de Prusia están vaciadas en la cara del muerto; el que pintó la cara
conocía al gran Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos
rodeados de un círculo morado son de una verdad completa. El traje y
los accesorios son los mismos que usaba el rey; la peluca de estopa, el
uniforme azul, desteñido y raído; las botas, el sombrero, la espada, la
flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad... sin el espíritu.
--¿Y qué efecto hace?--preguntó Aviraneta.
--Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y miedo--contestó
Ochoa.
Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito oía muy interesado,
cuando se presentó Chipiteguy, que saludó afectuosamente a Aviraneta.
--¿Quién es este tipo?--preguntó el pintor a Ochoa.
--¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera.
--No; el otro.
Ochoa le explicó quién era el conspirador, y el artista estuvo
contemplando a Aviraneta.
--Es un tipo curioso--murmuró--; tiene una bonita cabeza.
--Sí, es un poco águila o buitre.
Alvarito escuchó con atención aquellas teorías acerca de la ceroplastia
que expusieron los tres señores y pensó sobre ellas. En muchas cosas
estaba conforme.
II
LOS SUEÑOS DE ALVARITO
Mientras las figuras de cera estuvieron encerradas en el almacén
constituyeron una obsesión para Alvarito. Le daban miedo, horror y
repugnancia, y no quería acercarse a ellas. De noche, sobre todo, el
pensar en el sótano le hacía estremecer. Era un antro de la locura,
lleno de monstruos gesticulantes, de espectros horrorosos, que se
amenazaban en un terrible silencio. Alvarito tenía el temor de que
toda su vida la pasaría así, con la perspectiva de un sótano negro con
figuras de cera.
Cuando comenzaron a llevarlas a la barraca pensó que ya se sentiría
tranquilo; pero quedaba en la cueva el grupo de los asesinos, que era
el que más le repugnaba y le inquietaba.
Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre excitado con las
fantasías políticas de su padre y las ideas supersticiosas y fatídicas
de la madre. Al principio, en casa de Chipiteguy, con la buena
alimentación, había logrado robustecerse física y moralmente; pero
aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban y le quitaban toda
tranquilidad. Constantemente se le aparecían en sus sueños.
Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba encantada por un
maleficio misterioso y extraño. En los subterráneos había monstruos
gesticulantes, sombras hórridas que se agitaban en el silencio; en el
piso alto había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente de
locuras y de extravagancias.
Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal punto, que en
pocos minutos se quedaba uno anémico y exangüe y al último convertido
en figura de cera.
De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía, aunque en el
momento no sabía quién era, le revelaba susurrando el importante
secreto. Para no quedar encantado en aquella casa era necesario no
tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo se perdían las
fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría la idea de llevar una grúa
de las que se levantaban en la orilla del río y colocarla cerca del
Reducto, y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy.
Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad; bajaba por la cuerda
y, balanceándose en ella, recorría la casa, sin pisar el suelo, y a
todo lo que tocaba con una varita lo desencantaba al momento. De pronto
comprendía que había sitios a los que no podía llegar, y entonces
abandonaba la grúa y construía en un instante unos zapatos altos, de
suela hueca, y comenzaba a andar por toda la casa, deslizándose con una
gran facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y ésta era su
desesperación, porque no podía desencantar a una persona oculta, por
quien tenía gran interés, y, a pesar del gran interés, no sabía quién
era. Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la puerta cerrada
e intentar abrirla perdía sus fuerzas. No sabía por qué, hasta que
miraba por un ventanillo y veía una muchedumbre de figuras de cera que
sujetaban la puerta por dentro.
Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En el segundo sueño
entraba por un ancho portal, subía por una escalera y pasaba a un
campanario de una iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en
el techo, de las que colgaban un gran número de arañas, que subían y
bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados hilos. La gente era extraña
y absurda; había un hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido
de mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con gran petulancia;
un tipo rechoncho, con la cara tiznada de carbón, que se parecía a
Claquemain, y una mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el
pelo rubio y vestida de militar.
Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos y blancos
como pelotas de goma, parecidos a los del cuadro de la "Matanza de los
Inocentes", del salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara,
una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con fijeza y le hacía
estremecer.
De repente se entablaba una discusión entre dos curas delgados,
pequeños y picados de viruelas, que decían algo terrible al moreno de
bigote y vestido de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión,
aparecía un hombre con anteojos, peluca y gabán gris, abría la
boca y parecía gritar, pero Alvarito no le oía. Era el voceador el
personaje de las figuras de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se
desesperaba al verle y en su desesperación se despertaba.
Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el recuerdo de aquellas
malditas figuras de cera.
Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió surgir entre
el boscaje al Asesino, que se le presentaba con el brazo levantado
blandiendo su puñal.
Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros y en aparecidos.
Sin embargo, se decía:
--Una figura de cera no puede tener alma. Soy un visionario.
Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque no siempre.
También pensaba que los maniquíes, los autómatas, los peleles y los
muñecos tienen como un reflejo de la personalidad del que los ha hecho,
y a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín, que con una
botella rota y una cuerda suenan y chirrían y asustan a los gorriones.
En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que tenía Chipiteguy, un
antiguo tratado de supersticiones, Alvarito leyó que los sueños son de
cuatro clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los sueños
naturales provienen del temperamento de las personas.
Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas, disputas, combates
e incendios; los sanguíneos sueñan con azafrán, jardines, festines,
danzas, amores y diversiones; los melancólicos, con humo, obscuridad,
tinieblas, paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y muertes; los
pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones, naufragios, objetos
pesados y obstáculos para la marcha.
Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente era
pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco de melancólico y una miaja
de sanguíneo. Después comprendió que todo esto no era más que hablar y
no decir nada.
Un día soñó que iba a caballo por un gran puente que avanzaba en el
mar. A un lado y a otro se agitaban las olas y hervían las espumas en
un verdadero caos.
Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y se levantaban
severamente para decirle algo.
--¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?--se preguntaba.
Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este sueño lo único que
dedujo Alvarito al pensar en tanta agua fué que él debía ser muy
pituitoso.
Otra vez soñó que estaba delante de una gradería de figuras de cera, y
que en medio había un dandy, con melenas y frac azul, que reproducía
los rasgos del pintor amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día de
la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una canción romántica.
Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con más costumbre de
comprender a las figuras de cera, sospecha que el melenudo entonaba
en su lira la célebre canción de la _Ceroplastia o Balada de las
figuras de cera_, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de
Aschaffenburg, que dice así:
III
LA CANCION DE LA CEROPLASTIA
A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter brilla con
fulgor sobre las chimeneas de las casas, y la luna se destaca como una
nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando
las luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa a la
puerta de las barracas de las figuras de cera, que canta sollozando:
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies, como los hijos de
los hombres, y trajes y sombreros y zapatos, y nadie les impide llevar
calzoncillos y hasta polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de
los inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en palacios
ni en museos, como a los muñecos del arte griego, a pesar de hallarse
éstos descalzonados y descamisados; no se les admira; se les relega a
las barracas, fuera de la ciudad, como a los atacados por una peste o
a los mendigos miserables. Tus engendros, madama Ceroplastia, no han
estado nunca en la pomposa rotonda, ni en la logia, ni en la columnata,
ni en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol se lucen en
una postura amanerada y un poco incómoda; ni en la fuente, ni en el
square; no han visto las caravanas de turistas con el Baedeker en la
mano contemplándoles con una admiración contratada de antemano por
la Agencia Cook; ni el grupo de feas solteronas inglesas en éxtasis
mostrando sus amarillos dientes de caballo. Los hijos de la cera no
conocen más elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez,
todo plebeyez.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
No, no. Os faltan los adjetivos encomiásticos, hijos de la cera. ¿Dónde
está la frase de Goethe o del vizconde de Chateaubriand, o al menos
del vizconde de Arlincourt, en vuestro elogio? Nadie os ha cantado, ni
en verso ni en prosa. Unicamente se dice que un santón del comunismo,
Esteban Cabet, individuo al parecer poco estético, habló de probar su
Icaria, su ciudad utópica y perfecta, con figurones de cera de hombres
ilustres; pero se añade que el mundo se rió cínicamente de la Icaria y
de los figurones de cera. Utopía, todo utopía.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Dicen tus impugnadores que eres como la charca donde se pudren las
aguas vivas que vienen del monte; que la cera, cuando sale de la
colmena es hermosa, se convierte en repulsiva en tus figuras y que lo
mismo pasa con el cristal y con las telas; añaden que rebajas todos tus
materiales, en vez de sublimarlos; que tus factores son buenos y tus
productos son malos. Industrialismo, todo industrialismo.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Tus figuras de una discreción un poco repugnante, producen, a la
mayoría de las gentes, inquietud y molestia; les recuerdan, según
parece, las momias recubiertas de cera, las imágenes con pelo de las
iglesias, los dientes postizos, las piezas de anatomía, los escaparates
de los ortopédicos, las cabezas de muestra de los salones de peinar
señoras, los maniquíes de los sastres y de los peluqueros, los bustos
de los frenólogos... cosas todas del largo capítulo de las invenciones
desagradables de las farsas y de las mentiras. Mendacidad, todo
mendacidad.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Vuestra composición, hijos de la cera, no os permite vivir en plena
naturaleza. La lluvia y el sol os estropearía el físico.
Vuestras pelucas y uniformes, vuestros pompones y penachos, vuestras
chupas y casacas, vuestros calzones, sables y espadas; vuestros
trabucos y pistolas viejas, vuestros abanicos y tabaqueras, vuestros
pañuelos y puntillas, hablan a la gente, más que de Versalles o de
Sans Souci, de tenduchos de prenderos, de traperos y ropavejeros.
Guardarropía, todo guardarropía.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Los estetas y los cultos te consideran como un arte macabro y
funerario. Recuerdas, según ellos, las pompas fúnebres, las damas
repipiadas que se ven en las tumbas modernas esculpidas por un cantero
en un mármol, que parece azúcar; los angelitos dorados y plateados
de los ataúdes, los cuadros de pelo de los antepasados muertos, las
reliquias amarillentas, un tanto desagradables, y los ex votos de las
capillas, en donde se mezclan los brazos y las piernas de cera con los
huevos de avestruz. Funerario, todo funerario.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías cuando éramos chicos!
Si desde un punto de vista estético te pueden poner objeciones, no
podrán hacer lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban, tus
asesinos no matan, tus magistrados no dan sentencias injustas, tus
generales son modestos y silenciosos. ¿Se debe pedir algo más? Los
hijos de la cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos el
dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta apropiada? Si no podemos
representar el interior de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un
acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más enrevesado, más lleno
de telarañas que esos cuartos interiores del espíritu humano, sin
ventilación y sin luz?
Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal que se levanta en el
aire; dejad que el magistrado o el profesor sea una bola en forma de
cabeza o de calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el general
no pase de ser una estaca con un hermoso tricornio, con su plumero,
y saldréis ganando... ¿Para qué más? Los cultos no se convencen.
Viven en plena rutina estética, duermen en compañía del lugar común.
Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo de Belvedere, en el Moisés
de Miguel Angel y en el condottiero de Donatello, y hasta el nombre
de Ceroplastia, ¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento, todo
amaneramiento. Vanidad, todo vanidad.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
* * * * *
Esta es la voz misteriosa que en la callada noche solitaria se escucha
a la puerta de las barracas de las figuras de cera, cuando las luces
de la feria se extinguen, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las
chimeneas de las casas y la luna se destaca como una nota de música en
el pentágrama de los alambres del telégrafo.
IV
UN PROYECTO
Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit, negociante en
pequeño, era un judío pintoresco; la nariz corva, el labio inferior
grueso, los ojos brillantes, detrás de unas antiparras que le daban
aire de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado y los pies
fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés siempre un poco desastrado y
hablaba de una manera suave e insinuante.
Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho con él varios negocios.
Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de Chipiteguy, en vez de
salir a la calle, entró hacia el almacén y dijo:
--Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted.
--Usted dirá, Manasés.
--Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos aprovechar.
--Vamos a ver la noticia.
--Parece que unos de los capitanes generales de Navarra mandó recoger
hace meses muchas cruces y custodias de plata de las iglesias de la
provincia, abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona. El
capitán general anterior a éste tomó la determinación de meter todos
los objetos de plata en barricas y de guardarlos en un sótano de la
ciudad. Se quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general
actual ignora, según dicen, que haya este depósito y los únicos que
saben dónde está son el cónsul de España, don Agustín Fernández de
Gamboa, y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri.
--¿Y usted cómo sabe eso, Manasés?
--Porque me lo ha dicho Gamboa.
--¿Y para qué se lo ha dicho a usted?
--Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien que se encargara
de traer esos objetos hasta aquí. A un cristiano quizá no se hubiera
atrevido a hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo.
--¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona?
--Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las barricas, llenas de
cosas de oro y de plata, es de un conocido de Gamboa, y por lo que me
he enterado, las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez quiso
traerlas a Francia, pero que no se atrevió.
--¿Y a usted qué se le ha ocurrido?--preguntó Chipiteguy.
--A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar alguno de nuestros
chatarreros a Pamplona con un carro a ver si le entregaban las barricas
y las traía aquí.
--¡Qué ilusión!
--¿Le parece a usted?
--Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted piensa que en un
país en guerra van a dejar pasar un carro con barricas sin reconocer lo
que va dentro?
--Sí, es verdad.
--De intentar esta aventura habría que traer ese tesoro de otra
manera; tendría que ir a Pamplona uno mismo.
--¡Ir a España!--exclamó Manasés--. No, no; de ninguna manera. A mí no
me pescan los carlistas de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo,
que vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo que quieran.
Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado vivo como un perro
judío sería cosa inmediata.
--Pues, amigo Manasés--dijo Chipiteguy--, despídase usted del proyecto,
porque si cree usted que un carretero cualquiera le va a traer a usted
esas barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie las vea y las
registre, cree usted una tontería; y si piensa usted que si le dice
usted al carretero a lo que va, después de pasar grandes peligros él,
le va a traer las barricas a usted, para que usted se quede con ellas,
pues piensa usted una candidez.
--Estoy convencido, Chipiteguy--murmuró Manasés--, hasta el punto de
que no quiero ocuparme más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca.
--Pues yo quizá intente ver qué hay en eso. ¿Cuántas barricas habrá?
--No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco.
--Para traer eso había que ponerse de acuerdo con el cónsul
Gamboa--dijo Chipiteguy.
--Y quizá también con el posadero Iturri.
--¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia?
--Parece que sí--contestó el judío--. Son varias arrobas de plata.
Gamboa supone que debe haber además oro y piedras preciosas.
--Hala, Manasés, vamos los dos--dijo Chipiteguy--; nos repartiremos el
botín. Veremos lo que pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío
de origen español y un ateo alsaciano.
--No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para ir allí, váyase. Yo no
voy.
Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la noticia de Manasés, y,
después de pensarlo despacio, habló con don Eugenio de Aviraneta.
A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a Pamplona en un carro
con sus figuras de cera y volver, si la cosa era posible, trayendo
algunas o todas las barricas con la plata recogida de las iglesias
navarras.
--No le aconsejo a usted que lo haga--le dijo Aviraneta.
--¿Por qué?
--Porque es peligroso.
--¿Qué es lo que no es peligroso?
--Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso.
--Usted no tiene tampoco necesidad de andar por aquí intrigando.
--Amigo Chipiteguy: si usted, a su edad, se siente con deseos de
aventuras, no le digo nada. Adelante.
--Pues adelante. Estoy dispuesto. Yo quisiera, amigo Aviraneta, que
usted le viera al posadero Iturri, le preguntara qué sabe de esas
barricas, cuántas hay, etc., etc.
--Vamos ahora mismo--dijo Aviraneta.
Fueron a la posada de Iturri; el posadero estaba en la trastienda de su
mercería y fonda.
Aviraneta expuso a Iturri las pretensiones de Chipiteguy.
--Sí--dijo el posadero--; hay cuatro o cinco barricas en un almacén de
trigo de la calle Nueva, de Pamplona. Yo no sé qué tienen dentro. Creo
que pusieron las barricas a mi nombre.
--¿Y no sabe lo que hay dentro?--preguntó Chipiteguy.
--A punto fijo, no. No creo que haya inventario ninguno.
Como Chipiteguy insistió en ir a Pamplona, Iturri le dijo:
--Tenga usted cuidado y no sea usted loco. La cosa es muy difícil, casi
imposible.
Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba la aventura. Fué al
consulado de España a visitar a Gamboa; le dijo lo que le había contado
Manasés y lo que quería hacer.
--¿Y usted mismo piensa ir?--le preguntó Gamboa.
--Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré traer las barricas
aquí.
--Yo no sé lo que vale eso--replicó Gamboa--. Si la empresa sale bien y
trae aquí esa plata, le pagaremos los gastos que usted haya hecho y el
veinte por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted traer esas
barricas, le abonaremos sólo los gastos. ¿Le parece a usted bien?
--Sí; no me parece mal.
--¿De manera que se decide usted?
--Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en España no es difícil;
lo difícil es salir, sobre todo trayendo las cruces y las custodias.
--Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen esas barricas.
Aquí está su descripción y su numeración. Se hallan puestas a nombre de
Iturri, un posadero de Bayona.
--Sí; le conozco.
Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada y sin firma para el
amo de la casa de la calle Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas
las barricas.
Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la frontera española,
desde Fuenterrabia hasta más allá de Roncesvalles, estaba ocupada
por los carlistas, excepto el puente de Behovia. Los chatarreros que
entraban en Navarra solían pasar por el campo carlista, en el que
tenían conocimientos. Había que encontrar algunas influencias entre los
partidarios de don Carlos para que no pusieran dificultades al paso de
un carro con las figuras de cera, cosa que no le había de ser difícil.
Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y dos caballos
normandos y dispuso llevar sus mejores figuras de cera para las ferias
de San Fermín.
Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito y él en un
carricoche.
Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón, aunque se
enterara de lo que se trataba, no se escandalizaría, porque era
anticlerical furioso, y, si exigía algo, se le taparía la boca dándole
dinero.
Los preparativos se hicieron a la chita callando. Chipiteguy dijo a
Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona.
--¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?--preguntó el muchacho.
--No, ferias importantes no hay; pero van algunos pocos comerciantes,
sobre todo franceses, y ganan muy bien, porque no hay competencia.
--¿Y se podrá pasar?--preguntó Alvarito.
--En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con carlistas y liberales.
Los carlistas dejarán pasar los carros si paga cada uno unas pesetas;
luego, cuando no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o
Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca y con ella entraremos en
Pamplona.
Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un día Chipiteguy dijo en
su casa que a la mañana siguiente se marchaba a Pamplona a pasar unos
días.
Manón, que se preparaba a ir a visitar a una familia amiga de la calle
de l'Orbe, preguntó extrañada:
--¿Cómo, te vas a Pamplona, abuelo?
--Sí.
--No habías dicho nada.
--Es un proyecto que se me ha ocurrido de pronto.
--¿Y qué hay en Pamplona?
--Hay una feria.
--Pues llévame también a mí.
--No puede ser. Tú tienes que estar aquí al frente de la casa.
--¿Y Frechón?
--Viene conmigo.
--¿Y Alvarito?
--También.
--¡Qué habrás pensado, abuelo! Alguna cosa has pensado tú que no me
quieres decir a mí.
--Nada, nada.
--¿No vas a hacer algo peligroso?
--No, no; no tengas cuidado.
--Porque ¿qué haría yo si me quedara sin mi abuelito?
--No, no haré nada peligroso; tranquilízate.
--Nos vas a tener inquietos en casa.
Chipiteguy besó a su nieta y le dijo que fuera a su reunión.
Al día siguiente, antes que Manón se hubiera levantado, Chipiteguy y
Alvarito salieron en su carricoche por la orilla del Nive.
La galera con Frechón y Claquemain había salido anteriormente, y unidas
a otras varias y a un coche de un vendedor de lápices, marchó hacia
San Juan de Pie de Puerto.
Tres días después entraban los coches y las galeras en Pamplona por la
puerta de Francia y se instalaban en el paseo de la Taconera.
Chipiteguy llevaba recomendaciones de Gamboa para el capitán general y
para el jefe político, don Domingo Luis de Jáuregui.
V
EN PAMPLONA