VIRREINATO DEL PERÚ: BLASCO NÚÑEZ VELA: SU CARÁCTER: SU ENTRADA
EN LIMA: SU POLÍTICA.--OPOSICIÓN DE GONZALO PIZARRO.--MUERTE DEL
INCA MANCO.--CRÍTICA SITUACIÓN DEL VIRREY.--GOBIERNO DE GONZALO
PIZARRO.--MARCHA DE VACA DE CASTRO A ESPAÑA.--BLASCO NÚÑEZ EN
TUMBEZ, EN QUITO, EN SAN MIGUEL Y EN OTROS PUNTOS.--BATALLA DE
AÑAQUITO.--DON PEDRO DE LA GASCA EN EL PERÚ: SU ACERTADA POLÍTICA:
BATALLA DE XAQUIXAGUANA.
Blasco Núñez Vela, caballero de Avila y nombrado virrey del Perú por
Carlos V, salió de Sanlúcar el 3 de noviembre de 1543 acompañado de
los cuatro jueces de la Audiencia y de numeroso séquito[410]. ¿Por qué
Carlos V no confirió empleo de tanta importancia a Vaca de Castro, el
vencedor de Chupas y uno de los políticos más competentes e íntegros
que el gobierno de España había mandado a las Indias? No acertamos
a explicarlo. El sucesor de Vaca de Castro, algo entrado en años y
asaz devoto, no era el hombre que necesitaba el Perú en aquella época
revolucionaria. Desembarcó Núñez Vela a mediados de enero de 1544 en
Nombre de Dios. Cruzó después el istmo de Panamá. Desde que pisó tierra
americana se puso en oposición con la Audiencia, pues estaba decidido
a que se cumpliese lo dispuesto en el Código de leyes de 1542. Como
los jueces le suplicasen que no tomara medidas políticas sin tener
conocimiento exacto del país y de las necesidades de la colonia, hubo
de contestar que «había venido, no para interpretar las leyes ni
discutir su conveniencia, sino para ejecutarlas, y que las ejecutaría a
la letra, cualesquiera que fuesen las consecuencias»[411].
[410] Fué nombrado el 1.º de marzo de 1543.
[411] Fernández, _Hist. del Perú_, parte I, lib. I, cap. VI.
Blasco Núñez, dejando la Audiencia en Panamá, continuó su camino, y
costeando las orillas del Pacífico desembarcó en Túmbez (4 de marzo).
Dió libertad a muchos esclavos indios, a instancia de sus caciques.
Continuó por tierra su viaje en dirección al Sur e hizo que su
equipaje fuese llevado por mulas, y donde tuvo necesidad de valerse
de los indios, dispuso que se les pagase bien. Indicaba todo esto
que el virrey se hallaba decidido a cumplir al pie de la letra las
Ordenanzas. Aumentaba el disgusto en el Cuzco y en Lima, siendo apenas
escuchado Vaca de Castro, que aconsejaba la templanza.
Las miradas se dirigieron entonces a Gonzalo Pizarro. Sacáronle
de su retiro y le llevaron al Cuzco, cuyos habitantes hubieron de
saludarle con el título de _Procurador general del Perú_, título que
fué confirmado por el ayuntamiento de la ciudad, el cual le invitó a
presidir una diputación que iría a Lima a pedir al virrey la suspensión
de las Ordenanzas. Los partidarios de Pizarro también solicitaban para
su ídolo el título de capitán general y el permiso para organizar
una fuerza armada. Aunque anduvo rehacio el ayuntamiento citado para
conceder lo que no estaba dentro de sus atribuciones, cedió al fin.
Pizarro lo aceptó «por ver que en ello hacía servicio a Dios i a S. M.
i gran bien a esta tierra i generalmente a todas las Indias»[412].
[412] _Carta de Gonzalo Pizarro a Valdivia_, M. S.
Mientras tanto, Blasco Núñez continuaba su viaje a Lima. Entró en la
ciudad el 17 de mayo de 1544 bajo un palio de paño carmesí, cuyas varas
estaban guarnecidas de plata, y acompañado por el regimiento y justicia
y oficiales del Rey. A la entrada de Lima había un arco triunfal con
las armas de España y las de la misma ciudad. Un caballero, con una
maza en la mano, emblema de autoridad, cabalgaba delante del virrey,
quien, después de pronunciar el juramento de costumbre en la sala del
consejo, se dirigió a la catedral, en cuya puerta le esperaban los
clérigos con la cruz alzada. Dentro de la iglesia se cantó el _Te Deum
laudamus_, retirándose en seguida Blasco Núñez a su palacio.
Anunció poco después que si no tenía facultad para suspender la
ejecución de las Ordenanzas, prometía unir sus ruegos a los colonos en
un memorial dirigido a Carlos V, solicitando la revocación de un código
que no era conveniente a los intereses del país ni a la Corona[413].
Opina Prescott que debió suspender la ejecución, como por entonces,
y en caso análogo, hizo Mendoza, virrey de México. «Pero Blasco
Núñez--añade el ilustre historiador--no tenía la prudencia de Mendoza.»
Sentimos no participar en este punto de la opinión de Prescott. Si es
verdad, como él dice, que Mendoza salvó a México de una revolución,
en el imperio de los aztecas no había un Gonzalo Pizarro. Blasco
Núñez envió un mensaje a Pizarro dándole noticias de las facultades
extraordinarias de que estaba investido, en virtud de las cuales le
mandaba que disolviese sus fuerzas; pero no sólo se hizo el sordo a
los consejos, sino que al frente de un ejército de 400 hombres, se
aprestó a la lucha. Es de notar que por entonces Francisco de Carbajal,
el veterano que tan bizarramente se portó en la batalla de Chupas,
resolvió abandonar las Indias y volver a España. Súpolo Pizarro y
le ofreció un mando en su ejército; proposición que en los primeros
momentos rehusó Carbajal, diciendo que sus ochenta años ya le daban
derecho a descansar, accediendo al fin a los ruegos de su amigo. ¡Qué
cara pagó su debilidad o ambición!
[413] Zárate, _Conq. del Perú_, lib. V, cap. V.
Seanos lícito dar cuenta en este lugar de un hecho que tiene marcado
relieve en la historia del Perú: la muerte del inca Manco, último
representante de gloriosa dinastía. Aunque había sido colocado en
el trono por Pizarro, cuando tuvo que optar entre su protector y
su patria, se lanzó con toda su alma a defender la libertad de sus
compatriotas y las antiguas instituciones de su país. Derrotado por
su adversario, se retiró a las asperezas de sus montañas, prefiriendo
salvaje independencia a la ignominia de vivir esclavo en aquella
hermosa tierra donde reinaron sus antepasados. Convienen los cronistas
en que después de la derrota de Almagro en los llanos de Chupas (16
septiembre 1542), algunos de los suyos, entre ellos los capitanes Diego
Méndez, Francisco Barba, Gómez Pérez, Cornejo y Monroy, para no caer en
poder de los vencedores, se refugiaron en el campo indio, al lado del
inca Manco. Añaden aquellos escritores que habiendo levantado bandera
en favor del virrey Blasco Núñez los citados capitanes, el inca mandó
matarles. Entonces los castellanos pelearon con los indios, «y Gómez
Pérez--dice Herrera--cerró con el inca y le mató a puñaladas»[414].
[414] _Década VII_, lib. VIII, cap. VI.
Después de la muerte del inca Manco, los reyes de España mostraron
alguna compasión por los descendientes de la antigua y legítima
dinastía. «Concedió S. M. (legitimación) a varios hijos que Don
Christoval Baca Tupa Inga, hijo de Guayna Capac, Señor natural que fué
del reino del Perú, havia tenido, siendo soltero, de indias del mismo
estado, para que pudiessen heredarle como legítimos, con tal que no
fuessen perjudicados, y alzándoles toda infamia o defecto que por razon
del nacimiento pudiesse oponerseles, y habilitándolos para obtener
qualquier oficio Rl. o Concegil.--Ced. de 1.º de abril de 1544.--Vid.
tom. 5 de ellas, fol. 73 núm. 68»[415].
[415] _Arch. hist. nacional.--Cedulario índico_ de Ayala,
letra L, núm. 8. En el año 1545--como se dijo en el capítulo
VIII de este tomo--se concedió escudo de armas a dicho Inca,
ya muerto.
Si Gonzalo Pizarro no se hallaba tan dispuesto a la rebelión como antes
y tal vez pensara a la sazón entrar en negociaciones con el gobierno,
los consejos de Carbajal, quien nunca retrocedió una vez comenzada la
contienda, le convencieron de que era necesario seguir adelante.
No dejaba de ser crítica la situación del virrey. Creía que le hacían
traición todos los que le rodeaban. Sospechando--y es de creer que
sin fundamento--de Vaca de Castro, dispuso que fuese conducido a
un buque anclado en el puerto. Inmediatamente hizo prender a otros
muchos caballeros. Por segunda vez envió una embajada que presidía el
obispo del Cuzco, a Gonzalo Pizarro, haciéndole algunas ventajosas
proposiciones, embajada que tuvo la misma suerte que la anterior.
Cuando se andaba en tales tratos llegaron los jueces de la Audiencia
de Lima, los cuales, sin consideración de ninguna clase, desaprobaron
todos los actos de aquella superior autoridad, atreviéndose a visitar
la cárcel y poner en libertad a los caballeros que poco antes había
hecho prender Blasco Núñez. Es de advertir que entre los jueces de
la Audiencia se distinguía uno llamado Cepeda, hombre tan ambicioso
como astuto, tan intrigante como conocedor de la ciencia del derecho.
Declaró Cepeda guerra a muerte al virrey, a quien desacreditó
completamente entre el pueblo.
Y con esto llegamos a narrar un hecho que vino a ser causa de la
perdición del virrey. Cierto caballero de Lima, que se apellidaba
Suárez de Carbajal, antiguo empleado público durante el mando de los
gobernadores, cayó en desgracia del virrey por sospechas de haber
influído sobre algunos de sus parientes para que tomasen partido entre
los descontentos. Blasco Núñez le hizo llamar a su palacio a hora
avanzada de la noche y le acusó de traición en los términos más duros,
contestando también enérgicamente Carbajal al negar el cargo. «Luego
el dicho virrei echó mano á una daga, i arremetió con él, i le dió
una puñalada, i á grandes voces mandó que le matasen»[416]. Sobre el
desgraciado Carbajal cayeron los dependientes del virrey y le mataron.
Sospechando Blasco Núñez las consecuencias de su criminal acción,
dispuso que el cadáver fuese trasladado por secreta escalera a la
Catedral y enterrado en una sepultura. El secreto divulgóse en seguida,
y, quieras que no quieras, se abrió la sepultura, mostrándose entonces
con toda claridad el crimen. Desde aquel momento Blasco Núñez estaba
perdido sin remedio, porque Carbajal era querido de todos, como también
sabían todos que el infeliz había empleado toda su influencia en favor
de la causa del virrey.
[416] Zárate, M. S. existente en el Archivo de Simancas.
Abandonado Blasco Núñez de sus amigos, malquistado con la Audiencia y
aborrecido de todos, pensó abandonar a Lima y retirarse a Truxillo,
a unas 80 leguas de distancia. Proponíase con esto ganar tiempo, ya
que no tenía valor para marchar al encuentro de Gonzalo Pizarro, ni
para defenderse en Lima. Seguramente que el virrey no esperaba la
fuerte oposición que los jueces hicieron a su proyecto, tan fuerte
que apelaron al patriotismo de los habitantes, quienes en sentido
revolucionario y a los gritos de _¡Libertad! ¡Libertad! ¡Viva el Rey!
¡Viva la Audiencia!_ se dirigieron al palacio, y, aunque el virrey dió
orden a la guardia y a sus criados que hiciesen fuego, la muchedumbre
penetró hasta las mismas habitaciones de Blasco Núñez, que fué preso
y encerrado en estrecha prisión. «E hízose (la revolución) sin que
muriese un hombre, ni fuese herido, como obra que Dios la guiaba
para bien desta tierra»[417]. La Audiencia depuso al virrey, que fué
mandado a una isla inmediata y desde la cual se dirigió luego a Panamá.
Suspendiéronse en seguida las odiadas Ordenanzas.
[417] _Carta de Gonzalo Pizarro a Valdivia_, M. S.
Gonzalo Pizarro se encontraba ya en Xauxa, a unas 90 millas de Lima.
Los jueces u oidores de la Audiencia, que ya habían gustado de las
dulzuras del poder, le mandaron un mensaje, dándole noticia de la
revolución y de la suspensión de las Ordenanzas, no sin invitarle
también a que mostrase su obediencia, disolviendo su ejército y
retirándose a gozar tranquilo de sus haciendas. Si Pizarro hubiera
abrigado algún temor, el veterano Francisco de Carbajal le hubiese
animado, como seguramente le animó a la lucha. Por esta razón,
el encargado del mensaje volvió con la siguiente respuesta: «Que
la voluntad del pueblo era que Gonzalo Pizarro se encargase del
gobierno del país, y que si la autoridad no le daba desde luego la
investidura de gobernador, entregaría la ciudad al saqueo»[418].
En apuro tan grande, acudieron los oidores a pedir consejo a Vaca
de Castro, que todavía se hallaba detenido a bordo de uno de los
buques; mas el ex-gobernador guardó un silencio discreto en situación
tan difícil. Razón tenían los jueces para mostrarse aturdidos, pues
el viejo Carbajal llegó de noche a la ciudad, redujo a prisión a
algunos caballeros de Cuzco, que habían abandonado tiempo atrás las
filas de Pizarro, e hizo ahorcar de las ramas de un árbol a tres
de aquellos. Cuando los oidores vieron cómo castigaba Pizarro, le
enviaron un mensaje invitándole a entrar en la ciudad, y declarando
que la seguridad del país y la justicia exigían que fuese nombrado
gobernador. Entró Pizarro en Lima el 28 de octubre de 1544. Componíase
su ejército de 1.200 españoles y de algunos miles de indios que
marchaban a vanguardia conduciendo la artillería. A los indios seguían
los alabarderos y arcabuceros, formando un cuerpo de infantería, y,
por último, la caballería, a cuya cabeza marchaba el mismo Pizarro.
Habiendo prestado el juramento de costumbre ante la Audiencia, fué
proclamado gobernador y capitán general del Perú, hasta que el Rey
dijese su voluntad. Alojóse en el palacio donde fué asesinado su
hermano Francisco y celebráronse toda clase de fiestas (corridas de
toros y torneos) que duraron algunos días. Castigó a muchos, y entre
los que estuvieron próximos a ser ahorcados, se hallaba el cronista
Pedro Pizarro, honrado y pundonoroso militar, que fué más fiel a su Rey
que a su pariente[419].
[418] Zárate, _Conquista del Perú_, lib. V, cap. XIII.
[419] Véase _Prescott_, Ob. cit., tom. II, pág. 250.
Comenzó su gobierno Gonzalo Pizarro desterrando y confiscando los
bienes de sus enemigos. Hizo suyo el ayuntamiento de Lima y absorbió
las facultades de la Real Audiencia. El oidor Alvarez fué nombrado
para acompañar al virrey a Castilla, Cepeda vino a ser un instrumento
en manos de Gonzalo, el juez Zárate padecía mortal enfermedad[420], y
Tejada debía marchar a Castilla con una relación de los últimos sucesos
para justificar el gobernador su conducta ante los ojos de Carlos V.
Organizó perfectamente su ejército, mandó a sus tenientes a encargarse
del gobierno de las principales ciudades, y con respecto a la marina,
hizo construir galeras en Arequipa.
[420] No debe confundirse el juez Zárate con el historiador
Zárate.
De pronto, el buque en que Vaca de Castro estaba preso, que era el
mismo donde el oidor Tejada se disponía a marchar a España, desapareció
del puerto, llegó a Panamá, cruzó el istmo e hizo rumbo a la madre
patria. Inmediatamente que llegó Vaca de Castro, pues estaba acusado,
entre otras cosas, de haberse apropiado los caudales públicos, fué
preso y conducido a la fortaleza de Arévalo (Avila), mejorando después
de prisión, y siendo al fin absuelto por los tribunales de Castilla.
Volvió a ocupar su puesto en el Consejo y gozó fama de honrado é
íntegro.
Si no agradó a Pizarro la retirada de Vaca de Castro, le disgustó mucho
más la presentación de Blasco Núñez en Tumbez. Cuando el buque que
estaba destinado a conducir a España al virrey se separó de la costa,
el oidor Alvarez, recordando seguramente el poco aprecio que Pizarro
había hecho de la Audiencia, se presentó a Blasco Núñez y le anunció
que se hallaba en libertad, pudiendo tomar el camino que quisiese. A
Tumbez llegó a mediados de octubre de 1544. Al saltar en tierra publicó
un manifiesto denunciando a Pizarro como traidor al Rey, y exhortando
a todos para que le ayudasen a sostener la autoridad real. Acudieron
muchos, aunque no los que necesitaba si quería luchar con uno de los
capitanes de Pizarro que a la sazón llegó a la costa. Entonces Blasco
Núñez abandonó su posición de Tumbez y cruzando un país montuoso y
lleno de nieve, se dirigió a Quito. Allí recibió la grata nueva de que
Belalcázar, comandante de Popayán, le ayudaría con todas sus fuerzas
en la próxima campaña. Comprendiendo que Quito no era sitio favorable
para la reunión de sus partidarios, hizo rápida contramarcha hacia
la costa y se situó en la ciudad de San Miguel, reuniendo cerca de
500 hombres entre caballería e infantería, mal provistos de armas y
municiones. Pizarro, entretanto, dejó a Lima, llegó a Truxillo y tomó
la vuelta de San Miguel, deseoso de terminar la contienda. Se presentó
en San Miguel, cuando Blasco Núñez, no contando con fuerzas suficientes
para reñir una batalla, se retiró donde pudiese recibir el auxilio de
Belalcázar. Detrás del virrey marchó Pizarro, quien dispuso que se
adelantara Carbajal. Por cierto que en una escaramuza, a causa de un
descuido de Carbajal, llevó el virrey la mejor parte. Sin embargo, el
veterano jefe continuó de día y de noche a los alcances del enemigo. El
deseo de Blasco Núñez era llegar a Pastos, jurisdicción de Belalcázar,
caminando por terrenos pantanosos, donde ni hombres ni caballos
encontraban alimento. Además, el virrey desconfiaba de los suyos,
hasta el punto que hizo dar muerte a algunos de sus oficiales. Salió
a tierra firme, y pasando por Tomebamha, volvió a penetrar en Quito y
_limpiando de sus zapatos el polvo_--como escribe Prescott--continuó
su camino hacia Pastos. Iba Pizarro picando la retaguardia al virrey,
a quien estuvo a punto de alcanzar en Pastos, y continuó al alcance
algunas leguas, hasta que, no queriendo atacar con desventaja al virrey
y a Belalcázar unidos, y también no contando con Carbajal (el cual
había tenido que marchar con algunas fuerzas a La Plata, donde Diego
Centeno, haciéndole traición, levantó bandera por la Corona), dispuso
la retirada y llegó a Quito con el objeto de reanimar el espíritu de
sus desmayadas tropas. Blasco Núñez logró entrar en Popayán, capital
de la provincia, pudiendo descansar sus tropas de las fatigas de una
marcha de más de 200 leguas. Reunidas las tropas del virrey y las de
Belalcázar llegaban a sumar 400 hombres. Salió en los primeros días
de enero de 1546 Blasco Núñez de Popayán, acompañado de Belalcázar,
camino de Quito. Cuando lo supo Pizarro, se retiró de dicha capital y
tomó fuerte posición a tres leguas más al Norte, en un terreno elevado
que dominaba un río, cuyas aguas tenía que atravesar el enemigo. Llegó
Blasco Núñez poco después y al considerar el sitio que ocupaba Pizarro,
valiéndose de la obscuridad de la noche levantó el campo, y dando
gran rodeo penetró en Quito. Cuéntase que al ver la ciudad desierta
y que Pizarro era el ídolo de todos, el infeliz virrey levantó las
manos al cielo, exclamando: _¡Así abandonas, Señor, a tus servidores!_
Belalcázar, comprendiendo que era temeridad dar la batalla en aquellas
circunstancias, aconsejó a Blasco Núñez que entrase en negociaciones
con el enemigo.
Se negó terminantemente a ello, y después de arengar a sus tropas,
salió de Quito (18 de enero del citado año de 1546) y presentó
batalla a Pizarro. Pruebas de valor dieron ambos ejércitos, siendo
al fin derrotado el virrey Blasco Núñez. Entre otros muertos,
merecen especial mención Cabrera, el teniente de Belalcázar, y cayó
mortalmente herido el oidor Alvarez. Belalcázar, cubierto de heridas,
fué hecho prisionero. Blasco Núñez se dió a conocer por su bizarría;
pero un golpe de hacha que le dió un soldado en la cabeza le derribó
del caballo, estando ya gravemente herido. En aquella situación, el
licenciado Carbajal, hermano de aquel que el virrey asesinó en el
palacio de Lima--y que por esta causa se puso al lado de Pizarro--se
dirigió a dicho Blasco Núñez, le echó en cara el asesinato, y cuando
se disponía a darle el golpe mortal con su propia mano, se presentó
Pizarro y «mandó a un negro que traía que le cortase la cabeza, i en
todo esto no se conoció flaqueza en el visorrey, ni habló palabra, ni
hizo más movimiento que alzar los ojos al cielo, dando muestra de mucha
christiandad»[421].
[421] Herrera, Ob. cit., _Déc. VIII_, lib. I, pág. III.
Tal fué la batalla de _Añaquito_. Belalcázar, que curó de sus heridas,
obtuvo perdón y fué restablecido en su gobierno. Blasco Núñez, primer
virrey del Perú, aunque era hombre vano, desconfiado y antipático,
tenía dos buenas cualidades: lealtad con su Rey y constancia en la
desgracia.
Llegó Pizarro a la cima del poder. Hizo su entrada en Lima, llevando
las riendas de su caballo dos capitanes a pie, y cabalgando a su lado
el arzobispo de Lima y los obispos del Cuzco, Quito y Bogotá. Echáronse
las campanas al vuelo, las calles estaban llenas de ramaje y las casas
colgadas de tapices; diéronle los títulos de «Libertador y Protector
del pueblo.» Para que todo fuese dicha, recibió entonces la noticia de
que Carbajal, su fiel teniente, había sofocado la insurrección dirigida
por Centeno, cuyos restos andaban dispersos y el jefe había encontrado
refugio en una cueva de la montaña. Comenzó Pizarro a desplegar una
ostentación verdaderamente regia. Se le aconsejó por muchos, entre
otros por Carbajal, que se proclamara Rey, y se le dijo «que se casase
con la Coya, princesa india, representante de los Incas, para que así
las dos razas pudieran vivir tranquilas bajo un cetro común»[422]. Para
desgracia suya--como después veremos--la roca Tarpeya no estaba lejos
del Capitolio.
[422] Prescott, Ob. cit., tom. II, pág. 279.
La nueva de tales sucesos llegó a España en el verano de 1545. A
la sazón Carlos I se hallaba en Alemania, ocupado en sosegar las
turbulencias del imperio, y su hijo Felipe, gobernador del reino,
residía en Valladolid con la corte. Como en semejantes casos acontece,
se puso en cuestión por el Consejo, presidido por Felipe, y del cual
formaba parte el duque de Alba, el modo de restablecer el orden en
las colonias. «Ventilóse la forma del remedio de tan grave caso, en
que hubo dos opiniones: la una, de enviar un gran soldado con fuerza
de gente a la demostración de este castigo; la otra, que se llevase
el negocio por prudentes y suaves medios, por la imposibilidad y
falta de dinero para llevar gente, caballos, armas, municiones y
abastecimientos, y para sustentarlos en Tierra Firme y pasarlos al
Perú»[423]. De la primera opinión debieron ser, lo mismo el Príncipe
que había de reinar con el nombre de Felipe II, que el futuro y severo
gobernador de los Países Bajos. El Emperador, desde Colonia, se decidió
por la última opinión, y nombró a D. Pedro de la Gasca para pacificar
aquel inmenso territorio. A la carta de Carlos V, del 6 de agosto de
1545, contestó La Gasca, entre otras cosas, lo siguiente:
[423] M. S. de Caravantes.
«S. C. C. M.
Recibí la carta de V. M. en que me manda vaya a entender en las
cosas del Perú, y aunque es jornada peligrosa para la salud y
vida, mas como viendo que los hombres desde que nacemos estamos
condenados a la muerte y obligados al trabajo, y cuán particular
obligación tenemos a esto los vasallos de V. M., viendo la
determinación que todas las veces que de ello hay necesidad, V. M.,
por lo que á nosotros conviene, no rehusa de poner á todo riesgo y
trabajo su persona, siendo lo que es, é importando su conservación
tanto al bien universal de la República Cristiana.» Y en otra
cláusula añade: «Conozco mis pocas fuerzas y corta industria, que
ninguna experiencia tengo de las cosas de las Indias; y conforme
á esto, si me faltare la vida ó salud en el camino ó medios en
los negocios, sería inútil para servir á Dios y á V. M. en ellos,
y no se conseguiría el fin de la pacificación de aquella tierra.
Mas considerando la determinación con que V. M. me lo manda, me
pareció que sin réplica ni excusa le debía obedecer, considerando
que con hacer lo que en mí suele, tratando los negocios con fe,
verdad y limpieza que debo a Dios y á mi príncipe, habré cumplido.
En Madrid 14 de noviembre de 1545. De vuestra S. C. C. M. humilde
vasallo é indigno criado que sus Reales manos besa, El lic. Gasca
Gil Fernández Dávila»[424]. Presentóse La Gasca ante el Consejo de
Valladolid y pidió ir al Perú como representante del soberano y
revestido de toda la real autoridad[425]. «No quiero--dijo--sueldo
ni recompensa de ninguna especie; con mis hábitos y mi breviario
espero llevar á cabo la empresa que se me confía»[426].
[424] _Tesoro Eclesiástico_, tom. I, Iglesia de Sigüenza pág.
192.
[425] Nació en Navarregadilla, lugar anejo, en lo antiguo,
del Barco de Avila y hoy de Santa María de los Caballeros.
Físicamente considerado, era feo y de mal gesto, de
aspecto vulgar, y su pequeño cuerpo se hallaba sostenido
por largas y delgadas piernas. Afirman sus biógrafos--tal
vez sin fundamento alguno--que descendía de la familia de
Casca, uno de los conjurados y asesinos de Julio César.
«Pasando a España--dice una manuscrita historia de D. Pedro
Gasca--vinieron a tierra de Avila y quedó del nombre dellos
el lugar y familia de Casca, mudándose por la afinidad de la
pronunciación que hay entre las dos letras consonantes _c_
y _g_ el nombre de Casca en Gasca.» Estudió en el Colegio
Mayor de Alcalá de Henares; mostró en dicha ciudad su enemiga
á los Comuneros; pasó a estudiar derecho civil y canónico a
Salamanca, en cuya Universidad se distinguió por su habilidad
en las disputas eclesiásticas. Fué rector de la Universidad en
el curso de 1528 al 29, según consta en los libros y legajos
del archivo de la famosa escuela. Tomó los hábitos en San
Bartolomé (18 octubre 1531), desempeñando en dicho colegio dos
veces el rectorado. Mereció que el cardenal D. Juan Tavera,
arzobispo de Toledo, le confiriese importantes y delicados
cargos. Nombrado del Consejo de la General Inquisición, pasó
a Valencia en el año 1540. El Emperador le encargó la visita
de la justicia del reino de Valencia y de todos los oficiales
del patrimonio real, desempeñando su comisión con prudencia
y tacto. En el año 1542, habiendo Barbarroja amenazado las
costas de Valencia y las islas Baleares, D. Fernando de
Aragón, por consejo de La Gasca, puso en seguridad aquellas
posesiones.
[426] Fernández, _Hist. del Perú_, parte I, lib. II, cap. XVI.
[Ilustración: El Licenciado _D. Pedro de la Gasca_, según retrato
existente en Valladolid.]
Parece ser que los individuos del Consejo no se creyeron autorizados
para conceder los extensos poderes que solicitaba La Gasca; pero
el Emperador, a una carta del antiguo colegial de San Bartolomé
de Salamanca, contestó (16 febrero 1546) confiriéndole absoluta
autoridad. Sería La Gasca nombrado presidente de la Real Audiencia,
se le autorizaba para hacer nuevos repartimientos y confirmar los ya
hechos, declarar la guerra y levantar tropas, nombrar y separar todos
los empleados. Podía ejercer la regia prerrogativa de perdonar los
delitos y conceder amnistía a todos los complicados en la rebelión,
y se le ordenaba que revocase las odiadas Ordenanzas. En compañía del
valiente capitán Alonso de Alvarado, se embarcó en Sanlúcar (26 mayo
1546), llegando a las Indias (3 julio) después de próspero viaje.
Desde el puerto de Santa María, donde supo que el virrey Blasco Núñez
había muerto en la batalla de Añaquito y que Gonzalo Pizarro gobernaba
absolutamente el país, se dirigió a _Nombre de Dios_, siendo recibido
por Hernán Mexía, uno de los capitanes más fieles a Pizarro, con los
honores debidos a su alta dignidad. Presentóse después en Panamá,
en cuyas aguas se hallaba la escuadra, mereciendo también favorable
acogida del gobernador Hinojosa. Comprendiendo entonces Gonzalo Pizarro
que el enviado de Carlos V, _con toda su reputación de santo, era el
hombre más mañoso que había en toda España é más sabio_[427] determinó
enviar un mensaje al Emperador, ya para justificar su conducta, ya para
solicitar la confirmación de su autoridad.
[427] Carta de Pizarro a Valdivia, M. S.
Presidía la comisión Lorenzo de Aldana, quien, antes de embarcarse
para España, debía entregar una carta a La Gasca, firmada por 70 de
los principales vecinos de Lima y con fecha del 14 de octubre de 1546,
en la cual se le manifestaba que volviese a la metrópoli, porque su
presencia serviría únicamente para renovar los pasados disturbios; pero
cuando Aldana se convenció de las atribuciones que traía el presidente,
abandonó la causa de Pizarro, y lo mismo hizo poco después Hinojosa,
poniendo la escuadra a las órdenes de La Gasca.
El presidente se decidió a obrar. Levantó empréstitos sobre el crédito
del gobierno, recibió los fondos que le adelantaron los vecinos ricos
de Panamá, reunió gente y almacenó provisiones. Hizo repartir proclamas
y manifiestos; y últimamente, mandó copias de sus poderes a Gonzalo
Pizarro y le anunció que todavía era tiempo de volver a la obediencia
del Rey. No sabiendo Pizarro qué camino tomar, consultó el caso con
el veterano Carbajal y el abogado Cepeda, los cuales estuvieron en
desacuerdo, pues al paso que Carbajal opinó que debía aceptarse la Real
gracia, el pedante Cepeda aconsejó la lucha y aun llegó a decir que el
viejo soldado obraba por las sugestiones del miedo.
Noticioso Pizarro de la defección de Hinojosa y Aldana, de la entrega
de la escuadra y de la toma de Cuzco por Centeno--aquel jefe realista
que escondido un año en una cueva cerca de Arequipa, se presentaba a
la sazón con deseos de venganza--Pizarro, repetimos, se decidió por
la opinión de Cepeda y se dispuso a desesperada lucha. Dejó Cepeda
su profesión de oidor por la de militar y se puso al frente de las
tropas, bien que el alma de la empresa era Carbajal. No pudiendo Cepeda
olvidar su profesión de abogado, formó ridículo proceso contra La
Gasca, Hinojosa y Aldana. Refiere el historiador Fernández que Carbajal
preguntó: «¿Qué objeto tiene vuestro proceso?--Evitar dilaciones,
contestó Cepeda, y si fuesen hechos prisioneros, que se les ejecute
inmediatamente.--Yo creía--añadió el veterano--que ese proceso tenía
virtud para matarlos como con un rayo. Si alguno de ellos cae en mis
manos, no necesitaré de la sentencia y firmas para hacerlos morir»[428].
[428] Ob. citada, cap. LV.
Aldana con la escuadra salió de Panamá (mediados de febrero de 1547)
dirigiéndose a Lima. Por su parte Pizarro abandonó la ciudad y
estableció su campamento a una legua de Lima y dos de la costa; mas
antes Cepeda reunió a los vecinos de la ciudad y les hizo prestar
juramento de mantenerse fieles a Gonzalo. «¿Cuánto tiempo--preguntó
Carbajal a su compañero--pensáis que durarán esos juramentos? Luego
que hayamos salido de aquí, se los llevará el primer viento que sople
de la costa.» En efecto, inmediatamente que Aldana echó el ancla en el
puerto, los habitantes de Lima volvieron sus ojos al nuevo astro.
Cuando vió Gonzalo que por el Norte le amenazaba La Gasca y por el Sur
Centeno, se decidió pasar a Chile, llegando al lago de Titicaca, en
tanto que el presidente salía de Panamá, arribaba a Túmbez, se detenía
en Trujillo y entraba en el valle de Xauxa.
Pizarro y Centeno se encontraron (26 octubre 1547) en las llanuras
de _Huarina_, al Sudoeste del lago. Carbajal y Cepeda pelearon como
bravos, en particular el primero, que consiguió señalada victoria.
No arredró este contratiempo a La Gasca. Salió de Xauxa (22 diciembre
1547), y entró en la provincia de Andaguaylas, donde se le unió
Centeno, como también Belalcázar, conquistador de Quito, y Valdivia,
conquistador de Chile. Hallábanse, además, a su lado los obispos de
Cuzco, Quito y Lima, la nueva Audiencia y muchos clérigos seculares y
regulares. La Gasca, con poderoso ejército y llevando como capitanes
a Hinojosa, Alvarado y Valdivia, atravesó las elevadas crestas de los
Andes, cubiertas de nieve y hielos, caminó entre rocas y precipicios,
barrancos y laderas, echó un puente sobre el río Apurimac y se dirigió
al valle de _Xaquixaguana_. Si gloria merece Aníbal atravesando el
pequeño San Bernardo, y Napoleón el gran San Bernardo, digno de
no menor fama es La Gasca atravesando los Andes. En Xaquixaguana
se encontraron Pizarro y La Gasca (9 abril 1548). Refieren los
historiadores que cuando Carbajal vió las disposiciones de las tropas
reales, hubo de decir: «Valdivia está en la tierra y rige el campo,
o el diablo»[429]. No sabía el esforzado veterano que, en efecto,
Valdivia se hallaba en el campamento real. Cepeda y Garcilaso de la
Vega, padre del historiador, hicieron traición a su causa, pasándose
al enemigo. Una columna de arcabuceros y un escuadrón de caballería
siguieron el ejemplo. Gonzalo Pizarro, Carbajal, Juan de Acosta y
algunos más intentaron la resistencia, aunque todo fué en vano. Gonzalo
preguntó a Juan de Acosta: _¿Qué haremos, hermano Juan?_ Acosta
respondió: _Señor, arremetamos y muramos como los antiguos romanos_.
Pizarro contestó: _Mejor es morir como cristianos_. Pizarro recordaba
seguramente la rota de los Comuneros de Castilla y las palabras de
Juan de Padilla. Gonzalo fué hecho prisionero, como también Carbajal.
Cuéntase que Carbajal fué insultado por la soldadesca realista. Diego
Centeno se declaró su defensor. _¿Quién es vuestra merced_--le preguntó
Carbajal--_que tanta merced me hace?_ Centeno respondió: _Qué, ¿no
conoce vuestra merced a Diego Centeno?_ Carbajal dijo entonces: _Por
Dios, señor, que como siempre ví a vuestra merced de espaldas[430],
agora, teniéndole de cara no le conocía_[431]. Como en Villalar, el
triunfo fué de la causa de la legalidad. Pizarro, Carbajal, Acosta y
otros caballeros pagaron con la vida su deslealtad, como antes Padilla,
Bravo y Maldonado. Muchos sufrieron el destierro y las propiedades de
todos fueron confiscadas.
[429] Ibidem, cap. LXXXIX.
[430] Se refiere a la fuga de Charcas y a la derrota de
Huarina.
[431] Fernández, ob. cit., cap. XC.
Retirado La Gasca al valle de Guaynarima recompensó á sus partidarios.
Marchó en seguida á Lima, mereciendo ser aclamado por el pueblo que
le llamaba _Padre, Restaurador y Pacificador del Perú_. «No vió el
mundo--dice Ruiz de Vergara--semejante transformación; en breve tiempo
desde pastor de almas pasó a ejercer oficio de virrey, y el báculo fué
bastón militar con que gobernó ejércitos que aseguraron a su Príncipe
y a su patria las mayores riquezas que han logrado los hombres en
otras monarquías. Las victorias fueron más dignas de gloria cuanto más
fuertes fueron los vencidos»[432] (Apéndice G.)
[432] Ibidem, pág. 325.
Terminada la guerra, comenzó La Gasca su misión de juez y de
gobernador. Como presidente de la Audiencia y rodeado de magistrados
tan entendidos como justos, despachó muchos negocios que estaban
atrasados durante las pasadas revueltas, en particular importantes
pleitos sobre la propiedad. Introdujo excelentes reformas en el
gobierno municipal de las ciudades. Mandó a expediciones lejanas
a algunos caballeros más amigos de motines que del orden público.
Comprendiendo la triste situación de los infelices indios, planteó
sistema de impuestos más equitativo y beneficioso que el establecido
por los antiguos soberanos. Dictó leyes humanitarias y rechazó
frecuentemente las protestas de los colonos. Don Pedro de La Gasca, por
sus rectas intenciones y por sus altas miras políticas, debe figurar
entre los grandes hombres de España en aquel siglo.
Pacificado el Perú, La Gasca se embarcó para España en Nombre de Dios,
llegando a Sevilla (octubre de 1550) con rico tesoro. Desde Sevilla
despachó a Flandes, donde a la sazón estaba el Emperador, al capitán
Lope Martín, «con aviso de lo que había pasado en Tierra Firme y de su
llegada en salvo con el tesoro: nueva que del Rey fué bien recibida,
por hallarse muy necesitado de dinero para las guerras extranjeras que
trataba»[433]. Dice Ruiz de Vergara que añadió que él venía con el
breviario y 46.000 ducados de deuda, por lo cual suplicaba al César que
mandase pagar a sus acreedores. Mandó el Emperador que del tesoro que
traía, los tomase en buena hora[434].
[433] Herrera, _Década VIII_, libro VI, cap. VII.
[434] Ibidem, pág. 325.
La Gasca no fué un genio; pero sí un carácter.[435] «Hay
hombres--escribe Prescott--cuyo carácter es tan a propósito para las
crisis particulares en que se presentan, que parecen especialmente
designados por la Providencia para dominarlas. Tales fueron Washington
en los Estados Unidos, y La Gasca en el Perú. Podemos concebir que haya
hombres de cualidades más altas a lo menos en la parte intelectual;
pero la maravillosa conformidad de su carácter con las exigencias
de su situación, la perfecta habilidad con que supieron elegir los
medios más conducentes para conseguir el fin que se proponían, son
las que constituyen el secreto de sus triunfos. Ellas hicieron a La
Gasca sofocar gloriosamente la revolución, y a Washington, aún más
gloriosamente llevarla a cabo»[436].
[435] Recompensó sus servicios Carlos V presentándole en el
año 1551 para la silla episcopal de Palencia. Como Valladolid
era población de su obispado, en el auto de fe celebrado en
dicha ciudad (21 mayo 1559) contra D. Agustín Cazalla y otros,
La Gasca hizo la degradación de los sacerdotes herejes[395a].
Fué uno de los jueces que votaron la prisión de Fr. Bartolomé
de Carranza, arzobispo de Toledo. Durante el tiempo que estuvo
La Gasca al frente de la iglesia palentina se hicieron obras
de importancia en la catedral, como lo indican las armas de
aquel Prelado, las cuales se ven en las bóvedas primera y
segunda de la nave central, en la verja del coro, en la sala
donde administraba justicia y en una ventana colocada en el
lienzo exterior de la iglesia, próxima a la puerta de _Los
novios_.
[395a] Ob cit., págs. 259 y 325.
Habiendo sido promovido a la iglesia de Sigüenza, tomó
posesión de su silla el 11 de agosto de 1561. Asistió a un
Concilio provincial celebrado en Toledo; pasó a Alcalá de
Henares en 1565, y con el obispo de Cuenca y el de Segovia,
D. Diego de Covarrubias, tomó parte en el informe sobre la
canonización de Fr. Diego de Alcalá; por último, en 1566,
según las disposiciones del Concilio Tridentino, celebró
Sínodo en Sigüenza, acabando sus días en dicha ciudad el 10 de
noviembre de 1567[395b].
[395b] Prescott dice, erradamente, que murió en Valladolid.
Ob. cit., pág. 397.
Fué enterrado en la iglesia de Santa María Magdalena
(Valladolid), que él hizo construir, y su sepulcro, obra
del escultor Esteban Jordán, tiene mucho mérito. La estátua
yacente, que representa al Prelado, colocada en el crucero
del templo, es primorosa, y a sus pies hay una tarjeta con el
siguiente letrero:
_Accepit regnum decores et diadema pecici de manu Domini._
En el lado de la Epístola se halla una capilla, donde se
admira el escudo heráldico de La Gasca. Dicho escudo está
dividido en dos cuarteles por una diagonal: en el de la
izquierda se ven castillos y leones, y en el de la derecha
trece roeles. Léese la inscripción que copiamos a continuación:
_Cesari restitutis Peru regnis tiranorum spolia._
En la cornisa que corre alrededor del templo se lee esta
inscripción:
Illustrissimus, ac Reverendissimus D. D. Petrus Gasca,
qui primo Santæ Generalis Inquisitionis et consilio. Post
Palentinus deinde seguntinus Antistes. Peru Regna Novi-orbis
Regiam invictissimi. Caroli quinti Imperatoris Hispaniarumque
regis, vicem gesturus adivit unde tyranis, rebellibusque
primo congressu superatis, Provinciisque illis Regis Imperio
subactis, vesilla hec novellaque troplica arripuit. Quo circa
decies centena millia supra trecentem millia ducatorum census
cesaris militibus una die ipse solus auri contemplor erogavit.
Quibus feliciter gestis, cupiens pro tantis beneficiis
divinitus in eum collatis, vota solveret hanc sacsam edem ad
laudem, et gloriam Omnipotentis Dei et honorem Beatæ María
Magdalena a fundamentis erexit, ed munificentissime dotavit
eamque sibi nomine Mausolei vindicavit. Obiit Siguntiæ anno a
Nativitate Domini 1567, quarto idus Novembris ætatis sua 74.
En su testimonio, que se guarda en el Archivo de la iglesia de
la Magdalena, dice el fundador que la edificaba por satisfacer
en algo las faltas que había tenido en celebrar, las cuales
eran debidas a las ocupaciones que le dió el emperador Carlos
V en Valencia cuando le mandó visitar los tribunales de dicho
reino, así de Justicia como de Hacienda, y en la defensa del
mismo reino e islas Baleares, pues Barbarroja, año de 1542,
con la armada del Turco y del rey de Francia, se dispuso a
atacar nuestras costas y citadas islas. Dice también que la
ida al Perú y reducción de aquellos reinos al real servicio
y el castigo de los tiranos, le ocupó más de ocho años, en
cuyo tiempo no se atrevió a decir misa, si bien debía hacerse
notar por Su Santidad, a instancia y pedimento de S. M. F.
le envió un Breve copiosísimo para que pudiese entender en
todos los negocios de cualquiera calidad que fuesen, así
civiles como criminales, de guerra y paz, no cayendo en otra
irregularidad. Añade que, del mismo modo, le movió a hacer
esta obra pía el que la parroquia de la Magdalena, aunque era
la más antigua estaba casi derruída y era la más pobre, y
porque en ella tenía la casa su hermano D. Diego de la Gasca,
a quien nombraba patrono. Dotó en 400 ducados la capilla mayor
de la citada iglesia e instituyó doce capellanías y una además
con el nombre de mayor, un organista, un sacristán y cuatro
mozos de coro. Además de varias misas que encargó a dichos
sacerdotes, dispuso, que, habiendo sido el _oficio muzárabe_
antiguamente de mucha devoción y uso en España, en tiempos de
tanta persecución de infieles, él, siguiendo el ejemplo del
reverendísimo Sr. Cardenal D. Francisco Jiménez, arzobispo de
Toledo, de buena memoria,--quien fundó una misa, según aquel
ritual, en la iglesia metropolitana de Toledo,--ordenaba y
mandaba que se dijese en dos viernes de cada mes una misa y
el dicho oficio en su capilla de la Magdalena por los trece
capellanes en turno y como se dice en la del Sr. Cardenal.
En la parte exterior de la iglesia se destacan diferentes
escudos con las armas de La Gasca, llamando la atención
uno tan grande como poco artístico, que adorna la fachada
principal. Edificó una casa para los sacerdotes, la cual está
situada frente a la fachada principal de aquel templo[395c].
[395c] En la calle de Colón, señalada al presente con el
número 13.
De los muchos y ricos objetos que se guardaban en la
Magdalena, sólo existe a la sazón, un cáliz de plata, de
estilo gótico florido, regalado por el fundador[395d].
[395d] El hermoso y artístico retrato de D. Pedro de La
Gasca, que se hallaba en la sacristía, se lo llevó el
general Concha, patrono de la iglesia, allá por el año 1860.
[436] _Hist. del Perú_, tom. II, pág. 401.
Si nos agrada que el escritor americano coloque a nuestro La Gasca al
lado de Washington, la imparcialidad nos obliga a decir que el español,
aunque prestigioso gobernante, se halla muy por debajo del hijo ilustre
de Virginia.