El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la desaparición de

Chipiteguy; se contentó con oír todos los detalles y nada más.

Había otros viejos señores en la tertulia; el señor Castera, que había

sido procurador, que andaba del brazo de su mujer, arrastrando los

pies, y que jugaba su partida de cartas. El señor Castera tenía las

piernas torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin pelo en las

sienes y la frente deprimida. Había en él algo de reptil. Vestía a la

antigua. El señor Castera tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y

tenía una voz de falsete desagradable.

Pero no se podía considerar como lo más desagradable de su personalidad

su voz.

El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que no le impedía decir

a cada persona lo más desagradable, lo más que le podía molestar o

herir, con exquisita finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso,

ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa esmaltada, sonriendo con

amabilidad. El hablar mal de la gente, el tomar rapé y comer dulces

eran sus principales vicios.

Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud, había sido un hombre

guapo. En cambio, en su vejez, era casi repugnante.

Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía, sobre todo en

los comerciantes, industriales, notarios, hombres de ley y en todos los

que viven casi exclusivamente por el dinero.

No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad de la miseria,

de la embriaguez, de la brutalidad, de las pasiones bajas, sino una

fealdad sórdida, fría, la expresión de la avidez y de la especialidad

comercial.

Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a veces, el hombre del

campo, el marino, y, sobre todo, el hombre de pensamiento.

El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta y los tenía a los

dos por personas honorables; pero inmediatamente después de hablar de

ellos y de dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta

anécdota:

"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio de Valencay tenía un

amigo tan viejo como él, el conde de Montrond.

Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval:

--Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur de Montrond. Porque

tiene pocos prejuicios.

A esto, Montrond replicó inmediatamente:

--¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur Talleyrand? Porque no

tiene ninguno."

Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que tanto Chipiteguy como

Aviraneta eran capaces de cualquier cosa.

Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride, tendero de la

vecindad, viejo, de cara inyectada y roja, con la nariz abultada, el

bigote largo y caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de

grana.

Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre listo y había sabido

hacerse su fortuna en el comercio de paños. Era también de una

fealdad comercial y transcendía a paño a la legua. Probablemente, las

emanaciones del paño que había respirado toda su vida habían matizado

su alma, dándole un espíritu de pañero indeleble.

A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el crimen en el grupo de

las figuras de cera, que llamaban, en la casa del Reducto, los Asesinos.

El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de pena que le amargaba

la vida. Su hija única, Lucía, estaba enferma de la medula. Lucía

Bedarride tenía una cara asimétrica desagradable, llena de granos, y

una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de maldad.

El médico había dicho al padre que quizá, si la muchacha se casara,

podría desarrollarse y cambiar, y el señor Bedarride buscaba marido

para su hija, pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna.

Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de nervios; pegaba a

las criadas y, al ver que los jóvenes no se le acercaban, le daban

arrechuchos de cólera.

La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito insidiosamente que para

él sería un magnífico negocio el casarse con Lucía Bedarride; pero

Alvarito rechazó la proposición con energía.

La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún atractivo; pero

había dinero en cantidad y con dinero se podían encontrar maneras de

indemnizarse. Una mujer como la Bedarride y una querida como su vecina

la Nené era una combinación perfecta.

Alvarito se quedó asombrado al oír una proposición de esta naturaleza.

V

ÚLTIMAS HIPÓTESIS

Otro de los contertulios de madama Lissagaray era el señor de Viguerie,

dueño del hotel de los Tres Reyes, en la calle de Maubec, de Saint

Esprit. Viguerie transcendía también a fondista. Viguerie odiaba

cordialmente a todos los extranjeros porque no iban a su hotel; no

podía soportar a los judíos del barrio por su carácter económico, y

como era del centro de Francia, tenía antipatía por los vascos, que

además no iban tampoco a su fonda.

El señor Viguerie se hallaba enterado de las maniobras de los

carlistas; era muy amigo del intrigante Manuel Salvador y muy enemigo

de Aviraneta.

Viguerie, por informes de Salvador, afirmó que Chipiteguy era víctima

de los masones y que por este camino debía enderezar las pesquisas la

familia.

Según él, lo mejor que se podía hacer era dirigirse al subprefecto para

que éste reclamara la libertad de Chipiteguy al jefe de la logia, o

Gran Oriente, de Bayona.

Una señora que asistía a la reunión, y que hizo algunas gestiones para

averiguar el paradero de Chipiteguy, fué madama Du Vergier. Esta madama

se decía pariente de Du Vergier d'Hauranne, el célebre abate de Saint

Cyran, uno de los jefes más influyentes en su época del jansenismo.

Madama Du Vergier, vieja, alta, hombruna, andaba por la calle casi

siempre en zapatillas y apoyada en un bastón. Había sido, en tiempo del

Imperio, mujer de costumbres alegres; pero ya nadie se acordaba de sus

aventuras.

Madama Du Vergier tenía el vicio de la lotería y jugaba en la francesa

y en la española con tanto entusiasmo que a veces no tenía para comer.

Esta vieja le recordó a Alvarito la Brinvilliers de las figuras de cera.

Madama Du Vergier, con la Bizot, había ido a ver a la adivinadora

madama Canis, y ésta les había dicho con seguridad, rotundamente, que

Chipiteguy estaba en España, guardado en una torre, por un crimen de

Estado.

Biarritz, octubre de 1924.

FIN DE LAS FIGURAS DE CERA

ÍNDICE

Páginas

PRÓLOGO 7

PRIMERA PARTE

LOS TRAPEROS DE BAYONA

I.--Las galeras 11

II.--La casa de la plaza del Reducto 18

III.--Chipiteguy y su familia 27

IV.--La taberna de Ochandabaratz 47

V.--Los inquilinos de Chipiteguy 60

VI.--Los Sánchez de Mendoza 67

VII.--Primeros contactos con la realidad 75

SEGUNDA PARTE

EL SIMANCAS

I.--Maniobras de Aviraneta 91

II.--Los enemigos 98

III.--Los expulsados 104

IV.--La tertulia del abate Miñano 109

V.--Primeros efectos del Simancas 114

VI.--El dinero 127

TERCERA PARTE

LAS FIGURAS DE CERA

I.--Personajes históricos 131

II.--Los sueños de Alvarito 144

III.--La canción de la ceroplastia 149

IV.--Un proyecto 154

V.--En Pamplona 162

VI.--La vuelta 178

VII.--Explicaciones de Chipiteguy 181

VIII.--Chipiteguy, Gamboa y Frechón 185

IX.--Después de la aventura 189

CUARTA PARTE

PALOMAS Y GAVILANES

I.--Manón y Rosa 193

II.--Frechón o el chatarrero misántropo 213

III.--La tertulia de madama Lissagaray 219

IV.--Las preocupaciones del hidalgo Sánchez de Mendoza 234

V.--El secreto de Sonia Volkonsky 241

QUINTA PARTE

EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY

I.--En la regata de Inzola 257

II.--Maniobras de Frechón 267

III.--El tesoro 273

IV.--Los viejos de la tertulia de madama Lissagaray 277

V.--Ultimas hipótesis 287

Las figuras de cera: novela · 第 16 / 16 段