VIRREINATO DEL PERÚ (CONTINUACIÓN).--EL VIRREY MENDOZA.--GOBIERNO
DE LA AUDIENCIA.--EL MARQUÉS DE CAÑETE: INSURRECCIÓN DE SAIRI
TUPAC.--EXPEDICIONES.--EL CONDE DE NIEVA Y GARCÍA DE CASTRO.--EL
VIRREY TOLEDO: SUPLICIO DE SAIRI TUPAC.--LOS CHIRINAMOS.--LOS
JESUÍTAS.--CÉDULA DE FELIPE II.--ENRÍQUEZ Y EL CONDE DE VILLAR DON
PARDO.--EL MARQUÉS DE CAÑETE: LOS PIRATAS.--SANTO TORIBIO.--LAS
ENCOMIENDAS.--CÉDULA DE FELIPE III.--EL MARQUÉS DE MONTESCLAROS:
CREACIÓN DE CATEDRALES.--EL PRÍNCIPE DE ESQUILACHE, EL CONDE
DE CHINCHÓN Y EL MARQUÉS DE MANCERA.--LOS VIRREYES CONDE DE
SALVATIERRA, CONDE DE ALBA DE LISTE Y CONDE DE SANTISTEBAN.--EL
CONDE DE LEMOS Y OTROS VIRREYES NOMBRADOS POR CARLOS II.--TERREMOTO
DE 1678.--VIRREINATO DE CASTELL DOS RÍUS: TERREMOTO DE 1707: AUTOS
DE FE.--VIRREINATO DEL OBISPO DE QUITO.--EL PRÍNCIPE DE SANTO BONO
Y OTROS VIRREYES.--COMISIÓN CIENTÍFICA EN EL PERÚ.--SUBLEVACIÓN DE
LOS INDIOS.--CÉDULA DE 1736.--EL CONDE DE SUPERUNDA: TERREMOTO DE
1746.--EL VIRREY AMAT: EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--LOS VIRREYES
GUIRIOR Y JÁUREGUI.--EL INDIO CONDORCANQUI.--LOS VIRREYES CROIX,
GIL DE TABOADA, O'HIGGINS Y AVILÉS.--BOLIVIA BAJO EL VIRREINATO DEL
PERÚ Y DESPUÉS DEL DE BUENOS AIRES.
D. Antonio de Mendoza, propuesto a Carlos V por La Gasca para el cargo
de virrey del Perú, llegó a Lima (mes de septiembre de 1551). Mostróse
en el Perú tan prudente y bondadoso como antes en México. Encargó a
su hijo D. Francisco que recorriese el Perú con el objeto de conocer
las necesidades públicas y dispuso que Juan de Betanzos escribiera la
historia del Perú desde su descubrimiento.
«Ynformado el Rey de haverse alzado Mango Yuga Yupangui por los
malos tratamientos que rescivía de los Españoles, y que por su
muerte lo andaba tambien su hijo Inga, con muchos caciques e indios,
malográndose el fruto de su redencion; y habiendo noticia de que
quería christianarse y venir al servicio y obediencia de S. M., le
avisó aversele concedido (el indulto) y perdonado todos sus delitos,
encargándole se presentase al virrey D. Antonio de Mendoza, con sus
caciques y secuaces, que estaba prevenido le honrrasse e hiciesse
restituir las casas y chacaras que posehía su padre al tiempo que se
alzó.--Céd. de 9 de marzo de 1552.--Vid. doc. 11 de ellas, fol. 406,
núm. 60»[437].
[437] Archivo histórico nacional, _Cedulario índico de Ayala_,
letra I, núm. 11.
Si el licenciado La Gasca, deseando premiar a los que habían
permanecido fieles a la causa del Rey, hubo de conceder 150
encomiendas, ni la Audiencia, ni Mendoza, aunque se hallaban
autorizados a ello, concedieron ninguna. El tributo que pagaban los
indios sujetos a las encomiendas iba todo a parar a manos de los
encomenderos, hasta que por Real Cédula de 1550, se les impuso la
obligación de pagar el quinto a la Corona, disposición que comenzó a
practicarse durante el gobierno de la Audiencia.
Murió Mendoza en julio de 1552, volviendo la Audiencia a encargarse del
gobierno. La suspensión del servicio personal de los indios, ordenada
por la Audiencia, produjo varios desórdenes, siendo el principal jefe
de los descontentos Hernández Girón, el cual se dió tan buena maña que
se hizo dueño del Cuzco y se aproximó a Lima. Hernández Girón logró
vencer al ejército real en Chuquinga, y cuando se disponía a empresas
mayores, le abandonaron los suyos. Hecho prisionero en Atunjanja, murió
decapitado en la capital el 7 de diciembre de 1554; su cabeza se colocó
en el rollo de la plaza, al lado de las de Gonzalo Pizarro y Carbajal.
Don Andrés Hurtado de Mendoza, segundo marqués de Cañete, recibió
el gobierno que le entregó la Audiencia en julio de 1557; pero su
nombramiento fué hecho el 10 de marzo de 1555. Concedió algunas
encomiendas a los que más se distinguieron en servicio del Rey, y a los
descontentos que se creían con derecho a ellas, los mandó a España,
si bien tampoco consiguieron nada de Felipe II. Procuró el marqués de
Cañete la sumisión de Chile, mandando contra los _araucanos_ a su hijo
Don García.
Un hecho de verdadera importancia se registra en el gobierno del citado
virrey, y fué que tuvo la fortuna de acabar con la insurrección de
Sairi Tupac, heredero de Inca Manco, el cual se puso a la cabeza de los
indios quichuas. Para vencer dicha insurreccion se valió del influjo de
la coya D.ª Beatriz, tía de Sairi y de Juan de Betanzos, emparentado
con la dinastía de los Incas. Entró Sairi en la ciudad de los Reyes
como solían entrar los antiguos monarcas, llevado en una litera. Por
la renuncia de sus derechos se le dieron 20.000 ducados de renta en
las encomiendas de Sacsahuana y Jucay, el título de Adelantado y otras
mercedes. Dícese que en el acto de concederle estas gracias, cogiendo
una hebra del fleco de terciopelo de la mesa, exclamó: _Todo este paño
y su guarnición eran míos, y ahora me dan este pelito para mi sustento
y el de mi casa_. Tiempo adelante se convirtió a la religión cristiana,
recibiendo el nombre de Diego.
Dedicóse el marqués de Cañete a mejorar el estado del país, fundando
en la región de los _cañaris_ la ciudad de _Cuenca_, reprimiendo las
demasías de los negros, enviando tres buques a explorar el Estrecho de
Magallanes, y encomendando a Pedro de Ursúa el descubrimiento de los
_omaguas_, habitantes--según se decía--de tierras abundantes de oro;
esta expedición, a causa de las crueldades de Lope de Aguirre, tuvo mal
resultado.
Don Diego de Acevedo y Zúñiga, conde de Nieva, se hizo cargo del
gobierno el 31 de abril de 1561. Concedió algunas encomiendas. Se
declaró que correspondían a la Corona las encomiendas de Lope de
Mendieta, de D. Alonso de Montemayor y de D. Francisco de Mendoza. El
conde de Nieva fundó el pueblo de _Arnedo_, en el valle de Chancay, y
el de _Ica_, en un paraje que era guarida de ladrones. Según algunos
escritores, fué asesinado por un marido ultrajado en su honra y cuando
de noche subía por una escalera a un balcón de la casa del citado
marido.
Encargóse D. Lope García de Castro del mando el 21 de septiembre de
1564, y lo desempeñó hasta el 26 de noviembre de 1569. Gobernó el Perú
con el título de presidente de la Audiencia, conferido por Felipe II.
Estableció la casa de la moneda, intentó colonizar las islas de Chilve
y confió a Alvaro de Mendaña una expedición que dió por resultado el
descubrimiento de las islas de Salomón, en la Oceanía. No concedió
ninguna encomienda.
De la prudente y sabia administración de D. Francisco de Toledo quedan
muchos e importantes recuerdos, si bien su gobierno se halla afeado con
la nota de crueldad. La visita general que hizo por el virreinato y
que emprendió el 23 de octubre de 1570, fué beneficiosa a los indios,
porque el virrey logró corregir algunos abusos de los encomenderos y
fundó muchos pueblos de indígenas, a los cuales concedió el derecho de
juntarse en cabildos para tratar de los asuntos que creyesen necesario.
Consideremos otro asunto de no escaso interés. Gozaba de independencia
la ciudad de Vilcabamba y en ella habían tomado la borla imperial,
después de Sairi-Tupac, Titu-Cusi y Tupac-Amaru. Queriendo el
virrey acabar con aquel ridículo imperio, entró en negociaciones
con Tupac-Amaru, que no dieron resultado favorable. Lo que no pudo
conseguir por medio del consejo, lo conseguirá por la fuerza.
Encargóse de ello D. Martín de Loyola que, al frente de 200 soldados,
penetró en el país, donde encontró cortados los caminos y rotos
los puentes. Sin embargo, pudo llegar de improviso a Cochabamba y
habiéndose apoderado del Inca, le hizo llevar prisionero al Cuzco,
donde fué condenado a muerte. Cuando marchaba al cadalso, como oyese
que gritaba el pregonero: _A este hombre matan por tirano y traidor
á su Magestad_, replicó: _No digas eso, pues sabes que no es verdad;
yo no he hecho traición, ni pensado hacerla, como todo el mundo sabe.
Dí que me matan porque el virrey lo quiere y no por mis delitos._ En
el momento de entrar en la plaza, sitio destinado a la ejecución,
aparecieron muchas coyas e hijas de caciques clamando tristemente:
_Inca, ¿por qué te van á matar? ¿Qué traiciones has hecho para merecer
tal muerte? Pide á quien te la da, que nos mande matar á todas, pues
somos todas tuyas por la sangre y por la condición, y más dichosas
seremos en tu compañía que quedando siervas de los que te matan._
Tupac-Amaru recibió con resignación la muerte; pero la opinión pública
acusó de cruel al virrey, y hasta el mismo Felipe II, tiempo adelante,
le hechó en cara semejante hecho, diciéndole: «Idos á vuestra casa,
que yo no os mandé al Perú para matar reyes.» Deseoso de quitar a los
indios toda idea de insurrección, puso el virrey en el Cuzco fuerte
guarnición de españoles y llevó a Lima las momias de los Incas, a cuya
presencia se arrodillaba la muchedumbre en los caminos.
Intentó conquistar el país de los _chiriguanos_, en el cual entró
y tuvo que retroceder escarmentado. Enemigo de los jesuítas, desde
Los Reyes, con fecha 7 de octubre de 1578, mandó a Martín García de
Loyola, corregidor del Potosí, que cerrase las puertas de la casa que
allí tenían los Padres y les embargara los bienes temporales de que
eran dueños. En virtud de la orden del virrey fueron arrojados de
dicha casa los PP. José de Acosta, Baena, Medina y los HH. Santiago,
Tomás y Domingo[438]. No escatimaremos nuestros aplausos a la gestión
administrativa de D. Francisco de Toledo. Mejoró el estado de la
Hacienda y publicó sabias ordenanzas.
[438] Véase _Hist. de la Compañía de Jesús_, etc., por el P.
Pastells, tomo I, págs. 14-18.
Antes de terminar la reseña de este virreinato, hagamos un descanso
para registrar dos hechos realizados por Felipe II, digno de censura
uno y digno de alabanza otro. Refiérese el primero a que por Cédula
de 25 de enero de 1569 estableció la Inquisición en el Perú. Vid.
tom. 33 del Ced.º, fol. 357 v.º, núm. 289[439]. Consiste el segundo
en que desde Badajoz (23 septiembre 1580) mandó a decir al presidente
de la Audiencia de los Charcas que en la Universidad, fundada por el
mismo Rey, se estudiase la lengua general de los indios «para que los
sacerdotes que les han de administrar los Santos Sacramentos y enseñar
la doctrina» tuviesen «el medio principal para poder hacer bien sus
oficios»[440].
[439] Arch. hist. nac., _Cedulario índ. de Ayala_, letra I,
núm. 16.
[440] _Cedulario índico_, tomo XXXIV, núm. 293, págs. 329-331.
El 23 de septiembre de 1581 entregó D. Francisco de Toledo el mando
a su sucesor, «embarcándose para España, dejando hecha la tasación
de tributos que había practicado en la visita general, en la cual se
encontró haber en las 19 provincias de las Audiencias de Lima, Quito
y Charcas 695 encomiendas con 325.899 indios, cuyos tributos anuales
importaban un millón quinientos seis mil doscientos noventa pesos de
oro, de los que trescientos un mil doscientos cincuenta y ocho pesos
correspondían al Rey por el derecho de quintos, quedando de renta
para los encomenderos un millón doscientos cinco mil treinta y dos
pesos...»[441].
[441] _Libro Primero de Cabildos de Lima_, segunda parte, pág.
113.
Al breve gobierno de D. Martín Enríquez sucedió el virreinato de D.
Fernando de Torres y Portugal, conde de Villar Don Pardo. Protegió a
los indios y tuvo la desgracia de que en su tiempo el inglés Drake
devastase las costas del Perú.
D. García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, defendió el Perú
de los ataques de Hawkins y otros piratas ingleses. Introdujo la
contribución de alcabalas, que fué causa de muchos tumultos. A la sazón
floreció en el Perú Santo Toribio Mogrovejo, arzobispo de los Reyes
(Lima), quien reunió un concilio en el año 1591 y cuyas actas remitió a
Felipe II[442].
[442] _Colec. de doc. inéd. para la Historia de España_, tomo
V, págs. 185-189.
Por lo que a las encomiendas respecta «muchas y repetidas cédulas se
expidieron desde el reinado de Felipe II para que las encomiendas se
convirtieran en pueblos; se dispuso que los encomenderos residiesen
en sus encomiendas; que no se dieran dos de ellas a una misma persona
si no podía formar un solo pueblo, en cuyo caso por la aceptación de
la última se tenía por renunciada la primera, leyes que sólo tuvieron
cumplimiento en parte, pues en España se proveyeron muchas a favor de
personas que ni estaban ni habían estado nunca en el Perú»[443].
[443] _Lib. Prim. de Cabildos de Lima_, segunda parte, págs.
116 y 117.
Merece, por último, no pocas alabanzas la Real Cédula que, con fecha
29 de diciembre de 1593, se dirigió a los presidentes y oidores de las
Audiencias de Lima y de las Charcas, mandándoles que castigasen con
mayor rigor a los españoles que injuriasen a los indios[444].
[444] _Cedulario índico de Ayala_, letra D.
Poco tiempo después Felipe III, desde la ciudad de Valladolid (13
noviembre 1604) se dirigía al presidente de la Audiencia de los
Charcos, diciéndole que «entendiendo el mucho distrito que tiene el
Obispado de esa provincia, y lo mal que se puede visitar y administrar
el pasto espiritual por un Prelado solo» acuerda erigir otras dos,
una en la ciudad de La Paz de la provincia de Chuquiago, y la otra en
la ciudad de la Barranca de la provincia de Santa Cruz de la Sierra,
habiendo presentado a su Santidad las personas que han parecido más
convenientes para ello...»[445].
[445] _Cedulario índico_, tomo XVII, núm. 182, págs. 145 v.º a
147.
Pasó del virreinato de México (1607) al del Perú D. Juan de Mendoza y
Luna, marqués de Montesclaros. Entre otras medidas de buen gobierno,
estableció el Tribunal del Consulado, suprimió el Rey por consejo suyo
el servicio personal de los indios e hizo construir un gran puente en
Lima para comunicar con el arrabal de San Lázaro.
Por aquellos tiempos, Felipe III, desde Madrid con fecha 13 de
diciembre de 1608, escribió a su embajador en Roma, haciéndole
presente que el arzobispado de la ciudad de los Reyes y el obispado
de la ciudad de Cuzco tenían muy grandes distritos, por lo cual había
acordado que «del arzobispado de la ciudad de los Reyes se saque
una iglesia catedral que tenga su asiento en la ciudad de Trujillo
de las dichas provincias del Perú, y que del obispado del Cuzco se
saquen otras dos iglesias catedrales, la una que tenga su asiento
en la ciudad de Arequipa y la otra en la ciudad de Guamanga de las
dichas provincias»[446]. Encargaba el Rey al embajador que rogase a
Su Santidad la creación de las nuevas iglesias. El mismo monarca,
desde San Lorenzo (20 agosto 1611) dijo al marqués de Montesclaros
que habiendo vacado el arzobispado de la ciudad de los Reyes por
fallecimiento de D. Toribio Alfonso de Mogrovejo, había dispuesto,
contando con Su Santidad, la creación de una iglesia catedral en
Trujillo[447].
[446] Ibidem, tomo XVII, núm. 185, págs. 149 v.ª a 151.
[447] Ibidem, tomo XVIII, núm. 186, pág. 151 a 153 v.ª
D. Francisco de Borja y Aragón, Príncipe de Esquilache (1615-1621),
realizó obras importantes, entre ellas la fortificación del puerto
del _Callao_ y la fundación de la ciudad de _San Francisco de Borja_.
Creó el Real Convictorio de San Bernardo para la educación de los
hijos de los conquistadores, y el Colegio de San Francisco de Asís
para los hijos de indios nobles. Bajo su mando fueron rechazados los
piratas que asolaban aquellas costas, y Jacobo le Maine descubrió
el Estrecho que lleva su nombre y que exploraron luego los hermanos
Nodales. Dicen algunos escritores que fundó una Academia literaria en
su palacio. Reuníanse allí los ingenios más distinguidos de Lima y con
ellos discutía el virrey sobre materias científicas y literarias. De su
inspiración poética dió señaladas pruebas el príncipe de Esquilache.
Parece que el ánimo descansa cuando en el árido campo de la historia se
hallan gobernadores como D. Francisco de Borja. ¿Tuvieron en su tiempo
demasiada influencia los hijos de San Ignacio de Loyola? Es posible.
Poco tenemos que decir del virrey D. Diego Fernández de Córdoba,
marqués de Guadalcázar. Defendió la colonia de las agresiones del
pirata Clerck, el cual, llegando al Pacífico por el Cabo de Hornos,
puso sitio al Callao. Bajo su gobierno se publicaron las _Nuevas Leyes
de la Recopilación de Indias_.
D. Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, conde de Chinchón,
comenzó su virreinato el 14 de enero de 1629, cesando el 18 de
diciembre de 1639, en cuyo tiempo un terremoto destruyó la mayor
parte de Lima. Desde la ciudad de los Reyes se dirigió el virrey a Su
Majestad dándole cuenta del fallecimiento (5 febrero 1630) de Fray
Francisco de Sotomayor, en la villa de Potosí, antes de tomar posesión
del arzobispado de los Charcas; además el conde de Chinchón proponía
personas para suceder a Fray Francisco.
En situación tan pobre se hallaba la monarquía (primeros años de Felipe
IV) que por Real Cédula del 27 de mayo de 1631, fechada en Madrid,
se autorizó al virrey para que pusiese en venta todos los oficios de
Alcaldes provinciales de la Hermandad, y los de Alguaciles y «que se
rematen en las personas que más por ello dieren...»[448]. También con
la misma fecha mandó el Rey al conde de Chinchón que vendiese algunas
hidalguías, porque era muy malo el estado de la Hacienda[449]. Por
último, en igual fecha ordenó Felipe IV al virrey que vendiese la
pimienta por cuenta de la Real Hacienda[450]. Sin embargo de la penuria
en que se hallaba el Estado, todavía tenía gusto para pedir al citado
virrey los animales fieros que hubiese en todo el distrito de su
gobierno, como leones, tigres, osos y otras clases[451].
[448] _Cedulario índico_, tomo XXV, págs. 323, 321 y 324 v.ª
[449] Ibidem, tomo XXXVII, núm. 114, págs. 138 v.ª y
siguientes.
[450] Ibidem, núm. 115, págs. 139 v.ª y 140.
[451] Ibidem, núm. 120, págs. 143 v.ª y 144.
No pasaremos adelante sin hacer notar que por reales cédulas
de 1618 y 1625 se declaró que sólo el Consejo de Indias podía
conceder encomiendas, revocándose así el poder que para ello tenían
los virreyes. Posteriormente, o sea el 11 de febrero de 1637,
por Real Cédula se autorizó a los virreyes para que continuasen
concediéndolas[452].
[452] Por cédula de 24 octubre 1668 se amplió la concesión
a los gobernadores propietarios y a los nombrados por los
virreyes con el carácter de interinos.
Del mismo modo debió su nombramiento a Felipe IV el virrey don Pedro de
Toledo y Leiva, marqués de Mancera. Llegó al Callao el 22 de noviembre
de 1639 y saltó a tierra el 23. Entró en Lima con toda la pompa
acostumbrada, recibiendo el poder de manos del conde de Chinchón (18
diciembre 1639). Fortificó el Callao, cuyas obras comenzaron en 1640
y tuvieron término en 1647; hizo levantar un fuerte en Arica, otro en
Puná y un tercero en Guayaquil; también fortificó la plaza de Valdivia.
Con verdadero empeño procuró defender el virreinato de las incursiones
de los piratas, aumentó los ingresos de la Real Hacienda y mantuvo la
paz pública y el prestigio de su autoridad.
Si de los indios se trata, reformó la tasa excesiva de los tributos
e hizo una estadística de aquellos indígenas. En la _Memoria_ o
_Relación_ que publicó acerca del gobierno se hallan las siguientes
palabras: «Tienen por enemigos estos pobres indios la cudicia de
sus corregidores, de sus curas y de sus caciques, todos atentos á
enriquecer de su sudor: era menester el celo y autoridad de un virrey
para cada uno; en fee de la distancia se trampea la ubediencia, y ni
hay fuerza ni perseverancia para proponer segunda vez la quexa»[453].
Para reprimir la embriaguez de los naturales, dictó una provisión
prohibiendo venderles vino, la cual sólo era una especie de copia de
otras órdenes y provisiones publicadas sobre el mismo asunto; pero que
no las hacían cumplir los corregidores, sus tenientes, caciques y curas
párrocos. Teniendo necesidad de barcos, mandó construir en Guayaquil
dos galeones: _La Capitana Real_ y _La Almiranta_. A causa de los
apuros del monarca, pudo remitirle un donativo de 500.000 $.
[453] Núm. 15.
Tanto interés inspiraba al Rey el estado de los trabajos de la mina de
cinabrio de Huancavelica, que el virrey dispuso visitarla en persona,
saliendo de Lima a mediados de julio de 1643, dejando encomendado el
gobierno durante su ausencia a D. Andrés de Villela, decano de la
Audiencia. Por último, el marqués de Mancera organizó el servicio de
correos (_chasques_), y en su tiempo, conforme a la Real Pragmática
de 28 de diciembre de 1638, se introdujo en el Perú, año de 1641, el
uso del papel sellado, siendo de cuatro clases: el del sello 1.º, que
valía seis reales; el del 2.º, tres; el del 3.º dos, y el del 4.º,
uno. Terminó el marqués de Mancera su virreinato (20 septiembre 1648),
sucediéndole el conde de Salvatierra. La memoria que dejó escrita dicho
marqués, fué entregada a su sucesor el 28 de octubre de 1648, según lo
indican León Pinelo, y Cerdán, oidor de la Audiencia[454].
[454] _Boletín de la Real Academia de la Historia_, tomo
XVIII, págs. 253-258.--Madrid, 1891.
También fueron nombrados virreyes por Felipe IV, Don García Sarmiento
de Sotomayor Enríquez de Luna, segundo conde de Salvatierra; D. Luis
Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste; y don Diego de Benavides
y de la Cueva, conde de Santisteban. Llegó al Callao el conde de
Salvatierra (28 agosto 1648) y se hizo cargo del gobierno el 25 de
septiembre. Antes fué virrey de Nueva España, y en el Perú, como en
México, se mostró demasiado amigo de los jesuitas. A los hijos de
Loyola dió el encargo de convertir al catolicismo a los indios de la
provincia de Mainas, y a otros religiosos les ordenó que hiciesen
lo mismo con los indios parataguas, motilones, etc. En la contienda
que tuvieron los jesuitas con Fr. Bernardino de Cárdenas, obispo del
Paraguay, se puso el virrey al lado de aquellos. Cumpliendo una orden
del Rey, él y los Tribunales del virreinato prestaron juramento,
en manos del arzobispo Villagómez, de defender la creencia de la
Inmaculada Concepción de la Virgen María. Sumamente religioso, mostró
especialmente su devoción a Nuestra Señora de la Soledad, al apóstol
San Pedro y a San Francisco de Asís. No pasaremos en silencio un hecho
que enaltece la memoria del piadoso conde de Salvatierra y fué la
multitud de células publicadas con el objeto de aliviar la suerte de
los indios, a quienes todos _procuraban esquilmar_.
El 24 de febrero de 1655, entregó el virreinato al conde de Alba de
Liste, virrey antes de Nueva España. Alba de Liste gobernó con bastante
tino y prudencia.
El conde de Santisteban tuvo que apaciguar algunas sublevaciones
interiores. Felipe IV, desde Madrid (6 marzo 1662) ordenó al citado
virrey, que, habiendo el Papa Alejandro VII declarado el santo misterio
de la Inmaculada Concepción de la Virgen, dispusiera él que en la
ciudad de los Reyes se hiciesen solemnes fiestas religiosas[455].
Algunos meses después (7 octubre 1662) quejóse el Rey acerca del estado
en que se hallaba el gobierno del Perú, lo mismo en lo político que en
lo judicial y administrativo[456].
[455] _Cedulario índico_, tomo XXXVII, núm. 293, págs. 363 y
363 v.ª
[456] Ibidem, tomo XXXVIII, núm. 9, págs. 11 v.ª y 12.
Durante la menor edad de Carlos II, la reina gobernadora (desde Madrid
el 14 de mayo de 1668), habiendo hecho saber que Su Santidad había
ordenado despachar el Breve de la beatificación de la Madre Rosa de
Santa María, que nació y murió en la ciudad de Lima, mandó que se
celebraran fiestas en dicha población y en toda la diócesis[457].
[457] Ibidem, núm. 195, págs. 223 v.ª a 229 v.ª
Debieron su nombramiento a Carlos II los virreyes D. Pedro Fernández de
Castro y Andrade, conde de Lemos; D. Baltasar de la Cueva Henrríquez y
Saavedra, conde de Castellar; D. Melchor de Liñán y Cisneros, arzobispo
de Lima; D. Melchor de Navarra y Rocafull, duque de la Palata, y D.
Melchor Portocarrero Laso de la Vega, conde de la Monclova.
El conde de Lemus fundó las casas de las Recogidas de Lima, con el
nombre de las Amparadas de la Purísima Concepción de Nuestra Señora, y
castigó duramente a los revoltosos de Puno.
El conde de Castellar llegó a Lima el 15 de agosto de 1674 y fué
exonerado el 7 de julio de 1678. Se le acusó de favorecer el
contrabando, aunque el duque de la Palata afirma «que era en todo
diligentísimo, y en las materias de Hacienda Real, con singular
aplicación...»[458] En esta época, el Rey, desde Madrid (29 marzo 1678)
se dirigió al virrey, presidente y oidores de la Audiencia, a los
arzobispos y obispos de las iglesias del Perú, pidiendo un donativo
voluntario, pues con ocasión de la guerra, estaba muy pobre la Real
Hacienda[459].
[458] _Memorias de los virreyes_ etc. Tomo II, pág.
134.--Lima, 1859.
[459] _Ced. índico_, tomo XXXIX, núm. 20, págs 31 y 32.
Mandó el virrey misioneros jesuitas y franciscanos a los confines de
Cajamarquilla, Tarma, Guanuco, Carabaya y otras partes, atrayendo
muchos indios a la religión católica. «Me dediqué inmediatamente al
expediente de los negocios, asistiendo continuamente a los Acuerdos,
Real Audiencia, Sala del Crimen y Tribunal de Cuentas, a la vista y
determinación de diferentes pleitos graves de Hacienda Real y entre
partes, consiguiendo tuviesen fin, después de muchos años que estaban
pendientes, etc.»[460].
[460] _Memorias de los virreyes que han gobernado el Perú_
etc., tom. I, págs. 163 y 164.
El suceso de más importancia que ocurrió durante el gobierno del conde
de Castellar, fué el terremoto o temblor de tierra acaecido el 17 de
junio de 1678 en la ciudad de Lima, en el Callao y en algunas leguas en
contorno de dichas poblaciones. Hundiéronse muchos edificios y terminó
catástrofe tan grande--según el vulgo--por los ruegos de Santa Rosa,
patrona de Lima, cuyo cuerpo y reliquias se llevaron en procesión
solemne, desde el convento de Santo Domingo a la Capilla de Nuestra
Señora de la Soledad de San Francisco. Mandó el virrey celebrar un
novenario, y confiesa con tristeza que sólo pudo asistir el primer día
«por haber llegado aquella noche la noticia de mi exoneración»[461].
Justa o no justa su exoneración, no puede negarse que con toda
diligencia procuró aumentar los rendimientos de las minas y, por
consiguiente, la mayor recaudación de la Real Hacienda. Por último,
en su tiempo fueron castigados los indios _uros_ y _uruitos_, los
cuales se habían retirado y hecho fuertes en los totorales y ciénagas
del desagüe de la laguna de Chucuito. El virrey quiso reducirles por
medios suaves, y como esto no fué posible, se dió el encargo de que los
desalojasen, al corregidor de Chucuito y al corregidor de Pacajes,
cuyas autoridades cumplieron su cometido, aunque con más rigor del que
debían.
[461] Ibidem, pág. 195.
Convienen los cronistas en que D. Melchor de Liñán y Cisneros,
arzobispo de Lima, que gobernó desde 1678 al 1681, asistía
frecuentemente a los Acuerdos de la Real Audiencia «y en particular
en las causas y pleitos que las partes lo piden, porque tengan
este consuelo; pues aunque es de creer que los ministros obrarán
con justificación, influye mucho hallarse el presidente en el
Tribunal»[462]. Ocupóse detenidamente en arreglar los asuntos de la
Real Hacienda y, especialmente, los de las minas, que andaban algo
desordenados y castigó enérgicamente a los corsarios que infestaban
aquellos mares, logrando que en un combate fuese muerto el capitán
Juan Guarlen. Gloriosa victoria se consiguió (7 agosto 1680) por el
gobernador de Buenos Aires, peleando contra los portugueses del Brasil,
mandados por el general D. Manuel Lobo, pues éstos se atrevieron a
penetrar en los términos de la Corona de Castilla. Lobo fué hecho
prisionero, y entre sus papeles se encontró importante instrucción
original del príncipe regente de Portugal.
[462] _Memoria de los virreyes_ etc., tomo I, pág. 287.--Lima,
1859.
Acerca del duque de la Palata, que tomó posesión el 7 de noviembre
de 1681, haremos notar que comenzó su gobierno mandando dar muerte a
Carlos Clerque y a los compañeros del famoso corsario. Cuando en el
año 1683 llegó al Perú la noticia de que los piratas habían entrado
y saqueado a Veracruz (Nueva España), se pensó rodear de murallas la
hermosa ciudad de los Reyes, obra que se llevó a feliz término mediante
las acertadas disposiciones del Cabildo, Justicia y Regimiento de dicha
capital. En la representación que el conde de la Palata hizo al Rey
con fecha 18 de mayo de 1688 dice, entre otras cosas, lo que sigue:
«que la Real Hacienda está muy empeñada...»; y más adelante añade:
«Las calamidades de este Reyno son tan grandes y se pueden temer tan
repetidas, que obligan á prevenir los remedios»[463]. Advierte el
virrey que las Audiencias subordinadas al gobierno del Perú son cuatro:
la de _Panamá_, la del _Reino de Chile_, la de _Quito_ y la de _las
Charcas_, y que las dos últimas se hallan más subordinadas y atentas
que las dos primeras «aunque alguna vez se propassan...»[464]. No deja
de tener cierta curiosidad la relación hecha por el virrey acerca de
la ruina de la ciudad de Lima (desde el 20 de octubre hasta el 2 de
diciembre de 1687) con la repetición de temblores de tierra[465];
pero lo que más preocupó al conde de la Palata fué la entrada de los
piratas en el mar del Sur por el año de 1684 y siguientes. Cuando las
sacudidas violentas de los terremotos arruinaban comarcas en la América
Meridional y parecía que los elementos se encargaban de destruir lo
que perdonaban los filibusteros, la madre de Carlos II se ocupaba de
cosas asaz importantes. Desde su palacio del Buen Retiro, con fecha
5 de abril del año 1687, pidió a Su Santidad rótulo y _remisoriales_
para que se hiciesen informaciones de las virtudes del P. Francisco del
Castillo, de la Compañía de Jesús; fallecido en Lima, su patria, con el
objeto de proceder en seguida a su beatificación[466].
[463] Ibidem, etc., tomo II, págs. 5-10.--Lima, 1859.
[464] Ibidem, etc., tomo II, págs. 77 y 78.
[465] Ibidem, págs. 113-120.
[466] _Cedulario índico_, tomo VII. núm. 287, fol. 210, v.º
Después de gobernar ocho años el Perú el duque de la Palata, vino a
ocupar cargo tan elevado el conde de la Monclova. El último virrey,
nombrado por Carlos II, se ocupó principalmente en defender la
colonia contra los ingleses durante la guerra de sucesión española.
Citaremos, aunque de escaso valor, otra clase de hechos. Carlos II,
desde Madrid y con fecha 18 de septiembre de 1696, decía al virrey
del Perú que había resuelto trasladar, contando con la aprobación
de Su Santidad, la iglesia Catedral de San Lorenzo de la Barranca a
la villa de Mizque[467]. A la citada villa, con la misma fecha, la
hizo merced del título de _Ciudad_[468]. Al mes siguiente y por Real
decreto dado en Madrid (15 octubre 1696) hizo presente al virrey del
Perú que había dado cuenta al Papa de la traslación de la iglesia
catedral que se hallaba en Santiago del Estero a la ciudad de Córdova
en la misma provincia[469]. Pero sobre todo, daremos cuenta de lo que
parecía interesar más a Carlos II. Por Real Cédula del 24 de julio
de 1698, dirigida al virrey del Perú, se mandaba que se remitiesen a
España 40 o 50 _alectos_ (pájaros de volatería para la Real Casa), «en
inteligencia--decía la Cédula--que sería de su Real desagrado cualquier
omisión que tuviese en este encargo»[470].
[467] Ibidem, tomo XVIII, núm. 206, pág. 152 v.ª y siguientes.
[468] Ibidem, núm 207, págs. 154 y siguientes.
[469] Ibidem, núm. 209, págs. 155 v.ª y siguientes.
[470] Ibidem, letra A, tomo I, documento 25.
Poco después de la muerte de Carlos II, cuya afición a los pájaros era
tan manifiesta, Felipe V, con fecha 17 de abril de 1703, se dirigió a
los arzobispos y obispos del Perú, diciéndoles que aliados ingleses
y holandeses preparaban sus navíos y 15.000 hombres para conquistar
a América; pero que él no podía acudir a la defensa por la pobreza
del Real Erario. En este caso les rogaba le concediesen un subsidio
para defender dichos dominios de los enemigos de la religión[471].
El mismo Rey, en Real Cédula, dada en Madrid (26 enero 1706), decía
que el conde de la Monclova, virrey del Perú, le había notificado, en
carta del 8 de octubre de 1704, cómo por el mar del Sur entraron dos
bajeles ingleses con patentes de corso de la reina de Inglaterra, y en
su seguimiento tres navíos franceses, al mando del conde de Tolosa,
almirante de Francia[472].
[471] Ibidem, tomo 38, fol. 291 v.º, núm. 239.
[472] _Cedulario índico_, tomo XXXVIII, núm. 246, págs. 297
v.ª a 299.
Felipe V de Borbón nombró en el año 1705 virrey del Perú a don Manuel
de Oms y Senmenat, marqués de Castells Dos Ríus, hombre de energía,
hábil cortesano y cultivador de las bellas letras. Fiel al nuevo Rey,
levantó empréstitos y sin reparo alguno echó mano a obras pías y a
cajas de censos, reuniendo millón y medio de pesos, para mandarlos
a Felipe V, que bien los necesitaba para los gastos de la guerra de
sucesión. Castells Dos Ríus castigó a los corsarios ingleses Roglos
y Dampierre, quienes, con dos buques, saqueaban las costas del Perú,
llegando a exigir del puerto de Guayaquil crecido rescate. Un terrible
terremoto, en 1707, destruyó el pueblo de Capi y ocasionó otras
desgracias en las provincias del Cuzco, siendo digno de contar que la
granja de San Lorenzo fué lanzada de una a otra banda del Apurimac con
casas y gente. El fanatismo católico vió en el terremoto un castigo
divino por las secretas idolatrías de los indios. Además, como si el
castigo de Dios fuese poco, los hombres dispusieron autos de fe contra
supersticiosos indios. Aunque de dudosa moralidad el virrey--pues según
de público se decía, especulaba en todos los ramos de la administración
e iba a la parte en los contrabandos--continuó desempeñando su
importante cargo hasta que murió en 1710.
Dicen los cronistas que don Diego Ladrón de Guevara, obispo de Quito,
natural de Cifuentes (Guadalajara), fué excelente virrey. Ampliáronse
los estudios universitarios, se prohibió la elaboración de aguardiente
de caña por el abuso que hacían de ella los indios, castigó sin
consideración alguna a un hijo natural del conde de Cartago por el
robo de un copón y el sacrilegio cometido con las sagradas formas, y
reprimió las insolencias de los negros cimarrones que desde los montes
de Huachipa hacían frecuentes correrías. Fué reemplazado en el año
1716, y no consintió que se le dispensase del juicio de residencia.
Nombrados también por Felipe V fueron D. Nicolás Caracciolo, príncipe
de Santo Bono y Fr. Diego Morcillo, arzobispo de Lima. Durante el
gobierno de Caracciolo se agregó la provincia de Quito al virreinato
de Santa Fe, creado en el año 1717. Protegió el virrey las misiones
de Chanchamayo, descollando entre los religiosos Fray Francisco de
Santa Fe. Aunque no pudo acabar con el mal, hizo mucho para reprimir
el contrabando que hacían los corsarios, especialmente los holandeses.
Por entonces, como llegase a oídos del gobierno de la metrópoli los
excesivos gastos que hacía el cabildo de Lima al recibir los virreyes
a su llegada de España, vino Real cédula (1718) fijando en doce mil
pesos el gasto obligatorio para la ciudad, si bien particulares o
corporaciones podían, por cuenta propia, agasajar al representante del
monarca. El cabildo, pues, debía ajustarse al siguiente presupuesto:
Pesos.
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Cama para el virrey, con colgadura de damasco, sábanas y
almohadas guarnecidas de encajes y sobre cama de medio tisú. 1.400