--Señor--replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación, con una

violencia de vasco fanático--: Los generales que estén en el ejército

carlista y pertenezcan a la masonería, no pueden ser más que traidores.

--Si yo también lo creo así--dijo don Carlos.

Roquet calló.

--¿Y los otros papeles?--preguntó el Pretendiente.

--Los otros papeles los tiene ese señor legitimista de Bayona--contestó

Roquet.

--¿Usted los ha visto?

--Sí.

--¿Qué son?

--Hay un pliego grande de papel que tiene este título: Cuadro sinóptico

del triángulo del Norte de España; en él hay muchos óvalos a manera de

lentes, pintados de verde y rojo.

--¿Hay nombres?

--No; en el centro de cada óvalo hay un número. En el lado de los

verdes hay un letrero que dice: "Civiles". Y en el de los rojos se

lee: "Militares". Encima del pliego, a la cabeza, hay muchos números y

jeroglíficos que no hemos sabido descifrar. Hay, además, una cajita de

cartón con una esfera, con el nombre: "Esfera de luz" llena de signos

parecidos a los de estas cartas.

--¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?--preguntó don Carlos.

--Este legitimista que quiere presentar estos papeles es un hombre que

se encuentra en mala situación y suele alquilar un gabinete con su

alcoba. A ese gabinete vino un español con su equipaje y estuvo unos

cuantos días; pero parece que alguien le perseguía, o que le mandaron

algún recado urgente, porque el caso fué que tuvo que escaparse y

recomendó al señor legitimista dueño de la casa que tuviera cuidado con

su baúl. En esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece

años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con el pliego pintado y

con la esfera de luz, y creyendo que eran juguetes, se los enseña a su

padre.

--Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir él mismo aquí con

sus documentos?--preguntó el Pretendiente.

--No quiere, porque no le conviene que se sepa su nombre--contestó

Roquet--. Está haciendo gestiones para conseguir un destino con el

Gobierno francés, y si se supiera que había violado un secreto, tendría

por ello muy mala nota.

--Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara esos

papeles--dijo el Pretendiente.

--El no está en situación para desear distinciones. El no quiere más

sino hacer este servicio a la causa de Su Majestad para que vea quienes

son los que le rodean. El dejaría los papeles durante quince días para

que los examinaran detenidamente, bajo palabra de honor de que se los

habían de devolver, y pediría por esto tres mil francos.

--Bueno, pues se le darán--dijo el Pretendiente.

Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como Marcó del Pont estaban

inquietos y recelosos y al mismo tiempo muy satisfechos con la

perspectiva de dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente con

él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados a un lado de

la habitación. Don Carlos pensó en escribir una orden al gobernador de

Vera para que facilitase y diese escolta a la persona portadora de los

documentos cuando se presentara en la frontera; pero, al ir a escribir

la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo acompañaría a Roquet hasta

Vera y diría al comandante de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que

cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta hasta el Real.

El francés se comprometió a llevar los documentos, y Marcó del Pont le

aseguró que, después de comprobar su autenticidad y su importancia, le

entregaría tres mil francos para el legitimista y otros tres mil como

garantía de que se le devolverían todos los papeles.

VI

EL DINERO

Mientras Aviraneta esperaba con ansiedad los resultados de la gestión

de Roquet corrieron por Bayona muchas noticias. Se dijo que los

antimarotistas de la Junta Apostólica iban a tener dinero para hacer

más intensa la guerra.

El secretario de la Junta, don Florencio Sanz, se agitó y lanzó

circulares, afirmando la vuelta al poder de los _puros_. Se añadió que

el padre Larraga había ido a Turín y el general Uranga a Viena; que los

dos traerían disposiciones y dinero en abundancia, y que en seguida la

Junta Apostólica iría a ponerse de acuerdo con Cabrera y Arias Teijeiro.

Pocos días después el _Faro de Bayona_ confirmó la noticia y añadió

que Tarragual había pedido el pase al subprefecto para ir a Toulouse y

luego a la frontera catalana.

Todo esto Aviraneta sabía que no tenía importancia; en cambio, por

aquellos días supo por el Club antimarotista de Azpeitia una noticia

importante.

Se trataba de hacer un empréstito de quinientos millones de reales

a don Carlos por las casas Tastet y Francessin. Tastet había pasado

al Real de don Carlos con una carta de los principales banqueros de

Inglaterra ofreciendo al Pretendiente auxilios si se avenía a firmar

el contrato en las condiciones que se le proponían.

El negocio era una combinación de comerciantes ingleses y franceses,

dirigida a arruinar la poca industria española.

Tastet fué al Cuartel Real, y primero se vió con el padre Cirilo de la

Alameda y éste quiso sacar tajada sin exponerse; pero Tastet era tan

cuco como podía serlo el padre Cirilo y estaba dispuesto a no dar un

cuarto sin garantías.

Aviraneta temía que, a pesar de que las condiciones eran duras, don

Carlos, impulsado por la necesidad, firmase el empréstito para poder

tener armas, caballos, efectos de guerra y dinero para pagar a las

tropas.

Sabida es la frase del mariscal Trivulzi, que se ha repetido muchas

veces:

"Tres cosas son necesarias para llevar bien una guerra: la primera,

dinero; la segunda, dinero, y la tercera, dinero."

A esto se puede añadir la frase de Vespasiano, que el dinero no tiene

olor; es decir, que lo mismo da que venga de arriba que de abajo; de

las flores o del cieno.

Aviraneta, que veía un gran peligro en este empréstito, comenzó a

trabajar en contra de él. Dió informes a los antimarotistas de Fermín

Tastet, banquero bilbaíno, que había sido liberal y masón; hizo decir

a los Clubs de Tolosa, de Azpeitia y de Bayona que el empréstito era

una trama pérfida de Maroto para exterminar a los carlistas puros y

al Pretendiente, pues dueño el general de este modo de las tropas,

pagándolas espléndidamente haría lo que quisiera, transigiría con

Espartero, sacrificando la causa de la legitimidad y del catolicismo.

Esta era la explicación de que fueran liberales y masones los que

ofrecían el dinero.

La idea lisonjeó a los fanáticos, se la apropiaron, y fué tal la

enemistad que se produjo contra este empréstito, que Tastet tuvo que

escaparse del Real y marchar corriendo a Francia. Los dos banqueros,

el español y el francés, se manifestaron asombrados de la enemiga que

había producido su proyecto.

Hablaron en Bayona con el marqués de Lalande y uno de los banqueros

dijo:

--Sin dinero la guerra se acabará pronto.

El marqués de Lalande parece que añadió:

--Ya no tenemos guerra más que para unos meses.

TERCERA PARTE

LAS FIGURAS DE CERA

I

PERSONAJES HISTÓRICOS

Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía de adquirirlo todo.

--La cuestión es almacenar, meter cosas en la tienda--decía él--.

Siempre hay gente que quiera comprar.

El sistema no debía ser del todo malo, porque al parecer, y gracias a

él, el chatarrero se enriqueció.

Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza entrase en casa de

Chipiteguy, el trapero había comprado varias figuras de cera de desecho

que vendía un señor David, Curtius para el respetable público, dueño de

un gabinete de figuras ceroplásticas que pasó por Bayona.

Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las vendió, la mayoría,

desnudas, como si fueran odaliscas, para un harén, y otras en piezas

separadas, cabezas, piernas, brazos, como si se tratara de un género

de carnicería. La mayor parte de las figuras ceroplásticas no tenían

más que el tronco, algo del pecho, las manos y los pies. Chipiteguy

se decidió a dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero en

restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo a unas un

palo por la pierna, para que hiciera de tibia, rellenando brazos y

muslos con paja de maíz. Después, con cera derretida fué tapando los

huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración, pintó

las mejillas con albayalde y bermellón.

Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén muchos trajes de

mujer y uniformes de todas clases, pensó que unos y otros podían servir

muy bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes chupas,

casacas, calzones, fraques azules, enaguas, pañoletas, peinetas y demás.

La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar muchas medias y

puntillas por aquellos días. El señor David se había desprendido de

sus muñecos, porque, además de estar un poco estropeados, eran muy

conocidos de su numerosa clientela, y el buen Curtius, celoso del

interés de su espectáculo, quería sustituír sus personajes antiguos

por otros nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores de más

prestigio y fama.

Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy estaban

identificadas; pero otras no. Probablemente el señor David, Curtius en

la vida pública, había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces por

Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma o por el general

Poniatowski, y había dama en cera que había sido, alternativamente,

María Cristina de personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra

y la querida de Fieschi, el de la máquina infernal; sin contar

otros antiguos avatares, desacreditadores de la ceroplastia y de la

iconografía.

Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos perdidos mirase los

periódicos ilustrados y las estampas de la trastienda para ver de

identificar los personajes ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios

días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo, y no consiguió

gran cosa. Entre las láminas que guardaba Chipiteguy había estampas

raras, grabados antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones

de los cuadros del Bosco, de Holbein y de Cranach. Estas láminas se

hallaban mezcladas con otras arrancadas de libros y con estampas

populares de las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro

hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los cuatro jorobados de

Valladolid y con retratos y escenas de personajes de la Revolución

francesa y el Imperio.

Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos de un sobrino

suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero y profesor de una academia, aunque

éste se ocupaba principalmente de cuestiones de química y mecánica.

--A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto--le dijo Chipiteguy.

--¿Qué hay que hacer?

--Quisiera identificar todas estas figuras de cera--indicó el viejo,

señalando la fila de siniestros personajes, que estaban unos casi

enteros, sostenidos en la pared, y otros a trozos en el suelo, como en

un Spoliarium.

--Querido tío--dijo Marcelo--: esto es más difícil de lo que parece

a primera vista, porque hay tipos, claro está, a quienes se puede

identificar sólo por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se les

conoce por los accesorios, por el peinado, por el uniforme o por la

indumentaria.

Tan cierto es que los hombres, en general, tienen tan poco carácter

que, si a los más ilustres y mejor dibujados se les quitan los

accesorios históricos, los bigotes y las patillas, los galones y los

penachos, un par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería ni

su padre.

El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo cábalas acerca de

quiénes podrían ser aquellos personajes, y llegaron a identificar a

María Antonieta, a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat,

Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su querida, madama

Roland y Robinsón Crusoé. Algunos no eran muy seguros; otros, por

ejemplo, como Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para ser

metido en una bañera, con una herida en el pecho y un pañuelo atado a

la cabeza, eran indudables.

Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas se comprendía que

eran de varones, otras de hembras; no faltaban quienes tenían aire

ambiguo.

A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo les pusieron motes:

el Inglés, el Diplomático, la Española. A una le llamaron la Dama

Bonita.

--Esta pícara tiene aire gracioso--dijo Chipiteguy--. Es alguna dama

del antiguo régimen. Con su cara sonrosada y sus ojos azules la estoy

viendo riéndose de su marido y de sus galanteadores.

Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con Manón.

Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar sus figuras

ambiguas y borrosas y en colaboración de Alvarito decidió quién había

de ser ésta y la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan

Curtius como el señor David, puso a los personajes pelucas y patillas,

pegadas o sujetas con tachuelas. Les encasquetó tricornios y morriones

y los transformó en generales célebres de la guerra carlista. Los

ultrajes a la ceroplastia eran continuos.

En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista de los personajes

era lo que podía tener más interés para el respetable público.

Además de las figuras separadas había un grupo de tres hombres, que por

su actitud estaban asesinando a otro; pero el muerto faltaba. Estos

tres vinieron vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven, con los ojos

torcidos, la boca de labios gruesos, la nariz chata, gorra en la cabeza

y pañuelo rojo al cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El

otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente y viva, tenía

un cuchillo medio oculto en la mano. El tercero, un testigo, unido a

los dos asesinos por la fatalidad y por unos listones de madera, era un

hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría mucho la boca, enseñando

los dientes y las encías. Este tipo, que debía ser una persona honrada,

tenía el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos, gabán y

bastón en la mano. A pesar de su presunta honradez era casi más

antipático que los criminales unidos a él.

Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el Asesino, al otro el

Patibulario y al viejo que gritaba el Voceador.

Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible y feo, un poco

de fantasma, de las obras ceroplásticas. Era un extraño carnaval de

figuras inmóviles y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar

común expresivo y amanerado.

Había tipos con aire de pedantería y de discreción, que parecían decir:

"¡Ah!, no crean ustedes; nosotros también guardamos nuestro secreto."

Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes a la pared

del almacén.

Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas figuras de aire

hipócrita y pedantesco, y exclamó:

--¡Qué asquerosos tipos!

Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos a pedradas.

--¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta. Déjalos. Después de

todo, no te has de casar con ninguno de ellos--dijo Chipiteguy--, y ya

verás como cada uno nos trae sus cuartitos.

La mayoría de los personajes fueron transformados en militares y en

guerrilleros de la guerra carlista, menos el grupo de los asesinos.

Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil, que no podía

transformárselos en guerrilleros. Tampoco se les pudo cambiar en

monederos falsos. Lo más que se les hubiera podido convertir era en

verdugos.

¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo sabía. Su sobrino Marcelo

dijo que quizá se podría averiguar el crimen leyendo las causas y

procesos célebres; pero Chipiteguy pensó que, después de todo, no valía

la pena. A aquellos tres siniestros personajes, unidos por el destino y

por los listones que tenían al pie, no era tampoco fácil separarlos.

Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto hasta que se

agenciara un asesinado de cera que tuviese un poco de aspecto. Estos

tres personajes horribles fueron a parar a la cueva, envueltos en telas

de sacos.

A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por qué no le parecían

unos peleles armados con palos y llenos de hojas de maíz, como eran?

¿Por qué no los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas de

prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto. Sin duda no era

la cosa completamente extraña, porque el loco de la vecindad, a quien

llamaban Abadejo, al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque y

empezó a dar gritos de melusina.

Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en la gente de

imaginación débil, perturbándolos. La ceroplastia tenía una acción

indudable en el sistema nervioso.

Un día Chipiteguy le dijo a Alvarito:

--Al ciudadano Marat le tenemos que hacer una herida mayor. Toma este

cuchillo y caliéntalo en el fuego, en la cocina.

Alvarito hizo lo que le mandaban.

--Ahora--le dijo el viejo--, húndeselo en el pecho al ciudadano Marat.

--¿Yo?

--Sí. ¿Qué, te da miedo?

--No, no. ¿Por qué me va a dar miedo?

--Con cuidado.

Alvarito cogió el cuchillo caliente y lo clavó en el pecho del gran

revolucionario. Chirrió la cera y quedó una como herida horrorosa, que

luego se pintó de bermellón.

Chipiteguy no tenía idea buena. Buscaba lo impresionante, lo

sensacional. A una de las figuras de mujer se le ocurrió ponerle un

antifaz en la cara, con lo que la dejó más siniestra.

Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy construyó una

barraca en la plaza de la puerta de España, donde solían tocar la

música los soldados. Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo

la gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy. La barraca

no tenía luz de día, sino que estaba iluminada por unos quinqués de

petróleo. Esto le daba al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro.

A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha, vestida de

lentejuelas, y dentro había un francés ex carlista que explicaba la

vida y las aventuras de cada personaje con gran lujo de detalles. Por

entonces las siluetas y tipos de los generales españoles liberales

y carlistas no se conocían con exactitud, al menos en Francia, y

Paganini, Fieschi y Robespierre, pelos más, pelos menos, podían pasar

indiferentemente por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui...

Una tarde, poco después de la inauguración de la barraca de Chipiteguy,

instalada cerca de la puerta de España, charlaban dos jóvenes elegantes

con don Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las figuras de cera.

Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como un dandy, frac

azul, pantalón con trabillas y grandes melenas; el otro era Ochoa, el

escritor.

--Oiga usted, don Eugenio--le dijo Ochoa a Aviraneta--, ¿qué cantidad

de verdad hay en estos retratos?

Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy.

--No están mal--dijo.

--Es curioso--exclamó el pintor--; las figuras de cera son más

pintorescas y más típicas cuanto más estropeadas y viejas están.

--¡Ah, claro! No es obra artística--indicó Aviraneta.

--Indudablemente--dijo el pintor con petulancia--, las figuras de cera

son algo atrayente, sobre todo para los chicos y la gente del pueblo.

Es un espectáculo de gran curiosidad, emocionante...

--Pero al mismo tiempo de extraña repulsión--indicó Aviraneta.

--Es cierto--añadió Ochoa--. Esta curiosidad y este atractivo son

malsanos. Tiene todo esto la sugestión de la cosa prohibida y

pornográfica; algo de la inquietud que produce la máscara, y al mismo

tiempo, ese fondo malo, encanallado, histérico, que se revela en la

curiosidad por los muertos, por las salas de disección, los gabinetes

anatómicos y las operaciones.

Alvarito se puso a escuchar la conversación de los tres señores, porque

le interesaba.

--¿A ustedes les produce repugnancia?--preguntó el pintor--. A mí me

inspira más bien risa.

--A mí, una barraca de figuras de cera, me parece un depósito de

cadáveres de broma--murmuró Aviraneta.

--Sí, sí, tiene usted razón--dijo Ochoa--; a mí me parece lo mismo, y

creo que la causa principal de esto es que todo en esas figuras sabe a

muerto.

--Pues a mí, principalmente, todo ello me produce risa--insistió el

pintor--; aquel general con su tricornio y su sable es de lo más

grotesco que se puede imaginar.

--Los generales de verdad son más grotescos--afirmó Aviraneta.

--Yo creo que en una exhibición así el recuerdo de la muerte es lo que

se impone--siguió diciendo Ochoa--. El color de la cera es color de

muerto, y, unido a la repugnancia que producen los ojos de cristal, los

pelos postizos y los trajes acusan más esta impresión.

--Mire usted qué monja--señaló el artista--. Es siniestra. ¿Eh?

--Parece un fantasma--dijo Aviraneta.

--Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie bello?--preguntó el

pintor.

--Hay gente para quien lo horrible es lo bello--replicó Ochoa.

--¡Bah!--exclamó el pintor.

--¿No lo era también para Shakespeare?

--Yo no he leído a Shakespeare--replicó el artista--; como si esto

fuese una superioridad.

--Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?--exclamó

Aviraneta--. Ellos lo tienen todo en casa.

--Es verdad--contestó el artista, sin notar la ironía de don Eugenio.

Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había leído, sino que no

había oído hablar nunca de Shakespeare.

--En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro--insistió Ochoa--;

la cera tiene algo de carne, pero de carne muerta; los ojos vidriosos

de cristal son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona, es de

las cosas que más recuerdan al muerto. Las ropas, sobre todo usadas,

hablan de un difunto: son como testigos de todo el bien y el mal que ha

hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es muy probable que el

sastre las hiciera para muñecos. Todo lo que se reúne en las figuras de

cera es funerario y sepulcral.

--Como tú, querido Ochoa--saltó el pintor--, que también estás

funerario y sepulcral.

--El tamaño quizá influye también--añadió Aviraneta--. Si las figuras

fueran mayores o menores que el natural, probablemente no darían tanto

la impresión de cosas muertas; pero esos gabanes usados, esas gorras,

esos sombreros, que los han llevado, seguramente, gentes vivas, nos

sugiere un poco la idea del difunto.

--¡Qué macabros están ustedes!--exclamó el pintor.

--No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar--replicó Ochoa--.

Indudablemente tiene usted razón, don Eugenio. El tamaño influye

mucho. Es el del natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo o

achicándolo bastaría probablemente para quitar esa impresión. Un muñeco

no da nunca esa sensación desagradable, porque no hay la posibilidad de

confundirle con una persona. ¿Por qué la posibilidad de la confusión es

tan desagradable?

--Es la posibilidad del fantasma, del espectro--dijo Aviraneta--.

Un fantasma como una mosca o como un monte no podría ser fantasma

asustador.

--Luego hay el otro punto--insistió Ochoa--. ¿Por qué una figura

tan realista como una figura de cera no produce efecto artístico?

Indudablemente, todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de

repulsión de que hemos hablado estorban para producir una sensación

de suavidad y de dulzura. ¿Por qué el asesino con un puñal en la mano

y la víctima con una herida de la que brota sangre nos son odiosas en

figuras de cera y no en un cuadro?

--Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del arte--dijo

Aviraneta--, sería saber dónde están sus límites.

--Es cierto--añadió Ochoa--. No sabemos cuál es el límite del arte.

¿Por qué el pelo rubio o negro pintado en la tela está bien y,

en cambio, la peluca rubia o morena sobre una figura de cera es

repugnante? ¿Por qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa

Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en figura de cera

sería aún más desagradable que en realidad?

--Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella, es como un

monstruo lleno de tentáculos--observó Aviraneta--, y unos de éstos

viven de aire y de luz, y otros, de sangre y de cieno; el arte los

aprovecha, pero no puede aprovecharlos todos.

--Y las figuras de cera toman de la realidad esos tentáculos cenagosos,

los más hundidos en el barro humano--añadió Ochoa.

--Es indudable--dijo Aviraneta.

--A mí lo que me asombra--añadió Ochoa--por qué este arte de las

figuras de cera, cuando llega a la suma perfección, no llega a la

belleza. Ustedes habrán visto en el castillo de Potsdam la figura del

gran Federico en cera.

--Yo, no--dijo Aviraneta.

--Yo, tampoco--repuso el pintor.

Las figuras de cera: novela · 第 7 / 16 段