VIRREINATO DE MÉXICO (CONTINUACIÓN): LOS VIRREYES VELASCO Y
CONDE DE MONTERREY.--CONQUISTA DE NUEVO MÉXICO.--EL MARQUÉS DE
MONTES CLAROS: ACUEDUCTO DESDE CHAPULTEPEC A MÉXICO.--EL VIRREY
VELASCO (2.ª VEZ).--IMPORTANTES EXPEDICIONES.--GOBIERNO DEL
ARZOBISPO DE MÉXICO Y DEL MARQUÉS DE GUADALCÁZAR.--ENEMIGA ENTRE
EL MARQUÉS DE GELVES Y EL ARZOBISPO.--EL MARQUÉS DE CERRALBO:
INUNDACIÓN DE LA CIUDAD.--OTROS VIRREYES.--EL OBISPO PALAFOX.--LOS
PIRATAS.--VIRREINATO DE ORTEGA MONTAÑÉS, OBISPO DE MICHOACÁN.--EL
VIRREY CONDE DE MOCTEZUMA.--EL VIRREY ORTEGA MONTAÑÉS, ARZOBISPO DE
MÉXICO.
Llegó a México D. Luis de Velasco, segundo de este nombre, el 25 de
enero de 1590[279]. Procuró el virrey ensanchar las fronteras de
Nueva España y favoreció las expediciones al Nuevo México, donde
Antonio Espejo halló regiones dilatadas y en las cuales vivían los
_paraguantes_, _tobosos_, _júmanos_, _maguas_, _quires_, _púmanes_,
_tiguas_, _ames_ y otros indios[280]. A reconocer estos países mandó el
virrey a Gaspar Castaño de Sosa con un pequeño ejército. Salió el 27 de
julio de 1590 de Almadén y llegó hasta Chihuahua con poca resistencia
de los naturales.
[279] Era hijo de Carrión de los Condes (provincia de
Palencia).
[280] _Colec. de documentos referentes al descubrimiento,
conquista y organización de las colonias españolas en
América_, tomo XV, págs. 101 y siguientes.
Logró celebrar un tratado con los feroces _chichimecas_, quienes
se comprometieron a no hostilizar ni a los españoles ni a sus
dependientes; si bien no pudo conseguir que los indios de los bosques o
errantes se estableciesen en poblaciones, en particular los _otomés_ se
resistieron en absoluto.
Durante el virreinato de Velasco recayó sentencia en el proceso de
Luis de Carvajal, conquistador de Nuevo León. Entre la gente que llevó
Carvajal para poblar aquella tierra se encontraban varios judaizantes
españoles que él no denunció; siendo condenado por los inquisidores
Bonilla y Santos García (febrero de 1590) a destierro de las Indias por
seis años. Poco después se dispuso (15 junio 1592) desde Martín Muñoz,
que hubiese consulado en la ciudad de México[281].
[281] _Arch. histórico nac.--Cedulario índico_, tomo I, pág.
195 v.º
D. Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, tomó posesión del
virreinato de México el 5 de noviembre de 1595, en sustitución de D.
Luis de Velasco, quien pasó con el mismo cargo al Perú. Tuvo empeño
Monterrey en continuar todo lo que había establecido sabiamente
Velasco. Aconsejado por muchos propietarios de haciendas, dispuso la
traslación de los indios a lugares poblados; medida beneficiosa para
aquéllos, quienes veían ocasión propicia de ensanchar sus propiedades
con las tierras abandonadas por los indígenas. A muchos indios que
protestaron de la orden del virrey, se les quemaron las casas y
sembrados, y a otros se les condujo atados a los pueblos designados de
antemano.
Más digna de mención y de más utilidad fué la conquista pacífica de
Nuevo México, realizada por Juan de Oñate (30 abril 1598); sometiéronse
fácilmente los caciques de los _pecos_, _taos_, _apaches_, _cheros_
y _emenes_. En la exploración de la costa de California, se dió--en
recuerdo del virrey--el nombre de Monterrey a la bahía, y el mismo
nombre tomó también la capital del nuevo _reino de León_, llamada
primeramente _Nueva Extremadura_.
En los primeros días del año de 1599 se recibió en México la noticia
del fallecimiento de Felipe II en el año anterior y de la proclamación
de Felipe III. Huelga decir que se celebró la primera noticia con
solemnes honras fúnebres y la segunda con alegres fiestas.
Autorizado el conde de Monterrey por una cédula de Felipe III (1602)
para conquistar la península de California, encomendó la expedición a
Sebastián Vizcaíno y a Toribio Gómez de Corbán, los cuales salieron
de Acapulco el 5 de mayo, y aunque hubieron de regresar desde el cabo
Mendocino por haberse propagado el escorbuto en la tripulación, algo
se adelantó, pues Fr. Antonio de la Ascensión, que iba en aquel viaje,
pudo dar noticia exacta de las tierras recorridas, como ya se dijo en
el capítulo II de este tomo.
En el corto virreinato de D. Juan de Mendoza y Lema, marqués de Montes
Claros, (se encargó el 27 de octubre de 1603) comenzó la construcción
del acueducto (1606) que va desde Chapultepec a México, monumento que
se conserva y honra la memoria del insigne gobernante. Antiguamente los
reyes aztecas hicieron cañerías subterráneas, que después Hernán Cortés
reparó para conducir las mencionadas aguas. Otro proyecto igualmente
beneficioso para la ciudad de México, cual fué el desagüe de las
lagunas, se desistió de realizarlo, ante las dificultades que hubo de
presentar el fiscal Espinosa.
En el citado año de 1606 Montes Claros fué trasladado al virreinato
del Perú, volviendo a México D. Luis de Velasco, que más tenaz que el
virrey anterior, realizó el desagüe de las lagunas[282]. Debióse el
proyecto, que consistía en abrir un túnel debajo del cerro Nochistongo,
al ingeniero Enrico Martín. Comenzaron las obras el 28 de septiembre
de 1607 y terminaron el 7 de mayo de 1608, siendo su coste de 73.611
pesos. Por Real Cédula de 27 de septiembre de 1608 se declaró lo
procedente acerca de las controversias entre el virrey y el arzobispo
de México[283]. Premió el Rey los servicios de Velasco haciéndole
merced del título de marqués de Salinas.
[282] Velasco tomó posesión de su cargo el 2 de julio de 1607.
[283] _Arch. histórico nacional.--Cedulario índico de Ayala_,
letra D, expediente 36.
Noticioso el virrey de que los negros que trabajaban en las haciendas
de Tierra Caliente se habían sublevado, huyendo en masa a las selvas
de los alrededores de Orizaba, donde nombraron caudillo o reyezuelo
a Yanga, y general o jefe de armas a un negro de Angola, llamado
Francisco de la Matosa, mandó contra los revoltosos al capitán Pedro
González de Herrera, quien los derrotó en el primer encuentro. Los
vencidos prometieron vivir pacíficamente en lo sucesivo, y con ellos
formó Herrera el pueblo de _San Lorenzo de los Negros_.
El deseo cada vez mayor de hallar minas de oro y plata hizo que Velasco
mandara una expedición, a cuyo frente puso a Sebastián Vizcaíno y con
el carácter de embajador a Fr. Pedro Bautista, a las islas llamadas
ricas. Llegaron al Japón, donde fueron muy bien recibidos; mas habiendo
sospechado el Emperador el intento de los expedicionarios, les retiró
su apoyo, viéndose entonces sin recursos y faltos de víveres. Tuvieron
la fortuna de encontrar ayuda en Mazamoney, rey de Ox, quien les
proporcionó un navío y les dió algunas provisiones. Después de sufrir
muchas y terribles tormentas, desembarcaron en Zacatula (20 enero 1614)
sin provecho alguno y con la contrariedad de no estar ya en el gobierno
D. Luis Velasco, que había marchado a España el 10 de junio de 1611.
Algún tiempo antes hubo de dirigirse el capitán Hurdaide contra los
indios _gaquis_, enemigos tenaces de la religión católica. Mandados los
indios por el cacique Lautaro, derrotaron a Hurdaide; pero, sin embargo
de la victoria, solicitaron la paz, que se ajustó el 25 de abril del
año 1610.
Para dar fin al gobierno de Velasco, recordaremos que desde Madrid,
Felipe III se dirigió (30 marzo 1611) al virrey, presidente y oidores
de la Audiencia de México, dándoles noticias de una obra intitulada
_Anales_, que había dejado escrita al tiempo de morir César Baronio,
cardenal de la Santa Iglesia de Roma. Publicada a la sazón, se hubo de
notar que Baronio cometía muchos errores al tratar de las regalías de
los reyes de Sicilia, sus antecesores (de Felipe III); por lo cual
prohibía dicho tomo undécimo y mandaba que se recogiesen los ejemplares
que tuvieran los particulares[284].
[284] _Cedulario índico_, tomo XXXI, num. 264, págs. 264-266
v.ª
Sucedió a Velasco en el virreinato de México el Ilmo. Sr. Fr. García
Guerra, arzobispo de dicho México, el 19 de junio de 1611, hasta el 22
de febrero del año siguiente, en que falleció.
Tomó la Audiencia el mando, que desempeñó dando muestras de verdadero
rigor. Porque se decía que los negros tramaban una conspiración, la
Audiencia hizo poner presos a 29 hombres y cuatro mujeres, los condenó
a la horca y dispuso que las cabezas de los ajusticiados se colocasen
en escarpias en la plaza principal.
El 28 de octubre de 1612 comenzó su virreinato D. Diego Fernández de
Córdoba, marqués de Guadalcázar. Para ampliar las obras de desagüe
de las lagunas concedió Felipe III 110.000 pesos, que se sacarían de
un impuesto sobre el vino, aceptándose el proyecto que presentó el
ingeniero Enrico Martín, mejor tal vez que el trazado por el ingeniero
holandés Boot. Consideremos los hechos que se realizaron en tiempo
del virrey Fernández de Córdoba. Don Gaspar de Alvear, gobernador
de Nueva Vizcaya, sometió a los indios _tepehuanes_, los cuales se
insurreccionaron y dieron muerte a varios religiosos; se afirmó nuestro
dominio en el país de Nayarit[285], país que recibió luego el nombre
de _Nuevo reino de Toledo_[286]; se fundaron las ciudades de _Lerma_ y
_Córdoba_, y en el año 1615 Tomás de Cardona acometió la explotación de
la península de _California_, de cuyo país tomó posesión en nombre del
monarca español.
[285] Nayarit fué un cacique de aquella tierra.
[286] Conservó poco tiempo dicha denominación.
Trasladado el marqués de Guadalcázar al virreinato del Perú (1621),
le substituyó D. Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de
Gelves y conde de Pliego. Entre el virrey y el arzobispo D. Juan
Pérez de la Serna hubo serios altercados, con no poco desprestigio
de ambas autoridades. Queriendo el prelado restablecer la disciplina
eclesiástica, excomulgó por adúltero a D. Carlos de Arellano, alcalde
mayor de Xochimilco; prohibió, entre otras imágenes ridículas, la de
Jesucristo «caballero en un cordero corriendo, con una veletilla de
niños en una mano y un pájaro atado de una cuerda en la otra;» condenó
la venta de pulque a los indios, bebida nociva y causa de embriaguez;
y, por último, ciertas devociones que se celebraban de noche durante la
cuaresma y que servían de pretexto para ciertas liviandades. Aunque las
disposiciones del prelado eran justas, se opuso a ellas la Audiencia,
a cuyo lado estuvo el virrey. Llamó más la atención el siguiente
hecho: Melchor Pérez de Varaiz, alcalde mayor de Metepec, encausado
por cohecho, se refugió como lugar seguro en el convento de Santo
Domingo. El arzobispo exigió conocer del proceso, y no siendo atendido,
excomulgó a los jueces. Colocóse el virrey al lado de la justicia;
pero el prelado puso en entredicho la ciudad; los clérigos salieron
por las calles llevando una cruz cubierta de negro velo, se cerraron
los templos y dejaron de tocar las campanas. El marqués de Gelves se
apoderó del arzobispo y lo sacó a la fuerza de México. Entonces los
habitantes de la ciudad se pusieron al lado del prelado, y ardiendo en
deseos de venganza a los gritos de _¡Viva Cristo! ¡Viva su Iglesia!
¡Muera el hereje! ¡Muera el excomulgado!_ cayeron (15 de febrero)
sobre el palacio del virrey y lo incendiaron. El virrey logró salir
disfrazado y acogerse al convento de San Francisco.
Enterado Felipe IV de tales sucesos, nombró virrey a D. Rodrigo Pacheco
y Osorio, marqués de Cerralbo, que llegó a México el 3 de noviembre de
1624; venía acompañado de D. Martín Carrillo, inquisidor de Valladolid,
encargado por el monarca de poner en claro las causas del tumulto
anterior. Cuando Carrillo estudió el asunto hubo de decir: l.º, que el
clero era el alma del motín; 2.º, que la mayor parte de la población
tomó parte, y 3.º, que tomó parte por el odio que el pueblo tenía a los
españoles. Entonces se reprendió y se depuso al arzobispo, nombrándose
en su lugar a D. Francisco de Manso y Zúñiga; se depusieron a dos
oidores, se condenó al fraile Salazar y a otros jefes del motín a
trabajos forzados, sufriendo cuatro de los últimos la pena de muerte.
Como en este tiempo España se hallaba en guerra con Holanda, Cerralbo
defendió la colonia de las asechanzas de buques holandeses.
Inundación tan terrible ocurrió en México en el año 1629 que,
habiéndose obstruído un túnel, se desbordó el lago y se anegó toda
la ciudad, muriendo ahogadas o entre las ruinas de las casas muchas
personas. Sometido a un proceso el ingeniero Enrico Martín, autor de
las obras, fué condenado a ejecutar por su cuenta las reparaciones
necesarias. Cerralbo, con fecha 25 de mayo de 1629, decía al Rey, entre
otras cosas: «Supuesta esta relación, suplico a V. M. me dé licencia
para que diga que, después de Hernán Cortés, ninguno ha servido a V. M.
en muchos años de las Indias tanto como yo en cinco...»[287]
[287] _Boletín de la Real Academia de la Historia_ de
Diciembre de 1916, pág. 588.
Tanta debía ser la necesidad que de dinero tenía Felipe IV que,
desde Madrid (28 mayo 1632), ordenó a Cerralbo que «vendiese algunas
hidalguías para sacar gran cantidad de dinero, que ayudaría a suplir
los gastos de mi Hacienda...»[288].
[288] _Arch. hist. nac.--Cedulario índico_, tomo XXIV, núm.
253, págs. 285 v.ª y 286.
Cesó el gobierno de D. Rodrigo Pacheco el 16 de septiembre de 1635,
en cuya fecha llegó D. Lope Díez de Armendáriz, marqués de Cadreita,
a sucederle. Bajo el virreinato de Cadreita, piratas holandeses,
capitaneados por el famoso _Pie de palo_, desolaron las costas de
Nueva España y llegaron a saquear el puerto de Campeche. Ya en este
tiempo--y la noticia es interesante--, como se temiese una sublevación
de criollos y mestizos en favor de la independencia de México, ordenó
Felipe IV--creyendo de este modo atajar el mal--que la colonia enviase
procuradores a las Cortes.
El 28 de agosto de 1640 llegaron juntos a México el nuevo virrey
D. Diego López Pacheco Cabrera, duque de Escalona y D. Juan de
Palafox, obispo de la Puebla. Necesitando Felipe IV mucho dinero
para las guerras en que andaba envuelto, dió el encargo de que se lo
proporcionara a López Pacheco, el cual exigió de los mineros fuertes
sumas, vendió oficios públicos y hasta demandó contribuciones por
adelantado. Semejante política disgustó mucho al prelado. Andaba
por entonces Palafox harto disgustado con las órdenes religiosas,
pues intentaba sustituir a los frailes que regían las parroquias con
sacerdotes seculares. El virrey no supo mantenerse en el terreno de
la imparcialidad y prestó su apoyo a los frailes. Tales desavenencias
obligaron a Felipe IV a destituir al duque de Escalona, nombrando
virrey al obispo Palafox.
En tanto que Escalona lograba sincerarse en Madrid, los jesuítas
declaraban guerra a muerte a Palafox. Sostenía el prelado que los
jesuítas no debían ejercer el ministerio sacerdotal sin su licencia,
y los hijos de Loyola a su vez afirmaban que ellos gozaban de ciertos
privilegios que les emancipaban de la jurisdicción ordinaria. Nombrados
varios jueces para entender del negocio, fallaron en favor de los
jesuítas. El prelado entonces excomulgó a los jueces y los jueces a
Palafox. Por fortuna, se restableció luego la concordia con honrosa
transacción.
Díjose por entonces, con más o menos fundamento, que iba a estallar
una revolución encaminada a la independencia de México, mediante los
manejos de un irlandés llamado Guillén de Lampart (o de Lombardo). Se
proponía falsificar Reales Cédulas nombrándose virrey y alzándose luego
contra Felipe IV; pero se descubrió el complot[289].
[289] Algunos años después Lampart fué quemado vivo.
Encargóse del virreinato D. García Sarmiento de Sotomayor Enríquez de
Luna, segundo conde de Salvatierra, el 13 de noviembre de 1642, cesando
el 13 de mayo de 1648, por haber sido trasladado al Perú. Las crónicas
nada dicen digno de contarse de su gobierno; sólo refieren que era
asaz devoto y que costeó la parte principal del tabernáculo de Nuestra
Señora de Guadalupe.
No carecen de interés dos noticias referentes al venerable Don Juan
de Palafox y Mendoza, obispo de la Puebla de los Angeles. Desde
Madrid--con fecha 6 de febrero de 1648--el Rey dice a Palafox que venga
a España y ocupará la primera iglesia que vacase. De su misma Real mano
escribió después S. M. los renglones siguientes: «Estoy cierto que
executareis lo que os ordeno, con la puntualidad con que me obedeceis
en todo por combenir assi á mi servicio, y siempre tendré memoria de
vuestra persona para honrraros y favoreceros.--Yo el Rey»[290]. También
haremos notar que en los altercados que los jesuítas tuvieron con el
citado obispo de la Puebla de los Angeles, el virrey Salvatierra se
puso al lado de aquéllos, no dejando de llamar la atención lo que el
insigne Palafox escribió al Papa, en su carta del 8 de enero de 1649.
Tales son sus palabras: «Los jesuítas compraron, por una gran suma de
dinero, el favor del conde de Salvatierra nuestro virrey; el cual,
aparte de esto, me tenía un odio mortal»[291].
[290] _Cedulario índico_, tomo IV, núm. 21, págs. 20 v.ª y 21.
[291] _Memorias de los virreyes del Perú marqués de Mancera y
conde de Salvatierra_, publicadas por José Toribio Polo, págs.
19 y 20.--Lima, 1899.
Por haber sido trasladado Don García al virreinato del Perú, obtuvo
igual dignidad en México Don Marcos de Torres y Rueda, obispo de
Yucatán (1648), quien falleció al poco tiempo.
Reemplazóle Don Luis Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste (1650),
en cuyo tiempo se sublevaron los indios _taraumares_ de Chihuahua,
acaudillados por sus caciques, siendo sometidos por Don Diego Fajardo,
gobernador de Nueva Vizcaya[292].
[292] Como un hecho curioso habremos de citar que en el año
1650 murió en Cuitlaxtla Doña Catalina Erauso, _la Monja
Alférez_, la cual huyó de un convento de San Sebastián, se
vistió de hombre e hizo como soldado grandes hazañas en Chile
y en el Perú.
Bajo el virreinato de Don Francisco Fernández de la Cueva, duque de
Alburquerque, una escuadra inglesa, que mandaba Cromwell, se apoderó
de Jamaica, á pesar del auxilio que la isla hubo de recibir de nuestro
virrey.
Cuando Felipe IV se hallaba ocupado en la campaña contra Flandes, tan
funesta para las armas y para el nombre español; cuando perdíamos las
plazas de Quesnoy, la de Catelet y la de Landrecy, y cuando el Rey
echaba la culpa de su desgracia a los herejes flamencos, creyó realizar
una obra grata a Dios escribiendo desde Madrid (19 mayo 1655) al virrey
Alburquerque, encargándole que concediese todo su apoyo y favor a la
Santa Inquisición, a la cual elogia con entusiasmo excesivo[293].
[293] _Arch. hist. nacional.--Cedulario índico_, tomo XVI,
núm. 293 v.º
Aunque las dos noticias que a continuación vamos a registrar iban
dirigidas a todos los Estados de América, las pondremos en este lugar,
teniendo en cuenta la mayor importancia que a la sazón tenía México.
Felipe IV, por Real Cédula dada en Madrid a 8 de noviembre de 1648,
pidió a los virreyes, presidentes, audiencias y gobernadores de las
Indias ciertas noticias para poder acabar la obra (1.º y 2.º tomo)
intitulada _Teatro Eclesiástico_, y cuyo autor era el maestro Gil
González Dávila[294]. La otra noticia es que el mismo Felipe IV, desde
Madrid, y con fecha 4 de junio de 1657, después de decir que teniendo
en cuenta los continuos milagros y beneficios (como abundancia de
frutos) que continuamente hacía el glorioso San Isidro, era su voluntad
que se fundase una capilla donde descansaran las cenizas de dicho
Santo, y para cuya obra mandaba a los virreyes, presidentes, audiencias
y demás gobernadores, y rogaba a los arzobispos y obispos pidiesen
limosna en las Indias Occidentales[295].
[294] _Arch. hist. nacional.--Cedulario índico_, tomo XXXI,
núm. 70, pág. 69 v.ª a la 71 v.ª
[295] _Arch. hist. nacional.--Cedulario índico_, tomo XXV,
núm. 9, págs. 17 v.ª y 18.
Uno de los peores virreyes que ha tenido México fué D. Juan de Leyva
y de la Cerda (16 septiembre 1660 a 29 junio 1664). Consintió que su
mujer vendiese los destinos públicos y miró impasible la conducta
liviana de la dicha virreina. No corrigió los escándalos de su hijo
D. Pedro, antes, por el contrario, los alentó con su manera de obrar.
Bastará decir que se declaró enemigo de D. Diego Osorio de Escobar,
arzobispo de México, porque éste--como era su deber--condenó el
desafío entre el hijo del virrey y el conde de Santiago. La importante
sublevación de los indios de Tehuantepec tuvo su origen en los excesos
que cometía el alcalde mayor D. Juan Arellano, y que terminó por la
mediación de D. Alonso de Cuevas Dávalos, obispo de Oaxaca. Españoles
e indígenas odiaban el gobierno del virrey. Su carácter altanero y las
pretensiones cada día mayores de su familia le acarrearon la enemiga
del citado arzobispo Osorio de Escobar. Sabedor el Rey de tales hechos,
confirió al prelado el gobierno de México, y aunque el conde de Baños
detuvo hasta seis cédulas reales, por fin fué arrojado del poder por un
movimiento popular.
Tres meses ocupó el virreinato el arzobispo de México, Osorio de
Escobar. Al ser sustituído en aquel importante cargo, también hubo
de renunciar la mitra, la que recayó en D. Alonso de Cuevas Dávalos,
obispo de Oaxaca. Osorio volvió a su obispado de Puebla.
D. Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, hizo su entrada
pública en la capital el 15 de octubre de 1664. A la sazón, los
corsarios ingleses--y el principal de ellos Juan Morgan--infestaban los
mares, no pudiendo resistirles la débil escuadra española que había
en el golfo de México. A tales desdichas hay que añadir la completa
decadencia de la agricultura, industria y comercio. La tristeza que
causó la noticia de la muerte de Felipe IV y que llegó a México en
los comienzos del año 1666, se convirtió en alegría cuando se juró a
Carlos II. Precaria llegó a ser la situación del marqués de Mancera,
ya por las necesidades de la colonia, ya por las continuas cantidades
que tenía que mandar a D.ª Mariana de Austria, reina gobernadora.
Registraremos tres hechos principales durante el gobierno del marqués
de Mancera: la erupción del Popocatepell acaecida el año 1665, la
celebración de un auto de fe y la caridad que manifestó por los
pobres, que sufrieron mucho por las pérdidas de las cosechas en el año
1673. Disgustado por las exigencias continuas de la corte, renunció
el virreinato, saliendo para España el 2 de abril de 1674, no sin
sentimiento del pueblo mejicano.
Cinco días, desde el 8 de diciembre de 1673 hasta el 13, desempeñó el
gobierno D. Pedro Nuño Colón de Portugal, duque de Veragua.
Nombrado virrey fray Payo Enríquez de Ribera, arzobispo de México,
bajo su enérgica dirección mejoraron algo las cosas. Procuró defender
las costas y libró contra los corsarios verdadero combate naval en la
laguna de Términos. Tanto el desagüe del valle como la construcción de
la catedral de México adelantaron notablemente. También adelantó mucho
la colonización de Nuevo México y de California. Digna de todo encomio
fué la erección, establecimiento y constitución (29 marzo 1678) del
Colegio Seminario de Nuestra Señora de la Concepción de la ciudad de
Chiapa[296]. Refieren los cronistas que puso en cuidado al virrey la
insurrección de los indios _taos_, _picuriés_ y _tehecas_ (1680), la
cual no pudo sofocar don Antonio de Otermín, gobernador de Santa Fe.
También en el citado año los piratas ingleses saquearon a Campeche. No
terminaremos la reseña del virreinato sin decir que en el año 1675 se
acuñó por primera vez moneda de oro en la Casa de Moneda de México, y
que en el 25 de noviembre del mismo año entró Carlos II a gobernar el
reino de España.
[296] En el citado año llegó a México, de paso para su
destierro de Filipinas, D. Fernando de Valenzuela, famoso
privado de D.ª Mariana de Austria, madre de Carlos II. _Arch.
hist. nac.--Cedulario índico_, tomo XXVI, pág. 346 v.ª
Comenzó su virreinato D. Antonio de la Cerda y Aragón, conde de
Paredes, el 30 de noviembre de 1680. Sólo hechos tristes registra la
historia de México en este período. El año 1681 estalló formidable
levantamiento en la ciudad de Antequera, a causa del cobro de las
alcabalas; las costas de Yucatán se vieron asaltadas por los piratas;
Veracruz fué saqueada (1683) por los corsarios franceses, y Campeche
sufrió la misma suerte (1685). La expedición de D. Isidro de Otondo
para la conquista de California, y en la cual iban los célebres
jesuítas Kino y Salvatierra, no dieron resultado alguno. Hemos de
consignar un suceso que llamó mucho la atención por entonces. Llegó
a México D. Antonio de Benavides, marqués de San Vicente, con el
carácter--según se dijo--de visitador del reino. Al llegar a Puebla,
fué reducido a prisión por orden de la Audiencia y llevado a la
ciudad de México. Se le formó proceso, y después de un año de prisión
se le condenó a muerte el 10 de julio de 1684 y fué ahorcado el 14.
Cortáronle la cabeza y las manos; aquélla y una mano se mandó a Puebla,
y la otra mano se clavó en la horca. ¿Era agente de los piratas, como
afirman unos, ó un impostor, como dicen otros?
Duró el virreinato de D. Melchor Portocarrero Laso de la Vega, conde
de la Monclova, desde el 16 de noviembre de 1686 al 20 de noviembre de
1688. En este mismo año marchó al Perú con el mismo cargo. Procuró la
reconquista del Nuevo México y de la California; tuvo que sofocar la
sublevación de los indios de Sonora, y de los _conchos_ y _tarahumares_
de Chihuahua. Para beneficio de la ciudad de México construyó una
cañería y prosiguió la obra del desagüe. Echó en Coahuila los cimientos
de una ciudad que en su honor se llamó _Monclova_.
Figura entre los buenos virreyes D. Gaspar de la Cerda Sandoval y
Mendoza, conde de Galve, que se hizo cargo del gobierno el 29 de
noviembre de 1688. Ordenó, ya a D. Pedro Girón, ya a D. Diego Vargas
Zapata, la reconquista de Nuevo México: la guerra duró desde el 1690
hasta el 1696, y nuestras tropas sufrieron grandes trabajos.
Llegó a noticia del virrey que los franceses acababan de fundar una
colonia al Norte del golfo de México, y para oponerse a ello, envió
con las tropas que pudo reunir al gobernador de Coahuila. Llegó el
gobernador a la laguna de San Bernardo, donde sólo encontró ruinas de
un fortín y bajo ellas los cadáveres de los franceses, capitaneados por
La Salle. Los mismos indios _carancahuases_ que habían muerto a los
franceses, salieron al encuentro de los españoles llamándoles _texia_
(amigos), recibiendo desde entonces el nombre de Texas. Comenzóse por
el P. Damián Mazanet a predicar el Evangelio y se dió principio a la
fundación de _San Antonio de Béjar_, _Jesús María_ y otras poblaciones.
Temiendo el conde de Galve que pudieran un día los franceses invadir
la Florida, echó los cimientos de la villa de _Panzacola_. A la sazón
frecuentes agitaciones llevaron el desasosiego a los espíritus: los
indios de Chihuahua y Sonora asesinaron a varios religiosos y quemaron
algunas iglesias; los _pimas_ de California se sublevaron y fueron
castigados por el capitán Antonio Solís, en tanto que los jesuítas
PP. Kino, Ugarte y Salvatierra continuaban las misiones con bastante
fruto. También hacían los jesuítas observaciones geográficas y
estudiaron detenidamente la Baja California.
Comenzó el virreinato de don Juan de Ortega y Montañés, obispo de
Michoacán, el 27 de febrero de 1696, y duró hasta el 2 de febrero de
1697. Apenas se hubo encargado del gobierno, cuando los estudiantes se
amotinaron en la plaza Mayor y quemaron la picota. El 6 de octubre de
1696 llegó la noticia de la muerte de la reina Doña Mariana de Austria,
celebrándose por su alma suntuosas honras en la catedral de México el
24 de noviembre. Uno de los últimos hechos del virrey fué conceder
permiso a los jesuítas para emprender la reducción de la California.
Don José Sarmiento Valladares, conde de Moctezuma, casado con una
cuarta nieta del emperador mejicano del mismo nombre, gobernó la
colonia desde el 2 de febrero de 1697 hasta el 4 de noviembre de
1701. Procuró asegurar el orden en la colonia, pues eran frecuentes
los motines o tumultos, dictando también severas disposiciones contra
los bandidos, muchos de los cuales fueron ajusticiados. Continuaron
los jesuítas, entre otros el P. Kino, sus misiones en California.
Conviene advertir que, según Cédula real de 11 de diciembre de 1697,
había interés de parte de la Corte de España--a causa de las noticias
de los anteriores virreyes, condes de la Monclova y de Galve--en la
realización de la obra para el desagüe de la laguna de Huehuetoca[297].
En tiempo de Moctezuma se recibió la noticia de la muerte de Carlos II
(1701), y la elección de Felipe V, quien fué jurado el día 4 de abril.
[297] _Cedulario índico de Ayala_, letra D, expediente número
15.
Ocupó por segunda vez el virreinato D. Juan de Ortega Montañés,
arzobispo de México, tomando posesión el 4 de noviembre de 1701. Puso
el virrey en estado de defensa los puertos de Veracruz y Tampico,
amenazados por las armadas inglesa y holandesa; pero lo que los citados
enemigos no lograron en aguas de América, pudieron conseguir en las
costas de España, donde echaron a pique la flota que venía de Nueva
España en septiembre de 1702 y se apoderaron de muchas riquezas,
ocasionando a nuestra nación pérdidas que--según se dijo--ascendían a
cincuenta millones de pesos.