CAPITANÍA GENERAL DE GUATEMALA (CONTINUACIÓN).--EL PRESIDENTE
ESCOBEDO: LOS PIRATAS: ALBEMALE Y LOS MISIONEROS.--EL
PRESIDENTE SIERRA.--UNA LIMOSNA AL REY DE ESPAÑA.--RECOPILACIÓN
DE INDIAS.--LOS PRESIDENTES ALAVA Y ENRIQUEZ DE GUZMÁN:
REFORMAS.--NICARAGUA, COSTA RICA, HONDURAS Y EL SALVADOR.--EL
PRESIDENTE BARRIOS EN GUATEMALA.--EXPEDICIÓN AL PETÉN Y
LECANDÓN.--EL PRESIDENTE SÁNCHEZ DE BERROSPE.--GOBIERNO DE LA
AUDIENCIA, DE CEBALLOS Y DE COSÍO.--COSTA RICA Y NICARAGUA.--EL
PRESIDENTE RODRÍGUEZ DE RIVAS: TERREMOTO DE 1717.--NICARAGUA, COSTA
RICA, HONDURAS Y EL SALVADOR.--GUATEMALA: GOBIERNOS DE ECHEVERS
Y DE RIVERA VILLALÓN.--RIVERA SANTA CRUZ.--EL ARZOBISPADO.--LOS
PRESIDENTES ARAUJO Y VÁZQUEZ PREGO.--REFORMAS.--GOBIERNO DE
VELARDE.--EL PRESIDENTE ARCOS.--LOS MISIONEROS.--LOS PRESIDENTES
FERNÁNDEZ DE HEREDIA Y SALAZAR: EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--EL
PRESIDENTE MAYORGA: TERREMOTO DE 1773.--TRASLACIÓN DE LA CAPITAL
AL VALLE DE LA VIRGEN.--AMÉRICA CENTRAL.--EL PRESIDENTE GÁLVEZ:
RECONQUISTA DE OMOA Y DE ROATÁN: COLONIA ESPAÑOLA EN TRUJILLO:
EXPEDICIÓN A RÍO TINTO.--EL PRESIDENTE ESTACHERRÍA.
Nombrado (29 octubre 1671) presidente, gobernador y capitán general D.
Fernando Francisco de Escobedo, general de artillería, Gran Cruz de la
orden de San Juan y bailío de Lora, llegó a Guatemala en febrero de
1672, y como de costumbre, tuvo recibimiento entusiástico. Emprendió en
seguida la construcción de un fuerte en el río San Juan de Nicaragua,
que se llamó de la _Concepción_, y cuyo nombre dejó poco después por el
del río, esto es, _San Juan_. El 6 de noviembre de 1674, porque cumplía
trece años Carlos II, se celebraron solemnes fiestas reales (corridas
de toros, carreras, sortija, estafermo, luminarias, etc.). Mayores y
más suntuosos fueron los festejos que se hicieron cuando el Rey tomó en
sus manos las riendas del gobierno.
Tiempo hacía que se hallaban amenazados por los piratas los
establecimientos españoles de aquella parte de las Indias, hasta
que por la metrópoli hubo de ser nombrado gobernador de Jamaica el
duque de Albemale, con encargo de exterminar a los corsarios, lo que
realizó--según refiere Alcedo--ahorcando a cuantos pudo haber a las
manos. Por otra parte, los misioneros llevaron la civilización a las
islas de la América Central, y con este motivo ya no tuvieron segura
morada los aventureros y piratas.
Entre el obispo D. Juan de Ortega Montañés por un lado, Escobedo y los
oidores Roldán y Novoa por otro, se declaró tenaz contienda, acordando
el gobierno de la metrópoli que el licenciado D. Lope de Sierra Osorio
se encargara del poder de Guatemala y abriese el juicio de residencia
(1678). «Muy bien se lo tenían merecido todos--dice Ximénez--y aun
mayores castigos, por las iniquidades que habían ejecutado»[336].
[336] _Hist. de Chiap. y Guat._, libro V, cap. 35.
Obedeciendo órdenes de la metrópoli, Sierra Osorio convocó una junta
con el único objeto de pedir en nombre del Rey algún donativo,
pues tanta era la penuria de la corte. Expusieron algunos de los
concurrentes la suma miseria a que estaba reducido el reino, acordando
servir al monarca con veinte mil pesos, siempre que se les concediese
permiso para comerciar con el Perú. Recordaremos que en el año 1680 se
publicó la famosa _Recopilación de Indias_, en la cual se hallan las
cédulas, cartas, provisiones, ordenanzas, instrucciones, autos y otros
despachos expedidos para el buen gobierno de las colonias, desde el
reinado de Carlos I hasta el de Carlos II, en un lapso de tiempo de
cerca de ciento sesenta años. También en 1680 se terminó el edificio
de la catedral, cuyas obras comenzaron en el de 1669. Suntuosas fueron
también las fiestas que se celebraron con motivo del matrimonio de
Carlos II con María Luisa de Orleans.
Nombróse presidente y gobernador interino, con encargo de continuar el
juicio de residencia de Escobedo, al licenciado D. Miguel de Augusto
y Alava, caballero de la orden de Alcántara (1681). Nada digno de
contar ocurrió en Guatemala desde el año 1681 hasta el 1683, en que
vino a hacerse cargo de la presidencia D. Enrique Enríquez de Guzmán,
caballero también de la orden de Alcántara, individuo del Consejo de
guerra y de la Junta de Indias y armadas. El nuevo presidente mejoró
el estado de los hospitales de la ciudad y protegió las tentativas
hechas por los misioneros dominicanos para continuar las reducciones
de indios infieles. Entre el gobernador de Soconusco y el Sr. Núñez
de la Vega, obispo de Chiapa, ocurrieron serias desavenencias, en las
cuales hubo de intervenir y, por cierto, con verdadero espíritu de
justicia, el presidente Enríquez y luego el Consejo de Indias. El Rey
aprobó las providencias del presidente de Guatemala, terminando la
famosa cuestión. Habiendo fallecido por entonces D. Alvaro de Losada,
gobernador de Nicaragua, vino a reemplazarle el maestre de campo don
Gabriel Rodríguez Bravo de Hoyos. Sobrevinieron en seguida graves
disturbios, contribuyendo a ello la torpeza de Rodríguez, a quien
sucedió (1693) D. Pedro Jerónimo de Colmenares. Habremos de recordar
que la provincia de Costa Rica, a fines del siglo XVII, estaba en
completa decadencia, no sin que para ello influyesen las frecuentes
correrías de los corsarios. Dichas correrías obligaron a los habitantes
a retirarse al interior, abandonando los cultivos de los puntos
próximos a la costa. Por lo que respecta a la provincia de Honduras,
allí se reunieron en 1689 muchos piratas, dirigiéndose algunos a
Trujillo, donde cometieron toda clase de atrocidades. La provincia de
El Salvador, a últimos del siglo XVII, hasta bien entrado el siglo XIX,
estuvo gobernada por un alcalde mayor, dependiente del gobierno central
de Guatemala. En el citado año de 1694 era alcalde mayor de El Salvador
y San Miguel, D. José de Calvo y Lara, sucesor de D. José Hurtado de
Arias.
Continuando la historia de Guatemala, procede que digamos que el
general Enríquez de Guzmán dimitió el mando el 1687, viniendo a
reemplazarle en enero de 1688 el general D. Jacinto de Barrios Leal,
caballero de la orden de Calatrava. Cuéntase que al desembarcar en la
costa del Norte fué robado por las piratas. Si en la primera época
de su gobierno mostró cierta moderación y prudencia, pronto hubo de
romper con la Audiencia, y la causa tuvo origen--según refiere Fuentes
y Guzmán en la _Recordación Florida_--en una _centella amorosa, que a
un tiempo mismo ardía en el corazón del Presidente y nacía en el del
oidor Valenzuela_. Habiendo llegado a conocimiento del gobierno de la
metrópoli lo que ocurría, se nombró juez pesquisidor al licenciado D.
Fernando López Ursino y Orbaneja. Llegó Orbaneja el 25 de enero de 1691
y se encargó en seguida del gobierno, el cual tuvo hasta diciembre de
1694, pues el Consejo de Indias no encontró nada censurable en Barrios
Leal. Inmediatamente que volvió al poder, sólo pensó en vengarse de
sus enemigos, y para él eran sus enemigos todos los que se pusieron
de parte del oidor Valenzuela. En seguida pensó en la conquista del
Petén y Lecandón. Entre las personas importantes que consultó para la
realización del plan--y por cierto que no fué atendido--se encuentra
el famoso cronista Ximénez, que formó parte de la expedición. Poco
consiguió Barrios Leal en su difícil empresa, y a su vuelta falleció el
12 de noviembre de 1695.
El 25 de marzo de 1696 hizo su entrada en Guatemala D. Gabriel Sánchez
de Berrospe, nombrado gobernador, capitán general y presidente de la
Audiencia. Berrospe, no sólo conquistó y fortificó el Petén, sino
acabó de someter la provincia de Lecandón. Del gobierno de Costa
Rica se encargó en 1698 D. Francisco Serrano de Reyna. A la sazón,
como antes y después, frailes recoletos, procedentes de Guatemala y
de Nicaragua, se dirigieron a las montañas de Costa Rica, logrando
atraerse a los indígenas mediante la predicación y el convencimiento.
Rotas las relaciones entre el gobernador Sánchez de Berrospe y el
obispo Navas, como también entre aquél y el oidor Amézquita, el
gobierno de la metrópoli tuvo el mal acierto de nombrar visitador a
don Francisco Gómez de Madriz, que llegó a Guatemala en los últimos
días del año 1699. Madriz era un hombre inmoral: quería enriquecerse
en poco tiempo y para ello no reparaba en los medios más censurables.
También dió algunos escándalos, pues requería de amores a no pocas
mujeres casadas. A tal punto llegó su desvergüenza, que los vecinos
de Guatemala obligaron a Sánchez de Berrospe a encargarse del poder,
no obstante su falta de salud; pero Madriz, arrostrando las iras
populares, le confinó al pueblo de Patulul. Tampoco hizo caso de la
Audiencia, entablándose formal y reñida lucha entre aquélla y el citado
pesquisidor. Sucesos censurables se originaron en Guatemala, logrando
al fin la Audiencia que el insolente juez abandonase la ciudad. En los
últimos días de marzo de 1701 se recibió en Guatemala la noticia del
fallecimiento de Carlos II (1.º noviembre 1700) y la sucesión al trono
de Felipe V de Borbón.
Habiendo renunciado el gobierno Sánchez de Berrospe (1701), emprendió
su regreso a la península en los comienzos de 1702, quedando la
Audiencia con el poder, hasta que llegó en mayo de dicho año don
Alonso de Ceballos y Villagutierre, de la orden de Alcántara, clérigo
ilustrado y hombre tolerante. Al poco tiempo murió el virtuoso obispo
Las Navas (2 noviembre 1702) y un año después el gobernador Ceballos
(27 octubre 1703). Sucedióle el oidor Duardo.
Don Toribio de Cosío y Campa, caballero de la orden de Calatrava,
tomó posesión de la autoridad suprema el 2 de septiembre de 1706. El
nuevo gobernador, aunque estaba dominado por el lucro y sólo pensaba
en adquirir dinero para volver a su país, era hombre bondadoso.
Preocupábale el estado de Costa Rica y de Nicaragua, provincias
expuestas siempre a los ataques de los zambos mosquitos. De la primera
era gobernador Serrano de Reina, empleo que ejerció unos seis años y
que mereció ser condenado por la Audiencia de Guatemala. Le reemplazó,
como gobernador interino, D. Diego de Herrera Campuzano (1704) y en
propiedad obtuvo luego el cargo D. Lorenzo Antonio de Granda y Balbín
(1707), en cuyo tiempo se sublevaron los indios de Talamanca (1709).
Granda y Balbín no pertenece al número de los buenos gobernadores de
Costa Rica. A su muerte (1712), volvió al país Herrera Campuzano, si
bien el capitán general de Guatemala nombró interinamente gobernador
a D. José Antonio Lacayo y Briones. Otras insurrecciones en el país
fueron sofocadas y castigados sus autores. Acerca de Nicaragua es de
sentir el mal gobierno de D. Miguel de Camargo, quien comenzó a ejercer
sus funciones el año 1705. Para catequizar a los aborígenes, envió
frailes a que predicaran el cristianismo, y como dijesen los misioneros
que los indios se valían de ciertas hechicerías, el gobernador por
ello castigó a muchos inocentes indígenas y ajustició a algunos. El
bondadoso obispo de la diócesis, Fray Diego Morcillo, reprobó los
hechos de Camargo y prohibió las misiones, y en su afán de poner
correctivo a tantos abusos, hizo dos viajes a la ciudad de Guatemala,
para que Cosío y Campa y la Audiencia pusiesen remedio a tantos males.
Temiendo ser castigado, Camargo se fugó de Nicaragua, sucediéndole en
el cargo D. Sebastián de Arancibia. Tiempo adelante el obispo Morcillo
obtuvo el arzobispado de Lima y el virreinato del Perú. A Morcillo
sucedió Fray Benito Garret (1711), hombre orgulloso y pedante, que
humilló al gobernador Arancibia y menospreció a la Audiencia, cuyo alto
tribunal le expulsó de la diócesis (1716).
Continuando la relación de los sucesos de Guatemala, justo será
recordar los buenos deseos del gobernador Cosío en favor del país. No
pocos disgustos le ocasionó el obispo Alvarez de la Vega y Toledo,
trasladado en 1713 de Chiapa a Guatemala. Aplausos merece por haber
sofocado una sublevación de los indios zendales, mostrándose el Rey tan
agradecido que le prorrogó por dos años más el tiempo de su gobierno y
le confirió el título de marqués de Torre Campo.
Sucedió al marqués de Torre Campo en el cargo de gobernador de
Guatemala, D. Francisco Rodríguez de Rivas, maestre de campo de los
reales ejércitos (4 octubre 1716). Terrible terremoto ocurrió el 29
de septiembre de 1717. Antes lo habían anunciado ciertas señales: el
volcán denominado de _Fuego_ empezó a lanzar llamaradas en la noche del
27 de agosto, y poco después se sintió subterráneo ruido y trepidación
del suelo. En los días siguientes continuó el volcán arrojando fuego y
continuaron los temblores de tierra. Al mismo tiempo se sucedían las
funciones religiosas, promovidas por el clero y por las autoridades.
El capitán general Rodríguez de Rivas, se portó como debía en aquellos
días tristísimos. Pocas fueron las desgracias personales; algunos
templos y muchas casas particulares vinieron al suelo. Opuesta conducta
que el gobernador siguió el obispo Alvarez de la Vega, que continuaba
anunciando males mayores. En todo esto obraba el prelado, ya por el
odio que al gobernador tenía, ya porque pensaba que de este modo
podría elevar la iglesia de Guatemala a metropolitana. Celebráronse
varias juntas para acordar si convenía la traslación de tribunales
a sitio más seguro. Opinaba el gobernador que no era conveniente y
lo contrario el obispo; los oidores, los individuos del cabildo, los
religiosos y los habitantes en general, tampoco se hallaban conformes
unos con otros. Intervino en el asunto el virrey de México, haciendo
responsable al capitán general del quebranto que sufriese la Real
Hacienda, por no haber permitido que pasasen a otro punto las cajas
reales y los tribunales. Vino el Rey a terminar el asunto, poniéndose
al lado del gobernador Rodríguez. Tiempo era ya de que las autoridades
y vecinos se ocupasen en reparar los daños causados en la ciudad, lo
que se consiguió en los años 1718 y 1719. En tanto que Guatemala se
reponía de sus quebrantos, Nicaragua, Costa Rica y Honduras, vivían
en el citado año de 1719 en contínuo desasosiego, temerosas de los
ataques de los corsarios. También aguijoneados los gobernadores por
el ansia del lucro, cometían toda clase de desaciertos. No les iban
en zaga los alcaldes mayores. Por lo que se refiere a la provincia de
El Salvador, apenas tenía que temer de los piratas, siendo de igual
modo digno de notarse la mayor moralidad en la administración pública.
La cultura, el bienestar y la riqueza eran mayores en dicha provincia
que en Nicaragua, Honduras y Costa Rica. En esta última ejercía el
cargo de gobernador desde mayo de 1713 don José Antonio Lacayo de
Briones, funcionario más cumplidor de su deber que Grande y Balbín, su
antecesor. A la liberalidad de Lacayo se debió la fábrica del convento
de frailes franciscanos, que se construyó en Esparza. Sucedió a Lacayo
(diciembre de 1716), D. Pedro Ruiz de Bustamante, el cual obtuvo la
doble investidura de gobernador y capitán general de la provincia; pero
el Rey (febrero de 1718) nombró a D. Diego de la Haya Fernández, que
tomó posesión a fines de noviembre. Con una actividad digna de alabanza
se dedicó por completo a sacar al país de la miseria en que se hallaba,
animándole en su obra el capitán general de Guatemala. El gobernador la
Haya, defendió su territorio de los corsarios ingleses (1720) y entabló
relaciones de amistad con el jefe de los mosquitos. Días tristes fueron
para la ciudad de Cartago desde el 16 de febrero de 1723, en que el
volcán Irazú comenzó a arrojar materias encendidas al mismo tiempo que
se sentían ruidos subterráneos. Ahora, como siempre, el gobernador
la Haya cumplió con su deber. En Nicaragua, separado del gobierno en
1721 Arancibia, le sucedió (1722) D. Antonio de Poveda y Rivadeneira,
que a su vez también fué separado a fines de 1724, sustituyéndole D.
Tomás Marcos Duque de Estrada. Torpe en su mando Duque de Estrada, no
pudo impedir que una sublevación popular le arrojase del poder. El
capitán general de Guatemala mandó sofocar el levantamiento a Lacayo
de Briones, el mismo que antes tuvo el mando de Costa Rica. Apaciguados
los ánimos, el citado capitán general llamó a Guatemala al Duque de
Estrada y nombró jefe de la provincia al ya citado Poveda (enero de
1727), muerto en la noche del 7 de julio a manos de unos asesinos.
Guatemala iba a tener nuevo gobernador, capitán general y presidente de
la Audiencia. A Rodríguez de Rivas sucedió D. Pedro Antonio de Echevers
y Subiza, caballero de la Orden de Calatrava y señor de la Llave
Dorada, quien tomó posesión el 2 de diciembre de 1724, celebrándose en
su obsequio toda clase de festejos. El residenciado Rodríguez de Rivas
resultó culpable por varios hechos, siendo los principales el haber
recibido dinero en cambio de títulos de corregidores, alcaldes mayores,
etc. Echevers, que comenzó su gobierno atrayéndose las simpatías de
sus subordinados, pronto varió de conducta y se hizo odioso a todos.
Trataba con poca consideración a los oidores, a los abogados y a los
individuos del concejo. Con la Audiencia tuvo enconada disputa. A los
nueve años de ejercer el gobierno, le sucedió el brigadier D. Pedro de
Rivera y Villalón. Trajo Rivera y Villalón los cargos de presidente de
la Audiencia, capitán general y gobernador (22 diciembre 1729). Poco
después se le concedió el grado de mariscal de campo (16 septiembre
1730). Hízose simpático desde los primeros actos de su gobierno.
En julio de 1726 vino a Guatemala D. Manuel de Castilla, de paso a
Honduras, de donde había sido nombrado gobernador en sustitución
de Gutiérrez de Argüelles. Para sustituir a Poveda Rivadeneira en
Nicaragua fué nombrado el sargento mayor D. Pedro Martínez de Ugarrio
(27 julio 1727), y a éste sucedió (mediados de 1728) Duque de Estrada
(segunda vez). Alteróse el orden público en el año 1730, tal vez por
debilidad de Duque de Estrada. Bartolomé González Fitoria hizo su
entrada solemne en León el 13 de julio de 1730, siendo obsequiado
con corridas de toros y representaciones dramáticas. Reconocemos
que se portó mejor en el gobierno que Duque de Estrada, aunque su
administración no se señaló por sucesos notables. Vino a sucederle,
últimos de 1735, el capitán D. Antonio Ortiz, y en el mismo año murió
en León Fray Dionisio de Villavicencio, obispo de la diócesis. De Costa
Rica diremos que el capitán D. Baltasar Francisco de Valderrama sucedió
a D. Diego de la Haya (mayo de 1727). Valderrama se atrajo el odio del
clero y fué sustituído en la gobernación (abril 1736) por el teniente
coronel D. Antonio Vázquez de Cuadra, que murió a fines de junio del
mismo año. Sucedióle interinamente el sargento mayor don Francisco
Carrandi y Menán, que realizó una expedición contra los indios
mosquitos sin resultado alguno. Debió Carrandi ser relevado del mando
por el capitán general de Guatemala (1739), reemplazándole D. Francisco
de Olaechea. Separado del mando este último, fué nombrado el capitán
de infantería D. Juan Gemmir y Lleonart (1740), quien tuvo grandes
desavenencias con el cabildo eclesiástico por causa de la posesión del
obispo Pardo de Figueroa.
Acerca del capitán general de Guatemala D. Pedro de Rivera y Villalón,
importa referir que se dirigió al Rey en solicitud de varias reformas
administrativas, acordando Felipe V desestimar lo que se le proponía,
y mandó que los alcaldes siguiesen administrando justicia y los
oficiales reales continuaran recaudando los tributos. Posteriormente,
convencido el monarca de que el gobernador estaba en lo cierto, mandó
(24 marzo 1741) que pusiera en práctica las proposiciones que antes
hiciera, autorizándole también a emprender guerra exterminadora contra
los indios zambos mosquitos, que continuamente hostilizaban las costas
de Comayagua y Costa Rica[337]. Si en instrucción pública realizó
saludables reformas, fueron mayores las referentes a la hacienda. No
es de extrañar, dada la moralidad de la administración pública, que
los individuos del ayuntamiento dijesen (18 julio 1741) que nunca
había estado mejor el Erario público, ni en lo que respecta a las
recaudaciones, ni en lo concerniente a los gastos; que el capitán
general Rivera y Villalón, sin embargos y violencias, y sólo con su
diligencia y tino, supo patrocinar los derechos del fisco y el aumento
de los caudales, satisfaciendo con integridad los sueldos corrientes
y las deudas atrasadas, como también remitiendo remesas de dinero al
monarca sin necesidad de acudir á préstamos del vecindario.
[337] _Arch. hist. nac.--Cedulario índico_, tomo XI, núm. 166,
págs. 151 v.ª y 152.
D. Tomás de Rivera y Santa Cruz sucedió a Rivera Villalón. Tomó
posesión el 16 de octubre de 1742. Era Santa Cruz natural de Lima y se
atrajo pronto las simpatías de la Audiencia, del cabildo y del pueblo
en general. Desde fines del año 1741 gobernaba en Honduras el capitán
de infantería D. Tomás Hermenegildo de Arana, sucesor de D. Francisco
de Parga. Arana se ocupó con actividad asombrosa a dar vida a la
industria de Honduras. Como juez pesquisidor se presentó en Honduras
el oidor D. Fernando Alvarez de Castro, hombre que comenzó mostrando
mala voluntad al citado gobernador. Desterrado Arana a Esguipulas,
Alvarez de Castro se hizo dueño del poder. En aquel tiempo D. José
Lacayo de Briones, gobernador de Nicaragua, viéndose amenazado de los
ingleses, le pidió auxilio, contestando Alvarez de Castro que no podía
en aquellas circunstancias. El, por su parte, persiguió en Honduras a
los indios que traficaban con los ingleses de la costa, en tanto que
el juez pesquisidor intentó en vano castigar a los defraudadores del
Erario público. Falleció poco después y su muerte no fué sentida, por
su carácter demasiado enérgico. Cuando el capitán general de Guatemala
tuvo noticia del fallecimiento, nombró gobernador provisional al
maestre de Campo D. Luis Machado. Terminados entonces los conflictos
entre la autoridad civil y la eclesiástica, el capitán Arana y los
suyos pudieron volver a sus casas, y todo quedó en paz, turbada en mal
hora por el carácter despótico de Alvarez de Castro. Sin detenernos
en otros sucesos, hay que registrar una cédula del 23 de agosto de
1745, dada en San Ildefonso, y por la cual fué nombrado el brigadier
don Alonso Fernández de Heredia gobernador de Nicaragua y comandante
general de dicha provincia, de la de Costa Rica, de las jurisdicciones
del Realejo, Subtiaba, Nicoya, Sébaco y demás territorios y costas
comprendidas desde el cabo de Gracias a Dios hasta el río Chagres;
en la inteligencia de que, por muerte del brigadier, o por cualquier
causa que retardara su llegada, debía reemplazarle en sus funciones el
coronel don Juan de Vera, y otro tanto se disponía respecto de este
último, para que le sustituyese el dicho brigadier en cualquiera de
los eventos indicados.[338] En diciembre de 1746 comenzó á gobernar
Fernández de Heredia. El Salvador iba progresando poco a poco. El
alcalde mayor de la provincia no tenía que temer a piratas y corsarios.
La vida de El Salvador se deslizaba más tranquila que la de Honduras,
Nicaragua y Costa Rica. El 24 de marzo de 1744, D. Isidro Díaz de Vivar
tomó posesión de la alcaldía mayor de El Salvador.
[338] _Archivo Colonial de Guatemala, Copias de títulos y
reales cédulas desde 1743 á 1748_, folio 202.--_Cedulario
índico_, tomo IX, núm. 3, págs. 6 v.ª, 7 y 8.
En Guatemala, donde continuaba de capitán general Rivera y Santa
Cruz, se celebró con toda clase de festejos la erección de su iglesia
sufragánea en metropolitana, siendo a la sazón obispo Fray Pardo de
Figueroa (1744). Dos años después se celebraron con toda suntuosidad
exequias fúnebres en Guatemala por el fallecimiento de Felipe V (9
julio 1746), cambiándose luego la tristeza en alegría por la elevación
al trono de Fernando VI.
El 19 de septiembre de 1747 se nombró capitán general, gobernador y
presidente de la Audiencia de Guatemala a D. José de Araujo y Río,
tomando posesión el 23 de septiembre de 1748. Rivera y Santa Cruz, en
sus últimos tiempos, había tenido la desgracia de caer en desagrado
de la Audiencia. Veamos, pues, la política seguida por el nuevo
gobernador. Procuró llevar la paz a Honduras y Nicaragua, a Costa Rica
y a El Salvador. Vivió en buena armonía con la Audiencia y con el
cabildo. Cortó toda clase de abusos y favoreció todo le que pudo a los
aborígenes.
Sucedióle, por Decreto expedido en Aranjuez (25 abril 1751), el
mariscal de campo D. José Vázquez Prego. En la Habana prestó el
correspondiente juramento (10 noviembre 1751), ante el gobernador y
capitán general de la isla de Cuba, llegando a Guatemala y tomando
posesión de su cargo el 17 de enero de 1752. Persiguió la fabricación
y la venta del aguardiente de caña, como lo ordenaba Fernando VI en
cédula del 6 de Agosto de 1747. En 1753, el llamado Valle se dividió
en dos alcaldías mayores: la de Santa Ana de Chimaltenango y la de
Amatitán y Sacatepéquez. Ocupóse Vázquez Prego en la fábrica de obras
públicas, especialmente fortalezas para contener las invasiones de
los filibusteros. A su fallecimiento (24 junio 1753) se encargó de
la capitanía general el letrado Juan de Velarde, el cual, en los
diecisiete meses que la desempeñó mantuvo el imperio de la ley.
Don Alonso Arcos y Moreno, mariscal de campo, fué nombrado el 29 de
enero de 1754, y tomó posesión el 17 de octubre del mismo año. No se
explican los motivos para los largos y desordenados festejos que se
celebraron. Todos tenían empeño en obsequiar al Sr. Arcos, y solamente
dos religiosos protestaron desde el púlpito de ciertos escándalos.
Escandalosos eran en verdad los bailes que se verificaron en diferentes
sitios y aun en ciertos monasterios. Mostró actividad en el despacho de
los asuntos, si bien cumple referir que era mayor su empeño en asuntos
de su propio provecho, citándose como prueba de ello la introducción
de 270 fardos, rotulados como equipaje de dicho funcionario y que
eran artículos de comercio (1754). Otras irregularidades cometidas
por el capitán general le enagenaron las simpatías de sus gobernados.
No habremos de olvidar los trabajos de los misioneros en Costa Rica,
Honduras, Nicaragua y El Salvador, para traer al camino de la verdad
a los indios que aún permanecían infieles. Recibióse en Guatemala la
noticia del fallecimiento de Fernando VI, celebrándose sus funerales
algunos meses después (16 y 17 de julio de 1760). A su sabor se
despacharon algunos poetas, pudiendo servir de ejemplo la siguiente
octava:
Fuentes puras los ojos de Fernando
Dos Castalias de llanto están vertiendo,
Y mientras él va su agua derramando
Toda Aganipe se la va bebiendo.
Las musas, que esto ven, examinando
La noble causa que lo está afligiendo,
Dándose al sentimiento por despojos,
Se van a pique ahogadas en sus ojos.
Celebró Guatemala con singular alegría la subida al trono de Carlos
III. Murió el gobernador Arcos y Moreno el 27 de octubre 1760, no
figurando su nombre entre los mejores gobernadores de Guatemala.
El gobernador interino Velarde dejó el cargo en junio de 1761, a la
llegada del Sr. D. Alonso Fernández de Heredia, brigadier de los
reales ejércitos y ascendido a mariscal de campo al venir a Guatemala.
Antes de reseñar los hechos de Fernández de Heredia conviene decir que
Velarde en los dos períodos que tuvo el gobierno dió señaladas muestras
de rectitud y honradez. Era Fernández de Heredia hombre arrebatado,
vanidoso y poco amigo de la justicia. Se llevó mal con la Audiencia
e intervino torpemente en los asuntos de Honduras, Nicaragua y Costa
Rica. La provincia de El Salvador continuaba su vida tranquila, no
interviniendo en su administración las supremas autoridades de la
colonia. Tal vez sea merecedor de mayores censuras el municipio de la
ciudad de Guatemala, cuyas cuentas no se ajustaban a la exactitud y
legalidad.
Sucedió a Heredia el capitán de navío D. Joaquín Aguirre y Oquendo;
pero, cuando se dirigía a tomar posesión del cargo murió en Zacapa (9
abril 1764). El brigadier D. Pedro de Salazar tomó posesión el 3 de
diciembre de 1765 y era opinión general que a los desmayos y tristezas
pasadas sucederían días felices para Guatemala. Salazar mostró ser
laborioso funcionario. Terminó el castillo que en Omoa se mandó
construir para contener las invasiones de los corsarios e hizo otros
reparos en obras importantes. Reformas realizó dignas de alabanzas,
bien que siempre tuvo a su lado la Audiencia y el ayuntamiento. A fines
de junio de 1767 llegó a Guatemala la famosa pragmática por la cual
Carlos III arrojaba de los dominios españoles a los hijos de Loyola.
Aunque Salazar estimaba a los jesuítas, cumplió lo que se le mandaba,
no sin que en Guatemala, Nicaragua, San Salvador, Honduras y Costa
Rica la opinión general se mostrara favorable a los discípulos de
San Ignacio. Para activar la fábrica del castillo de San Fernando en
Omoa, allá marchó Salazar y allá contrajo grave dolencia que le llevó
al sepulcro en Guatemala (20 mayo 1771). Encomendóse la residencia al
oidor D. Antonio de Arredondo (14 diciembre 1775).
Vino a suceder á Salazar el brigadier D. Martín de Mayorga, cuyo
nombramiento se comunicó a la Audiencia (1772) y entró en la ciudad de
Guatemala el 12 de junio de 1773. Con verdadero rigor castigó Mayorga
a la gente maleante y a los infractores de las leyes. Por entonces
anunciaba la voz pública que de un momento a otro se abriría la tierra
para tragar a los habitantes de la ciudad, añadiendo otras como
profecías igualmente aterradoras. Espantosos sacudimientos de la tierra
se verificaron en mayo y junio de 1773, los cuales fueron especie de
presagio de la catástrofe del 29 de julio. «Este día--dice el Padre
Cadena--, digno de notarse con negros cálculos y el más funesto para
Guatemala por haber sido el de su lamentable catástrofe, a las tres y
cuarenta minutos de la tarde tembló la tierra.» Todos imploraban el
auxilio divino. Los padres desatendían a sus hijos y los maridos a sus
mujeres. Los ruidos subterráneos eran seguidos de temblores, cayendo
también fuertes lluvias acompañadas de truenos y rayos. Undiéronse
muchos edificios, ocasionando varias muertes. La luz del día 30
permitió contemplar en toda su desgracia los efectos de los fenómenos
sísmicos. Murieron ciento veintitrés personas, sin contar las fenecidas
en los lugares inmediatos y las que sólo fueron heridas o golpeadas. El
gobernador general, el arzobispo Sr. Cortés y Larraz, los oidores, los
alcaldes, todos cumplieron con su deber en aquel día tristísimo. En los
días 4 y 5 de agosto, bajo la presidencia del gobernador, se celebró
junta general de las personas principales de la ciudad para acordar la
traslación de la metrópoli guatemalteca. Se acordó marcharse cuanto
antes al pueblo de la Ermita, lo que verificaron el gobernador general,
los oidores, los oficiales reales y los empleados subalternos de las
secretarías; también se llevaron las arcas destinadas a las rentas de
aduana, tabaco y correos. Después, entre los vecinos, surgió enconada
discordia, dividiéndose en dos bandos: uno que quería la traslación, y
otro que optaba por el mantenimiento de la capital en el mismo sitio
y creía que con los materiales existentes era fácil la reedificación,
añadiendo que en toda la provincia no había sitio alguno al abrigo de
tamaña calamidad. Triste era, en verdad, trasladar la ciudad que en
1542 se fundó en el delicioso y pintoresco valle de Panchoy. Terrible
terremoto acaecido el 13 de diciembre, que acabó de arruinar muchos
edificios de la desgraciada población, disipó las esperanzas de los
que creían posible la restauración. Todavía insistió el arzobispo y
algunos más; pero el asunto estaba resuelto. ¿Dónde se levantaría la
nueva capital? Después de muchos proyectos, se acordó establecerla en
el valle llamado de la Virgen, como consta en la cédula expedida por
Carlos III en el palacio de San Ildefonso (21 julio 1775), y que llegó
a manos del capitán general el 1.º de diciembre del citado año. En
todos estos asuntos, tan delicados y complejos, mostró su imprudencia
el brigadier Mayorga. Por entonces era gobernador de El Salvador el
insigne D. Francisco Antonio de Aldama; de Nicaragua, D. Manuel de
Quiroga, sucesor de D. Domingo Cabello, y de Costa Rica, D. Juan
Fernández de Bobadilla, recayendo después el mando en D. José Perié.
Honduras tuvo por gobernador a D. Francisco de Aybar, y luego a D. Juan
Nepomuceno de Quesada, natural de la Habana.
El coronel D. Matías de Gálvez, que estaba en Guatemala desde julio
de 1778, como segundo comandante del país e inspector de las tropas
veteranas y de milicias, fué nombrado gobernador, capitán general
y presidente de la Audiencia (15 enero 1779). El 4 de abril tomó
posesión. Alarmante noticia llegó a Guatemala en los últimos días
de octubre del año siguiente: los ingleses se habían hecho dueños
del fuerte de San Fernando de Omoa, defendido por corta guarnición.
Allá fué Gálvez a pelear con los ingleses. Gálvez, ya ascendido a
brigadier, era un excelente gobernador. Preocupábale que el gobierno
inglés, en guerra con el español, deseaba adueñarse el territorio de
los Mosquitos, el río y castillo de San Juan, la ciudad de Granada y
el golfo de Papagayos. De la tierra de los Mosquitos sacaba Inglaterra
mucha cantidad de caoba y de otras maderas finas, zarzaparrilla, palo
de tinta, algodón, cacao, vainilla, añil, azúcar, etc. Justo será
recordar la expedición que contra Nicaragua mandó el gobierno inglés
(1780). Al frente de una de las fragatas se hallaba Horacio Nelson,
que apenas contaba veintitrés años de edad y ya era capitán de navío.
El joven marino pudo salvar el banco de arena formado a la entrada
del San Juan, subió por el río hasta la isla del Mico, donde después
llegaron, transportadas en lanchas, las demás tropas extranjeras. Al
siguiente día (9 abril) arribaron a la isleta Bartola, cuyos defensores
se portaron bizarramente; pero volviendo a la carga, el capitán Nelson
se apoderó de ella. Acerca del castillo de Omoa, ya hemos indicado
que cayó en poder de los enemigos, bien porque estaban mandados por
Polson y Nelson, y bien porque ellos eran dos mil y nosotros doscientos
cincuenta, guatemaltecos en su mayor parte. No todo les salió bien
a los ingleses en Nicaragua. Las enfermedades les diezmaron, y
nuestro gobernador, aprovechándose del desaliento de ellos, recuperó
el castillo (enero de 1781). Poco importa si--como dice algún
cronista--el castillo no fué conquistado personalmente por Gálvez,
sino por el ejército que él mandó. Terminada la guerra de Nicaragua
en los comienzos de 1781, Gálvez volvió a Guatemala, dedicándose con
actividad a reformar la administración pública. Fijóse también en las
provincias de Honduras, Costa Rica y El Salvador. En seguida emprendió
la reconquista de Roatán: el 14 de marzo de 1782 zarpó de Trujillo la
escuadrilla, conduciendo cien hombres del batallón de infantería y unos
quinientos milicianos. Los ingleses no pudieron resistir el ataque de
nuestras fuerzas, presentándose el 17 de dicho mes los comisionados
del gobernador inglés al general Gálvez, ofreciéndole la rendición
de la isleta, como así se efectuó. La noticia del triunfo obtenido
en Roatán se comunicó, mediante una goleta despachada expresamente a
España, al gobierno de Madrid (21 de marzo). La agradable impresión
que produjo en Gálvez la situación de Trujillo, a su regreso de
Roatán, le movió a decir al Rey (17 abril 1782) que aquel puerto era el
principal en el litoral del Norte y que las tierras de la costa eran
muy fértiles. Vinieron, en efecto, más de trescientas personas de ambos
sexos procedentes de Asturias y Galicia, y otras trescientas, poco más
o menos, de las islas Canarias. Sin embargo de los buenos deseos de
Quesada, gobernador a la sazón de Honduras, el clima malsano y ardiente
del litoral echó por tierra los planes del general Gálvez. En el
mismo año de 1782, de vuelta de Roatán, se detuvo Gálvez en Trujillo,
saliendo luego al frente de la expedición, para Riotinto. La fortaleza
de Quepriva fué tomada el 30 de marzo de 1782 y la de Lacriba el 2 de
abril. Regresó Gálvez a Trujillo, muy satisfecho por sus campañas de
Roatán y de Riotinto, y llegó a Guatemala, donde meses después recibió
graves noticias de aquel último punto. Una escuadra inglesa atacó el
22 de agosto del citado año a Quepriva y a La Criba; las tropas de
desembarco, apoyadas de buen número de negros, saltaron a tierra y
pasaron a cuchillo la guarnición de Quepriva y no hicieron lo mismo con
la de La Criba porque hubo de capitular. Gálvez, que por la campaña de
Nicaragua se le había conferido el ascenso a mariscal de campo, y por
los servicios realizados en Roatán y Riotinto el de teniente general,
cuando se disponía recuperar las fortalezas perdidas y reedificar a
Trujillo, dejó el gobierno de Guatemala (10 marzo 1783) y pasó con el
cargo de virrey a Nueva España.
El 5 de abril hizo su entrada en Guatemala, después de corto gobierno
de la Real Audiencia, el brigadier D. José de Estachería. Dedicóse
Estachería a adelantar la fábrica de los edificios públicos, figurando
en primer término la catedral y en segundo la construcción de una
fuente monumental en la plaza mayor de dicha población. Firmada la
paz entre España é Inglaterra (septiembre de 1783), pudo dedicarse
con mayor tranquilidad a sus edificaciones el capitán general. En el
año 1786 celebraron ambas potencias un tratado complementario y en él
se estipuló que la Gran Bretaña reconocía la soberanía española en el
territorio de Mosquitos, y como consecuencia de tal reconocimiento
desocuparía--como lo hizo--los varios establecimientos que en esa faja
de tierra poseía.