En general, él la encontraba en un plano más alto. Alvarito reconocía
que esto no dependía de sus medios de fortuna; que la superioridad de
la nieta de Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino en
la personalidad.
Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio, era más
perseverante, más fiel.
Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad. Era como una planta
lozana, llena de savia; en cambio, él no: era una organización más
pobre.
Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel; quizá a veces se
sentía superior. Rosa no tenía condiciones para las artes; ni la
música, ni la literatura le entusiasmaban.
Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía porque no se atrevía
a ser sincera. Le faltaba principalmente intuición. Los juicios suyos
dependían de lo que oía alrededor.
Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su madre se le
veía muchas veces ruborizarse por cualquier cosa y balbucear algo
en confusión. Entonces era cuando estaba más guapa. La señora de
Lissagaray sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante como
Manón; pero esta inferioridad de su hija, para ella era una ventaja y
no un inconveniente. Era indudable que para ser una burguesita casada
con un comerciante no se necesitaba para nada ser original. Es más:
esto casi era un inconveniente.
Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes en sus ideas y discutían
sus respectivas opiniones; Manón, con imperio, y Rosa, con su manera
tímida y apocada, aunque tenaz. Manón consideraba que el amor debía ser
una cosa alegre y divertida y siempre nueva.
--No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y coquetear.
En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter. Era la abnegación, el
sacrificio, la fidelidad al ser amado.
--Hablas como un libro--decía Manón--; pero todo eso debe ser muy
fastidioso.
Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía, el respeto a
la mujer, el no engañar, el sostener la palabra a toda costa eran sus
dogmas.
Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por su abolengo
aristocrático, tan exaltado por su padre, por la sangre de los Sánchez
de Mendoza y de los Montemayor.
Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas elevadas de
la vida, era para él una religión, una especie de misticismo que le
alentaba y le sostenía y le hubiera impedido cometer una vileza e
impulsado a intentar una heroicidad.
Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente, al volver, de noche, de
la casa de la pariente de la andre Mari, a donde iba Manón.
Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro, de los amigos y de
las amigas. Manón no tenía entusiasmo por el matrimonio.
--Anularse ante un hombre--decía ella--, no me parece un ideal.
--Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones--dijo Alvarito,
que era profundamente conservador.
--¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más que para ella?--le
preguntó Manón.
--A mí, sí.
--¿Todas las horas, todos los días?
--Sí.
--¿Todos los minutos?
--Sí.
--¿No tener más pensamientos que para ella?
--Sí.
--¿No tener nada oculto?
--Nada.
--Pues, chico, a mí, no. Yo siempre quisiera tener libertad.
--¿Libertad? ¿De qué? ¿De ir y venir?
--No sólo de eso, sino libertad también de querer.
--¿De querer y de no querer?
--No; libertad de querer una vez más, otra vez menos; libertad de
olvidar por momentos...
--Pero eso lo da la misma vida, creo yo; la edad, las ocupaciones...
Manón se echó a reír.
--¿Por qué te ríes?--preguntó Alvaro.
--Porque pareces un viejo; discurres demasiado bien.
--No tengo tu exuberancia; tú tienes más vida que yo y más talento.
--¡Bah!
--Sí. Todos lo notan. Pedro, el hermano de Morguy, dice que tú tienes
una turbulencia insaciable y una versatilidad tal, que eres capaz de
volver loco a cualquiera.
--¡Qué majadero!
--No; es verdad. Todos los demás somos más tranquilos que tú.
--Sí, mosquitas muertas, como dice mi abuelo. No hay que fiarse del
agua mansa.
--¿No te fiarías de mí?
--Sí, sí. ¿Por qué no?
--Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero no una mujer
confortable.
--Y él, ¿qué es? Un imbécil.
Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de Morguy el no haber
caído, como los demás, rendido a sus pies.
IV
LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO SÁNCHEZ DE MENDOZA
Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían la casa y trabajaban,
el uno llevando cuentas en el despacho mugriento y triste de
Chipiteguy, la otra encorvada sobre el bastidor bordando para la
Falcón, el padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza y
Montemayor se dedicaba a las labores propias de su condición de noble
hidalgo, que consistían, principalmente, en no hacer nada y en divagar
por los amenos campos de la política, de la genealogía y del blasón de
los Sánchez de Mendoza.
La política le preocupaba a don Francisco Xavier. ¿Qué iba hacer él?
Era un hombre importante. ¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que
coloca a unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles.
El hidalgo estaba convencido de que le perseguían los agentes del
cónsul de España, los marotistas y los masones. Había una guerra a
muerte entre la masonería y él.
El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la calle; comprendía
que se hacían signos masónicos en los cafés y que había señales en los
balcones de las casas, con pañuelos de color, y de noche con luces.
Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba.
Otra cosa que le preocupaba hondamente era el cargo de Alvarito en casa
de Chipiteguy.
¿Después de haber sido su hijo empleado en una trapería, se podía
cruzar caballero? ¿Podría pertenecer a las órdenes militares? Temía que
no. Era algo terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy, en
la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón por más señas;
algo casi tan terrible como la barra de bastardía que aparecía ¡estaba
probado! en la rama de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan
perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué diría su amigo el
duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría la noticia hasta don Carlos?
El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado que quizá si él hubiese
trabajado, su hijo no hubiera tenido necesidad de entrar en la tienda
de hierro viejo; pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble,
y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía la culpa?
La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito, pobre mujer flaca,
triste, de color de limón, sin alegría alguna, con el convencimiento
íntimo de que su vida no podía ser más que una serie de desdichas,
larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido como a un
oráculo.
Don Francisco Xavier la había convencido de que él era hombre
importante y de que, además, la amparaba, tendiendo sobre sus hombros
un manto protector. Al pensar algunas veces en esto, don Francisco
Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo un manto y se
figuraba, conmovido, que efectivamente amparaba a su mujer.
Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hidalgo se lavaba él
mismo los pañuelos y los cuellos en la palangana, hacía que su hija
los planchara, se ponía su sombrero chambergo y su capa y se marchaba
a distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero; paseaba por
delante de los escaparates de las calles céntricas, donde se estudiaba
para ver su prestancia; miraba trabajar al relojero o al guarnicionero;
saludaba a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías y
lencerías de la calle de España, que eran carlistas, y compraba dos
cuartos de tabaco en un cucurucho de papel de periódico, que ponía en
seguida en una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de Mendoza.
Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era café y estanco. Cuando
tenía dinero se sentaba en una mesa a tomar café. El Pequeño Suizo
tenía en el escaparate, entre pipas y eslabones, una figura de cera, un
hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul con galones dorados,
pantalones blancos, botas de montar, negras, y una pipa de barro muy
larga en la mano derecha.
Era uno de los grandes placeres de Sánchez de Mendoza pasarse el tiempo
en el Pequeño Suizo tomando café y hablando.
Los parroquianos del café eran criados, cocheros, mozos de cuadra,
horteras y algunas muchachas que trabajaban en los almacenes, público
que gustaba a Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más en
teoría que en la práctica.
Otro de los centros de reunión del hidalgo era la guitarrería del
Sevillano.
El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre bajito, con aire de
torero, que había dejado Córdoba, donde vivía últimamente por la
malquerencia de los liberales, que habían creído que Juan Manuel había
tenido relaciones con las tropas de Gómez.
Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse con su blusa blanca
y tocar y cantar con mucho arte.
Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran ido más si
la mujer del Sevillano, una soriana dura, no los hubiera espantado,
diciendo que su marido necesitaba trabajar. Al anochecer, la
guitarrería tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba la
tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias y laudes; en
unas estanterías se veían las cuerdas y en un rincón el torno. En la
guitarrería se solía hablar principalmente de España y alguna que otra
vez de política.
A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar más de su indumentaria
para ir a visitar al obispo de León, llegado de Guethary; a su amigo el
señor de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur Auguet de Saint
Sylvain, y entonces la mujer dejaba un momento la cocina, o el harapo
que estaba lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado y entre
las dos acicalaban al hidalgo.
El señor Sánchez de Mendoza iba también a la tertulia del periodista
inglés Mitchell, que escribió, después del Convenio de Vergara, el
folleto titulado _El campo y la corte de don Carlos_, donde se atacaba
violentamente a Maroto.
Este Mitchell estaba casado con una española y se decía que era judío.
Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don Francisco Xavier era de
los que se presentaban con más apresuramiento a besarle el anillo.
Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista. El general Maroto le
parecía un audaz revolucionario, enemigo del trono y del altar, de este
trono y de este altar que debían ser intangibles, inmaculados para
todo buen monárquico y católico. Esto de intangible e inmaculado lo
decía el hidalgo con una voz un poco lacrimosa.
Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones; sus dos talentos
principales consistían en escribir con una letra estilo Iturzaeta y
en calcar escudos y después pintarlos a la acuarela. No los hacía
muy bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas cada uno,
poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero, dinero que naturalmente
no entregaba en su casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo.
Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores trabajaba para la
tienda de antigüedades de la Falcón; había aprendido a componer
bordados antiguos, a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho
arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de aguja, y ganaba seis y
siete francos al día. Trabajaba también algo para fuera y la señorita
de Taboada le había recomendado a familias legitimistas francesas, que
pagaban su trabajo con esplendidez.
A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente a su casa,
el señor don Francisco Xavier no estaba contento con la posición de
sus hijos. ¡Dolores, bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda de
hierro viejo!
¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si vieran a sus
descendientes ocupados en tan viles menesteres! ¡Qué dirían los
Montemayor y los Porras! ¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de
indignación en los viejos sarcófagos, ornamentados por los artistas de
la Edad Media en los silenciosos claustros de las catedrales!
Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de bastardía de los
Pérez del Olmo, esta rama de olmo poco segura, amargaban los instantes
del monárquico aristócrata.
Alvarito, aunque no con la misma intensidad de su padre, pensaba
también en sus antepasados. Creía que éstos, desde sus tumbas frías, le
exhortaban a ser leal, valiente y caballero.
Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que él se los figuraba
pálidos y con armaduras de acero, eran tan reales como si de veras
existiesen. Muchas veces, mientras paseaba por las orillas del Adour,
pedía consejo a los viejos manes de su familia.
Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los antepasados, comenzaba
a sentir cierto desdén por su padre, que iba en aumento. No lo podía
remediar. Le era imposible. Por más que intentaba convencerse de
que los hijos tenían que respetar a sus padres, este respeto se le
desvanecía a la carrera.
El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo de sus hijos,
sobre todo de Dolores, como si fuera de una renta, le empezaba a
molestar. No le importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha,
débil, como era, se pasara las horas trabajando, inclinada en el
bastidor; no era capaz de ahorrarle un poco de trabajo; al revés, le
daba prisa, le hacía consideraciones sobre la premura de la obra.
El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases, cosa que ya a
Alvarito le producía un comienzo de indignación.
El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando que su hijo le miraba
con un aire interrogador, como preguntándole: "¿Y usted qué hace?",
inventaba toda clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar a
trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba nunca.
Hacia final de 1838 la campaña de los antimarotistas de Bayona se
agudizó. El señor Sánchez de Mendoza, como antimarotista perspicuo,
adquirió alguna importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer de
don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido ya de que Maroto
era un revolucionario, vendido a los masones y a los enemigos del
sacrosanto trono, y del no menos sacrosanto altar, y que había reñido
con él. El padre Cirilo de la Alameda, a quien los liberales impíos
llamaban el padre Ciruelo, se decidió también a declarar la guerra a
Maroto.
Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que veían la política de
su partido como una cuestión de servidumbre para el Señor, creyeron que
la ruptura con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la guerra;
pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los puros, como se llamaban
ellos, hablaban cada día con más odio de Maroto y con más entusiasmo de
Cabrera, que era el héroe, el paladín por excelencia.
Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en blanco al hablar del
caudillo de Tortosa.
Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el altar, los puros, le
llenaban la cabeza de viento.
A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no progresaban. El
capuchino Casares, enviado por el obispo de León con cartas, en las
que se intentaba desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué
detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel. El padre
Larraga y el general Uranga volvieron del extranjero sin un cuarto.
V
EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY
Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas, aunque con
algunas intermitencias. A mediados de otoño, el día de San Martín, hubo
en su casa un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha solía
celebrarse una gran reunión.
Las muchachas tenían muchas esperanzas en la fiesta. Morguy vendría
vestida de pastorcita, a lo Watteau; Rosa, con un traje del Directorio,
muy bonito; Manón decidió vestirse de húsar y ponerse bigotes postizos.
Como tenía la seguridad de su belleza no le importaba afearse. Los días
anteriores al baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo
disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico y bailar con otras
muchachas, haciendo de hombre.
Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación y de su graciosa
petulancia. A Alvaro le cosieron en casa un traje de pierrot.
El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de húsar, con cuyo traje
estaba guapísima, y Alvarito, de pierrot, cuando vinieron Morguy y
Rosita, las dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber llorado.
--¿Qué os pasa?--les dijo Manón.
--Chica, que estamos hechas unos adefesios y no sabemos
arreglarnos--contestó Morguy.
--¿Pues?
--¿No te parece que tengo la falda demasiado larga?
--Sí, sí; es indudable.
--Pues en casa todo el mundo empeñado en que no. Este traje mío es un
mamarracho. Nuestras madres dicen que estamos bien y que ya no hay
tiempo de cambiar.
Manón contempló a las dos amigas, una después de otra.
--Es verdad--dijo a Morguy--; tu falda está demasiado larga y el talle
demasiado alto, y el peinado de Rosita y su capota están mal.
--¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?--preguntó Rosa.
--Sí. A ver, Alvarito--gritó Manón--. Dile a la Baschili que me traigan
alfileres y una aguja.
Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la aguja. Manón se
arrodilló delante de Morguy y descosió unas puntadas. Luego sujetó aquí
y allá, bajó el talle del vestido y en una media hora arregló la falda
admirablemente.
--Ahora date un poco de rojo en las mejillas y déjate unos rizos en la
frente.
Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había ganado muchísimo.
--Ahora tú--le dijo a Rosita--. Suéltate el pelo en seguida.
--Pero si me han dicho en casa que era así el peinado de la época.
--Pero eso es una tontería; tú no debes pretender ser un maniquí que
tenga mucha exactitud histórica, sino buscar el estar más guapa.
--¡Naturalmente!--exclamó Morguy--. Es que esta chica es tonta. Es
tonta. No comprende nada. Se lo he dicho mil veces.
Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el sombrero arrancándole
unos adornos.
Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron y se puso un poco de
colorete en las mejillas.
--¿Cómo estoy?--preguntó Rosa a Alvarito.
--Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes.
--Bueno; pues vamos--exclamó Manón arreglándose rápidamente.
Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron a la calle.
--¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!--dijo Morguy a Manón,
agarrándole del brazo--. Estarías irresistible.
Alvarito se rió.
Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba ya lleno. Las tres
amigas hicieron mucho efecto. Solamente podía competir con ellas Sonia
Volkonsky, vestida de zíngara, con un traje de seda de colores, la
falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares en la garganta,
pulseras en los brazos y una pandereta en la mano.
Entre los hombres había algunos disfraces curiosos: Pedro D'Arthez
iba con un muscadín del Directorio, con un traje elegantísimo;
Montgaillard, de bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de
Arlequín; había también un chino y un negro, y el que daba la nota
cómica era un herbolario de la vecindad de madama Lissagaray, Pascual
Joliveau, que iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un traje
hecho de hojas de árbol, un sombrero y una sombrilla de lo mismo y un
loro de verdad en el hombro.
Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario; pero éste estaba
satisfecho al ver que llamaba la atención.
Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general, estuvo muy
contento.
A los amigos les chocó que mientras Montgaillard se alejaba de Manón,
el vizconde de Saint Paul se acercase a la muchacha y se pusiera a
cortejarla.
El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco. Había tomado el
hábito de mostrarse frío e indiferente y ligeramente burlón.
El vizconde era hombre serio, guapo, un poco taciturno para su edad y
nada amigo de charlar a tontas y a locas, como Montgaillard. Saint Paul
tenía aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no se mortificaba
ni se ofendía su amor propio con verse al lado de una mujer sin decir
palabra. Quizá en un caso así creía que la culpa era de la que se
hallaba a su lado y no la suya.
--El vizconde está muy bien--dijo Morguy a Manón--; pero será un amo
para su mujer.
--¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar con él.
--¿Quién sabe?
Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera, se miraron como
rivales, con gran desprecio, y se manifestaron cada vez más hostiles.
Manón bailó con varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo,
Montgaillard dijo una de las veces en voz alta:
--Estas mujeres que son capaces de estar tres o cuatro horas bailando
no se diferencian mucho de las cocineras.
Ella le oyó y contestó:
--Los hombres que insultan a las mujeres no se diferencian mucho de los
lacayos.
El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había oído la frase de Manón
y se levantó.
--¿Te han insultado?--dijo--. No lo permitiré yo.
--Gracias, don Eugenio--contestó ella, riendo--. Es una frase que hemos
leído hoy en una novela y la repito.
Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta y éste se engalló, como
en sus buenos tiempos, y contempló desdeñosamente al joven.
En uno de los descansos del baile, Montgaillard quiso obtener una
explicación de Manón y la detuvo en el pasillo; pero ella le empujó
violentamente con desprecio.
Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un poco sorprendido de la
impertinencia del muchacho. Vió que Manón era cortejada por Saint Paul
y que Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el caballero de
Montgaillard.
Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla, madama
Lissagaray avisó a sus invitados para que pasaran al comedor a tomar
algo. En este momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio.
--Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta--le dijo.
--¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa zíngara?
--Sí, el mejor día le van a dar a usted un disgusto. Quizá lo mejor que
puede usted hacer es marcharse de aquí.
--¿Es eso serio?--preguntó él, asombrado--. ¿Qué quiere usted decir con
eso, señora?
--Todos sus proyectos están conocidos.
--¿Es que usted se dedica a la política?
--No; es verdad que soy carlista, pero tengo otros motivos para tener
odio contra usted.
--¡Odio! ¡Contra mí! Yo no la conozco a usted.
--Pues yo sí le conozco a usted.
--¿A mí?
--Sí.
--¿Es una broma?
--No.
--Entonces, eso merece una explicación.
--No aquí.
--En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca.
--Dentro de una hora estaré allí.
--Muy bien.
--Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré.
-¿Qué podía ser esto?--pensó Aviraneta--. ¿Qué podía haber de común
entre aquella mujer y él?
Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón, contempló como
se bailaba y, cuando vió que la condesa de Hervilly se despedía, se
levantó él al poco rato y se fué rápidamente a la fonda.
Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola cargada en el
bolsillo; luego se arrepintió y la dejó en el cajón de la mesa; bajó
al primer piso, llamó en el cuarto de la condesa y, al oír que decían
adelante, pasó adentro.
Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con su traje de zíngara.
Llevaba unas joyas magníficas, unos brillantes en los dedos que
lanzaban destellos de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y
un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa.
--Siéntese usted, don Eugenio--dijo ella.
Aviraneta se sentó.
Ante aquella belleza espléndida, el conspirador, viejo, flaco,
pequeño, vestido de negro, parecía un cuervo.
--Estoy segura de que se encuentra usted intrigado con esta
cita--exclamó ella.
--Es cierto.
--Y quizá asustado.
--No me conoce usted, condesa--replicó sonriendo, Aviraneta.
--¿No ha traído usted armas?
--¿Para qué? No creo que quiera usted batirse conmigo.
--Podía prepararle una emboscada.
--¡Bah, en un hotel! Ahora, si quiere usted decirme por qué me llama...
--Necesito oír una explicación de usted.
--Yo también necesito explicaciones.
--Usted conoció a mi padre en Méjico.
--¡Yo, a su padre!
--Sí.
--¿Cómo se llamaba?
--Ladislao Volkonsky.
--¿Es posible? ¿Usted es hija de Volkonsky?
--Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda. De Coral Miranda, a
quien usted calumnió.
--Es falso--gritó Aviraneta.
--Usted estorbó la boda.
--Es falso también.
En este momento entraron en el cuarto el conde de Hervilly y el
caballero de Montgaillard.
Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo.
--¿Qué gritos son esos?--preguntó el conde.
--No pasa nada, señores--dijo la condesa--. El señor Aviraneta se está
explicando conmigo.
Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y éste les miró de arriba a
abajo con desdén.