impresión de alarma y de desconfianza, sino las por hacer, las que
están aún latiendo en el espíritu del que es capaz de cometerlas. Así,
por intuición, comprendemos que cierta clase de rostros no pueden
pertenecer más que a almas dispuestas a toda clase de villanías.
Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría y antipática.
Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No miraba nunca de
frente más que cuando se irritaba. Se parecía un tanto al Robespierre
de las figuras de cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo, en
su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro se leía casi siempre
una expresión de superioridad.
Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que no lo fuera,
consistía en que era un canalla. De tontos y canallas, según él, se
hallaba formado el mundo.
Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a veces son claras una a
una, pero en conjunto son un puro disparate".
Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización de los
conceptos la que hace al loco y al insensato.
Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba un escenario digno
de sus méritos. El orgullo, la vanidad, la tristeza de no ser nada le
ahogaban.
--Se oirá hablar de mí--solía decir con jactancia.
Frechón hacía profesión de fe de su misantropía. Este chatarrero
filósofo, pequeño Timón de Bayona, había estudiado en su juventud para
cura y sabía latín, lo que le servía para citar con mucha frecuencia
frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado. Leía causas
célebres, folletos anticlericales y el _Citador_, Pigault-Lebru; decía
también que había leído a Fourier.
Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando cuanto decía.
Había adquirido la costumbre de repetir la pregunta que se le hiciera
para darse tiempo de pensar bien la respuesta.
Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era obstáculo para que
hubiese estado durante algún tiempo al servicio de los carlistas
españoles por intermedio de Roquet, el agente de Aviraneta, y de
Cazalet, bohemio crapuloso que sabía muchos secretos de todo el mundo.
Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión de alguna
persona, decía con frecuencia:
--¡Bah! ¡Qué tontería!
Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para ganar dinero.
--¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!--decía con
orgullo.
El misántropo era al mismo tiempo fantástico y petulante, escéptico y
de cándida credulidad. Es muy difícil en el escepticismo llegar a no
creer ni en lo bueno ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se
contentan con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero estaría
en no creer ni en lo bueno ni en lo malo.
Frechón vivía pensando fantasías; había en él una tendencia marcada
por lo secreto, por lo misterioso, tendencia que se aumentaba con la
bebida; el misántropo tenía mucha afición al vino y a los licores.
Su mundo era un mundo extraño, diferente al de los demás. El se
consideraba viejo, y una de sus manías era hablar de su vejez.
--A un hombre viejo como yo no se le engaña--decía con frecuencia--.
Los viejos como yo saben lo que se hacen.
Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón grandemente.
Sentía el misántropo gran desprecio por su juventud; le parecía que los
hombres jóvenes no servían para nada.
Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había nacido con una
inclinación nativa para espiar. El descubrir un misterio constituía
para él una delicia. En un pueblo como Bayona, en donde se urdían
muchas intrigas políticas y se hacían negocios de suministros militares
y de contrabando, Frechón vivía como el pez en el agua. Espiaba a los
franceses y a los españoles, a los carlistas y a los liberales, a los
aduaneros y a los contrabandistas.
--¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese.
--¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer.
Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso y de superioridad. El
viejo Frechón, como se llamaba a sí mismo, había pasado muchas noches
en la esquina de una calle aguantando el frío de la noche o tendido en
el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna cosa que, después
de todo, no le importaba nada.
Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba en una habitación
inmediata, aunque no ocurriera en ella nada de particular, le parecía
una maravilla de interés.
La guerra civil de España le daba muchos motivos de espionaje y de
intrigas.
Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices agradables,
era el escribir anónimos. Se procuraba así una de sus mayores
satisfacciones. Dominaba la técnica del anónimo, la tenía muy bien
estudiada; sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía
el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba papeles traídos
de fuera y sacados de varias partes.
Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad; pensar que no había
manera de descubrirle y que podía, además, sugerir la idea de que era
otro el autor del anónimo.
Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera sido quitar el dinero
a ciertas gentes y, al dejarles en la miseria, hacerles una mueca de
burla.
Frechón vivía con su hermana, solterona de muy mal carácter y muy
rencorosa.
Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre con ojos de ogro,
pero ella le despreciaba profundamente.
La jugada de Chipiteguy con las custodias y las cruces de Pamplona
colmó la medida de rabia de Frechón.
Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba furioso contra
Chipiteguy.
El misántropo disimuló, se mostró amable con el viejo, sonsacó lo que
pudo a Alvarito y a Claquemain y fué a visitar por segunda vez a Gamboa.
El cónsul de España estaba indignado contra Chipiteguy, pero no quería
confesar lo ocurrido y repetía siempre que él no había hecho encargo
alguno al chatarrero.
Frechón se pasaba horas y horas pensando en preparar una celada al
viejo, paseando por la tienda como un lobo en la jaula y haciendo
crujir sus falanges. Se le ocurrió también que Alvarito le estorbaba y
le escribió dos anónimos amenazándole.
Otra vez hizo que Claquemain se disfrazara con el traje del _Asesino_ y
apareciera por la ventana de la reja que daba al patio donde trabajaba
Alvarito. Este tuvo un momento de serenidad; comprendió la farsa, fué
a la cueva y cerró la puerta con llave. Al poco tiempo Claquemain tuvo
que llamar.
Dos días después Alvarito recibió una carta que decía:
"Si no te vas inmediatamente de esta casa, morirás.--_El Asesino._"
Alvarito tuvo la suficiente presencia de espíritu para no decir nada a
nadie. Ya comprendió de dónde venía la amenaza. Alvaro veía con asombro
que a él le producían más terror los peligros imaginarios que los
reales. Ante éstos conservaba la sangre fría y no se le iba la cabeza.
III
LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY
La madre de Rosa, la señora de Lissagaray, simpatizó mucho con
Alvarito y le invitó a que fuera todos los domingos a pasar la tarde
a la tertulia que celebraba en su casa. Podía llevar, si quería, a su
hermana Dolores.
La reunión de Lissagaray tenía fama en Bayona de ser casi una agencia
de matrimonios; iba a ella mucha gente joven.
La señora de Lissagaray, viuda y dueña del bazar de los Arcos, el
Paraíso Terrenal, esperaba casar a su hija; necesitaba a un hombre al
frente de su negocio. Para que la muchacha conociese algunos jóvenes y
fuese conocida, recibía a sus amigos los domingos por la tarde.
A esta tertulia acudía casi siempre Manón y comenzó también a ir
Alvarito y su hermana Dolores. En la reunión se jugaba a varios juegos,
sobre todo al _wisth_, y se conversaba.
Se hablaba entre las personas serias de lo que ocurría en Bayona, de
la política del gobierno de Luis Felipe, de la guerra carlista y de
la protección que dispensaba a los liberales españoles el general
Harispe, cosa que a la mayoría no parecía bien. Madama Lissagaray tenía
que estar siempre atenta para no dejar languidecer la charla y para
impedir también que algún jovencito o alguna muchachita hicieran una
inconveniencia. Las señoras llevaban a la tertulia labores de ganchillo
o de aguja. Los jóvenes tocaban el piano, cantaban, bailaban y se
discutían los libros de Walter Scott, Chateubriand y del vizconde de
Arlincourt. Los que estaban más a la moda hablaban de Balzac, de Dumas
y de Jorge Sand.
Algunos días señalados del año había baile. Se bailaba la contradanza
o "quadrille", los lanceros y el vals. Todavía no había comenzado el
furor de la polca.
Varios tipos curiosos asistían a la tertulia, españoles y franceses.
De los españoles, Aviraneta iba con frecuencia a enterarse de lo que se
decía en Bayona por los carlistas acerca de la guerra. Había corrido la
voz de que era masón y todo el mundo lo repetía, pero como era hombre
amable se le perdonaba.
Otro español, tertuliano asiduo, era un tal don Ramón, emigrado
carlista, hombre de alguna fortuna, que mataba sus ocios poniendo letra
española a las canciones francesas y regalándolas a los amigos. Su
mujer las solía cantar, acompañándose de la guitarra.
Con las adaptaciones suyas las canciones tomaban en castellano un aire
falso y romántico muy curioso.
Entre las damas de la tertulia llamaba la atención la señorita María de
Taboada, española carlista, de aire decidido, de quien se decía estaba
para casarse con el general de don Carlos, don Bruno Villareal.
María Luisa, en esta época, servía de institutriz en casa de una
familia francesa en una finca de los alrededores de Bayona. María
Luisa había venido varias veces a la tertulia de madama Lissagaray en
compañía de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con don Pedro
Leguía.
Frecuentaba también la tertulia una señora española carlista, doña
Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña
Tecla llevaba una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia y
una pedantería. Era una definidora de lo que se podía hacer y de lo que
no se podía hacer. Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía
la clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota verdadera,
el _lá_ del diapasón. Era el árbitro de las buenas costumbres y de las
buenas formas.
Una señorita de la reunión muy distinguida era Paquerette Recur,
damisela de unos treinta años, delgada, sonriente, vestida siempre con
trajes vaporosos.
La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía una cara un poco
vaga, que a veces parecía bonita y a veces no. Había estado dos a tres
veces a punto de casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y
tenía miedo al matrimonio.
A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual Chipiteguy y él
llamaban la Bella Inglesa.
Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental y un tanto
novelera, y había huido siempre de los matrimonios de conveniencia,
porque tenía la ilusión de casarse enamorada.
Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette y recibieron sus
confidencias.
Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran amistad sentimental con
Marcelo, el sobrino de Chipiteguy y tío de Manón.
Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta y cinco a cuarenta
años, viudo y sin hijos. Había estado casado con una mujer de carácter
un tanto agrio, según se decía.
Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas ideas, algunas muy
luminosas, pero no ganaba dinero. Se le veía constantemente con el
traje arrugado y las manos manchadas, con las uñas quemadas por los
ácidos.
Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo no aspiraba a su
herencia; Manón bromeaba mucho con él por motivo de la señorita Recur.
Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba sus ideas y sus
proyectos.
El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en aprovechar los saltos
de agua, la fuerza del mar y hasta la del sol.
Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar la tierra
llegaría en veinte o treinta años.
Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él no podía darle el
alto. En su casa se le veía a Marcelo haciendo planos sobre una mesa de
cocina, fumando, con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando
algo en un tubo de ensayo.
La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él; pero si alguien hablaba
mal de su hijo, le defendía con energía y decía que la gente no podía
entenderle por ser él demasiado inteligente para tratar con individuos
torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no comprendía más que
el comercio con sus socaliñas, como los judíos, y Marcelo era un sabio,
un inventor.
El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía sonreír a los
tertulianos de Madama Lissagaray, pero había algunos y algunas que no
lo miraban con simpatía.
Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía con su tipo,
duro y agrio, un gran contraste con la gracia aniñada y vaporosa de
Paquerette.
La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a cincuenta años, que
daba miedo por su gesto siniestro y su personalidad agresiva.
La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa que pertenecía a
Madama Lissagaray, era alta, desgarbada, cetrina, con cara de hombre,
nariz fuertemente pronunciada y ojos claros, opacos y burlones. Cubría
su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía unos lunares con
cerdas en el labio.
La Bizot era mujer de perversa intención, que decía frases incisivas
siempre que podía y ponía motes sangrientos. La recibían en las casas
por miedo a su lengua mordaz. La señora de Lissagaray era de las que
más le temían.
La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al erotismo. Vivía en
una casucha de la calle de la Carnicería Vieja, desde donde se veían
los grandes olmos de la muralla.
La Bizot contaba que por la parte de atrás de su casa había una ventana
que caía a otra calle, enfrente de una casa de prostitución que daba al
Rempart Lachepaillet, y se pasaba horas y horas desde su observatorio
para ver lo que ocurría en el burdel.
Iba también a un caserío en donde había un toro padre, a ver cuando
llevaban a las vacas a cubrirlas. Probablemente sentía no ser vaca. La
Bizot había vivido, según se explicaba, de manera satírica, con una tía
suya que debía parecerse a ella en su mala intención, a la que odiaba
profundamente.
Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra a muerte. Vivían
juntas, porque no tenían medios para vivir separadas.
Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en el chocolate y
acíbar en el vino. Si la una tenía plantas en el balcón, la otra las
regaba con agua caliente para que se murieran. Llegó la sobrina a
echar pulgas en la cama de su tía.
La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas pequeñas que tenía de
criadas, y a las que no les daba casi salario, las pegaba y llenaba los
brazos de cardenales.
Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su inutilidad en la
vida, el no haber podido ilusionar a nadie. Unicamente parece que había
tenido algunos éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos. Por
las demás mujeres sentía un odio felino.
La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima, de unos seiscientos
francos al año, y vivía haciendo combinaciones, comiendo fuera de casa
y a veces casi sin comer.
La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía que fingir
amabilidad, interés por las gentes. Desde hacía algún tiempo estaba en
relaciones de gran intimidad con una muchacha vecina suya, de vida un
tanto alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha, a quien
llamaban Nené, explotaba a unos viejos amantes. El padre de Nené se
aprovechaba de la prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y
tranquilo.
La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la aconsejaba. Había
visto, desde hacía ya tiempo, la marcha que llevaba la muchacha, y con
esa constancia de la solterona y de la gente del rincón provinciano, la
esperó como el cazador a su presa. La Nené era de un impudor tranquilo,
una cortesana; pero la Bizot aseguraba en todas partes que lo que se
contaba de ella era falso y calumnioso.
La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era tranquila como una
vaca, sin pudor; engordaba, salía poco de casa, no derrochaba y era
trabajadora. Se vestía bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz,
donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad.
El viejo, el padre, se entendía con una criada. La vida de Nené y de su
padre daban mucho que hablar. Un vecino relojero, que tenía la tienda
en la calle de los Vascos, decía que había días que se habían reunido
los señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había dicho,
parodiando la frase de Napoleón en Egipto: "Desde el fondo de estas
butacas cuarenta siglos os contemplan".
La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero. La Bizot hubiera
querido explotarla, pero ella y su padre defendían los cuartos
con energía. Cuando jugaban a cartas la solterona y la muchacha
entretenida, luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas.
Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la comida.
La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas sólidas y parte en
la usura. Esta ciencia práctica parece que le venía de su madre, que
era hija de un judío.
La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante. La hetaira
bayonesa se vestía con una elegancia que seducía a sus amantes, hablaba
y discutía de cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los
viejos contertulios en el _whist_, porque era lista para el juego y
hacía trampas.
La Nené tenía formas y maneras de hablar que los viejos viciosos y
crapulosos del comercio que la visitaban encontraban muy distinguidas.
La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa, creía en las
adivinadoras y echadoras de cartas y solía ir con frecuencia, en
compañía de la Bizot, a casa de una cartomántica.
Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona y vivía en la
calle de la Torre de Sáult, en una casa negra, cerca de un torreón de
la antigua muralla.
Madama Canis era una mujer aventurera, casada dos o tres veces,
celestina, comadrona y, según las malas lenguas, proveedora de
angelitos para el cielo o, por lo menos, para el inseguro limbo.
Se decía que mientras fué comadrona una de las preguntas de ritual que
hacía a la cliente o al que la acompañara era ésta:
--¿Debe vivir o no la criatura?
Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le impidieron continuar
el oficio.
En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer casi siempre de
buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba, la caricaturizaba, con una
intención y un fondo de mala sangre disimulado.
Todos los contertulios de madama Lissagaray habían sido parodiados por
la solterona, naturalmente, cuando no estaban ellos delante. Imitaba
también con mucha exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés
Panighettus, que vivían en su misma calle; a Chipiteguy y a sus dos
criados, Quintín y Claquemain.
A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la malevolencia de las
gentes. Se extrañaba de que no hubiera afecto entre aquellas personas.
Casi todo el mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la vida?
A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por los otros, y que su
amor y su simpatía le hubieran sido devueltos por los demás; pero, al
parecer, tal amor recíproco era imposible. La gente, la mayoría que le
rodeaba, era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el gran afecto que
iba tomando a Chipiteguy, que se mostraba con él amable y efusivo...
Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué un plantel de
mujeres guapas. Estaban la condesa de Hervilly, una belleza rubia, con
la señora de Vargas, morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con
su aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como una figurita de
porcelana; Rosa con su tipo de mujer meridional, y Manón, rubia, alegre
y alocada.
Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes, algunos dandys, el
vizconde Saint-Paul y el caballero de Montgaillard, que era de los que
tenían más éxito.
Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente de que el
caballero de Montgaillard hiciese la corte a Manón; todo lo hacía
pensar así; pero de pronto entre el joven y la muchacha se manifestó
una gran hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la condesa
de Hervilly.
--Es un imbécil--dijo Manón con una rotundidad muy suya--; cree que
todo el mundo, empezando por las mujeres, deben tener las condiciones
que a él le faltan de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya al
diablo!
A su vez el caballero parece que dijo repetidas veces:
--¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan malas?
El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly.
Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en Bayona, se había hecho
conocido de todos. Se le veía con frecuencia con el marqués de Lalande
y con el príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una misión
secreta dentro del carlismo.
Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard en seguida. Era
una mujer tan inteligente que no se le podía escapar nada.
La superioridad de Manón se manifestaba en todos los órdenes de la
vida, según el joven Sánchez de Mendoza. El se reconocía muy inferior
a su lado; Manón aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy
torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio, Alvarito carecía
por completo de él y tardaba en coger una canción cualquiera y no sabía
tararear bien el _Himno de Riego_ o la _Marsellesa_.
Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía con rapidez
extraordinaria; las tocaba en seguida al piano y las tarareaba,
dándolas mucho aire, pero no quería estudiar.
--Yo únicamente estudiaría--solía decir desdeñosamente--si me oyesen y
me aplaudiesen; pero, para que me oigan mi tía María y la Tomascha, no
vale la pena.
Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo conquistar aquella
muchacha caprichosa, independiente y llena de seducciones? ¿Cómo
convertir la mujer de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su
fuero interno que no podía competir con ella en nada.
Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard, Manón
escuchaba a Alvarito con más atención y le manifestaba mayor amistad.
Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía en una colección
encuadernada y con láminas. Alvarito encontraba a Manón en las heroínas
de todas las novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de _Rob Roy_;
Mina y Brenda, del _Pirata_; Julia, de _Guy Mannering_; Edith, de _Los
Puritanos de Escocia_; Lady Rowena, de _Ivanhoe_, y Amy Robsart, de
_Kenilworth_.
Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a Manón y era muy feliz.
Tenía la andre Mari, una señora pariente que vivía en la calle de la
Torre de Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la casa
de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy le enviaba a Alvaro
a acompañarla.
Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de España, donde se
amontonaban coches de alquiler de todas clases y salían al campo.
Otras veces marchaban por la muralla viendo los glacis verdes, con
sus cañones y sus morteros, y las viejas torres del antiguo muro galo
romano.
De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras y desiertas,
iluminadas por algún lejano farol colgado de una cuerda y luchaban
contra las ráfagas de aire encajonado que silbaba en las esquinas.
Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así iban, riendo de la
fuerza del viento, hasta llegar a la plaza del Reducto.
Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia, de los recuerdos
de la infancia.
Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo había vivido antes.
No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su casa, para que no viera
aquellos pobres muebles ridículos que ellos tenían; pero a Manón la
pobreza no le importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho
menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no, pero que no tenía
nada que ver con la dignidad.
Manón y Alvaro no estaban conformes en nada. Cuando Alvarito decía que
él era monárquico y católico, ella afirmaba con petulancia que era
jacobina y librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota,
ella replicaba que no se sentía francesa, sino vasca, y que tenía
sangre de brujos.
Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y de una espontaneidad
grandes, no podía acordarse con un temperamento más calmado, más
inquieto, como el de Alvarito.
Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella.
Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas. Le hablaba mucho a
Alvarito, le consultaba, y algunas veces condescendía a tocar el piano
sólo para él.
A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía a su tía María con
dulzura: