CAPITULO XIV

GOBIERNO DE LOS INGLESES EN LOS ESTADOS UNIDOS DEL NORTE DE

AMÉRICA.--DOCTRINA DEL HISTORIADOR GERVINUS.--LA AMÉRICA GERMANA Y

LA AMÉRICA LATINA: CARÁCTER DE LA UNA Y DE LA OTRA.--ESTADO GENERAL

DE LAS COLONIAS INGLESAS ANTES DE SU INDEPENDENCIA.

El historiador alemán Jorge Godofredo Gervinus, cuya doctrina

trasladaremos aquí casi al pie de la letra, dice que en tiempo de

Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia (1603-1625), la democracia

inglesa hubo de dirigir sus miradas hacia la emigración, para levantar

sobre el libre suelo de América--al abrigo de los privilegios, de

las costumbres y de los abusos de poder inherentes a la monarquía

y a la aristocracia--el edificio de un nuevo Estado y de una nueva

Iglesia, dándoles allí su forma natural más pura. Cuando la nación

española--tales son sus palabras--había perdido su ascendiente en

Europa a causa de sus contínuas luchas con Alemania, los Países Bajos e

Inglaterra, una América septentrional germana vino a ponerse en frente

de la América latina con el plausible intento de que no dominasen

únicamente dicha España y la Iglesia católica en el Nuevo Mundo. Nunca

como entonces se manifestó de una manera más decisiva el singular

contraste de las civilizaciones germánica y latina, como también de

los caracteres de las dos razas. Vivían la vida de la Edad Media,

con su originaria barbarie y su humillante organización humana, las

extensas colonias españolas y portuguesas. El absoluto gobierno español

con su estrecho espíritu religioso, se había trasladado a América,

apareciendo a la postre, además de una nobleza feudal conquistadora,

codiciosa y cruel, una completa jerarquía clerical con toda su pompa

exterior y su rudeza interior. Hasta los indios y negros habían llegado

a formar parte de aquella sociedad. La verdadera cultura intelectual e

industrial no existía en el Nuevo Mundo de los españoles.

Por el contrario, las colonias del Norte se componían principalmente

de emigrantes de raza germánica que desde el siglo XVII se habían dado

allí cita: eran alemanes, holandeses, suecos e ingleses que descendían

de la antigua población sajona. En religión eran protestantes y hasta

del matiz más puro; muchos pertenecían al puritanismo o cuakerismo. En

las citadas colonias del Norte no existían virreyes, ni instituciones

monárquicas; lejos de ello, el espíritu republicano predominaba

entre los colonos, no solamente entre aquellos que habían emigrado

sin autorización real, sino entre los que llegaban con cartas de

franquicia y de los gobernadores. La jerarquía clerical no ejerció

ninguna influencia; la nobleza inglesa y el patriciado holandés no

hicieron sino débiles y cortas tentativas para transplantar allí sus

instituciones. Nada existía en aquellas colonias de los tiempos medios.

Mostrábase en la vida de dichas sociedades el mundo moderno con toda su

actividad intelectual, con todo su ardor industrial y con la igualdad

de derechos para todos. Las diversas condiciones que se desarrollan en

la vida de los pueblos, como son la caza, el pastoreo, la agricultura y

la industria, se manifestaron simultánea y paralelamente en las citadas

colonias, sobre todo a partir de la independencia. Los emigrantes

tuvieron empeño en conservar su origen protestante y en mantener la

pureza de su raza; no se unieron con los indios, a quienes consideraban

seres inferiores. Justo es confesar, sin embargo, que tuvieron al

menos la honradez de comprar a los indígenas el suelo que trataban de

cultivar, en vez de hacerse conceder derechos de propiedad por el Papa.

En frente de la unidad española surgió la variedad sajona; en frente de

la América del Sur, la América del Norte. Los españoles que, después de

dejar su formidable imperio de Europa llegaron a América, encontraron

en México y en el Perú vastos Estados indios y príncipes poderosos;

necesitaron, para mantenerse allí, echar los cimientos de un fuerte

Estado. Los ingleses, al establecerse en el Norte, a donde llegaron

en varias expediciones y sin relación unas con otras, encontraron

solamente pequeñas tribus de indios, sin lazo común, poco numerosas y

débiles; pudieron conservar, por tanto, la plena libertad de seguir sus

inclinaciones germánicas, quedando separados en pequeñas sociedades

políticas, diferentes en cuanto su forma. Así es que en Massachussets

se formó una teocracia al modelo de Génova; en Maryland un principado

feudal, y en la Carolina un reino de ocho señores con una gran

aristocracia local. Se asemejaba Virginia a una provincia inglesa con

instituciones de la Iglesia anglicana; Rhode-Island y el Connecticut

fueron Estados puramente democráticos; Pensylvania mostró ser una

república cosmopolita de cuákeros, que desde su origen sirvió de asilo

al mundo; y Nueva-Amsterdan (Nueva York) fué como una ciudad holandesa

con su constitución municipal[255].

[255] _Introduction a L'Histoire du XIX^e siècle_, págs. 90 y

siguientes.

Bajo el sistema político absoluto y reaccionario--añade Gervinus--,

fundaron los españoles sus establecimientos coloniales. Los emigrantes

buscaban oro, grandes ganancias, bienestar y goces. Nadie pensaba en

el trabajo. El suelo fertilísimo de los trópicos y aquella poderosa

vegetación favorecían la indolencia natural de los colonos. El

fanatismo religioso impedía también todo desarrollo y desenvolvimiento

de la inteligencia. «Cuando el inhumano monopolio de la trata de negros

en las colonias españolas fué mal visto por la Iglesia Católica, dicha

trata se cedió a manos extranjeras, y finalmente a los ingleses,

mediante el tratado de _asiento_[256], los cuales sacaron inmensos

beneficios por la extensión de su comercio y de sus colonias»[257].

[256] El tratado de _asiento_ entre las dos Majestades

Católica y Británica, que consistía en encargarse la Compañía

de Inglaterra de la introducción de los esclavos negros en la

América española, constaba de 42 artículos y se firmó el 12 de

marzo de 1713.

[257] _Introduction a L'Historie du XIX^e siécle_, pág. 121.

Si a veces la imparcialidad no ha sido norma de conducta del insigne

historiador alemán, tan poco amigo de los españoles como decidido

campeón de los germanos, no puede negarse que las colonias de la Nueva

Inglaterra, si dependían de la madre patria, gozaban de toda clase de

libertades, distinguiéndose también por su laboriosidad y moralidad.

Aquellas gentes profesaban--según todas las noticias--una secta

religiosa sencilla, sincera y fraternal.

Aunque en la historia de algunas colonias inglesas encontramos hechos

censurables, ora por lo que respecta al sentido religioso, ora al

político y social, se puede afirmar que el desenvolvimiento democrático

fué siempre constante y progresivo. Los principios de libertad

política y religiosa se pusieron en práctica en todos los Estados,

logrando señalado triunfo sobre la Monarquía y sobre la teocracia. Y

si de las ideas pasamos a juzgar a los hombres, habremos de reconocer

que los ingleses tuvieron más sentido práctico que los españoles,

caracterizándose por su prudencia, bondad y virtud los puritanos y

cuákeros.

El escritor Barros Arana, después de estudiar el asunto dice: «Como

ha podido verse, la colonización inglesa se diferenciaba radicalmente

de la colonización española. Al paso que ésta, después de sangrientas

agitaciones, se había cimentado bajo el régimen del absolutismo

imperante en la metrópoli, que embarazó el crecimiento, el progreso

y la cultura de los nuevos establecimientos, los colonos ingleses

transportaron a sus posesiones el espíritu de libertad política

e industrial que había de hacer la grandeza y la prosperidad de

éstas»[258].

[258] _Hist. de América_, pág. 239.

Barros Arana, como antes Gervinus, no se distinguen por su amor a la

verdad cuando de asuntos de España tratan. Ni la cultura, tolerancia y

progreso fueron siempre norma de Inglaterra, ni la ignorancia, tiranía

y fanatismo acompañaron siempre a los españoles. Si censurables son

algunos hechos realizados por nuestros conquistadores del siglo XVI, no

puede negarse la justicia, sabiduría y humanidad de las Leyes de Indias.

En nuestras relaciones con América hemos sufrido reveses de

bastante importancia y aun tremendas desgracias. Tantas riquezas

encontradas en las inmensas regiones descubiertas por nuestros

antepasados--riquezas que aumentaba con exageración manifiesta la

fantasía popular--despertaron la codicia de extranjeros aventureros,

los cuales, ya con el asentimiento de sus respectivos soberanos, ya

como corsarios, apresaban nuestras naves y robaban las plantaciones

de nuestras colonias. Además, las naciones de Europa, celosas del

poder español, alentaron las insurrecciones, que tiempo adelante se

habían de verificar en las colonias. Es de lamentar que mientras los

Estados Unidos del Norte de América se ocupaban con constancia en la

obra patriótica de su cohesión, los Estados de la América latina, en

particular los de raza española, vivían en continuas luchas civiles y

guerras unos con otros.

Por su parte, los ingleses, que en el año 1607 llegaron a Virginia, los

puritanos que en 1620 se asentaron en Plymouth y otros puritanos que

en 1628 ocuparon la bahía de Massachusets, hubieron de realizar, como

predestinados por Dios, la formación del pueblo más grande y poderoso

del mundo. Los emigrantes ingleses que llegaban sin cesar, levantaban

su campamento donde poco antes se guarecía el búfalo y otros animales.

Aquellos humildes ciudadanos, perseguidos por sus ideas religiosas,

fundaron aldeas y ciudades, echando los cimientos del Estado con sus

códigos, asambleas, escuelas e imprentas.

Los franceses establecidos en el Canadá y los españoles en toda

la América Central y Meridional, tuvieron empeño en conservar la

inmovilidad de sus respectivos Estados, no separándose de su vieja

iglesia, ni de las demás instituciones, ni de sus usos y costumbres.

Los conquistadores franceses, como igualmente los descubridores,

conquistadores y colonizadores españoles (Colón, Cortés, Pizarro, Núñez

de Balboa, Ojeda, Yáñez Pinzón y muchos más) fueron representantes de

la Corona, descubrían, conquistaban y colonizaban para sus monarcas

respectivos; los cuales tomaron el título de _Reyes de Indias_.

De los franceses no sería injusto decir que el espíritu de la metrópoli

se identificaba frecuentemente con el de los naturales de los pueblos

conquistados. Los españoles sólo pensaron en que los indígenas se

convirtiesen al cristianismo. Hubiesen creado una situación parecida a

la feudal, si a ello no se hubiera opuesto nuestra monarquía absoluta.

Por lo que a los holandeses respecta, diremos que fué censurable el

sistema de colonización. Recordaremos que en la isla de Java sólo

atendieron al negocio y a la adquisición de riquezas.

Grande fué la transformación realizada por las colonias inglesas

durante los siglos XVII y XVIII. El colono del Norte abría caminos por

terrenos escabrosos, levantaba puentes y hacía prosperar la agricultura

y toda clase de industrias. Adelantó de un modo extraordinario la

industria agrícola, como era de esperar, dada la fertilidad de aquellas

tierras, bañadas por caudalosos ríos. El café, te, tabaco, azúcar,

arroz, añil y algodón constituyeron la riqueza más poderosa del país.

Los productos todos que se cultivaban en Europa fueron llevados a

las colonias, donde se plantaron y desarrollaron, dando pingües

rendimientos. Allí el colono era sobrio y trabajador. Las minas de

hierro y cobre, las pesquerías y las maderas de los montes adquirieron

bastante importancia. Comenzaron a desarrollarse las fábricas de

lienzo, las cuales posteriormente proporcionaron mayor bienestar a

todas las clases sociales, y el comercio llegó a un grado tal de

prosperidad como no hay ejemplo en ninguno de los Estados de América.

Importaciones y exportaciones tuvieron cada vez más aumento, siendo

algo menor el valor de las primeras que el de las segundas. Entre

las exportaciones citaremos las de pescado y maderas. Por lo que se

refiere a la vida en las colonias inglesas, no dejó de tener ciertos

atractivos: las diversiones públicas, en general, estaban reducidas a

la caza y riñas de gallos; las clases acomodadas se permitían en sus

casas jugar a las cartas. Comenzó a extenderse el lujo lo mismo en los

vestidos que en los muebles de las casas: las señoras vestían según

las modas de Londres y de París. De igual modo las bellas artes fueron

difundiéndose por todas partes. En la construcción de obras públicas se

fijaron, no en la ostentación, sino en la utilidad. Durante la primera

mitad del siglo XVIII se fundaron varios colegios de enseñanza.

«Cuando se hizo--escribe Pablo de Rousiers--el descubrimiento, y

durante los dos siglos que siguieron, podemos decir que América estaba

toda en el Sur; era el tiempo de las grandes colonias españolas

y portuguesas, de las famosas epopeyas de los conquistadores y

de los galeones cargados de oro. Se sabía vagamente que algunas

sectas puritanas habían ido a buscar refugio en las costas de Nueva

Inglaterra; pero su existencia no se había manifestado aún por ningún

acontecimiento famoso y vivían ignoradas del mundo, mientras que los

nombres de Cortés y de Pizarro, habían adquirido ya fama inmortal. La

historia de América comienza, pues, en los paises tropicales: allí fué

donde se creó el primer foco del desarrollo del Nuevo Mundo; después se

obscureció gradualmente, y quedó eclipsado al fin, por un segundo foco

más septentrional cuyo calor y claridad van en aumento diariamente.

Este foco se halla en los Estados Unidos...»[259]

[259] _La vida en la América del Norte_, tomo I, pág. 7.

Probado se halla que los ingleses, huyendo de las persecuciones

religiosas y de la intolerancia, organizaron sus municipios

autónomos, que constituyeron el comienzo de la gran civilización

norteamericana. Respetando la población indígena, fundaron nueva

patria con nuevos territorios. Si las colonias vivieron mucho tiempo

aisladas, conservando sus usos, costumbres y prácticas religiosas,

las comunicaciones comerciales estrecharon lentamente las relaciones

haciendo desaparecer las diferencias y las antipatías de las diversas

sectas. Los demócratas de Maryland y los señores de alto rango de

Virginia; los cuáqueros de Pensylvania, los protestantes de las

Carolinas y los católicos de todas las colonias, más positivistas que

idealistas, buscaron la riqueza mediante la industria y el comercio.

En las provincias septentrionales cultivaban principalmente el cáñamo,

el lino y el oblón; en las provincias meridionales el algodón y el

arroz; en Maryland y en las colonias del Sur, el tabaco; en Virginia el

algodón, y en todas partes el maiz y el trigo.

No es de extrañar, por consiguiente, que hombres tan emprendedores

y activos prosperaran tanto, hasta el punto que en el año 1750,

Massachussets contaba con 200.000 habitantes, Virginia con 160.000,

Connecticut con 100.000, y Nueva York con otros 100.000. Maryland y

la Carolina del Sur daban evidentes señales de su poder y riquezas;

Norfolk y Baltimore adquirían el carácter de ciudades comerciales;

Filadelfia y Boston adelantaban rápidamente, y lo mismo podemos decir

de todas las demás colonias.

En el correr de los tiempos, la torpe y egoísta política de la

metrópoli, las arbitrariedades del poder inglés fueron la chispa que

hizo estallar formidable incendio. En aquella lucha de titanes, que

comenzó en 1775 y terminó con la proclamación de la independencia (4

julio 1776) se destaca la figura gigantesca del diputado por Virginia,

el cual «obscurece con el brillo de sus virtudes republicanas a

todos los Césares y grandes figuras de la historia romana.»[260] Sus

conciudadanos, al pie de las estatuas del héroe han escrito esta

sencilla inscripción: _Padre de la Patria_. Era conocedor de las artes

de gobierno, general sereno y valeroso y uno de los hombres más buenos

de aquellos y de todos los tiempos. Amaba a su patria con entusiasmo

y por ella hubiera dado cien veces la vida. Ni parientes, ni amigos

influían en sus planes y decisiones; cuando se convencía de que una

cosa era justa o conveniente a la República, la realizaba con decisión

y firmeza. La obra de Washington fué completada, primero por Monroe y

últimamente por Lincoln.

[260] Introducción a la _Historia de los Estados Unidos_, de

Spencer, pág. IV.

Al estallar la revolución por la independencia, las colonias, en

cuanto a su administración, podían dividirse en tres grupos: unas

dependían de la Corona; otras de los propietarios, ya fuesen compañías

o individuos, y las terceras de la madre patria. Dependían de la Corona

las provincias de New York, New Hampshire, New Jersey, Virginia, las

dos Carolinas y Georgia; en las colonias de la segunda clase, Maryland

pertenecía a la familia de lord Baltimore, y Pensilvania y Delaware

a la familia de Penn; y pertenecían a la tercera clase, Connecticut,

Rhode-Island y Massachussets.

Entre tanto que las colonias aumentaban rápidamente en población y

se enriquecían con sus industrias, la madre patria se contentaba

con cobrar sus impuestos, bien que nunca tuvo la mala voluntad de

oprimirlas. Las colonias tenían la convicción profunda de que las

verdaderas bases de la prosperidad y de la felicidad de los pueblos

eran la aplicación al trabajo; procuraron con todo empeño desterrar la

ociosidad y la vagancia. La metrópoli, por su parte, miraba impasible

la extraordinaria prosperidad de aquellos lejanos países sujetos a su

dominio.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 34 / 141 题