era allí un reyezuelo, y que todo el mundo le obedecía por el terror,
pensó que su asunto no marchaba tan bien y que quizá había hecho una
imprudencia.
Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último piso de un caserón y
allí lo tenían vigilado.
II
MANIOBRAS DE FRECHÓN
Cuando Matías Frechón comprobó que el viejo Chipiteguy se la había
jugado en el asunto de Pamplona, pensó, tarde o temprano, en tomar
venganza. La ocasión se había de presentar a la larga o a la corta, y,
efectivamente, se presentó. Frechón urdió pronto un proyecto que le
pareció soberbio.
Para realizarlo necesitaba cómplices, decididos y valientes; Roquet,
por entonces, estaba ya a las órdenes de Aviraneta, dedicado a
maniobras políticas; Cazalet, el bohemio, no era hombre más que para
intrigas de ciudad; perezoso y borracho, no podía actuar más que en el
rincón del café o de la taberna.
Frechón, que espiaba a todos los españoles que venían a Bayona, supo
que Gabriela la Roncalesa visitaba la posada de Iturri y conferenciaba
con Aviraneta.
Frechón se presentó a la muchacha y la dijo que tenía algunos asuntos
comerciales con los carlistas, y que, para resolverlos, necesitaba una
persona de inteligencia que tuviera conocimientos entre los partidarios
de don Carlos.
Gabriela habló de su novio, Luis Arreche; dijo que éste era
subteniente del 5.º batallón de Navarra y que conocía algunos
personajes importantes del partido. Frechón preguntó a Gabriela si
él no podría hablar en algún lado con el subteniente Arreche, y ella
contestó que una semana después su novio estaría en Vera y que allí
podría entenderse con él.
Frechón entró en España y habló con Luis Arreche, a quien llamaban
Bertache por el nombre de su casa.
Frechón contó a Luis la jugada que le había hecho Chipiteguy en
Pamplona y le confesó que él pensaba preparar una emboscada para
sacarle parte o todo el dinero que el viejo se había agenciado con el
negocio de las cruces.
Luis Arreche le advirtió que él no podía estar mucho tiempo en la
frontera, y que, para preparar la emboscada contra Chipiteguy, lo mejor
que podía hacer era dirigirse a su hermano Martín. Frechón mandó un
aviso a Martín Arreche, alias Bertache, alias Martín Trampa; hablaron
los dos, se entendieron y se pusieron de acuerdo en la manera de
apoderarse del viejo trapero, de secuestrarle y de sacarle los cuartos.
Frechón volvió a Bayona y sondeó a Claquemain. Claquemain era un
borracho que no tenía afecto a nadie. Con la promesa de dinero se
decidió a hacer traición a su amo.
Entre los dos hombres engañaron a Chipiteguy, hablándole de una compra
de armas en la venta de Inzola.
Fueron Claquemain y el viejo a San Juan de Luz, en coche; alquiló allá
Chipiteguy una mula para subir a la venta de Inzola, y en la venta de
Inzola aparecieron Frechón y Claquemain, que le obligaron a seguir
adelante y le llevaron al final del robledal, donde esperaban Martín
Trampa, Malhombre y Perico Beltza.
A los dos días de la desaparición de Chipiteguy se presentó Frechón
en la casa del Reducto, de Bayona. Dijo a Manón y a la andre Mari que
había estado en Dax y se manifestó muy asombrado de la desaparición de
Chipiteguy.
Luego en la tienda, delante de Alvarito y de algunos clientes, afirmó
que a Chipiteguy lo habían engañado y llevado a España los curas
carlistas al enterarse de que había sacado cruces y custodias de
Pamplona.
--¿Qué custodias?--preguntó Alvarito.
--Tú eres un imbécil que no te enteras de nada--le dijo Frechón--.
Cuando el viejo estuvo con nosotros en Pamplona trajo plata y piedras
preciosas, que debe tener guardadas aquí.
Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón del tesoro de Pamplona y
decidieron un día registrar la cueva.
Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar el paradero de
Chipiteguy, y fué a ver a María Luisa de Taboada por si ésta le podía
dar alguna indicación. María le preguntó si no conocía a don Eugenio de
Aviraneta.
Alvaro le dijo que sí.
--Pues vaya usted a verle.
Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia.
Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición de Chipiteguy
y de Claquemain.
Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía. Alvarito relató
las incidencias del viaje a Pamplona: cómo habían entrado en la
ciudad; cómo el patrón había dicho a su dependiente que le esperase en
Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan de Pie de Puerto a
Bayona, había ido a San Sebastián y embarcado aquí con sus figuras de
cera.
--¿Usted no sospecha de nadie?--le preguntó Aviraneta.
--No.
--¿Ni siquiera de Frechón?
--A ese hombre le considero capaz de cualquier cosa, pero parece que
estos días de la desaparición de Chipiteguy estaba en Dax.
--¡Quién sabe! Quizá esto no sea más que una coartada.
Aviraneta prometió al joven Sánchez de Mendoza que pondría todos los
medios para averiguar el paradero de Chipiteguy, suponiendo que el
viejo se hallara en España.
Los amigos de Chipiteguy, muy extrañados de su desaparición, hacían mil
cábalas; para unos era una fantasía del viejo, que se había marchado de
casa por capricho, otros creían que estaba secuestrado, y otros, que
muerto.
Unos quince días después de la desaparición de Chipiteguy, Alvarito
recibió una carta, que fué a leerla a Manón y a la andre Mari. La carta
decía así:
"Mi querido amigo: Me han traído a España y me tienen preso. Para
dejarme libre exigen que dé dos mil onzas. Vete a ver a Manasés
León, con esta carta, y él te proporcionará la cantidad indicada. La
tendrás dispuesta para entregársela inmediatamente al emisario que se
presente ahí dentro de poco con una carta mía desde la frontera, que
irá dirigida a don Alvaro Sánchez de Mendoza y estará firmada por Juan
Dollfus.
No hay que avisar a la policía española, porque ella aquí, por ahora,
no puede hacer nada, y la denuncia podría costarme la vida. Di a Manón
que estoy bien y que pienso siempre en ella. Tu amigo, _Chipiteguy_."
Alvarito hizo lo que se le indicaba en la carta y esperó con el dinero
en la caja a que apareciera el emisario, pero éste no apareció.
Una semana después, Manón recibió otra carta, en la que se le decía que
su abuelo se encontraba preso, y que si quería verle libre, enviara una
letra de quince mil francos, a cobrar en Elizondo, a nombre de Juan
Echenique, de Almandoz; que no avisara a la justicia, porque no podría
hacer nada contra los secuestradores del viejo y porque si sabían que
eran denunciados podían matarle.
Manón y Alvarito consultaron con Manasés, y éste dijo que era una
imprudencia enviar el dinero sin garantía, porque el Echenique podía
quedarse con él y no librar a Chipiteguy.
Decidieron entre los tres escribir a Echenique, indicándole que le
enviaban una carta de pago de quince mil francos a cobrar en casa de
Rodríguez y Salcedo, de Bayona, y añadiendo que le pagarían desde el
momento en que Chipiteguy estuviese libre en cualquier punto de la
frontera de Francia.
Como ésta carta tampoco dió resultado, Alvaro fué de nuevo a visitar a
Aviraneta, quien le dió una carta para Luis Arreche, alias Bertache.
Don Eugenio le decía en ella que se enterara de quiénes tenían
secuestrado a Chipiteguy y en dónde; que les dijera a los
secuestradores que no pidieran más de lo que habían pedido, porque el
viejo no era tan rico como decían, y que, aunque lo fuera, quizá en la
misma familia del viejo hubiera gente que le conviniese que Chipiteguy
desapareciera.
--No, no hay nada de eso--dijo Alvarito.
--Seguramente que no--replicó Aviraneta--; pero es un argumento para
gente un tanto canalla, que desconfía de todo menos de las malas
intenciones.
Alvarito se dispuso a ir a España a ver a Bertache. Antes de salir,
Aviraneta le llamó. Había sabido por Gabriela la Roncalesa que Martín
Trampa, el hermano de Luis Arreche, era uno de los complicados en el
secuestro de Chipiteguy. Martín vivía en Almandoz y Aviraneta pensaba
que se le podía escribir a él directamente. Le escribieron. Alvarito y
Manón decidieron esperar una semana, por si Martín Trampa contestaba;
pero no contestó...
III
EL TESORO
Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha y la andre Mari. Habían
oído claramente que andaba gente en la cueva.
--¡Levántate!--le dijeron las dos mujeres.
Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió lo más rápidamente
posible.
--Vamos a ver quién es--dijo, fingiendo serenidad en la voz.
--No, no--replicó la andre Mari--; lo que tenemos que hacer es
encerrarnos en este piso con llave. Manón está dormida.
--Mejor sería llamar a la guardia del Reducto--murmuró la Tomascha--.
Desde la ventana podemos gritar.
--No, no--dijo la andre Mari--; no vaya a resultar que sea algún gato y
se burlen de nosotras y nos tengan por unas viejas locas.
Con el rumor de las voces Manón se despertó y apareció en la escalera,
preguntando de qué se trataba.
--Hay gente en la casa--le dijo su tía.
--Pues vamos a ver quién es.
La muchacha se puso una bata, cogió el farol con el que solía hacer
la ronda nocturna con su abuelo y comenzó a bajar decididamente la
escalera.
Alvarito la siguió con un garrote en la mano; las mujeres, al ver a los
dos muchachos tan decididos, fueron también bajando las escaleras tras
ellos.
Manón y Alvarito recorrieron la tienda, los almacenes y el patio y no
encontraron a nadie.
--Quizá en la cueva se haya encerrado el ladrón.
Entraron en la cueva. A la luz del farol vieron las figuras de cera
apoyadas en la pared con un aire extraño. La arpillera que cubría el
grupo de los Asesinos había caído y el Asesino joven sacaba el brazo,
armado con su puñal. La presencia de aquellas repugnantes figuras
de cera renovó la obsesión de Alvarito; le produjeron espanto, y en
medio de la noche, y en la cueva, y a la luz vacilante del farol, casi
le dieron más terror que si fueran verdaderos ladrones que hubieran
entrado en la casa.
Al volver a su cama, Alvarito reconoció en su fuero interno que, aunque
aparentemente había quedado bien, en el fondo había tenido mucho miedo.
Se avergonzaba, al mismo tiempo, de su cobardía y se asombraba de sus
momentos de valor.
Al día siguiente, cuando Alvarito fué a su despacho, pudo notar señales
de pasos en el patio. La noche antes había llovido y quedaban huellas
de unas botas y el barro ya seco. No era, pues, ilusión el que hubiese
habido gente dentro de casa por la noche, sino un hecho cierto.
Ahora, por dónde había entrado y por dónde habían salido, era lo que
no comprendía, porque en el portal no había huellas y el cerrojo de la
puerta estaba por la mañana echado.
Alvaro supuso si los ladrones, o lo que fuesen, se habrían descolgado
por la pared del patio, o quizá por el tejado. Todo esto le dió a
Alvarito gran miedo. La andre Mari y la Tomascha se alarmaron mucho al
saber que era cierta la entrada de los hombres en la casa y decidieron
que fueran a dormir al almacén Quintín y un primo suyo zuavo.
Este primo de Quintín era Max Castegnaux, supuesto hijo de Chipiteguy,
que había llegado a sargento en el ejército de Argelia, y que estaba
retirado y tenía un destino en el Ayuntamiento.
Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y grande, tenía aire
marcial y una frente abombada un poco de carnero. Max gastaba bigote y
patillas. Llevaba sombrero de copa de alas muy anchas, levita de mangas
largas y estrechas y un junco, colgando en el botón del chaleco.
Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda en unos catres, cada
uno con la pistola cargada, al alcance de la mano. Max y Quintín
pensaron en poner dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios
extraños, para asustar al que pretendiera entrar en la casa.
La guardia de los hombres no era muy eficaz.
Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada uno su botella de vino a
la trastienda, y después de jugar una partida y de beberse el vino, se
echaban a dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo los hubiera
despertado.
Unos días después de los ruidos y de la alarma y de inaugurar
la guardia en la trastienda con Castegnaux y Quintín, Frechón,
considerándose ofendido al ver que en la casa se daba más importancia a
Alvarito que a él, se despidió.
Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer el espionaje de
Frechón, tenían que ver lo que había guardado el abuelo en la cueva.
Fueron los dos con un farol y notaron que había un sitio con la tierra
removida. Cavaron allí y comenzaron a aparecer barras de plata,
pintadas de negro, y trozos de oro, envueltos en trapos.
En el agujero había también un cantarillo.
--¿Qué habrá aquí?--se dijo Alvaro.
--A ver, vacíalo.
Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su interior un montón
de esmeraldas, de zafiros y de topacios.
A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores.
--Es un tesoro--murmuró Alvaro.
--Sí, pero no podemos tocarlo--dijo Manón.
--¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo como estaba.
Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas y la enterró de
nuevo. De pronto creyó que había alguien que le estaba mirando; pero
era una de las figuras de cera.
Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron que salían de la cueva de
Alí Babá y de sus cuarenta ladrones.
La existencia del tesoro influyó en la imaginación de Alvarito. Supuso
que, así como en los cuentos antiguos había un dragón que guardaba un
tesoro y una princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes.
El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las feas figuras, el
Orfeo de las bestias inmóviles, el domador de los espectros asquerosos
y repugnantes, y después de vencerlos, huiría con la princesa y con el
tesoro.
Unos días después soñó que se encontraba delante de una puerta
disparando tiros contra alguien que quería asaltar la casa.
IV
LOS VIEJOS DE LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY
Grandes comentarios se hicieron entre los amigos acerca de la
desaparición de Chipiteguy. En la tertulia de madama Lissagaray se
habló mucho del caso, y, sobre todo, los viejos y las personas sesudas
discutieron y expusieron sus opiniones.
Había variedad de hipótesis. La mayoría consideraba que el secuestro
tenía un carácter político, y, según sus ideas, lo achacaban unos a los
carlistas y otros a los masones.
Algunos no creían que se tratara de maniobras políticas, sino de
motivos personales.
Uno de los que acusaba a Frechón como autor o, por lo menos, cómplice
del secuestro, era Pascual Joliveau, el Robinsón Crusoé del baile del
día de San Martín.
Joliveau tenía su tienda de herbolario en el piso bajo, en casa de
madama Lissagaray. Joliveau era soltero, de unos treinta y tantos años,
grueso, rubio, pálido, pesado e imberbe, con las orejas grandes y las
manos enormes.
Era, además, tartamudo.
Joliveau ganaba dinero con su tienda. Era muy trabajador y un poco
entrometido en cuestiones de medicina. Creía que sabía mucho, y también
lo creía la gente de la vecindad.
Los enemigos suyos decían que como en la misma calle vivía un médico
que le había denunciado una vez por intruso a Joliveau, y a quien éste
tenía odio, había puesto un anuncio en la tienda, que decía así:
"Herbolario: No confundirle con el charlatán de enfrente."
La anécdota era perfectamente falsa.
Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos y por los
boticarios de la época, porque comenzaban a emplear principalmente
remedios químicos y olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de
curar todas las enfermedades con la angélica, con la valeriana, con la
pulsátila, con la genciana.
A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina, la ruda o el
cornezuelo de centeno; pero había estado a punto de ser procesado por
una de estas recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia.
Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía cepillos de dientes y
lavativas.
Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz, había acogido en su
casa a un hombre llamado Doyambere, antiguo relojero tronado, viejo
mixtificador, que afirmaba poseer magníficas minas en España y tesoros
en el Banco, probablemente tan reales como las minas.
Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura de cera. Le recordaba
al Fualdés de la colección de Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy
suspicaz y muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más que en la
cocina, y poca. Para legitimarse durante el invierno, encontraba que
en todas partes donde se encendía fuego había demasiado calor.
Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su casa o en la calle, las
llaves viejas que no abren ninguna puerta, las pelotas, los trozos de
vela, las horquillas, etc.
Joliveau no creía más que en las malas intenciones de la gente, y aun
así le engañaban siempre.
Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre misterioso; el relojero
tronado, que había hecho creer a todo el mundo que poseía minas y
tesoros, y que, probablemente, no tenía un cuarto.
Doyambere había sido el bohemio de la relojería; durante muchos años
había recorrido Francia, España e Italia a pie, arreglando relojes.
Contaba cosas extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes,
misterios y horrores.
Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy discreto, muy sensato, que
tenía buenas palabras para todos, pero que no inspiraba confianza.
Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa con la esperanza de
heredarle.
A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero mixtificador,
y una vez que Doyambere, al postre, sacaba la corteza al queso, sin
duda muy gruesa, Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre, sin
poderse contener:
--Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el dinero. Es una...
falta... de... consideración desperdiciar así... el queso.
Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba.
Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau era odiar a los
gatos, sin duda por lo que robaban.
--Es un animal... antipático--decía--, que no respeta la propiedad
ajena.
Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía, los ahorcaba.
Había uno en su vecindad de una vieja solterona, negro y atrevido, que
entraba en casa del herbolario por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió,
lo ahorcó y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la ventana,
para que lo viera la vecina.
Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender que aquella
señorita estaba enamorada de Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella
sentía un verdadero horror por el herbolario.
Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no decía las cosas como
todo el mundo; era un incoherente, a quien a veces no se le entendía.
Hacía alusiones a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle, se
preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de gran talento? ¿Si será un
imbécil? La mayoría se decidía por creerle imbécil.
Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades: suficiencia,
fanfarronería e impertinencia, unida a cierta fidelidad por algunas
personas. Quizá ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda;
pero también se podía asegurar que había poco estimable en el
abigarramiento de su alma.
Joliveau, desde el principio de la desaparición de Chipiteguy, había
acusado a Frechón. Joliveau tenía resquemores con éste. Había querido
hacer un negocio un tanto usurario con él y Frechón le había engañado.
--A ese... cochino... de Frechón--decía--le voy a enviar yo... a
gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí
le alimentarán con... berzas, con agua y con... otros ingredientes
parecidos.
La hospitalidad económica gubernamental era para Joliveau la cárcel.
Una vez le dijo alguien:
--Ese Frechón vendería su alma al diablo.
--Saldría... ganando--contestó Joliveau con presteza--; vendería una
porquería... por unas buenas... monedas.
Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar los nombres de
las personas que le eran antipáticas o que le habían engañado.
Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato o Frechonazo.
A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón con mayor acritud.
Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau eran venenosas y
mortales de necesidad.
No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas, si es que se
orinaba, o escupía, o algo peor; pero su efecto era terrible. Tomar el
malvavisco, la manzanilla o las flores cordiales de casa de Joliveau y
empezar a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte, era inmediato.
Frechón hacía juegos de palabras con el apellido de Joliveau (Bello
Becerro) y preguntaba a los conocidos:
--¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero o está hidrópico
por las malas hierbas que come en su casa? ¿Le ha visto ya el
veterinario?
Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que una meningitis padecida
en la infancia le había trastornado. Decía también que de niño un cerdo
le había castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe y tenía
tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por eso tenía también aficiones a
guisar y a fregar los platos.
Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joliveau, que tan pronto se
indignaba como se quedaba tan tranquilo.
--Aquí, en Bayona... ya se sabe...--decía, frotándose sus grandes
manos--. El periódico... de cinco céntimos... sin papel... circula
mucho por la ciudad.
Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del herbolario, que
había mucha chismografía en el pueblo.
Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada, siempre haciendo
alusiones a cosas desconocidas, no se le entendía. Con frecuencia
Pascual Joliveau proyectaba casarse; pero no tenía éxito.
--No sé... si casarme... o comprar una... partida de hierbas.
Al último, siempre tenía que comprar las hierbas. Frechón decía en
todas partes que Joliveau quería casarse porque tenía gran afición a
ser cornudo.
Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas en la tertulia
de Lissagaray, pero no le hacían caso; Manón le trataba con un profundo
desprecio, Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente de él.
El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal--hubiera dicho
Frechón--; únicamente Alvarito escuchaba al herbolario; éste solía
decirle:
--Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo, dele usted... la
zancadilla... a Frechonazo.
Otro de los consultados varias veces fué el padre Aranalde, un cura
amigo de Madama Lissagaray. Aranalde era un viejo de cara sonrosada,
pelo blanco, mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado
caído; los labios burlones y la nariz larga, con frecuencia llena de
rapé.
Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía tan afectadamente y tan
bien que, más que cura, parecía un cómico que hiciera de una manera
maravillosa el papel de eclesiástico.
Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía ser, y las varias
versiones que se daban de la desaparición de Chipiteguy le parecían muy
posibles.
Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray era el señor
Silhouette, comerciante retirado de las pompas fúnebres y vecino de
Chipiteguy.
Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía una expresión de
frialdad, de indiferencia, de esfinge. Sin duda se la había dado su
oficio.
Durante toda su vida no había hecho más que ir a las casas donde
ocurría una muerte, de día o de noche, y mostrar atenta y fríamente sus
catálogos y etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda,
siempre con una severidad y una indiferencia helada.
Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado por la mujer. El
señor Silhouette llevó a su mujer a una casita de campo del camino de
Bayona y la encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver en sus
catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres necesitaba su cara
esposa para hacer el gran viaje a las profundidades de la madre tierra.
El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la boca apretada, con
los labios pálidos y delgados, mejillas hundidas, ojos fijos y duros,
la corbata que le agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada
fría. Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral, panteónico.
En todo se manifestaba metódico y meticuloso, muy partidario de la
etiqueta, y no transigía con ningún olvido de ella.
Se decía que el señor Silhouette era el padre de Joliveau; pero no se
parecía nada a él y debía ser una broma de la gente mal intencionada.
El señor Silhouette era legitimista, pero no quería confesarlo.
Alvarito le encontraba muy parecido al Fouché de las figuras de cera;
un Fouché más viejo y menos emperifollado.