GOBIERNO DE LA ISLA DE SANTO DOMINGO.--RELACIONES DE LA ISLA
ESPAÑOLA CON LA METRÓPOLI.--RELACIONES DE LAS AUTORIDADES DE LA
ISLA ENTRE SÍ.--LOS CORSARIOS EN LA ISLA.--LOS FRANCESES EN SANTO
DOMINGO.--EL CÓDIGO NEGRO.--SANTO DOMINGO Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA
DE 1789.--LA ANARQUÍA EN LA COLONIA.--GUERRA DE EXTERMINIO ENTRE
BLANCOS Y NEGROS.--LOS INGLESES EN SANTO DOMINGO.--TOUSSAINT
LOUVERTURE: SU CARÁCTER Y CUALIDADES.--BONAPARTE Y TOUSSAINT
LOUVERTURE.--LUCHA ENTRE FRANCESES Y DOMINICANOS.
Por Real Cédula expedida en 9 de agosto de 1508 fué nombrado Diego
Colón gobernador de las colonias, llegando (10 julio 1509), a la ciudad
de Santo Domingo en compañía de Doña María de Toledo, su mujer, de su
hermano Fernando y de sus tíos Bartolomé y Diego.
No es cierto--como dice Harrisse--que, muerto Cristóbal Colón, el
Rey no quisiese dar a Diego, hijo del dicho Cristóbal, posesión
del almirantazgo. Fernando el _Católico_ no se opuso a reconocerle
como Almirante, ni se negó a nombrarle gobernador de las Indias por
nombramiento real, ni ofreció resistencia a entregarle los derechos
que como Almirante le correspondían; lo que no quería era reconocerle
virrey y gobernador por derecho propio.
Muchos e importantes fueron los pleitos sostenidos por Diego Colón
contra la Corona. El 5 de mayo de 1511 el Consejo Real declaró que, al
Almirante y sus sucesores pertenecía, con el título de virrey, y por
fuero de heredad para siempre jamás, la gobernación y administración
de justicia, así de la Isla Española como de las otras islas que el
Almirante, su padre, descubrió, y de aquellas islas que por industria
del dicho su padre se descubrieron; que la administración de justicia
civil y criminal se ejercería por el virrey o por sus tenientes y
oficiales de justicia, en nombre del Rey; que el virrey se hallaba
sujeto a juicio de residencia cuando los reyes lo dispusieran; que a
éstos correspondía el repartimiento de los indios, y que el virrey
debía de disfrutar el quinto de las granjerías concedidas para extraer
oro de las minas, y el décimo de todo lo que en las islas se hallare,
trocare, etc., exceptuando el de los diezmos eclesiásticos y el de
las penas de cámara[339]. Hízose ejecutiva la citada declaración por
Real Cédula dada en Sevilla el 17 de junio de 1512. Por la sentencia se
muestra que el Consejo atendía más al Rey que a D. Diego, no siendo,
por tanto, de extrañar, que el hijo del descubridor del Nuevo Mundo
prosiguiese los pleitos con más insistencia.
[339] _Pleitos de Colón_, tom. I, doc. núm. 12.
Debemos fijarnos en otro asunto, cual fué el gobierno de Diego Colón
en la Española. Desde el principio pocas fueron las simpatías que tuvo
el nuevo gobernador entre los vecinos de la isla. Solicitaron que
se crease una Audiencia compuesta de tres jueces de apelación, cuyo
objeto lo dice el Rey en su consulta al _Consejo de Indias_, del 24 de
septiembre de 1512. «Sabéis--dice--que á causa de injusticias hechas
por las justicias del Almirante y el difícil remedio dellas en tanta
distancia, embie los jueces de apelación»[340]. La Audiencia de Santo
Domingo se había creado el 5 de octubre de 1511[341]. Sin embargo
de las cartas del Rey al Almirante dándole consejos e instrucciones
acerca de las cosas de gobierno, D. Diego no hacía caso alguno. Lo
mismo se desentendía de la sentencia dada en Sevilla, que de los
consejos y órdenes que le daba D. Fernando. Causa fué todo esto de que
se formasen dos partidos en la isla: el del Rey y el del Almirante,
siendo preciso confesar que el primero era mucho mayor que el segundo.
Tantas y tan graves fueron las quejas, que la Corona dispuso que se le
tomase juicio de residencia, y ordenó que regresara a Castilla. Llegó
a Cádiz D. Diego el 9 de abril de 1515, y esta fué la primera vez que
vino a Castilla desde su ida a la Española en 1509[342]. A tal punto
llegó la impopularidad de D. Diego en la citada isla, que los vecinos
enviaron a España un comisionado con el siguiente memorial, que a
nombre de todos dirigió Juan Carrillo Mejía a la reina Juana: «Digo
que dicha isla--tales fueron sus palabras--está llena de pasiones a
causa del Almirante y sus justicias, que es perdida si no se remedia.
El Almirante es señor absoluto, y atemoriza a cuantos se le oponen
y sostienen la jurisdicción real. No cumple los mandamientos de V.
A., y si alguno lo requiere lo maltrata. Quando la isla me despachó
con estas súplicas, no había sino un navío para Castilla. La isla
está llena de más escándalo que cuando se alzó en tiempo de su padre,
y si el Almirante allá volviere, no dejaría de haber mucho daño en
matar y ahorcar hombres, como hizo su padre, pues hai ahora más
disposicion. Mande V. A. ver la residencia y que el fiscal se entere
de mi negociacion y sentirá muchas cosas encubiertas del Almirante y
la necesidad de no enagenar de la Corona la gobernacion perpetua que
no puede enagenarse, lo cual se verá si se litiga en el Consejo, como
lo pido. Acuerdese V. A. que ya el Rey Católico embió a su padre a
Bobadilla, luego dió la gobernacion a Ovando e el Rey D. Felipe tuvo
proveído a D. Hernando de Velasco porque no convenía tener el Almirante
en aquellas partes ni averlo embiado»[343]. En 28 de enero de 1516
decía el obispo de Avila: «Guardese mucho de tomar el perverso consejo
que dan muchos que converna el Almirante por gobernador solo, sin que
haya otros jueces superiores. Antes es toda necesidad que haya quien
ponga límite a las cosas del Almirante, no le deje encender sus furias
o alas, no venga algun daño irremediable _quod Deus avertat_» (alude
a que pudiera declararse independiente). Con fecha 16 de febrero de
1516, repetía las siguientes palabras el tesorero Pasamonte a S. A. «De
ninguna manera conviene que vuelva el Almirante.»
[340] Academia de la Historia.--_Colección Muñoz_, tomo XC,
fol. 110.
[341] _Colec. de doc. inéd. para la historia de España_, tomo
II, pág. 285.
[342] Academia de la Historia.--_Colec. Muñoz_, tomo LXXV,
fol. 343.
[343] Academia de la Historia.--_Colec. Muñoz_, tomo LXXV,
fol. 69.
Deseaba por momentos D. Diego la resolución del litigio, pudiendo
conseguir que en 14 de enero de 1517 dispusiera Carlos I, desde
Malinas, que fuese visto sin dilación; pero el 18 de abril del mismo
año ordenaba desde Bruselas quedara en suspenso la tramitación hasta su
llegada a España, «porque había sido informado que muchos de los dichos
pleitos son con nuestra Corona real e sobre cosas tocantes a nuestra
preheminencia e señorío e son de calidad _que para se sentenciar se
deben consultar con nuestra Corona real_»[344].
[344] _Pleitos de Colón_, tomo II, núms. 135 y 136.
Viéronse en la Coruña los pleitos, dictándose Real Provisión el 17 de
mayo de 1520. En la de la Coruña se confirma la de Sevilla, limitando
el virreinato a las islas descubiertas por el almirante D. Cristóbal,
cercenando las facultades que hasta la sazón habían tenido los Colones,
lo mismo para cubrir todos los cargos como lo concerniente a la
administración de justicia en lo civil y criminal, y muy especialmente
confirmando a la Corona la facultad de nombrar, cuando lo estimara
oportuno, jueces especiales para investigar los actos de los virreyes y
proceder--si necesario fuera--contra ellos.
Rudo fué el golpe que recibió D. Diego con la citada Real Provisión,
hasta el punto que formuló ante notario enérgica protesta en Sevilla
el 28 de agosto del mismo año de 1520. Un mes ó dos después se
embarcó para la Española, donde, haciendo caso omiso de la sentencia
de la Coruña, continuó usando de las facultades que él se atribuía,
promoviendo continuos conflictos con la Audiencia y los oficiales
reales, dando lugar a que el Emperador le suspendiera en 22 de marzo de
1523 en el ejercicio del gobierno y le mandara regresar a España[345].
D. Diego se embarcó para España inmediatamente que recibió la orden,
llegando a Cádiz el 5 de noviembre de dicho año[346] y formulando en
seguida un memorial de protesta por haberle suspendido en el ejercicio
de los cargos que de derecho--según decía--le correspondían, y pidiendo
que se le levantara la suspensión y se le desagraviase.
[345] _Bibliografía colombina_, sec. I, pág. 96.
[346] _Colec. de doc. inéd. de Indias_, 1.ª serie, tomo XI,
pág. 153.
Por muerte del Almirante en Montalbán, yendo para Toledo el 23 de
febrero de 1526[347], su mujer D.ª María de Toledo, como tutora de
su hijo D. Luis, continuó los litigios, consiguiendo en 1527, según
sentencia dada en Valladolid el 25 de junio, que se anulasen las de
Sevilla y Coruña[348]. Tras largos trámites, se dieron las sentencias
de 27 de agosto de 1534 en Dueñas, y de 18 de Agosto del año siguiente
en Madrid[349]; por ellas, si bien se daba mayor extensión al
virreinato, se limitaban mucho las facultades de los gobernadores,
afirmándose más y más el poder real. Apelaron de estas sentencias lo
mismo la representación de D. Luis Colón que el fiscal. Cuando D.ª
María de Toledo se hallaba más decidida a continuar los pleitos, el
fiscal Villalobos, en escrito fechado en Madrid a 9 de agosto de 1535,
manifestó que las islas e indias del mar Oceano no se descubrieron por
la industria de Cristóbal Colón, sino por otros que tenían el crédito
y medios de que él carecía, los cuales siguieron la navegación en los
momentos que el dicho Colón iba sin tino y se quería volver.
[347] Oviedo, _Hist. general de las Indias_, lib. IV, cap. VI,
tomo I.
[348] _Pleitos de Colón_, tomo II, núms. 213, 215 y 216.
[349] _Bibliografía Colombina_, sec. I, págs. 143 y 148.
Convencida D.ª María que comenzaba nuevo y enojoso período en los
pleitos, cuyo fin y resultado no se veía próximo, acordó, como también
el fiscal, someter el litigio a la resolución arbitral de Fray García
de Loaisa, obispo de Sigüenza y Cardenal de Santa Susana. Pidió la
virreina lo que creía justo. El prelado dictó la sentencia arbitral el
7 de junio de 1536 y la diferencia más importante entre aquella y lo
pedido era que no se accedió a que los Colones continuasen gobernando
la Española. De modo que las capitulaciones firmadas el 17 de abril
de 1492 entre Cristóbal Colón y los Reyes Católicos vinieron á quedar
reducidas por la sentencia que acabamos de citar al almirantazgo,
la propiedad de la isla Jamaica, 25 leguas en Veragua, unos cuantos
oficios y algunas tierras en la Española; además una renta anual para
D.ª María de Toledo y sus hijos.
Si adquirió gran importancia la colonia española de Santo Domingo
en los primeros tiempos de la conquista, decayó aquélla cuando los
españoles descubrieron otros países más ricos o más abundantes en
minas. Todas las miradas se dirigieron a México y al Perú, en cuyas
tierras se hallaba el vellocino de oro. Acerca de las relaciones
de la Isla Española con la de Puerto Rico, habremos de recordar que
desde Madrid (11 enero 1598) dijo el Rey al presidente y oidores de la
Audiencia que «no se entremetan en las cosas de la guerra tocantes al
gobierno de la isla de Puerto Rico, salvo cuando fuese algún pleito
o pleitos en grado de apelación...»[350]. Entre las autoridades de
la isla hubo de cuando en cuando rozamientos y disgustos. El Rey,
desde Valladolid (2 de abril de 1604), se dirigió a fray Agustín de
Avila, arzobispo de Santo Domingo de la Isla Española, censurándole
su conducta con la Audiencia[351]. Por lo que a sus relaciones
exteriores respecta, varias veces--en los siglos XVI y XVII--sufrió
diferentes ataques de los corsarios. Con harta frecuencia excursiones
de filibusteros ingleses, franceses y holandeses cayeron sobre ella
como sobre otras colonias, obligando al gobierno de la metrópoli
a enviar poderosas escuadras para combatirlas. Drake en el año de
1586 se apoderó de Santo Domingo, no abandonando la ciudad hasta que
recibió crecido rescate. Nuevas expediciones de piratas ingleses y
franceses devastaron sus costas (1625); estos últimos llegaron a tomar
la parte de occidente y se apoderaron de la isla de la Tortuga, de
donde fueron arrojados por D. Juan Francisco de Montemayor en el año
de 1654. Después de varias tentativas de los franceses para penetrar
en la isla, el marino Bertrán d'Ogerón logró establecerse en Santo
Domingo (1664), región oeste de la isla, no siendo reconocida la
dominación francesa hasta la paz de Riswick, firmada por Luis XIV por
un lado, y por España, Inglaterra y Holanda por otro (20 septiembre
1697). Desde entonces quedó dividida en dos partes desiguales, ocupando
los franceses una tercera parte en el Occidente. Sería injusticia
no reconocer que la industria hizo grandes progresos desde que los
franceses penetraron en la colonia. Los españoles, por su parte,
procuraron seguir las huellas de los franceses. Aunque se acostumbra
a decir que la esclavitud no era más suave y blanda en las colonias
francesas e inglesas que en las españolas, y aunque un escritor de
comienzos del siglo pasado añade que «si los ingleses dan mejor de
comer a sus negros, los franceses les dan mejores vestidos»[352],
siempre será una página de gloria en la historia de Luis XIV la
publicación en favor de los negros de un edicto conocido con el nombre
de _Código Negro_.
[350] _Ced. índico_, tomo XLI, núm. 180, págs. 238 y 238 v.ª
[351] Ibidem, tomo XLI, núm. 171, págs. 231 v.ª a 232 v.ª
[352] _Historia de Santo Domingo_, por D. V. A. E. P., pág. 29.
Desde Madrid y con fecha 14 de junio de 1713, Felipe V hubo de
manifestar al presidente y oidores de la Audiencia de Santo Domingo,
que sabía, por conducto del cabildo secular de Santiago de los
Caballeros, que los franceses desde su colonia de la isla se extendían
o penetraban en la parte española. Se quejaba del silencio de dicho
presidente y añadía que había acudido en queja al rey de Francia[353].
Como los franceses poco a poco se fuesen internando más en la isla, se
acordó trazar nueva línea divisoria, la cual hubo de realizarse el año
1776 por el gobernador de la parte española D. José Solano y bajo el
reinado de Carlos III.
[353] _Ced. índico_, tomo XX, núm. 5, págs. 4 v.ª a 6.
Cambios radicales sufrieron las posesiones francesas, y, por
consiguiente, la isla de Santo Domingo, con la gloriosa revolución de
1789. Pidióse a voz en grito la supresión de los abusos más graves.
Mr. de Chilleau, gobernador entonces de Santo Domingo y hombre
bondadoso por carácter é inclinaciones, intentó resistir las tendencias
revolucionarias, más violentas que ordenadas, de los populares,
teniendo al fin que ceder. Los colonos, tras largas deliberaciones,
eligieron 18 diputados que les representasen en la Asamblea nacional;
pero sólo seis obtuvieron el derecho de desempeñar cargo tan elevado.
Recordaremos que antes de esta época se habían suscitado en Francia y
en Inglaterra vivas discusiones sobre la condición de los esclavos.
Una sociedad se formó en Londres con el único objeto de exigir al
gobierno la prohibición de importar negros en los dominios de la Gran
Bretaña. Del mismo modo otra sociedad se constituyó en París con el
título de _Amigos de los Negros_. Entretanto, la Asamblea nacional en
su declaración de los _Derechos del hombre_ (20 agosto 1789) había
consignado el siguiente principio: «Todos los hombres nacen y mueren
libres e iguales en derechos.» Como era natural, los hombres de color
y los esclavos pensaron que era llegado el momento de su redención,
mientras que los propietarios se prepararon a defender sus intereses.
Los mulatos, no respetando los acuerdos de las asambleas establecidas
en las tres provincias, una de ellas en la ciudad de Cabo Francés,
se lanzaron a la insurrección, en tanto que los colonos, fuertes por
sus riquezas, lograron el triunfo sobre los revoltosos. Por cierto,
que las asambleas provinciales mostraron debilidad suma después de
la victoria, decretando inmediatamente la libertad de los jefes del
motín que se hallaban en las cárceles de Jacmel y de Artibonito. La
Asamblea nacional, sin saber el camino que debía seguir, temiendo
que los colonos proclamasen la independencia de Santo Domingo y no
confiando en la prudencia y sensatez de la gente de color, decretó
que las colonias no se regirían por la constitución que ella había
promulgado para la metrópoli, disponiendo también que no se hiciera
innovación alguna ni directa ni indirectamente en el sistema bajo el
cual se habían gobernado hasta entonces dichas colonias, y, por último,
autorizaba a los habitantes a exponer libremente sus sentimientos,
ya en lo referente a un plan de legislación interior, ya en asuntos
comerciales. Aunque la citada ley causó hondo disgusto a los negros y á
sus protectores de Francia, reconocemos de buen grado que la Asamblea
sólo se preocupaba de la conservación de la colonia.
Para tratar de administración interior se reunió una asamblea
colonial el 16 de abril de 1790 en la ciudad de San Marcos. Grande
fué el número de representantes, no distinguiéndose por el acierto
ni a veces por la prudencia. Es verdad que el gobernador Mr. Peynier
daba ejemplo de su carencia absoluta de condiciones para obrar en
circunstancias tan difíciles. En cambio, el coronel Manduit era hombre
de claro entendimiento y tan conocedor de la política general como
de la particular de la colonia. El 28 de marzo terminó sus trabajos.
Comenzaba la Constitución con un largo y difuso preámbulo, siguiendo el
articulado en la forma siguiente:
«Art. I. El poder legislativo en lo que concierne al régimen
interior de Santo Domingo, reside en la asamblea de sus
representantes, establecidos en la asamblea general de la parte
francesa de dicha Isla.
II. Ningún acto del cuerpo legislativo en lo perteneciente al
gobierno interior, podrá ser tenido por ley definitiva, siempre
que no sea ejercido por los representantes de la parte francesa de
Santo Domingo, libre y legalmente elegidos.
III. Todo acto legislativo hecho por la asamblea general en el
caso de necesidad urgente, en cuanto al régimen interior, será
considerado como ley provisional; y en este caso se notificará el
decreto al gobernador, quien en el término de diez días siguientes
a la notificación lo hará promulgar y cuidará de su ejecución.
IV. Esta urgencia se decidirá por un decreto separado, que no podrá
ser dado sino a mayoría de dos terceras partes de votos.
V. Si el gobernador general remitiese a la asamblea algunas
observaciones sobre si conviene o no publicar algún decreto, se
procederá a examinarlas; y tanto el decreto como las observaciones
serán entregadas a la discusión en tres sesiones distintas.
Los votos se darán por _si_ o _no_; y el proceso verbal de la
deliberación será firmado por todos los miembros presentes,
señalando el número de votos así en favor de una opinión como de
otra.
VI. Debiendo ser la ley el resultado del consentimiento de aquellos
a quienes se impone, la parte francesa de Santo Domingo propondrá
sus planes en cuanto á las relaciones comerciales y otras comunes,
y los decretos que sobre esta materia diese la asamblea nacional,
no serán ejecutados en la colonia, hasta que haya prestado su
consentimiento la Asamblea general de sus representantes.
VII. No serán comprendidos en la clase de relaciones comunes de
Santo Domingo con la Francia, los objetos de subsistencia que la
necesidad obligare a introducir; y en cuanto a los decretos que se
expidan sobre este asunto, se observarán todas las formalidades
prescritas en los artículos 3.º y 5.º
VIII. Todo acto legislativo dispuesto por la asamblea general y
ejecutado provisionalmente en el caso de necesidad urgente, será
remitido a la sanción del gobierno francés.
IX. Cada legislatura de la asamblea se hará de dos en dos años, y
la reelección de los miembros de cada legislatura será por todos
votos.
X. La asamblea general decreta que los artículos anteriores como
que hacen parte de la constitución de la parte francesa de Santo
Domingo, serán remitidos sin detención a Francia para presentarlos
a la aceptación de la asamblea nacional: serán además enviados a
todas las parroquias o distritos de la parte francesa de Santo
Domingo.»
No creemos que la Asamblea de San Marcos pensara erigir la colonia en
estado independiente, aunque muchos le atribuyeron esta intención.
Llegóse a decir que la colonia estaba vendida a los ingleses, y
que los miembros de la Asamblea habían recibido y partido entre sí
cuarenta millones como premio de la constitución que se les había
dictado. Aumentaba la alarma de día en día. Muchos se dirigieron
al gobernador pidiéndole la disolución de la Asamblea. Sucedió por
entonces que el navío de línea _Leopardo_, y cuyo comandante era Mr.
de la Galissoniere, había fondeado en la rada de Puerto Príncipe.
Galissoniere quiso obsequiar con un banquete a Peynier y Manduit,
invitando también a otros amigos de dichos jefes; pero los marineros
se pusieron enfrente de su comandante, el cual tuvo que abandonar
el barco. La Asamblea manifestó por escrito su agradecimiento a la
tripulación, no sin añadir que el navío permaneciese en la rada hasta
recibir órdenes ulteriores. Hasta tal punto quisieron los marineros
mostrar su obediencia a la Asamblea, que fijaron el decreto en el palo
mayor del buque. Con tales sucesos, coincidió el hecho de que los
partidarios de la Asamblea se apoderasen de un almacén de pólvora en
Leogano. Convencido el gobernador Peynier de que la Asamblea marchaba
resueltamente a la independencia de la colonia, decretó la disolución
de aquel cuerpo, acusando a sus miembros del delito de traición.
Poniendo manos a la obra, ordenó al coronel Manduit que, al frente de
cien soldados se dirigiera al pueblo de San Marcos y disolviese la
Asamblea. En efecto, Manduit llegó a San Marcos y no pudo realizar sus
designios porque los diputados estaban defendidos por 400 guardias
nacionales. Llegaron a las manos, habiendo por parte de la Asamblea dos
hombres muertos, y en ambos bandos muchos con graves y leves heridas.
Logró Manduit apoderarse de la bandera nacional, si bien tuvo que
retirarse sin haber conseguido la disolución de aquel alto tribunal.
Mientras disponía la Asamblea que el pueblo tomase las armas y viniera
al socorro de sus representantes, y el navío _Leopardo_ para dar
aliento a los patriotas, anclaba delante de San Marcos, el partido
del gobernador se reforzaba con tropas procedentes de la provincia
del Oeste y con el auxilio que le enviaba la Asamblea provincial del
Norte. Cuando se creía que la cuestión se iba a resolver en los campos
de batalla, desbandáronse los diputados, y sólo 85 de ellos tomaron
la determinación de embarcarse a bordo del _Leopardo_ para Francia
(8 agosto 1790). Semejante resolución se miraba por todos como noble
sacrificio, digno de eterna admiración. Peynier y Manduit, no confiando
en la fidelidad de los soldados franceses, se atrevieron a solicitar
del gobernador de la Habana un refuerzo de tropas españolas.
Y pasamos a referir la vida y hechos del joven Santiago Ogés. Era
Ogés natural de Santo Domingo e hijo de una mulata, propietaria
de un plantío de café en la provincia del Norte, a diez leguas de
Cabo Francés. Su posición desahogada le permitió mandar a su hijo a
París para que recibiese instrucción superior a los de su clase y
condiciones. Formó parte de la sociedad filantrópica de _Amigos de los
Negros_, la cual reconocía como jefes al abate Gregoire, Lafayette,
Brissot y Robespierre. Allí estudió los _derechos del hombre_ y se
empapó en la doctrina popular cuyos principios eran _libertad_,
_igualdad_ y _fraternidad_, al mismo tiempo que recordaba la miserable
condición a que estaba sujeta la raza de color en América. Lleno de
ilusiones, y más ambicioso que prudente, se embarcó para los Estados
Unidos (julio de 1790), a donde llegó el 12 de octubre. Inmediatamente
se dirigió al sitio donde un hermano suyo había reunido algunas armas
y municiones. Los dos hermanos procuraron lanzar a la revolución a los
mulatos, ganando a unos con promesas y a otros con dádivas. Apenas
pudieron reunir 200 hombres y, con fuerzas tan escasas, se creyó el
antiguo revolucionario de París que podía exigir al gobernador el
cumplimiento de los artículos del _Código Negro_, y la igualdad de
derechos de todos los habitantes dominicanos, amenazando, en caso
contrario, con las armas. Situóse en el distrito llamado _Río Grande_,
a cinco leguas de Cabo Francés, y habiendo nombrado por sus tenientes a
dos hermanos suyos y a un tal Marcos Chevannes, se dispuso a la lucha,
no sin cometer antes algunos excesos y crueldades que le enagenaron
las simpatías, no solamente de los blancos, sino la de algunos
mulatos. Atacados los insurgentes por un cuerpo de tropas regulares y
el regimiento de Cabo, apenas hicieron formal resistencia, quedando
en el campo considerable número de mulatos muertos, unos sesenta
prisioneros, salvándose el resto en los bosques. Ogés, uno de sus
hermanos, y Chevannes, se refugiaron en territorio español. Sin embargo
de la tentativa desgraciada de Ogés, los mulatos tomaron las armas en
todos los distritos, agrupándose en el cuartel de la Artibonita, en
Petit-Goave, en Jeremías y en los Cayes, siendo el núcleo principal
el que se reunió cerca de la villa de Verette. A su vez los blancos
reconcentraron sus fuerzas en los contornos de la citada villa,
viniendo también a su socorro el coronel Manduit, con 200 soldados
del regimiento de Puerto Príncipe. No llegaron a las manos por la
intervención amistosa de Mr. Manduit, quien gozaba de mucho prestigio
entre los mismos mulatos.
Mr. Branchelande fué nombrado gobernador (noviembre de 1790), por
renuncia de Mr. Peynier, el cual partió para Francia. Branchelande
inauguró su mando pidiendo al gobernador español entregase la persona
de Ogés y sus cómplices. Accedió con cierta debilidad la autoridad de
España (últimos días de diciembre) y Ogés con sus compañeros fueron
encerrados en la prisión de Cabo Francés. Formóse la correspondiente
causa, pronunciándose sentencia (comienzos de marzo de 1791). El
castigo no pudo ser más cruel y bárbaro. A Ogés y a Chevannes se les
romperían los brazos y piernas, muriendo luego en la rueda; a un
hermano de Ogés y a otros 19 se les condenó a horca.
El 13 de septiembre de 1790 los miembros de la Asamblea colonial
desembarcaron en Brest, dirigiéndose en seguida a París. Antes habían
llegado a la capital de Francia algunos diputados de la Asamblea
provincial del Norte, quienes, unidos con los agentes de Peynier y
Manduit, se atrajeron el ánimo de Mr. Barnave, presidente de las
colonias. La causa, pues, de los miembros de la Asamblea colonial
estaba juzgada de antemano, o lo que es lo mismo, estaba perdida para
ellos. En el informe que presentó Barnave a la Asamblea nacional (11
de octubre), se censuraba en los términos más agrios la conducta de
la Asamblea colonial desde su instalación en San Marcos, pidiendo,
por último, la anulación de todos los decretos que salieron de ella y
disolviéndola, no sin aprobar los hechos realizados por la Asamblea
provincial del Norte, por el coronel Manduit y por el regimiento de
Puerto Príncipe. Golpe tan rudo causó gran sorpresa en los habitantes
de Santo Domingo, hasta el punto que los partidarios de los diputados
declararon que no respetaban el acuerdo de la Asamblea nacional. A
tal extremo llegaron las pasiones que hasta las mismas tropas que
manifestaban amor y obediencia a Manduit, viéndose odiadas de la
colonia, se convirtieron, en sediciosas y crueles, pues se atrevieron a
asesinar a su citado coronel.
Hemos de recordar a este propósito que el coronel Manduit, en la acción
del 29 de julio (1790), después de apoderarse de una bandera nacional,
la llevó en triunfo; hecho que nunca le perdonaron las guardias
nacionales, quienes se disponían a vengarse en la primera ocasión. De
la enemiga de las guardias se hicieron solidarios los soldados del
mismo regimiento de Manduit. Comprendiéndolo así el coronel, reunió a
los suyos, les arengó enérgicamente y les dijo que por amor a la paz
iba a devolver la bandera a las guardias. En medio de inmenso gentío
cumplió lo que había ofrecido. Como si tanta humillación no fuera
bastante, un soldado gritó lo siguiente: _es preciso que él pida de
rodillas perdón a las guardias nacionales_. Todo el regimiento aplaudió
la proposición. Entonces Manduit se dirigió contra los rebeldes, les
echó en cara su mal proceder y presentó su pecho desnudo a la punta
de las bayonetas. Aquellos miserables cayeron sobre el coronel,
cuyo cuerpo atravesaron una y cien veces. Ni uno sólo se levantó a
defenderle. Después arrastraron el cadáver, mostrando los soldados
franceses que eran más crueles que los salvajes de América. Como era
de justicia, castigóse la rebelión, siendo los soldados desarmados y
llevados prisioneros a Francia.
Reinaba la anarquía en la colonia. Si en París clamaban en favor
de los mulatos los revolucionarios Barnave, Brissot, Robespierre y
Condorcet, en Santo Domingo numerosas turbas iban de una parte a otra
cometiendo toda clase de crímenes. No respetaban ni el sexo, ni la
edad, ni la clase de personas. Mataban, incendiaban y entraban a saco
en las poblaciones. Las hermosas llanuras de la colonia se convirtieron
en campo de desolación. Los mulatos dejaron de ser hombres para
convertirse en fieras. Abusaban brutalmente de las mujeres a presencia
de sus padres o de sus maridos.
El gobernador Blanchelande tuvo que cruzarse de brazos. De nada
sirvió el decreto de la Asamblea nacional (15 mayo 1791), por el cual
declaraba que todos los negros o mulatos residentes en las colonias
tenían los mismos derechos que los ciudadanos franceses, pudiendo, por
lo tanto, votar en las elecciones, y aun tener asiento en la Asamblea
colonial. En tanto que los blancos estaban decididos a no respetar la
mencionada declaración, los negros y mulatos se disponían a los mayores
crímenes. Presintiendo el abate Gregoire lo que se preparaba por unos
y por otros, publicó--con fecha 8 de junio de 1791--su famosa carta
circular a las gentes de color de la Isla de Santo Domingo[354].
[354] _Archivo de Alcalá de Henares._--Expediente relativo
a la influencia de la revolución francesa en Ultramar y
especialmente en Santo Domingo (1791).
Comenzaba del siguiente modo: «Amigos: vosotros érais hombres, ya sois
ciudadanos y reintegrados en la plenitud de vuestros derechos; vosotros
participaréis en adelante de la soberanía del pueblo. El decreto que la
Asamblea nacional acaba de dar acerca de vosotros sobre este objeto,
no es una gracia, es una justicia.» Más adelante añade: «Ciudadanos:
elevad vuestras frentes humilladas; a la dignidad de hombres procurad
reunir el valor, la fiereza de un pueblo libre. El 15 de mayo, día
en que vosotros habéis reconquistado vuestros derechos, debe ser por
siempre memorable para vosotros y para vuestros hijos: esta época
despertará periódicamente una vez en el año los sentimientos de la
gratitud hacia el Ser Supremo, y entonces podrán vuestros acentos
herir la bóveda de los cielos, a los cuales levantaréis vuestras
manos reconocidas.» Termina del siguiente modo: «Sepultad--dice a
los mulatos--en un profundo olvido todos los resentimientos del
odio; gustad los placeres deliciosos de hacer el bien a vuestros
opresores, y suprimid hasta los ímpetus demasiado conocidos de una
alegría que recordando sus yerros, aguzará contra ellos la punta del
arrepentimiento. Religiosamente sumisos a las leyes, inspirad el amor
de ellas a vuestros hijos; y que una educación cuidadosa desenvuelva
sus facultades morales prepare a la generación que os sucederá
ciudadanos virtuosos, hombres públicos y defensores de la patria. ¡Cómo
se moverán sus corazones cuando conduciéndolos sobre vuestras riberas,
dirigiréis sus miradas hacia Francia, diciéndoles: por aquellos parajes
de allí está la patria vuestra madre; de allí es de donde nos ha
venido la libertad, la justicia y la felicidad; allí están nuestros
conciudadanos, nuestros hermanos y nuestros amigos; nosotros les hemos
jurado eterna amistad. Herederos de nuestros sentimientos y afecciones,
procurad que vuestros corazones y vuestros labios repitan nuestros
juramentos! ¡Vivid, pues, para amarlos, y si aun fuese necesario, morir
por defenderlos!»
Ni los colonos, ni las gentes de color hicieron caso de los prudentes
consejos del abate Gregoire y comenzó guerra de exterminio, sin
cuartel. Los colonos, los fabricantes, preveían la próxima ruina de
sus negociaciones, la pérdida de sus capitales; la gente de color tomó
otra vez las armas con nuevo furor, renovando las matanzas sin perdonar
mujeres, ancianos ni niños. Parecía que todos estaban atacados de la
más furiosa locura. Bastará decir que la noche del 22 de agosto mataron
a todos los blancos que pudieron encontrar en los alrededores de Cabo
Francés, desquitándose poco tiempo después el oficial francés Touzard,
quien al frente de las milicias y de las tropas de la ciudad, marchó
contra un cuerpo de cuatro mil negros, causándoles grandes pérdidas, si
bien tuvo que retirarse ante el número cada vez mayor de los rebeldes.
Es de advertir que si los mulatos nunca habían sido amigos sinceros
de los negros, en esta ocasión unos y otros depusieron sus antiguos
odios para unirse en amistad íntima contra los blancos. La ciudad de
Puerto San Luis fué tomada y saqueada; la de Puerto Príncipe sufrió
horroroso saqueo. En la historia de ningún pueblo se registran hechos
tan execrables.
Terminaron sucesos tan tristes en los últimos días del año 1791. La
Asamblea nacional, deseando llevar la tranquilidad a los espíritus y
dar paz a la colonia, encomendó tan ardua misión a los tres delegados
siguientes: Mirbeck, Romme y Saint-Leger. Desde que llegaron a la
ciudad de Cabo Francés, todas las miradas se fijaron en ellos, aunque
debemos confesar que sólo Romme era hombre de buenas costumbres, pues
Mirbeck y Saint-Leger eran disolutos y codiciosos. Los comisarios
hicieron publicar la nueva constitución francesa y revocaron el decreto
de 15 de mayo. Blancos, mulatos y negros se pusieron luego enfrente de
los comisarios, quienes hubieron de regresar a Europa.
No se adelantaba un paso para constituir tranquilamente la colonia.
Organizóse una expedición de ocho mil hombres, que por el pronto
algo contuvo la rebeldía de los bandos insurgentes. Con fecha 4 de
abril de 1792 se declaró que los mulatos y los negros debían gozar
inmediatamente de todos los derechos políticos. Para la ejecución
del citado decreto de la Asamblea nacional se nombraron a los
jacobinos Ailhaud, Santhonax y Polverel. Llegaron a Santo Domingo a
mediados de septiembre. El gobernador Mr. Blanchelande fué llamado a
Francia, siendo nombrado en su lugar Mr. Desparves. Inmediatamente
que desembarcaron (13 septiembre 1792) los citados comisionados,
comenzaron a entenderse con los hombres de color. Mientras que en París
el tribunal revolucionario condenaba a muerte al antiguo gobernador
Blanchelande, los comisarios suprimieron la Asamblea nacional, crearon
en su lugar una comisión compuesta de doce miembros, seis blancos y
seis de color, colocándose, por último, decididamente al lado de los
mulatos y negros. Los colonos que se atrevieron a oponerse a los planes
de los comisarios, tuvieron a la fuerza que rendirse (12 abril 1793) y
fueron mandados a Francia como rebeldes.
En lucha el gobernador Desparves y los comisarios, aquél fué depuesto,
sucediéndole Mr. Galbaud, que llegó a Cabo Francés el 7 de mayo.
Tampoco pudieron entenderse Mr. Galbaud y los comisarios; pero el
gobernador, hombre de carácter y enérgico, les intimó la orden de
regresar a Europa. A su vez, los comisarios mandaron al gobernador que
se embarcara para Francia y nombraron para sustituirle a Mr. Delasalle,
que tenía el mando de Puerto-Príncipe.
Un hermano del gobernador depuesto, joven valeroso, se puso al frente
de sus parciales, resuelto a vencer a los tres representantes del
gobierno republicano o a morir en la demanda. También los colonos, en
su odio a los comisarios, intentaron--según de público se dijo--el
restablecimiento de la Monarquía, o mejor dicho, oponerse a los planes
del gobierno de Francia. En efecto, el 20 de junio unos mil doscientos
hombres penetraron en la ciudad de Cabo Francés y acometieron la casa
del gobierno, residencia de los comisarios, siendo rechazados no sin
sangriento combate. Los comisarios, deseando vengarse de sus enemigos,
se echaron en brazos de los mulatos y negros. Las gentes de color,
bajo las órdenes de un tal Macaya, penetraron el 21 del citado mes en
la ciudad de Cabo y degollaron a todos los blancos que cayeron en sus
manos, lo mismo a hombres que a mujeres, a viejos que a niños. Después
incendiaron la población, reduciendo a cenizas gran parte. En otras
provincias se realizaron horrores semejantes.
Ante tales hechos, más de diez mil personas buscaron refugio en los
Estados Unidos, en Jamaica y en Inglaterra. Estos últimos, con la
esperanza de recuperar sus propiedades, pidieron buques y tropas
al gobierno inglés para conquistar a Santo Domingo, ofreciendo que
todos los blancos correrían a ponerse bajo el pabellón británico. La
proposición fué del agrado de los ingleses, y de ello dieron pruebas,
ordenando al general Williamson, gobernador de la isla de Jamaica, que
se apoderara de Santo Domingo. Contestaron los comisarios franceses a
la orden del gobierno inglés proclamando la abolición de la esclavitud
é invitando a todos los negros a reunirse bajo sus banderas. Si no se
reunieron a los comisarios--y en ello obraron con cordura--se retiraron
a los bosques, donde formaron numeroso ejército. Poniendo manos a
la obra, el general Williamson se dispuso--seguramente engañado por
las promesas exageradas de los colonos--a someter la isla de Santo
Domingo. La primera división, compuesta de 677 soldados a las órdenes
del teniente coronel Whiteloke (el mismo que en el año 1807 dirigió una
expedición contra Buenos Aires), partió de Puerto Real en la Jamaica
y desembarcó en el puerto de Jeremías (septiembre de 1793), de cuya
ciudad se hizo dueño. La escuadra, mandada por el comodoro Ford, zarpó
para el puerto de San Nicolás, del cual se apoderó. Continuó mandando
refuerzos el general Williamson, llegando en una de estas expediciones
el brigadier general Whyte, a quien sucedió luego el brigadier general
Horneck.
Los comisarios de la República volvieron a Francia, confiados en que la
gente de color, por el interés de defender su libertad, sostendrían la
guerra contra los invasores.
Cuando la isla era presa de la guerra, del hambre, de la peste y de
toda clase de calamidades; cuando se sucedían sangrientos combates,
crueles asesinatos y horrorosos incendios; cuando se odiaban a muerte
blancos y mulatos, colonos y negros, ingleses y franceses; cuando
1.200 familias, nacidas en la opulencia, se hallaban en la miseria
y reducidas a vivir de la caridad pública; cuando más de diez mil
rebeldes habían muerto a manos del verdugo, en el potro o en la
rueda, apareció un hombre dotado de poderosa inteligencia y de valor
extraordinario, digno por todos conceptos de fama universal. Llamábase
Toussaint Louverture. Esclavo poco antes de uno de los colonos, las
tropas de la isla proclamaron jefe al más ilustre representante de
la raza negra. Al frente de los hombres de color y ayudado de los
franceses, Toussaint Louverture peleó contra los ingleses aliados de
los colonos. No esperaban las tropas británicas enemigo tan formidable.
Los hombres de color eran dignos de medir sus armas con las mejores
tropas inglesas, hasta el punto que en tres años de guerra no lograron
ventaja alguna los soldados de la metrópoli.
[Ilustración: Toussaint Louverture.]
Verificóse en el año de 1795 un acontecimiento de capital interés.
En el tratado de Basilea (22 de julio del citado año) celebrado por
Carlos IV y la República francesa, siendo plenipotenciario del primero
D. Domingo de Iriarte y de la segunda Mr. Francisco Barthelemy, en
cambio de la restitución por parte de Francia de todas las conquistas
que había hecho en territorio español, su Majestad católica «por sí
y sus sucesores, cede y abandona en toda propiedad á la República
francesa toda la parte española de la isla de Santo Domingo en las
Antillas»[355].
[355] Articulo IX del Tratado de Paz de Basilea.
El gobierno francés, que había dispensado a Toussaint Louverture
algunos auxilios, acabó por confiarle el mando en jefe de todas las
fuerzas de la isla, con el título de general de la República. Merecía
el jefe negro distinción tan señalada. Si los dos partidos fueron
alternativamente vencidos y vencedores, la fortuna se puso al fin
al lado de mulatos y negros, los cuales, además de la superioridad
numérica, tenían, entre otras ventajas, las que les daba el clima y el
completo conocimiento del país. Por lo que respecta a la disciplina
militar, la gente de color adquirió muy pronto el conocimiento de
la táctica europea. El resultado definitivo de lucha tan larga y
sangrienta fué que en 1798 las tropas británicas no tuvieron más
remedio que abandonar la isla, llevándose consigo a los colonos
franceses que habían querido seguir la suerte de los ingleses.
Celebróse el tratado el 9 de mayo de 1798, siendo firmado por Toussaint
Louverture, jefe del ejército republicano, y por Maitland, brigadier
general de los ejércitos de la Gran Bretaña. Adquirió Toussaint
Louverture desde entonces poder ilimitado en la isla de Santo Domingo.
Sus acertadas disposiciones dieron paz y orden a la isla. Restituyó sus
propiedades a muchos de los antiguos colonos, protegió la agricultura
y dió sabias medidas en favor de la industria y del comercio. Recorrió
el territorio sometido a su dominación, cortando todos los abusos.
Construyó edificios públicos y puso orden en la administración. Abrió
las iglesias y restableció el culto católico como la religión del
Estado. No hizo distinción alguna entre blancos, mulatos y negros;
declaró terminantemente que la esclavitud no sería restablecida. Tuvo
mucho cuidado en tener un ejército organizado de unos sesenta mil
hombres.
No dejó de inspirar recelos en las colonias españolas la conducta del
gobernador de Santo Domingo, según puede verse por la exposición de
Guevara, dirigida desde Caracas el 13 de julio de 1801[356]. Toussaint,
dueño de Santo Domingo a últimos del año 1801, era recibido en todos
los pueblos de la isla en medio de aclamaciones entusiásticas. Los
españoles residentes en la isla no tuvieron motivo alguno de queja,
pues en todo manifestó tanta justicia como prudencia el ilustre
gobernante que con tanta rapidez había logrado elevarse a la cumbre del
poder.
[356] _Archivo de Indias.--América.--Estado.--Audiencia de
Caracas._--Leg. número 4.--1801 a 1803.
Pero el que había gobernado la isla hasta el citado año de 1801 como
representante del gobierno francés, deseaba ser algo más. Era natural
que pensara en la independencia de su país y con profundo talento a
ello dirigió sus miras. Convocó una Asamblea, a la cual presentó un
proyecto de constitución, que fué sancionado y promulgado el l.º de
julio de 1801[357]. Declarábase en la constitución que la isla de
Santo Domingo formaba parte de la República francesa, si bien estaría
sometida a leyes especiales, confiándose su administración a un
gobernador vitalicio con la facultad de designar su sucesor. Nombrado
gobernador de la isla, reconoció inmediatamente la soberanía de
Francia, solicitando que la metrópoli aprobase la constitución que se
había dado en Santo Domingo. Sin embargo, no pocos espíritus suspicaces
afirmaban que, a pesar de las protestas del jefe negro, la isla se
había erigido en estado independiente.
[357] Redactaron dicho proyecto una junta de diez diputados,
siete de ellos blancos y tres mulatos.
Es de lamentar que si antes de la citada Asamblea el general mulato
Rigaud se opuso con las armas a los patrióticos planes de Toussaint
Louverture, después, cuando Bonaparte, primer cónsul de la República
francesa, se disponía a caer sobre Santo Domingo, la insurrección del
sanguinario Flavila y en seguida la del general Moisés, sobrino de
Louverture, pusieran en gran peligro, no sólo el orden, sino la vida y
prosperidad de la isla.
En el mes de octubre de 1801, el primer cónsul dispuso que el ejército
del Rhin, de cuyas ideas republicanas recelaba, se embarcase en
poderosa escuadra para castigar a los dominicanos, deseosos de su
independencia. Al general Leclerc, marido de una de las hermanas
de Bonaparte, se le confió el mando de la expedición. Llegó a Cabo
Francés el 2 de febrero de 1802. Encontrábase Toussaint Louverture en
el interior de la isla; pero su segundo en el mando, el negro Enrique
Cristóbal se negó a rendirse, huyendo precipitadamente después de
incendiar la ciudad por varios puntos. En los siguientes términos, y
con fecha 17 de febrero de 1802, publicó Leclerc una proclama desde su
cuartel general de Cabo.
«Acabo de llegar aquí, en nombre del Gobierno francés, a traeros la
paz y la felicidad; temía encontrar obstáculos de parte de los jefes
de la colonia, por sus miras ambiciosas, y veo que no me he engañado.
Estos jefes que anunciaban su amor a Francia en todos sus escritos,
nunca pensaban ser franceses; hablaban de Francia, porque no creían
llegase el momento de combatirla. A la sazón han sido descubiertas
sus pérfidas intenciones. El general Santos (Toussaint Louverture) me
había mandado sus hijos con una carta, diciéndome que deseaba, sobre
todo, la felicidad de la colonia y estaría siempre bajo mis órdenes.
En efecto, le mandé venir a mi presencia, ofreciéndole que sería mi
Teniente general; pero, queriendo ganar tiempo, me respondió con frases
ambiguas. Me encarga mi gobierno que ponga los medios para que reinen
aquí la prosperidad y la abundancia. Si yo me dejase guiar por manejos
astutos y pérfidos, la colonia sería teatro de larga guerra civil.
Desde ahora entro en campaña para dar a conocer a ese rebelde la fuerza
del gobierno francés; rebelde que ante los ojos de los buenos franceses
habitantes en Santo Domingo, será considerado como un malvado e
insensato. Los habitantes de la isla gozarán de libertad, y respetadas
sus personas y propiedades. Así, pues, ordeno lo siguiente:
Articulo I. El general Santos Louverture y el general Cristóbal
quedan fuera de la ley; y se previene a todos los ciudadanos que
les persigan, les vayan al alcance y les traten como rebeldes a la
república francesa.
II. Desde el día en que la armada francesa ocupe un cuartel, todo
oficial, ya civil o ya militar, que obedeciere órdenes que no sean
dadas por los generales de la república francesa, que yo mando en
jefe, será tratado como rebelde.
III. Los agricultores que por ignorancia o engañados por las
pérfidas insinuaciones de los generales rebeldes, hubiesen tomado
las armas, serán tratados como niños, haciéndoles volver al
cultivo, siempre que no hayan contribuído a excitar la sublevación.
IV. Los soldados de las medias brigadas que abandonasen el ejército
de Louverture, formarán parte de la armada francesa.
V. El general Agustín Clervaux, que manda en el departamento de
Cibao, y ha reconocido el gobierno francés y la autoridad del
Capitán general, se mantendrá conservando su grado y comandancia.
VI. El General Jefe de Estado Mayor hará imprimir y publicar la
presente proclama.--_Leclerc._»
Si los franceses hicieron prodigios de valor, los negros se batieron
desesperadamente. Las divisiones y los diferentes cuerpos de tropas
franceses, tuvieron que vencer grandes dificultades a causa de las
ventajas que proporcionaba a los rebeldes el conocimiento del terreno.
Cuando las tropas de Louverture eran rechazadas en alguna acción, se
retiraban a los bosques, donde encontraban seguro asilo. «No hay sitio
alguno en los Alpes--escribe un historiador de aquellos tiempos--que
pueda compararse con la aspereza de las simas y bosques de la isla de
Santo Domingo»[358].
[358] _Hist. de la isla de Santo Domingo_, por D. V. A. E. P.,
pág. 252.
Después de luchar algún tiempo con la misma tenacidad y fiereza, se
consideraron vencidos los insurgentes. Los jefes negros Maurepas,
Cristóbal y Dessalines se sometieron a Leclerc. El mismo Santos
Louverture, al verse abandonado de los suyos, rindió sus armas (1.º
mayo 1802), declarando que se sometía a la autoridad del gobierno
francés.
Dícese que la obediencia de Louverture no era sincera. Aguardaba que
la época de los calores, y con ella la fiebre amarilla, viniera a
debilitar a los vencedores. En efecto, la terrible enfermedad comenzó
haciendo muchas bajas en el ejército francés, al mismo tiempo que se
notaban agitaciones entre los negros. Contóse que habiendo sorprendido
Leclerc algunas cartas, en las cuales Toussaint Louverture instigaba
a los suyos a un levantamiento general, dispuso el general francés
celebrar una conferencia con el antiguo dictador con la excusa de
pedirle consejo sobre los medios que creía procedentes para que
volviesen los negros escapados de los cultivos, como también sobre
la elección de los puntos más a propósito para restablecer la salud
del ejército. No sospechando Toussaint la celada que se le tendía,
acudió a la cita rodeado de algunos soldados negros. Apenas llegó, fué
acometido, desarmado y conducido prisionero a un navío de guerra (10
de junio) que partía para Brest. Parece ser que dijo las siguientes
palabras: «Al derribarme, no han derribado más que el tronco del árbol
de la libertad de los negros; pero quedan las raíces, que volverán a
brotar, porque son profundas y numerosas.»
Inmediatamente que llegó a Francia, se le metió en un coche cerrado
y se le condujo a la fortaleza de Joux. Después de diez meses de
cautiverio, una mañana (27 abril 1803) fué encontrado muerto, sentado
cerca del fuego, con la cabeza inclinada y con las manos apoyadas sobre
sus rodillas. Contaba sesenta años. ¿Murió envenenado? Creemos que no.
Acostumbrado al clima de las Antillas y a una vida activa, acabó con
su existencia el invierno crudo de los Alpes y la reducida estancia de
un calabozo. «Pero, ¿qué es la obscura agonía de un pobre negro para
los narradores enternecidos del martirio exagerado de Santa Elena?
Es cierto--añade el historiador francés Lanfrey--que la justiciera
posteridad dirá que uno de esos dos hombres fué el redentor de su raza,
y que el otro fué el azote de la suya.»