pequeños y un poco encarnados, las cejas siempre fruncidas y los labios
abultados.
Morguy era envidiosa, taciturna y malhumorada; reñía con mucha
facilidad con los padres, con las criadas y con todo el mundo. Sus
cóleras se convertían con facilidad en torrentes de lágrimas.
Así era Morguy: tan pronto lloraba como reía; generalmente sus
carcajadas acababan en llanto, y sus lloros, en carcajadas. Tenía
rencores inmotivados y días que se pasaba rabiosa, sin hablar.
Morguy reconocía su mal genio, y cuando le contaba a Manón sus
rabietas, por una parte furiosa y por otra burlándose de sí misma,
Manón se reía a carcajadas.
--Esta chica hasta que no se case no va a tener buen humor--decía
Chipiteguy a Morguy.
--Sí, buena marcha llevo--replicaba ella--; me voy a quedar solterona.
--Pues no te conviene, porque no vas a tener con quien reñir y vas a
hacer muy mala sangre.
--¿Tan venenosa cree usted que soy?
--No, no. Mujer, como todas; pero, en fin, si yo tuviera la edad de
Alvarito me fiaría más de las alborotadas que de las mosquitas muertas.
Chipiteguy se ponía siempre, más o menos disimuladamente, del lado de
Manón y creía que Rosa y Dolores eran gazmoñas e hipócritas.
Varias veces Alvarito y Dolores fueron al "Paraíso Terrenal", el bazar
de juguetes de la madre de Rosa. Madama Lissagaray era una señora
de cuarenta y cinco a cincuenta años, muy flaca, de ojos claros,
con aire de dama de Versalles. Era muy sabia y un poco redicha. Lo
característico en ella era la cara, fría e indiferente, que contrastaba
con la voz y los ademanes efusivos. Al hablar parecía desmentir con los
ojos cuanto decía, y, sin embargo, la verdad era lo que hablaba, pues
no tenía nada de falsa ni de hipócrita.
Madama Lissagaray se expresaba con gran discreción y simpatizó con
Alvarito y su hermana.
Esta señora había tenido varios chicos, que se le habían muerto, y
cuidaba de Rosa, su única hija, con una afección mezclada de cariño y
de temor.
Encima de su bazar había un entresuelo pequeño, bajo de techo, donde
habían vivido algunos años: pero estaba tan abarrotado de género,
que lo abandonaron y fueron a habitar a una casa de la Avenida de
Boufflers, de su propiedad, de más espacio y mejores vistas.
Rosa y Manón solían mostrar a sus amigos, a los muchachos jóvenes, los
juguetes del "Paraíso Terrenal", y, sobre todo, algunos antiguos, ya un
poco arrinconados y fuera de moda, pero más graciosos que los modernos.
Había una sala en el entresuelo, en un extremo del bazar, adonde habían
ido a parar varios relojes. Allí se veía un reloj de pared, inglés,
muy hermoso, con la esfera de cobre, y en ella un círculo pequeño del
minutero; un reloj de cuco, otro con sonería de campanas y campanillas
y varios relojes de mesa, dorados, metidos en fanales de cristal.
Había también en el mismo rincón una caja de música con su cilindro de
cobre, lleno de púas, y un organillo pequeño, construído en Ginebra,
con muñecos en la tapa, que se movían, entre los cuales figuraban un
negro que bailaba, un señor de frac que llevaba la batuta, otro que
tocaba gravemente el violoncelo y varias damiselas con miriñaque, que
danzaban rápidamente.
Había también unos chinos de porcelana, que saludaban con la cabeza
desde dentro de un fanal; un tíovivo de muñecos, que giraba y sonaba;
un teatro, arcas de Noé, conejos que tocaban el tambor, serpientes
articuladas que se movían y muñecas.
Alvarito, que no había tenido nunca juguetes, a pesar de ser ya un mozo
y de no encontrarse en edad de jugar con ellos, los miraba con gran
entusiasmo.
Aquellos soldados de plomo de Artillería y Caballería, con sus carros y
sus cañones, le parecían magníficos. Otro juguete que le admiraba era
la gran casa misteriosa, con sus persianas verdes y un balcón corrido,
adonde salía, como a tomar el fresco, una dama de mantilla. Esta dama
se parecía a la nieta de Chipiteguy y Alvaro la miraba con entusiasmo.
Manón, cuando iba a aquel rincón del "Paraíso Terrenal", lleno de
juguetes, le gustaba dar cuerda a todos ellos y oír la algarabía que
formaban las campanadas graves y agudas de los relojes, el tintineo
de la caja de música, ver cómo movían la cabeza los chinos, cómo daba
vueltas el tíovivo, llevaba la batuta el señor de frac, tocaba el
otro el violoncelo, bailaban el negro y las damiselas y aparecía y
desaparecía la dama romántica en el balcón de la casa solitaria con las
persianas verdes.
¡Qué poesía o qué cuento, a la manera de Hoffmann, hubiera escrito
el amigo de Chipiteguy, el poeta Julius Petras Guzenhausen de
Aschaffenburg, de tener la humorada de existir en el mundo y de visitar
el "Paraíso Terrenal"! ¡Qué bien hubiese descrito los movimientos de
aquellos autómatas, sus reverencias, sus saludos, sus bailes, llenos de
elegancia, amanerada y ceremoniosa!
Una vez Alvarito soñó que estaba en un campo donde había dos bolas
grandes de nieve, hechas por los chicos; se aproximaba a una y huía
delante de él y a medida que la una huía, la otra se acercaba. Luego,
estas dos bolas de nieve se convertían en dos palomas, que hacían lo
mismo, y, por último, en dos nubes.
Al final, entre ellas, aparecía Chipiteguy, en medio de sus figuras de
cera, con unas actitudes extrañas, haciendo unas muecas horrorosas.
Alvarito pensó si estas bolas de nieve, estas palomas y estas nubes
serían transformación en sueños de Manón y de Rosa.
Durante la primavera y el verano, Manón y Rosa y algunas amigas, con
Alvarito y otros muchachos, hicieron excursiones a Biarritz, a la playa
de la Chambre d'Amour y al lago de Mouriscot.
Morguy coqueteaba mucho con Alvarito; pero a él no le gustaba esta
chica roja, de mal humor.
Con Morguy conoció a su padre, el señor D'Arthez almacenista de vinos,
y a su hermano Pedro, que le fué muy simpático.
El hermano de Morguy vivía una vida irreal, leyendo novelas,
aburriéndose de la gente. Sentía un desprecio profundo por lo que le
rodeaba. Cuando dejaba su trabajo se escondía y se iba a leer libros.
Su hermana casi le tenía odio, porque no le hacía caso. Sin duda le
parecía que no valía la pena. Pedro D'Arthez era un joven pálido y un
poco fofo, que se pasaba la vida leyendo.
No le gustaba nada el comercio; trabajaba resignado en su despacho y,
cuando concluía, se encerraba en su cuarto y se ponía a leer. Tenía
gustos de viejo. Metido en su cuarto, con su bata, su gorro griego y
sus zapatillas, se pasaba el tiempo leyendo y fumando en la pipa.
El joven D'Arthez hablaba siempre como hombre aburrido y disgustado. La
lectura, al ocuparle tan completamente el pensamiento, le hacía mirar
la realidad con desagrado.
El cuarto de Pedro era un cuarto con dos ventanas sobre un tejado.
Muchos libros, un diván y algunas estampas constituían su mobiliario.
El joven escribía todos los días sus memorias y sus impresiones de las
lecturas. Su padre, su madre, su hermana y los conocidos le reprochaban
el hacer una vida tan sedentaria y tan malsana. No había reflexión que
le hiciera cambiar de vida. A todo se encogía de hombros.
--¡Son tan aburridas estas gentes!--le dijo a Alvarito.
--¡Qué pueblo Bayona!--añadió otra vez--. Yo creo que será el pueblo
más aburrido del mundo.
--¿Dónde quisiera usted vivir?--le preguntó Alvaro.
--¡Qué sé yo! En cualquier lado, menos aquí.
Pedro no dejaba libros a su hermana ni a sus amigas.
--¿Para qué? Primero, no entienden lo que leen--decía--; luego dejarán
el libro en un banco, o le doblarán las hojas, o le llenarán de manchas
de cosmético.
Unicamente el joven D'Arthez salía de su rincón para oír música, pero
sólo cierta música.
Alvarito pensaba que el hermano de Morguy tomaba demasiado en serio la
literatura y la música y daba demasiada poca importancia a la vida real.
Pedro era republicano y despreciaba a los monárquicos y a los carlistas.
Pedro le dijo a Alvarito que le prestaría algunos libros, y,
efectivamente, le dejó novelas de Merimée y de Stendhal, que a Alvarito
no le entusiasmaron, probablemente, porque no llegó a comprender su
mérito.
Cuando Alvarito dijo a Manón que conocía al hermano de Morguy, Manón
tuvo para Pedro grandes burlas y sarcasmos. Le parecía un pedante, un
fatuo, que se metía en un rincón para hacerse el interesante.
Alvaro defendió a su nuevo amigo; pero ella siguió hablando de él de
una manera sarcástica.
--Manón habla siempre mal de mí--dijo un día Pedro--. En el fondo,
porque no le hago caso.
--¿Cree usted...?
--Sí; si yo me ocupara de ella, me despreciaría más. Eso ya lo sé; pero
el no ocuparme de ella lo considera casi como un insulto.
Pedro le dijo a Manón que, efectivamente, habían querido que Manón y
él fueran novios, pero que no se entendían; ella era voluntariosa y
coqueta; él, tranquilo y aficionado a leer. El no decía nada malo de
Manón, quizá valía más que él; pero tenía una turbulencia insaciable y
una versatilidad tal que era capaz de volver loco a cualquiera.
--Es una mujer de lujo, de mucho encanto, estoy conforme; pero para
tenerla en casa, yo, modesto vinatero, no la querría.
A veces, en el verano, cuando Manón, Rosa y Morguy pensaban hacer
excursiones, le invitaban a ir a Pedro; y éste, para no tomarse el
trabajo de discutir, decía que sí, pero luego no iba, con lo cual
indignaba a todo el mundo, principalmente a su hermana, que decía de él
pestes.
En una de aquellas excursiones, Manón, Rosa y los amigos conocieron al
conde y a la condesa de Hervilly.
Sonia, la dama misteriosa que intrigaba a Aviraneta, manifestó gran
simpatía por Manón, y fué a verla a su casa y entabló amistad con ella.
Se mostró muy amable con Alvarito y, como la condesa hablaba muy bien
el castellano, le dirigió varias preguntas acerca de su familia y de
España.
A Chipiteguy no le hizo mucha gracia la amistad de su nieta con la
extrajera; no le parecía bien que la hija de un trapero tuviera
amistades con una condesa, pero nada podía decir.
La condesa de Hervilly presentó en casa de Madama Lissagaray a dos
aristócratas, amigos de su marido y suyos: el vizconde de Saint-Paul y
el caballero de Montgaillard.
El vizconde de Saint-Paul tendría veintiséis o veintisiete años;
era tipo de francés del Norte, alto, rubio, fuerte; el caballero de
Montgaillard, de veintitrés o veinticuatro años, parecía un italiano
del Sur. Era moreno, más bien bajo que alto, con los ojos negros,
delgado, con aire un poco cansado de trasnochador, el pelo rizado, la
cara audaz y la tez de mal color, pálida, biliosa y llena de granos.
El vizconde de Saint-Paul se sabía que era de una familia rica de
París; respecto a Montgaillard había sus dudas. El decía que era hijo
del marqués de Montgaillard y sobrino de un conde de Montgaillard; pero
había quien aseguraba que tanto el condado como el marquesado no tenía
realidad alguna.
El joven Xavier de Montgaillard era hijo del titulado marqués de
Montgaillard y de una señorita de Crussol. El marqués de Montgaillard
pasaba por realista y había hecho la campaña de la Vendée, con
Clarette, y estaba preso en el Temple.
Xavier era sobrino del célebre intrigante y libelista conde de
Montgaillard, que al parecer no era conde.
El llamado conde de Montgaillard fué un gran explotador de la política.
Explotó a la Revolución, al emperador de Austria, a Napoleón y a los
Borbones, y murió muy tranquilo en su casa propia de Chaillot, comprada
con sus ahorros de intrigante, a los ochenta años.
El conde de Montgaillard tuvo pensiones de todos los Gobiernos
franceses de la época, y lo más extraño fué que la tuviese, y grande
de Luis XVIII, de quien había publicado un retrato burlón e injurioso.
La razón de esta anomalía parece que fué el que el intrigante guardaba
unas cartas que Luis XVIII había escrito a Robespierre en tiempo de la
Revolución, queriendo congraciarse con él, dándole la razón en muchas
cosas y queriendo atraerle a su campo.
Días después de la presentación de los dos aristócratas en casa de
madama Lissagaray, Alvaro vió que el joven Montgaillard paseó varias
veces por delante de la casa del Reducto, y Alvarito comprendió que le
debía haber escrito a Manón y que quizá ésta le había contestado.
Un día, en pleno verano, la condesa de Hervilly les convidó a ir, el
domingo siguiente, a las amigas de Manón y a Alvarito a pasar la tarde
en el castillo de Urtubi, cerca de Urruña. La condesa conocía al dueño
que le había invitado.
Fueron en un coche grande, descubierto, diez o doce personas, los
condes de Hervilly, Manón, Rosa, con su madre; Dolores, Morguy y los
aristócratas recién llegados a Bayona y amigos de Hervilly, el vizconde
de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard.
El vizconde y el caballero fueron durante la excursión la nota
saliente, sobre todo para las muchachas. Montgaillard vestía frac azul
entallado, como un dandy, y venía de París. El caballero llevó la
voz cantante en el viaje; habló de actrices y de bailarinas, conocía
escritores, periodistas y políticos. Dijo que como no tenía un cuarto
pensaba entrar en España e ingresar en el ejército carlista por si
encontraba aquí la solución para su vida. Contaba con la protección
del príncipe de Lichnowsky. El vizconde de Saint-Paul, más tranquilo,
sonreía de las frases de Montgaillard y hablaba poco.
El joven caballero tuvo mucho éxito con las muchachas y se le encontró
gracioso y ocurrente, lo que hizo desesperar a Alvarito, sobre todo
viendo que Manón coqueteaba con él.
Era evidente que se cambiaban sonrisas y ojeadas.
¿Cómo había llegado a tener esta familiaridad con el forastero? ¿Es que
es una mujer sin decoro?--se preguntó Alvarito de mal humor.
Alvarito notó con desagrado que la presencia de los dos forasteros
produjo en las muchachas una animación, un deseo de brillar,
una rivalidad disfrazada entre unas y otras, que a él le molestó
profundamente, porque comprendió que la causa de esta excitación eran
los recién venidos y que en ellos se quería hacer efecto.
Quizá sólo Rosa le era en aquel momento un poco fiel a Alvaro; las
demás le habían olvidado.
Los veinte kilómetros de camino pasaron pronto para todos, aunque no
para Alvarito; se contempló el mar, se vió la cadena de montes de
España; Jaizquibel, como una pirámide, y el monte Larrun; se pasó por
delante de Bidart, se cruzó San Juan de Luz y se llegó al castillo
de Urtubi. A todos les pareció, desde fuera, muy romántico con sus
torrecitas y sus paredes cubiertas de hiedra, un poco hundido entre
árboles.
El dueño les esperaba a la entrada del parque, y les hizo pasar primero
a un gran salón y les llevó a las damas a un tocador por si tenían que
arreglarse. Luego preguntó a sus visitantes si preferían almorzar en el
parque o en el comedor.
Madama Lissagaray era la única que hubiera preferido almorzar bajo
techado.
--No tenga usted cuidado; hoy no hay humedad--le dijo el dueño.
Salieron todos al parque, que estaba magnífico, y dieron un paseo por
él. Hacía un día de viento Sur, con el cielo rojo, que daba al paisaje
un aire de decoración de teatro. Los tilos y las magnolias, llenos de
flor, perfumaban el ambiente con su aroma, un aroma tan fuerte que casi
mareaba. En este ambiente irreal todo parecía inmóvil y silencioso.
Los pájaros dormían aletargados en las ramas. Un martín pescador pasó
por el aire, tan azul, que parecía un trozo de cielo volando entre los
árboles.
Se acercó la hora de almorzar, y en una plazoleta de grandes olmos en
donde estaba puesta la mesa se sentaron.
Se comió y se bebió alegremente, y Manón y el caballero de Montgaillard
fueron los que más hablaron y tuvieron más rasgos de ingenio.
Montgaillard iba a la carrera haciendo la corte a Manón.
El caballero manejaba uno de esos recursos del donjuanismo que está
al alcance de todo el mundo; pero que, sin embargo, tiene casi
siempre éxito cuando se es joven y no de mala figura. Se manifestaba
indiferente y al mismo tiempo atento con las mujeres, para, llegado el
caso, fingir una gran impresión. Es esto, indudablemente, como el a b c
del histrionismo amoroso, pero no deja de hacer su efecto.
Pasada la excitación de la comida, Manón dijo que iba a escoger un
sitio a la sombra del parque y echarse a dormir la siesta.
--De ningún modo--dijo su tía, madama Lissagaray--; no te lo permito.
--¿Por qué no?
--Porque no, y basta.
Manón hizo un gesto de displicencia. Después de un largo rato de
sobremesa, el dueño de Urtubi les preguntó si no querían ver el
castillo, aunque era pequeño.
Mientras recorrían el edificio, el dueño habló de la fundación
primitiva de la casa, en el siglo XI; de la muralla que quedaba aún
del siglo XIV; de la estancia de Luis XI en Urtubi cuando estuvo como
mediador entre los reyes de Castilla y de Aragón y de los recuerdos que
quedaban de Soult y de Wellington, que tuvieron allí su cuartel general
al principio del siglo. Les contó también la eterna rivalidad del
partido de los Sabelchuris y Sabelgorris, fajas blancas y fajas rojas,
que dividían en el país del Labour a los partidarios de Urtubi de los
de Saint-Pee.
Vieron el salón, el comedor grande, con una chimenea de mármol, que
tenía esta inscripción en vascuence: "Billzen, berotzen, bozten"
(Reuniendo, calentando, gozando); pasaron por un vestíbulo lleno de
placas de hierro de los hogares, de las chimeneas antiguas, algunas muy
curiosas, y luego fueron a la biblioteca.
El dueño sacó un ejemplar del libro de Pierre de Lancre, titulado:
_Cuadro de la inconstancia de los malos ángeles y demonios_; les mostró
una estampa de un sábado brujeril y les leyó un párrafo, en que se
decía que el propietario del castillo de Urtubi, a principios del siglo
XVII, después de una reunión de brujería tenida en su casa, se había
encontrado los días siguientes con que las brujas le iban chupando la
sangre y sorbiéndole el seso, lo que le decidió a denunciarlas.
Todos se rieron, menos Alvarito, que pensó que el señor de Urtubi era
un visionario como él.
De la biblioteca marcharon al pequeño archivo, que tenía algunos
antiguos documentos de los Urtubis, emparentados con los Alzates,
Gamboas, Belzunces, Ezpeletas y con la familia del escritor Montaigne.
Salieron de nuevo al jardín. Una nube roja, grande, había aparecido en
el poniente y el parque tenía un aire fantástico en este aire, inmóvil
y caliente, perfumado por las flores. Cerca del castillo había una
acequia negra entre dos paredes de piedra, que tomaba al reflejar el
cielo, tonos de sangre.
Salieron de nuevo al parque y llegaron a una fuente.
Manón dijo que tenía que echar la suerte con dos alfileres, tirándolos
a la fuente y viendo cómo quedaban en el fondo; si quedaban separados,
era que no se casaba, y si quedaban cruzados, que sí. Manón echó sus
dos alfileres y quedaron separados; después los echaron Rosa y Morguy,
y pasó lo mismo. Por el sortilegio de la fuente ninguna de las tres se
casaba.
--Sí, sí; nos quedaremos solteras--dijo Manón.
--Tendrá que ser porque a los hombres de esta tierra les falten
ojos--dijo galantemente Hervilly.
Manón había cogido una flor y se la había puesto en el pecho.
El joven Montgaillard quiso que le diera aquella rosa que llevaba en el
pecho y ella se la dió.
Iba cayendo la tarde y, según dijo madama Lissagaray, era hora de
volver a Bayona.
--Antes merendarán ustedes--dijo el amo de la casa.
--Se va a hacer tarde.
--¡No, no; ca!
Pasaron al comedor y se sentaron a la mesa, muy elegantemente puesta,
con mantel antiguo, bordado, y vajilla de Sevres.
De pronto notaron que andaba revoloteando algo por los rincones.
--¿Qué es? ¿Un murciélago?--preguntó Manón.
--No, es una mariposa--contestó el dueño de la casa, y con un pañuelo
logró cogerla.
La mariposa era grande y hacía un chirrido como si se quejara. Alvarito
se estremeció; el aleteo de la mariposa y sus quejidos le produjeron
una sensación desagradable.
--Es el _Sphinx atropos_, la mariposa de la calavera--dijo el amo de la
casa.
--¡Qué horror!--dijo Rosa--. Suéltela usted. Eso debe ser de mal agüero.
--Sí, estas mariposas asustan a la gente, pero son inofensivas para las
personas; no así para el campo, donde hacen muchos destrozos.
La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela.
--No, no--dijo Manón--; hay que soltarla, que viva.
--Poco vivirá--dijo el dueño abriendo la ventana y soltándola--.
Algunas no duran más que una noche; el tiempo necesario para poner sus
huevos.
Madama Lissagaray insistió en que era hora de volver.
Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa se sentó al lado de
Alvarito y estuvo hablando con él.
--Ya ves tú--decía la muchacha--qué mala suerte tengo yo.
--¿Mala suerte? ¿Por qué?
--Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos sido educadas de la misma
manera. Ella siempre tiene éxito y yo nunca.
--Tú también lo tienes.
--No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita que yo, más
inteligente, más brillante. Todas las ventajas para ella y para mí nada.
--Eres muy modesta.
--No. La suerte ha sido muy generosa con ella y muy mezquina conmigo.
Ella es música, es guapa, es graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin
talento.
--Eres muy severa contigo misma.
--No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto.
--¡Oh! No digas eso.
Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos, pero eran fríos y sin
efusión.
Un par de horas después llegaron a San Juan de Luz, pararon un momento
en un café y volvieron a tomar el coche, y vieron el mar cerca de
Guethary, azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado y
amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián y el del cabo
Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna había salido, grande, amarilla
como una cara de mujer enferma.
Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse a su
cuarto. Al tenderse en la cama, el coche, el mar, la acequia con el
agua rojiza, la estampa del sábado brujeril del libro de Lancre le
comenzaron a bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al sueño.
Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro que tenía en la
punta un castillo, marchando por entre riscos afilados que parecían
de cristal. Después de subir por una escalera laberíntica, llegaba a
un desván, con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja y se
tendía en él.
De pronto notaba que estaba al lado de una ventana abierta, al borde
del abismo. Delante tenía un paisaje sombrío, con montes ceñudos y
valles estrechos, llenos de árboles, y al contemplarlos se le encogía
el corazón. Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo. Desesperado,
elevaba la vista y quedaba absorto. El cielo estaba lleno de brillantes
meteoros desconocidos; la luna, las estrellas y los cometas, con largas
colas, saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba
aquello a cada instante con mayor horror, hasta que, de pronto, comenzó
a salir el sol. Entonces una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El
cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar, rizado con olas
blancas; de los bosques se exhalaba un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se
respiraba el aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes!
Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo, un crepúsculo
al principio admirable. Brillaban las flores rojas y blancas, las
campanillas azules en los campos verdes; luego todo se tornaba
ceniciento; había entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas
grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad de llorar y se
despertó. Pasó muchas horas despierto, dando vueltas en la cama,
pensando en su sueño y en Manón y suspirando sin querer. Al último
consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron por la
mañana.
II
FRECHÓN O EL CHATARRERO MISÁNTROPO
Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy, era hombre de
treinta y cuatro a treinta y cinco años, alto, flaco, moreno, de frente
estrecha, labios finos, nariz roja, bigote delgado y patillas largas.
El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de banquero o de
hombre de negocios, que él consideraba muy importante y muy apropiado
para su persona.
Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente no es una
fantasía folletinesca el asegurar que hay hombres que sólo por su
aspecto producen desconfianza y hasta una marcada repulsión moral.
Parece que por instinto se puede comprender rápidamente que ciertos
rasgos fisionómicos representan y son consecuencia de una larga vida
de intrigas, de hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos
rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida.