LOS FRANCESES E INGLESES EN EL NUEVO MUNDO.--POLÍTICA DE LUIS XIV
EN EL CANADÁ.--EL VICARIO LAVAL.--TERREMOTO DE 1663.--COMPAÑÍA
DE LAS INDIAS OCCIDENTALES.--EL INTENDENTE TALON Y EL GOBERNADOR
FRONTENAC.--POLÍTICA DE GUILLERMO III.--FRANCESES E INGLESES
EN EL CANADÁ.--EXPEDICIÓN DE LA SALLE.--GUERRA ENTRE FRANCIA E
INGLATERRA.--PRIMERA GUERRA INTERCOLONIAL.--FRONTENAC EN GUERRA CON
LOS INGLESES E IROQUESES.--LOS INGLESES EN EL CANADÁ.--ULTIMOS AÑOS
DE LA ADMINISTRACIÓN DE FRONTENAC.--PAZ.--LOS MISIONEROS.--SEGUNDA
GUERRA INTERCOLONIAL: TOMA DE PORT ROYAL.--COMPAÑÍA DEL
MISSISSIPÍ.--LA LUISIANA.--TERCERA GUERRA INTERCOLONIAL: CONQUISTA
DE LOUISBOURG.--COLONIZACIÓN.--CUARTA GUERRA INTERCOLONIAL.--LOS
FRANCESES EN GUERRA CON LOS INDIOS Y CON LOS INGLESES MANDADOS
POR WASHINGTON: BATALLA DE MONONGAHELA.--GUERRA EN 1756, 1757
Y 1758.--QUEBEC, MONTREAL Y OTRAS PLAZAS EN PODER DE LOS
INGLESES.--TRATADO DE PARÍS.--EL CANADÁ, COLONIA DE INGLATERRA.
Era diferente la política de los franceses en el Canadá a la de los
ingleses en sus respectivas colonias. La colonia de la Nueva Francia
(Canadá), tenía por metrópoli una monarquía teocrático-feudal, tan
intolerante en religión como enemiga de las libertades populares. En
nombre de la religión se impuso la tiranía a los indios, lo mismo en
las colonias francesas que antes en las españolas, sin comprender que
el verdadero espíritu religioso no es cortesano, ni tiene nada que
ver con el Estado, ni con los Reyes. Las colonias de la Gran Bretaña
(Estados Unidos) encontraron en su metrópoli un gobierno liberal en
política y enemigo casi siempre de las persecuciones religiosas.
En tanto que los franceses intervenían en las querellas interiores
de los indígenas, poniéndose al lado de los unos o de los otros, los
ingleses apenas se cuidaban de los asuntos de los indígenas, excepto
para castigarlos si les molestaban con sus depredaciones. Si las
colonias francesas vivían todas en armonía y respetaban las decisiones
del gobierno de París, las colonias inglesas, por el contrario,
carecían entre sí de todo lazo de unión, hasta el punto que estaban
celosas unas de otras y recibían fríamente las órdenes del gobierno de
Londres.
Al paso que los franceses del Canadá, ocupados en el comercio de
pieles, adquirían carácter guerrero y estaban afanosos de aventuras,
las colonias de Nueva York, Massachusetts, New-Hampshire y otras eran
enemigas de la guerra y sólo querían que las dejasen tranquilas en
sus industrias agrícolas. Las expediciones francesas se hicieron con
consentimiento y aun con ayuda de la Corona, a la cual se hallaban
sujetas, mientras las inglesas gozaron de completa libertad, no
comprometiendo nunca el nombre del Estado ni el de la metrópoli. El
gobierno de Francia, por último, no impidió que fuesen al Canadá
aventureros y viciosos, al paso que el gobierno de la Gran Bretaña tuvo
empeño en poblar sus colonias de gente laboriosa, inteligente y de
puras costumbres.
Por estas razones y otras, no es de extrañar que en las guerras que
sobrevinieron entre franceses e ingleses con los indios, los primeros
mostraran espíritu más intolerante que los segundos.
También haremos notar que, cuando estalló el conflicto entre Francia
e Inglaterra, los indígenas, en general, se pusieron en contra de la
primera de aquellas naciones.
Consideremos el Canadá o Nueva Francia bajo el reinado de Luis XIV.
La política de Colbert, excelente ministro de Hacienda, influyó en
el engrandecimiento interior y exterior de Francia. También hubo de
fijarse muy especialmente en los asuntos de América. Cuando Argenson
se hallaba al frente del gobierno del Canadá, fué nombrado vicario
general apostólico Francisco J. de Laval Montmorency (1659). Ambos eran
personas distinguidas, inteligentes y piadosas. Sin embargo, sobrevino
formal rompimiento entre los dos, viéndose obligado a dimitir el
Gobernador. Nombrado como sucesor el barón Dubois de Avangour, tampoco
tuvieron simpatías el nuevo gobernador y el vicario general, hasta el
punto que Dubois hubo de retirarse a Francia. Aunque Laval, autorizado
por el Rey, nombró a Mezy representante del poder civil, pronto lo
exoneró de su cargo. El vicario general, que era decidido campeón de la
cultura del país, tenía el apoyo de los jesuítas, quienes influyeron
para que aquél fuese preconizado obispo de Quebec.
Por entonces (mes de febrero de 1663), se produjo violento terremoto en
el Canadá. Afortunadamente, no hubieron desgracias personales, ni las
pérdidas materiales fueron muchas.
En el citado año de 1663, la famosa Compañía de Nueva Francia se
declaró insolvente e hizo entrega al Rey de todos sus derechos. La
verdad es que siguió la misma conducta que las compañías anteriores,
o lo que es lo mismo, consideró el comercio como objeto principal y
casi exclusivo. Además, aunque se había comprometido a transportar al
Canadá en 15 años 4.000 colonos por lo menos, el censo de 1666 arrojó
apenas 3.500. Aceptó el Rey la entrega, y, siguiendo el mismo ejemplo
de Richelieu, dispuso el establecimiento de poderosa compañía a la cual
denominó _West India Company_ (Compañía de las Indias Occidentales).
Creía que una Compañía mayor conseguiría ventajas no logradas por
una menor. El inspirador de la idea y el consejero del monarca fué
Colbert. De la misma manera que el prestigio de Richelieu no bastó a
salvar del fracaso la Compañía de Nueva Francia, tampoco el talento
de Colbert unido al del gran Rey pudieron sacar a flote a la Compañía
de las Indias Occidentales. Se proponía con todo empeño la Compañía
del Oeste (24 mayo 1664), promover el comercio entre Francia y la
costa occidental del Africa, desde el Cabo Verde hasta el de Buena
Esperanza, con América desde el río de las Amazonas hasta el Orinoco y
las Antillas, y en el Norte desde la Florida hasta la bahía de Hudson.
Concediósele a la Compañía del Oeste todos los derechos de soberanía
y además el del comercio exclusivo de pieles por 40 años. Si luego se
quitó a la sociedad el citado privilegio exclusivo del comercio de
pieles, se le dieron otros privilegios.
Luis XIV, queriendo hacer del Canadá otra Francia, comenzó nombrando
gobernador al señor de Courcelles, intendente a Juan Talon y jefe
militar al teniente general marqués de Tracy. Nobles, colonos y
soldados se dirigieron al Nuevo Mundo; también mujeres jóvenes para
que allí se casaran y fundasen familias. Mandáronse ganados de cría de
todas clases. Si en cierta ocasión el marqués de Tracy y Courcelles,
a la cabeza de buen número de soldados, salieron de Quebec para
castigar a los iroqueses, se contentaron con arrasarles varias chozas.
Tracy regresó pronto a Francia. Courcelles y Talon quedaron en sus
respectivos puestos. Talon hizo construir buques, envió ingenieros
que descubrieron diferentes minas, alentó a los industriales para que
se dedicasen a la fabricación de paños, de curtidos, de calzado, de
jabón, etcétera. Intentó abrir un camino terrestre para que la Nueva
Francia se comunicara con la Nueva Escocia o Acadia, como también otros
proyectos de importancia. Al mismo tiempo Luis XIV se cuidó de enviar
colonos, lo mismo hombres que mujeres, al Canadá.
El primer gobernador de Nueva Francia, digno de ocupar puesto
preeminente en la historia de aquellos países, fué Luis de Buade,
conde de Frontenac. Obtuvo su nombramiento el año 1671 y llegó al
Canadá el 1672. El insigne intendente Juan Talon regresó a Francia poco
después de la llegada de Frontenac. Este, hijo de familia distinguida,
fué comandante del regimiento de Normandía a la edad de veintitrés
años, y mariscal (capitán general) tres años después. Era hombre de
regular ilustración, elegante, de claro juicio y de carácter. Aunque
acostumbrado al fausto de los salones de Versalles y de Saint-Germain,
se alojó y vivió contento en la modesta morada de Quebec. Intentó
organizar el Canadá, bajo el punto de vista político, constituyendo los
tres brazos siguientes: nobleza, clero y pueblo. Formóse el pueblo con
los comerciantes y demás ciudadanos con casa abierta. Creyó el conde
de Frontenac completar su obra reuniendo el Parlamento (23 octubre
1672) en Quebec con toda solemnidad. Por cierto que el Parlamento
estableció en Quebec una corporación municipal, institución que no fué
del agrado de Colbert, según el ministro de Luis XIV manifestó al mismo
Frontenac. Este, que era ante todo valeroso soldado, estableció buenas
relaciones con los iroqueses, si bien no pudo entenderse ni con el
obispo Laval ni con el intendente Duchesneau, sucesor de Talon. A tal
extremo llegaron las disputas entre el gobernador y el intendente, que
el gobierno central hubo de destituirles en 1682. Mr. de la Barre, que
gobernó tres años, y el marqués de Denonville, que ejerció cuatro el
cargo, nada hicieron de particular, sucediéndoles nuevamente Frontenac
cuando contaba setenta años. El mismo día de su salida de Francia (5
agosto 1689) se verificó en Lachine terrible matanza realizada por los
iroqueses.
Respecto a la política de Inglaterra, Guillermo III de Orange
(1689-1702) señala un cambio--aunque no tan radical como podía
esperarse--en las relaciones de la metrópoli con las colonias. Cuando
Jacobo II tuvo que dejar la corona y se retiró a Francia, el Parlamento
eligió al Príncipe de Orange. «Al resolver de este modo, dice Mr.
Brancroft, los representantes del pueblo inglés, se arrogaban el
derecho de juzgar a sus reyes; al declarar el trono vacante, anulaban
el principio de legitimidad; al desechar una dinastía por haber
profesado la fe romana, no sólo se tomaban el derecho de interpretar el
primitivo contrato, sino que introducían en él nuevas condiciones; al
elegir un Rey, convertíanse en sus constituyentes, y el Parlamento de
Inglaterra llegó a ser la fuente de la soberanía para el pueblo inglés.»
Así como no existían las mejores relaciones entre Luis XIV y Guillermo
III, tampoco existían entre los franceses e ingleses del Canadá. Los
colonos franceses se proponían monopolizar el comercio de peletería,
seguro medio de comunicación con el Mississipí, para arrojar después a
los ingleses de las pesquerías de Terranova, en tanto que los colonos
ingleses intentaban también expulsar a sus enemigos del país.
Cuando se presentía próxima guerra entre Francia e Inglaterra,
Luis XIV propuso a Guillermo III que se conservasen neutrales sus
respectivas colonias, proposición que fué desechada por el rey de la
Gran Bretaña. No debe olvidarse que Luis XIV vió con malos ojos el
destronamiento de Jacobo II y el triunfo de Guillermo III de Orange.
Al lado del preclaro nombre de Frontenac brilla el de Juan Talon, el
gran intendente del Canadá. Talon encontró poderoso y decidido auxiliar
en Roberto Cavelier de La Salle, excelente discípulo de los jesuítas y
a quien ya hubimos de citar en el capítulo II de este tomo. Fundó en
el Canadá la colonia de Lachine, que es a la sazón la ciudad del mismo
nombre. La Salle recorrió el río Ohío y descubrió probablemente el
Illinois, echando los cimientos de una ciudad que tomó el nombre del
descubridor de dicho río.
Luis Joliet, discípulo también de los jesuítas, después de subir por el
río San Lorenzo, pasar por el lago Ontario y luego por el Erié, llegó
por tierra hasta el Illinois, donde volvió a embarcarse, tal vez en el
mismo sitio que actualmente ocupa la ciudad de Joliet, llamada así en
honor del ilustre viajero.
Fijándonos muy especialmente en La Salle, bien será decir que por
entonces (1673) se ocupaba de varios proyectos en su posesión de
Lachine, siendo el principal la colonización y gobierno de la cuenca
del Mississipí hasta las playas del golfo de México. El proyecto fué
aprobado por el conde de Frontenac. Luego que el ilustre La Salle
hizo construir a orillas del lago Ontario una fortaleza que denominó
Frontenac y que fué el comienzo de la ciudad conocida hoy con el
nombre de Kingston, marchó a Francia, donde el Rey le concedió honores
y extensos territorios en la comarca del fuerte de Frontenac. Volvió
a América, y en el término de dos años había fundado dos pequeñas
aldeas, una de franceses y otra de iroqueses; había hecho construir
cuatro buques; había organizado una misión, etc., pudiendo regresar en
el otoño de 1677 a Francia. Apoyado por el ministro Colbert, Luis XIV
autorizó a La Salle para hacer toda clase de exploraciones, construir
fortalezas, extender el comercio de pieles de búfalo y organizar la
administración pública; pero todo a sus expensas y en el término de
cinco años. Regresó a América, llevando en su compañía a un oficial
italiano llamado Enrique de Tonti, hombre emprendedor y de excelentes
cualidades. La Salle construyó un fuerte, que era una barrera contra
los iroqueses, no lejos del Niágara (que une los lagos Ontario y Erié);
hizo construir un buque, el primero de vela que surcó las aguas del
lago Erié, botado al agua el 1679 y que recibió el nombre de _Griffin_.
Dispuso La Salle que se embarcase en el _Griffin_ rico cargamento de
pieles para ser trasladado de una de las islas a Quebec. Perdido el
buque y el cargamento, esta pérdida fué el principio de las muchas
desgracias que desde entonces persiguieron a La Salle. En seguida otro
buque que le llevaba de Francia objetos y cosas necesarias, se perdió a
la entrada de San Lorenzo. Después de construir el fuerte de Crevecœur
en el actual Estado de Illinois, se dirigió en busca de noticias del
_Griffin_ a la fortaleza Frontenac y a Montreal, cuyo largo y peligroso
camino recorrió a pie. Apresuradamente volvió de Montreal a Crevecœur
con el objeto de castigar una sedición de su misma gente. Presos los
traidores, se embarcó en canoas para hacer un viaje de exploración del
Mississipí, llegando el 6 de abril de 1682 a la desembocadura de dicho
río. El 9 del mismo mes y año tomó posesión del territorio comprendido
entre la Florida y México en nombre de Luis XIV, en cuyo honor lo llamó
_Luisiana_. Apenas hubo regresado de este viaje, se dedicó, ayudado
de su teniente Tonti, a fundar a orillas del Illinois, una colonia
franco-india, y algo más abajo, en las riberas del Mississipí, el
fuerte (hoy ciudad de San Luis) a cuyo amparo se establecieron muchas
familias indias. En el año 1683 volvió a Francia para dar cuenta al
Rey de sus nuevos proyectos, recibiendo mayores auxilios. Con ellos
se dirigió por última vez a América. Cuando se disponía a proseguir
sus descubrimientos, cuando había dado paz y orden a los nuevos países
y cuando veía con satisfacción que reinaba en las pequeñas colonias
respeto a la autoridad y amor a la justicia, se sublevó su gente y fué
asesinado. La Salle fué descubridor, colonizador y excelente hombre de
gobierno.
_Primera guerra intercolonial._--Hacia mediados de octubre de 1689
llegó al Canadá o Nueva Francia el conde de Frontenac, reelegido
Gobernador de la colonia. Rotas las relaciones entre Francia e
Inglaterra, Frontenac consideró deber suyo llevar la guerra a las
colonias inglesas. Deseaba además vengarse de la mencionada matanza
de Lachine y de todos los daños y perjuicios que antes sufriera el
Canadá por los ataques de los iroqueses, amigos de la Gran Bretaña.
Tres fueron las invasiones principales. Dirigió Frontenac la primera
contra el pequeño pueblo de Schenectady, situado sobre el Mohawh. A
media noche, y en el rigor del invierno, cuando dormían tranquilos y se
creían seguros de todo ataque, cayeron sobre ellos franceses e indios.
Las casas fueron saqueadas; hombres, mujeres y niños murieron bajo los
golpes del _tomahawk_. Acto continuo los salvajes pegaron fuego al
pueblo, y los pocos que pudieron salvarse, emprendieron la fuga medio
desnudos, a través de los campos cubiertos de nieve, para refugiarse en
Albania. En las dos expediciones siguientes también llevaron consigo
el espanto y la muerte, logrando reanimar el espíritu decaido de los
canadienses, convencer a los iroqueses que poco o nada podían esperar
del apoyo de Inglaterra e inducir, por último, a los indios abenakis,
de la raza algonquina, que estaban asentados en la cuenca del río
Kennebec, a renovar sus ataques a los colonos fronterizos ingleses por
el lado Norte y Noroeste.
Los franceses, sin embargo, no consiguieron atraerse el ánimo de los
iroqueses. Se recordará a este propósito que de los tres enviados por
Frontenac en señal de amistad al campo de los salvajes, dos fueron
quemados, y el tercero, después de ser brutalmente apaleado, lo
entregaron como prisionero a los ingleses.
Los ingleses de los Estados Unidos, apoyados por los iroqueses, se
decidieron también a hacer expediciones al Canadá. Bajo la jefatura
de Fitz John Winthrop, de Connecticut, se dirigieron a territorio
canadiense. Aquel jefe destacó a uno de sus capitanes, quien penetró en
dicho país e hizo unos pocos prisioneros y degolló unas cuantas cabezas
de ganado. Si la expedición anterior contra Montreal no dió resultado
alguno, tampoco otra, organizada por la colonia de Massachusetts,
compuesta de varios buques y mandada por Guillermo Phipps, marino de
mucha fortuna y gobernador de la citada colonia. Desembarcó el 11 de
mayo de 1690 en el puerto de Port-Royal, plaza principal de Acadia
(Nueva Escocia) y se apoderó de todo el territorio sin derramamiento de
sangre; pero le faltaron tropas y dinero para asegurar su conquista.
Decidióse Phipps a realizar una expedición contra Quebec, ya que la
anterior le había salido perfectamente. El 9 de agosto la escuadra,
compuesta de unos 32 navíos y más de 2.000 hombres, se hizo a la
vela, y al cabo de algunas semanas, echó anclas un poco más abajo de
la citada ciudad. Esta vez le salió mal la empresa[244]. El conde
de Frontenac logró dispersar y destruir en gran parte la escuadra
enemiga, teniendo que volver Phipps al puerto de Boston en desastroso
estado. Frontenac comunicó la noticia a Francia. Luis XIV, para
conmemorar suceso tan fausto, hizo acuñar una medalla con la siguiente
inscripción: _Francia in novo orbe victrix: Kebeca Liberata A. D. M.
D. C. X. C._ Al mismo tiempo se mandó erigir una iglesia en la ciudad
dedicada a _Nuestra Señora de las Victorias_.
[244] El obispo Laval llegó a decir que si la flota, detenida
por contrarios vientos al remontar el San Lorenzo, hubiera
realizado el viaje una semana antes, hubiera caído Quebec en
poder de los enemigos.
Los últimos años de la segunda administración de Frontenac fueron
notables, ora por la guerra de fronteras, ora por las negociaciones
entre indios amigos y enemigos de Francia. La paz de Ryswick, firmada a
últimos del año 1697, terminó la guerra con los ingleses e iroqueses.
Murió Frontenac el 18 de noviembre de 1698[245].
[245] Véase _The Canadá Year Book_, 1913.
Si los misioneros jesuítas, teniendo presente que el cristianismo no
vino a esclavizar a los hombres, sino a redimirles, penetraron en las
selvas desafiando la inclemencia de la naturaleza y la barbarie de
los indios para llevar a estos últimos la verdad evangélica, también
a veces no cumplieron con su deber, pues considerándose dueños de
aquel territorio, veían con malos ojos a los frailes de las diferentes
órdenes religiosas, a los comerciantes, a los militares, a todos, en
una palabra, que no eran hijos de San Ignacio de Loyola.
Pasamos a estudiar la _segunda guerra intercolonial_. En el año 1702
hiciéronse apresuradamente preparativos para renovar la lucha. El
marqués de Vandreuil, gobernador de la Nueva Francia, consiguió la
neutralidad de los iroqueses. Envió, siguiendo el sistema del conde de
Frontenac, partidas de franceses e indios contra los colonos ingleses
fronterizos, bandas de asesinos que cometían las crueldades más
horrorosas. La aldea de Deerfield fué entregada a las llamas (1704),
después de matar a 50 de sus habitantes y coger prisioneros 100, a
quienes condujeron al Canadá a través de los bosques, cubiertos de
nieve. Las mujeres y los niños que no podían recorrer las 300 millas,
eran muertos. La aldea de Haverhill, tiempo adelante, sufrió la misma
suerte (1708); cincuenta de sus habitantes perecieron bajo los golpes
del hacha o abrasados dentro de sus casas. Por entonces se elevó a la
reina Ana una solicitud para que ordenara la conquista definitiva de
todas las posesiones francesas con el objeto de terminar de una vez la
guerra. Accedió la Reina, y en 1710 los ingleses, ayudados por fuerzas
coloniales, comenzaron guerra devastadora. Se apoderaron de Port Royal,
cuya fortaleza tomó el nombre de Annapolis, en honor de la reina Ana.
En 1711 una gran expedición que se dirigía contra Montreal hubo de
zozobrar en el río Saint Lawrence. El tratado de Utrech (1713) puso fin
a la segunda guerra intercolonial. Los colonos obtuvieron considerables
ventajas, puesto que se les concedió completa posesión de la bahía de
Hudson, el comercio de peletería y todo el territorio de Terranova,
dejando a los franceses determinados privilegios en las pesquerías, y
el territorio de Acadia que recibió el nombre de _Nova Scotia_.
Entre la segunda y la tercera guerra ocurrieron sucesos de no escaso
interés. Fueron los principales la cuestión de límites entre franceses
e ingleses y entre ingleses entre sí.
Conviene no olvidar que corría el 1712 cuando Luis XIV cedió a un
comerciante llamado Crozat el monopolio del comercio con la Luisiana;
pero habiendo renunciado poco después el dicho comerciante el
privilegio, el gobierno de Francia lo cedió a una sociedad colectiva
llamada _Compañía del Mississipí_, a cuya cabeza se puso el famoso
hacendista Juan Law, quien pudo conseguir que fuesen algunos colonos
(1717) y fundaran la ciudad de _Nueva Orleans_, llamada así en honor
del Regente Duque de Orleans. A la gran quiebra de Law sucedió la
caída de la Luisiana. A una espantosa miseria sucedió el levantamiento
de los indios nachez, quienes degollaron a unos 200 franceses,
libertándose los habitantes de Nueva Orleans por la distancia que
separaba la ciudad del interior. Vengáronse luego los franceses casi
exterminando el pueblo nachez. Vendieron más de 400 prisioneros, que
redujeron a la esclavitud, entre ellos el cacique, en la isla de Haití.
En el año 1732, habiendo renunciado la Compañía del Mississipí a su
privilegio, la Luisiana pasó a depender directamente de la Corona. Una
campaña contra los indios chícaras, hecha en 1736 por los franceses,
fué funesta a los últimos, porque entre otros cayeron prisioneros
Artaguette, jefe de la expedición, y un jesuíta; los dos fueron
quemados a fuego lento. También vengó Francia la muerte de los suyos,
porque mandó un ejército en 1739 que casi exterminó a los chícaras.
Corta fué la _tercera guerra intercolonial_. En tanto que ardía la
guerra en Europa, Shirley, gobernador de Massachusets, se propuso,
mediante una flota compuesta de diez buques con 3.000 hombres,
conquistar la plaza francesa de Louisbourg, en la isla de Cabo Bretón,
cuyo gobernador era Duchambon. El 30 de abril de 1745 llegaron delante
de la plaza de Louisbourg, logrando apoderarse de ella el 17 de junio,
después de corta y débil resistencia. Aunque posteriormente numerosa
flota francesa con tropas veteranas mandadas por el duque d'Anville,
intentó recuperar a Louisbourg, no lo pudo conseguir. Firmóse la paz
de _Aix-la-Chapelle_ (Aquisgrán), y por una de las cláusulas del
tratado, se restituía a los franceses la citada plaza, hecho que causó
profunda indignación en los habitantes de Nueva Inglaterra. Terminó en
octubre de 1748 la lucha entre franceses e ingleses, sin que pudiera
decirse--como escribe Spencer--que estuviese completamente asegurada
la paz, pues sólo en la cuestión de límites germinaba la semilla
de futuras luchas, que únicamente podían terminar con el absoluto
dominio del partido más fuerte. La conquista del Canadá era el sueño
dorado, tanto del gobierno inglés como de las colonias del Norte,
cuyos habitantes deseaban verter su sangre y gastar sus riquezas para
alcanzar la realización de su deseo, excitado doblemente con el feliz
éxito de la toma de Louisbourg[246].
[246] _Historia de los Estados Unidos_, tomo I, pág. 180.
Continuaron adelantando, lo mismo las colonias francesas que las
inglesas, particularmente las últimas. Franceses e ingleses, colonos
franceses y colonos ingleses nunca habían simpatizado y pronto
debían comenzar la lucha final, resolviéndose entonces la cuestión
de predominio entre los dos partidos beligerantes. Debe no olvidarse
que si los ingleses y los franceses se cuidaban de sus respectivos
derechos, apenas hacían caso de los correspondientes a los indígenas,
que eran más legítimos y justos. «En noviembre de 1749, cuando el
infatigable Girt se ocupaba por cuenta de la Compañía del Ohío en medir
las tierras que se hallan al Sur de aquel río hasta Kanawha, el viejo
jefe Dalaware, al observar lo que hacía Girt, le dijo: _Los franceses
reclaman todo el terreno que hay a un lado del Ohío, mientras los
ingleses piden el que está al otro; y en este caso, ¿queréis decirme
qué quedará para nosotros los indios?_ ¡Pobres salvajes! exclama
Mr. Irving; entre sus _padres_, los franceses, y sus _hermanos_,
los ingleses, estaban en camino de verse completamente despojados
de su país»[247]. Sin cuidarse para nada de los indígenas, lo mismo
franceses que ingleses reclamaban territorios y más territorios,
como país conquistado, fijándose sólo en el derecho del más fuerte.
«Seguros ya los franceses en el Oeste--escribe con mucho acierto Mr.
Parkman--trataron después de estacionarse en las corrientes del río
Ohío, y hacia el año de 1748, el sagaz conde Galissoniere propuso
traer diez mil labradores de Francia y establecerlos en el valle de
aquel magnifico río y en las orillas de los lagos. Pero mientras que
en Quebec y en el castillo de San Luis proyectaban los militares y
hombres de Estado estas empresas, Inglaterra continuaba silenciosamente
su progreso por la parte del Oriente. Ya las colonias británicas iban
extendiéndose a lo largo del valle de Mohawk, subiendo por la falda
oriental del Alleganies, y los golpes del hacha, en medio de los
bosques, y las negras espirales del humo de las hogueras, eran los
precursores de la futura colonización. Mientras en uno de los lados
del Alleganies se ocupaba Celeron de Bienville en enterrar planchas
de plomo con las armas de Francia, los arados de los labradores de
Virginia iban adelantando cada vez más, acercándose por lo tanto el
momento de encontrarse ambas potencias»[248].
[247] Spencer, ob. cit., tomo I, págs. 222 y 223, nota.
[248] _Hist. de la conspiración de Pontiac_, pág. 56.
La _cuarta y última guerra intercolonial_ tiene suma importancia. En
el año 1753, fuerzas francesas habían pasado el lago Erié, llegando
hasta los afluentes septentrionales del Ohío. Dimwiddie, gobernador de
Virginia, mandó a Jorge Washington, joven de veintiún años de edad,
que en compañía de Van Braam, soldado veterano que debía servirle
de intérprete, se presentase al jefe de la fuerza francesa para
hacerle saber que el territorio ocupado pertenecía a la corona de
Inglaterra[249].
[249] Jorge Washington nació el 22 de febrero de 1722 en el
Potomac, condado de Westmoreland (Virginia).
Salió Washington de Williamsburg el 30 de octubre de 1753 y, después
de largo camino, llegó a presencia de M. de Saint Pierre, comandante
francés de un puesto que se hallaba a 15 millas del lago Erié. Saint
Pierre contestó que el gobernador del Canadá le había confiado la
conservación de aquel puesto, el cual no abandonaría sin una orden
superior. Con la respuesta por escrito volvió el joven embajador,
llegando a Williamsburg el 16 de enero de 1754. Añade míster Irving:
«La prudencia, sagacidad y energía de Washington se pusieron a prueba
más de una vez durante aquella expedición, que puede considerarse como
el principio de su afortunada carrera, puesto que desde aquel momento
Virginia depositó en él todas sus esperanzas.» Al año siguiente se
rompieron las hostilidades entre franceses e indios por una parte, e
ingleses por otra.
Washington, habiendo muerto el coronel Fry, se puso al frente de los
ingleses y dió pruebas de mucho valor y de no poca inteligencia, si
bien no fué satisfactorio el resultado de su primera campaña, a causa
de que las fuerzas de los franceses eran bastante más considerables que
las suyas.
Al mismo tiempo se reunieron en Albania (junio de 1754) varios comités
que enviaban las asambleas coloniales de Nueva York, Pennsylvania,
Maryland y Nueva Inglaterra, ya para renovar tratados de amistad, ya
para confederarse o no las colonias, en vista de las circunstancias.
Resolvióse afirmativamente, siendo aprobado un proyecto de unión,
redactado por Franklin. En su virtud se acordó formar un Consejo
compuesto de 48 individuos: 7 de Virginia, 7 de Massachusetts, 6 de
Pennsylvania, 5 de Connecticut, 4 de Nueva York, 4 de Maryland, 4 de la
Carolina del Norte y otros 4 de la Carolina del Sur, 3 de Nueva Jersey,
2 de New Hampshire y 2 de Rhode-Island. El Consejo debía de cuidarse de
la defensa de las colonias y para ello suministraría hombres y dinero,
inspeccionaría los ejércitos y atendería al bien general. Tendría el
Consejo su Presidente nombrado por la Corona, el cual podía aprobar o
no los actos de aquél. «Tal era el documento que puede decirse sirvió
de base para lo que había de ser nuestra constitución federal»[250].
Veinte años después decía Franklin, refiriéndose al citado documento,
lo siguiente: «Las Asambleas todas opinaron que en aquel documento
había demasiada _prerrogativa_, y en Inglaterra fueron de parecer
que era excesivamente _democrático_.» Rotas las hostilidades entre
Francia e Inglaterra, comenzó la guerra entre franceses e ingleses en
la América del Norte. Braddock obtuvo el cargo de general en jefe de
todas las fuerzas inglesas en América, llevando a sus órdenes como
ayudante de campo a Washington. Aunque Braddock era bravo militar
que se había distinguido en los campos de batalla, ignoraba el modo
de guerrear en el Nuevo Mundo. No atendía tampoco los consejos que
le daban personas inteligentes. Braddock, conversando con Franklin
en Fredericton, en cuya ciudad el futuro inventor del pararrayos
desempeñaba el cargo de administrador de Correos, hubo de decir dicho
general acerca de su campaña lo siguiente: «Después de tomar el fuerte
Duquesne, pienso dirigirme a Niágara, y en concluyendo allí, marcharé
sobre Frontenac si el tiempo no lo impide, lo cual no es probable,
porque Duquesne no me detendrá más de tres o cuatro días, y entonces
no veo inconveniente en continuar mi marcha hacia Niágara.» «Habiendo
reflexionado--dice Franklin--cuán larga era la línea que tenía que
recorrer el ejército, por un sendero muy estrecho que debían abrir los
soldados a través de los bosques, y recordando la derrota que sufrieron
1.500 franceses al querer, en cierta ocasión, invadir el Illinois,
concebí algunas dudas y temores acerca del éxito de la expedición; sin
embargo, no me atreví a decir a Braddock más que estas palabras:--«Es
indudable, señor, que si llegáis sin contratiempo a Duquesne con esas
brillantes tropas y tan bien provisto de artillería, no tardará en
caer en vuestro poder el fuerte, por más que esté muy bien fortificado
y tenga numerosa guarnición; pero, en mi concepto, las emboscadas de
los indios son grave peligro que puede oponerse a vuestra marcha.
Esos salvajes, por su rara destreza y práctica del terreno, pueden
interceptar la estrecha y prolongada senda que ha de recorrer vuestro
ejército y caer de repente sobre el flanco de las tropas, cortando la
columna como si fuera un hilo, sin dar tiempo a que se concentren los
soldados para socorrerse mútuamente.» Sonrióse Braddock cuando hube
emitido mi parecer, como compadeciéndose de mi ignorancia, y repuso:
«Esos salvajes serán ciertamente formidable enemigo para vuestra bisoña
milicia americana, mas tratándose de las disciplinadas y aguerridas
tropas del Rey, no es posible que nos inspiren temor alguno.» Comprendí
que no podía discutir con un militar sobre asuntos de su profesión--que
naturalmente debía saber más que yo--, y no quise continuar haciéndole
observaciones.»
[250] _Historia de los Estados Unidos_, por Hildreth, vol. II,
pág. 443.
En esta ocasión, el filósofo estuvo, como en seguida veremos, más
acertado que el militar. Al frente de 1.200 hombres y diez piezas de
artillería de montaña, sin cuidarse de las emboscadas de indios y
franceses, como le aconsejaron Washington y Franklin, se puso en marcha
Braddock. El 9 de julio de 1755, y antes de llegar al fuerte Duquesne,
al subir por una cuesta de altas hierbas y troncos, cayeron sobre
las tropas de Braddock, haciendo incesante fuego y dando terribles
alaridos, los feroces indios. La batalla, que se dió cerca del río
Monongahela, tributario del Ohío, fué sangrienta, quedando entre los
muertos y heridos más de 700 soldados; oficiales unos 56. Las bajas de
los indios y franceses no pasaron de 60. Afortunadamente, pudo salir
ileso del combate, habiendo peleado como un héroe, Washington, a quien
la Providencia destinaba a prestar grandes servicios a la causa de la
libertad. El 13 de julio murió Braddock, cuyas últimas palabras fueron:
_¡Quién lo hubiera creído!_
La derrota de los ingleses animó a los indios, quienes se arrojaron
sobre los colonos fronterizos y sus aldeas, cometiendo toda clase de
crueldades en la frontera de Virginia y de Pensilvania.
Continuó la guerra con igual encarnizamiento durante los años de 1756,
1757 y 1758. En el 1759 determinaron los ingleses apoderarse del
Canadá. El general Prideaux debía conquistar a Niágara, el general
Amherst a Crown-Point y Ticonderoga, y el general Wolfe a la capital
Quebec. El fuerte de Niágara fué tomado por Johnson, que se había
encargado del mando por la muerte de Prideaux. Amherst comenzó con
ventaja sus operaciones. Por lo que respecta a Wolfe se decidió a
asaltar a Quebec, defendida por Montcalm (31 de julio)[251].
[251] _Gibraltar_ de América, se ha llamado a Quebec.
La fortuna no le acompañó en sus comienzos; luego se mostró
completamente risueña. Efectuóse el desembarco, saltando Wolfe en
tierra el primero, y al frente de los suyos consiguió completa
victoria, si bien a costa de su vida. Marchando a la cabeza de sus
granaderos fué herido en la muñeca, otro balazo le dió en el costado,
y el tercero le entró por el pecho y le hizo caer. Un oficial
que permaneció a su lado, exclamó: _Mirad cómo corren_.--_¿Quién
corre?_--preguntó Wolfe.--_Los enemigos, señor; todos huyen_,--contestó
el oficial.--_Entonces_--replicó casi moribundo--: _Diga usted al
comandante Burton que baje por el río Saint-Charles con el regimiento
de Webb para cortar al enemigo la retirada por el puente. ¡Alabado sea
Dios, muero satisfecho!_--e inclinando la cabeza a un lado, expiró.
En aquellos momentos también caía mortalmente herido el valeroso
general Montcalm, mientras se empeñaba en reunir a sus desbandados
soldados. Conducido al campamento, que estaba a orillas del río
Saint-Charles, le curaron los médicos, quienes no se percataron de
decir que su muerte estaba cercana. _¿Cuántas horas me quedan de
vida?_--preguntó.--_Pocas_, le contestaron.--_Tanto mejor_, dijo, _así
no presenciaré la entrega de Quebec_.
Cuando los ingleses se disponían a dar el asalto, se levantó en la
plaza la bandera de parlamento y Quebec fué perdida por los franceses
(18 septiembre 1759).
Al llegar la noticia a Inglaterra, la alegría fué inmensa. Las campanas
en todas las poblaciones se echaron a vuelo y en todas hubo salvas,
fuegos artificiales y otras muestras de júbilo; sólo quedó silenciosa y
triste la aldea donde habitaba la madre de Wolfe. De este modo honraban
los vecinos a la madre del héroe.
Un pequeño poste, en las llanuras de Abraham, indica el sitio donde
cayó Wolfe; y en la parte más elevada de la ciudad, se levantó tiempo
adelante artística pirámide, grabándose en ella los nombres gloriosos
de Wolfe y de Montcalm. Ambos jefes, lo mismo el inglés que el francés,
deben escribirse con letras de oro en la historia universal.
Quebec, Niágara, Frontenac y Crown-Point cayeron en poder de los
ingleses; sólo faltaba por conquistar Montreal y su comarca. Fuerzas
inglesas se dirigieron contra Montreal. Cuando la guarnición creyó
que no podía resistir, el gobernador, marqués de Vandreuil, capituló
el 8 de septiembre de 1760, entregando solemnemente a la Corona de
Inglaterra _el Canadá con todas sus dependencias_.
«Así terminó--dice Mr. Irving--la lucha entre Francia e Inglaterra,
que tanto tiempo se habían disputado el predominio, siendo de notar
que el primer tiro se disparó en el encuentro que tuvo Washington
con De Jumonville. Un diplomático francés (el conde de Vergennes) se
consolaba de aquellas derrotas creyendo que la victoria sería fatal
a la misma Inglaterra, puesto que con ella perdería el dominio que
siempre tuvo sobre sus colonias, las cuales, no necesitando ya la
protección de la madre patria, _se proclamarían independientes_, tan
pronto como ésta exigiese que aquellos le ayudaran a sobrellevar su
pesada carga.»[252] Este era también el parecer de Montcalm, persona
tan entendida en la materia y cuyas palabras copiamos a continuación.
«Las colonias--dice--han tenido la fortuna de llegar a una situación
floreciente, puesto que son numerosas y ricas, conteniendo en su seno
todo cuanto puede exigirse para las necesidades de la vida. Inglaterra
ha cometido la torpeza de permitir que se establezcan allí las artes,
la industria y el comercio, lo cual era romper la cadena de necesidades
que obligaba a las colonias a depender de la Gran Bretaña, y si no
fuera por el temor de que los franceses se presentasen a sus puertas,
hace tiempo que aquéllas hubieran sacudido el yugo, proclamándose
independientes y formando cada provincia una república separada. De
todos modos, los colonos preferirían más bien a sus paisanos que a los
extraños, siguiendo, sin embargo, la máxima de no obedecer ciegamente.
Una vez conquistado el Canadá, y cuando todas las colonias formen un
solo pueblo, si la vieja Inglaterra llegara a perjudicar sus intereses,
¿creeis, amigo mío, que los americanos lo consentirían? Y en el caso
de una revolución, ¿qué podrían temer?» En suma, los franceses se
hallaban contentos con su derrota, porque presentían que los vencedores
a la sazón serían pronto vencidos por los americanos. Las que habían
ganado en la contienda eran las colonias. Virginia, muy especialmente,
estaba satisfecha por haber tenido un hijo como Washington.
[252] _Vida de Washington_, vol. I, pág. 308.
Tiempo adelante y en virtud del _pacto de familia_, Francia y España
unidas pelearon con Inglaterra y Portugal. España tuvo la desgracia de
perder a la Habana en Cuba y a Manila en Filipinas. En los preliminares
de paz que se firmaron en Fontainebleau el 3 de noviembre de 1762,
«Francia cedió a Inglaterra la Nueva Escocia, el Canadá, con el país al
Este del Mississipí y el cabo Bretón, conservando sólo el privilegio
de la pesca en el banco de Terranova; en las Indias Occidentales cedía
la Dominica, San Vicente y Tabago; en las costas de Africa el río
Senegal. Respecto a España, Inglaterra le devolvía la Habana y todo lo
conquistado en la isla de Cuba; en cambio, España cedía la Florida y
los territorios al Este y Sudeste del Mississipí, abandonaba el derecho
de la pesca en Terranova y daba a los ingleses el de la corta del palo
de tinte en Honduras. Como compensación de la pérdida de la Florida,
logró España de Francia, por arreglo particular, lo que le quedaba
de la Luisiana, que en verdad más era para Carlos III una carga y un
cuidado que una indemnización o una recompensa. Manila se devolvió
también a España y la colonia del Sacramento a Portugal, cuyo reino
habían de evacuar las tropas francesas y españolas».[253] El tratado
definitivo se firmó en París el 10 de febrero de 1763.
[253] Lafuente. _Historia de España_, tomo XX, págs. 74 y 75.
La fortuna acompañaba á Inglaterra. Ella, al mismo tiempo que dilataba
sus posesiones en la India Oriental, extendía considerablemente las
fronteras de su imperio colonial en el Nuevo Mundo. Con razón pudo
decir ilustre historiador lo que sigue: «Fué éste un gran momento para
Inglaterra. Dominadora de los mares, dueña de islas numerosas en las
diversas partes del mundo, poseía, además, junto con los elementos
esparcidos en un inmenso imperio en la India Oriental, todas las costas
del Atlántico que se extienden desde el fondo del Canadá hasta el golfo
de México»[254].
[254] Véase Barros Arana, _Historia de América_, pág. 287.
Inmediatamente que los ingleses se hicieron dueños del país, procuraron
dotarle de instituciones como a otras colonias suyas, reservándose
la Corona el derecho de nombrar tribunales de justicia para juzgar
las causas civiles y criminales «conforme a la ley, a la equidad y en
cuanto fuera posible a las leyes inglesas.»