CONQUISTA DEL PERÚ (CONTINUACIÓN) Y DE BOLIVIA (ALTO PERÚ).--GUERRA
ENTRE ALMAGRO Y LOS PIZARROS: ACCIÓN DE ABANCAY.--SENTENCIA DEL
P. BOBADILLA.--GUERRA CIVIL: BATALLA DE SALINAS.--EJECUCIÓN DE
ALMAGRO.--PRISIÓN DE HERNANDO PIZARRO.--VACA DE CASTRO.--EXPEDICIÓN
DE GONZALO PIZARRO POR EL AMAZONAS.--MUERTE DE FRANCISCO
PIZARRO.--VACA DE CASTRO EN QUITO.--SEGUNDA GUERRA CIVIL.--BATALLA
DE CHUPAS.--EJECUCIÓN DEL JOVEN ALMAGRO.--POLÍTICA DE VACA DE
CASTRO.--DISGUSTO GENERAL EN EL PAÍS.--CONQUISTA DE BOLIVIA (ALTO
PERÚ).--BOLIVIA BAJO LA DOMINACIÓN DE ESPAÑA.--DIEGO DE ALMAGRO EN
COLLASUYO.--LUCHAS DE GONZALO PIZARRO CON LOS INDIOS.--FUNDACIÓN DE
CHUQUISACA.--GONZALO PIZARRO DESOBEDECE AL EMPERADOR.--FUNDACIÓN DE
LA PAZ.--ESCUDO DE ARMAS QUE CARLOS V CONCEDIÓ A CHRISTOBAL TOPA
INGA.--CONQUISTA DEL PAÍS DE LOS CHIQUITOS POR LOS ESPAÑOLES.--LOS
MISIONEROS.
Procede tratar de la guerra entre los dos conquistadores del Perú.
Entre los Pizarros y los Almagros el odio era mayor de día en día. A
tal punto llegaron las cosas, que el 8 de Abril de 1537, aprovechándose
Almagro de la obscuridad de la noche, entró en la plaza del Cuzco, se
apoderó de la iglesia principal, estableció fuertes avanzadas para
evitar una sorpresa y despachó a su fiel amigo y valiente Orgóñez a
forzar el alojamiento de Hernando Pizarro. Dueño Almagro del Cuzco,
hizo prisioneros a los Pizarros (Hernando y Gonzalo). Nombró gobernador
a Gabriel de Rojas y el ayuntamiento, convencido de la validez de las
pretensiones de Almagro, reconoció sus derechos a la posesión de la
ciudad. Conocimiento tenía la Corona de la enemiga de los dos valerosos
capitanes, cuando, con fecha 31 de mayo de 1537, encomendó al Padre
Fray Tomás de Berlanga, obispo de Tierra Firme, llamada Castilla del
Oro, que mediase en el asunto, señalando los límites de la gobernación
lo mismo de Pizarro que de Almagro[160]. No sólo Pizarro y Almagro,
sino los parientes y amigos del uno y del otro se habían declarado
guerra mortal. Es tan cierto lo que decimos, que el primer acto de
Almagro en Cuzco, fué enviar un mensaje a Alonso de Alvarado, que
estaba acampado con unos 500 hombres de infantería y caballería en
Xauxa, exigiéndole obediencia; mas el mencionado capitán puso presos a
los emisarios y dió aviso de todo lo que pasaba al gobernador de Lima.
[160] Véase Comisión conferida al obispo D. F. Tomás de
Berlanga para demarcar las gobernaciones de Pizarro y Almagro.
_Libro primero de Cabildos de Lima._ Parte 3.ª, págs. 167 y
168.--1888.
Antes de salir Almagro contra Alvarado, oyó los consejos de Orgóñez
que consistían en decirle que cortase la cabeza a los Pizarros y le
recordaba el proverbio español de que _el muerto no muerde_. No se
atrevió a ello el Mariscal, ya porque repugnase a su carácter medida
tan violenta, ya porque todavía conservaba algún afecto á su antiguo
socio Francisco Pizarro. Contentóse con ponerles presos en uno de los
edificios pertenecientes a la casa del Sol, en tanto que él marchaba a
castigar a Alvarado. En las márgenes del _río de Albancay_ se dió la
batalla el 12 de julio de 1537. Si Orgóñez defendió admirablemente la
bandera de su jefe, Pedro de Lerma le hizo traición, pasándose al campo
enemigo. Alvarado, no sabiendo de quién fiarse, hubo de rendirse con
los que le habían permanecido fieles. La victoria de Almagro no pudo
ser mayor a menos costa.
Mientras que ocurrían tales sucesos, Francisco Pizarro continuaba en
Lima, esperando refuerzos para marchar en auxilio del Cuzco. Entre
otros vino con 250 hombres el licenciado D. Gaspar de Espinosa, aquel
amigo del sacerdote Luque, cuyo dinero--no sabemos si era del uno ó
del otro--se empleó en la conquista del Perú. Había dejado Espinosa su
residencia de Panamá, para venir a reanimar las fuerzas decaídas de sus
antiguos amigos. También Hernán Cortés, el conquistador de México, en
la hora del peligro acudía a prestar su generoso concurso á su pariente
y amigo. Al frente de 450 hombres, la mitad de caballería, emprendió
el gobernador de Lima su marcha hacia la capital de los incas. A poco
de salir de Lima supo la vuelta de Almagro, la toma de Cuzco con la
prisión de sus hermanos, la derrota y la entrega de Alvarado. Volvió
a Lima y la puso en estado de defensa. Entonces fué cuando el cabildo
de dicha ciudad (22 septiembre 1537), presidido por Francisco Pizarro,
acordó lo que sigue: «En este día los dichos señores dixeron que por
quanto el Adelantado D. Diego de Almagro vino a la cibdad del Cuzco
y está en ella por fuerza e aprendió al capitán Hernando Pizarro e a
Gonzalo Pizarro su hermano, e se hicyeron en la dicha cibdad por las
gentes del dicho Adelantado muchas fuerzas e Robos e malos tratamyentos
a los vezinos e así mysmo Aino sobre el capitan Alonso de Alvarado e
los desbarató y tomó su gente e agora tienen nueva que viene camyno
desta cibdad, e porque convyene que de todo esto su magestad sea
ynformado, que mandaban quel procurador desta cibdad haga ynformazion
de todo ello ante los dichos señores alcaldes e que asy mysmo pedía se
escriba para que su majestad sea de todo ynformado e asy dixeron que lo
mandaban e mandaron.»[161]
[161] _Libro Primero de Cabildos de Lima._ Parte primera,
págs. 152 y 153. 1888.
Francisco Pizarro, sin embargo de que se preparaba a la guerra, se
dispuso a entrar en negociaciones con su enemigo, y, al efecto, mandó
una embajada al Cuzco, a cuya cabeza puso al licenciado Espinosa.
Orgulloso por demás se presentó Almagro, atreviéndose a decir que no
sólo aspiraba a la posesión del Cuzco, sino a la de la misma Lima como
parte de su jurisdicción. No es de extrañar que el Licenciado repitiese
entonces el siguiente proverbio castellano: _el vencido vencido y el
vencedor perdido_. Cuando todavía se esperaba resolución satisfactoria,
dado el carácter bondadoso de Espinosa, murió repentinamente este
hombre ilustre, digno por todos conceptos de figurar entre los mejores
de aquellos tiempos.
Almagro, no pensando ya en negociaciones de ninguna clase, concibió
la idea de fundar una ciudad, a la que daría su propio nombre, en
el valle de Chincha. Antes, para no dejar expuesto el Cuzco a las
molestias del inca Manco, envió a Orgóñez a Tambo, retirándose entonces
el monarca indio a las montañas de los Andes. Parece cierto que
Orgóñez, antes de salir a campaña, volvió a insistir con Almagro para
que mandase dar muerte a los Pizarros. Vino a sacarle de la duda en
que se hallaba la opinión del mariscal Diego de Alvarado, hermano de
aquel don Pedro, tan famoso en la guerra de México bajo las órdenes
de Cortés, y tan poco afortunado después en su expedición a Quito. El
tal Don Diego de Alvarado gozaba de mucho ascendiente sobre su jefe.
Parece ser--y los cronistas están conformes en este punto--que Don
Diego visitaba con frecuencia a Hernando Pizarro en su prisión, donde
se entretenían en el juego más de lo justo. Sucedió que a Alvarado le
persiguió de tal modo la fortuna, que hubo de perder la enorme suma
de ochenta mil castellanos de oro; pero cuando llegó el momento de
pagar, Hernando Pizarro se negó decididamente a recibir el dinero.
Alvarado correspondió a tanta generosidad oponiéndose con toda energía
a los consejos de Orgóñez, pues dijo a Almagro que si mandaba matar a
Hernando Pizarro se disgustaría el ejército y lo miraría mal la corte.
Cedió el Mariscal a los consejos de Alvarado, terminando Orgóñez asunto
tan enojoso con estas palabras: «Un Pizarro jamás perdona una injuria,
y la que éstos han recibido de Almagro es demasiado grave para que la
perdonen.»
El Mariscal, después de encargar que Gonzalo Pizarro y los demás
presos fuesen guardados estrechamente, llevando consigo a Hernando,
bajó la costa y se detuvo en el valle de Chincha, donde echó los
cimientos de nueva población. Recibió, cuando estaba ocupado en estas
cosas, la noticia de que Gonzalo Pizarro, Alonso de Alvarado y otros
presos, habían sobornado a sus guardias, logrando fugarse y llegar al
campo del Marqués.
Volvieron los tratos entre los ambiciosos rivales (Francisco Pizarro
y Diego de Almagro), acordando someter la disputa a Fray Francisco de
Bobadilla, religioso mercenario, residente en Lima y hombre que gozaba
de mucho prestigio por su amor a la justicia. Orgóñez expresó que no
tenía confianza en la imparcialidad del fraile. Ya encargado Bobadilla
de tan delicada misión, celebróse por los dos jefes (13 noviembre
1537) una conferencia en Mala. Refieren los cronistas que Almagro,
quitándose el sombrero, se adelantó a saludar a Pizarro, quien, sin
contestarle apenas al saludo, le preguntó, con cierta altivez, porqué
había invadido su ciudad del Cuzco y aprisionado a sus hermanos.
Contestó el Mariscal en el mismo tono, convirtiéndose la discusión en
reñida disputa. De pronto--habiendo entendido por las señas de uno de
los presentes, que se tramaba una traición--salió de la estancia, montó
a caballo y se volvió a galope a sus cuarteles de Chincha[162]. El
Padre Bobadilla, sin cuidarse del inesperado rompimiento de los jefes,
dió su sentencia, diciendo que se mandase un buque, «en el cual vayan
dos pilotos, de cada parte, é un escribano de cada parte, é una ó dos
personas que conozcan el dicho pueblo de Santiago» y tomen fielmente la
altura de dicha población. Manda que se entregue a Francisco Pizarro
la ciudad del Cuzco y se pongan en libertad los presos hechos en ella.
Añadía que hubiera paz entre los dos. Estas eran las principales
disposiciones de la sentencia[163].
[162] Pedro Pizarro y otros escritores creen que Gonzalo
Pizarro, con fuerzas considerables, quiso apoderarse del
Mariscal, y no realizó su proyecto porque se opuso a ello el
Gobernador. _Descubrimiento e Conquista_, M. S.
[163] _Libro primero de Cabildos de Lima._ Parte tercera.
Págs. 174-178.--1888.
La sentencia dada por el P. Provincial Francisco de Bobadilla, debió
agradar a Francisco Pizarro, disgustando, en cambio, a Diego de
Almagro. Decían generalmente y en público los partidarios del Mariscal
que el fraile estaba vendido al Gobernador; Espinall, tesorero de
Almagro, se atrevió a escribir que el fraile probó con este fallo
que era un verdadero demonio[164] y Oviedo cita las palabras de un
caballero, las cuales eran que «no se había pronunciado sentencia tan
injusta desde los tiempos de Poncio Pilatos»[165].
[164] _Carta al Emperador_, M. S.
[165] _Hist. de las Indias_, parte III, libro VIII, cap. XXI,
M. S.
Los soldados, obedientes a las indicaciones de Orgóñez, pidieron la
cabeza de Hernando Pizarro, y, como siempre, Alvarado salió a su
defensa y logró libertarle de la soldadesca. Comprendiendo Francisco
Pizarro que la vida de su hermano Hernando estaba en peligro, se
decidió a hacer toda clase de concesiones. Después de algunos tratos,
se dió otra sentencia, lográndose con ella calmar a los descontentos
del partido de Almagro: consistía en que hasta la llegada de
instrucciones definitivas de Castilla continuaría en poder de Almagro
la ciudad del Cuzco y su territorio, y que Hernando Pizarro recobraría
su libertad con la condición de salir para España y presentarse a
S. M. o ante el Presidente e oidores del Real Consejo en el término
de seis meses[166], dejando como fianza 50.000 pesos de oro[167].
Refieren algunos historiadores que cuando supo Orgóñez con exactitud
los artículos del convenio hizo lo siguiente: «I tomando la barba con
la mano izquierda, con la derecha hizo señal de cortarse la cabeza
diciendo: _Orgóñez, Orgóñez, por el amistad de D. Diego de Almagro
te han de cortar ésta_»[168]. En cambio, Almagro estaba satisfecho.
Visitó en persona a Hernando Pizarro y le anunció que se hallaba en
libertad, luego le convidó a comer, y, por último, Diego de Almagro,
hijo del Mariscal, y otros oficiales le acompañaron hasta el campo del
Gobernador, que se había trasladado a la población de Mala.
[166] No seis semanas, como escribe Prescott. _Descubrimiento
y conquista del Perú_, tomo II, página 94.
[167] _Libro primero de Cabildos de Lima._ Parte tercera, pág.
183.--1888.
[168] Herrera, _Hist. General_, Dec. VI, lib. III, cap. IX.
Cuando Francisco Pizarro vió en su cuartel de Mala a su hermano
Hernando, olvidó todos sus compromisos para recordar sólo los agravios
recibidos de Almagro. Aunque intentó Hernando--según dicen--cumplir sus
promesas, tuvo que ceder a las órdenes del Gobernador, el cual estaba
decidido a vencer o morir en la contienda. Y poniendo manos a la obra,
avisó al Mariscal para que abandonase el Cuzco inmediatamente y se
retirara a su territorio.
Recibió Almagro la noticia cuando se hallaba aquejado de grave
enfermedad. Encargó a Orgóñez la dirección de los negocios; mas
la fortuna se iba a mostrar esquiva lo mismo al Mariscal que a su
teniente. Habiendo recobrado Almagro un poco la salud, pudo llegar
a mediados de abril de 1538 al Cuzco. Quiso, en vez de lanzarse a
la guerra, negociar la paz. Orgóñez hubo entonces de decirle: «Es
demasiado tarde; habéis dado libertad a Hernando Pizarro, y ya no os
queda otro remedio que pelear.» Prevaleció la opinión de Orgóñez,
quien, poniéndose al frente de las tropas, salió del Cuzco y tomó
posición en las _Salinas_, a menos de una legua de la capital. Tenía
unos 500 hombres, más de la mitad de caballería. No se explica que
eligiese un terreno escabroso cuando su verdadera fuerza estaba en
la caballería; observación que le hicieron sus oficiales y que él se
negó a atender. Apareció Hernando Pizarro a la cabeza de su ejército
y sentó sus reales cerca de su enemigo. El 26 de abril--no el 6 como
dice Garcilaso--de 1538, Hernando Pizarro lanzó a la pelea sus 700
hombres. Si su caballería era inferior a la de Orgóñez, su infantería,
en cambio, llevaba mejores armas. La caballería la dividió en dos
cuerpos: uno a las órdenes de Alonso de Alvarado y otro a las suyas.
La infantería tenía por jefe a su hermano Gonzalo, sostenido por Pedro
de Valdivia, el futuro héroe de Arauco. Después de la misa y de una
breve alocución de Hernando Pizarro, Gonzalo atravesó un riachuelo que
separaba ambos ejércitos, no sin que la artillería de Orgóñez causara
algún desorden en las primeras filas; mas Pedro de Valdivia, amenazando
a unos y animando a otros, consiguió seguir adelante y apoderarse
de pequeña eminencia, desde la cual causó grandes molestias a los
alabarderos y a la caballería de Orgóñez. Hernando, al mismo tiempo,
al frente de sus escuadrones, pasó el río y cargó sobre la caballería
de Orgóñez. El choque fué terrible. Los unos al grito de _el Rey y
Pizarro_, y los otros al de _el Rey y Almagro_, pelearon como fieras.
Sobre todos descollaba Orgóñez, cuyas proezas--como dice Prescott--son
dignas de un paladín de romance. Recibió una herida de bala de arcabuz
que, penetrando por la visera, le hirió en la frente, privándole por
un momento de sentido. Le mataron el caballo, y habiendo vuelto en sí,
logró desembarazarse de los estribos, no pudiendo escapar acosado por
multitud de enemigos. Entonces preguntó si entre los que le rodeaban
había algún caballero a quien rendirse. Se presentó como tal un soldado
llamado Fuentes, criado de Pizarro, a quien Orgóñez le entregó la
espada; pero el miserable sacó su daga y la hundió en el corazón de uno
de los capitanes más insignes que han ido de España al Nuevo Mundo. El
desaliento cundió en las filas de los almagristas, que huyeron a toda
prisa al Cuzco.
Almagro, que desde una altura inmediata miraba la batalla, pudo montar
en una mula y buscar asilo en la fortaleza. De allí le sacaron, y
cargado de hierros, se le encerró en el mismo edificio en que habían
estado los Pizarros. Diego, el hijo de Almagro, fué separado de su
padre, y Hernando le mandó al lado de su hermano el Gobernador. Formóse
causa al Mariscal, que se terminó el 8 de julio de 1538. Fué condenado
a muerte como traidor, debiéndosele cortar la cabeza en la plaza
pública. Rogó a Hernando «que perdonase sus canas y no privase de la
poca vida que le quedaba a un hombre de quien nada tenía ya que temer.»
No hizo caso de las lágrimas de Almagro, terminando Hernando Pizarro
con las siguientes palabras: «I que pues tuvo tanta gracia de Dios que
le hizo christiano, ordenase su alma i temiese á Dios»[169].
[169] Herrera, ob. cit., _Década VI_, lib. V, cap. I.
Nombró Almagro sucesor--pues a ello estaba autorizado por real
concesión--a su hijo, y durante la menor edad de éste, designó
administrador del territorio a Diego de Alvarado, persona en quien
tenía gran confianza. De todas sus propiedades y posesiones en el Perú,
dejó por heredero al Emperador.
Diego de Alvarado, el tesorero Espinall y otros que a la sazón estaban
en el Cuzco, se presentaron a Hernando Pizarro rogándole que perdonase
la vida a Almagro; y hasta el obispo Valverde llegó a Lima a pedir
gracia en favor del ilustre prisionero[170]. Todo fué en vano. No
comprendían muchos cómo un hombre investido de autoridad provisional se
atrevía a condenar a muerte--dado que el tribunal que le condenó era
fiel ejecutor de las órdenes de Pizarro--al más bueno de los primeros
conquistadores de América. Adorábanle sus soldados y le respetaban
los mismos de Pizarro. Los indios declaraban que entre los blancos no
habían tenido mejor amigo que él, y eso que una vez--como en anterior
capítulo hicimos notar--cometió un acto cruel con los indígenas. El
héroe de cien batallas sufrió la pena de garrote en su prisión y su
cadáver fué llevado a la plaza, donde, en cumplimiento de la sentencia,
se le separó la cabeza del cuerpo. Inmediatamente los restos mortales
fueron trasladados a la casa de Hernán Ponce de León, uno de los que
habían sido amigos suyos, y al día siguiente se condujeron a la iglesia
de Nuestra Señora de la Merced. Tenía en la época de su muerte unos
setenta años de edad.
[170] Fray Vicente de Valverde, nombrado obispo del Cuzco,
presentó las bulas y reales cédulas referentes a su episcopado
al Cabildo de Lima, presidido por Francisco Pizarro, el 2
de abril de 1538. También presentó «una provisión del señor
arzobispo de Sevilla en que le comete que sea inquisidor
destas partes». _Libro primero de Cabildos de Lima_, parte
primera, p. 181, 1888.
¡Qué hombres tan feroces! El marqués Francisco Pizarro, al mismo tiempo
que decía al joven Almagro «que no tuviese ninguna pena, porque no
consentiría que su padre fuese muerto»[171] y al mismo tiempo que decía
también al obispo Valverde que «perdiese cuidado, que bolvería á tener
el antigua amistad con él (Almagro)»[172], cuando ocurrían tales cosas,
á un mensaje de Hernando, consultándole sobre lo que debía hacerse con
el preso, hubo de contestar «que hiciese de manera que el Adelantado no
los pusiese en más alborotos»[173].
[171] Herrera, _Historia general, Década VI_, lib. VI, cap.
III.
[172] Ibidem, cap. IX.
[173] Ibidem, cap. VII.
Aunque algunos cronistas hayan indicado la inocencia de Francisco
Pizarro, la historia le hace responsable en primer término de la muerte
de Almagro. De su interior satisfacción dió pruebas en seguida. «En
este medio tiempo vino á la dicha cibdad del Cuzco el governador D.
Francisco Pizarro, el qual entró con trompetas i chirimias vestido
con ropas de martas, que fué el luto con que entró»[174]. Asperamente
contestó a Diego de Alvarado, cuando, en nombre del joven Almagro, le
pidió las provincias asignadas al Mariscal por la Corona. Al paso que
trataba con manifiesto desprecio a los partidarios de Almagro, a manos
llenas daba riquezas y repartía territorios a los que le habían ayudado
para conseguir el triunfo.
[174] _Carta de Espinall_, M. S.
Ya era tiempo de pensar cómo mirarían en Castilla todas estas cosas.
Desde la ejecución de Almagro había pasado cerca de un año. Diego
de Alvarado y otros amigos del Mariscal se agitaban en la corte
sosteniendo las reclamaciones del joven Almagro y pidiendo reparación
de los agravios hechos al ajusticiado en Cuzco. Noticiosos los Pizarros
de tales hechos, embarcóse Hernando para España en el verano de
1539, no sin aconsejar a su hermano que se guardase de los soldados
de Almagro[175]. Mal hizo--como después veremos--el Gobernador en
no atender aquellos prudentes consejos. Llegó Hernando a las playas
españolas, marchando inmediatamente a Valladolid, donde entonces
se hallaba la corte. Aunque se encontró con Diego de Alvarado, más
decidido cada día a vengarse de la muerte de su general, Hernando venía
cargado de riquezas, las cuales constituían el argumento más poderoso
de su defensa. Ganoso el leal Alvarado de terminar pronto el asunto,
hubo de citar a singular combate a Hernando Pizarro; pero la muerte
repentina de aquél, _no sin sospecha de veneno_, según la frase de
Herrera, dió fin a la contienda. No cesaron las acusaciones contra
Pizarro y como resultado de ellas fué encarcelado en el castillo de
Medina del Campo (Valladolid), donde estuvo por espacio de veinte años
y donde recibió las tristes noticias del fallecimiento de sus hermanos
y de sus amigos. Se le concedió la libertad cuando ya era viejo y
achacoso, muriendo a la edad de cien años.
[175] A la sazón, «noticioso el Rey (Carlos I) de la grande
escasez de ella (leña) que havia en las Provincias del Perú,
especialmente en los llanos, y que si no se acudiesse,
vendría á ser inhabitable aquella tierra Mandó al Gobernador
dispusiesse que los que tuviessen Indios encomendados,
plantassen dentro de breve término, y en los Lugares mas
convenientes, Arboles, y saaces, segun la calidad de la tierra
y los Indios que cada uno tuviesse, procurando sobre todo que
estos no fuessen en ello maltratados.» Ced. de 22 de noviembre
de 1539.--Vid. tomo 9 de ellas, folio 140 b.º, núm. 257[175a].
[175a] Archivo histórico nacional.--_Cedulario indico de
Ayala_, letra L, núm. 10.
Reinaba espantoso desorden en el Perú. El Marqués, confiado en su
fortuna, se mostraba orgulloso y a veces imprudente. No respetaba los
derechos del español, ni los del indio. La ley era su capricho. El
gobierno de Castilla, aunque no queriendo disgustarle, comprendió que
era preciso poner coto a tantas demasías. Con este objeto se eligió
comisionado regio al licenciado Vaca de Castro, magistrado de la Real
Chancillería de Valladolid, juez instruído, íntegro y prudente, y
hombre que tenía gran conocimiento del mundo. Dejó su residencia de
Valladolid y se embarcó en Sevilla (otoño de 1540), llegando a América
después de un viaje penoso y asaz largo.
Entre tanto, cansado Pizarro de la lucha sostenida con el inca Manco,
que a la sazón residía entre el Cuzco y la costa, le envió un mensaje
invitándole a entrar en tratos; mas no fué posible que se entendieran
por las suspicacias de ambos.
Se ocupó--y esto enaltece el nombre del Gobernador--en echar los
cimientos de ciudades (_Guamanga_, _La Plata_ y _Arequipa_); fomentó
la industria, especialmente la minera; y mandó a Pedro de Valdivia a
la memorable expedición de Chile, y a su hermano Gonzalo le señaló el
territorio de Quito con órdenes de explorar las comarcas desconocidas
del Este, en las cuales--según se decía--abundaba el árbol de la canela.
En los comienzos del año 1540 salió Gonzalo llevando 200 infantes,
150 caballos y 4.000 indios. Atravesó la tierra de los incas, entró
en el territorio de Quixos, cruzó la barrera de los Andes sufriendo
terribles fríos, calor sofocante y fuertes aguaceros y estuvo en el
país de la canela. Extenuados por el hambre y para saciar en parte su
apetito, hubieron de matar los muchos perros que destinados a cazar
indios sacaron de Quito. Tuvieron inmensa alegría al ver al Napo, uno
de los grandes ríos tributarios del de las Amazonas, caminaron por sus
márgenes hasta llegar a magnífica y soberbia catarata, cruzaron el
río por un puente que ellos hicieron, viéronse obligados a comer las
correas y el cuero de las sillas de los caballos, e hicieron un barco
que Gonzalo confió a Francisco de Orellana, caballero de Trujillo.
Gonzalo resolvió hacer alto en el sitio donde se hallaba, en tanto
que Orellana salía con el bergantín para proporcionar provisiones al
ejército. Viendo Gonzalo que pasaban semanas y semanas sin recibir
noticias de Orellana, determinó pasar adelante. A los dos meses de
viaje, después de recorrer unas 200 leguas, llegó al punto donde el
Napo desemboca en el Amazonas, sin haber encontrado a sus compañeros.
Cuando les creía muertos, encontró casi perdido y desnudo en medio de
los bosques a Sánchez de Vargas, caballero de ilustre linaje. Dijo
Sánchez de Vargas que el barco, impelido por la rápida corriente,
había recorrido en tres días lo que Gonzalo y su gente habían tardado
dos meses. No pudiendo Orellana volverse atrás, teniendo que luchar
contra la corriente y pensando que el viaje por tierra tenía no menos
peligros, se decidió lanzar el barco al río de las Amazonas, bajar
hasta su desembocadura, salir al grande Océano, pasar a las islas
inmediatas y volver a España, reclamando la gloria del descubrimiento.
Prometíase en este viaje visitar los pueblos que--según los indios--se
hallaban en las márgenes del Amazonas. Aceptaron la idea de Orellana
sus compañeros, oponiéndose sólo Sánchez de Vargas; oposición que la
castigó el jefe, dejándole abandonado en aquellas desoladas regiones.
En tanto que Orellana realizaba una de las expediciones más famosas, si
no la más famosa, que registra la historia de los descubrimientos[176],
Gonzalo Pizarro, después de recordar a los suyos la constancia que
habían manifestado al recorrer las 400 leguas desde Quito al punto
en que se hallaban, les dijo que no quedaba otro remedio que volver
a la citada capital. Los soldados mostraron gran confianza en su
jefe y comenzaron su marcha retrógrada hacia Quito. En los últimos
días de junio de 1542, después de un año de horribles padecimientos,
divisaron con inmensa alegría las elevadas llanuras que se extienden
a las inmediaciones de la citada ciudad, pudiendo al fin abrazar a
sus mujeres e hijos, «pues hombres humanos no se hallan haver tanto
sufrido, ni padecido tantas desventuras»[177].
[176] De ella se trató en el tomo I, capítulo XXIX de esta
obra.
[177] Herrera, _Hist. general, Década VII_, libro III, cap.
XIV.
Veamos lo que había sucedido en el Perú durante la ausencia de Gonzalo
Pizarro. Recordaremos que cuando Hernando Pizarro volvió a España,
su hermano Francisco se dirigió a Lima, donde continuó ocupándose en
hermosear su querida ciudad. Privó el Gobernador al joven Almagro
de sus indios y tierras; redujo a la miseria a los partidarios del
Mariscal, _a los de Chile_, como les continuaban llamando. Por demás
confiado el Marqués, no vió la nube que se cernía sobre su cabeza.
Cuando le hablaban de conjuraciones de sus enemigos, se contentaba
con decir: _¡Pobres diablos! ¡Bastante desgracia tienen! No les
molestaremos más!_
Estaba en un error el Marqués. Los enemigos eran hombres valientes
y decididos. Confiaban en que Vaca de Castro, nombrado--como
sabemos--comisionado regio, les haría justicia. Al saber que nada se
sabía de su llegada, se decidieron a tomarse la justicia por su mano.
Designaron el domingo 26 de junio de 1541 para asesinar a Francisco
Pizarro. Eran los conjurados 18 o 20; debían reunirse en la casa de
Almagro, situada en la plaza mayor y cerca de la catedral. Cuando
el Gobernador saliese de oir misa, ellos abandonarían dicha casa
y le asesinarían, acudiendo los demás conjurados a auxiliar a los
encargados inmediatamente de la ejecución del hecho. Una bandera
blanca, desplegada desde alta ventana de la casa de Almagro, sería la
señal para que los segundos conjurados se presentasen en la plaza,
que era el sitio destinado para cometer el crimen. El jefe de los
conjurados se llamaba Juan de Herrada o Rada, que de soldado había
llegado a los más altos puestos del ejército, ciego partidario del
Mariscal y a la sazón del hijo. Uno de los conspiradores, sintiendo
remordimientos de conciencia por su participación en el crimen, reveló
todo el plan a su confesor, quien comunicó la noticia a Picado,
secretario de Pizarro, llegando inmediatamente a oidos del Gobernador.
La respuesta del Gobernador fué: «Ese clérigo, obispado quiere»[178].
[178] Pedro Pizarro, _Descub. y Conq._, M. S.
Reunidos en el día señalado los conjurados en casa de Almagro, supieron
que el Marqués no había salido a misa por estar enfermo. Creyendo que
la conjuración estaba descubierta, resueltos a jugar el todo por el
todo, Rada, seguido de los demás, salió a la calle gritando: _¡Viva el
Rey! ¡Muera el tirano!_, y, dirigiéndose al palacio del Marqués, en
ocasión que estaba comiendo, pasó la primera puerta que estaba abierta
y entró en el primer patio, llegando a la segunda puerta. En tanto que
Pizarro y su hermano Alcántara se ponían las armaduras, aquél mandó a
su oficial Francisco de Chaves que cerrase la segunda puerta, encargo
que no cumplió, intentando entrar en tratos con los revolucionarios.
Cortaron el debate los de Chile matando a Chaves y arrojando el cuerpo
por la escalera. Locos de furia penetraron en lo interior gritando:
_¿Dónde está el Marqués? ¡Muera el tirano!_ Si intentó Martínez de
Alcántara, con otros pocos, cerrarles el paso, tuvieron que ceder al
mayor número. Cuando Alcántara cayó mal herido al suelo, Pizarro, con
la capa al brazo y con la espada en la mano, se precipitó como furioso
león sobre sus enemigos, repartiendo mandobles a derecha y a izquierda
y por de frente, no sin exclamar: _¡Cómo!, traidores, ¿habéis venido
á matarme á mi propia casa?_ Los conjurados, a grandes empujones,
echaron sobre el Marqués a uno de sus compañeros, llamado Narváez,
diciendo: _¿Qué tardanza es ésta? Acabemos con el tirano._ Mientras
Pizarro y los suyos herían a Narváez, los conjurados cayeron sobre
el valeroso Marqués, quien cayó al suelo, pronunciando el nombre de
Jesucristo, «y caído, Juan Rodríguez Borregán, con un alcarraz lleno de
agua, le dió tan gran golpe en el rostro, que se le quebrantó con él,
con que espiró en edad de sesenta y tres años»[179]. También murieron
Francisco Martínez de Alcántara y los dos pajes, Escandón y Vargas.
«Fuera señalado capitán--añade Herrera--si á la postre no se perdiera
con el ambicion, y escureciera sus hechos con la muerte de su amigo y
compañero Don Diego de Almagro, en que mostró mucha ingratitud...»[180].
[179] Herrera, _Década VI_, lib. X, cap. VI.
[180] Ob. cit.
Inmediatamente los conjurados salieron corriendo a la calle, con las
armas en la mano y dando gritos de: _Ya es muerto el tirano. Las
leyes están restablecidas. ¡Viva el Rey nuestro Señor y su gobernador
Almagro!_ Unos 300 se unieron a la bandera de Rada. El secretario
Picado se refugió en casa del tesorero Riquelme, y allí fueron algunos
de Chile. Escribe Herrera que Riquelme decía: «_No sé adonde está el
señor Picado_, y con los ojos le mostraba y le hallaron debajo de la
cama»[181]. A saco fueron entradas las casas de Pizarro y de Picado.
Reconoció el ayuntamiento la autoridad de Almagro, el cual recorrió las
calles a caballo, siendo proclamado gobernador y capitán general del
Perú. Los restos de Pizarro se colocaron en un rincón de la Catedral;
posteriormente fueron trasladados bajo un monumento que se levantó en
sitio preferente de dicha iglesia, y el 1607 se llevaron a la nueva
Catedral para que reposasen al lado de los de Mendoza, el muy digno
virrey del Perú. Pizarro permaneció soltero. De una hija de Atahuallpa
y nieta del gran Huayna Capac tuvo una hija y un hijo. Después de
la muerte del Marqués, su amiga casó con un caballero español, y el
matrimonio se trasladó a España. El hijo no llegó a la edad viril, y
la hija casó con su tío Hernando, preso a la sazón en Medina. Reinando
Felipe IV se restableció el título en favor de D. Juan Hernando
Pizarro, pues en atención a los servicios de su antecesor fué creado
_marqués de la Conquista_, recibiendo también considerable pensión del
gobierno. El conquistador del Perú no aprendió a leer ni a escribir. No
era aficionado al lujo, sobrio en la comida y bebida, laborioso, poco
amigo de atesorar riquezas; sólo le dominaba el vicio del juego. Hombre
de valor a toda prueba, exponía frecuentemente su vida. El peligro a
que se expuso Pizarro al hacer prisionero a Atahuallpa fué mayor que el
de Hernán Cortés cuando se apoderó de la persona de Moctezuma. Mostró
su perfidia con el tratamiento que dió a Atahuallpa y luego a Manco,
como también con la conducta que siguió con Almagro. Ni el conquistador
de México ni el del Perú fueron hombres políticos; menos el último que
el primero. Más religioso Cortés que Pizarro, aquél dió a su expedición
el carácter de cruzada.
[181] Ibidem., _Déc. VI_, lib. X. cap. VII.
Para remedio de tantos males, en la primavera de 1541 desembarcó Vaca
de Castro en el puerto de Buena Ventura, y por tierra--pues huía de los
peligros de la mar--se encaminó a Popayán, donde recibió la noticia de
la muerte de Pizarro, dirigiéndose inmediatamente a Quito. (Apéndice
E). Recibióle el segundo de Gonzalo Pizarro, porque el jefe se hallaba
en la expedición al río de las Amazonas. Belalcázar, el conquistador
de Quito, se presentó y le ofreció su apoyo. Vaca de Castro envió
emisarios a las principales ciudades, exigiendo la obediencia como
legítimo representante de la Corona. Continuó su marcha hacia el Sur.
A vuelta de todo en el Norte mostróse risueña la fortuna, aunque por
poco tiempo, con el joven Almagro. La prudente política de Rada--pues
Rada era el alma de todo--contribuyó a que fuese mayor cada día el
partido de Almagro. Sólo con Picado usaron de excesiva severidad los
conjurados, hasta el extremo que le pusieron a tormento para que
declarase el sitio donde Pizarro tenía depositados sus tesoros, y como
nada pudiera decir, determinaron cortarle la cabeza en la plaza de
Lima. Intervino en favor de Picado el obispo del Cuzco, fray Vicente de
Valverde, según él mismo asegura en carta desde Tumbez. Llegó su turno
al fanático prelado. Poco tiempo después, a últimos del año 1541, se le
permitió embarcarse en Lima con el juez Velázquez y otros partidarios
de Pizarro, cayendo inmediatamente todos en poder de los indios y
asesinados en Puna sin que nadie derramase una lágrima por ellos. Si el
Padre Olmedo usó algunas veces de su influencia en favor de los indios
de México, el Padre Valverde no tuvo nunca una palabra de consuelo para
los indígenas del Perú.
En aquellas circunstancias tan críticas fué para Almagro inmensa
desgracia la muerte del anciano y leal Juan de Rada. No tenían la
prudencia de Rada los capitanes Cristóbal de Sotelo ni García de
Alvarado, los cuales, además, se odiaban mútuamente. Se dió el caso que
Sotelo fué asesinado por García de Alvarado y García de Alvarado por el
mismo Almagro. Con dos enemigos poderosos se dispuso a luchar Almagro:
formaban el primero los restos del partido de Pizarro dirigidos por
Holguín y Alonso de Alvarado; era el otro el del comisionado regio Vaca
de Castro. Cuando se disponía a comenzar la campaña supo que Holguín y
Alonso de Alvarado se habían puesto bajo las órdenes de Vaca de Castro.
Confiaba, sin embargo, en la ayuda del inca Manco, quien, si detestaba
hasta la memoria de Pizarro, no debía olvidar su antigua amistad con
el Mariscal y recordaría también que sangre peruana corría por las
venas de Almagro. Este joven capitán llenó su tesoro del metal que
sacó de las minas de La Plata. Fabricó pólvora, sirviéndose del azufre
que en abundancia se hallaba en las inmediaciones del Cuzco. Construyó
cañones y otras armas de fuego, corazas y yelmos, bajo la dirección de
Pedro de Candía, el griego, uno de los primeros que llegaron al país
con Pizarro. Antes de lanzarse a la guerra envió al comisionado regio
Vaca de Castro (verano de 1542), una embajada a Lima, manifestándole
lo mucho que sentía el tomar las armas contra un representante de la
Corona. Manifestábale, además, que su único deseo era asegurar la
posesión de la _Nueva Toledo_, que le correspondía por herencia de su
padre y despojado de ella por Pizarro, añadiendo que nada tenía que
decir con respecto a _Nueva Castilla_ como país asignado al Marqués.
Proponía, por último, que Vaca de Castro y él permaneciesen dentro de
los límites de su respectivo territorio hasta que la corte de España
resolviese definitivamente la cuestión. No habiendo tenido respuesta
y perdidas las esperanzas de amistoso arreglo, Almagro reunió sus
tropas, y después de protestar que el paso que sus compañeros y él
iban a dar no era acto de rebelión contra la Corona, sino que a ello
se veían obligados por la conducta del comisionado regio, volvió a
repetir que el territorio de Nueva Toledo fué cedido a su padre, y
a la muerte de su padre pasó a él como heredero. Todas sus tropas
ascenderían a unos 500 hombres: tanto la caballería como la infantería
estaban perfectamente equipadas; pero la principal fuerza consistía en
la artillería, compuesta de ocho piezas de grueso calibre y de ocho
falconetes. A la cabeza del valiente y disciplinado ejército salió
Almagro del Cuzco (mediados del verano de 1542) y dirigió su marcha
hacia la costa, esperando encontrar al enemigo.
Entretanto, Vaca de Castro, después de salir de Quito, entró en
las ciudades de San Miguel y de Trujillo en medio del regocijo
popular y luego se detuvo en Huaura, teniendo la satisfacción de ver
reconciliados a Holguín y Alonso de Alvarado, antiguos partidarios
de Pizarro. De Huaura mandó la mayor parte de sus fuerzas a Xauxa,
mientras él con un pequeño cuerpo se encaminaba a Lima. Animado con el
recibimiento entusiástico que le hicieron y habiendo obtenido de los
habitantes más ricos considerable empréstito, abandonó el Cuzco, tomó
la vuelta de Xauxa y pasó revista a sus tropas, que ascendían a unos
700 hombres. La caballería era más numerosa, aunque no tan bien armada
como la de Almagro; la infantería, además del número correspondiente
de alabardas, no carecía de bastantes armas de fuego; la artillería
estaba reducida a tres o cuatro falconetes mal montados. En suma, si el
ejército real era inferior por su armamento al de Almagro, en cambio
aventajaba por su mayor número de plazas. Importa decir que hallándose
Gonzalo Pizarro de vuelta de su célebre expedición a la tierra de las
_canelas_, escribió a Vaca de Castro, residente entonces en Xauxa,
ofreciendo sus servicios en la próxima lucha con Almagro. Contestó el
comisionado regio que agradecía el ofrecimiento y que si por entonces
no lo aceptaba, no dejaría de utilizar sus servicios cuando la ocasión
lo exigiese. Salió Vaca de Castro de Xauxa y a marchas forzadas caminó
30 leguas, apoderándose de la plaza fuerte de Guamanga; Almagro
permanecía en Bilcas, a 10 leguas de distancia. En Guamanga recibió el
comisionado regio otra embajada de Almagro, proponiéndole lo mismo que
en la primera, a la cual se sirvió contestar en tales términos que la
avenencia se hizo de todo punto imposible. Bastará decir que Vaca de
Castro exigía que Almagro disolviese su ejército y le entregara los que
estaban inmediatamente complicados en el asesinato de Pizarro.
En las llanuras de _Chupas_ se encontraron Vaca de Castro y Almagro
el 16 de septiembre de 1542. Faltaban unas dos horas para ponerse el
sol. En la duda de si comenzar o no la batalla, como insistiese por
la afirmativa Alonso de Alvarado, cuentan que el representante de la
Corona vino en ello exclamando: «¡Quién tuviera el poder de Josué para
detener el curso del sol!»[182].
[182] Zárate, _Conq. del Perú_, lib. IV, cap. XVIII.
El orden de batalla del ejército leal fué el siguiente: En el centro se
colocó la infantería; en los flancos la caballería, cuya ala derecha
la mandaba Alonso de Alvarado, llevando el estandarte real, y del ala
izquierda se encargó a Holguín; también ocupó el centro la artillería,
aunque sin darle mucha importancia. Vaca de Castro hubo de mandar
un cuerpo de reserva compuesto de 40 caballos, destinado a acudir a
donde la necesidad lo exigiese. La alocución dirigida por Vaca de
Castro hizo tal efecto, que los soldados marcharon al combate «como
si fueran a fiestas donde estuvieran convidados»[183]. Las tropas de
Almagro estaban de la manera que a continuación diremos. En el centro
se colocó la artillería protegida por los alabarderos y arcabuceros;
en los flancos formaba la caballería. Almagro guiaba la izquierda.
Comenzó a jugar la artillería de Almagro con bastante acierto, viéndose
obligado Vaca de Castro, por consejo de Francisco de Carbajal--uno de
los veteranos discípulos de Gonzalo de Córdoba--a conducir las tropas
por un camino que rodeaba las colinas. Si en la marcha fué acometido su
flanco izquierdo por los batallones indios de Paullo, hermano del inca
Manco, un cuerpo de arcabuceros dirigió contra aquéllos sus certeros
tiros. Cuando las tropas leales subieron a la cima de la eminencia,
volvieron a encontrarse en frente de la artillería de Almagro. Llamó
la atención que sin embargo de dirigir los cañones a un punto que
presentaba buen blanco, la mayor parte de los tiros pasaban sobre las
cabezas de los soldados de Vaca de Castro. No sabemos si esto fué
traición o torpeza. Sólo se sabe que mandaba la artillería Pedro de
Candía, uno de los trece que se pusieron al lado de Pizarro en la isla
del Gallo y con el cual hizo toda la conquista, separándose luego y
tomando partido por Almagro. Tal vez, deseando volver a sus primitivas
banderas o para vengarse de los asesinos de su antiguo jefe, entró en
correspondencia con Vaca de Castro. Parece ser que convencido Almagro
de la traición de Candía, le reconvino por su conducta y le atravesó
con la espada, dejándole muerto en el campo. Después, lanzándose a uno
de los cañones y dándole nueva dirección disparó con tanto acierto
que echó por tierra a muchos soldados de la caballería enemiga. Pensó
Carbajal oponer sus cañones a los del enemigo, variando pronto de
opinión y decidiéndose a dar una carga con la caballería. Almagro, en
vez de esperar el ataque a la defensiva, mandó a su gente salir al
encuentro. El choque fué terrible. «Se encontraron de suerte que casi
todas las lanzas quebraron, quedando muchos muertos y caídos de ambas
partes»[184]. «Después de la de Ravena--dice otro escritor--no se ha
visto entre tan poca gente más cruel batalla...»[185]. La caballería
de Almagro pudo resistir la superioridad del número de sus enemigos,
si bien los del ejército real lograron alguna ventaja, dirigiendo
sus golpes a los caballos en vez de dirigirlos a los hombres. La
infantería de una y de otra parte sostenía vivo fuego de arcabuz, así
en las filas respectivas como en las de caballería. La artillería de
Almagro, por último, bien dirigida a la sazón, causaba muchas bajas en
las columnas de la infantería real que querían adelantarse. «Estas,
no pudiendo ya sufrirlo, comenzaban a retroceder, cuando Francisco de
Carbajal, lanzándose a la cabeza de todos gritó: _¡Mengua y baldón
para el que ceda! Yo soy un blanco doble mejor para el enemigo que
ninguno de vosotros._ Era, en efecto, hombre corpulento, y arrojando
de sí el acerado yelmo y la coraza para no tener ventaja alguna sobre
sus soldados, se quedó armado a la ligera con su coleto de algodón. En
seguida, blandiendo su partesana, se entró atrevidamente por entre las
columnas de fuego y humo que brotaban los cañones, y seguido entre una
lluvia de balas por los más salientes de sus tropas, se lanzó sobre
los artilleros y se hizo dueño de las piezas»[186]. Las sombras de la
noche comenzaban a extenderse por el campo, y todavía continuaba la
lucha, distinguiéndose los de Vaca de Castro por las divisas rojas, y
los de Almagro por las blancas, como también por los gritos de _¡Vaca
de Castro y el Rey! ¡Almagro y el Rey!_ Ambos ejércitos invocaban el
auxilio del apostol Santiago. Aún no se había declarado la victoria por
ninguno. No debe olvidarse que en los primeros momentos de la batalla,
Holguín, que mandaba el ala izquierda de los realistas, fué atravesado
de dos balas de arcabuz, y por lo que respecta a la derecha, cuyo
jefe era Alonso de Alvarado, iba perdiendo terreno ante las repetidas
cargas del valeroso Almagro. En este momento crítico, Vaca de Castro,
que desde una altura contemplaba el combate, se lanzó al lugar de más
peligro para socorrer a su valiente oficial. Aquellos soldados de
refresco decidieron la suerte de la batalla. El ánimo que recobraron
los soldados de Alvarado lo perdieron los de Almagro. Retrocedieron los
de Almagro, y aunque el joven jefe hizo esfuerzos para contenerlos,
no pudo, huyendo a la desbandada a las nueve de la noche, infantería,
caballería y artillería. Muchos pudieron huir favorecidos por la
obscuridad de la noche, y algunos, arrancando los distintivos de sus
enemigos muertos, se los colocaron y se unieron a los vencedores.
[183] _Palabras del capitán Francisco de Carbajal acerca de
la información que en favor de Vaca de Castro se hizo en el
Cuzco_, el año 1543. M. S.
[184] Zárate, _Conquista del Perú_, lib. IV, cap. I.
[185] _Carta del cabildo de Arequipa al Emperador_, M. S.
[186] Prescott, ob. cit., tomo II, págs. 202 y 203.
El número de muertos por ambas partes fueron, según Garcilaso y
Uscategui, 500; según Zárate, 300. Los de Vaca de Castro tuvieron más
pérdidas que los de Almagro. El número de heridos fué mucho mayor.
Almagro, seguido de unos pocos soldados, se retiró al Cuzco. Luego
salió de la ciudad y fué hecho prisionero por Rodrigo de Salazar y
otros en el camino de Yucay.
Nombró Vaca de Castro una comisión en Guamanga para juzgar a los
prisioneros, siendo condenados 40 a la pena de muerte y 30 a destierro.
Pasó Vaca de Castro al Cuzco, en cuya ciudad se le presentaba resolver
acerca de la suerte de su prisionero Almagro. Un consejo de guerra no
tuvo compasión y le condenó a muerte; fué ejecutado en la plaza del
Cuzco, en el mismo sitio donde su padre lo había sido algunos años
antes. Digno de mejor suerte era Almagro. Joven, valiente, generoso y
de mucho talento, si algunas veces dió muestras de exagerada severidad,
no olvidemos que sangre india corría por sus venas y no olvidemos las
circunstancias de su situación. «Si la conspiración puede justificarse
alguna vez--escribe Prescott--, es sin duda en un caso semejante, en
que, desesperado por los ultrajes hechos a él y a su padre, no podía
obtener reparación del único de quien tenía derecho a reclamarla.»[187].
[187] Ob. cit., tomo II, pág. 209.
Cuando ocurrían estos sucesos, supo Vaca de Castro que Gonzalo Pizarro
había llegado a Lima y no se recataba de mostrar su descontento por la
política que se seguía en el Perú. El representante real envió fuerzas
considerables a Lima para guarnecer dicha capital, y ordenó a Gonzalo
Pizarro que se le presentase en el Cuzco. Obedeció el audaz caudillo,
y poco después se hallaba en presencia del vencedor de Chupas. Vaca
de Castro oyó con gusto la relación que le hizo Gonzalo de su última
expedición, aconsejándole luego que se retirase a sus haciendas a
buscar el reposo. Aunque el consejo no fuese del agrado de Pizarro,
juzgó prudente retirarse a La Plata, para ocuparse únicamente en el
trabajo de aquellas ricas minas.
Tranquilo por este lado Vaca de Castro, se dedicó a la organización del
ejército y dió varias leyes para el mejor gobierno de la colonia, entre
ellas, una que tenía por objeto la disminución de los _repartimientos_.
Túvose noticia por entonces del famoso Código publicado por Carlos
V en el año 1543, y del cual hablaremos en su lugar respectivo. En
el dicho Código se dieron leyes favorables a los indios con disgusto
de los colonos. También se dispuso enviar un virrey al Perú y con él
una Real Audiencia, estableciéndose el uno y la otra en Lima[188].
Procuró Vaca de Castro calmar la agitación del país; pero sus consejos
no fueron oídos, y los más impacientes o revolucionarios se fijaron
en Gonzalo Pizarro, único individuo que quedaba de aquella familia de
conquistadores.
[188] Suprimióse en cambio la Audiencia de Panamá.
El territorio de Bolivia o Alto Perú formó primitivamente parte del
imperio de los Incas. Bajo la dominación española, desde el siglo XVI
al XVIII dependió del virreinato del Perú, siendo gobernado por la
Audiencia de Charcas, hasta que, habiéndose creado en el año 1776 el
virreinato de Buenos Aires, fué agregado a este último. Durante la
guerra de separación, se declaró en República independiente, con el
nombre de Bolivia, que se dió en honor de Bolívar.
La primera expedición a Bolivia la realizó Diego de Almagro, compañero
de Pizarro, cuya vanguardia iba a cargo de Juan de Saavedra. Eligió
Almagro la ruta de Collasuyo en su marcha hacia Chile y Saavedra fundó
en Paria, a pocas millas de Oruro, la primera ciudad española en
territorio boliviano. La expedición hizo alto en Tupiza, siguió hacia
el Sur, dejando sin explorar las minas de Charcas, continuando su viaje
a través de los Andes. El desgraciado Almagro expresó luego profundo
sentimiento por no haber permanecido en Charcas, en lugar de emprender
el camino de más sufrimientos y privaciones que se registra en los
anales de la conquista.
También Hernando y Gonzalo Pizarro invadieron el país. Luego, Hernando
volvió a Cuzco, y Gonzalo, después de su atrevida expedición con
Orellana, se fijó en la conquista de Bolivia, consiguiendo su primera
victoria en el valle de Cachabamba, y la segunda sobre los indios
charcas. Pedro Antúnez, por encargo de Francisco Pizarro, fundó en el
sitio de un pueblo indígena la ciudad de _Chuquisaca_, llamada también
_Charcas_ y _La Plata_, que fué asiento de la Real Audiencia y Sede
Arzobispal. Dicha ciudad es conocida hoy con el nombre de _Sucre_,
en honor del héroe de la independencia. Gonzalo Pizarro se dirigió
a sus posesiones del Sur en el territorio de Charcas, con el objeto
de explotar allí las minas de plata. Dejó la productiva industria
para ponerse a la cabeza de una revolución contra el virrey Blasco
Núñez de Vela, sin tener en cuenta que la mencionada autoridad había
sido nombrada por Carlos V para reformar los abusos del sistema de
encomiendas. Las guerras entre el virrey Blasco y Gonzalo Pizarro,
entre dicho Gonzalo Pizarro y el licenciado La Gasca, se tratarán en
el capítulo XXIII. En este lugar sólo recordaremos que, si poco antes
Diego Centeno y Alonso Santandía echaron los cimientos de la villa
imperial de Potosí, población que había de ser tiempo adelante una
de las más famosas del mundo, a la sazón La Gasca ordenó al capitán
Alonso de Mendoza la fundación de una ciudad en el valle de Chuquiapu,
conforme a la frase del historiador Tácito: _Con mayor número de buenas
costumbres que de leyes_. Comenzó su fundación el 20 de octubre de
1545, y se le dió el nombre de _Nuestra Señora de la Paz_.
En este mismo año de 1545, el Emperador mostró su generosidad con el
heredero del imperio del Perú. Imperio tan rico merecía ser pagado con
tan flamante Escudo. «Armas: Informado S. M. de los buenos servicios
de D. Christóbal Topa Inca, hijo de Guayna Capac, señor natural que
fué de las Provincias del Perú, y deseando darle a conocer el aprecio
que le merecían sus lealtades; le concedió un Escudo dividido en dos
partes, y puesto en una de ellas una Aguila negra rampante en Campo de
Oro con dos palmas verdes a los lados, y debajo un tigre y encima de
él una borla colorada, como tenía su hermano Atabalipa, y a los lados
del Tigre dos culebras coronadas de oro en campo azul, y para orla
_Ave María_, y entre letra y letra una Cruz dorada, y por timbre un
Yelmo cerrado, y por divisa una Aguila negra rampante con tres colas, y
dependencia de follages de azul y oro.»[189]
[189] Biblioteca particular de S. M. el Rey de España. _Cédula
de 9 de mayo de 1545._ Vid. tomo V de ellas, fol. 72 n.º 67.
Cuando los españoles llegaron á Bolivia la raza _aimerá_, la principal
del país, estaba bastante decaída, pues se hallaba supeditada a
los _quechuas_ desde mucho tiempo antes. Aunque sus abuelos habían
construído magníficos edificios en la península de Tiahuanuco, ellos
lo ignoraban por completo. Como los conquistadores españoles no les
trataron mejor que los quechuas, la raza aimerá disminuyó de un modo
considerable y hasta se temió su completo fin. Además de los aimerás y
quechuas se hallaban los _chiquitos_, habitantes de las sierrecillas
cristalinas que corren por la divisoria de las aguas del Mamoré y del
Paraguay, y los _mojos_, que vivían más al norte en las campiñas, mucha
parte del año anegadas, por donde corren el Machupa, el San Miguel,
el Río Blanco y el Baurés, afluentes ó subafluentes del Guaparé. Los
nombres de estas naciones son españoles, lo que prueba que estuvieron
en buenas relaciones con los conquistadores.[190] Los chiquitos y las
tribus vecinas recibieron la religión cristiana, merced al celo de la
Compañía de Jesús. La gloriosa muerte del P. Arce y demás compañeros de
religión, la invasión de los Paulistas y de los mercaderes de esclavos
y la disolución de la Compañía de Jesús, son hechos importantes en esta
parte de América. Sucediéronse pronto acontecimientos luctuosos que
extinguieron en gran parte las aldeas de _chiquitos_ y de los _mojos_.
[190] _Geografía unversal. América del Sur_, pág. 597 y 598.