CAPITULO IX

CONQUISTA DE CHILE.--ESTADOS EN QUE SE DIVIDÍA EL PAÍS.--LOS

ARAUCANOS.--NOTICIAS FABULOSAS DE CHILE.--EXPEDICIÓN DE

ALMAGRO.--COMIENZO DE LA CONQUISTA.--ALMAGRO SE RETIRA

DE CHILE.--VALDIVIA: SU VIDA Y CARÁCTER.--CONTINÚA LA

CONQUISTA.--FUNDACIÓN DE SANTIAGO.--VALDIVIA GOBERNADOR.--LUCHAS

DE VALDIVIA CON LOS ESPAÑOLES Y CON LOS INDIOS.--ORGANIZACIÓN

DEL PAÍS.--VALDIVIA EN EL PERÚ.--CARTA DE VALDIVIA AL

EMPERADOR.--FUNDACIÓN DE POBLACIONES.--SUBLEVACIÓN DE LOS

ARAUCANOS: CAUPOLICÁN.--GUERRA Y MUERTE DE VALDIVIA.--VIDA

Y COSTUMBRES DE LOS CHILENOS.--EL GOBERNADOR QUIROGA.--EL

CABILDO Y LA AUDIENCIA.--ALDERETE.--HURTADO DE MENDOZA.--CUESTA

DE VILLAGRA.--MUERTE DE LAUTARO.--LA POLÍTICA Y LA

GUERRA.--CAUPOLICÁN: BATALLA DE MILLARAPUÉ.--ERCILLA.--MUERTE DE

CAUPOLICÁN.--SUMISIÓN DE CHILE.

Dividíase Chile en cuatro Estados o gobiernos principales:

_Languen-mapu_ (comarca marítima), _Lelbun-mapu_ (de los llanos),

_Mapirez-mapu_ (de las laderas) y _Pire-mapu_ (de la montaña). Mandaban

los _toquís_ (jefes superiores) y los _apoulmens_ y _ulmens_ (hombres

ricos). Además de la lengua araucana o _chilli-sugu_, se hablaba en

muchas tribus el _puelche_.

Los primitivos pobladores fueron los araucanos o moluchos que se

subdividían en diferentes tribus. Descríbelos Ercilla en su _Araucana_

al tenor siguiente:

«Son de gestos robustos, desbarbados,

bien formados los cuerpos y crecidos,

espaldas grandes, pechos levantados,

recios miembros, de nervios bien fornidos,

ágiles, desenvueltos, alentados,

animosos, valientes, atrevidos,

duros en el trabajo y sufridores

de fríos mortales, hambres y calores.»

Corrían entre los indígenas del Perú noticias fabulosas acerca de

Chile. Decíase que en el país de la Araucania existía un Rey que se

llamaba _Leuchengorma_, dueño de una isla dedicada al culto de los

ídolos con un templo y 2.000 sacerdotes. Leuchengorma estaba siempre

en guerra con otro Rey vecino suyo, siendo de advertir que cada uno

de ellos tenía un ejército de 200.000 hombres. Contaban también que

50 leguas más adelante, había, entre dos ríos, una provincia habitada

únicamente por mujeres, las cuales sólo admitían hombres durante

un período de tiempo determinado; luego se quedaban con las hijas

y mandaban los hijos con sus padres. La provincia o reino de las

Amazonas, que tenía por reina a _Goboimilla_ (que quería decir oro) era

dependiente y tributario del monarca citado Leuchengorma.

Con semejantes leyendas se proponían los peruanos que los españoles

abandonasen en todo o en parte el país en que estaban asentados y

buscaran la riqueza de Chile, de aquella nueva tierra de promisión.

Francisco Pizarro, por otra parte, deseaba desembarazarse de la

presencia de su rival Diego de Almagro, y le animaba a realizar la

expedición. Por último, el mismo Almagro no necesitaba estímulos, dado

su carácter aventurero y no escaso de atrevimiento. En el momento que

supo, aunque no oficialmente (primavera de 1535), que se le había

concedido, con el título de _Nueva Toledo_[191], una extensión de 200

leguas al Sur del Perú, comenzó sus preparativos para la expedición.

Parece ser que Pizarro y Almagro convinieron en que el último iría "a

descubrir la costa y tierra de hacia el Estrecho de Magallanes, porque

decían los indios ser muy rica tierra el Chili, que por aquellas partes

estaba, y que si buena y rica tierra hallase, pedirían la gobernación

de ella para él, y si no que partirían la de Pizarro."

[191] No ha prevalecido la denominación de _Nueva Toledo_, ni

la de _Nueva Extremadura_ que se dió a Chile, como tampoco la

de _Nueva España_ a México y la de _Nueva Castilla_ al Perú.

Almagro organizó la expedición en el Cuzco, logrando atraerse a muchos.

Pidió ayuda al emperador Manco Capac, quien generosamente dispuso que

le acompañasen su hermano Panllu Iupac y su tío Villac Umu (Villaoma),

que era sumo sacerdote, con algunos nobles y muchos «indios honrados y

de carga,» haciéndose subir a 15.000 el número de auxiliares armados.

Creemos que debe haber exageración en esta cifra y que el número debió

ser bastante menor. Los primeros que marcharon a Chile fueron los dos

delegados peruanos con tres soldados de a caballo y el consiguiente

séquito de indios armados y de carga. Posteriormente, fué Juan de

Saavedra con 100 españoles y proporcionado acompañamiento de indios.

Últimamente, se puso en camino Almagro (3 julio 1535) a la cabeza de

430 hombres españoles y todos los indios que aún quedaban en el Cuzco.

Juan de Rada se quedó reclutando más gente. Almagro encontró a Saavedra

en las Charcas, y después de un mes de descanso, continuaron juntos

hasta Tupiza, donde aguardaban Panllu Iupac y Villac Umu, debiéndose

advertir que los tres soldados españoles siguieron adelante con menos

prudencia que juicio. Dos meses permanecieron en Tupiza, en cuyo tiempo

entregaron rico presente de oro adquirido en el camino para halagar las

esperanzas de los españoles; pero en seguida desapareció Villac Umu y

lo mismo hubiera hecho Panllu Iupac, sin la estrecha vigilancia a que

se le sometió.

Dos caminos se ofrecían a los expedicionarios para apoderarse de Chile:

los llanos y costa con 80 leguas de desierto de Atacama y la sierra

Nevada con 40 leguas de travesía por los Andes. Aunque los dos eran

malos, ofrecía más peligros el segundo; Almagro, sin embargo, hubo de

preferir el último por ser más corto. Salieron para Iujui, y, después

de grandes trabajos, de hambres y de emboscadas de los naturales,

llegaron a Chicoana, 250 leguas del Cuzco. Al cabo de dos meses de

descanso, se dispusieron a emprender el paso de los Andes 200 jinetes y

más de 300 infantes. Atravesaron aquel terreno escabroso y pendiente,

lleno de precipicios, cruzado por estrechos valles, caudalosos ríos

y ruidosos torrentes escondidos entre maleza o escollos de peñas,

cubiertos de nieve los escarpados picachos y ásperos barrancos, nieve

que caía de día y de noche, y que era indispensable quitar para no

perder los senderos. Almagro hubo de adelantarse con los veinte jinetes

más animosos y en tres días llegó a Copiapó, pudiendo mandar víveres

y ropas a los infelices que, desnudos y hambrientos, habían quedado

atrás. Habían muerto el 30 por 100 de españoles, y dos terceras partes

de indios o murieron o se desertaron.

Hallándose los expedicionarios en Copiapó, vino a incorporarse Rodrigo

de Orgóñez con algunos soldados. El cacique de Copiapó, desposeído de

su cargo por un pariente suyo, andaba fugitivo, no teniendo valor para

volver a su país. En semejante apuro, pidió auxilio a los españoles,

ofreciéndoles que si era repuesto, les haría dueños de su territorio.

En efecto, habiendo logrado el cacique lo que deseaba, los naturales

prestaron sumisión e hicieron voluntario donativo del tributo que

tenían prevenido para el Inca a los españoles. Consistía dicho tributo

en 200.000 ducados y entregaron 300.000 más por indicación de Panllu.

Andaban retraídos los habitantes de los vecinos valles de Huasco y

Coquimbo, retraimiento que se explicaba porque allí fueron asesinados

los tres españoles que habían acompañado a Panllu y Villaoma hasta

Tupiza. Almagro, por medio de _Felipillo_, les notificó el perdón.

Pero es el caso que Felipillo, en quien los españoles tenían tanta

confianza, era un traidor. Lejos de brindar a los indígenas la paz que

les ofrecía Almagro, les indujo a sublevarse, como lo verificaron,

ya recogida la cosecha, la cual se llevaron consigo. Coincidió con

esto la desaparición de todos los indios de carga y de servicio o

_yanaconas_ que estaban en el campo español. Además de la resistencia

pasiva, pasaron los indígenas a vías de hecho, comenzando por la

intentona de prender fuego una noche al alojamiento de los españoles.

Aceptaron el reto los nuestros. Quemaron vivos a treinta principales

indígenas que cayeron en su poder, encontrándose entre ellos el cacique

usurpador de Copiapó y los asesinos de los tres soldados españoles que

acompañaron a Panllu Iupac y a Villac Umu. Sobrecogidos de terror los

indios, dejaron de conspirar por entonces; pero tan buenos propósitos

les duró poco tiempo. Al día siguiente de llegar los españoles a Chile,

se ausentaron los indios en masa, hasta el punto de no encontrar

Almagro quien le diese explicación del suceso. El mismo Felipillo, con

unos cuantos indios de armas que aún quedaban, se marchó del campamento

español. Cogido luego prisionero, confesó su delito, indicando también

que Manco estaba en abierta insurrección en el Perú. Tantos crímenes

cometidos por Felipillo le valieron la pena de ser descuartizado.

Sucedía todo esto en los comienzos del año 1536. Recibió Almagro por

entonces un refuerzo de 100 hombres, los cuales se hallaban mandados

por Rui Díaz.

Para caminar con pie firme y seguro, dispuso Almagro lo siguiente: el

_Santiago_, barco pequeño, que había llegado a un puerto cerca de Chile

con armas y otras cosas necesarias, le ordenó que reconociese la costa;

envió a Gómez de Alvarado con 80 jinetes a explorar por el Sur, y mandó

un destacamento al Oriente con objeto de averiguar lo que hubiese al

otro lado de los Andes. Volvió el buque con malas noticias acerca de

los criaderos de oro, aunque muy buenas sobre la fertilidad del país;

Alvarado regresó, no habiendo hallado minas ni nada digno de contar, y

el destacamento hubo de retroceder en cuanto experimentó las asperezas

de la cordillera.

En semejante estado las cosas, apareció Juan de Rada con otros 100

hombres, trayendo las provisiones reales, y por ellas era nombrado

Almagro gobernador de Nueva Toledo, que era una extensión de 200

leguas al Sur de los límites de Nueva Castilla, adjudicada esta última

a Pizarro. Las noticias de la insurrección del Perú, la creencia de

que el Cuzco pertenecía a Almagro y los pocos criaderos de oro que se

presentaban en Chile, influyeron para el inmediato regreso. Gómez,

Diego de Alvarado y Rodrigo Orgóñez, fueron los que con más empeño

inclinaron a Almagro a abandonar el país. Acerca de la ruta que debían

seguir, los pareceres fueron diferentes: los españoles acordaron dar la

vuelta por la costa y los indios reprobaron semejante determinación.

Aunque se tomaron muchas precauciones, no faltaron hambres y

enfermedades, teniendo también que sostener no pocas luchas con los

indios. No huelga decir que Panllu continuaba, si bien a disgusto suyo,

al lado de los españoles. Salieron de Arequipa a mediados de marzo de

1537 en dirección al Cuzco, encontrándose enfrente de los parciales de

Pizarro. Las luchas que se originaron y la muerte de Almagro (8 agosto

1538), se trataron con la suficiente extensión en la historia del Perú;

ahora sólo procede decir que se paralizó por algún tiempo, como era

natural, la conquista de Chile.

[Ilustración: Pedro de Valdivia.]

El destinado a continuar dicha conquista, que Almagro dejó abandonada,

fué Pedro de Valdivia, natural de Villanueva de la Serena (Badajoz),

tan ambicioso de gloria como entendido en las cosas de milicia. El

capitán Alonso de Góngora Marmolejo, uno de sus compañeros de armas,

hizo el siguiente retrato de Valdivia. «Era--dice--hombre de buena

estatura, de rostro alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo,

que se había hecho gordo, espaldudo, ancho de pecho, hombre de buen

entendimiento, aunque de palabras no bien limadas, liberal y hacía

mercedes graciosamente. Después que fué señor, recibía gran contento

en dar lo que tenía; era generoso en todas sus cosas, amigo de andar

bien vestido y lustroso, y de los hombres que lo andaban, y de comer

y beber bien; afable y humano con todos; mas tenía dos cosas con que

obscurecía todas estas virtudes: que aborrecía a los hombres nobles, y

de ordinario estaba amancebado con una mujer española, a lo cual fué

dado.» Había comenzado Pedro de Valdivia su carrera militar en las

guerras de Italia, y allí hubo de mostrar varias veces su valor. Cuando

contaba unos treinta y seis años de edad, como tantos otros españoles

de aquellos tiempos, se trasladó, ya corriendo el año 1532, a América,

con el propósito de trabajar por Dios, por el Rey y principalmente en

beneficio de sí mismo. Asistió el valeroso capitán al descubrimiento de

Venezuela y a la conquista del Perú, distinguiéndose en la batalla de

las Salinas, donde ya era Maestre de Campo de las tropas de Francisco

Pizarro.

Nombrado por Pizarro su teniente de gobernador y capitán general de

Chile, comenzó Valdivia sus preparativos en el año 1539. A la sazón

llegó al Cuzco Pedro Sánchez de la Hoz, provisto de Real cédula,

por la cual se le autorizaba a hacer conquistas en el extremo Sur

del Continente. Trataron, como era natural, del asunto, y, no

entendiéndose, partió Valdivia y luego La Hoz, quienes se encontraron

en Alacama. Dícese--y nada tendría de particular que la leyenda hubiera

sustituído a la historia--que La Hoz intentó matar a Valdivia; mas no

pudiéndolo lograr, le cedió todos sus derechos a cambio del perdón,

siguiéndole a la conquista como uno de tantos.

La expedición de Valdivia salió a mediados del año 1540 y se componía

de unos 150 soldados españoles y un cuerpo de 10.000 indios auxiliares,

llevando sacerdotes, artesanos, mujeres, animales domésticos,

herramientas y todo lo necesario para colonizar el país. Llegó Valdivia

a la orilla del río Mapocho, en cuyo valle echó los cimientos (25

febrero 1541) de la ciudad _Santiago de Extremadura_, que le recordaba

el nombre de su patria; tiempo adelante sólo prevaleció el de Santiago,

capital hoy de Chile. No se explica cómo eligió, para levantar la

ciudad, las márgenes del Mapocho a las del Maipó, cuando el primero

es afluente del segundo y cuando desde la embocadura del último hasta

Santiago hubiera podido, a poca costa, hacerse navegable. En seguida se

dotó a la nueva población de su correspondiente cabildo. Supo Valdivia

que en el Perú el joven Almagro había dado muerte a Pizarro, y también

le dijeron que el inca Manco aconsejaba a los indios del Perú, como

igualmente a los de Chile que matasen a los españoles.

El cabildo o concejo de Santiago, que desde el principio trató de

extralimitarse en sus atribuciones, acordó emancipar todo el país de

la dependencia del Perú, nombrando a Valdivia gobernador y capitán

general de Chile (1542) hasta que S. M. determinase otra cosa. Aparentó

no querer el cargo y si lo aceptó fué con la protesta ante escribano

de que lo hacía a la fuerza y por evitar mayores males. Los cronistas

no tienen inconveniente en afirmar que Valdivia se hizo nombrar a la

fuerza gobernador de la ciudad. De cualquier modo que sea, lo cierto es

que en seguida tuvo que luchar con españoles rebeldes y con los indios.

Sofocó una conjuración de los primeros, mandando ahorcar al jefe de

ellos llamado don Martín de Solier y a cuatro de los más principales; y

rechazó a los indígenas, que se atrevieron a atacar a la misma ciudad

de Santiago.

Convencidos los indios de que no tenían elementos para luchar con

los españoles, abandonaron el país, llevándose lo que pudieron y

destruyendo completamente todo lo demás. Entonces tuvieron que

ocuparse nuestros compatriotas en la reedificación de Santiago y sus

fortificaciones, en las labores agrícolas para procurarse el sustento y

en los quehaceres domésticos, no sin que de cuando en cuando tuvieran

que tomar las armas para rechazar las agresiones de los indios.

Era preciso salir de situación tan apurada. Para proveerse de socorros,

Monroy y Pedro de Miranda con cuatro soldados marcharon al Perú (enero

de 1542). Los socorros llegaron veinte meses después (septiembre

de 1543) en un buque que fondeó en Valparaíso, y a fines de año se

presentó Monroy con 60 ó 70 jinetes. Después de varias tentativas

que no dieron resultado alguno, se pudo conseguir que algunos indios

bajasen de las montañas y se dedicaran a sembrar maíz y algún trigo.

No debemos pasar en silencio, que Valdivia por entonces mandó a Pedro

Bohón con diez españoles al valle de Coquimbo, con el objeto de fundar

la ciudad de _La Serena_ y que llamó así recordando aquella en que él

había nacido. También debe registrarse que Valdivia dispuso reconocer

la costa hacia el Sur (en los barcos que poco antes vinieron los

auxilios y Monroy) a Jerónimo de Alderete, asistido de Rodrigo de

Quiroga y del escribano Juan de Cárdenas. Llegaron hasta muy cerca del

archipiélago de Chiloé, tomando a la vuelta posesión del continente

en varios puntos en nombre del rey de España y de Valdivia, pasando

en toda esta operación el mes de septiembre de 1544. Por cierto

que encontraron el país fértil, agradable y abundante en minas, al

contrario de lo que pensaron poco antes los capitanes de Almagro.

Dedicóse Valdivia con verdadero empeño a organizar la dominación

española, para cuyo objeto creyó necesario mandar a Monroy y al piloto

Pastenes al Perú para reclutar gente y adquirir recursos. Al mismo

tiempo ordenó que Antonio de Ulloa marchase a España a solicitar del

Gobierno la confirmación del mando que antes le confiriera el cabildo

de Santiago. Monroy, Pastenes y Ulloa encontraron en el Perú, como

representantes de la autoridad, al virrey Núñez Vela y a la Audiencia,

y a Gonzalo Pizarro que se hallaba al frente de poderosa insurrección.

Monroy falleció a su llegada; por lo que respecta a Pastenes y a Ulloa

olvidaron pronto las órdenes de Valdivia. Ulloa sólo pensó en suplantar

a Valdivia, tratando antes de inutilizar a Pastenes porque se oponía a

sus planes. No debieron dar resultado las intrigas de Ulloa, por cuanto

vemos que cada uno por su lado volvieron a Chile a la cabeza de algunas

fuerzas.

En 1547 los araucanos destruyeron la ciudad de La Serena que poco antes

fundó Valdivia. Reedificada posteriormente, se la denominó también

_Coquimbo_.

No había pasado mucho tiempo cuando Valdivia, habiendo anunciado

públicamente que se dirigía a España, marchó (diciembre de 1547) al

Perú. Del gobierno de Chile dejó encargado a Francisco de Villagra.

Poco antes (13 junio 1547) hubo de desembarcar en Tumbez el sacerdote

D. Pedro de la Gasca, el cual, aunque sólo llevaba el título de

presidente de la Real Audiencia del Perú, iba revestido de toda la

autoridad del Rey. Púsose Valdivia al lado de la Gasca y fué uno de los

que dirigieron la famosa batalla de Saquixaguana (18 abril 1548).

La Gasca, en nombre del Rey, instituyó a Valdivia gobernador de todo

el país comprendido desde los confines del Perú hasta el grado 41, con

la anchura de 100 leguas, autorizándole para levantar tropas y dirigir

expediciones por mar y tierra. Marchó el nuevo Gobernador al frente de

la gente que acababa de reclutar, hallándose entre los expedicionarios

algunos condenados por la justicia, los cuales cometieron por el

camino tales excesos, que Pedro de Hinojosa, general de las tropas

reales, con diez arcabuceros, recibió orden de hacer prisionero a dicho

jefe. Obedeció Valdivia y se volvió con Hinojosa, justificándose muy

cumplidamente de todos los cargos que se le hicieron. A causa de grave

enfermedad permaneció inactivo algún tiempo, saliendo luego de Arica

para Valparaíso con 200 hombres.

Durante la ausencia de Valdivia habían ocurrido sucesos de no escaso

interés en Chile. Aquel Pedro Sánchez de la Hoz, que--como en este

mismo capítulo se dijo--cedió sus derechos a la conquista del Sur

de Chile a cambio de la vida, urdió una conspiración para matar á

Villagra y apoderarse del gobierno. Descubierta la trama por una carta

que se interceptó, y que iba dirigida a varios cómplices, La Hoz fué

degollado, y un tal Juan Romero, que llevaba la citada carta, mereció

la pena de horca.

En sus relaciones con los indios tampoco podía vivir tranquilo el

valiente extremeño. En los comienzos del año 1549 se sublevaron los

de Coquimbo y Copiapó, matando 40 españoles y otros tantos caballos;

también casi arruinaron la mencionada ciudad de La Serena. Villagra

salió á castigarlos, tomando antes la precaución de coger en rehenes a

varios caciques o indios importantes de Santiago.

Cuando se andaban en todos estos sucesos, se presentó Valdivia. Dispuso

inmediatamente que Villagra marchara al Perú para dar cuenta a La

Gasca del estado de las cosas y allegar recursos; ordenó igualmente a

Francisco de Aguirre la pacificación de Coquimbo y la reedificación

de La Serena, lo cual se realizó en agosto del citado año. En su

constante afán de organizar el país, declaró a Santiago capital de

Chile, estableció allí un mercado para facilitar las transacciones de

los indios, hizo adoptar por moneda el oro sellado, castigó con la

amputación del miembro genital a los negros que violasen a las indias

y dió otras leyes también severas contra los negros por delitos menos

graves.

A últimos del año 1549 salió Valdivia, con 200 hombres, a extender la

conquista por el Sur, siendo atacado, antes de llegar al Biobio, varias

veces por los valerosos promacaes, a quienes siempre tuvo la fortuna

de rechazar. Echó los cimientos de _La Concepción_ el 5 de marzo de

1550, cerca del mar, cuya ciudad fué atacada--según los cronistas--por

unos 40.000 araucanos, y que Alderete con 90 caballos la defendió,

consiguiendo derrotar con gran carnicería a sus enemigos. Contaban los

indios--y el cuento seguramente fué cosa de los españoles--que les

habían vencido una mujer de Castilla y un viejo caballero en blanco

corcel, que se aparecieron en los aires. Como puede suponerse, la

mujer era la Virgen, a quien estaba dedicada la ciudad, y el caballero

era Santiago, patrón de España. El sistema de Valdivia para que se

sometiesen los belicosos indios, lo dice el mismo en el siguiente

documento:

Carta de Pedro de Valdivia al Emperador acerca del descubrimiento,

conquista y población de Chile (25 septiembre 1551)[192].

[192] _Colec. de doc. inéd. relativos al descubrimiento_, etc.

Tomo IV, págs. 5-69.

«Mataronse hasta mill é quinientos ó dos mill indios, y alanceáronse

otros muchos, y prendiéronse algunos, de los cuales mandé cortar

hasta docientos las manos y narices, en rebeldía, de que muchas veces

les había enviado mensajeros y hécholes los requerimientos que V. M.

manda»[193].

[193] Ibidem, pág. 53.

En su deseo Valdivia de fundar poblaciones, echó los cimientos de

la Imperial, a orillas del Cautín (1551) y las de _Valdivia_ y

_Villa-Rica_ (1552). Trasladóse en seguida á Santiago, en cuyo punto

recibió los refuerzos que le trajeron, primero Villagra y luego Miguel

de Avendaño. En tanto que hacía fundar la ciudad de los _Confines_

o de la frontera, en el valle de Angel (año de 1552) y en tanto que

disponía se diese comienzo a la de _Santa Marina de Gaeta_, en honor

de su mujer, organizaba las cuatro expediciones siguientes: una al

mando de Francisco de Aguirre, para Tucumán; dos dirigidas á los Andes

y mandadas por respectivos capitanes; y la cuarta había de ir por mar

al Estrecho de Magallanes, siendo su capitán Francisco de Ulloa. No

fijándonos en la expedición a Tucumán, porque dicha región no pertenece

al verdadero territorio de Chile, la segunda y tercera sólo sirvieron

para descubrir los respectivos pasos de la cordillera, y la cuarta

regresó desde la mitad del Estrecho.

Si por un momento reinaba la paz con los promacaes y con los

araucanos, ciertos síntomas indicaban próxima rebelión. Llegó el

día del levantamiento cuando vieron que los españoles no eran seres

sobrenaturales y manifestaban las debilidades y pasiones de la

humana naturaleza, cuando se persuadieron que no eran invencibles ni

inmortales y cuando tuvieron un capitán de ánimo fuerte y arrojado. El

capitán, gloria de su raza, se llamaba Caupolicán. Veamos cómo tuvo

comienzo aquella guerra, de la cual dice Ercilla en su _Araucana_ lo

siguiente:

Todo ha de ser batallas y asperezas,

discordia, fuego, sangre, enemistades,

odios, rencores, sañas y bravezas,

desatino, furor, temeridades,

rabias, iras, venganzas y fierezas,

muertes, destrozos, riñas, crueldades,

que al mismo Marte ya pondrán hastío,

agotando un caudal mayor que el mio.

El primer aviso de próxima rebelión lo dió (diciembre de 1553), Martín

de Ariza, que con cinco soldados guarnecía el fuerte de Tucapel,

erigido por los españoles en territorio araucano. Penetraron en el

fuerte bastantes indios--según costumbre--con cargas de forraje. En

seguida embistieron á la pequeña guarnición, que hubo de defenderse y

arrojar a los insurrectos; pero acudiendo Caupolicán con el grueso de

sus fuerzas se trabó sangrienta lucha. Quedaron heridos tres de los

nuestros y el capitán; de los araucanos murieron bastantes. Valiéndose

de la obscuridad de la noche, Ariza y los cinco soldados se retiraron

al fuerte de Puren, donde podían estar más seguros, en tanto que los

indígenas quemaban y destruían la fortaleza.

Conviene recordar que los araucanos habían cambiado de táctica en sus

combates, gracias á Lautaro, hijo de un cacique y ex-paje muy querido

de Valdivia. Dícese que Lautaro, muy adicto á la causa española, al ver

derrotados a los araucanos en una batalla y que huían delante de la

artillería de la metrópoli, se sintió avergonzado y corrió hacia sus

compatriotas decidido á conducirles á la victoria.

A vengar la derrota acaecida a los nuestros salió Valdivia de la

Concepción con 50 soldados y unos tres mil indios auxiliares camino de

Tucapel. Los españoles no hicieron caso de las palabras del yanacona

Agustinillo, que les aconsejaba no pasasen adelante y llegaron a las

ruinas del citado fuerte. Españoles y araucanos pelearon con singular

coraje, venciendo al fin el número. De los españoles y sus auxiliares

sólo se salvaron escondidos entre la maleza tres indios peruanos,

quienes llevaron la fatal noticia, uno a Diego Maldonado, gobernador

de Arauca, y los otros dos a Villagra, que estaba en la Concepción.

Ante Caupolicán, Lautaro y otros jefes fueron conducidos Valdivia,

su capellán Pozo y el fiel Agustinillo; los tres sufrieron cruel

martirio. El sitio donde murieron ha conservado el nombre de _Cerro

de Valdivia_. Desde entonces Lautaro pasó a ser jefe principal de los

suyos y Villagra sucedió a Valdivia. En lo tocante a las cualidades de

Valdivia, es preciso reconocer que en los cuatro años de su mando dió

señaladas pruebas de valiente militar y de inteligente gobernador, si

bien convienen todos en que era orgulloso, injusto y cruel.

En tanto que los araucanos celebraban la muerte de Valdivia con juegos

y danzas, en el campo español todo fué incertidumbre y confusión.

El Cabildo de Santiago tomó la determinación de confiar el gobierno

del país a Rodrigo de Quiroga, sin tener en cuenta que el valeroso

capitán había designado a Jerónimo de Alderete, a falta de Alderete

a Francisco de Aguirre, y en último término a Francisco de Villagra.

Ausentes a la sazón Alderete y Aguirre, creyó el Cabildo arreglar el

asunto disponiendo que Quiroga mandaría en la capital y sus términos, y

Villagra en el Sur. Ante la oposición de Villagra, el Ayuntamiento se

constituyó en autoridad suprema con el título de Cabildo-Gobernador.

Vino a complicar más el asunto la vuelta de Aguirre de Tucumán, quien

habiendo reclamado su derecho en La Serena, también fué proclamado

Gobernador. Era tal el desorden, que para remedio de los males se

sometió la cuestión al dictamen de un consejo de letrados, cuyo fallo

sería irrevocable, siendo los nombrados D. Antonio de las Peñas y D.

Juan Gutiérrez de Altamirano (14 octubre 1554). Insistía Villagra en su

mejor derecho y también Aguirre, resultando que el primero gobernaba

de hecho en el Sur y el segundo en el Norte. El 13 de mayo de 1555

la Audiencia de Lima dispuso que las cosas volviesen al punto en que

estaban al tiempo de la muerte de Valdivia. A pesar de que en ello

estaban conformes los dos contendientes, los ayuntamientos de las

ciudades, reunidos en Santiago por medio de representantes, acordaron

(14 de agosto) pedir por Gobernador a Villagra, lo que no se cumplió,

pues prevaleciendo la opinión de los de Santiago, se pidió a Quiroga.

Pocos meses después, esto es, en mayo de 1556, se supo que el Rey hizo

el nombramiento de Gobernador en favor de Jerónimo de Alderete, con

arreglo a la disposición testamentaria de Valdivia. Habiendo muerto

Alderete en el camino, el virrey del Perú, marqués de Cañete, nombró

Gobernador a su hijo D. García Hurtado de Mendoza, recibiéndose la real

aprobación en el año 1557.

Volviendo al asunto de la guerra, después de la muerte de Valdivia,

recordaremos que Villagra (febrero de 1554), llevando como maestre

de campo a Alonso de Reinoso, pasó el Biobio con 180 hombres y seis

falconetes. Tomando por la marina, traspuso la cuesta de Marigueñu,

que tomó el nombre de _Cuesta de Villagra_, llegando al límite entre

Andalican y la Araucania. Sobre ellos cargaron los araucanos, cada

vez más conocedores del arte de la guerra, y se apoderaron de los

pequeños cañones. Huyeron los nuestros hasta el Biobio, el que pasaron,

sirviéndose de un barco que allí estaba amarrado, y penetraron en la

Concepción, cuyos habitantes hubieron de abandonar en masa la ciudad,

siguiéndoles Villagra con su gente hasta Santiago. Los indios se

entregaron al saqueo e incendio del citado pueblo y lo mismo intentaron

hacer después en la Imperial (primeros días de abril de 1554).

Los indios se dispusieron a atacar también la ciudad de Valdivia.

Continuó la guerra con varia fortuna, hasta que un indio, amigo de los

españoles, dijo a Villagra que Lautaro había establecido su campamento

cerca de Itaca. Sorprendido el valeroso Lautaro, allí murió con todos

los araucanos, pues ninguno quiso rendirse (1557). Sólo se salvó

Guacolda, la mujer del héroe, que enamorada del citado y traidor indio,

quiso a toda costa la muerte de su marido.

Comenzó su gobierno D. García Hurtado de Mendoza llevando por consejero

al licenciado Santillana, oidor de la Chancillería de Lima, y además le

acompañaban su hermano natural Felipe de Mendoza, el insigne poeta D.

Alvaro de Ercilla y Zúñiga, Juan Ramón, Hernán Pérez, Osorio, Cáceres y

Don Miguel y Don Pedro de Avendaño,

Escobar, Juan Zufré, Cortés y Aranda,

sin mirar el peligro y riesgo extraño,

sustentan todo el peso de su banda.

También hacen efeto y mucho daño

Losada, Peña, Córdoba y Miranda,

Bernal, Lasarte, Castañeda, Ulloa,

Martín Ruiz y Juan López de Gamboa.

Con los elementos que dió a su hijo el virrey del Perú se pudo formar

un ejército expedicionario de 250 hombres, que por mar fué a Chile

en cuatro embarcaciones, anclando (a mediados de 1557) en La Serena.

Lo primero que hizo el nuevo Gobernador fué enviar al Perú á los

dos competidores Villagra y Aguirre, pudiendo desde este momento

desarrollar su política.

Mendoza destinó 100 hombres a Tucumán al mando de D. Juan Pérez de

Zurita, dispuso que la caballería se dirigiera al Sur por Santiago

con orden de recoger en dicha ciudad la gente que pudiese, y él

se hizo a la vela con los 150 hombres que le quedaban hacia la

Concepción, desembarcando en la isla de Quiriquina, situada en la

bahía de Talcahuana. Recibió después D. García un refuerzo de hombres

y pertrechos, acordando entonces construir junto a la costa un fuerte

que se llamó de Penco. En seguida se presentó una embajada de araucanos

prometiendo la paz, si eran bien tratados, aunque el objeto de

aquéllos era inspeccionar la fortaleza. Tan cierto es lo que decimos

que inmediatamente atacaron de improviso y con desesperación a Penco,

dirigidos por Caupolicán. Llevaron tremendo castigo. Sin embargo, si

desistieron de atacar la fortaleza fué porque llegaron nuevas fuerzas

de españoles. El 1.º de noviembre de 1557, D. García, a la cabeza de

600 hombres, penetró en territorio enemigo; parte de su fuerza entró

por el río Biobio, cerca de la embocadura, y parte por el mar. La

primera batalla en que D. García lució sus dotes de general se llamó de

la Lagunilla, distinguiéndose Alonso de Reinoso, Juan Ramón y Rodrigo

de Quiroga; entre los prisioneros se cogió al cacique Galvarino, a

quien D. García hizo cortar las manos y le dió libertad. Conocióse en

esta batalla que faltaba a los indios el consejo y la dirección de

Lautaro, el más ilustre de sus capitanes.

Llegó nuestro ejército al llano de Millarapué, donde Caupolicán tenía

preparada nueva sorpresa. Mandó decir el guerrero indio a D. García

que «se lo había de comer como se había comido a Valdivia.» El día

de San Andrés, santo del padre de Mendoza, se dió otra gran batalla,

que duró ocho horas, muriendo--según cuentan--4.000 araucanos y 800

fueron hechos prisioneros, de los cuales una docena de caciques

«que eran--como escribe el mismo Mendoza--los que traían la tierra

desasosegada,» merecieron ser ahorcados de los árboles. Después de esta

victoria, D. García, con el grueso de su gente se volvió a Tucapel,

ocupándose de la repoblación de Villa Rica y los Confines, y de la

reedificación de Cañete, en honor de su padre (comienzos del año 1558),

y luego levantó, en memoria de su abuelo, la plaza de _Santa Marina_

con la denominación de Osorno. Por entonces Jerónimo de Villegas

reedificó la Concepción. D. García marchó después a descubrir el Sur,

llegando a la vista del archipiélago de Chiloé (del que tomó posesión

bajo el nombre de Ancud), mereciendo cariñoso recibimiento de los

naturales. Como dato curioso habremos de notar que el poeta y soldado

D. Alonso de Ercilla, fué uno de los primeros españoles que pasaron en

una lancha a la isla de Chiloé y dejó escrita en la corteza de un árbol

la fecha de aquel día, que era el último de febrero de 1558. Envió a

Pedro del Castillo al otro lado de los Andes a fundar la ciudad de

_Mendoza_, perpetuando de este modo su apellido. A últimos de 1557,

mandó una expedición a reconocer las costas y límites por el Sur. Su

política generosa y de atracción no fué estimada por Caupolicán, quien

buscaba siempre ocasión para caer sobre los españoles cuando éstos se

hallaban más confiados. Los soldados no debían dejar las armas de la

mano, pues como dice Ercilla hablando de sí mismo:

...armado siempre y siempre su ordenanza,

la pluma ora en la mano, ora la lanza.

El caudillo Caupolicán, que vagaba oculto por el país, fué delatado por

uno de los suyos y cogido por Pedro de Avendaño. Juzgado y condenado

a muerte, la sufrió siendo empalado y asaetado ante muchedumbre de

indios. Refiere la leyenda que Caupolicán fué hecho prisionero con

otros indios. Los españoles no le reconocieron, ni los indígenas dieron

a conocer su nombre. Cuando los nuestros--y la novela ha sustituído a

la historia--llevaban los presos a Cañete, divisaron una india que,

con un guagua (niño de teta) en los brazos, corría a internarse en un

bosque vecino. Corrieron tras ella y la trajeron donde se hallaban los

demás indios. Aquella mujer fijóse en uno, le llamó por su nombre,

Caupolicán; le increpó su cobardía por no haberse hecho matar antes que

rendirse, y furiosa arrojó al niño, diciendo: _¡no quiero ser madre del

hijo de ese infame!_ Llamábase Fresia, mujer de Caupolicán.

Todavía intentaron los indígenas continuar la lucha, mas ya no era

posible. Entonces, por mediación de Colocolo, se ajustó la paz y Chile

se consideró enteramente sometido.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 27 / 141 题