El sol caía de plano sobre la llanura de Pamplona. Era un día de

julio, día de San Fermín. En los alrededores de la ciudad los campos

estaban segados y se preparaban para la trilla. Los montes de la cuenca

pamplonesa, el Perdón y el Ezcaba, el Servil y la Higa de Monreal, San

Cristóbal y la Silla de Pilatos aparecían azules en el cielo inflamado.

En la vuelta del castillo amarilleaban los hierbales; sólo en los fosos

de la muralla, en algunos rincones sombríos, se conservaban aún verdes

y frescos; el campo se hallaba dominado por el color dorado y la ciudad

aparecía caldeada dentro de sus murallas grises, en su gran llanada,

rodeada de montes pelados.

Por los caminos, y a pesar de que los carlistas ocupaban los

alrededores, venían los campesinos, hombres y mujeres, en los

caballejos y en las mulas, a las fiestas, que se celebraban sin gran

esplendor, por la guerra.

Había un campaneo vertiginoso en todas las torres de la ciudad en honor

del santo patrón.

Las campanas de San Saturnino contestaban a las de la Catedral, las de

San Nicolás a las de San Saturnino, las de San Lorenzo a las de San

Nicolás. Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador; las

otras, el tilín talán clásico de las dos campanas echadas al vuelo,

que tan bien indica el carácter de los pueblos españoles levíticos

con curas y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón del

convento de monjas.

¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y melancólico tañer! ¡Cómo

se recuerda la infancia, la tristeza de la vida! ¡El toque de oración,

el del Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los funerales!

¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de la existencia! ¡Qué poético

ese son de las campanas! Pero qué bien el estar en sitio bastante

lejano para no poderlas oír.

En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto de las campanas parecía

disolverse en el campo, agostado y desierto, inundado por el sol, y en

la inmensidad del cielo azul.

Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona a fines de junio de

1838. En una semana construyeron la barraca, que quedó alineada con

otras ocho o diez del paseo de la Taconera.

La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían convertido en

asesinos célebres. Los generales y guerrilleros españoles habían dejado

de ser Mina, Zurbano y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar.

En Pamplona había con seguridad gente que había conocido personalmente

a estos guerrilleros y era peligroso darlos mixtificados, porque podía

comprobarse la mixtificación.

Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros de Chipiteguy tuvo un

papel. Alvarito, vestido de pierrot, daba al bombo y a los platillos;

Frechón voceaba, delante de la barraca, con acento francés.

--Aquí _vegán_ ustedes, _señoges_, los hombres más _sélebres_ de todo

el mundo: los asesinos más famosos y los _militages_ más notables.

En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras con un puntero y daba

explicaciones: Claquemain cuidaba de los caballos y hacía la comida

dentro de la galera.

Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo y los platillos,

pensaba:

--¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de Mendoza, si me vieran en

este oficio?

Las gentes que entraban en la barraca tenían la petulancia y la

impertinencia del provinciano que desprecia al histrión callejero

y trashumante y hacían observaciones que querían ser malévolas y

sangrientas.

Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados a romper, a

pinchar, a hacer alguna mal intencionada fechoría.

Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual no se molestaba

con el desdén de la multitud, hacía observaciones misantrópicas

apaciblemente:

--Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese considerar como

ganado y tratarlas en tal concepto, la sociedad mejoraría mucho.

--Hay que empezar siendo Napoleón para eso--replicaba Chipiteguy.

Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios de la gente

y hablaba en francés. En este contacto entre el público y los hombres

de la feria, él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba

naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que le miraba a él con

desprecio.

Los suyos empezaban a ser, no como para su padre los aristócratas,

los señores serios, el presidente de la Audiencia, el director del

Instituto, el coronel, los buenos cornudos respetables, militares

y civiles de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña,

llenos de distinciones y de majestad, sino los histriones y titiriteros

de la feria.

Para guardar la barraca de las figuras de cera solían dormir en ella,

alternando dos a dos, unas noches Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón

y Claquemain. Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen,

donde Chipiteguy tenía alojamiento.

A Alvarito le producía una impresión muy penosa el echarse a dormir

delante de aquellas figuras de cera, que a la luz de una candileja

aparecían más horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos de

cera, esta guardia negra de espectros vivían, para Alvarito, una vida

siniestra, si no en el período de vigilia, en el del sueño. Entonces,

entre las sombras del cerebro, se animaban y tomaban una expresión

repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de cristal, sus pelucas y

sus barbas postizas, se erguían agresivas y gesticulaban y tenían un

aire de rencor y de venganza.

Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores y asesinos no

le hubieran parecido tan feroces y horribles como aquellos. Alvarito

pudo notar que este efecto de repulsión de las figuras de cera no era

el único que lo experimentaba, pues a veces, entre el público, se veía

algún chico que empezaba a berrear y a patear de miedo y la madre tenía

que sacarlo fuera.

--Sin duda, yo soy también infantil--se decía el muchacho.

Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy se hicieron amigos

de sus vecinos. Después de cenar y concluir el trabajo solían venir

a hacer tertulia detrás de la barraca de Chipiteguy, donde habían

colocado la galera, muchos de los industriales de la feria. Era la

aristocracia de las barracas. La mujer cañón, madama Lalande, con su

marido Raul Culot; el vendedor de la manteca de serpiente cascabel,

míster Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas; el

de los frascos de vulneraria suiza para las heridas, Onofrius Müller,

que era del Tirol; el físico del pueblo francés, monsieur Bazin; el

vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y el

marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar, para el pelo, que

era bretón, y se llamaba, según él, Gontran Montdidier, Penhoel de

Montbrisson.

De estos personajes, la mayoría vestían como todo el mundo, excepto

monsieur Bazin, el físico del pueblo francés, que llevaba frac y

melenas; Onofrius Müller que gastaba una librea roja con galones y

tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier.

Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía tres retratos

suyos, pintados al óleo, casi tan agradables como las figuras de

cera de Chipiteguy, y que constituían un verdadero e interesante

tríptico, que le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes

del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier Penhoel de

Montbrisson, calvo, como una bala rasa; el segundo se llamaba: "Durante

el tratamiento", y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante

largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro era: "Después

del tratamiento", y entonces el pelo del señor Montdidier era una

inundación capilar.

Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un coche. Se vestía con

una túnica azul, con estrellas de plata; cubría su cabeza con un casco

con plumas y hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las

puntas a los lápices con una navaja de a dos palmos de larga y otras

veces con un sable de caballería. Al parecer, este recurso tenía éxito.

Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro malhumorado, llevaba

también casco y solía tocar en lo alto del coche, para llamar al

público, una trompa de caza, y en los intermedios, una caja de música.

Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo, sonrosado, y peroraba en

un castellano bastante correcto:

_Señoges_ y _señogas_--decía, subido en un banco--: Tengo el _honog_

de _anunciag_ la _verdadega vulnegagia_ o té suizo. Vuestro humilde

_servidog_ es un químico que ha podido _estudiag_ los efectos de la

_vulnegagia_. La _vulnegagia, señoges_, tiene la virtud de _pugificad_

la masa de la sangre, de _haceg transpirag_ por los _sudoges_ y por

las _oginas_, de _quitag_ las _ictegicias_, las hidropesías, la gota

y el _roimatismo_; de _expulsag_ la _solitagia_ y las _lombrices_, de

_dag_ fuerza al pulmón y al hígado y de _evitag_ las fiebres palúdicas

intermitentes y remitentes. Un frasco de _vulnegagia, señoges_, cuesta

en todas las farmacias dos pesetas; yo, en obsequio de esta ciudad

ilustre, los vendo por dos _geales_.

El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, tenía una barraca con un

letrero que decía: "Palacio de las Maravillas, bajo la dirección de A.

Bazin, físico del pueblo francés."

¿Por qué el pueblo francés necesitaba un físico especial? Lo ignoramos.

El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, era genial. Los

pensamientos no le cabían en el cráneo y solía pasear con el sombrero

en una mano y en la otra un bastón de junco, que tenía una hermosa

bola blanca en el puño. Con este bastón hacía molinetes en el aire,

daba estocadas a los árboles, se sacudía los pantalones, pegaba a los

perros, acariciaba a los niños, porque el bastón constituía una parte

integrante de la interesante personalidad de monsieur Bazin, físico del

pueblo francés.

Los españoles de la feria eran, en su mayoría, gente pobre; uno tenía

unas vistas o tuti-li-mundi en un carrito, otro un cosmorana, un

tercero un aparato como un castillo, con el que predecía el sino de

cada persona y los números que iban a tocar en la lotería.

Este, que era un paleto castellano, vestido de pana, con una gorrita,

decía:

--Por dos cuartos se dan los números fijos de la lotería y el sino de

cada persona. ¿Quién pide otro?

Había, además, un hombre con un tíovivo y otro con la rueda de la

fortuna.

El tíovivo era un tíovivo a la antigua, sin espejos, ni oriflamas, ni

ondinas, ni cerdos, ni elefantes; un tíovivo clásico con unos pobres y

miserables caballos de cartón. El hombre del tuti-li-mundi, el señor

Paco el asturiano, el del cosmorama, tocaba el tambor, y a pesar de que

era un tipo pesado y tranquilo, entretenía a la gente, contándole lo

que iba a ver y la historia de las personas que aparecían en las vistas

ópticas.

--¡Adelante, señores, adelante!--decía--. ¡Aquí verán ustedes una vista

de la bella Venecia! Tan tarán tan tarán tan. ¡Y qué vistas, señores!

¡Cuánta iglesia! ¡Cuánta torre! ¡Cuánto _palaciu_! ¡Cuánta _góndula_!

Tan tarán tan tarán tan. ¡Mirad esa _góndula_ que va por el gran canal!

Van en ella dos _enamoradus_. Ella era una dama de las más principales

del _pueblu_. El es un joven _venecianu_, elegante y _peripuestu_.

¡Cómo se arrullan los _tortulitus_! Tan tarantán, tarantán. ¡Mirad esa

vieja que los mira desde la otra _góndula_! ¡Cómo se indigna porque a

ella no le hacen _casu_! Y es bigotuda. Podía retorcerse el bigote.

¡Adelante, señores, adelante! Tan tarantán tarantán.

Con los industriales pobres de la feria se reunía el hombre orquesta

Remifasol, que era un saboyano, y que tocaba al mismo tiempo con

manos y pies ocho o diez instrumentos, entre ellos un acordeón, unos

platillos, un bombo y una flauta.

Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como la llamaba él,

que era una rueda como la del barquillero, en la que se jugaba por dos

cuartos, y podía tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta

y hasta un conejo vivo.

Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos distinguidos. Conoció

al gigante Goliath y al enano Jimmy, que se exhibían en una barraca. El

gigante Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio, el enano

Jimmy era alegre, impetuoso y francamente optimista. A Goliath le

asustaba la soledad y la noche; en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y

atrevido, no le asustaba nada.

Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro al blanco y de un pim,

pam, pum. Este hombre era un francés rubio, de gran bigote, llamado

Cazenave, y tenía una hija de catorce a quince años, que era la

encargada de cargar las escopetas para tirar al blanco. Cazenave y la

señorita Atala se hicieron amigos de Alvarito.

Cazenave había sido antes titiritero; pero había perdido facultades y

estaba un poco derrengado. La chica tenía la especialidad de bailar en

la cuerda floja y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los

dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala era rubia, tirando

a rojo; tenía los ojos claros, la cara cuadrada, con los pómulos

salientes, y el ademán decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire

de _cascarota_.

Durante el día la gente no acudía mucho a la feria; si iban era más

bien a los puestos de juguetes y baratijas, y algunos a la cuatropea,

o feria de ganados; pero cuando obscurecía y se cerraban las puertas

de la ciudad comenzaba la animación. Las luces de las barracas se

encendían, sonaban las campanillas, el tambor, el bombo y el cornetín

de pistón. ¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades? No

había más que alegría, ruido, luces, voces, organillos, tíosvivos que

iban dando vueltas y pim... pam... pum...

En la Taconera había paseo y solía tocar la música militar. Se veían

muchachas elegantes, con su mantilla, muy coquetas, de ojos negros,

jugando con el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que

las acompañaban y de militares que arrastraban el sable y lucían el

uniforme.

Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas, se hacían los

interesantes y tomaban actitudes melancólicas y románticas.

Al parecer, los militares tenían buenas fortunas entre las damas de

Pamplona. El peligro hacía que las lides de amor tuvieran desenlace más

rápido.

Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera a contemplar la noche

profunda y llena de estrellas, y veían en los pueblos hogueras y luces

de los carlistas o de las compañías francas que recorrían aquellos

pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque en medio de la sombra

peligrosa e incierta que circundaba la ciudad se tenía la impresión de

estar en tierra firme, segura y con luz.

A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy le dijo a Alvarito

que creía que el público se había cansado de las figuras de cera.

--¿Cree usted?...

--Sí.

--Yo no lo creo.

--Si yo conozco al público--contestó el viejo.

--¿Y qué va usted a hacer? ¿Marcharse?

--No; voy a llevar a la barraca el cosmorama y a ponerme de acuerdo con

el hombre que lo tiene.

A Alvarito le pareció aquélla una combinación bastante mala; pero no

dijo nada.

Dos días después Chipiteguy le indicó que, como las estampas del hombre

del cosmorama estaban bastante estropeadas, le iba a encargar a Alvaro

que las compusiera y arreglara.

--Pero yo no sé dibujar ni pintar para eso--advirtió Alvaro, un tanto

alarmado.

--No importa. No se necesita gran cosa.

--Yo no sé si sabré hacerlo.

--Primero compones las estampas con engrudo--repitió Chipiteguy--y

luego las retocas un poco con pintura.

A Alvarito le pareció el cargo de mucha responsabilidad; pero prometió

hacer la obra lo más concienzudamente que pudiera.

Como no era fácil que en la barraca ni en la galera se hiciese esto,

que exigía cuidado y atención meticulosa, Chipiteguy indicó a Alvarito

que se quedara en la calle del Carmen y dijo en la casa que cedieran al

muchacho un cuarto.

La dueña, que era una cerera, le llevó a Alvarito a un gabinete pequeño

con una mesa, una cómoda con un Niño Jesús, con una bola de plata en

la mano; un antiguo sofá verde, unas sillas, también verdes, y las

paredes llenas de cuadros viejos horribles de santos.

Alvarito llevó allí el montón de estampas que había que restaurar y se

puso al trabajo con toda su buena fe. No se le ocurrió que lo único que

se pretendía era alejarle de la barraca.

Cuando Alvaro le enseñó al viejo sus primeras restauraciones, a

Chipiteguy le parecieron muy bien. Alvarito trabajaba durante todo el

día. Unas veces borraba, otras limpiaba con jabón y agua caliente con

mucho cuidado, restauraba lo que podía y dejaba las estampas a que se

secaran en el suelo, sobre el sofá y la cómoda; una raya mal hecha, una

tinta que se corriera, le preocupaba.

Por la tarde, con el chico de la casa, iba a pasear a la Taconera.

El chico de la casa, hijo de la dueña, a quien llamaban Cholín, era

carlista, como toda su familia. El chico le enseñaba a Alvarito las

curiosidades de Pamplona y lo que a él, como carlista, le interesaba.

Fueron los dos a ver la Ciudadela y el baluarte donde fusilaron, al

principio de la guerra, a don Santos Ladrón. Cholín contó lo que dijo

el general carlista cuando le obligaron a ponerse de espaldas para

matarle, y cómo le sacaron, después de muerto, a él y a su teniente

Irribarren por la puerta del Socorro a enterrarlos en el cementerio.

Un cañonazo, disparado a media tarde, desde el mismo baluarte, anunció

al pueblo de Pamplona que la sentencia estaba cumplida.

Cholín había conocido a don Santos Ladrón en Estella y le parecía un

gran hombre.

También le enseñó Cholín la casa del paseo de Valencia, cerca de la

Taconera, donde hacía poco los sublevados de las compañías francas

habían matado al general Sarasfield, y en donde Espartero, como

represalia, mandó fusilar poco después al coronel Iriarte y a sus

compañeros, la mayoría masones y partidarios de la independencia del

reino de Navarra.

A Cholín la idea de los masones le producía espanto. A Alvarito ya no

le hacía ningún efecto.

La madre de Cholín, después de cenar, le contaba a Alvaro historias

viejas de la ciudad. Ella le había visto, desde su tienda, pasar al

coronel Zumalacárregui una mañana fría de un día de octubre y salir

por la puerta de Francia. Poco después se supo que estaba en Huarte

Araquil, al frente de todos los carlistas.

Por qué Alvarito sentía cada vez menos entusiasmo por el carlismo, a

medida que vivía entre carlistas, él no sabía explicárselo; pero así le

pasaba.

Alvarito no quería abandonar a sus amigos de la feria, y por la noche,

harto de las historias de Cholín y del carlismo, cuando se cerraban

las barracas y los dueños y sus criados iban a pasear o se quedaban de

tertulia cerca de sus instalaciones y de sus carros, Alvaro se reunía a

ellos. La mayoría charlaba o jugaba a las cartas. La señorita Atala, la

del tiro al blanco, fué varias veces con Alvarito a sentarse al mirador

de la Taconera, de noche. A ella no le parecía mal el muchacho; pero a

él no le gustaba la titiritera con sus aires de cascarota.

Ella tenía sus ilusiones raras de bohemia y trotacaminos; pensaba que

el mundo feo y penoso en que vivía se iba a abrir en cualquier ocasión

e iba a aparecer el palacio admirable con sus esplendores orientales.

Cuál sería la palabra mágica, cuál el momento, no lo sabía.

Alvarito estaba entusiasmado con Manón y no hablaba más que de ella y

de Bayona. A la señorita Atala, Bayona le parecía un pueblo horrible y

aburrido.

A veces la titiritera y el muchacho se sentían de acuerdo.

La decoración era inspiradora; aquellas noches templadas, con el cielo

lleno de estrellas, la obscuridad de alrededor, las luces misteriosas

en los pueblos lejanos, el alerta de los centinelas; todo ello hablaba

a la imaginación.

En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis hubo durante la

feria de Pamplona algunas pequeñas complicaciones.

El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía una mujer muy guapa

y estaba celoso de ella. Madama Montdidier era una bordelesa morena,

guapa, de ojos negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin

inconveniente a los que la galanteaban.

El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el vendedor de lápices

que no se rompían, míster Clarck, hombres de corazón volcánico, se

enamoraron los dos de la bella madama.

El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía más recursos que

el señor Clarck; tenía primeramente un frac azul con botones dorados

y en su barraca, el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas

misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una máquina neumática,

etc., etc. Además, hacía en su laboratorio el trueno, el rayo y el

granizo. El señor Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y

el sable para hacer punta a los lápices.

Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar al físico del pueblo

francés con curiosidad; pero míster Clarck, celoso del éxito de su

rival, se lo comunicó al marido. Montdidier se indignó al conocer

la simpatía de su esposa por aquel farsante, que pretendía hacer

los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al físico del pueblo

francés agriamente.

El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó a Cazenave para

que arreglara el asunto.

Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico y el marido se dieran

unas buenas morradas en la Vuelta del Castillo; pero, para pegarse,

Montdidier tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por otro

lado, no se le podía indicar que se los cortara, porque era cortarle la

alimentación.

En vista de estas consideraciones, se dió por terminado el asunto y el

físico no se volvió a acercar al matrimonio Montdidier.

Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando estampas,

Chipiteguy intentaba realizar sus proyectos.

Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén de trigo de la calle

Nueva y vió las barricas. Eran cinco, bastante grandes. El encargado

del almacén dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí. Podían

llevarlas cuando quisieran. La cosa no era fácil. Chipiteguy hizo

una prueba con un barril para ver si podía llevarle a la feria sin

dificultad.

Llenó el barril de agua y, al anochecer, lo puso en un carrito y salió

a la calle. Al poco tiempo se le acercó un guardia y le preguntó qué

llevaba. Le dijo Chipiteguy que era agua con un poco de lejía para

limpiar sus figuras de cera.

El guardia le dijo que mostrara el agua del barril, o si no, que tenía

que ir a la Alhóndiga.

Chipiteguy vió claramente que no era posible sacar las barricas enteras

sin que lo notara nadie, y se decidió a desfondarlas en el almacén y

sacar el contenido en sacos. Para esto tuvo que alquilar una parte del

almacén y ésta cerrarla herméticamente con unas tablas para que no

pudieran espiarle.

Luego fueron Chipiteguy, Claquemain y Frechón con sacos al hombro,

generalmente al anochecer. Unas veces salían por la calle Nueva y otras

por la de San Antón, porque el almacén tenía entrada por estas dos

calles paralelas.

Durante aquel tiempo Chipiteguy hizo su combinación. La barraca de las

figuras de cera se había cerrado. Todos los días, Frechón, Claquemain o

Chipiteguy iban con sacos del almacén de la Calle Nueva a la barraca.

A Alvarito le dijeron que se dedicaban a la compra de hierro viejo,

cosa que le chocó bastante, porque este negocio tenía que ser poco

fructífero teniendo que llevar la chatarra a Francia. Indudablemente

las figuras de cera, por nada que dieran, tenían que dar más. Cuando

la mayoría de las estampas estuvieron preparadas por Alvaro, limpias

y retocadas, Chipiteguy salió con que ya no había público, porque la

feria se iba acabando, y que era mejor marcharse.

Pasados unos días, Alvarito vió con cierto asombro que llenaban el

carro con las figuras de cera y que Chipiteguy alquilaba otro carro

para la chatarra de hierro comprada, que en parte estaba muy roñosa y

en parte pintada de negro.

Chipiteguy dispuso que Claquemain y Alvarito fueran con los dos carros

y que Frechón les esperaría antes de la frontera, en Valcarlos. El iría

poco después. Chipiteguy convidó a almorzar a sus tres empleados en

una casa de comidas de la calle de las Mañuetas, y al día siguiente se

pusieron todos en marcha.

Chipiteguy despidió a Frechón, y después de haberlo despachado, cambió

sin duda de parecer, y dijo a Claquemain y a Alvarito que debían

dirigirse a San Sebastián con los carros. El se les reuniría más tarde.

El viaje de Claquemain y Alvarito fué largo. Lo hicieron por Irurzun.

El camino estaba malo, desfondado, deshecho por el paso de los cañones

y de los carros de tropa.

A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían y les pedían

los documentos.

Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho dinero, que le había

dado Chipiteguy, y la marcha no ofrecía dificultades. A veces sucedía

que Claquemain estaba borracho y había que esperar a que se le pasara

su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado, y hacía

todo lo posible para amargar la vida a Alvarito.

VI

LA VUELTA

Las figuras de cera: novela · 第 9 / 16 段