GOBIERNO DE LOS INGLESES EN LOS ESTADOS UNIDOS DEL NORTE DE
AMÉRICA.--DOCTRINA DEL HISTORIADOR GERVINUS.--LA AMÉRICA GERMANA Y
LA AMÉRICA LATINA: CARÁCTER DE LA UNA Y DE LA OTRA.--ESTADO GENERAL
DE LAS COLONIAS INGLESAS ANTES DE SU INDEPENDENCIA.
El historiador alemán Jorge Godofredo Gervinus, cuya doctrina
trasladaremos aquí casi al pie de la letra, dice que en tiempo de
Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia (1603-1625), la democracia
inglesa hubo de dirigir sus miradas hacia la emigración, para levantar
sobre el libre suelo de América--al abrigo de los privilegios, de
las costumbres y de los abusos de poder inherentes a la monarquía
y a la aristocracia--el edificio de un nuevo Estado y de una nueva
Iglesia, dándoles allí su forma natural más pura. Cuando la nación
española--tales son sus palabras--había perdido su ascendiente en
Europa a causa de sus contínuas luchas con Alemania, los Países Bajos e
Inglaterra, una América septentrional germana vino a ponerse en frente
de la América latina con el plausible intento de que no dominasen
únicamente dicha España y la Iglesia católica en el Nuevo Mundo. Nunca
como entonces se manifestó de una manera más decisiva el singular
contraste de las civilizaciones germánica y latina, como también de
los caracteres de las dos razas. Vivían la vida de la Edad Media,
con su originaria barbarie y su humillante organización humana, las
extensas colonias españolas y portuguesas. El absoluto gobierno español
con su estrecho espíritu religioso, se había trasladado a América,
apareciendo a la postre, además de una nobleza feudal conquistadora,
codiciosa y cruel, una completa jerarquía clerical con toda su pompa
exterior y su rudeza interior. Hasta los indios y negros habían llegado
a formar parte de aquella sociedad. La verdadera cultura intelectual e
industrial no existía en el Nuevo Mundo de los españoles.
Por el contrario, las colonias del Norte se componían principalmente
de emigrantes de raza germánica que desde el siglo XVII se habían dado
allí cita: eran alemanes, holandeses, suecos e ingleses que descendían
de la antigua población sajona. En religión eran protestantes y hasta
del matiz más puro; muchos pertenecían al puritanismo o cuakerismo. En
las citadas colonias del Norte no existían virreyes, ni instituciones
monárquicas; lejos de ello, el espíritu republicano predominaba
entre los colonos, no solamente entre aquellos que habían emigrado
sin autorización real, sino entre los que llegaban con cartas de
franquicia y de los gobernadores. La jerarquía clerical no ejerció
ninguna influencia; la nobleza inglesa y el patriciado holandés no
hicieron sino débiles y cortas tentativas para transplantar allí sus
instituciones. Nada existía en aquellas colonias de los tiempos medios.
Mostrábase en la vida de dichas sociedades el mundo moderno con toda su
actividad intelectual, con todo su ardor industrial y con la igualdad
de derechos para todos. Las diversas condiciones que se desarrollan en
la vida de los pueblos, como son la caza, el pastoreo, la agricultura y
la industria, se manifestaron simultánea y paralelamente en las citadas
colonias, sobre todo a partir de la independencia. Los emigrantes
tuvieron empeño en conservar su origen protestante y en mantener la
pureza de su raza; no se unieron con los indios, a quienes consideraban
seres inferiores. Justo es confesar, sin embargo, que tuvieron al
menos la honradez de comprar a los indígenas el suelo que trataban de
cultivar, en vez de hacerse conceder derechos de propiedad por el Papa.
En frente de la unidad española surgió la variedad sajona; en frente de
la América del Sur, la América del Norte. Los españoles que, después de
dejar su formidable imperio de Europa llegaron a América, encontraron
en México y en el Perú vastos Estados indios y príncipes poderosos;
necesitaron, para mantenerse allí, echar los cimientos de un fuerte
Estado. Los ingleses, al establecerse en el Norte, a donde llegaron
en varias expediciones y sin relación unas con otras, encontraron
solamente pequeñas tribus de indios, sin lazo común, poco numerosas y
débiles; pudieron conservar, por tanto, la plena libertad de seguir sus
inclinaciones germánicas, quedando separados en pequeñas sociedades
políticas, diferentes en cuanto su forma. Así es que en Massachussets
se formó una teocracia al modelo de Génova; en Maryland un principado
feudal, y en la Carolina un reino de ocho señores con una gran
aristocracia local. Se asemejaba Virginia a una provincia inglesa con
instituciones de la Iglesia anglicana; Rhode-Island y el Connecticut
fueron Estados puramente democráticos; Pensylvania mostró ser una
república cosmopolita de cuákeros, que desde su origen sirvió de asilo
al mundo; y Nueva-Amsterdan (Nueva York) fué como una ciudad holandesa
con su constitución municipal[255].
[255] _Introduction a L'Histoire du XIX^e siècle_, págs. 90 y
siguientes.
Bajo el sistema político absoluto y reaccionario--añade Gervinus--,
fundaron los españoles sus establecimientos coloniales. Los emigrantes
buscaban oro, grandes ganancias, bienestar y goces. Nadie pensaba en
el trabajo. El suelo fertilísimo de los trópicos y aquella poderosa
vegetación favorecían la indolencia natural de los colonos. El
fanatismo religioso impedía también todo desarrollo y desenvolvimiento
de la inteligencia. «Cuando el inhumano monopolio de la trata de negros
en las colonias españolas fué mal visto por la Iglesia Católica, dicha
trata se cedió a manos extranjeras, y finalmente a los ingleses,
mediante el tratado de _asiento_[256], los cuales sacaron inmensos
beneficios por la extensión de su comercio y de sus colonias»[257].
[256] El tratado de _asiento_ entre las dos Majestades
Católica y Británica, que consistía en encargarse la Compañía
de Inglaterra de la introducción de los esclavos negros en la
América española, constaba de 42 artículos y se firmó el 12 de
marzo de 1713.
[257] _Introduction a L'Historie du XIX^e siécle_, pág. 121.
Si a veces la imparcialidad no ha sido norma de conducta del insigne
historiador alemán, tan poco amigo de los españoles como decidido
campeón de los germanos, no puede negarse que las colonias de la Nueva
Inglaterra, si dependían de la madre patria, gozaban de toda clase de
libertades, distinguiéndose también por su laboriosidad y moralidad.
Aquellas gentes profesaban--según todas las noticias--una secta
religiosa sencilla, sincera y fraternal.
Aunque en la historia de algunas colonias inglesas encontramos hechos
censurables, ora por lo que respecta al sentido religioso, ora al
político y social, se puede afirmar que el desenvolvimiento democrático
fué siempre constante y progresivo. Los principios de libertad
política y religiosa se pusieron en práctica en todos los Estados,
logrando señalado triunfo sobre la Monarquía y sobre la teocracia. Y
si de las ideas pasamos a juzgar a los hombres, habremos de reconocer
que los ingleses tuvieron más sentido práctico que los españoles,
caracterizándose por su prudencia, bondad y virtud los puritanos y
cuákeros.
El escritor Barros Arana, después de estudiar el asunto dice: «Como
ha podido verse, la colonización inglesa se diferenciaba radicalmente
de la colonización española. Al paso que ésta, después de sangrientas
agitaciones, se había cimentado bajo el régimen del absolutismo
imperante en la metrópoli, que embarazó el crecimiento, el progreso
y la cultura de los nuevos establecimientos, los colonos ingleses
transportaron a sus posesiones el espíritu de libertad política
e industrial que había de hacer la grandeza y la prosperidad de
éstas»[258].
[258] _Hist. de América_, pág. 239.
Barros Arana, como antes Gervinus, no se distinguen por su amor a la
verdad cuando de asuntos de España tratan. Ni la cultura, tolerancia y
progreso fueron siempre norma de Inglaterra, ni la ignorancia, tiranía
y fanatismo acompañaron siempre a los españoles. Si censurables son
algunos hechos realizados por nuestros conquistadores del siglo XVI, no
puede negarse la justicia, sabiduría y humanidad de las Leyes de Indias.
En nuestras relaciones con América hemos sufrido reveses de
bastante importancia y aun tremendas desgracias. Tantas riquezas
encontradas en las inmensas regiones descubiertas por nuestros
antepasados--riquezas que aumentaba con exageración manifiesta la
fantasía popular--despertaron la codicia de extranjeros aventureros,
los cuales, ya con el asentimiento de sus respectivos soberanos, ya
como corsarios, apresaban nuestras naves y robaban las plantaciones
de nuestras colonias. Además, las naciones de Europa, celosas del
poder español, alentaron las insurrecciones, que tiempo adelante se
habían de verificar en las colonias. Es de lamentar que mientras los
Estados Unidos del Norte de América se ocupaban con constancia en la
obra patriótica de su cohesión, los Estados de la América latina, en
particular los de raza española, vivían en continuas luchas civiles y
guerras unos con otros.
Por su parte, los ingleses, que en el año 1607 llegaron a Virginia, los
puritanos que en 1620 se asentaron en Plymouth y otros puritanos que
en 1628 ocuparon la bahía de Massachusets, hubieron de realizar, como
predestinados por Dios, la formación del pueblo más grande y poderoso
del mundo. Los emigrantes ingleses que llegaban sin cesar, levantaban
su campamento donde poco antes se guarecía el búfalo y otros animales.
Aquellos humildes ciudadanos, perseguidos por sus ideas religiosas,
fundaron aldeas y ciudades, echando los cimientos del Estado con sus
códigos, asambleas, escuelas e imprentas.
Los franceses establecidos en el Canadá y los españoles en toda
la América Central y Meridional, tuvieron empeño en conservar la
inmovilidad de sus respectivos Estados, no separándose de su vieja
iglesia, ni de las demás instituciones, ni de sus usos y costumbres.
Los conquistadores franceses, como igualmente los descubridores,
conquistadores y colonizadores españoles (Colón, Cortés, Pizarro, Núñez
de Balboa, Ojeda, Yáñez Pinzón y muchos más) fueron representantes de
la Corona, descubrían, conquistaban y colonizaban para sus monarcas
respectivos; los cuales tomaron el título de _Reyes de Indias_.
De los franceses no sería injusto decir que el espíritu de la metrópoli
se identificaba frecuentemente con el de los naturales de los pueblos
conquistados. Los españoles sólo pensaron en que los indígenas se
convirtiesen al cristianismo. Hubiesen creado una situación parecida a
la feudal, si a ello no se hubiera opuesto nuestra monarquía absoluta.
Por lo que a los holandeses respecta, diremos que fué censurable el
sistema de colonización. Recordaremos que en la isla de Java sólo
atendieron al negocio y a la adquisición de riquezas.
Grande fué la transformación realizada por las colonias inglesas
durante los siglos XVII y XVIII. El colono del Norte abría caminos por
terrenos escabrosos, levantaba puentes y hacía prosperar la agricultura
y toda clase de industrias. Adelantó de un modo extraordinario la
industria agrícola, como era de esperar, dada la fertilidad de aquellas
tierras, bañadas por caudalosos ríos. El café, te, tabaco, azúcar,
arroz, añil y algodón constituyeron la riqueza más poderosa del país.
Los productos todos que se cultivaban en Europa fueron llevados a
las colonias, donde se plantaron y desarrollaron, dando pingües
rendimientos. Allí el colono era sobrio y trabajador. Las minas de
hierro y cobre, las pesquerías y las maderas de los montes adquirieron
bastante importancia. Comenzaron a desarrollarse las fábricas de
lienzo, las cuales posteriormente proporcionaron mayor bienestar a
todas las clases sociales, y el comercio llegó a un grado tal de
prosperidad como no hay ejemplo en ninguno de los Estados de América.
Importaciones y exportaciones tuvieron cada vez más aumento, siendo
algo menor el valor de las primeras que el de las segundas. Entre
las exportaciones citaremos las de pescado y maderas. Por lo que se
refiere a la vida en las colonias inglesas, no dejó de tener ciertos
atractivos: las diversiones públicas, en general, estaban reducidas a
la caza y riñas de gallos; las clases acomodadas se permitían en sus
casas jugar a las cartas. Comenzó a extenderse el lujo lo mismo en los
vestidos que en los muebles de las casas: las señoras vestían según
las modas de Londres y de París. De igual modo las bellas artes fueron
difundiéndose por todas partes. En la construcción de obras públicas se
fijaron, no en la ostentación, sino en la utilidad. Durante la primera
mitad del siglo XVIII se fundaron varios colegios de enseñanza.
«Cuando se hizo--escribe Pablo de Rousiers--el descubrimiento, y
durante los dos siglos que siguieron, podemos decir que América estaba
toda en el Sur; era el tiempo de las grandes colonias españolas
y portuguesas, de las famosas epopeyas de los conquistadores y
de los galeones cargados de oro. Se sabía vagamente que algunas
sectas puritanas habían ido a buscar refugio en las costas de Nueva
Inglaterra; pero su existencia no se había manifestado aún por ningún
acontecimiento famoso y vivían ignoradas del mundo, mientras que los
nombres de Cortés y de Pizarro, habían adquirido ya fama inmortal. La
historia de América comienza, pues, en los paises tropicales: allí fué
donde se creó el primer foco del desarrollo del Nuevo Mundo; después se
obscureció gradualmente, y quedó eclipsado al fin, por un segundo foco
más septentrional cuyo calor y claridad van en aumento diariamente.
Este foco se halla en los Estados Unidos...»[259]
[259] _La vida en la América del Norte_, tomo I, pág. 7.
Probado se halla que los ingleses, huyendo de las persecuciones
religiosas y de la intolerancia, organizaron sus municipios
autónomos, que constituyeron el comienzo de la gran civilización
norteamericana. Respetando la población indígena, fundaron nueva
patria con nuevos territorios. Si las colonias vivieron mucho tiempo
aisladas, conservando sus usos, costumbres y prácticas religiosas,
las comunicaciones comerciales estrecharon lentamente las relaciones
haciendo desaparecer las diferencias y las antipatías de las diversas
sectas. Los demócratas de Maryland y los señores de alto rango de
Virginia; los cuáqueros de Pensylvania, los protestantes de las
Carolinas y los católicos de todas las colonias, más positivistas que
idealistas, buscaron la riqueza mediante la industria y el comercio.
En las provincias septentrionales cultivaban principalmente el cáñamo,
el lino y el oblón; en las provincias meridionales el algodón y el
arroz; en Maryland y en las colonias del Sur, el tabaco; en Virginia el
algodón, y en todas partes el maiz y el trigo.
No es de extrañar, por consiguiente, que hombres tan emprendedores
y activos prosperaran tanto, hasta el punto que en el año 1750,
Massachussets contaba con 200.000 habitantes, Virginia con 160.000,
Connecticut con 100.000, y Nueva York con otros 100.000. Maryland y
la Carolina del Sur daban evidentes señales de su poder y riquezas;
Norfolk y Baltimore adquirían el carácter de ciudades comerciales;
Filadelfia y Boston adelantaban rápidamente, y lo mismo podemos decir
de todas las demás colonias.
En el correr de los tiempos, la torpe y egoísta política de la
metrópoli, las arbitrariedades del poder inglés fueron la chispa que
hizo estallar formidable incendio. En aquella lucha de titanes, que
comenzó en 1775 y terminó con la proclamación de la independencia (4
julio 1776) se destaca la figura gigantesca del diputado por Virginia,
el cual «obscurece con el brillo de sus virtudes republicanas a
todos los Césares y grandes figuras de la historia romana.»[260] Sus
conciudadanos, al pie de las estatuas del héroe han escrito esta
sencilla inscripción: _Padre de la Patria_. Era conocedor de las artes
de gobierno, general sereno y valeroso y uno de los hombres más buenos
de aquellos y de todos los tiempos. Amaba a su patria con entusiasmo
y por ella hubiera dado cien veces la vida. Ni parientes, ni amigos
influían en sus planes y decisiones; cuando se convencía de que una
cosa era justa o conveniente a la República, la realizaba con decisión
y firmeza. La obra de Washington fué completada, primero por Monroe y
últimamente por Lincoln.
[260] Introducción a la _Historia de los Estados Unidos_, de
Spencer, pág. IV.
Al estallar la revolución por la independencia, las colonias, en
cuanto a su administración, podían dividirse en tres grupos: unas
dependían de la Corona; otras de los propietarios, ya fuesen compañías
o individuos, y las terceras de la madre patria. Dependían de la Corona
las provincias de New York, New Hampshire, New Jersey, Virginia, las
dos Carolinas y Georgia; en las colonias de la segunda clase, Maryland
pertenecía a la familia de lord Baltimore, y Pensilvania y Delaware
a la familia de Penn; y pertenecían a la tercera clase, Connecticut,
Rhode-Island y Massachussets.
Entre tanto que las colonias aumentaban rápidamente en población y
se enriquecían con sus industrias, la madre patria se contentaba
con cobrar sus impuestos, bien que nunca tuvo la mala voluntad de
oprimirlas. Las colonias tenían la convicción profunda de que las
verdaderas bases de la prosperidad y de la felicidad de los pueblos
eran la aplicación al trabajo; procuraron con todo empeño desterrar la
ociosidad y la vagancia. La metrópoli, por su parte, miraba impasible
la extraordinaria prosperidad de aquellos lejanos países sujetos a su
dominio.