EL REY.

Nuestros Ofyciales de la Casa de la Contratacion de las

Indias que rresyden en la Ciudad de Sevilla: por cartas de

los del Nuestro Consejo de las Indias é de Hernando Pizarro,

hermano de Francisco Pizarro, Gobernador de la Provincia del

Perú, E seydo avisado como a llegado de la dicha Provyncia en

salvamento, al puerto de Sanlúcar, é que trae para Nos cien

mill castellanos é cinco mill marcos de plata en cántaros é

ollas é otras piezas: é pues ya estara todo en esa Casa, como

quiera que quisiera verlo todo, pero por dylacion que abrá en

traerlo é ser tan largo el camino. Me a parescido que bastará,

por aber algunas piezas ansí de oro como de plata, de las más

estrañas, é que todo lo demás se faga moneda.

Por ende Yo vos Encargo é Mando, que luego ansí el oro como

la plata, fagais facer moneda, é como E dicho, queden algunas

piezas de las mas estrañas é de poco peso, de las quales

Me ymbiad particular rrelacion por donde se pueda entender

bien de la manera que son é lo que cada una dellas pesa: é

entregallas al dicho Pizarro para que las traiga: é las otras,

como E dicho, proveereis que se fagan moneda.--De Calatayud

á veinte e uno de henero de mill é quinientos é treinta é

cuatro años.--_Yo el Rey._--Refrendada del Comendador mayor é

señalada de Carvaxal, Xuarez, Beltran é Bernal. _Libro primero

de Cabildos de Lima._ Parte Tercera, págs. 127 y 128.

Formó la escuadra, se lanzó a la mar y llegó, después de luchar con

las tempestades y borrascas, al puerto de Nombre de Dios. Si muchos

murieron en el puerto por las enfermedades y el hambre, otros con el

citado Hernando Pizarro cruzaron el istmo de Panamá y llegaron al

Perú. Inmediatamente que supo Almagro las importantes concesiones que

le había hecho la Corona, se hizo cargo del gobierno del Cuzco, que

sin reparo alguno le entregaron Juan y Gonzalo Pizarro. Pero el Cuzco,

¿caía en la jurisdicción de Pizarro o en la de Almagro?

Por lo pronto Pizarro, fundándose en que todavía no se habían recibido

las credenciales, dispuso que sus hermanos volvieran a encargarse del

gobierno. Cayó la noticia como una bomba. Entre Almagro y Pizarro

renacieron los antiguos odios; entre los partidarios del uno y del otro

las disputas eran cada día más acaloradas. Ya iban a llegar a las manos

cuando se presentó el Gobernador. Comprendiendo los dos que no convenía

un rompimiento que podía traer graves consecuencias, hicieron un

contrato que se obligaron a cumplir con solemne juramento pronunciado

ante los Sacramentos, y concluyó la ceremonia celebrando la misa el

Padre Bartolomé de Segovia (12 junio 1535)[147].

[147] El original del contrato se halla en el _Archivo de

Simancas_, y una copia de él en Prescott. Ob. cit., tomo II,

págs. 465-469.

Arregladas sus diferencias, Pizarro volvió a la costa para continuar

fundando poblaciones, siendo la más importante despues de Lima, la

que llamó _Truxillo_ en honor del pueblo de su nacimiento. Almagro,

entretanto, levantó bandera para Chile, pudiendo reclutar mucha gente

atraída por la generosidad del viejo capitán.

Ante Pizarro se presentaba dócil y sumiso el inca Manco; pero en el

fondo aquél despreciaba a éste, y a su vez el monarca peruano odiaba a

su rival. Motivos tenía para ello el último Emperador de la dinastía

de Manco Capac y Mama Ocllo. Veía su reino en poder de los españoles,

menospreciada la aristocracia y siervo el pueblo de los conquistadores.

Los templos se habían convertido en cuadras para los caballos y los

palacios reales en cuarteles para los soldados. Una esposa favorita

del Inca había sido seducida por los oficiales castellanos. Unas 6.000

mujeres que vivían en casta reclusión, habían sido arrojadas de sus

establecimientos conventuales, siendo algunas presa de la licenciosa

soldadesca y otras vinieron a caer en la prostitución. «El señor

perdone--escribe el autor de la Conquista i Poblacion del Pirú--á quien

fué la causa desto i á quien no la remedió pudiendo»[148]. Llegó a

agotarse la paciencia del joven Inca y decidió sublevarse, aconsejado

del gran sacerdote Villac Umu y de muchos nobles peruanos. Salió del

Cuzco; mas espías que vigilaban sus movimientos, dieron parte de su

evasión a Juan Pizarro, quien marchó inmediatamente a la cabeza de

alguna fuerza de caballería, teniendo la suerte de encontrarlo en

espeso cañaveral, cerca de la ciudad, donde había procurado ocultarse.

Manco fué preso y encerrado en una fortaleza del Cuzco bajo la

vigilancia de numerosa guardia.

[148] M. S.

Volvió por entonces a la Ciudad de los Reyes Hernando Pizarro,

trayendo, además de la real concesión por la cual se señalaba el

territorio que correspondía a su hermano Francisco y a Diego de

Almagro, el nombramiento confiriendo a su citado hermano el título de

_Marqués_[149].

[149] No de Marqués de los Atabillos (una provincia del Perú),

ni de las Charcas, como dicen algunos historiadores. El título

de Marqués concedido fué sin denominación, si bien, en una

carta del Emperador, del 10 de octubre de 1537, se le ofrece

nombrar de las tierras que eligiese en una de las provincias

del Callao ó de los Atabillos. Uno de los párrafos de la dicha

carta copiamos á continuación: «En lo que nos suplicais que

teniendo respeto a lo que nos habeis servido vos, haga merced

de alguna cantidad de tierras en la provincia del Callao o

de los Atabillos, con título, acatando lo que Nos habeis

servido y la fidelidad y limpieza con que habeis gobernado y

gobernais esa tierra, y el celo que a las cosas de nuestro

real servicio y real hacienda teneis de que estoy certificado,

he habido por bien de vos hacer merced de veinte mil vasallos

en esa provincia con título de Marqués. Y porque no se tiene

relacion de la parte donde se os podrán señalar que a vos os

estuviese bien, envío a mandar a Don Fray Vicente Valverde,

obispo del Cuzco, y a nuestros oficiales de esa provincia que

me informen de ello, como vereis por las cédulas que van con

ésta. Solicitareis que con brevedad se haga, para que venida,

Yo vos mande el título y la provision de la dicha merced, y

entre tanto llamareis Marqués como yo os lo escribo, que por

no saber el nombre que tendrá la tierra que se os dará, no se

envía ahora el dicho título. _Libro Primero de Cabildos de

Lima._ Segunda parte, pág. 161.

En tanto que el nuevo Marqués lograba que Almagro se dirigiese a la

conquista de Chile--no resolviéndose por entonces el litigio de si el

Cuzco formaba parte del territorio del uno o del otro--, determinó que

su hermano Hernando se encargara del gobierno de la citada ciudad. Es

de advertir que el hermano mayor de los Pizarros, aunque por demás

altivo y arrogante, tenía ciertas simpatías por los indios, no faltando

quien dijese que sintió de todo corazón la muerte de Atahuallpa, y

aun añadían que la habría evitado si él por entonces se hallara en

Caxamalca. Consecuente con la generosa conducta que se había trazado,

puso en libertad al astuto Inca. Con el pretexto Manco de ir a traer

algunos tesoros que--según decía--estaban ocultos en las asperezas de

los Andes, engañó a Hernando Pizarro, quien le dejó marchar en compañía

de dos soldados españoles. Como pasasen seis o siete días y el fugitivo

no pareciera, comprendió Hernando que había sido engañado, y entonces,

sin pérdida de tiempo, ordenó a su hermano Juan que al frente de 60

caballos fuera en busca del príncipe. Se puso en camino Juan Pizarro

y notó que los indios habían huído de las cercanías del Cuzco; mas

al aproximarse a las montañas que rodean el valle de Yucay, como a

seis leguas de la ciudad, encontró a los dos españoles acompañantes

del Inca, quienes le dijeron que todo el país estaba sublevado y al

frente de la insurrección se había puesto Manco. Añadieron--y esto

no debe olvidarse para juzgar al príncipe--que les había tratado

perfectamente y les había concedido el permiso de volverse a su campo.

Llegó Juan Pizarro al río Yucay, encontrando en la opuesta orilla al

ejército indio mandado por Manco. Bajo una nube de piedras y de flechas

atravesaron el río los españoles; ya en tierra, se encontraron rodeados

por los indios. La batalla fué encarnizada. Retiráronse los indígenas

al aproximarse la noche. «Es gente--dice Oviedo--muy belicosa é muy

diestra; sus armas, picas é ondas, porras é alabardas de plata é oro

é cobre»[150]. A la mañana siguiente, desde la cima de las montañas,

les retaba el enemigo a continuar el combate. Hallándose Juan Pizarro

en situación tan embarazosa, le sorprendió una orden de su hermano

mandándole volver al Cuzco, que estaba sitiado por el enemigo. Volvió

a pasar el Yucay, seguido del ejército de Manco, que celebraba su

victoria con gritos de triunfo y llegó al anochecer á la vista de la

capital, que estaba rodeada de numerosísimo ejército de indios. Llamóle

la atención que le dejasen la entrada libre hasta el Cuzco. Reunidos

los refuerzos de Hernando y de Juan Pizarro, sumaban unos 200 hombres

entre infantes y caballos, además de 1.000 indios auxiliares.

[150] _Historia de las Indias_, parte III, lib. VIII, cap.

XVII, M. S.

Comenzó el sitio del Cuzco en los comienzos de febrero de 1536. Indios

y europeos pelearon valerosamente. Consiguieron los indios pegar fuego

a la ciudad, la cual en gran parte quedó reducida a cenizas. Templos y

palacios, edificios públicos y particulares quedaron consumidos por las

llamas. Salváronse, por fortuna, el templo del Sol y la inmediata Casa

de las Vírgenes. En el Cuzco y fuera del Cuzco se peleaba cada vez con

más fiereza. Peleando como un bravo, recibió Juan Pizarro una pedrada

en la cabeza, cayendo al suelo, y de resultas de la herida falleció

a los quince días. De las los torres de la fortaleza había caído una

en poder de los españoles; pero la otra se hallaba defendida por un

inca, cuyo valor rayaba en la temeridad. Hernando Pizarro se puso a la

cabeza de los combatientes, decidido a vencer o morir en la demanda. El

valiente indio recorría las almenas llevando coraza y escudo españoles,

armado de enorme maza guarnecida de puntas o clavos de cobre y matando

con ella lo mismo al que quería forzar el paso hasta lo interior de

la fortaleza, como al que le hablaba de rendición, pues para él era

más peligroso el indígena cobarde que el arrojado soldado de Pizarro.

Dispusieron los españoles tomar la torre por asalto. Pusiéronse escalas

en los muros y comenzaron a subir nuestros soldados; pero conforme

iban subiendo caían heridos por el arma terrible del héroe. Entonces

se dispuso poner varias escalas en la torre y dar el asalto por

diferentes puntos a la vez. Así se hizo. «Y mandó Hernando Pizarro a

los españoles que subían, que no matasen a este indio, sino que se lo

tomasen á vida, jurando de no matalle si lo havía bivo»[151]. Cuando el

inca se convenció que no podía resistir por más tiempo, antes de caer

prisionero, se subió a una almena, arrojó las armas, se tapó la cabeza

y el rostro en su manto y se precipitó desde una altura de más de cien

estados, haciéndose pedazos. ¿Para qué quería la vida si su patria iba

a caer en poder de los tiranos?

[151] Pedro Pizarro, _Descub. y Conq._, M. S.

Todavía los españoles tenían que pelear. Llevaban sitiados cinco

meses. ¿Cómo les dejaba abandonados Francisco Pizarro? No les dejaba

abandonados; pero no podía hacer nada por ellos. Tuvo que vencer dos

ejércitos de indios. Uno se presentó delante de Xauxa, y el otro ocupó

el valle de Rimac y puso sitio á Lima. Al mismo tiempo no dejó de

pensar en el estado angustioso de la guarnición del Cuzco, hasta el

punto que por cuatro veces mandó destacamentos dirigidos por valientes

oficiales en socorro de la plaza, los cuales fueron deshechos en los

intrincados pasos de las cordilleras. Apenas pudo salvarse alguno para

volver a Lima y dar la noticia.

Un suceso--y por cierto que nadie podía pensar en él--vino a salvar

a los españoles. Llegó el mes de agosto. Creyó el inca Manco que se

acercaba el día en que faltasen las provisiones a los suyos. Ante

semejante temor y habiendo llegado la estación de la siembra, mandó

que la mayor parte de sus fuerzas se retirasen a sus hogares, no

volviendo hasta que los trabajos del campo estuvieran terminados. El

marchó a Tambo, lugar fuerte, situado al Sur del valle de Yucay, con

fuerzas considerables para guardar su persona. E hizo perfectamente,

porque Hernando Pizarro intentó al poco tiempo sorprender y coger

prisionero al Inca en los reales de Tambo. No salió bien la aventura

a los nuestros, que se vieron sorprendidos y rechazados, teniendo que

retirarse, no sin que el enemigo les picase la retaguardia.

Del sitio que en el año 1536 pusieron los indios al Cuzco,

registraremos el siguiente hecho: Los 18 españoles de a pie y de a

caballo que la guarnecían, ¿cómo pudieron por tres veces consecutivas

apagar el incendio iniciado por los indígenas y que amenazaba destruir

la plaza? Atribúyese por todos a favor divino, especialmente a la

protección de la Santísima Virgen María, a la cual vieron con sus

propios ojos, rodeada de celestiales esplendores, lo mismo españoles

que indios. Este poético episodio constituyó el argumento de la comedia

_La Aurora en Capocavana_, de Calderón de la Barca. El Santuario de

Nuestra Señora de Capocavana se hizo famoso, no sólo en el Perú, sino

en Madrid[152] y en toda España.

[152] En la parroquia de San Ginés y en el derruido templo de

San Antonio del Prado, se erigieron altares á la citada Virgen

de Capocavana.

Después de los aciertos de los Pizarros y Almagro, nos ocuparemos de

los descaminos de capitanes tan valerosos. En tanto que los citados

hermanos peleaban un día y otro día con el inca Manco y los indígenas,

el mariscal Almagro andaba ocupadísimo en su expedición a Chile. El

frío, el hambre y aquella marcha por escabrosas cordilleras y profundos

barrancos, causaron gran desaliento a los expedicionarios. Pobre era

el reino vegetal y del reino animal sólo se veía el condor, que se

cernía en el límite de las nieves perpetuas, para caer luego sobre

los cadáveres de los que perecían por el hambre o por los rigores del

clima. Y sin embargo, por todas partes dejaban huellas de su crueldad;

todo lo llevaban a sangre y fuego. Bastará decir que Almagro estaba

considerado como uno de los más humanos de los jefes, y sin embargo,

porque los indios dieron muerte a tres españoles, él en desquite hizo

quemar vivos a treinta jefes indígenas.[153]

[153] _Conquista i Pob. del Perú_, M. S. Oviedo, que disculpa

las crueldades con la excusa de la necesidad, dice que _fué

necesario este castigo_, añadiendo que después de realizado se

podía mandar un mensajero de un extremo a otro del país sin

temor de que le maltratasen. _Hist. de las Indias_, parte III,

lib. IX, cap. IV. M. S.

Prescott, después de decir que el europeo considera siempre como un

bruto al hombre semicivilizado y que la resistencia de éste a aquél se

castiga con la muerte, añade lo que a continuación vamos a copiar, y

por cierto, con gran contentamiento nuestro: «Tales crueldades no se

limitaban a los españoles; dondequiera que se han puesto en contacto el

hombre civilizado y el salvaje, así en Oriente como en Occidente, la

historia de la conquista ha sido escrita muchas veces con sangre»[154].

[154] _Historia de Méjico_, tomo II, pág. 78.

Por fin llegó Almagro al verde valle de Coquimbo, como a unos 30 grados

de latitud Sur. Mientras que en aquellas abundantes llanuras daba

descanso a sus tropas, dispuso que un oficial con algunos soldados se

dirigiese hacia el Sur para explorar el país; el mensajero volvió con

noticias poco satisfactorias. «No le pareció bien la tierra por no

ser quajada de oro»[155]. A la sazón sirvióle de contento la llegada

del resto de sus fuerzas a las órdenes de su teniente Rodrigo de

Orgóñez, natural de Oropesa, excelente soldado y de larga y brillante

historia militar. Tanto llamaron la atención los servicios de Almagro

en la corte, que fué elevado a la categoría de mariscal de la _Nueva

Toledo_. Por cierto, que también por entonces recibió Almagro el

decreto--retenido tanto tiempo por los Pizarros--en el cual se le

señalaba su jurisdicción territorial. La creencia de que el Cuzco caía

dentro de los límites de su gobierno, las noticias de que el oro no

parecía por ninguna parte y el cansancio que sentían después de largo

viaje por aquellas terribles asperezas, decidieron a Almagro a marchar

hacia el Norte. Además, era ya viejo y quería dedicarse a la educación

de su hijo natural Diego, joven que prometía grandes esperanzas.

Recordando las penalidades que había sufrido en el paso de los montes,

emprendió el camino a lo largo de la costa. Casi llegó a arrepentirse,

pues no son para contar los trabajos que sufrió al cruzar el desierto

de Atacama. ¡Recorrer cerca de cien leguas sin encontrar vegetación

alguna! Llegó a la ciudad de Arequipa, distante del Cuzco unas 60

leguas. Allí supo que el inca Manco y todo el país se habían sublevado

contra los Pizarros. Recordando su antigua amistad con el joven Inca,

le envió una embajada solicitando una entrevista. Gustoso accedió Manco

y designó el valle de Yucay. Almagro, tomando la mitad de sus fuerzas,

se presentó en el punto señalado, dejando el resto de sus tropas en

Urcos, a seis leguas del Cuzco[156]. Procede no pasar por alto que

antes de celebrarse la conferencia entre Almagro y el Inca, Hernando

Pizarro, sorprendido por la aparición del nuevo cuerpo de tropas

españolas, salió del Cuzco y se acercó a Urcos, donde se enteró, con

profundo disgusto, de las intenciones de Almagro. Cuando los peruanos

vieron unidos a los soldados de Pizarro con los de Almagro en Urcos,

sospecharon--y motivos tenían para ser suspicaces--que estaban de

acuerdo para apoderarse del Inca. También lo creyó de buena fe Manco.

Por esto cayeron los peruanos repentinamente sobre los españoles en el

valle de Yucay; pero los veteranos de Chile no se dejaron sorprender,

y arremetieron con furia a sus enemigos, quienes fueron rechazados, no

sin ruda resistencia. En el combate se vió en bastante peligro Orgóñez.

[155] _Conq. i poblacion del Pirú._ M. S.

[156] El total de las fuerzas de Almagro ascendía a unos 500

hombres.

Llegó el momento en que Almagro, con la división que tenía en Urcos

se dirigiera al Cuzco. Exigió primero al ayuntamiento que se le

reconociese como Gobernador; presentó copia de las credenciales que

acababa de recibir de la corte. Las autoridades del Cuzco aplazaron la

respuesta hasta informarse de personas entendidas. ¿Se hallaba el Cuzco

dentro del territorio de Almagro? Oviedo dice que sí y esta era la

creencia general; no pocos también afirmaban lo contrario.

Antes de pasar adelante, habremos de notar lo que preocupaba á la

corte. La Emperatriz, desde Valladolid, y con fecha de 6 de noviembre

de 1536, se dirigió a Francisco Pizarro, gobernador y capitán general

de la provincia de la Nueva Castilla, llamada Perú, y después de

manifestar su disgusto por el levantamiento que los naturales del

país habían hecho contra Hernando Pizarro[157], le rogaba que si el

citado Hernando no pudiese venir á España «con el oro nuestro que

allá teníamos y el servicio que procurastes que se nos hiciese»... lo

mandase a la ciudad de Panamá «al obispo D. Fray Tomás de Berlanga,

o al nuestro gobernador o juez de residencia e oficiales de aquella

provincia» para que sea remitido a estos reinos[158]. Al poco tiempo,

esto es, el 1.º de enero de 1537, el mismo Emperador escribió a Pizarro

mandándole que enviase «el oro e plata con la más brevedad que se pueda

porque las necesidades de acá lo requieren»[159].

[157] Se refiere a la sublevación del inca Manco.

[158] _Libro I de Cabildos de Lima_, parte tercera, págs. 217

y 218.

[159] Ibidem, pág. 219.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 25 / 141 题