CAPITULO VII

CONQUISTA DEL PERÚ (CONTINUACIÓN).--ANARQUÍA DESPUÉS DE LA

MUERTE DE ATAHUALLPA.--EL INCA TOPARCA.--LUCHA EN LA SIERRA

DE VILCACONGA.--MUERTE DE TOPARCA.--SOTO, ALMAGRO Y PIZARRO

EN EL VALLE DE XAQUIXAGUANA.--MUERTE DE CHALLCUCHIMA.--EL

INCA MANCO.--LOS ESPAÑOLES EN EL CUZCO Y BOTÍN QUE

RECOGIERON.--CORONACIÓN DE MANCO.--EL MUNICIPIO DEL CUZCO.--LA

RELIGIÓN.--DERROTA DE QUIZQUIZ.--PEDRO DE ALVARADO EN EL

PERÚ.--FUNDACIÓN DE LIMA.--PIZARRO GOBERNADOR DEL PERÚ Y ALMAGRO

DE CHILE.--PIZARRO Y EL INCA MANCO.--ESTADO DEL PERÚ EN LA

SEGUNDA MITAD DEL AÑO 1535.--EVASIÓN DEL INCA MANCO.--SUBLEVACIÓN

DE LOS INDIOS: BATALLA EN EL RÍO YUCAY.--TOMA DEL CUZCO POR

LOS ESPAÑOLES.--SITIO DEL CUZCO POR LOS INDIOS.--ALMAGRO

EN CHILE.--ENTREVISTA DE ALMAGRO CON MANCO.--ALMAGRO EN EL

CUZCO.--CARTAS DE LA EMPERATRIZ Y DEL EMPERADOR A PIZARRO.--GUERRA

ENTRE ALMAGRO Y LOS PIZARROS.--ACCIÓN DE ABANCAY.--SENTENCIA DEL P.

BOBADILLA.

Muerto Atahuallpa, se apoderó del país espantosa anarquía. Creyó

Pizarro restablecer el orden nombrando Emperador al joven Toparca,

hermano de Atahuallpa. Pizarro y Almagro, acompañados del Inca y del

antiguo jefe Challcuchima, tomaron el camino que se extendía entre las

elevadas regiones de las cordilleras hasta el Cuzco, pasando por varias

poblaciones, siendo las principales Gruamachucho y Guanuco. Después de

fatigosa marcha, dieron vista al rico valle de Xauxa, en cuya ciudad

hicieron alto por algunos días. No carecía de fama un templo de Xauxa;

pero--como dice Prescott--el fuerte brazo del Padre Valverde y de sus

compatriotas derribó los ídolos de su elevado puesto, poniendo en su

lugar las imágenes de la Virgen y del Niño[137].

[137] Ob. cit., tom. I., pág. 461.

Dispuso Pizarro que se adelantara Soto con 60 caballos para reconocer

el país y recomponer los puentes destruídos por el enemigo, cuyas

huellas eran más frecuentes a medida que avanzaba. Pasó cerca de la

ciudad de Bilcas y sostuvo en un desfiladero ligera escaramuza con los

indios, cruzó el río Abancay y las caudalosas aguas del Apurimac, y

en los desfiladeros de la sierra de Vilcaconga peleó con un cuerpo

considerable de indios, tal vez dirigidos por el valiente jefe

Quizquiz, que andaba en aquellos tiempos recorriendo las inmediaciones

del Cuzco. La noche interrumpió el combate, y gran fortuna fué para

los españoles la llegada de Almagro con casi todo el resto de la

caballería. Huyeron entonces los indios y los dos jefes de nuestro

ejército acordaron tomar seguras posiciones y esperar a Pizarro. No

se explicaban los nuestros quién anduviera organizando la resistencia

de los indígenas, recayendo por fin las sospechas en el cautivo jefe

Challcuchima. Pizarro acusó a dicho jefe de mantener correspondencia

secreta con su confederado Quizquiz, echándole en cara, como antes

había hecho con Atahuallpa, su ingratitud con los españoles, y

amenazándole, si sus compañeros no deponían las armas, con quemarle

vivo. Bien será decir que Challcuchima, lo mismo que Atahuallpa, eran

inocentes.

Antes de salir Pizarro de Xauxa tuvo el sentimiento--así lo dicen

sesudos historiadores--de ver morir al inca Toparca, y si poco antes

se consideró a Atahuallpa autor de la muerte de Huascar, a la sazón

recayeron sospechas de que Challcuchima había sido el asesino del

joven monarca. Bien puede asegurarse que corría parejas la inocencia

de los dos acusados. En carta dirigida al Emperador Carlos V por el

Ayuntamiento de Xauxa, se dice «que ni aun las tropas llegaron á

convencerse del crimen de Challcuchima.»

Marchó Pizarro a reunirse con Soto y Almagro. Los tres penetraron

en el valle de Xaquixaguana, a unas cinco leguas del Cuzco. Regaba

un río aquel valle encantador, cubierto siempre de verde alfombra,

y cuya vegetación era tan rica como lozana. En las laderas de los

montes próximos los nobles peruanos tenían casas de campo, en

las cuales, durante los calores del verano, «salían á tomar sus

plazeres y solazos»[138]. Detúvose en aquel paraíso Pizarro algunos

días, no sólo para dar descanso y municionar las tropas, sino para

formar causa a Challcuchima, «si causa puede llamarse--como escribe

Prescott--un procedimiento en que la sentencia se dió la mano con la

acusación»[139]. Fué condenado a ser quemado vivo, «sentencia--dice

Herrera--que pareció á algunos demasiado cruel, pero los que se rigen

por razones de alta política no atienden á ninguna otra», y Prescott

hace el siguiente comentario: «No sabemos por qué adoptaban los

españoles con preferencia este método cruel de ejecución, á no ser

que fuese porque el indio era infiel, y el fuego, desde muy antiguo,

parece haber sido considerado el elemento más á propósito para dar

muerte á los infieles, como tipo de la inextinguible llama que les

esperaba en las regiones infernales.»[140] El Padre Valverde acompañó a

Challcuchima al patíbulo, deseoso de conquistar un alma para el cielo.

A las religiosas teorías de que el bautismo le abriría las puertas

del paraíso, y si no recibía aquellas aguas estaba condenado sin

remedio, el indio sólo respondió «que no entendía la religión de los

blancos.» Mientras las llamas lo consumían, murió invocando el nombre

de Pachacamac.

[138] Cieza de León, _Crónica_, cap. XCI.

[139] _Historia del Perú_, tom. I, pág. 468.

[140] Ob. cit., tom. I, págs. 468 y 469.

En seguida de suceso tan trágico, se presentó a Pizarro, acompañado

de brillante séquito, el príncipe Manco, hermano de Huascar. Anunció

que le pertenecía la Corona y reclamó la protección de los españoles.

Pizarro se apresuró a concederla en nombre del soberano de Castilla.

Todos continuaron su camino hacia Cuzco. El 15 de noviembre de 1533,

al frente de su ejército, penetró Pizarro en el Cuzco, ciudad hermosa,

residencia de la corte y de la nobleza principal. Los edificios eran de

piedra, y las calles largas y estrechas. Por el centro de la población

pasaba un río, o más bien un canal y sobre él muchos puentes para poner

en comunicación todos los barrios de aquélla. Entre los edificios más

suntuosos sobresalía el templo dedicado al Sol, la fortaleza y los

palacios de los incas. La soldadesca entró a saco en los palacios,

llegando hasta profanar los sepulcros. Luego se hizo de todo el tesoro

un fondo común, exactamente lo mismo que en Caxamalca; Pedro Sancho,

notario real y secretario de Pizarro, dice que no pasó de quinientos

ochenta mil doscientos pesos de oro y doscientos quince mil marcos

de plata[141]. Hízose la división del botín del mismo modo que la

anterior. Al Rey se le remitió la parte que le correspondía. Después

se ocupó el jefe español en la coronación de Manco, hijo legítimo de

Huayna Capac, heredero del citado hermano y monarca de la antigua rama

del Cuzco. Celebráronse todas las ceremonias de la coronación. El

fraile Valverde dijo la misa y Pizarro dió a Manco la diadema del Perú.

Hiciéronse grandes fiestas con tal motivo.

[141] Rel., ap. Ramusio, tom. III, fol. 409.

Inmediatamente quiso Pizarro organizar el gobierno municipal del Cuzco

a la manera de Castilla. Se nombraron dos alcaldes y ocho regidores;

entre los últimos estaban Gonzalo y Juan, hermanos de Pizarro. Todos

juraron solemnemente su oficio el 24 de marzo de 1534. Muchos españoles

comenzaron a establecerse en los palacios y edificios de los incas

con grandes ofertas de tierras y casas. Por lo que respecta al Padre

Valverde no descuidó los intereses de la religión y los suyos propios.

Ya obispo del Cuzco se preparó a desempeñar las funciones de su

ministerio. Eligióse para la catedral un sitio en la plaza, y adosado a

ella un espacioso convento. El altar mayor de la iglesia se colocó en

el mismo lugar donde estuvo la imagen del Sol, y los frailes dominicos

vinieron a habitar los claustros del templo indio. De igual manera, en

la casa de las Vírgenes del Sol se estableció un convento de monjas

católicas. En todas partes los antiguos templos se convirtieron en

iglesias y conventos cristianos. Los dominicos, los mercenarios y otros

religiosos se dieron prisa en la obra de la conversión, pudiéndose

asegurar que los ingleses, franceses y holandeses no miraron con el

interés que los frailes españoles la salvación de las almas de los

indígenas.

Durante la estancia en Cuzco de Pizarro, se reunieron algunas

fuerzas indias bajo las órdenes de Quizquiz, uno de los generales de

Atahuallpa. En su persecución destacó Pizarro a Almagro con una pequeña

fuerza de caballería y numeroso cuerpo de indios mandados por el inca

Manco, quien en esta ocasión iba a pelear contra soldados de Quito

y contra Quizquiz, antiguos enemigos del rey Huascar. Quizquiz fué

derrotado cerca de Xauxa, retirándose a las elevadas montañas de Quito,

donde, como en otro tiempo, según cuentan las crónicas cristianas,

nuestro Pelayo en las fragosidades de las sierras de Asturias, dió

el grito de _Dios_, _patria_ y _libertad_; pero el general español

encontró patriotas que le siguieron, mientras el general peruano sólo

halló miserables que le mataron a sangre fría. Así pereció el último

de los grandes generales de Atahuallpa, o mejor dicho, el único que

hubiese podido defender hasta el último momento la independencia del

Perú.

Otro asunto que demanda más consideración que las hostilidades de los

indios ocupó por entonces al gobernador español. El asunto fué la

llegada a la costa de gran número de españoles mandados por Pedro de

Alvarado, valeroso capitán que a las órdenes de Hernán Cortés había

adquirido fama inmortal en la guerra de México. Salió Alvarado de

México el 13 de noviembre de 1523 con el encargo que le dió Cortés de

conquistar la rica región de Guatemala. Sometió (como se dijo en el

capítulo V de este tomo) a los indígenas, fundó ciudades, marchó a

España (1527) y ganó la confianza del Monarca, volviendo a Guatemala.

Excitado por las relaciones que le hacían de las conquistas de

Francisco Pizarro, levantó un cuerpo de tropas y marchó al Perú[142].

Tenía noticia Alvarado de que las conquistas de Pizarro se habían

limitado al Perú propiamente dicho, y que la parte del Norte, donde se

hallaba el reino de Quito, antigua residencia de Atahuallpa, estaba sin

explotar, pudiéndose adquirir, por tanto, muchas riquezas. La flota

que tenía destinada a las islas de la Especia tomó la dirección de la

América del Sur, desembarcando (marzo de 1534) en la bahía de Caracas

con 500 soldados, de los cuales 230 eran de caballería, provistos todos

de armas y municiones.

[142] El número de tropas era de 500 hombres bien armados y le

acompañaba el piloto Juan Fernández.

Sin tener en cuenta que invadía un territorio concedido por la Corona

a Pizarro, marchó, a través de las montañas, sobre Quito. Cruzó el río

Dable, penetró en las intrincadas malezas de la sierra y comenzó a

franquear una y otra cordillera, en medio de nieves y ventiscas, con

un frío cada vez mayor. Aunque la infantería iba avanzando a fuerza de

trabajo, muchos de los soldados de caballería se quedaron helados sobre

sus caballos. Los indios que llevaba, acostumbrados al cálido clima de

Guatemala, padecieron horriblemente y murieron muchos. Parecía que el

hambre y el frío iban a acabar con infantes y caballos. Como si todo

esto fuera poco, el aire se llenó de espesas nubes de tierra y ceniza

que cegaban y hacían dificilísima la respiración de los hombres; nubes

de tierra y ceniza procedentes de una erupción del volcán Cotopaxí,

que se halla a 12 leguas al Sudoeste de Quito. Por fin llegó Alvarado,

después de salir de Puertos Nevados, a las inmediaciones de Riobamba;

pero habiendo perdido una cuarta parte de su ejército, cerca de 2.000

indios auxiliares y considerable número de caballos. Tal fué el

desastroso paso de los Puertos Nevados. Emprendió después su marcha por

la llanura, causándole no poco asombro ver impresas en el suelo huellas

de herradura. Era evidente que caballería española había pasado por

allí, siendo de pensar que otros le habían precedido en la conquista de

Quito.

Merece el hecho clara explicación. Cuando Pizarro salió de Caxamalca,

conociendo que el único puerto para entrar en el país era San Miguel,

dispuso nombrar a Sebastián Belalcázar, persona en quien él tenía gran

confianza por su inteligencia, valor y severidad, gobernador de la

colonia. Belalcázar tomó posesión de su gobierno, recibió noticias de

las riquezas de Quito, y por su propia voluntad y sin contar con el

permiso de Pizarro, a la cabeza de unos 140 soldados, entre infantes

y jinetes, auxiliado con un cuerpo considerable de indios, marchó por

la ancha cordillera de los Andes, por un camino más corto y seguro que

el que después llevó Alvarado. En los llanos de Riobamba peleó varias

veces con el general indio Ruminabi, triunfando al fin y penetrando en

la capital, que en honor de Francisco Pizarro, llamó San Francisco de

Quito. Tuvo el sentimiento de no encontrar las riquezas que esperaba y

tomó la vuelta de su colonia, noticioso de la aproximación de Almagro.

Sucedió lo que era de esperar. Cuando Almagro tuvo noticia en Cuzco

de la expedición de Belalcázar, sospechando alguna traición, salió

para San Miguel, donde le informaron de todo. Desde San Miguel, sin

darse punto de reposo, marchó al encuentro de Belalcázar, con el cual

se reunió en Riobamba, no sin sostener antes sangrientas luchas con

los indígenas. Las explicaciones que mediaron entre los dos fueron

afectuosas, convenciéndose Almagro de que no había traición de parte

del gobernador de San Miguel. Reunidos Almagro y Belalcázar, esperaron

la llegada de Alvarado. Al encontrarse frente a frente en las llanuras

de Riobamba, antes de lanzarse a la lucha, acordaron resolver el

asunto por medio de negociaciones. Si Almagro y Alvarado sostenían

sus respectivos derechos a la conquista del país, vinieron por último

a un acomodo, que consistió en que Pizarro pagaría cien mil pesos de

oro a Alvarado, cediendo éste su flota, sus tropas y sus municiones y

almacenes[143].

[143] Decía Alvarado que la suma recibida no alcanzaba a

cubrir los gastos de la expedición, a la vez que Almagro

aseguraba que los buques y el armamento se habían pagado tres

veces más de lo que valían.

Entretanto el gobernador, habiendo dejado encargado del gobierno de

Cuzco a su hermano Juan, llevando consigo a Manco, se dirigió a Xauxa,

donde el citado inca obsequió a Pizarro con una cacería al estilo del

país. En Pachacamac celebraron cariñosa conferencia Alvarado y Pizarro,

despidiéndose el primero para su gobierno de Guatemala[144].

[144] Dispuso el Rey que Alvarado fuese sometido a juicio por

la Audiencia de México, la cual dió la comisión al licenciado

Alfonso de Maldonado; pero él se fugó a Honduras, fundó nuevas

colonias y se embarcó para España. Habiendo justificado su

conducta en la corte, volvió a Honduras, cuya provincia agregó

a su gobierno.

Nombrado Belalcázar, poco tiempo después, gobernador de Quito, y

deseoso de ensanchar los límites de su nuevo gobierno, comenzó sus

conquistas hacia el Norte.

Por su parte, preocupaba á Pizarro dónde había de edificarse la futura

capital de aquel vasto imperio colonial. El Cuzco se hallaba lejos de

la costa, y el pequeño establecimiento de San Miguel estaba situado

muy al Norte. En el cabildo celebrado en Xauxa el 29 de noviembre

de 1534, se trató de la necesidad de trasladar la población a sitio

más conveniente. Manifestaron su opinión algunos vecinos de Xauxa,

acordándose el nombramiento de comisionados que examinasen, en el valle

del cacique de Lima, dónde podía hacerse la fundación. El comendador

Francisco Pizarro, adelantado y capitán general y gobernador en las

provincias de la Nueva Castilla, nombró a Ruy Díaz, a Juan Tello y a

Alonso Martín para que eligiesen el asiento del dicho pueblo.

Elegido el asiento, se dispuso la fundación de la nueva ciudad

(1535), trasladándose luego a ella los pueblos de Xauxa y el de San

Gallán. Pizarro puso la primera piedra de la iglesia edificada bajo

la advocación de Nuestra Señora de la Asunción, nombró alcaldes y

regidores del Cabildo[145]. Aunque no pudo ser más acertada la elección

de sitio, el obispo Valverde, en carta escrita al Rey (20 marzo 1539)

le decía lo siguiente: «la ciudad de Lima está mal situada; porque

podiendo estar junto á la mar, adonde tuviera muy buen sitio y no

oviera trabajo en traer las mercaderías, está dos leguas buenas de la

mar, y, allende desto está situada sobre el río que va muy tendido y

hace muy gran cascajal, y gente de caballo por aquella parte, no la

puede defender.»

[145] Véase _Libro primero de Cabildos de Lima_, parte 1.ª,

págs. 1-15. Año 1888.

El sitio que se eligió para la fundación de la ciudad fué el valle

de Rimac, por el que corría ancho río, y cuyo clima era delicioso.

Acordóse dicho sitio en la Epifanía o Adoración de los Reyes (6 enero

1535), y por ello se llamó _Ciudad de los Reyes_; pronto se olvidó el

nombre castellano, para ser reemplazado por el de Lima, que es una

corrupción del nombre primitivo indio de Rimac. Las calles debían

ser muy anchas y perfectamente alineadas, cruzándose unas a otras en

ángulos rectos y bastante apartados, con la idea de dejar ancho espacio

para plazas públicas y jardines. Se le dió forma triangular, teniendo

por base el río, cuyas aguas, llevadas por acueductos de piedra, debían

atravesar las principales calles y regar los jardines de las casas. La

plaza estaría formada por la catedral, el palacio del virrey, la casa

de ayuntamiento y otros edificios públicos. El soldado se convirtió en

agricultor y la espada en instrumentos del albañil, del herrero y del

carpintero. A ayudar a los españoles acudieron indios de más de 100

millas a la redonda.

A la sazón, Almagro el _Mariscal_, como le llamaban comunmente los

cronistas, por orden del gobernador Pizarro, había marchado al Cuzco

para encargarse del mando de dicha capital y también para conquistar

los países situados hacia el Sur y que formaban parte de Chile.

También por aquellos mismos tiempos llegaba Hernando Pizarro a Sevilla

(enero de 1534) con el quinto real[146]. Causó no poca admiración las

barras de oro y plata, los vasos de diferentes figuras y los varios

objetos representando fuentes, animales y flores. Después de corta

estancia de Pizarro en Sevilla, partió para Calatayud, donde se hallaba

el Emperador y donde estaban reunidas las Cortes aragonesas. Refirió

Hernando ante el Emperador las arriesgadas empresas de su hermano, en

particular la prisión del Inca y su magnífico rescate. Nada dijo de

la muerte de Atahuallpa, porque suceso tan trágico ocurrió después de

su partida del Perú. Carlos V oyó con satisfacción el relato que se

le hacía; pero vió con más gusto el oro que venía a llenar el tesoro

imperial, agotado a causa de sus ambiciosos proyectos. Tanto fué su

contento que concedió todo lo que el afortunado aventurero le pedía.

Según las concesiones que hizo el Emperador, Francisco Pizarro debía

ocupar el país que en el documento real se llamó _Nueva Castilla_

(Perú), y Diego de Almagro el designado con el nombre de _Nueva Toledo_

(Chile). Sospéchase que no hubiera salido tan bien librado Almagro

sin la ayuda que le prestaron en la corte algunos agentes suyos.

Hernando Pizarro recibió del mismo modo importantes mercedes; se le

dió alojamiento como individuo de la corte, se le hizo caballero de

Santiago y se le autorizó para armar una escuadra y tomar el mando de

ella.

[146] Sacra Cesarea Catholica Real Magestad. Yo llegué á este

puerto de Sanlúcar oy miercoles á catorce de henero, de la

_Nueva Castilla_, ques la tierra que por mandado de Vuestra

Magestad, fué á conquistar é governar Francisco Pizarro.

Vengo á ynformar á Vuestra Magestad de lo que fasta agora se

á fecho en su servycio en aquella tierra. Traygo para Vuestra

Magestad de sus quintos cien mill castellanos y cinco mill

marcos de plata: vienen en cántaros é ollas, é otras prendas

que son de ver.

Suplico á V. M. que sea servido de mandar que la Casa de

Contratacion de Sevilla no ponga ympedimiento ninguno, porques

cosa que fasta oy no se ha visto en _Indias_ otro semejante ni

creo que lo hay en poder de ningun Príncipe.

Nuestro Señor la vida é Real Estado de Vuestra Magestad por

largos tiempos guarde é acreciente con muy mayores Reinos é

Señoríos. Deste puerto de Sanlúcar, á catorce de henero de

mill é quynientos é treinta é cuatro años. De Vuestra Sacra,

Cesarea, Catholica Magestad. Humilde criado é servidor que

los Reales pies é manos de Vuestra Magestad besa.--_Hernando

Pizarro._

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 24 / 141 题