CAPITULO XXV

GOBIERNO DE CHILE, DE VENEZUELA Y DE GUAYANA.--HURTADO DE MENDOZA

EN CHILE: ORGANIZACIÓN DEL PAÍS.--FRANCISCO DE VILLAGRA: GUERRA

CON ANTIGUENÚ.--PEDRO DE VILLAGRA: GUERRA; REFORMAS.--QUIROGA:

LA AUDIENCIA.--LOS GOBERNADORES GAMBOA Y SARAVIA.--EL INSPECTOR

CALDERÓN.--SUPRESIÓN DE LA AUDIENCIA.--QUIROGA (2.ª VEZ).--GAMBOA

(2.ª VEZ).--SOTOMAYOR Y LA GUERRA.--GARCÍA DE LOYOLA:

HAWKINS.--PAILLAMACHU.--VIZCARRO Y QUIÑONES.--GARCÍA RAMÓN Y LOS

PIRATAS.--RIVERA Y GARCÍA RAMÓN (2.ª VEZ): HUENECURA.--MERLO DE LA

FUENTE: AILLAVILLA.--JARAQUEMADA: PAZ.--RIVERA (2.ª VEZ).--OTROS

GOBERNADORES.--FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA Y LASO DE LA VEGA.--LA

GUERRA.--TERREMOTO DE 1647.--OTROS GOBERNADORES.--EXPULSIÓN

DE LOS JESUÍTAS.--O'HIGGINS.--LA REVOLUCIÓN.--GOBIERNO DE

VENEZUELA.--CÉDULA DE FELIPE III.--LOS CORSARIOS FRANCESES E

INGLESES.--VENEZUELA A MEDIADOS DEL SIGLO XVIII.--CREACIÓN DE

LA AUDIENCIA DE CARACAS.--CONSULADO DE COMERCIO.--OBISPO DE

CORO.--TRASLACIÓN DE LA CATEDRAL DE CORO A CARACAS.--CARÁCTER DEL

GOBIERNO DE CARACAS.--LOS REVOLUCIONARIOS.--GOBERNACIÓN DE GUAYANA.

Don García Hurtado de Mendoza se dedicó a la organización de Chile y

por eso fijó su residencia en la Concepción, pues el Centro y Norte no

requerían tan exquisito cuidado. Probo y generoso, gastó gran parte

de su patrimonio en las reformas que llevó a feliz término. Cuando

dejó el mando repartió toda su hacienda a los hospitales, iglesias

y amigos, embarcándose para el Perú (febrero de 1561) con motivo

del fallecimiento de su padre. Nombró para sustituirle a Rodrigo

de Quiroga. Uno de sus últimos hechos fué poner la primera piedra

de la catedral de Santiago, por cuya población tuvo que pasar para

embarcarse[490]. Al lado de hombres feroces, lo mismo entre los indios

que entre los españoles, se destaca la noble figura de D. García

Hurtado de Mendoza.

[490] Estuvo en la campaña de Portugal, y con fecha del 30 de

julio de 1588, Felipe II le nombró virrey del Perú, cargo que

desempeñó con su acostumbrada honradez, regresando a España el

1595, ya marqués de Cañete, por muerte de su hermano mayor;

murió en Madrid el 15 de octubre de 1609.

Don Francisco de Villagra, sucesor de Hurtado de Mendoza, peleó con

Antiguenú y demás jefes _araucanos_. Si en las huertas de Lumaco la

fortuna se mostró esquiva con Antiguenú, en Mariguena le fué favorable,

pues allí hizo gran mortandad de españoles, encontrándose entre ellos

el mismo hijo de Villagra que los capitaneaba. Antiguenú se dirigió

a Cañete, donde entró sin resistencia. Abatido Villagra con tantas

desgracias, sucumbió de tristeza (1563).

Pedro de Villagra, hijo primogénito de Francisco, se encargó del mando

y venció a los araucanos, muriendo Antiguenú en una de las batallas

sobre las orillas de Biobio. En su tiempo el papa Pío IV erigió en

obispados las ciudades de la _Concepción_ e _Imperial_. También durante

su gobierno descubrió el grupo de las islas de Juan Fernández un

castellano de dicho nombre que pasaba del Perú a Valdivia. No sabemos

el por qué, la Audiencia de Lima hizo arrestar al hijo de Villagra y

dispuso que fuese conducido al Perú.

Bajo el gobierno de D. Rodrigo de Quiroga se estableció (13 agosto

1567) por Felipe II la Real Audiencia en Chile, cuya primera residencia

fué La Concepción, y en 1574 se trasladó a Santiago. Lo primero que

hizo la Real Audiencia fué revocar el nombramiento de D. Rodrigo

de Quiroga y nombrar a Ruiz de Gamboa, al cual reemplazó al año

siguiente con Melchor Bravo de Saravia, vencedor en varios encuentros

de los araucanos, aunque no pudo destruir completamente al cacique

Paillantarú. Vino por entonces (1575) de la metrópoli, con plenos

poderes, un inspector llamado Calderón, que suprimió la Audiencia y

restableció a D. Rodrigo de Quiroga en sus funciones de gobernador.

La fortuna favoreció más a Quiroga que a Bravo de Saravia. Cinco años

conservó el mando, logrando vencer al mestizo Alonso Díaz, a quien los

araucanos llamaban Pañeñancu. Murió Quiroga el 1580, después de haber

fundado una ciudad en las orillas del río Chillan. Ruiz de Gamboa,

segunda vez gobernador, ejerció el mando desde 1580 al 1583, no cesando

de pelear con los araucanos y los pehuencos, tribu la última menos

civilizada y tan belicosa como la primera.

Dicen los antiguos cronistas que don Alonso de Sotomayor, marqués

de Villa Hermosa, mereció ser nombrado gobernador el 1583. Venció a

los rebeldes Cayancura, Nangoniel y Quintuguenu (1590), consiguiendo

abatir la fiera enemiga de los araucanos, durante los nueve años de su

administración, si bien en el 1592 cayó en una emboscada que le había

preparado el toqui Paillaeco.

Sucedió a Sotomayor Don Martín García Onez de Loyola, pariente de S.

Ignacio e introductor de la Compañía de Jesús en Chile, el 1593. Fundó

Don Martín una ciudad junto al Biobio, y la dió por nombre _Coya_,

en honor de su mujer Clara Beatriz Coya, hija del Inca Sairi-Tupac.

En 1594 llegó a las costas de Chile el inglés Hawkins, mandado por

la reina Isabel, el cual, a imitación de Francisco Drake, saqueó los

pueblos de la costa y se apoderó de cinco navíos, dirigiéndose después

a los puertos del Perú. Enfrente de Loyola se presentó Paillamachu,

general de los araucanos, que, a la cabeza de los suyos cayó sobre el

campamento del gobernador español, cuyos soldados estaban dormidos.

Todos fueron asesinados, salvándose sólo algunas mujeres que se

llevaron los indios.

El general Don Pedro de Viscarra llegó con un cuerpo de tropas y atacó

a los araucanos, reemplazándole, al cabo de seis meses Don Francisco

de Quiñones, a quien el virrey del Perú le encargó levantar el decaído

espíritu español en Chile. En octubre de 1599 se dió sangrienta batalla

en las llanuras de Imperial, atribuyéndose españoles y araucanos la

victoria. Poco después, Paillamachu se apoderó de la ciudad de Valdivia

(14 noviembre 1599), pasó a cuchillo sus habitantes y entregó la

población a las llamas, quedando reducida a un montón de escombros.

Don García Ramón sucedió a Quiñones. Mientras que Chile era teatro de

una guerra de exterminio, continuaban las hostilidades entre España

por una parte, e Inglaterra y Holanda por otra. El almirante holandés,

Olivier Van Noort, llegó en el año 1600 a las costas de Chile, donde

apresó naves españolas cargadas con ricas mercancías. Siguieron los

piratas infestando las costas del Perú y de Chile e hicieron lugar de

descanso las islas de Juan Fernández, en las cuales encontraban cabras

monteses, focas y manantiales de agua excelente.

En vano don Alonso de Rivera (1600 a 1604) intentó levantar el espíritu

de los españoles en Chile; ellos emigraban poco a poco al Perú o a

España, pues los araucanos habían quemado y saqueado varias ciudades,

entre otras, Concepción, Valdivia, Osorno, Villa-Rica y la Imperial.

Por segunda vez D. García Ramón ocupó el gobierno de Chile, siendo

batido y desbaratado por el toqui Huenecura, jefe a la sazón de los

araucanos. Felipe III, en 1608, decretó «que el efectivo del ejército

de observación en las fronteras de la Araucania se mantuviese bajo

un pie de 2.000 hombres; que el virreinato del Perú contribuyera al

sostenimiento de este cuerpo con una suma de 292.279 duros; y que se

estableciese la Real Audiencia de Santiago, cuya ciudad, distando

entonces del teatro de la guerra, había ya adquirido la importancia

correspondiente a su rango de capital»[491].

[491] César Fámin, _Historia de Chile_, pág. 42.--Barcelona,

1839.

Por fallecimiento de D. García Ramón (10 agosto 1610), le sucedió

D. Luis Merlo de la Fuente, que peleó con Aillavilla, uno de los

mejores capitanes araucanos. Reemplazóle D. Juan Jaraquemada, bajo

cuya administración se hizo la paz que tanto deseaba el Rey[492],

señalándose como límite entre las posesiones de los españoles y las de

los araucanos el río Biobio, con otras condiciones propuestas por los

rebeldes. No fué duradera la paz. Era preciso estar siempre el arma al

brazo con aquellas indómitas gentes.

[492] Aconsejaba la paz el P. Luis de Valdivia.

Durante el gobierno de Alonso de Rivera, que había sido repuesto en

el poder pasados algunos años, el almirante holandés Joris Spilbergen

desembarcó (1615) en las costas de Chile, llevándose ganados,

trigo, cebada y otras provisiones. Rivera introdujo en Chile a los

Hospitalarios de San Juan de Dios.

Por muerte de Rivera en 1617, llegó a ocupar el gobierno Hernando

Talaverano, y diez meses después López de Ulloa, vencido varias veces

por el indígena Lientur. Habiendo fallecido Ulloa el 20 de noviembre de

1620, le sucedieron sucesivamente D. Cristóbal de la Cerda Sotomayor,

D. Pedro Sorez de Ulloa y Lerma y D. Francisco de Alava y Noruena.

Ulloa y Alava, además de la guerra con los indios, tuvieron que vigilar

los movimientos de escuadra holandesa, mandada por Jaime el _Ermitaño_,

que causó grandes perjuicios al gobierno español. D. Luis Fernández de

Córdoba, sobrino del virrey del Perú, conservó la autoridad hasta 1630.

Fué el primero que permitió a los criollos, descendientes de españoles,

ejercer cargos públicos. Con el toqui Putapichún continuó la guerra.

Don Francisco Laso de la Vega no cesó un momento de luchar con sus

valerosos enemigos. Hasta el año 1640 los sucesos belicosos no ofrecen

interés alguno, porque se hallan reducidos a una serie de sitios,

sorpresas, emboscadas y asesinatos, en los cuales la fortuna, unas

veces se ponía al lado de los españoles y otras de los araucanos.

Terrible terremoto destruyó la ciudad de Santiago (diez y media de

la noche del 13 de mayo de 1647). «A muchos--escribe un testigo

del suceso--cogió ya dormidos, los cuales fueron a despertar a la

otra vida, y a otros, que al susto despertaron, al querer salir,

les cerraba la puerta más la turbación que la llave, o por no dar

con ella, quedaban sepultados de las paredes o ahogados del polvo.»

Refiere luego que, por gracia de Dios, algunos conventos quedaron en

pie, añadiendo: «No fué así en otras casas, que no merecieron esta

singular protección que estos santos conventos, porque cayendo las

paredes hacia adentro, a unos mataban y a otros quebraban las piernas

y a otros los brazos, y con la obscuridad de la noche, el espanto

del temblor, el asombro del repentino ruido de terribles ruinas, la

ceguedad del polvo y la confusión del inopinado suceso, los unos

atropellaban a los otros y perecían muchos atropellados, encontrando

la muerte donde huían presurosos a buscar la vida. Era lamentable

espectáculo ver tantos cuerpos muertos, tantos destrozados, tantos que

debajo de las ruinas daban lamentables voces, y a los que escapaban,

andar ciegamente tropezando, y con gemidos del alma, pidiendo a voces

misericordia y llorando la madre al hijo, la esposa al marido y el

padre a la familia.» Murieron--según cálculos aproximados--más de mil.

Sucedió al terremoto fuerte lluvia y después terrible epidemia. El

gobernador Mugica, que se hallaba en Concepción al tiempo de ocurrir la

catástrofe, se trasladó a Santiago, solicitó recursos del virrey del

Perú y logró que por el término de seis años se eximiera de impuestos a

la ciudad arruinada. Digno de toda alabanza fué el obispo fray Gaspar

de Villarroel, agustino, varón de singular piedad, que en aquellos días

tristísimos, prestó toda clase de auxilios a los pobres. Poco tiempo

después comenzó la reconstrucción de la ciudad.

Al prudente gobernador Martín de Mugica sucedió D. Francisco López

de Zúñiga, marqués de Baides, que concluyó un tratado de paz con

Lincopichún, en virtud del cual se señalaba el río Biobio límite

divisorio entre los araucanos y los españoles, reconociendo a los

primeros su independencia, y ellos, por su parte, la soberanía del

rey de España, permitiendo a los misioneros el libre ejercicio de su

ministerio y obligándose también a oponerse al desembarco de súbditos

de aquellas naciones europeas que a la sazón estaban en guerra con

España.

Refieren los historiadores que don Antonio de Acuña y Cabrera

(1650-1656) estuvo dominado por dos oficiales, cuñados suyos, de

apellido Salazar. Celebró Acuña un armisticio con los indios en Boroa

y mandó una expedición contra los _cuncos_, que fué completamente

destruída (1655). El pueblo de la Concepción se sublevó a los gritos de

_¡Viva el Rey! ¡Muera el mal gobierno!_ viéndose obligado el virrey de

Lima a destituir al débil gobernador.

Sucediéronse otros gobernadores; pero adquirió fama por sus desaciertos

D. Francisco de Meneses (1664-1668), conocido por sus subalternos con

el apodo de _Barrabás_. Convirtió en granjería todos los destinos

civiles y militares, castigó severamente a los araucanos y cometió

toda clase de tropelías. Sostuvo ruidosas polémicas con fray Diego de

Humanzoro, obispo de Santiago, siendo al fin depuesto por el virrey del

Perú.

Por el contrario, D. Juan Henríquez (1670-1682) vivió siempre en

cordiales relaciones con el prelado y con los hijos de Loyola. Realizó

algunas obras de utilidad pública. Fortificó a Valparaíso y La

Concepción y formó en Santiago pequeño parque militar. Dictó algunas

ordenanzas de policía y de comercio. Sus buenas obras fueron afeadas

por la venalidad, norma de todas sus acciones. En sus relaciones

exteriores haremos notar que en el año 1680 el pirata Bartolomé Sharp

se apoderó de la ciudad de Coquimbo y la entregó al saqueo. Por su

enemiga a la Real Audiencia, tribunal fiscalizador de los gobernadores,

se originaron no pocos conflictos. Después de doce años de gobierno,

fué relevado del mando.

Los gobernadores que inmediatamente le sucedieron, como D. Tomás Marín

de Poveda, sólo pensaron en la guerra con los araucanos.

Tiempo adelante, D. Juan Andrés Ustáriz (1709-1717), según de público

se dijo, hubo de comprar el gobierno de Chile por la suma de 24.000

pesos. Como era de esperar, Ustáriz no se distinguió por su probidad

administrativa. Habiéndose probado la inmoralidad que reinaba en todos

los ramos de la administración, fué destituído por el virrey del Perú

y condenado a pagar 54.000 pesos de multa. D. Gabriel Cano de Aponte

(1717-1733) hizo la paz con los naturales del país, siendo aquélla

ratificada en Negrete, ciudad situada entre los ríos Duqueco y Culabi,

afluentes del Biobio. Dicha paz, como otras anteriores que se llevaron

a cabo, no dió resultado alguno. Sucedió a Cano D. Manuel Salamanca,

sobrino del virrey del Perú; esta elección no fué confirmada por el

Rey, que nombró a D. José Antonio Manso de Velasco (1737-1745). Pocos

gobernadores tan buenos como Manso de Velasco ha tenido Chile. En una

conferencia que tuvo con los indígenas y a la que asistieron unos 400

caciques y 6.000 ciudadanos, se adoptaron acuerdos pacíficos de mucha

importancia. Receloso el virrey del carácter voluble de los indígenas

y teniendo poca confianza en las promesas de paz, organizó fuerte

ejército, recorrió el país, fundó varias poblaciones (_San Felipe_,

_Los Angeles_, _Rancagua_, _Melipilla_, _San Fernando_ y _Copiapó_ y

otras) y construyó el canal de Maipo. También durante su gobierno se

fundó la Universidad de Santiago y la Casa de Moneda. D. Domingo Ortíz

de Rozas siguió las huellas de su predecesor, fundó varias poblaciones

y mandó una colonia a la isla desierta de Juan Fernández. Regresó a

España el gobernador Ortíz de Rozas el año 1754. De D. Manuel Amat

y Juniet (1755-1761) sólo diremos que fundó la población de _Santa

Bárbara_ cerca del nacimiento de Biobio, fomentó los trabajos de

las minas y reunió, como otros varios gobernadores, una asamblea en

Santiago, y como siempre, los indios prometieron vivir sumisos. Porque

los presos de la cárcel de Santiago intentaron evadirse, Amat se puso

al frente de la tropa que debía contenerlos, lo cual logró, haciendo

castigar a once de ellos con la pena de horca. A él se debe la creación

del primer Cuerpo de policía, que acuarteló detrás de su palacio y pagó

con fondos del Erario real: le dió el nombre de _Dragones de la Reina_

(1758).

El gobernador y presidente D. Antonio Guill y Gonzaga (1762-1768)

repobló la ciudad de Angot[493], hizo conducir a Santiago aguas

potables y mandó construir mesones en los caminos de la cordillera. En

los comienzos de agosto de 1767 recibió un pliego cerrado con una carta

del Rey y otros papeles. Se le mandaba arrojar de Chile á los jesuítas.

Aunque con profundo sentimiento--pues los hijos de Loyola eran sus

amigos y consejeros--expulsó en la mañana del 26 de agosto del año

citado a los jesuítas de Chile, en número de 300, figurando entre ellos

el P. Manuel Lacunza, profundo teólogo, y el nunca bastante alabado P.

Juan Ignacio Molina (historiador y naturalista). Los araucanos, bajo el

pretexto de que Gonzaga les quería obligar a residir en poblaciones,

se declararon en completa insurrección, durando la guerra diez y siete

años. Murió Gonzaga en 1768, sucediéndole D. Francisco Javier de

Morales (Apéndice H).

[493] Fundada por Pedro de Valdivia.

Por tercera vez fué nombrado gobernador por la Real Audiencia D. Mateo

de Toro Zambrano, que con el carácter de interino había desempeñado

dos veces el cargo, antes de la elección de Gonzaga y después de su

muerte, reemplazándole casi inmediatamente D. Agustín de Jáuregui. Es

de justicia consignar que Jáuregui restableció en Santiago el colegio

fundado por D. Martín de Poveda para que se educasen los hijos de

los caciques, hizo un censo de población y organizó las milicias. D.

Ambrosio de Benavides (1780-1787) fomentó las obras públicas, trasladó

á Chillan el colegio de indígenas de Santiago y celebró el parlamento

de Lonquiemo, que presidió el coronel O'Higgins (1786), en el cual se

hizo un concierto confirmando los anteriores, con la condición de que

los fieros y tenaces araucanos nombrarían un representante que había de

residir en la capital de Chile y cuya única misión sería velar por los

intereses de sus conciudadanos y por el cumplimiento de los tratados.

Refieren autorizados cronistas que por entonces los franceses Antonio

Gramusset y A. Berney trataron de proclamar la independencia de Chile;

pero descubierta la conjuración, los citados jefes fueron enviados a

España. Lugar preferente entre los gobernadores y capitanes generales

de Chile ocupa D. Ambrosio O'Higgins, a quien ya dimos a conocer en

el capítulo anterior. Suprimió las encomiendas y el servicio personal

de los indios; repobló la ciudad de Osorno y fundó las poblaciones de

_Combarbalá_, _Santa Rosa de los Andes_, _Illapel_ y _Vallenar_; mejoró

los caminos y fomentó el cultivo del azúcar, del algodón y del tabaco;

y dispuso que los cadáveres fuesen enterrados en los cementerios y no

en las iglesias.

El brigadier D. Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808) celebró con los indios

un parlamento en Negrete, terminó varios edificios públicos (Casa de

Moneda, la Aduana y el Consulado) e hizo diferentes exploraciones por

varios sitios de los Andes para hallar caminos para el Río de la Plata.

Murió repentinamente (11 de febrero). En virtud de Real disposición

del año 1806, el militar de mayor graduación tomaría el mando, ya por

muerte o ya por ausencia del propietario. En una junta que celebraron

en Concepción los jefes militares, fué proclamado capitán general D.

Francisco García Carrasco, brigadier de ingenieros.

Consideremos el gobierno de García Carrasco. Rodeóse de favoritos,

los cuales hubieron de contribuir a las graves disensiones que tuvo

el capitán general con la Universidad, el Cabildo eclesiástico, el

ayuntamiento y el tribunal de minería. Vino a echar leña al fuego

de las discordias la noticia de que España había sido invadida por

los franceses y que el rey de España no era Fernando VII, sino José

Bonaparte. Los hombres de ideas más avanzadas de la colonia, casi

dirigidos por el cabildo de Santiago, se dispusieron a la revolución,

divulgando la noticia de que España estaba sometida a un gobierno

extranjero. El capitán general preparó un golpe de Estado, creyendo

de este modo poner término a la agitación: en la tarde del 25 de mayo

de 1810, fueron reducidos a prisión el doctor Don Bernardo Vera, el

procurador de la ciudad Don Juan Antonio Ovalle y Don Antonio Rojas,

siendo conducidos aquella misma noche a Valparaiso. Uno de los oidores

de la Audiencia marchó a Valparaiso a instruirles proceso por el delito

de conspiración. Medida tan violenta enardeció más los ánimos, llegando

el citado cabildo a pedir la libertad de los presos; mas Carrasco,

lejos de acceder, dispuso que los tres reos fuesen trasladados a Lima.

Cuando en la mañana del 11 de julio se supo que los presos habían

sido embarcados en Valparaiso para Lima, el pueblo se presentó en la

plaza en actitud amenazadora, en tanto que el cabildo y la Audiencia

se reunían separadamente, buscando remedio a tantos males. Creyeron

encontrar el remedio aconsejando a Carrasco que los presos volviesen a

Santiago, que los empleados que hubiesen tenido más participación en

el golpe de Estado fuesen separados, y, por último, que no se tomara

medida alguna sin oir a la autorizada opinión de Don José de Santiago

Concha, oidor decano de la Audiencia. Todo esto era muy poco, porque

la revolución marchaba muy a prisa, disponiendo entonces la Audiencia

que Carrasco renunciase el mando. Una reunión de jefes militares y de

los empleados más importantes aceptó la renuncia del capitán general,

nombrando en su lugar a Don Mateo de Toro Zambrano, conde de la

Conquista (16 julio 1810).

«La dependencia en que estuvo Chile del virreinato del Perú distó mucho

de ser favorable a ninguna de ambas regiones. Esa dependencia era causa

de que se olvidasen los intereses locales, de que no se contase con

fuerzas suficientes para la defensa de la Capitanía General y de que

jamás se viese el fin de la guerra con los araucanos. Mucho después de

Ercilla y de Pedro de Oña, para quien Arauco ya estaba _domada_, los

colonos no podían gozar de paz ni seguridad con aquel enemigo interior,

y en la costa asomaban los corsarios ingleses, para quienes apoderarse

de los tesoros de América era siempre fácil empresa»[494].

[494] Balbín de Unquera, Revista intitulada _Cultura

hispano-americana_, núm. 8, enero y febrero de 1813, pág. 28.

Pasando del estudio de la historia de Chile a la de Venezuela, con

verdadera satisfacción habremos de referir que Felipe III, desde Martín

Muñoz (27 septiembre 1608) se dirigió al gobernador y capitán general

de Venezuela, diciéndole la conducta que había de observar con los

indios y censurando a los encomenderos y al obispo[495]. Por su parte,

los indígenas permanecieron tranquilos gozando de larga paz; «a lo cual

contribuía--como dice Baralt--el ser pobre y no excitar la codicia de

los enemigos de España, cuyos ojos y manos no se movían con fuerza sino

tras las ricas flotas del Perú y de México»[496].

[495] _Arch. hist. nac.--Cedulario índico_, tomo XLII, núm.

32, págs. 56 y 56 v.ª

[496] Ibidem, pág. 268.

Recordaremos que Juan de Urpín terminó la conquista de Cumaná (1634),

fundando en 1637 la Nueva Barcelona.

Aunque Venezuela vivió en paz durante el siglo XVII, a veces fué

atacada por los franceses. Intentaron nuestros enemigos apoderarse

de Cumaná en los años 1654 y 1657, siendo rechazados; mas en 1679

saquearon la ciudad de Caracas, retirándose con un gran botín a

sus bajeles. En el siglo XVIII Venezuela sufrió los ataques de los

ingleses, quienes intentaron un asalto a la Guaira y a Puerto Cabello

por los años 1739 y 1745, siendo rechazados de ambas partes, del mismo

modo que lo fueron en Angostura el año 1740.

A mediados de la centuria, esto es, el 12 de febrero de 1742, se

resolvió «relevar y eximir al gobierno y capitanía general de la

provincia de Venezuela de toda dependencia del virreinato» del

Nuevo reino de Granada. También se dispuso que los gobernadores de

la provincia de Venezuela reasumiesen las facultades concedidas

anteriormente, lo mismo en lo tocante a gobierno, guerra y hacienda

como al ejercicio del Real Patronato, y que nombrasen los tenientes

justicia-mayores de las ciudades, villas y lugares donde ellos

lo tuviesen por conveniente, sin necesidad de que los nombrados

necesitasen acudir para su confirmación a la Audiencia de Santo

Domingo, que seguía siendo la del distrito de Venezuela, según cédulas

de 7 de noviembre de 1738 y 3 de Mayo de 1741. Por último, en 8 de

septiembre de 1777 acordó el Rey separar del Nuevo Reino de Granada

las provincias de Cumaná, Guayana, Maracaibo é islas de Trinidad y

Margarita, agregándolas «en lo gubernativo y militar a la capitanía

general de Venezuela, del mismo modo que lo estaban ya, en cuanto a los

asuntos de hacienda, a la nueva Intendencia erigida en Caracas»[497].

Dispuso, por lo que respecta a lo jurídico, que las citadas provincias

se separasen de la Audiencia de Santa Fe y se agregasen a la primitiva

de Santo Domingo. Nueve años después, esto es, el 13 de junio de 1786,

se creó la Audiencia de Caracas. Resolvíanse por entonces de igual

manera los asuntos mercantiles y civiles, hasta que para los primeros

se estableció el Consulado de Comercio, por real cédula de 3 de junio

de 1793, para «la más breve y fácil administración de justicia en los

pleitos mercantiles, y la protección y fomento del comercio en todos

los ramos»[498].

[497] Gil Fortoul, _Hist. Constitucional de Venezuela_, tomo

I, págs. 63 y 64.

[498] Archivo de Indias en Sevilla.

Conviene no olvidar que por una bula de Clemente VII se erigió el

primer obispado de Venezuela en Cero (21 julio 1531), siendo nombrado

obispo D. Rodrigo de las Bastidas (4 junio 1522) y la iglesia de Coro

quedó erigida en Catedral (24 junio 1533). También el 1531 el mismo

papa Clemente mandó erigir la iglesia de Santa Marta en Catedral,

expidiendo las respectivas bulas a favor de Fray Tomás Ortiz[499].

Luego, por Real Cédula de 20 de junio de 1637 la Catedral de Coro se

trasladó a Caracas[500]. Al obispado de Puerto Rico se agregaron las

provincias de Margarita y Cumaná en 1588, la ciudad de Santo Thomé de

Guayana en el año de 1624 y toda la provincia de Guayana en 1625. Si

el obispado de Mérida se creó en 1777, y el de Guayana en 1790, cuando

la Catedral de Caracas se erigió en metropolitana en 1803, aquellas

iglesias fueron sufragáneas de dicho arzobispado[501].

[499] Véase Guzmán Blanco, _Documentos para la Historia de

Bolívar_, tomo I, págs. 37 y 38.

[500] Ibidem, pág. 44.

[501] Gil Fortoul, Ob. cit., tomo I, pág. 66.

«Venezuela--Gil Fortoul--fué más infeliz que otras colonias.

Regiones de América muy ricas y pobladas, como México y el Perú,

tuvieron en ocasiones mejor fortuna bajo la dirección de algunos

virreyes eminentes; mas en Venezuela, pobre y casi desierta, apenas

hubo gobernadores que se distinguiesen en la turba de funcionarios o

indolentes o incapaces...»[502].

[502] Oc. cit., pág. 25.

En los últimos años de la centuria décimo octava las ideas

revolucionarias iban poco a poco penetrando en el país, no bastando

el cuidado que tenían para que así no sucediese las autoridades.

Aunque vigilaban mucho, no pudieron impedir la entrada de toda

clase de periódicos y libros extranjeros, especialmente si trataban

de asuntos filosóficos y políticos. D. Pedro Carbonell, capitán

general de Venezuela, desde Caracas, con fecha de 1.º de noviembre

de 1794, dirigió una circular a los prelados y gobernadores de

provincia, manifestándoles que por oficio del virrey de Santa Fe del

6 de septiembre último, tenía noticia de haber aparecido en dicho

Reino un papel impreso intitulado _Los derechos del hombre_ y en el

cual se hallaban doctrinas contra la Religión y la Monarquía. «Los

especiales encargos de S. M. y nuestro honor y fidelidad nos obligan

estrechísimamente a impedir se propaguen tan detestables máximas, y por

lo mismo no me detengo en encarecer a V. S. el gran servicio que hará

a Dios y al Rey poniendo todos sus desvelos en averiguar y descubrir,

si por desgracia se ha introducido el tal papel u otro de su especie en

el distrito de su mando, valiéndose de todos los medios que dictan la

prudencia y sagacidad»[503].

[503] Véase _Documentos para la Historia de Bolívar_,

ordenados por José F. Blanco, tomo I, página 257.

Al año siguiente y con fecha 12 de junio el mismo presidente Carbonell

escribió una carta a D. Eugenio Llaguno, dándole noticia de que en Coro

se habían amotinado los negros esclavos y algunos libres, deseosos unos

y otros de formar gobierno republicano[504]. Luego (26 agosto 1795)

volvió Carbonell a escribir a Llaguno, insertando la carta que con

igual fecha dirigía al ministro de la Guerra, en la cual comunicaba

nuevas noticias de los sucesos de Coro, justicia que se hizo en muchos

de los sublevados, captura del caudillo zambo Leonardo, y providencias

tomadas por el Real Acuerdo[505].

[504] Arch. de Indias.--Estante 131.--Cajón I, Leg.º 7. (16).

[505] Arch. de Indias.--Estante 131.--Cajón I.--Legajo 7. (4).

Por entonces Juan Bautista Picornell, Manuel Cortés Campomanes,

Sebastián Andrés y José Lax--que en los comienzos de febrero de 1796

tramaron una conspiración en Madrid que se llamó de San Blas y que

tenía por objeto destruir la monarquía y establecer una república

a semejanza de la francesa, por lo cual fueron desterrados a

América--intentaron evadirse de la cárcel de La Guaira y hacer la

revolución en las colonias. También por la misma época llegó a Santa

Fe el revolucionario Antonio Nariño, que, con ayuda de Pedro Fermín

de Vargas, se disponían a la insurrección. Los primeros, esto es,

Picornell, Lax, Andrés y Cortés lograron evadirse de la cárcel de La

Guaira, según la comunicación del capitán general Carbonell de 19 de

julio de 1797 al Príncipe de la Paz. A su vez, Nariño desde Santa Fe

y con fecha 30 de julio del mismo año, se dirigió al virrey para que

interpusiera «su mediación y piadosos oficios para mover e inclinar más

la piedad del Monarca a mi favor.»

Por lo que respecta a las publicaciones revolucionarias, es de

importancia referir que la Audiencia de Caracas declaró (11 diciembre

1797) que los que recibiesen tales libros o papeles «y no los

entregaren inmediatamente a las justicias, los que tuviesen noticias de

ellos y no lo comunicaren a las mismas justicias, los que los pasaren

a otras manos, o de cualquiera forma divulgaren sus doctrinas, o no

impidieren su extensión, cuanto esté de su parte», incurrirán «en las

penas de azotes, presidio y en la de muerte, según las circunstancias

del caso.» A pesar del sistema político español reaccionario, a pesar

del aislamiento en que vivían los Estados americanos y a pesar de las

tendencias contrarias al progreso, las ideas revolucionarias, primero

de los Estados Unidos y después de Francia, penetraron en Venezuela y

en todas las colonias, dando al traste con el dominio español algunos

años después.

El descubrimiento y colonización de La Guayana, las frecuentes

incursiones de los piratas y las conquistas de los holandeses, ya se

dieron a conocer en el capítulo X de este tomo. Añadiremos ahora que el

terreno, pantanoso e inculto en su mayor parte, regado por el Orinoco,

Surinán y otros, tiene clima cálido y malsano. Durante los siglos

XVII y XVIII fueron Las Guayanas campo de lucha entre holandeses,

franceses, españoles y brasileños[506]. La última nación colonizadora

en La Guayana fué Inglaterra, la cual despojó a Holanda de parte de su

territorio y después siguió igual conducta con Venezuela, y seguramente

sus usurpaciones hubiesen sido mayores, si la República de los Estados

Unidos no hubiera intervenido, para que, mediante sentencia arbitral,

se decidiesen las cuestiones suscitadas entre Inglaterra y Venezuela.

Con fecha 25 de mayo de 1812, D. José de Chastre, gobernador interino

de La Guayana, en carta dirigida al Rey, se quejaba del gobernador de

Puerto Rico que no le había socorrido, por cuya causa estuvo en peligro

de caer en manos de los insurgentes. Decía también que los ingleses

fomentaban bajo cuerda la insurrección; pedía la segregación de aquella

provincia de las de Caracas y Santa Fe, y por último, quería que se

declarasen reos de lesa nación a los jefes nacionales que no auxiliasen

a los fieles españoles que luchasen por la integridad de la Monarquía

española[507]. Posteriormente, Simón Bolívar comunicó (17 agosto 1817)

desde Baja Guayana, que Las Guayanas habían sido tomadas por tropas

republicanas[508]. Al presente las tres Guayanas, colonias europeas,

son: la inglesa al O., cuya extensión es de 305.000 h. y tiene como

capital a Georgetown; la holandesa en el centro, con 90.000 h. y su

capital Paramaribo o Nueva Amsterdam, y la francesa al E. con 40.000 h.

y su capital Cayena, lugar de relegación para los condenados a trabajos

forzados. La antigua Guayana española, al O., en los confines de

Venezuela y de La Guayana holandesa, es a la sazón de Venezuela, y La

Guayana portuguesa, al S., en la cuenca superior de Oyapok, pertenece

al Brasil.

[506] La gobernación de Guayana, que se separó de la de

Cumaná en 1762, se puso bajo la inmediata subordinación del

virrey de Santa Fe de Bogotá. Su primer gobernador, según el

nuevo régimen, fué D. Joaquín Moreno de Mendoza, que llegó

en 1762 y que en seguida trasladó la capital a donde hoy se

encuentra, recibiendo el nombre de Angostura. Los sucesores

de Mendoza, gobernadores de poderosas iniciativas, fueron D.

Manuel Centurión, D. Felipe de Inciarte y don Miguel Marmión

(1766-1791).

La Guayana, en guerra continua con los holandeses, logró al

fin (segunda mitad del siglo XVIII) rechazar a sus enemigos,

tierra adentro al Esequibo, dejándoles sólo el establecimiento

que, en las cercanías del Orinoco, fundaron sobre el Moroco:

pero los españoles, mal aconsejados y peor gobernados, no

supieron aprovecharse del triunfo.

[507] Arch. de Indias.--Estante 131.--Cajón 2.--Leg.º 17. (4.)

[508] _Documentos para la historia de la vida política de

Bolívar_, etc., tomo VI, pág. 8.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 52 / 141 题