San Sebastián; fueron a parar a una posada de la Brecha, y poco después
apareció Chipiteguy en su cochecito.
Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su chatarra a Francia
y decidió embarcarla en un pailebot con las figuras de cera y enviar a
Claquemain por Irún con la galera vacía.
Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito no se había
embarcado nunca y tenía gran curiosidad por el mar.
Al salir de San Sebastián fué contemplando con gran atención las rocas
de detrás del Castillo de la Mota, festoneadas por la espuma; luego la
abertura de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada
estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas como hojas
de un libro del Jaizquibel.
--No mires demasiado. No vayas a marearte--le dijo Chipiteguy.
Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo que tumbarse.
Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales se movieron
y se lanzaron hacia adelante como si fueran al asalto o a ganar un
entorchado, y una de las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura
en la cabeza.
Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo del barco, a
Alvarito se le quitó el mareo.
Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho vió a Chipiteguy
que con aire de triunfo cantaba a voz en grito su canción de bravura:
Atera atera
trapua salzera
eta burni zarra
champonian.
Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición. Atracaron en
Bayona, en el muelle de las Avenidas Marinas y fueron el viejo y el
muchacho a la casa del Reducto.
Unos días después se volvió a abrir la barraca en la plaza de la Puerta
de España con las figuras de cera. La chatarra fué la que no apareció,
al menos públicamente. El tesoro de la calle Nueva se había evaporado.
Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este viaje; todo había
tenido en él un aire un poco absurdo...
Una noche, en su cuarto de la plaza del Reducto, Alvaro soñó que iba
por la cornisa de un puente, sobre la acequia de un molino, sitio que
recordó haber pasado en la infancia. Apenas si existía espacio para
poner los pies en aquella cornisa.
Pasaba varias veces por ella, sin miedo y con curiosidad; pero al salir
se encontraba con una vieja que le sonreía... y se echaba a temblar.
Siempre sentía lo mismo; la vieja vestía de negro, que le sonreía
insinuante, le hacía estremecerse de terror.
¿Quién era esta mujer? ¿Qué significaba? Probablemente sería la Muerte.
No lo sabía, porque no le revelaba su secreto; pero, ¿quién podía ser
más que la Muerte?
De pronto, el lugar adonde había salido recorriendo la cornisa se
transformaba en una barraca de muñecos del pim pam pum, y aparecía la
señorita Atala, con su pelo rubio. La Atala daba los billetes y él
tomaba doce bolas para lanzarlas a los muñecos.
Cada una de ellas pesaba como si fuera de plomo. De pronto notaba
que los muñecos eran todos los tipos que había conocido en la feria
de Pamplona: el físico, Montdidier, Clarck, etc. Alvarito tiraba la
pesada bola sobre la primera figura, ésta se torcía al golpe y volvía a
aparecer de nuevo erguida. Entonces Alvaro hizo un nuevo esfuerzo y se
despertó.
VII
EXPLICACIONES DE CHIPITEGUY
Frechón, con su costumbre de espiar a todo el mundo y de escuchar
detrás de las puertas, se había enterado del diálogo de Manasés con
Chipiteguy y de la visita de éste a Gamboa.
Al llegar Frechón a Pamplona encontró medio de verse solo con
Chipiteguy y le planteó la cuestión.
--Ya sé que en este viaje--le dijo mirando al suelo--se trata de algo
más que de exhibir figuras de cera.
--Usted, ¿qué es lo que sabe?--le preguntó el viejo, escamado.
--Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés y sé también que ha
ido usted a visitar al cónsul de España.
--¿Es usted brujo, Frechón?
--Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí puede usted tener
un amigo o un enemigo. Si lo quiere usted todo para usted, seré
enemigo...; si no, ya nos entenderemos.
Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente iba a Pamplona
a recoger las custodias y las cruces de oro y de plata metidas en
barricas y ver la manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el
negocio salía bien le daría parte en las ganancias.
--¿Cuánto piensa usted darme?--preguntó Frechón, mirándole de través.
--Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí me dan el veinte.
--Es una estupidez--murmuró Frechón.
--¿Qué es una estupidez?--preguntó Chipiteguy.
--Es una estupidez que se contente usted con el veinte por ciento,
porque si el negocio sale bien podemos quedarnos con todo.
Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no dijo nada en contra. Lo
único que hizo fué elogiarle por su perspicacia.
Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a Claquemain lo que
proyectaba hacer. A Alvarito no le dijo nada, porque pensaba que el
joven aristócrata español, que iba a misa todos los domingos, se
escandalizaría si supieran que querían llevarse los cachivaches y las
alhajas de las iglesias para venderlos en Francia.
A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea ninguna mella.
Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva y fueron llevando
los objetos del culto en sacos a la barraca de las figuras de cera.
Eran cálices, lámparas, candelabros, incensarios, cruces, relicarios.
Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se amontonó el tesoro
de la calle Nueva; se arrancaron las piedras preciosas de los cálices y
de las cruces procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo
en las cabezas de las figuras de cera.
Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las barras de plata, las
retorcieron y las pintaron de negro y de rojo.
--Creo que no encontraremos ningún químico que analice esta
chatarra--dijo Chipiteguy, riendo.
--Me parece que no--replicó Frechón--. Y ahora, ¿qué proyecto tiene
usted?
--Ahora--contestó Chipiteguy--, yo me voy a Arneguy y a San Pie de
Puerto para que en la aduana no nos pongan dificultades; usted se va a
Valcarlos y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana sale la
galera con Claquemain y con Alvarito.
--Bueno--dijo Frechón--, déjeme usted dinero.
Chipiteguy le dió cien duros.
--Prepare usted de manera aquello que a nadie se le ocurra mirar lo que
va en los carros--encargó el viejo.
--Lo haré.
--¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos; yo también pienso
llevar algunas. Por si acaso nos quitan el carro, que no lo perdamos
todo.
Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas y topacios, que Frechón
guardó ávidamente.
Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al día siguiente apareció
Chipiteguy en la ciudad y dió nueva orden. La galera tenía que ir a San
Sebastián.
Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió el camino de Pamplona
hasta que se convenció de que el viejo le había engañado.
Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por tierra o por mar.
En aquella época las fuerzas del general Jáuregui iban con frecuencia
de San Sebastián a Irún.
Chipiteguy se presentó al general, pretendiendo llevar su cargamento y
pasar la frontera.
Jáuregui le preguntó que llevaba a Francia que tanto le preocupaba;
pregunta que hizo desconfiar al viejo. Entonces decidió ir por mar.
Aquella chatarra, que era magnífica plata y oro, en unión de las
figuras de cera, estuvo varios días en el muelle de San Sebastián,
hasta que fué entrando en la bodega de un pailebot.
Al llegar a Bayona, Chipiteguy llevó sus figuras de cera de nuevo a la
barraca y la plata y el oro y las piedras preciosas de las cruces y
custodias debió de guardarlas en el sótano de su casa.
VIII
CHIPITEGUY, GAMBOA Y FRECHÓN
Frechón había vuelto a Bayona, cansado de esperar en la frontera.
Durante una semana se asomó con impaciencia por el camino de Pamplona,
y, al fin, volvió profundamente indignado contra su patrón. En Bayona
llevó las esmeraldas a casa de un joyero. Eran falsas.
Al llegar a la casa, y al ver a Chipiteguy, éste le contó que no
pudieron ir a Valcarlos porque se había corrido hacia aquella parte una
fuerza carlista y que por eso decidió ir hacia San Sebastián. Añadió
el viejo que en el camino de San Sebastián habían reconocido todas sus
figuras de cera y encontrado el oro y la plata y las piedras preciosas,
aunque éstas, la mayoría eran falsas.
--Ha sido un mal negocio al final--dijo Chipiteguy hipócritamente--; ya
veremos qué nos queda a cada uno.
--Me la ha jugado este cochino viejo--murmuró Frechón--. El se va a
quedar con todo.
El caso era que el tesoro de la calle Nueva había desaparecido.
Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado.
Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en casa del trapero.
Unos días después escribió una carta al cónsul de España y le pidió
audiencia.
Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y tanto como por el dinero
lo sentía por su amor propio de hombre listo, de quien se habían
burlado.
--El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo le eche el alto. Ya
caerá. Frechón no es tonto.
Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después a Aviraneta,
a quien contó con detalles el asunto de las cruces y custodias de
Pamplona. Aviraneta conocía parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón
con gran interés.
Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando en el chasco que
le habían dado. En casa de Chipiteguy seguía a todo el mundo con una
mirada furiosa.
Unos días después recibió contestación del cónsul, fijándole hora para
recibirle.
El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente; escuchó con
indiferencia su relato y dijo después:
--Yo no he encargado nada a ese señor Chipiteguy. Si ha ido a Pamplona
habrá sido por su cuenta.
Al oír lo que decía el cónsul, Frechón quedó desconcertado.
--Chipiteguy me dijo a mí que iba a Pamplona, encargado por usted, para
recoger unas barricas, cargadas de oro y plata.
--Pues el tal Chipiteguy le ha engañado a usted.
--¿Y cómo le han dado esas barricas sin orden de nadie?--preguntó
Frechón.
--Yo no sé nada, señor mío--replicó el cónsul--. ¿Y usted, cómo lo sabe?
--¿Cómo lo sé? Porque he ido con él a Pamplona.
--¿Y usted ha visto esas barricas?
--Sí, señor.
--¿Y había de verdad cruces y custodias?
--Sí las había. ¡Ya lo creo!
--¿Con piedras preciosas?
--Con piedras preciosas de todas clases.
Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su fuero interno.
--¿Y qué han hecho ustedes con ellas?
--Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas a donde estaban
las figuras de cera. Allí desarmamos las cruces y las custodias, les
quitamos las piedras; éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas
de las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces de plata las
pintamos de negro para hacerlas pasar como si fueran de hierro. Después
Chipiteguy me dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la salida
de España y la entrada en Francia, y, mientras yo le esperaba, él mandó
llevar el cargamento a San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona.
--¿Y aquí lo tiene?
--Sí, señor.
--¿En dónde lo guarda?
--Probablemente en la cueva de su casa.
--Es decir, que se la ha jugado a usted.
--Y a usted también--replicó Frechón, a quien molestaba profundamente
estar ante alguien en situación de inferioridad.
--A mí, no--contestó Gamboa--. Este es un asunto que no me interesa.
--¡Bah!--replicó Frechón con impertinencia.
--Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me choca que sea
usted tan cándido para pensar que yo he intervenido en ese asunto de
melodrama.
Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no quedó muy contento.
Unos días después el cónsul de España mandó llamar a Chipiteguy y le
interrogó acerca de las cruces y custodias traídas de Pamplona.
Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de Navarra y éste le
había dado orden de que guardara aquellas joyas en su casa, y que
mandaría un delegado del Gobierno español para incautarse de ellas y
luego venderlas.
Gamboa se incomodó y dijo con furia:
--Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza.
--Es lo que me parece que ha pretendido usted siempre--replicó el
trapero del Reducto.
Aviraneta supo por los escribientes del Consulado que los gritos de
Gamboa se habían oído en la Plaza de Armas.
En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul y el chatarrero llegó
a verse claramente que, tanto el uno como el otro, lo que ansiaban era
quedarse con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces y
de las custodias.
Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la Policía; pero ¿cómo
legitimar su intervención? Pensando fríamente decidió no hacer nada y
olvidar aquel mal negocio.
IX
DESPUÉS DE LA AVENTURA
Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de Plauto, iba camino de
ser desgraciado, a causa del tesoro de la calle Nueva.
¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas, traídas de Pamplona?
Indudablemente, la plata, el oro y las piedras preciosas los había
escondido en la cueva.
A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo tiempo de alegría, con
una mirada triunfante, bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres
horas, probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le veía a Frechón
sonreía con malicia; sonrisa que a su dependiente le hacía temblar de
furia y sólo a Manón y a Alvarito les acogía con gusto.
--El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas cosas--repetía con
jactancia--. Ya lo decía mi viejo amigo Julius Petrus Guzenhausen de
Aschaffenburg: Dollfus es un marrajo de mucho cuidado.
El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión a Pamplona, había
cambiado mucho, vivía con más preocupaciones. Desde el viaje tenía
gran desconfianza; miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba
que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni que los albañiles
de las obras próximas se asomaran al tejado. Comprobaba él mismo, al
anochecer, si estaban bien cerradas las puertas y ventanas y recorría
la casa de arriba abajo.
La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas eran manías del viejo.
Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un abandono exagerado y
sin vigilancia alguna, sobre todo de noche, y trajo un mastín para
guardar la casa.
A lo último se le ocurrió hacer todas las noches una ronda, medio
en serio, medio en broma. Manón tomaba un farol grande; Chipiteguy,
Quintín y Alvarito se armaban cada uno con una pistola y registraban la
casa, desde las guardillas hasta la cueva.
--No le digáis lo que hacemos a Frechón--recomendaba el viejo a Quintín
y a Alvarito.
--No, no tenga usted cuidado.
--Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros, porque sois fieles.
Estad seguros.
Estos registros, el andar de noche en los cuartos, influía en Alvarito,
excitando su imaginación.
Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar en la cueva y ver
el grupo de asesinos en pie, envueltos en sus telas de sacos, con un
aire de fantasmas astrosos.
Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó con él a Alvarito.
No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar dos o tres veces de
joyeros y tasadores de piedras preciosas.
Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos comerciantes y le mostró
la ciudad.
--Cuando vayas a España--le decía el viejo--podrás comparar aquello con
esto.
En el fondo de esta frase había malicia, porque aunque Chipiteguy no
tenía mala idea de España, como Frechón, tampoco la tenía muy buena.
Fué también Alvarito, en compañía de un carlista, a visitar a la
familia de Maroto, que vivía en una casa de campo de las proximidades
de Burdeos. Las dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían
sido educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre todo, era
muy melancólica y muy bonita, y recordaba con nostalgia el huerto del
colegio granadino. Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió
varias veces después desde Bayona.
El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le llevó a Alvarito a una
gran instalación de figuras de cera que había en Burdeos.
--Esto es una cosa distinta a nuestra barraca--dijo Chipiteguy
riendo--; quizá no es tan completo como el gabinete de madama Tussaud,
de Londres, pero está muy bien.
Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo, hasta que se llegaba
a un salón con varias figuras de cera vestidas a la moderna. De este
salón partían galerías, también obscuras, que desembocaban en salones
o cuevas, con juegos de luces extraños. Los personajes eran casi los
mismos que había visto Alvaro en la cueva de Chipiteguy, pero más
perfilados y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando
bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso de los subterráneos.
En un salón estaban como en tertulia, alrededor de un velador, Luis XVI
y María Antonieta, Madama Real, la princesa de Lamballe y el Delfín.
Todos impasibles, peripuestos y amanerados.
A Alvarito le dió ganas de gritarles:
--Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados a cortaros
la cabeza.
En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison, con Josefina,
Talleyrand, Fouché y los generales del Imperio. Todos tan apacibles,
tan peripuestos y tan amanerados como los anteriores.
Uno de los generales le miraba a Alvarito con un aire muy discreto.
--Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo para marcharnos
de aquí, porque nos encontramos un poco aburridos--parecía decir aquel
señor.
En la sala de una cárcel cenaban los girondinos. Uno de ellos echaba un
discurso pomposo con un aire místico e iluminado. Seguramente hablaba
de los derechos del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas que
entonces divertían a la gente sin saber por qué, y hoy, sin saber por
qué, nos aburren.
Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas del Paracleto, a
los mártires cristianos antes de ir al circo, a Marat, muerto, con
Carlota Corday al lado; a Danton y a Robespierre, vociferando...
--Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?--exclamó Chipiteguy riendo.
--Sí; pero aquí no hay asesinos--contestó Alvarito.
--Es verdad. Sin embargo, debe haber.
Buscaron mejor y dieron con un Lacenaire con su puñal, pero al lado de
los Asesinos de Chipiteguy era un personaje ridículo.
A Alvarito le convino la visita a las figuras de cera, porque le quitó
para mucho tiempo el terror que tenía por ellas.
Pensó que había estado durante su estancia en casa de Chipiteguy
asustado por un peligro quimérico y se decidió a mirar en el porvenir
las cosas cara a cara y frente a frente, fuesen figuras de cera o
personas de carne y hueso.
CUARTA PARTE
PALOMAS Y GAVILANES
I
MANÓN Y ROSA
Alvarito iba ascendiendo de categoría en casa de Chipiteguy. El viejo
le consideraba cada vez más y le iba tomando cariño. La andre Mari, que
siempre le había mirado con simpatía, le mimaba; la Tomascha le tenía
como uno de sus favoritos, y Manón, como un amigo.
Habiendo subido de importancia en la casa, le habían bajado de la
guardilla a un cuarto del segundo piso. Alvarito estaba contento, todo
lo contento que puede estar un enamorado no correspondido.
Alvarito, que tenía como confidente a su hermana, le confesó que su
entusiasmo por Manón crecía por momentos. Manón era una chica única,
con una gracia y un encanto extraordinarios. Además, no le daba miedo
nada; subía sola a la guardilla o iba al anochecer a la cueva sin
temor a aquellas malditas figuras de cera que a él tanto le habían
espantado. Manón era siempre viva, activa y trabajadora; pero cuando se
lo proponía, era más.
A veces le entraban las aficiones culinarias y se metía en la cocina
y hacía, en colaboración de la Baschili, bizcochos y flanes, que
rellenaban de crema, de huevos hilados o de dulce.
Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían estos postres,
saboreándolos y relamiéndose, y Manón, a quien no le gustaba apenas el
dulce, se reía.
Manón tenía gran talento, gracia, picardía, verdadero sentido musical.
Lo único que a Alvarito no le gustaba era la versatilidad y la
coquetería de la muchacha.
--Tienes que venir a conocerla--dijo Alvarito con entusiasmo a su
hermana.
--Bueno; sí, ya iré--contestó ella sin gran efusión.
--Ella tiene muchas ganas de conocerte a ti.
--¿Por qué? ¿Le has hablado de mí?
--Sí, mucho.
--Eres un cándido. Crees que los demás van a tener los entusiasmos
tuyos.
--¿Por qué no? Yo hablo bien de las personas que son buenas y nadie
dirá que tú no lo eres.
--¡Qué inocente!
--No, no soy inocente; no me vas ahora a convencer a mí de que todo el
mundo, empezando por ti, son unos terribles egoístas.
La hermana de Alvaro era un poco cargada de espaldas, pálida, de ojos
negros muy expresivos, la boca grande y la cara poco correcta. Era muy
simpática y muy servicial. Estaba dispuesta a hacer todo lo que los
demás tenían por engorroso y molesto.
Dolores Sánchez de Mendoza fué a casa de Chipiteguy y conoció a Manón y
a Rosa. Las dos primas estuvieron muy amables con ella y la obsequiaron
mucho.
--¿Qué te ha parecido Manón?--preguntó Alvarito a su hermana al salir
de la casa del Reducto presurosamente.
--Es muy guapa y muy simpática, pero...
--¿Pero, qué?
--Que creo que no te debes hacer ilusiones. Una chica tan guapa, tan
brillante, que será rica, no se casa con un pobre.
Alvarito se entristeció al oír la observación de su hermana y se le
puso una cara larga y abatida.
--¿Por qué no te diriges a Rosa?--le preguntó Dolores.
--Porque no me gusta--contestó Alvarito de mal humor.
--Pues es una chica bien buena, bien cariñosa; yo la encuentro guapa.
--Sí, sí, no digo que no; pero no me gusta. No tiene gracia.
--Es verdad; tú tampoco la tienes, ni yo.
--Bien; ya lo sé; quizá por eso me gusta lo que no tengo.
--Pues chico, hay que conformarse.
--En eso cada cual hará lo que mejor le parezca.
--Claro que sí; pero siempre es mejor no desesperarse, empeñándose en
conseguir un imposible. Yo ya veo que Manón es una chica muy atractiva,
muy graciosa y muy bonita; pero por lo mismo, y porque es rica, ha de
tener muchos pretendientes.
Dolores se hizo amiga de Manón y de Rosa, sobre todo de Rosa.
Desde entonces comenzó a tutearse con las dos primas, y después de
ella, Alvarito. Este notó desde el principio que con cierta tendencia
instintiva Dolores se ponía del lado de Rosa y en contra de Manón.
Manón a veces era imprudente; había tenido una educación desordenada y
fantástica, propicia para dar alguna sorpresa desagradable al viejo
Chipiteguy; afortunadamente, la chica poseía un fondo de buen sentido,
a pesar de sus fantasías y de sus extravagancias. Manón empleaba en
ocasiones la burla y el sarcasmo, pero en el fondo era sentimental
y romántica, Para el que la pretendiese era una mujer difícil de
conquistar, que exigía demasiado de las personas. Rosa era siempre
modesta y tímida; el pasar la vida ante el público en un bazar no le
había quitado su timidez congénita.
Rosa tenía el óvalo de la cara alargado, la boca demasiado grande, de
labios gruesos; cierta palidez atezada, mate, en el rostro, como de
criolla, y una hermosa cabellera negra de tonos azulados.
Al principio de tratarla parecía sosa y sin gracia; pero a medida que
se la conocía iba siendo más atrayente y desarrollando su personalidad
de una manera lenta y segura.
Dolores hablaba con mucha frecuencia a su hermano de los encantos de
Rosa, de su simpatía y de sus conocimientos caseros; pero Alvarito no
se entusiasmaba más que con Manón y no tenía ojos más que para ella.
Sentía hambre y sed de la presencia de Manón. Este hambre y esta sed
constantes e inapagable de verla y de oírla era, sin duda, el amor.
Ante ella se encontraba como si hallase su centro de gravedad; en
cambio, cuando se alejaba de ella le parecía que le faltaba el sostén
de su vida.
A veces el placer de estar a su lado le daba la impresión de tener el
corazón ligero.
Cuando estaba lejos de ella pensaba en lo que estaría haciendo en aquel
momento.
En la cama constantemente, medio en sueños, tenía conversaciones con
ella, hacía proyectos, debatía cuestiones sentimentales, se explicaba,
se legitimaba.
Dolores, con malicia femenina, solía desviar la atención que tenía su
hermano por la nieta de Chipiteguy y trataba de dirigirla sobre Rosa.
Manón ya notaba que Dolores y su prima Rosa habían formado una alianza
ofensiva y defensiva un poco contra ella; pero se sentía tan superior,
que no le importaba.
Otra amiga, algo pariente, solía ir algunas tardes a casa de Manón:
una chica llamada Margarita D'Arthez, Morguy, hija de un almacenista
de vinos. Morguy no era simpática; Rosa la odiaba por su mordacidad;
sólo Manón la podía resistir. Dolores, cuando la conoció, la encontró
también antipática.