanto considere

a propósito para conseguirlo; y aprobando S. M. que V. S. les haya

auxiliado y protegido, manda que V. S. lo continúe en la forma que le

está prevenido, y por todos los demás medios que fuesen convenientes a

conseguir los frutos de tan santo intento»[616].

[616] Véase Quesada, _La Patagonia_ etc., pág. 573.

De las Reducciones de los jesuítas daremos noticia en los capítulos

siguientes y especialmente en el XXXIII. Aquí sólo diremos que

los primeros jesuítas llegaron a Salta el 1586 y establecieron su

principal Colegio en Córdoba, de donde salían misioneros para todo

el territorio argentino. Los Padres Montoya y Cataldino marcharon al

Paraguay, estableciéndose en la Asunción el 1610, y a los siete años de

tentativas poco felices, fundaron sus primeras Reducciones.

Comenzó D. Pedro Ceballos señalando los límites de Buenos Aires con

el Brasil. Roto el tratado de 1750 y habiéndose dado principio a las

hostilidades con Portugal, el gobernador se apoderó de la Colonia del

Sacramento, obligando al jefe de ella a rendirla con cerca de 2.500

soldados que la guarnecían y 118 cañones (29 octubre 1762). Acordóse la

devolución en el tratado de París de 1763.

A causa de la importancia que habían adquirido las provincias del

Río de la Plata, se pensó en la creación del virreinato de Buenos

Aires. Ya, con fecha de 8 de octubre de 1773, pidió el Rey que se le

informase sobre la utilidad de crear el virreinato del Río de la Plata

y la Audiencia que debía complementarlo. El virrey del Perú (22 enero

1775) y el gobernador de Buenos Aires (26 julio 1776) dieron informes

favorables. Cuando se trataban tales asuntos, rompieron los portugueses

las hostilidades, decidiéndose entonces a aprestar fuerte expedición

militar. En su virtud, con fecha 27 de julio de 1776 fué dirigido

un oficio a D. Pedro Ceballos, en el que se le decía: «que por el

Ministerio de la Guerra se le comunicaba que el Rey había confiado a

su celo y experiencia el mando de esta expedición militar, para hacer

la guerra a los portugueses y hostilizarlos en el Río de la Plata.»

Añadía, también, «que S. M. le condecoraba además para esta empresa

con el superior mando del Río de la Plata y de todos los territorios

que comprende la Audiencia de Charcas y además los de las ciudades de

Mendoza y San Juan del Pico, de la jurisdicción de Chile, concediéndole

el carácter de virrey, gobernador, capitán general y superior

presidente de la Real Audiencia, con todas las facultades y funciones

que a este empleo corresponden, con 15.000 pesos de ayuda de costas

por una vez y el sueldo de 40.000 pesos anuales desde el día en que se

hiciese a la vela de Cádiz hasta su regreso»[617]. Se le reservaba,

concluída la expedición, el cargo de gobernador de Madrid que a la

sazón tenía.

[617] Vicente G. Quesada, _La Patagonia y las tierras

australes del continente americano_, capitulo IV.--Bauzá, ob.

cit., tom. II, pág. 232.

Carlos III, por Real Cédula del 8 de agosto de 1776, creó el virreinato

de Buenos Aires con dicha provincia, y además con las del Paraguay y

Tucumán, la presidencia de Charcas, el territorio de Cuyo y la costa

patagónica. El 13 de noviembre de 1776 zarpó de Cádiz la poderosa

escuadra, compuesta de 6 navíos, 9 fragatas, 2 bombardas, 2 paquebotes,

1 bergantín y 96 barcos mercantes, y mandada por el general marqués

de Casa Tilly. Esta escuadra conducía a Ceballos y a su ejército, el

cual se componía de 4 brigadas de infantería: la primera, a las órdenes

del brigadier marqués de Casa Cagigal; la segunda, a las del brigadier

D. Juan Manuel de Cagigal; la tercera, a las del brigadier D. Domingo

de Salazar, y la cuarta a las del coronel D. Guillermo Waughán. Entre

los comandantes de batallón de la primera brigada estaba D. Antonio

Olaguer Feliú, futuro gobernador de Montevideo. Todavía el 7 de febrero

de 1777 se hallaba la expedición por la isla de Ascensión o Trinidad,

teniendo la fortuna de encontrar tres barcos portugueses de comercio,

a los cuales apresó, y por ellos supo la situación y las intenciones

de la escuadra enemiga. Inmediatamente Ceballos dió sus órdenes, y

el 18 de febrero encontró la escuadra portuguesa, que se componía de

4 navíos de línea, 4 fragatas regulares y 3 navíos mercantes; pero,

aunque lo intentó Casa Tilly, no pudo darle alcance. Fondeó Ceballos el

día 20 a la vista de la ensenada de Santa Catalina. El 22 se procedió

al desembarque, que se verificó sin hostilidad, acampando el 23 en la

playa de San Francisco de Paula; el 24 se trasladó al campo de Casas

Viejas, cerca del castillo de Punta Grosa. Abandonado el castillo por

el gobernador, cundió la desmoralización y Ceballos se apoderó el 25

de Santa Catalina, dejando como gobernador de la plaza al brigadier

Waughán. Ceballos desembarcó el 20 de abril en Montevideo y comenzó

a tomar providencias para apoderarse de la plaza Colonia. Desde

Montevideo, en una lancha del comercio, fué conducido hasta la misma

Colonia, desembarcando en un sitio denominado _El Molino_. Durante esta

guerra de 1777, respondiendo a una necesidad estratégica, se fundó

la villa del _Rosario_, conocida también con la denominación de la

_Colla_. Ceballos se preparó a caer sobre Colonia, defendida por D.

Francisco José de Rocha, que mandaba 1.000 soldados de infantería y

200 artilleros. Rocha pidió capitulación el 1.º de junio, rindiéndose

la plaza el día 3 y siendo ocupada por los españoles el 4. Ceballos

hizo su entrada triunfal el 5, asistiendo a un _Te Deum_. Se apoderó

de cañones y de muchos pertrechos de guerra. Inmediatamente dispuso

la demolición de la muralla y baluartes, y después de los edificios

públicos y de las mejores casas de la población, ordenando en seguida

que la abandonasen los habitantes en breve plazo. «Así se destruyó

en pocos días--exclama Bauzá--la obra que la paciencia, laboriosidad

y celo guerrero de los portugueses había construído en noventa años

de afanes, dotando al Uruguay de una de las poblaciones más hermosas

y ricas de la jurisdicción platense»[618]. Desde Colonia se dirigió,

por la vía de Montevideo, a Maldonado, recibiendo allí el correo de

España, con el nombramiento de capitán general, y con la noticia de

que las Cortes de Madrid y Lisboa habían firmado la paz por el tratado

de San Ildefonso (1.º octubre 1777), tan perjudicial a España. Nuestra

diplomacia, torpe en esta ocasión, cedía a Portugal las provincias

de Santa Catalina y Río Grande, considerándose como un gran triunfo

haber podido conseguir que Portugal cediera a España las islas de

Annobón y Fernando Poo. Terminada la guerra, importa decir que se

fundaron _Guadalupe_, _Pando_ y _Santa Lucía_, ensanchándose de un

modo notable Montevideo. Una modesta capilla de paja, hecha por

Santos, vecino de esta última ciudad (1755), dió origen a la población

de Guadalupe; una explotación de corambre, establecida por Pando,

vecino de Buenos Aires, dió nombre a un arroyo, en cuyos alrededores

se levantó la ciudad de su nombre; una antigua ranchería, albergue

después de familias que se disponían a pasar a Patagonia (1781) originó

la población de Santa Lucía, también llamada de San Juan Bautista.

Montevideo tuvo la fortuna de tener a D. Francisco Antonio Maciel, el

_padre de los pobres_, que a su iniciativa se debieron los socorros

que prodigaron las cofradías de San José y Caridad a los náufragos y

desvalidos, y a él también se debió la fundación del hospital. Fué de

lamentar la ligereza o imprudencia del gobernador Pino en el siguiente

hecho. Según ley y costumbre, el 1.º de enero de 1782 se eligió el

personal que debía componer el cabildo, resultando nombrados con los

principales cargos don Juan Antonio de Haedo y D. Domingo Bauzá. Por

motivos harto pueriles se rompieron las amistosas relaciones entre

las autoridades populares y el gobernador. Como a la sazón se hallase

de paso en Montevideo D. Juan José de Vertiz, nombrado recientemente

virrey, resolvió el asunto mandando que compareciesen los alcaldes a

su presencia. Después de groseros insultos, Vertiz les desterró, a

Haedo a la isla de Gorriti en Maldonado y a Bauzá a la isla de Ratas

en el puerto de Montevideo. En queja acudió, en nombre de Haedo y

en el suyo, D. Domingo Bauzá, acordando el Consejo de Indias que

ambos alcaldes fuesen reintegrados en sus honores e imponiendo una

multa al gobernador. Apartando la vista de hechos tan pequeños e

insignificantes, importa registrar las Fundaciones de San José y de las

Minas, la primera en 1782 y la segunda en 1784, conocida a la sazón

con el nombre de _Lavalleja_, y pobladas principalmente con familias

asturianas y gallegas.

[618] Ob. cit., tomo II, págs. 242 y 243.

En negocios de política internacional, Carlos III reconoció la

independencia de los Estados Unidos de América y firmó la paz con

Inglaterra (3 septiembre 1783) y por ella se le devolvía Menorca,

dándole posesión plena de las provincias de la Florida. Demarcóse

nuevamente la frontera con el Brasil, cuya operación tuvo comienzo el

24 de febrero de 1784.

Procede también advertir que el Rey había creado en el virreinato dos

autoridades superiores: una el virrey en lo gubernativo, político y

militar; y otra, el intendente general de ejército y Real Hacienda.

«He resuelto con muy fundados informes y maduro examen--decía el

Monarca--establecer en el nuevo virreinato de Buenos Aires y distrito

que le está asignado, intendentes de ejército y provincia para que,

dotados de autoridad y sueldos competentes, gobiernen aquellos pueblos

y habitantes en paz y justicia...» «A fin de que mi real voluntad

tenga su pronto y debido efecto, mando se divida por ahora en ocho

intendencias el distrito de aquel virreinato, y que en lo sucesivo se

entienda por una sola provincia el territorio o demarcación de cada

intendencia con el nombre de la ciudad o villa que hubiese de ser su

capital...» Las citadas ordenanzas, firmadas por el Rey en San Lorenzo

a 28 de enero de 1782, están refrendadas por don José de Gálvez[619].

Realizáronse otras reformas acerca del servicio de correos, de la

industria de salazones, etc.

[619] Quesada, _La Patagonia y las Tierras australes del

continente americano_, págs. 349 y 350.

Sucedió a Ceballos Don Juan José Vertiz (1778-1784), el cual creó un

hospital de mendigos, una casa de corrección para mujeres, casa de

expósitos y un tribunal del protomedicato. Estableció el alumbrado

público y ordenó un censo de la población, por el cual Buenos Aires

tenía 24.754 habitantes. Construyó en diferentes localidades fortines

para contener a los indios de las Pampas y mandó hacer exploraciones

en el Chaco, en Patagonia y en río Negro hasta los Andes. En el año

1779, hizo conducir a las poblaciones de San Julián (Patagonia)

22 personas, 100 arados, algunos víveres, maderas, etc.[620]. Por

último, ayudó al virrey del Perú en la guerra civil promovida por un

sucesor de Tupac-Amaru. Fatigado con quince años de gobierno don Juan

José Vertiz, hubo de solicitar su relevo, que le fué concedido en

términos laudatorios[621]. Vertiz era natural de México y a su origen

americano--según Vrien--«se debe sin duda el progreso que imprimió su

gobierno a estas regiones»[622].

[620] Ob. cit., págs. 589 y 590.

[621] Había sido gobernador y capitán general de Buenos Aires,

como se dijo más arriba.

[622] _Geografía Argentina_, pág. 23.

D. Nicolás del Campo, marqués de Loreto (1784-1792), fué hombre íntegro

y severo. Serios disgustos ocasionados por cosas insignificantes tuvo

con el obispo Azamor, y mayores fueron los que le proporcionó la

quiebra del administrador de la Aduana de Buenos Aires, pues en ella

estaban complicados otros altos funcionarios. Durante este virreinato,

fray Antonio Lapa hizo dos viajes en los años 1776 y 1781 al Chaco,

acerca de los cuales escribió unos _Diarios_ que se publicaron--en el

año 1902--en la _Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos_, de Madrid.

Después de tomar posesión del virreinato, se dirigió el 19 de marzo de

1784 a D. José de Gálvez, dándole cuenta de la tranquilidad que había

en la villa de Oruro luego que fueron presos D. Juan de Dios Rodríguez,

D. Jacinto Rodríguez de Herrera, D. Clemente Menacho, D. Diego Flores,

D. Nicolás Iriarte y José Azurduy, autores de la sublevación del 1.º

de febrero de 1781, habiendo fallecido D. Manuel Herrera y D. José

Portilla[623].

[623] _Archivo de Indias._--Estado.--Charcas.--Legajo 2

(29).--Véase también legajo 2 (2) y legajo 2 (21).

Sucedió al marqués de Loreto en el cargo de virrey D. Nicolás de

Arredondo (1792-1795). Hizo introducir muchos esclavos negros.

Establecióse en el año 1794, por solicitud del cabildo, en Buenos Aires

el Tribunal del Consulado, cuyo primer secretario fué Manuel Belgrano,

tan célebre después en la guerra de la Independencia.

En el corto gobierno de D. Pedro Melo de Portugal (1795-1796) se armó

una flotilla de cañoneros en Montevideo para rechazar los ataques de

los súbditos de la Gran Bretaña, cuya nación se hallaba entonces en

guerra con nuestra nación.

Ocupó interinamente el virreinato el gobernador de la plaza de

Montevideo D. Antonio Olaguer Felíu (1797-1799), quien nada hizo digno

de mención. Por el contrario, D. Gabriel Avilés y del Fierro, marqués

de Avilés (1799-1801) en el año y medio que estuvo al frente del

virreinato hubo de realizar, con aplausos generales, algunas mejoras de

policía municipal, y encomendó a D. Félix de Azara la fundación de los

pueblos de _San Gabriel_ y _San Félix_, nombres que recordaban los del

virrey y fundador.

Bajo el gobierno del virrey D. Joaquín del Pino y Rozas (1801-1804) los

portugueses invadieron los pueblos de misiones al Oriente del Uruguay,

quedando desde entonces en poder de aquéllos. Al mismo tiempo se

hicieron los primeros ensayos periodísticos (_El telégrafo mercantil_,

etc., y el _Semanario de Agricultura, Industria y Comercio_). El

médico catalán D. Antonio Fabre abrió una cátedra de Anatomía, que fué

muy frecuentada por los jóvenes, y D. Cosme Argerich, médico catalán

también, creó una escuela en la que se formaron jóvenes de mucha

aplicación y talento.

Ocupó el virreinato D. Rafael de Sobremonte. Habremos de registrar un

suceso triste. Bustamante, gobernador que había sido de Montevideo, se

dió a la vela para España al frente de las fragatas _Medea_, _Fama_,

_Mercedes_ y _Clara_[624], conduciendo las dos primeras caudales de

aquella ciudad por valor de 1.564.542 pesos, y las otras dinero y

efectos de Lima.

[624] _Flora_, según otros.

A la sazón, Francisco Miranda, natural de Caracas, procuraba atraerse

a varios políticos ingleses para que le ayudasen en sus planes

revolucionarios contra España. Llegó, en efecto, a adquirir en

Londres alguna influencia, y el mismo gobierno inglés daba oídos a

sus proyectos, los cuales se referían a una expedición contra los

establecimientos españoles de la América del Sur. Coincidía este

proyecto con otro que tenía el Gabinete de Londres, y era dar un golpe

de mano, sin previa declaración de guerra, a las flotas españolas que

venían de América. Cuando navegaba el comodoro Moore por las alturas

del Cabo de Santa María con cuatro fragatas, Bustamante se presentó con

sus barcos. Era el 5 de octubre de 1804. Rompióse el fuego por ambas

partes; pero, después de corto combate, voló la fragata _Mercedes_,

salvándose 46 hombres de los 280 que tenía a su bordo. Rindiéronse en

seguida los tres barcos, no sin perder cien individuos entre muertos

y heridos. Los ingleses se hicieron dueños de la escuadra española y

de sus caudales. Ocurrió desgracia tan grande a 25 leguas de Cádiz.

Los barcos fueron conducidos a Plymouth. Tiempo adelante se consumó

la completa destrucción de nuestra marina en aguas de Trafalgar (21

octubre 1805).

Desde entonces el gobierno de Madrid, abandonando toda vacilación, se

alió con Napoleón Bonaparte. Aprovechándose Miranda del rompimiento

de relaciones entre España e Inglaterra, se dirigió al ministro Pitt

para interesarle en sus planes. No habiendo sido atendido, Miranda

intentó ganarse a los Estados Unidos, donde adquirió algunos recursos.

Pudo al fin hacer rumbo a las costas de Ocumare, y desbaratado,

se vió en peligro de caer prisionero de los españoles. Por lo que

respecta a Sir Home Popham, comodoro, diputado y confidente del jefe

del Gabinete, se encargó del mando de una escuadra que debía conducir

5.000 hombres a las órdenes de Sir David Baird, con el objeto de

emprender la conquista de la colonia del Cabo de Buena Esperanza

(Africa del Sur), perteneciente a los holandeses. Popham y Baird

partieron en el otoño de 1805, llegaron al Cabo en los comienzos de

1806 y se apoderaron fácilmente de la colonia. Después Popham, espíritu

emprendedor y aventurero, comenzó a recordar los ofrecimientos de

Miranda, decidiéndose a marchar a América y emprender la conquista de

todo el Río de la Plata. Intentó--como era natural--atraerse a Baird;

pero cedió al fin el jefe superior del Cabo, no sin manifestar que

la colonia quedaría desamparada llevándose el comodoro las fuerzas

que pretendía sacar y que necesitaba para sus empeños. En cambio, el

brigadier Beresford, segundo jefe de la colonia, se prestó gustoso

a seguir a Popham, pensando que la Gran Bretaña ganaría en aquella

empresa lucro y gloria. Popham pudo conseguir que Baird pusiera

a disposición de Beresford el regimiento 71 de _higlanders_, un

destacamento de artilleros y algunos dragones desmontados, y él,

con las fragatas _Diadema_, _Raisonable_ y _Diomedes_, las corbetas

_Leda_, _Narcisus_ y _Encounter_ y cinco transportes, se dió a la vela

para Santa Elena a últimos de abril de 1806, en cuya isla recibió el

socorro de 150 infantes y 100 artilleros con dos obuses. Las fuerzas

de Beresford, unidas a las de Santa Elena, hacían 1.600 hombres de

desembarco, a los cuales podían unirse, en caso de peligro, 800 de la

escuadra. En los primeros días de mayo salió Popham de Santa Elena y se

dirigió al Plata.

El virrey, marqués de Sobremonte, que estaba muy confiado en que las

posesiones del Río de la Plata nada tenían que temer de los ingleses,

cuando menos lo esperaba, se presentó Popham delante de Buenos Aires

(25 junio 1806). Después de débil resistencia, el 27 entró el enemigo

en Buenos Aires y tomó posesión de la fortaleza. Huyó cobardemente el

virrey, teniendo la Audiencia y el cabildo que capitular. Buenos Aires

prestó juramento de obediencia al rey de Inglaterra, y el cabildo quedó

encargado del gobierno civil. Los planes de Miranda se habían cumplido.

No gozaban los ingleses de simpatía en Buenos Aires. Mirábanse con

desconfianza conquistadores y conquistados. Entre los últimos se tramó

vasta conjuración dirigida por D. Martín de Alzaga, rico español,

D. Felipe Sentenach, ingeniero, y otros. Reuniéronse los conjurados

en Perdriel, y allí fué a atacarles (1.º de agosto) Beresford, al

frente de una columna de 450 hombres y seis piezas de artillería. Los

conjurados sufrieron una derrota, sin embargo de que la caballería

estaba mandada por el valeroso jefe Juan Martín de Puigrredón. Murieron

tres soldados y cuatro heridos del ejército de Beresford. Cayeron

en poder de los enemigos cinco prisioneros, la artillería y papeles

importantes.

Montevideo se preparó a luchar con los ingleses. El gobernador Ruiz

Huidobro, que era hombre de más valor que el marqués de Sobremonte, no

sólo estaba dispuesto a defender a Montevideo, sino creíase con fuerzas

para intentar la ofensiva. El pueblo le animaba para que emprendiese

la reconquista. Empujado por la opinión reunió el cabildo el 5 de

julio, y pocos días después una junta de guerra; ambas corporaciones

se manifestaron decididas a la reconquista. El cabildo, invistiéndose

de atribuciones que no le pertenecían, declaraba el 18 de julio lo

siguiente: «Que en virtud de haberse retirado el virrey al interior

del país, de hallarse suspenso el Tribunal de la Real Audiencia y

juramentado el cabildo de Buenos Aires, era y debía respetarse en

todas las circunstancias al gobernador D. Pascual Ruiz Huidobro como

jefe supremo del continente, pudiendo obrar y proceder con la plenitud

de esta autoridad, para salvar la ciudad amenazada y desalojar la

capital del virreinato.» El virrey, marqués de Sobremonte, que desde

Buenos Aires había tomado camino de Córdoba, apareció a la sazón con

una circular a todas las provincias, pidiéndoles contingentes para el

ejército que preparaba con destino a la reconquista de Buenos Aires

y dándoles aviso de que se hallaba al frente de 1.500 hombres de

milicias, esperando además otros 2.000. El gobernador de Montevideo

recibió el citado documento junto con un oficio del 18 de julio, en que

el virrey le ordenaba desprenderse de la tropa veterana y artillería

de campaña, remitiéndosela inmediatamente. Ruiz Huidobro, cuya

situación era sumamente delicada, contestó respecto a la circular que

«había tenido por conveniente suspender su publicación, por hallarse

autorizado por el cabildo de Montevideo para la reconquista»; y en

cuanto a la tropa pedida «no podía enviársela, pues debía marchar en

la expedición.» El virrey mostró una vez más su debilidad aprobando

la expedición, añadiendo «que si en la demora no hubiese peligro,

esperase Ruiz Huidobro los refuerzos que él debía llevarle; pero que si

temiese perder la oportunidad del ataque y se conceptuase con bastante

seguridad, procediese en consecuencia»[625]. El elemento militar y el

marino, los ciudadanos ricos y pobres, todos ayudaron al gobernador de

Montevideo en su obra patriótica. El comercio dió señaladas pruebas de

una generosidad digna de alabanza. Entre los nombres de los donantes y

prestamistas--prestamistas que dieron su dinero sin interés ni plazo

para su reembolso--se hallaban D. Francisco Antonio Maciel, _padre de

los pobres_, D. Manuel Diago, D. Faustino García y D. Miguel Antonio

Vilardebó.

[625] La Sota, _Hist. del territorio Oriental_, IV,

IX.--Bauzá, ob. cit., tomo II, pág. 399.

Por entonces llegó una carta de D. Santiago Liniers, capitán de navío

y jefe que había sido de la ensenada de Barragán, ofreciéndose a

reconquistar la capital, si le daban 500 hombres de tropas escogidas.

La Junta de guerra oyó a Liniers, quien repitió lo que antes había

dicho; pero aquélla continuó prestando todo su apoyo al gobernador de

Montevideo. Nuevamente se reunió la Junta y esta vez con asistencia

también de Liniers, tomándose el acuerdo de que éste, llevando como

segundo al capitán de fragata D. Juan Gutiérrez de la Concha, se

dirigiese a libertar a Buenos Aires, en tanto que Ruiz Huidobro

permanecería en Montevideo para defender la ciudad. El 22 de julio

de 1806 recibió Liniers la orden de marcha, y en ella se le decía

lo siguiente: «Quedo muy satisfecho que los conocimientos militares

de V. S., su celo por la religión, por el mejor servicio del Rey, y

su amor a la patria, le proporcionarán la indecible satisfacción de

libertar aquel pueblo de la opresión en que se encuentra afligido, y

volverlo a la suave dominación de nuestro amado soberano, libertando

por ese medio a todo el virreinato, expuesto a caer en igual desgracia,

si subsistiendo el enemigo en la capital, recibe refuerzos como es

de esperar.» El 23 desfilaron las tropas por el Portón de San Pedro

(hoy calle de 25 de Mayo). A los cuatro días siguientes, aprovechando

la obscuridad de la noche, salió la escuadrilla compuesta de cinco

zumacas y 17 lanchas cañoneras, fondeando en Colonia el día 28. Entre

tanto Liniers había llegado el 23 a Canalones, el 26 vadeó el Santa

Lucía, el 27 llegó a Rosario y el 28 a Colonia, encontrándose con la

flotilla que ya estaba allí. Al poco tiempo llegó a Colonia Puigrredón

manifestando que no esperasen socorro alguno de Buenos Aires, a causa

del desastre ya citado de Perdriel. Liniers respondió: «No importa;

nosotros bastamos para vencer a los ingleses,» palabras que produjeron

el mayor entusiasmo entre los circunstantes y que se repitieron después

entre los soldados. El día 3 de agosto las tropas se embarcaron en la

escuadrilla, el 4 fondeaba el convoy dentro del puerto de las Conchas,

y poco después desembarcó la tropa y la artillería. Dirigióse Liniers

al general inglés, y en el oficio se hallan las siguientes palabras:

«La justa estimación debida al valor de V. E., la generosidad de la

nación española y el horror que inspira a la humanidad la destrucción

de hombres, meros instrumentos de los que con justicia o sin ella

emprenden la guerra, me estimulan a dirigir a V. E. este oficio, para

que impuesto del peligro y sin recursos que se encuentra, me avise en

el preciso término de quince minutos, si se halla dispuesto al partido

desesperado de librar sus tropas a una total destrucción, o al de

entregarse a la discreción de un enemigo generoso.» Beresford contestó:

«que se defendería hasta el caso que lo indicase la prudencia»[626].

Comenzó Liniers el ataque ocupando la plaza del Retiro, no sin batir al

mismo Beresford, quien perdió unos 30 hombres, entre ellos al capitán

de su artillería. El día 11 Liniers, preocupado porque Popham se

hallaba allí haciendo contínuas señales a la plaza, fingió un ataque

a la escuadra enemiga. En seguida se decidió a atacar a Buenos Aires

por tierra y por mar al mismo tiempo. El día 12, después de oir la

opinión de Concha y de otros, Liniers se decidió a ordenar el avance

inmediato de todo su ejército. Por todas partes se oían las palabras

de _¡Avancen! ¡Avancen!_ y con entusiasmo loco se dirigían todos al

sitio de mayor peligro. Las seis divisiones en que dividió el ejército,

penetraron cada una de ellas por las calles de la Merced, Catedral

(hoy San Martín), Torres, Cabildo, Santo Domingo y San Francisco, las

cuales conducían a la Plaza Mayor. Llegaron a dicha plaza. Beresford,

rodeado de los suyos, bajo el arco grande de la Recoba, dirigía las

operaciones. Entonces D. Benito Chain, con las fuerzas de infantería

que mandaba, se lanzó derecho al arco grande de la Recoba, mientras se

retiraba el jefe inglés, que ya había perdido a su secretario Kennet,

al teniente Michan y cinco oficiales gravemente heridos. Beresford

entró en la fortaleza y considerándose vencido, mandó enarbolar la

bandera de parlamento. Rindióse el general inglés a discreción,

izándose en seguida la bandera de España en la fortaleza. Beresford se

presentó a Liniers, quien, en vez de tomar la espada que le ofrecía el

vencido, le abrió los brazos y le felicitó por su valerosa defensa.

Veintidós días duró aquella gloriosa campaña militar: el 23 de julio

de 1806 salieron las tropas españolas de Montevideo y el 12 de agosto

rindieron sus armas los ingleses. Inmensa fué la alegría de Buenos

Aires y muy especialmente la del cabildo. También se hallaba satisfecho

Ruiz Huidobro; y el virrey Sobremonte, desde Acevedo, felicitaba al

cabildo por la parte que la corporación popular tuvo en la reconquista.

[626] Véase Bauzá, ob. cit., tomo II, pág. 423.

Poco tiempo duró la cordialidad entre vencedores y vencidos. Liniers,

con una ligereza censurable, después de la rendición, puso su firma en

el texto inglés de una capitulación antidatada, por la cual concedía

el libre regreso a Inglaterra de Beresford y sus tropas. Arrepentido

Liniers, al suscribir la versión española del documento, puso las

palabras _en cuanto puedo_, antes de su firma. Provocó el asunto

contestaciones escritas entre Liniers y Beresford, decidiéndose al

fin que pasase el asunto al gobernador de Montevideo. Liniers, por

enfermedad cierta o fingida, dejó el mando a Gutiérrez de la Concha

el 29 de agosto. Además de la apelación indicada, llegó otra a Ruiz

Huidobro de parte de Popham, el cual se quejaba de la conducta de

Concha, pues--según el comodoro--el sucesor de Liniers, no respetando

los pactos, había intimado a los transportes ingleses fondeados en las

valizas de Buenos Aires el inmediato abandono de ellas. Ruiz Huidobro

se puso al lado de los suyos y no de la justicia.

Otro asunto vino a echar leña al fuego de las discordias. Ruiz Huidobro

y el cabildo de Montevideo, reclamaron, con fecha 22 de agosto, las

trofeos arrebatados a los ingleses en la jornada del 12; pero Liniers

y el cabildo de Buenos Aires, apoyados por la Real Audiencia y por

la opinión de varios jefes y vecinos, acordaron por toda respuesta

guardar silencio. Declaró el cabildo «que era una temeridad pretender

arrogarse la gloria de una acción que ni aun hubieran intentado los de

Montevideo, a no contar con la gente y auxilios que estaban dispuestos

en Buenos Aires.» Resolvió cuestión tan enojosa el rey de España,

expidiendo una Cédula, declarando que «atentas las circunstancias

concurrentes en el Cabildo y Ayuntamiento de la ciudad de San Felipe

y Santiago de Montevideo, y la constancia y amor acreditados al Real

servicio de la reconquista de Buenos Aires, venía en concederle

título de _Muy fiel y reconquistadora_; facultad para que usase de la

distinción de maceros; y que al escudo de sus armas pudiese añadir las

banderas inglesas, que apresó en dicha reconquista, con una corona de

olivo sobre el Cerro, atravesada con otra de las Reales armas, palma y

espada»[627].

[627] Véase Bauzá, ob. y tom. citados, pág. 443.

Vencido y prisionero el ejército de Beresford, no respetada la

capitulación, como pregonaban en todos los tonos los vencidos, era

natural que Inglaterra hiciese un esfuerzo, no sólo por su interés

comercial, sino para restablecer el crédito de sus armas.

Antes de narrar la segunda guerra del Uruguay contra los ingleses,

recordaremos que en Buenos Aires ocurrían sucesos importantes. Liniers

era proclamado por las corporaciones civiles y por el pueblo jefe del

ejército. Quiso oponerse el marqués de Sobremonte, cediendo al fin

ante la voluntad general. No solamente aprobó el nombramiento militar

de Liniers, sino delegó en la Audiencia el mando político. «De esta

manera--escribe Bauzá--la ruina del régimen colonial, cuyas bases había

socavado el cabildo de Montevideo con su declaración de 18 de julio,

quedaba consumada de propio consentimiento, en la persona del que con

razón apellidan sus compatriotas _el último de los virreyes_»[628].

[628] Ob. cit., pág. 445.

Comprendiendo el marqués de Sobremonte que nada tenía que hacer

en Buenos Aires, dispuso marchar a Montevideo, seguido de algunas

fuerzas que le eran fieles. Llegó en los primeros días de octubre,

cuando ya Ruiz Huidobro se había preparado convenientemente a la

defensa. Grande contrariedad fué la presencia del virrey en aquellos

momentos. Cuando hizo su primera salida por las calles, seguíanle

grupos gritando _¡Abajo los traidores!_, y cuando inspeccionó los

trabajos de la ciudadela, los muchachos, en tono burlesco, exclamaban:

_¡Avanza! ¡Avanza!_ Sordo a todos los clamores populares, anunció a

Ruiz Huidobro que se encargaba de la defensa de la plaza. Huidobro, el

cabildo y la población toda recibieron con gran disgusto la noticia;

pero Popham amenazaba a la ciudad y era preciso ocuparse en asunto

de transcendencia tanta. Comenzó el fuego el 28 de octubre entre los

ingleses y las baterías de la ciudad, y, después de tres horas de

combate, aquellos abandonaron el puerto y se dirigieron para Maldonado

con el grueso de sus tropas y escuadra, dejando sólo algunos barcos

que sostuvieran el bloqueo. El 29 llegó Popham a Maldonado, cuya

escasa guarnición no pudo resistir el ataque de los enemigos, teniendo

del mismo modo que capitular el día 30 la isla de Gorriti. Maldonado

fué presa del más horroroso saqueo; no se respetaron las mujeres

ni los lugares sagrados. Los archivos públicos fueron destrozados,

destinándose buena cantidad de papel para hacer cartuchos. Hasta el

hospital sufrió el saqueo. Nombrado gobernador el teniente coronel

Vassal, del regimiento 38, renació la tranquilidad, que era el nuevo

jefe hombre de tanto valor como prudencia. Conducta tan caballerosa

se atrajo las simpatías de todos, siendo de sentir que en un cartel,

pegado en los sitios públicos, afirmase que las creencias religiosas

no serían nunca motivo de disidencias entre católicos y protestantes,

puesto que en ambas religiones sólo existían diferencias de detalle.

Los curas de Maldonado y de San Carlos arrancaron por su propia mano

los carteles. El escándalo no pudo ser mayor, imponiéndose al cabo la

prudencia.

El 5 de enero de 1807, Sir Samuel Auchmuty, con sus soldados, arribó

a Maldonado, y a Popham sucedió el almirante Sterling. Los nuevos

jefes señalaron a Montevideo como punto objetivo de sus primeras

operaciones. Si el cabildo de dicha ciudad envió dos comisionados a

Buenos Aires a pedir auxilios, aquéllos nada adelantaron. El 14 de

enero de 1807 se presentó delante de Montevideo Sir Samuel Auchmuty

con 5.700 soldados veteranos, y cuya armada se componía de más de

cien velas, entre navíos, fragatas, transportes y buques menores. La

guarnición y el vecindario se dispusieron valerosamente a la lucha.

El 15 el general inglés intimó la rendición de la plaza, contestando

Sobremonte que todos los vasallos del rey de España estaban decididos

a defender a Montevideo hasta perder su último aliento. El 16 se movió

Auchmuty con rumbo al Buceo, donde se hallaba Sobremonte, quien no pudo

oponerse al desembarco. El 17 continuaron los ingleses su desembarco

y el 18 el virrey ordenó que sus avanzadas rompieran ligero fuego.

El 19 Auchmuty, marchando en columnas paralelas, avanzaba con todas

sus fuerzas, retirándose Sobremonte, quien hubo de mandar aviso a

Ruiz Huidobro de que su ejército se había desbandado a los primeros

tiros. El ejército, el cabildo y el pueblo todo clamaban para que Ruiz

Huidobro se pusiese al frente de la guarnición. En efecto, el día 20

rompía su marcha contra los ingleses una división de 2.362 hombres,

a las órdenes del brigadier D. Bernardo Lecocq, y como segundo jefe

iba el teniente coronel D. Francisco Javier de Viana, demostrando el

aspecto de las tropas, según Ruiz Huidobro «un denuedo, una confianza,

un valor, capaz de causar envidia y lisonjear el mejor éxito de la

empresa.» Los ingleses lucharon con acierto y bravura, hallándose

admirablemente dirigidos por Auchmuty. Ruiz Huidobro, que desempeñó su

papel y nada más, insistió en pedir tropas y toda clase de auxilios al

cabildo y a la Audiencia de Buenos Aires, consiguiendo que esta vez

oyese el cabildo la voz de la razón, acordando aprestar un contingente

de 2.000 hombres, que al mando de Liniers pasaran a Montevideo. La

vanguardia de Liniers zarpó el 24 de Buenos Aires y estaba mandada por

el brigadier Arce. En tanto que Arce penetraba en Montevideo, Liniers,

a la cabeza de 3.000 hombres, había fondeado el 30 de enero en la

playa de San Francisco, al Norte de Colonia, anunciando desde allí al

cabildo que en el término de cuatro días se hallaría en Montevideo. El

1.º de febrero rompió la marcha Liniers; pero el 3 dieron el asalto

los ingleses por el costado del portón de San Juan. Aunque resistieron

valerosamente los españoles, Ruiz Huidobro tuvo que pedir parlamento,

y a las ocho de la mañana se izó la bandera inglesa en el baluarte

principal de la ciudad. Cuando estas noticias llegaron a oidos de

Liniers, se retiró con sus tropas a Buenos Aires. Vencedores y vencidos

tuvieron pérdidas sensibles. Durante tres días, los ingleses hacían

prisioneros a todos los individuos que encontraban por las calles,

fuese hombre o niño, conduciéndolos a bordo de sus barcos para después

trasladarlos a Inglaterra. Si Liniers faltó a la capitulación que hizo

con Beresford, justo era--cumpliéndose así la pena del Talión--que

Auchmuty hiciera lo mismo con Ruiz Huidobro. Entre los prisioneros que

debían ser conducidos a Inglaterra se hallaba el teniente Rondeau,

que tiempo adelante ganó gloria inmortal en los campos de batalla.

Auchmuty, norteamericano de origen, aunque enemigo de la causa de la

independencia de su país, usó moderadamente de la victoria.

Por aquellos tiempos se publicó un periódico, el primero que viera la

luz en el país, con el nombre de _La Estrella del Sur_, cuyo objeto

principal era explicar la conveniencia de sacudir el yugo español.

Comparaba la grandeza de Inglaterra con la decadencia de España y el

sistema liberal de la administración inglesa en sus colonias con el

sistema reaccionario de la española en las suyas. Demostraba cómo

pueblos que profesaban distintas religiones, lengua y costumbres,

vivían tranquilos y felices bajo la dominación de la Gran Bretaña,

siendo de notar que aun los mismos ingleses estaban divididos en

católicos y protestantes, lo cual no impedía que todos fuesen felices

bajo las mismas leyes civiles. Llenóse el Uruguay de mercaderías

inglesas y en la comparación entre aquéllas y las españolas, la ventaja

era de las primeras. Además de la publicación periodística y del

comercio, no olvidó Auchmuty la conquista, y con este objeto ocupó a

Canalones, San José y Colonia.

Considerando el citado jefe que pronto iba a llegar el general

Whitelocke, quien echaría mano de todas las fuerzas disponibles para

apoderarse de Buenos Aires, organizó una milicia, la cual haría todos

los servicios que antes las tropas regulares.

Sin embargo de la excelente política de Auchmuty, se sentían síntomas

de resistencia en todo el país contra los ingleses, bien que los

alentaba desde Buenos Aires el gobernador Liniers. Descubrióse la

conspiración, en la que entraban muchos vecinos de Montevideo. Presos

los reos y condenados a muerte, fueron perdonados generosamente por

Auchmuty.

Vino de España con el cargo de comandante general D. Francisco Javier

Elío, y aunque su primer pensamiento fué apoderarse de Colonia, su

torpeza hizo que se malograse una empresa que se creía segura. Al mismo

tiempo llegaba a Montevideo el general Whitelocke (10 mayo 1807) y

el 11 se hizo reconocer jefe de todas las fuerzas británicas. El 28

de junio desembarcó Whitelocke en la ensenada de Barragán, distante

de Buenos Aires más de 60 kilómetros. Pensaba el general inglés que

el general Liniers sería como el pusilánime y necio Sobremonte. No

era así, y la conquista realizada fácilmente por Beresford, era a la

sazón sumamente difícil. El 2 de julio se dejó ver Whitelocke por las

avanzadas de la ciudad de Buenos Aires, y el 3 intimó la rendición del

enemigo. El 5 derrotaron completamente los nuestros a los ingleses y el

6 aceptó dicho general las proposiciones de paz dictadas por Liniers.

Se embarcaron el 17 de julio las tropas inglesas. Según lo dispuesto

en las proposiciones de paz, el 7 de septiembre, dos meses después

de firmada la capitulación, habían de evacuar los ingleses todos los

puntos que dominaban en el Uruguay y, por consiguiente, Montevideo.

Para sustituir a Ruiz Huidobro, prisionero en Inglaterra, nombró

Liniers gobernador interino a Elío.

Si a primera vista parece que España salió vencedora e Inglaterra

derrotada, no fué así. Los ingleses arrojaron en ambas márgenes del

Plata el espíritu de independencia, la libertad de comercio y la

tolerancia religiosa. Enseñaron los ingleses una verdad de importancia

inmensa, cual fué que los habitantes de aquellos países eran aptos,

como los españoles, para todos los cargos públicos. La Corte confirmó

el nombramiento de Elío como gobernador de Montevideo, y Liniers hubo

de llegar por la defensa de Buenos Aires a la cima de la gloria. Sin

embargo, el malestar era general. La semilla que los ingleses habían

arrojado al suelo producirá sus frutos. La independencia de los países

del Río de la Plata estaba próxima.

Acerca de la toma de Buenos Aires por los ingleses, trasladaremos aquí

las palabras del eminente historiador Gervinus: «Popham se apoderó

de la ciudad de Buenos Aires por sorpresa el 27 de julio de 1806. La

indignación que desde luego provocó en el seno del Gabinete inglés este

acto arbitrario de Popham, fué sofocada por el gozo que produjeron

los informes entusiásticos del almirante, que extraviaron a todo el

comercio, engañando también al gobierno, y arrastrándole a aceptar

estas veleidades de conquista. Los miembros reflexivos del Gabinete

se vieron muy embarazados al saber el éxito obtenido en el Río de la

Plata»[629]. La empresa de Popham no pudo ser más torpe. Se atrajo

el odio de España, no influyó para disminuir el poder de Napoleón y

recargó con gastos enormes el presupuesto de Inglaterra. Como fin de

la jornada, un aventurero arrojó con un puñado de gente a los ingleses

conquistadores de Buenos Aires.

[629] _Hist. du XIX^e Siécle_, vol. VI. pág. 77.

No debían andar bien las cosas políticas en Buenos Aires, cuando

el obispo de la citada población hubo de escribir (29 mayo 1807)

al príncipe de la Paz manifestándole la necesidad de un virrey con

tropas veteranas para defenderse de una segunda invasión inglesa que

amenazaba[630]. Luego, cambiaron de tal modo las cosas, que se acordó

(7 julio 1807) un tratado definitivo entre el general en jefe de las

tropas británicas y el general en jefe de las españolas[631]. El virrey

interino Liniers escribió a Godoy, diciéndole que no aspiraba al mando

del virreinato, deseando únicamente se le concediera el empleo de

inspector general de los ramos de ingenieros, artillería, infantería,

caballería y marina, en toda la América del Sur[632]. Aplausos mereció

la política de Liniers en Buenos Aires al comienzo de su mando. Su

gobernación fué justa y su fidelidad por Fernando VII parecía cierta,

aunque algunos sospechaban de sus inclinaciones a Francia.

[630] Arch. de Indias.--Estante 124.--Cajón II, Leg.º 4. (3).

[631] Ibidem.--Estante 122.--Cajón VI.--Leg.º 25. (19).

[632] Ibidem.--Estante 125.--Cajón III.--Leg.º 20. (4.)

Acerca de la gobernación de Tucumán no debemos olvidar que fué creada

por el conde de Nieva, virrey del Perú, y confirmada por Real cédula

(1563) que la declaró independiente de Chile. Entre los gobernadores

más notables citaremos a D. Juan Ramírez de Velasco (1586-1593),

fundador de Jujuí de Rioja, en el país de los diaguitas, y de Madrid,

en la confluencia de los ríos Salado y de las Piedras. Su sucesor D.

Hernando de Zárate puso en defensa la ciudad de Buenos Aires--que a

la sazón no formaba gobierno independiente--contra el pirata inglés

Hawkins; también peleó con los indígenas. En los comienzos del siglo

XVII D. Alonso de Ribera fundó un pueblo al que dió su nombre e hizo

uno que llamó _Talavera de Madrid_, de los dos que se denominaban

Madrid y Esteco. Floreció por entonces en Santiago del Estero su obispo

Fray Fernando Trejo, fundador de un Seminario Conciliar en Córdoba.

Durante los gobiernos de D. Nicolás de Arredondo (1789-1795), prosiguió

los trabajos, encomendados a D. Félix de Azara, D. Diego de Alvear y

otros hombres eminentes, para señalar los límites con las posesiones de

Portugal, quedando sin realizar la demarcación entre los ríos Uruguay y

Guazú por falta de conformidad.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 54 / 141 题