Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos marchar siguió
hablando.
--Sí--dijo--, Volkonsky fué amigo mío y yo le quería. Volkonsky no
sabía que usted existiera. Además, Volkonsky quiso casarse con su
madre. Ella fué la que no quiso, porque él era pobre.
--Miente usted--exclamó ella.
--No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en mentir?
--Legitimar su conducta.
--¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué ella la que no se quiso
casar con él. Ella era rica, de una familia orgullosa e influyente; él,
aunque de una estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un pobre
aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso unir su vida a la del
polaco, y cuando su padre de usted se casó con una muchacha sencilla y
modesta, su madre de usted le preparó una celada e hizo que le mataran
y mandó cortarle la mano.
--Invenciones.
--No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo he visto el cadáver de
su padre en la finca de los Mirandas.
--Mi madre era una mujer angelical.
--Era una mujer diabólica y perversa.
--El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se toda la verdad. Mi
madre me contó toda la verdad.
--Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla.
--Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky de niña y que la
había seducido. Estando embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo
socio de varios españoles para explotar unas minas, y entonces un
español, que le pretendía a mi madre, y a quien ella despreciaba, le
habló a Volkonsky, le engañó, le dijo que ella había tenido amantes y,
no contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de las minas. Ese
español, ¿sabe usted quién era? Era usted, señor Aviraneta.
--Todo eso es un tejido de embustes, digno de la que los inventó--gritó
Aviraneta--. Nada de eso es verdad. Mentira, todo mentira y mil veces
mentira. Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que recordarán
aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos a ellos. Pero no hay
necesidad. En Burdeos hay un comerciante español que vivió en Méjico en
aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a ver, le interrogaremos. El
sabe la historia de Volkonsky y la mía... Pero ni aun eso es preciso,
porque yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después de la
muerte de Volkonsky.
--¿Usted conserva cartas de mi madre?
--Sí, y de su padre también--contestó Aviraneta excitado--. Ahora
dígame usted cuándo, en dónde, ante qué testigos quiere que le enseñe
esas cartas. ¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es cierto?
--Sí.
-Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul, le mostraré esas
cartas; que vaya su esposo, el conde; yo llevaré otro testigo: ¿Usted
tiene alguna carta de su madre?--preguntó don Eugenio.
--Sí.
--Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces, tregua.
La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró:
--Muy bien. Hasta dentro de tres días.
Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente y salió del cuarto.
Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió de su archivo un
paquete de cartas.
Tres días después de la entrevista citó a la condesa en el Consulado.
La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos estuvieron el conde
de Hervilly y el señor Mazarambros. La condesa se presentó a la hora
señalada. Vestía un traje gris y llevaba su collar de perlas.
Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó de qué le acusaba
la condesa a él, lenta y reposadamente.
--¿Es esto de lo que me acusa usted?--preguntó a la condesa, después de
hacer la relación con toda clase de detalles.
--Sí.
--¿Ha traído usted alguna carta de su madre?
--Sí.
--¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas que yo tengo es
igual a la de las cartas que guarda la señora condesa?
Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la letra. Era la misma.
--Ahora, léanlas ustedes en voz alta.
Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez profunda en Sonia,
que le hacía más hermosa; los ojos, azules obscuros, brillaron con
más resplandor, y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar la
emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas tomaron su color y
volvió a su aspecto normal.
Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral Miranda aseguraba a
su querido Eugenio que nunca había tenido amores, ni siquiera amistad,
con Volkonsky; que el polaco era un miserable que había querido
abusar de ella cuando era niña; que ella no sabía lo que había sido de
Volkonsky y que le esperaba a Eugenio llena de ansiedad y de amor.
La condesa oyó, llorando, estas cartas.
--Es falso, falso--exclamó con rabia varias veces.
--No, no--le dijo su marido--; es verdad, no hay duda alguna.
--Ahora, si todavía queda duda--exclamó Aviraneta--, aquí guardo cartas
de él, de Volkonsky. ¿Quieren ustedes verlas?
La condesa no contestó. El conde tomó una de las cartas y la leyó
despacio y se la devolvió a don Eugenio.
--Mi querida--dijo a la condesa fríamente--, este asunto está resuelto.
El señor Aviraneta ha sido calumniado. El señor Aviraneta es una
persona honorable y hay que reconocerlo y darle una satisfacción.
--Todos estamos de acuerdo con las palabras que ha dicho el señor
conde--repuso Gamboa.
Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa:
--Yo no pretendo, señora, que me conceda usted su amistad; fuí amigo de
su padre, que era un corazón noble y generoso. Como digo, no pretendo
su amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme odio.
--Fué usted enemigo de mi madre--murmuró la condesa, pálida y
demudada--; para mí, eso basta.
Aviraneta había ganado la partida y salió de la sala del Consulado,
pálido, sonriendo con una sonrisa irónica.
Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no vió a Aviraneta. Ella y
su marido cambiaron de hotel, lo que a don Eugenio alegró.
Al cabo de un par de meses la condesa volvió a aparecer en casa de
madama Lissagaray. Aviraneta no la hablaba; pero ella se acercó a él.
--No crea usted que me he olvidado de lo que ha pasado entre nosotros
dos.
--Lo comprendo--dijo don Eugenio.
--El que haya conocido usted a mi padre y a mi madre me atrae hacia
usted. A mi padre no le he conocido; a mi madre la vi solamente tres
veces en toda mi vida. ¿Era hermosa?
--Muy hermosa.
--¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera usted querido hubiera
usted perdonado todo.
--Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en Méjico era joven aún,
pero no un muchacho enamoradizo. Había hecho seis años de guerra de la
Independencia, había rodado por el mundo y estado varias veces a punto
de ser fusilado. No era un doncel.
--Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón. ¿No?
--Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más poeta, más niño.
--Más bueno que usted.
--Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego.
--Usted es implacable.
--Implacable, no.
--Sí, implacable.
--¿Y ella, no lo era? Me persiguió a mí, le persiguió a su padre con
saña. Tenía ese fondo vengativo y rencoroso de los criollos. Odiaba a
los españoles, como todos los Mirandas.
--Yo también los odio.
--¿Con motivo?
--Sí.
--¿Qué motivos puede usted tener?
--Las crueldades de los españoles con los indios.
--¡Bah! ¿Y quién las ha hecho? ¿Los españoles que se quedaron en
España, o los españoles que fueron a América y se convirtieron en
americanos? Estos últimos son los hijos de los conquistadores, de los
que hicieron todo lo bueno y todo lo malo que los españoles han hecho
en América. Es ridículo que ellos ahora se disfracen con la piel del
indio... Perfectamente ridículo. Se avergüenzan de tener sangre de
indios y quieren pasar como sus herederos.
--Ustedes han sido muy crueles.
--¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna y fríamente con
los indios tantas barbaridades como los españoles? ¿Y los ingleses,
que han exterminado razas enteras? ¿Y los franceses, que después de la
revolución y de las monsergas de la libertad, igualdad y fraternidad
han sido los mayores proveedores de carne negra en América? ¡Bah, yo me
río de eso!
--Yo soy americana, y veo a los españoles como los enemigos de mi país.
--Es una preocupación. Toda esa epopeya americana de la Independencia
es falsa.
--Es lo que les conviene decir a ustedes.
--No. Es la realidad. La independencia de América fué una guerra civil
entre los españoles de las colonias y los españoles enviados por la
Monarquía. Los indios, los verdaderamente americanos, eran los que
no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número casi siempre
mayor de indios en los ejércitos realistas que en los republicanos.
En la batalla de Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor
entre los españoles que entre los americanos. A los indios, ¿qué les
importaba la independencia? En el fondo no cambiaban más que de amo.
--No hablemos de política.
--Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo que habrá usted quedado
convencida de que mi conducta con su madre no fué traidora ni infame.
Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con Coral Miranda.
Ella era rica; yo, pobre.
--¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No sé si le perdonaré a
usted, Aviraneta. No sé.
--Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un gran porvenir por delante.
Yo ya soy viejo y no creo ni pienso estorbarle a usted.
--Ya veremos.
El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando con don Eugenio,
miraba a los dos con desconfianza. ¿Qué extraño capricho podía tener
ella de conversar con aquel hombre sombrío y tétrico?
--Hay quien se siente celoso de que hable usted conmigo--dijo Aviraneta
sonriendo.
La condesa contempló a su interlocutor atentamente y se levantó.
Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio.
--Señor Aviraneta--le dijo.
--¿Qué ocurre?
--¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón?
--¿Qué pasa?
--Que Chipiteguy ha desaparecido.
Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a la casa del Reducto.
Hacía ya un día entero que el viejo no aparecía por parte alguna.
Manón y Alvarito habían ido de acá para allá preguntando por el viejo.
La andre Mari y la Tomascha se dedicaban a lamentarse y a decir que
ellas ya habían previsto aquella desgracia.
Se preguntó en las cuadras de alquilar caballos, por si el trapero
había tomado alguno para hacer compras por los alrededores; se fué
a ver a Automendy, un alquilador de coches de la Puerta de España,
conocido de Chipiteguy; se habló a todos los amigos del viejo. Nada dió
resultado.
Al día siguiente se avisó a la policía.
La desaparición de Chipiteguy de la casa del Reducto produjo gran
efecto entre sus conocidos.
Se habló de la masonería, de una sociedad secreta republicana que se
llamaba las Estaciones, que quizá le había dado una comisión; hubo
quien sacó a relucir a los jesuítas.
Pasaron días y más días y no hubo noticia alguna. Chipiteguy
definitivamente había desaparecido.
QUINTA PARTE
EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY
I
EN LA REGATA DE INZOLA
Una mañana de invierno, tres hombres agazapados detrás de una gran
peña, al comienzo de un robledal próximo a Vera, en un lugar llamado la
regata de Inzola, estaban espiando el paso de alguien.
Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados solitario y
sombrío, un gran barranco, por en medio del cual corre el antiguo
camino de Vera a San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen
que es calzada romana, a pesar de que la gente le llama de Napoleón,
porque supone que la mandó hacer el emperador de los franceses para
pasar sus cañones al entrar en España.
Este barranco, con grandes robles y con rincones húmedos y obscuros de
monte bajo, se va inclinando hacia Francia. Desde algunos de sus puntos
se distingue el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el fondo
corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente del monte Larrun y
va a unirse al pequeño río llamado la Nivelle, que sale al mar en San
Juan de Luz. El camino que une a España y Francia por esta parte va
trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, con las antiguas
losas de la calzada bien conservadas; en parte, roto y destrozado e
invadido por las zarzas.
Aquella mañana en que los tres hombres, apostados detrás de una roca,
preparaban una emboscada, el cielo aparecía obscuro, con nubes de color
de tinta; caían grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas
secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, estaba lleno
de barro, más abandonado y desierto que de ordinario. En algunos puntos
el arroyo inundaba la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta
metros.
No había nadie por los alrededores. A veces llegaban por aquellos
vericuetos partidas carlistas a vigilar la frontera y también solían
verse las boinas rojas de los chapelgorris.
Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal de Inzola eran
un hermano de Bertache, apodado Martín Trampa; el criado de éste, a
quien llamaban Malhombre, y un compañero de aventuras de ambos, Perico
Beltza o Perico el Negro.
Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre de su casa, Bertache,
apodo común a su hermano Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por
sí bastante significativo.
Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de aire audaz, cara
redonda, pómulos salientes, ojos negros y sombríos, labios delgados y
expresión ladina. Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica,
le denunciaba cuando quería aparecer como cándido e inocente.
Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él se contaban rasgos de
valor y de energía.
El oficio de Martín, al menos el que practicaba en público, era
tratante de ganado. Vivía en la casa de sus padres, llamada Bertache,
en Almandoz, con su mujer, sus hijos, su hermana y su madre.
Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia por los
caminos, montaba a caballo, con su blusa negra y su bastón, la
_maquilla_ vasca, con la correa en el puño.
Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan Echenique, alias
Malhombre, era digno de su amo por todos conceptos. Vivía también en
Almandoz, donde tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, y
confesaba sin rebozo que desde niño había tenido una afición decidida
al robo.
--Muy pobre debe ser esta casa--decía una vez, refiriéndose a un
caserío en donde había estado.
--¿Por qué?
--Porque ni por casualidad he encontrado en ella nada que robar.
Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, expresión suspicaz
y maquiavélica. Tenía muy aviesa intención.
Se decía de él en el pueblo que había sido durante su juventud un
muchacho apacible y humilde. Poco antes de la guerra estuvo de criado
de un arriero, e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona y
al contrario.
En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas en el país,
robó una escopeta en casa de un labrador rico de Almandoz y se echó
al monte, a unirse con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al
verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de la entrada y le
preguntó con alguna sorna:
--¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje?
Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, pegó un tiro al
campesino, lo dejó muerto y siguió andando.
Malhombre era un tipo de estos de revolución o de guerra, aspirantes
obscuros a energúmenos y a asesinos, que viven durante muchos años una
vida resignada y tranquila y un día se sienten fieras y matan o roban o
degüellan, asombrando a los que les conocen, que no pueden pensar que
lo normal en ellos es ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles.
Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad siniestra. Un año o
dos después de echarse al campo estuvo en Francia preso, no se sabía a
punto fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente criminal
que le enseñó sus mañas.
Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese podido vivir un antiguo
capitán de bandoleros. Alimentaba su vaca en los prados de los vecinos,
cogía las habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas
próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. Malhombre
merodeaba de noche y producía terror en la aldea. El chico o la chica
que lo encontrara al obscurecer en el camino cortando hierba en algún
campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre le amenazaba
con la guadaña, porque le gustaba aterrorizar a la gente.
Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza, con otro
cómplice suyo que vivía en la venta de Odolaga, cerca de Pamplona,
solían apostarse en el alto de Velate, enmascarados o con las caras
tiznadas para que no los conocieran, y esperaban allí a robar a los
viajeros.
Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos robados, y en una
noche Malhombre andaba a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los
productos del robo en sitio seguro e insospechable, muy lejos del lugar
de la fechoría.
Para esto, naturalmente, los tres hombres necesitaban cómplices, y los
tenían, según aseguraban, entre personas de posición, que guardaban el
producto de los robos.
Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. Algunos aseguraban
que los tres hombres no se contentaban con robar, sino que en ocasiones
también mataban.
Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad de desvalijar los
coches. Se decía que para esta labor se hacían pasar por carlistas, y
que a ellos y a Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, que
solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable y su boina blanca.
Esta chica, la Puri, era una muchacha muy esbelta, rubia y bonita. La
Puri hacía su papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica trataba
a su padre con respeto; para ella Juan Echenique no era Malhombre, sino
un buen hombre.
Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante los tribunales,
nunca les llegaron a probar nada. Los tres socios escogían las noches
más negras para sus hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de
noche como de día, y esta casualidad le servía para orientarse y poder
escapar en medio del campo en la mayor obscuridad. Se sospechaba que
era algo brujo y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios.
Malhombre tenía un perro muy inteligente y también ladrón, Erbi.
Se decía que Erbi, con mejor corazón que su amo, una noche que entre
Martín Trampa, su criado y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo
aullando de una manera lastimera largo tiempo cerca del cadáver.
Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas, hecho por él, que
consistía en un vergajo de un palmo con una bola de plomo sujeta a la
punta. Era ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba con gran
habilidad.
Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte, pesado, muy poco
inteligente, contrabandista desde la infancia. Le llamaban Perico
Beltza, Perico el Negro, por su color moreno.
De los tres hombres emboscados, Martín era como un tigre, hombre de una
gran fuerza, de una gran energía y de una gran crueldad; para él los
obstáculos no existían, y si había que pasar por charcos de sangre,
pasaba decidido y sin miedo.
Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío, amigo de la
obscuridad, de las aventuras nocturnas, a quien estorbaba la luz del
sol; Malhombre amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas
y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado mejor que la
cara, el deslizarse entre las sombras.
Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe como un perro de ganado...
Llevaban los tres siniestros personajes más de una hora agazapados tras
de una roca que había al comienzo del barranco de Inzola, cuando se vió
a lo lejos a un hombre, montado en una mula, precedido por otro que iba
delante con el ramal en la mano, y seguido por un tercero.
El hombre montado en la mula iba con una capa y el delantero, que
llevaba la bestia del ronzal, marchaba esquivando los charcos; el
zaguero, que sin duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto.
El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy; el que llevaba
la mula del ronzal, Claquemain, y el que iba detrás con el paraguas
abierto, Frechón.
Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín Trampa, sacó la
cabeza fuera del escondrijo e hizo un gesto de inteligencia a Frechón.
--Mirad por aquí cerca si hay alguien--dijo Martín a Malhombre y a
Perico Beltza.
Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado y a otro para
vigilar. Martín se acercó a Frechón.
--¡Hola, amigo!
--¡Hola!
--¿Este es el viejo?--preguntó.
--Este es.
--¿Qué piensa usted hacer con él?
--¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle por ahora?
--Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío llamado Churinborda.
Allí se le podía llevar, siempre que el viejo no proteste, porque si
no, el hombre se alarmará.
--Oiga usted, Chipiteguy--dijo Frechón.
--¿Qué hay?--murmuró el viejo.
--Le vamos a llevar a un caserío próximo para arreglar nuestros
asuntos. No creo que se nos vendrá usted con gritos.
--Yo no tengo la costumbre de gritar--contestó Chipiteguy con serenidad.
--No le conviene a usted tampoco--replicó Frechón--. Si estos fanáticos
saben que usted se llevó un tesoro de cruces y de custodias de las
iglesias de Navarra, no le digo a usted lo que le va a pasar.
Chipiteguy murmuró:
--Usted me acompañó en la faena; pero eso no importa; vamos cuanto
antes al caserío.
El viejo montado en la mula siguió camino adelante, dirigido por
Claquemain. Los otros hombres fueron detrás.
--¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó barricas llenas de oro y
de plata?--preguntó Martín.
--Sí.
--¡Qué templado!
--Y a mí me prometió una parte y no me la dió.
--Yo hubiera hecho lo mismo--dijo Martín.
Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia.
--Ahora me pagará la trastada--murmuró el francés--. A mí no me importa
nada que se haya quedado con las cruces. Yo me río de los sacrilegios.
Lo que no le perdono es que me haya engañado.
--¿Qué piensa usted hacer?--preguntó Martín.
--Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá una carta a su
familia de Bayona para que nos entregue una buena cantidad de dinero.
--¿Quién irá con la carta?--dijo Martín.
--Ya veremos.
Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, montado en la mula,
hasta el caserío Churinborda. Al llegar a la puerta, Frechón ayudó a
apearse a Chipiteguy.
--No le aconsejo a usted que proteste--le dijo el francés--, porque
entonces le entregarían a usted a los carlistas como ladrón de cruces
de iglesias y le fusilarían sobre la marcha.
--¿Y qué adelantaría usted con eso?--preguntó Chipiteguy con calma.
--Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a usted; lo que yo
deseo es cobrar un buen rescate como indemnización y nada más.
--Estoy dispuesto. ¿Cuánto?
--Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo que saber qué quieren
sacar estos ayudantes.
--Está bien.
--Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida.
--Sí, ya lo veo.
--Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez no pretenda usted
engañar a Frechón. El viejo Frechón tiene siempre la última palabra.
Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso al lado de la lumbre
a secarse, vigilado por Claquemain, mientras Frechón, Martín Trampa,
Malhombre y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer.
El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron en treinta mil
francos: quince mil para Frechón y Claquemain y quince mil para Martín
Trampa y los suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que
pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse.
Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. ¿Quién la llevaría?
¿Cómo se depositaría el dinero y quién lo recogería?
Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que vió en la cocina del
caserío que Chipiteguy hablaba mucho con Claquemain, dijo a Frechón
que no le parecía prudente dejar al viejo en una casa tan próxima a
la frontera, porque podía encontrar cualquier ocasión para escapar y
meterse fácilmente en Francia.
--¿Qué cree usted que se debía hacer?--preguntó Frechón.
--Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz un amigo sacristán, que
es pariente y compinche suyo. El sacristán vive en una casa con una
torre. Allí se podía meter al viejo.
--¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz?
--Unas cinco leguas.
--Bueno; pues vamos a llevarle allí.
Malhombre se encargó de conducirle en la mula, de noche, por los
vericuetos que él sabía.
Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. Chipiteguy estaba
dispuesto a no protestar.
Martín Trampa y sus hombres no sabían francés, y Frechón pensaba
engañarlos hábilmente y quedarse con todo el rescate a poco que la cosa
se presentase bien.