--¡Contra quién ha de ser: contra Maroto!

--¿Usted supone que eso nos conviene?

--Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza respetable del carlismo.

Alejar de la frontera ese foco de discordia para los enemigos sería una

verdadera tontería.

--Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa gente tiene algún

plan determinado?

--Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros contra Maroto.

--¿Quién los dirige?

--El principal caudillo es el cura Echevarría.

--¿Y usted cree que alcanzarán su objeto?

--Creo que se sublevarán más pronto o más tarde.

--Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían de nuevo la guerra

cruel.

--¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse.

Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta era muy lógico y

decidió indicar al subprefecto que no se molestara a los desterrados.

Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas dejaron en

Guethary al obispo de León; en Bayona y sus alrededores, al cura

Echevarría, a don Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel

Aguirre, en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas que los

periódicos de Madrid comentaron con la petulancia y la tontería

habitual en ellos.

Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de aquellos carlistas

trabajaban secretamente para él, y que el coronel Aguirre, comandante

del quinto batallón de Navarra, fanático apostólico e intransigente,

en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, Luis Arreche

(Bertache), y otros muchos, estaba subvencionado por el Gobierno de la

Reina para sublevar las tropas contra Maroto.

IV

LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO

Por entonces, uno de los centros de los expulsados por Maroto comenzó

a ser la casa de campo que tenía en los alrededores de Bayona don

Sebastián Miñano.

Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, el antiguo secretario

del mariscal Soult, era un escéptico, un volteriano, que no creía en

nada; pero como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez al

despotismo, por considerar que era un sistema de vida más tranquilo,

más reposado y menos turbulento que el régimen liberal.

Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de los dos bandos, del

carlista y del cristino; para los dos era casi un oráculo.

El abate protegía a su hijo natural don Eugenio de Ochoa, que llevaba

una vida de joven rico en Francia.

La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos carlistas, la

mayoría bárbaros y cerriles, que venían del campo; allí hablaban con

legitimistas franceses elegantes, perfumados y con los bigotes llenos

de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros y hasta con

damas distinguidas.

Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el de los gatos, que

en política era también del género epiceno; Salvador, el traidor a

la Isabelina y enemigo acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el

libelista, agricultor y gramático; don Vicente González Arnao y su

secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa y todos los españoles

influyentes que se encontraban en Bayona.

Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa de Miñano, el obispo

Abarca, el cura Echevarría, Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos,

doña Jacinta Soñanes, alias "la Obispa", y otros.

Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, y al último, el

abate era el que decidía casi siempre las cuestiones. No se acordaban

los expulsados de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito

Holgazán, que tanto contribuyeron en España a desacreditar al clero, y

sobre todo a los frailes, ni de que había sido afrancesado y liberal.

El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía su residencia de

emigrado en Guethary, era un señor grueso, aragonés, pedante y

sabihondo, que se creía una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de

violeta; tenía por secretario a un intrigante que se llamaba Ramón

Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria a doña Jacinta de Soñanes,

alias "la Obispa", que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le

faltase el chocolate o el caldo a su hora.

El obispo de León estaba muy preocupado con la marcha de los

acontecimientos; pensaba que había disminuído su prestigio personal

en el campo carlista y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien

odiaba evangélicamente.

Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pecondón y algunas

cuestiones reservadas las trataba sólo cuando Pecondón no estaba

delante.

El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era hombre de ojos

hundidos, cejas espesas, mirada oblicua y sonrisa fina y sarcástica.

García era hombre de sangre y de cieno que no había pensado nunca más

que en reunir oro, fuese como fuese. Había sido agente confidencial

de Fernando VII durante mucho tiempo en sus intrigas tenebrosas con

Regato, Salvador y otros tipos de reptiles de la misma índole. García

fué el que le engañó a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel,

que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los liberales y les

entregó al general González Moreno. García era entonces de la sociedad

teocrática el Angel Exterminador.

Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, que no tenía

agresividad ninguna, y que se lamentaba constantemente de sus

enfermedades y de sus desgracias.

El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, era un bárbaro;

fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, de formas atléticas. Se le veía

pasar con frecuencia por las calles de Bayona con un redingote negro y

un sombrero de copa como un tubo. El cura Echevarría parecía rebosar

salud; sus mejillas, infladas, tenían el color de las manzanas y sus

ojos eran negros y brillantes.

El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza simulada, que se

da mucho entre aragoneses y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta

franqueza consiste en hablar en un tono rudo; pero no pasa de ahí,

porque debajo del tono rudo las gentes saben emplear la maquinación

y la perfidia como los hombres de las demás regiones y de los demás

países.

El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores y adulador de

los más rastreros y serviles de don Carlos; había vivido durante toda

la guerra civil como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes

y ceremonias. Era el agente de los navarros y tuteaba a todos los

oficiales y trataba a la gente con un despotismo bárbaro.

El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, visitaron varias veces

a don Sebastián Miñano y le pidieron consejo. A todo trance querían

los dos eclesiásticos sublevar los batallones navarros contra Maroto y

establecer en el Real un Gobierno teocrático; pero querían hacerlo con

las mayores garantías posibles.

Para estos católicos absolutistas la cuestión principal en su partido

era la lealtad al Rey; se consideraban como criados del Monarca y

pensaban que ser leales a su persona era el mejor homenaje a la

causa. El ser inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos

eclesiásticos.

Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, no se diferenciaría

gran cosa del Espartero, y que no valía la pena de hacer la guerra para

un resultado parecido.

Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una buena ocasión de

intervenir. El abate, con su diplomacia y su labia, se había convertido

en un oráculo para los carlistas intransigentes, como lo era también

para los cristinos moderados.

Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de Sevilla, ex secretario

de Soult, ex constitucional, ex anticlerical, ex periodista de _El

Censor_, ex geógrafo, se había hecho protestante; era lector de Víctor

Hugo, Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la _Historia de

la Revolución Francesa_, de Thiers, para el impresor Baroja, de San

Sebastián.

De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, una veces, y otras

en contra, funcionaba la tertulia del marqués de la Lalande. Era una

tertulia de aristócratas, de legitimistas y de extranjeros. A ella

pertenecían el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard y el

intendente Arizaga. Había entre ellos personas inteligentes y su jefe

en el campo carlista era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un

proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. Se quiso que

lord John Hay diera su anuencia al plan; pero al último, y después de

vacilar mucho, el lord marino no la dió.

V

PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS

En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad que el núcleo

fuerte del carlismo se encontraba en Maroto y su gente. Si se quería

deshacer el carlismo había que atacar a Maroto por todos los medios

posibles.

Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto de documentos

falsos fabricados por Aviraneta en el Real de don Carlos.

La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas pasara a manos

del Pretendiente, como si llegara del campo carlista; sin producir

desconfianza alguna acerca de su autenticidad, legitimando su

procedencia. ¿Quién podía llevar los documentos? Un partidario de la

Reina sería sospechoso para la gente del Real; un carlista, ganado por

dinero, muy expuesto. Sólo un legitimista francés que hubiese estado a

sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta misión peligrosa,

para la cual indudablemente se necesitaba valor y perspicacia.

Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente de Chipiteguy, en la

casa del Reducto y había hablado con él en la posada de Iturri. Pensó

que quizá él le podría servir.

Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó con atención, y le

dijo que volviera, quizá entre los dos podrían hacer un buen negocio.

--¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?--le preguntó

Aviraneta.

--No; ahora no puedo ir.

--¿No tiene usted algún conocido de confianza para darle un encargo

difícil para España?

--¿Un francés?

--Sí

--Tengo un amigo que quizá sirviera.

--¿Ha estado en España?

--Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para los carlistas.

--¡Ah!

--Pero lo mismo le da trabajar por los liberales.

--¿Y habla español?

--Tan bien como usted.

--¿Quiere usted avisarle?

--Sí; pero, ¿qué gano yo con eso?

--Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por la noticia.

--Nada; yo traeré a ese amigo mañana.

Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de Francia con su

amigo, Pablo Roquet.

Roquet era un comerciante que había tenido una casa de comisión en

Behovia; tipo de hombre de vida misteriosa, que hablaba tan bien el

español como el francés.

Roquet se presentó como un señor amable, de unos cuarenta años, moreno,

delgado, con el pelo que comenzaba a blanquear en las sienes, vestido

de negro. A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más de

cincuenta años.

Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó y vió que era

hombre muy hábil y muy insinuante. Tomó informes suyos y supo que había

quebrado varias veces, que era viudo y que vivía con una modista. Doña

Paca Falcón conocía a esta pareja.

Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; buscaba el

enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a nadie. Si se perjudicaba

alguien, ¿qué se iba a hacer? El torpe que se fastidiara.

Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado de introducir en

el Real de don Carlos el conjunto de documentos falsos, bautizado con

el nombre de Simancas.

Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para comisión semejante y

comprendió en seguida su importancia.

Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó un poco

insidiosamente con descubrir el hecho a los carlistas. Aviraneta pensó

que había dado un paso en falso y se alarmó. Por una inspiración

momentánea, fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor

Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores de Bayona y

le pidió datos sobre Roquet. Masson se los dió y le mostró una ficha

que guardaba de él.

Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", alias "la

Dulzura", había vivido en Burdeos con el nombre de García y era

conocido en Bayona por Roquet. Era un hombre hábil, metido en negocios

difíciles. Había vivido bordeando el Código Penal hasta caer en su red.

Había estado procesado varias veces por estafa y pasado mucho tiempo

en la cárcel. Con estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie

firme y se entendieron.

Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, se amansó.

Aviraneta le dió lo que pudo y le prometió varias cosas, unas

factibles y otras imaginarias. Se pusieron de acuerdo Roquet y don

Eugenio en lo que se había de decir al llevar el Simancas al Real de

don Carlos. Aviraneta había inventado una historia. Era así:

Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba en Bayona y

que alquilaba un gabinete con su alcoba, había tenido como huésped a un

español que llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este español,

después de pasar un mes en la casa, tuvo que salir precipitadamente

y sin equipaje de Bayona; sin duda, alguien le perseguía. El español

recomendó al francés legitimista que le alquilaba el cuarto que

tuviera cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, el hijo

del legitimista, un muchacho de diez a doce años, jugando, encontró

una llave en un rincón, ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo

abrió y halló dentro unos documentos y una caja de cartón. El chico

los miró y se los enseñó a su padre, que se enteró de lo que eran.

El legitimista, por un lado, quería que lo que había descubierto por

casualidad sirviera a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer

como un hombre capaz de un abuso de confianza...

--Está bien--dijo Roquet al oír la explicación.

Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió una nota para que

Roquet se la entregara a los jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano

habían estado en relaciones con él y que eran de los afiliados al

partido apostólico.

Les decía en la nota lo siguiente:

"Existe una trama infernal contra don Carlos, de la cual es jefe

Maroto. Maroto proyecta inutilizar para siempre a Carlos V. Esta

conjuración se rige por una Sociedad secreta, establecida entre los

generales marotistas del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros,

depende de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española de

Jovellanos, que es en principio masónica. La Sociedad de Jovellanos

y la marotista del Real se comunican por un comisario que habita

en Bayona. Gran parte de los documentos que prueban la conjuración

están en poder de una familia francesa legitimista, que vive en los

alrededores de Bayona. El dador podría conseguir algunos de esos

papeles."

Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes la

existencia de una Sociedad secreta así no era cosa muy difícil de

creer, porque ellos mismos tenían Sociedades secretas, verdaderos

Clubs, en que se conspiraba contra Maroto.

Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días después, al volver,

se entrevistó con Aviraneta. Había hablado con Soroa, con Aldave, que

era jefe de la frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban

pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó otra explicación

y unió a ella tres cartas, que en el argot de la masonería se llaman

planchas, en las cuales aparecía Maroto nada menos que como Gran

Oriente, y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, S.

E. B. J., firmada por el Directorio General Jovellanos, en la que se

aludía a Maroto claramente y al proyecto de transacción entre moderados

cristinos y carlistas. El comunicado terminaba con estas palabras:

"Salud, Moderación y Esperanza".

Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa y otros militares

del bando exaltado y les mostró las cartas en las cuales Maroto

figuraba como gran jefe de la masonería.

El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los militares carlistas

tuvieron una junta magna y nombraron una comisión para visitar a don

Carlos en Durango; pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que

lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se la negasen.

Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron otra asamblea y

en ésta algunos oficiales propusieron matar a Maroto; pero uno de

los comandantes jóvenes, un alavés, se opuso; dijo que no, que era

indispensable primeramente apoderarse de todos los documentos que había

en Francia acusadores de Maroto, y teniéndolos, prender al general,

llevarlo ante un Consejo de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte

legalmente.

La junta se conformó con esta opinión, y como todos estaban ansiando

tener los documentos acusadores contra Maroto, le indicaron a Roquet

que volviera a Francia y que los llevara.

Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una contraseña para el

cura de Sara. El cura de Sara, agente carlista, al saber la comisión

de Roquet, le acogió con gran entusiasmo y le dió una carta para que

visitara en Guethary al obispo de León.

Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio al obispo; le contó

a solas, sin que estuviera delante su secretario, lo que había pasado

en Tolosa con los militares y le mostró las tres cartas masónicas en

las que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería.

El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas se atrevió a

tocar aquellos papeles infernales; pero, por otra parte, se alegró de

que hubiera datos para probar la traición de Maroto y aplastarlo para

siempre.

--El asunto es importantísimo--le dijo el obispo a Roquet--. Yo

quisiera tener una conferencia con ese francés que posee los

documentos, con esa alma pura y noble que la Divina Providencia ha

dispuesto sea el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su

Majestad.

Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la altura de la boca

y puso los ojos en blanco.

Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet diciendo que el

francés legitimista que tenía los documentos no quería dar la cara

porque se hallaba en una situación económica angustiosa y pretendía un

destino del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer como

carlista y menos como hombre capaz de hacer un abuso de confianza. Que

lo que quería este francés era algún auxilio en dinero.

--Lo tendrá. Lo tendrá--dijo el obispo.

Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les sirvieran el almuerzo a

Roquet y a él, y después decidió ir con el francés a Bayona a visitar a

Miñano.

En el camino el obispo no hizo más que hablar de aquellos preciosos

documentos. Al llegar a Bayona fueron Roquet y él al Seminario a buscar

al cura Echevarría que estaba alojado en una celda.

El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco Xavier Sánchez

de Mendoza a casa de Labandero.

Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se habían encontrado

datos sobre la traición de Maroto y le convenció de que fuese a casa

de Labandero, y si no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera

de ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían encontrado

pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía a la masonería, en la que

tenía un alto cargo, y de que estaba preparando una gran traición.

Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas como fiel a la

causa y hombre de buenas intenciones, aunque fantástico y muy crédulo.

Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió gran crédito a la

noticia; pero, por si acaso, avisó a Echevarría por si quería ir a su

casa. Estaban hablando los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo

de León, que venían del Seminario.

Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría y Labandero se

quedaron maravillados.

Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don Eugenio y

confidencialmente le contó con detalles lo que había ocurrido.

Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet a casa de

Labandero y mostraron los papeles, decidieron todos tener una junta con

el abate Miñano.

Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio Sanz;

Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón apareció con el conde de Hervilly,

y todos, en varios grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza

quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba por los carlistas y

al ver su casa lujosa, su biblioteca llena de libros raros, los cuadros

y los muebles.

En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con el mayor secreto,

Roquet mostró las tres planchas masónicas. Pasaron de mano en mano y

las examinaron con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de una

mixtificación y que aquello podía ser una falsedad.

--¿Qué hacemos?--preguntó el obispo.

--Hay que comunicar eso a don Carlos--contestó Miñano.

--Y cuanto antes--añadió Echevarría.

--¿Usted no tiene un agente en el Real?--preguntó Miñano al obispo.

--Sí: Enciso.

--Pues escríbale usted para que facilite el paso del señor Roquet a

presencia de don Carlos.

El obispo de León estaba asustado y no se atrevía a escribir la carta

por temor a comprometerse.

--¿Cree usted que sea necesaria?--preguntó varias veces a Miñano.

--Sí; me parece indispensable.

Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía así:

"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de hacer que el dador pueda

hablar con nuestro principal en un asunto importante de comercio.--_A._"

Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo en tono solemne y

melodramático:

--Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el traidor!

--¡Abajo!--contestaron todos con frialdad, pensando, sin duda, que era

inoportuno dar gritos en una reunión secreta.

Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias que podía tener

el descubrimiento de las planchas masónicas, los apostólicos, en

grupos, volvieron a Bayona.

Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron con el tiempo en

una junta carlista y apostólica, dirigida por el obispo de León,

Echevarría, fray Antonio de Casares y Labandero, y en la que hacía de

secretario Sanz, el hermano del general navarro fusilado en Estella.

Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito que publicó, decía:

"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes conductos indican

una próxima revolución en el ejército y las provincias, la que parece

es fomentada más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino

pagado que servía de capellán en el 5.º batallón de Navarra; por el

reverendo obispo de León y por el oficial que fué de secretaría de la

Guerra don Florencio Sanz, secretario actualmente de una junta formada

en Bayona, compuesta de los expulsados, y con acuerdo del cónsul en

dicha plaza, por el Gobierno usurpador y revolucionario, en la cual

hace también su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados en

sus mismas doctrinas."

Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el abate no estaba

inficionado en ninguna doctrina; más bien había conseguido

desinficionarse de todas.

Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron una larga conferencia

en casa de Iturri; se pusieron de acuerdo en los más pequeños detalles,

y poco después salía Roquet camino de España. El obispo de León le

indicó al agente que si le veía a don Carlos le dijera que él, Abarca,

garantizaba la verdad de la existencia de las cartas masónicas de

Maroto.

Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; veía a don Miguel

Enciso, le entregaba la carta del obispo de León, y después juntos

Enciso y Roquet encargaban al coronel Soroa que se presentara al

pretendiente con las cartas masónicas y con el recado del obispo de

León.

Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué presentado al intendente

general, don Juan José Marcó del Pont, que unos días más tarde dejó su

cargo de intendente para ser ministro de Hacienda.

Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y enemigo desenmascarado.

Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto un periódico de

Madrid, que contenía copia de las cartas interceptadas, enviadas por

Arias Teijeiro desde el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas

bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba y ponía como un

trapo a Maroto.

Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó del Pont y a

fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le acrecentó con el miedo.

Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas masónicas y llevó a

Soroa y a Roquet a presencia de don Carlos.

El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; las leyó, reflexionó

y dijo, disimulando la gran impresión que le producían (su único

talento era éste: disimular):

--Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya sabía yo que entre

mis generales había algunos masones.

Las figuras de cera: novela · 第 6 / 16 段