--¿Usted supone que eso nos conviene?
--Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza respetable del carlismo.
Alejar de la frontera ese foco de discordia para los enemigos sería una
verdadera tontería.
--Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa gente tiene algún
plan determinado?
--Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros contra Maroto.
--¿Quién los dirige?
--El principal caudillo es el cura Echevarría.
--¿Y usted cree que alcanzarán su objeto?
--Creo que se sublevarán más pronto o más tarde.
--Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían de nuevo la guerra
cruel.
--¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse.
Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta era muy lógico y
decidió indicar al subprefecto que no se molestara a los desterrados.
Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas dejaron en
Guethary al obispo de León; en Bayona y sus alrededores, al cura
Echevarría, a don Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel
Aguirre, en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas que los
periódicos de Madrid comentaron con la petulancia y la tontería
habitual en ellos.
Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de aquellos carlistas
trabajaban secretamente para él, y que el coronel Aguirre, comandante
del quinto batallón de Navarra, fanático apostólico e intransigente,
en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, Luis Arreche
(Bertache), y otros muchos, estaba subvencionado por el Gobierno de la
Reina para sublevar las tropas contra Maroto.
IV
LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO
Por entonces, uno de los centros de los expulsados por Maroto comenzó
a ser la casa de campo que tenía en los alrededores de Bayona don
Sebastián Miñano.
Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, el antiguo secretario
del mariscal Soult, era un escéptico, un volteriano, que no creía en
nada; pero como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez al
despotismo, por considerar que era un sistema de vida más tranquilo,
más reposado y menos turbulento que el régimen liberal.
Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de los dos bandos, del
carlista y del cristino; para los dos era casi un oráculo.
El abate protegía a su hijo natural don Eugenio de Ochoa, que llevaba
una vida de joven rico en Francia.
La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos carlistas, la
mayoría bárbaros y cerriles, que venían del campo; allí hablaban con
legitimistas franceses elegantes, perfumados y con los bigotes llenos
de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros y hasta con
damas distinguidas.
Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el de los gatos, que
en política era también del género epiceno; Salvador, el traidor a
la Isabelina y enemigo acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el
libelista, agricultor y gramático; don Vicente González Arnao y su
secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa y todos los españoles
influyentes que se encontraban en Bayona.
Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa de Miñano, el obispo
Abarca, el cura Echevarría, Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos,
doña Jacinta Soñanes, alias "la Obispa", y otros.
Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, y al último, el
abate era el que decidía casi siempre las cuestiones. No se acordaban
los expulsados de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito
Holgazán, que tanto contribuyeron en España a desacreditar al clero, y
sobre todo a los frailes, ni de que había sido afrancesado y liberal.
El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía su residencia de
emigrado en Guethary, era un señor grueso, aragonés, pedante y
sabihondo, que se creía una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de
violeta; tenía por secretario a un intrigante que se llamaba Ramón
Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria a doña Jacinta de Soñanes,
alias "la Obispa", que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le
faltase el chocolate o el caldo a su hora.
El obispo de León estaba muy preocupado con la marcha de los
acontecimientos; pensaba que había disminuído su prestigio personal
en el campo carlista y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien
odiaba evangélicamente.
Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pecondón y algunas
cuestiones reservadas las trataba sólo cuando Pecondón no estaba
delante.
El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era hombre de ojos
hundidos, cejas espesas, mirada oblicua y sonrisa fina y sarcástica.
García era hombre de sangre y de cieno que no había pensado nunca más
que en reunir oro, fuese como fuese. Había sido agente confidencial
de Fernando VII durante mucho tiempo en sus intrigas tenebrosas con
Regato, Salvador y otros tipos de reptiles de la misma índole. García
fué el que le engañó a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel,
que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los liberales y les
entregó al general González Moreno. García era entonces de la sociedad
teocrática el Angel Exterminador.
Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, que no tenía
agresividad ninguna, y que se lamentaba constantemente de sus
enfermedades y de sus desgracias.
El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, era un bárbaro;
fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, de formas atléticas. Se le veía
pasar con frecuencia por las calles de Bayona con un redingote negro y
un sombrero de copa como un tubo. El cura Echevarría parecía rebosar
salud; sus mejillas, infladas, tenían el color de las manzanas y sus
ojos eran negros y brillantes.
El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza simulada, que se
da mucho entre aragoneses y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta
franqueza consiste en hablar en un tono rudo; pero no pasa de ahí,
porque debajo del tono rudo las gentes saben emplear la maquinación
y la perfidia como los hombres de las demás regiones y de los demás
países.
El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores y adulador de
los más rastreros y serviles de don Carlos; había vivido durante toda
la guerra civil como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes
y ceremonias. Era el agente de los navarros y tuteaba a todos los
oficiales y trataba a la gente con un despotismo bárbaro.
El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, visitaron varias veces
a don Sebastián Miñano y le pidieron consejo. A todo trance querían
los dos eclesiásticos sublevar los batallones navarros contra Maroto y
establecer en el Real un Gobierno teocrático; pero querían hacerlo con
las mayores garantías posibles.
Para estos católicos absolutistas la cuestión principal en su partido
era la lealtad al Rey; se consideraban como criados del Monarca y
pensaban que ser leales a su persona era el mejor homenaje a la
causa. El ser inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos
eclesiásticos.
Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, no se diferenciaría
gran cosa del Espartero, y que no valía la pena de hacer la guerra para
un resultado parecido.
Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una buena ocasión de
intervenir. El abate, con su diplomacia y su labia, se había convertido
en un oráculo para los carlistas intransigentes, como lo era también
para los cristinos moderados.
Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de Sevilla, ex secretario
de Soult, ex constitucional, ex anticlerical, ex periodista de _El
Censor_, ex geógrafo, se había hecho protestante; era lector de Víctor
Hugo, Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la _Historia de
la Revolución Francesa_, de Thiers, para el impresor Baroja, de San
Sebastián.
De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, una veces, y otras
en contra, funcionaba la tertulia del marqués de la Lalande. Era una
tertulia de aristócratas, de legitimistas y de extranjeros. A ella
pertenecían el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard y el
intendente Arizaga. Había entre ellos personas inteligentes y su jefe
en el campo carlista era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un
proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. Se quiso que
lord John Hay diera su anuencia al plan; pero al último, y después de
vacilar mucho, el lord marino no la dió.
V
PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS
En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad que el núcleo
fuerte del carlismo se encontraba en Maroto y su gente. Si se quería
deshacer el carlismo había que atacar a Maroto por todos los medios
posibles.
Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto de documentos
falsos fabricados por Aviraneta en el Real de don Carlos.
La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas pasara a manos
del Pretendiente, como si llegara del campo carlista; sin producir
desconfianza alguna acerca de su autenticidad, legitimando su
procedencia. ¿Quién podía llevar los documentos? Un partidario de la
Reina sería sospechoso para la gente del Real; un carlista, ganado por
dinero, muy expuesto. Sólo un legitimista francés que hubiese estado a
sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta misión peligrosa,
para la cual indudablemente se necesitaba valor y perspicacia.
Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente de Chipiteguy, en la
casa del Reducto y había hablado con él en la posada de Iturri. Pensó
que quizá él le podría servir.
Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó con atención, y le
dijo que volviera, quizá entre los dos podrían hacer un buen negocio.
--¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?--le preguntó
Aviraneta.
--No; ahora no puedo ir.
--¿No tiene usted algún conocido de confianza para darle un encargo
difícil para España?
--¿Un francés?
--Sí
--Tengo un amigo que quizá sirviera.
--¿Ha estado en España?
--Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para los carlistas.
--¡Ah!
--Pero lo mismo le da trabajar por los liberales.
--¿Y habla español?
--Tan bien como usted.
--¿Quiere usted avisarle?
--Sí; pero, ¿qué gano yo con eso?
--Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por la noticia.
--Nada; yo traeré a ese amigo mañana.
Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de Francia con su
amigo, Pablo Roquet.
Roquet era un comerciante que había tenido una casa de comisión en
Behovia; tipo de hombre de vida misteriosa, que hablaba tan bien el
español como el francés.
Roquet se presentó como un señor amable, de unos cuarenta años, moreno,
delgado, con el pelo que comenzaba a blanquear en las sienes, vestido
de negro. A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más de
cincuenta años.
Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó y vió que era
hombre muy hábil y muy insinuante. Tomó informes suyos y supo que había
quebrado varias veces, que era viudo y que vivía con una modista. Doña
Paca Falcón conocía a esta pareja.
Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; buscaba el
enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a nadie. Si se perjudicaba
alguien, ¿qué se iba a hacer? El torpe que se fastidiara.
Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado de introducir en
el Real de don Carlos el conjunto de documentos falsos, bautizado con
el nombre de Simancas.
Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para comisión semejante y
comprendió en seguida su importancia.
Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó un poco
insidiosamente con descubrir el hecho a los carlistas. Aviraneta pensó
que había dado un paso en falso y se alarmó. Por una inspiración
momentánea, fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor
Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores de Bayona y
le pidió datos sobre Roquet. Masson se los dió y le mostró una ficha
que guardaba de él.
Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", alias "la
Dulzura", había vivido en Burdeos con el nombre de García y era
conocido en Bayona por Roquet. Era un hombre hábil, metido en negocios
difíciles. Había vivido bordeando el Código Penal hasta caer en su red.
Había estado procesado varias veces por estafa y pasado mucho tiempo
en la cárcel. Con estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie
firme y se entendieron.
Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, se amansó.
Aviraneta le dió lo que pudo y le prometió varias cosas, unas
factibles y otras imaginarias. Se pusieron de acuerdo Roquet y don
Eugenio en lo que se había de decir al llevar el Simancas al Real de
don Carlos. Aviraneta había inventado una historia. Era así:
Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba en Bayona y
que alquilaba un gabinete con su alcoba, había tenido como huésped a un
español que llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este español,
después de pasar un mes en la casa, tuvo que salir precipitadamente
y sin equipaje de Bayona; sin duda, alguien le perseguía. El español
recomendó al francés legitimista que le alquilaba el cuarto que
tuviera cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, el hijo
del legitimista, un muchacho de diez a doce años, jugando, encontró
una llave en un rincón, ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo
abrió y halló dentro unos documentos y una caja de cartón. El chico
los miró y se los enseñó a su padre, que se enteró de lo que eran.
El legitimista, por un lado, quería que lo que había descubierto por
casualidad sirviera a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer
como un hombre capaz de un abuso de confianza...
--Está bien--dijo Roquet al oír la explicación.
Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió una nota para que
Roquet se la entregara a los jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano
habían estado en relaciones con él y que eran de los afiliados al
partido apostólico.
Les decía en la nota lo siguiente:
"Existe una trama infernal contra don Carlos, de la cual es jefe
Maroto. Maroto proyecta inutilizar para siempre a Carlos V. Esta
conjuración se rige por una Sociedad secreta, establecida entre los
generales marotistas del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros,
depende de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española de
Jovellanos, que es en principio masónica. La Sociedad de Jovellanos
y la marotista del Real se comunican por un comisario que habita
en Bayona. Gran parte de los documentos que prueban la conjuración
están en poder de una familia francesa legitimista, que vive en los
alrededores de Bayona. El dador podría conseguir algunos de esos
papeles."
Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes la
existencia de una Sociedad secreta así no era cosa muy difícil de
creer, porque ellos mismos tenían Sociedades secretas, verdaderos
Clubs, en que se conspiraba contra Maroto.
Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días después, al volver,
se entrevistó con Aviraneta. Había hablado con Soroa, con Aldave, que
era jefe de la frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban
pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó otra explicación
y unió a ella tres cartas, que en el argot de la masonería se llaman
planchas, en las cuales aparecía Maroto nada menos que como Gran
Oriente, y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, S.
E. B. J., firmada por el Directorio General Jovellanos, en la que se
aludía a Maroto claramente y al proyecto de transacción entre moderados
cristinos y carlistas. El comunicado terminaba con estas palabras:
"Salud, Moderación y Esperanza".
Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa y otros militares
del bando exaltado y les mostró las cartas en las cuales Maroto
figuraba como gran jefe de la masonería.
El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los militares carlistas
tuvieron una junta magna y nombraron una comisión para visitar a don
Carlos en Durango; pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que
lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se la negasen.
Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron otra asamblea y
en ésta algunos oficiales propusieron matar a Maroto; pero uno de
los comandantes jóvenes, un alavés, se opuso; dijo que no, que era
indispensable primeramente apoderarse de todos los documentos que había
en Francia acusadores de Maroto, y teniéndolos, prender al general,
llevarlo ante un Consejo de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte
legalmente.
La junta se conformó con esta opinión, y como todos estaban ansiando
tener los documentos acusadores contra Maroto, le indicaron a Roquet
que volviera a Francia y que los llevara.
Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una contraseña para el
cura de Sara. El cura de Sara, agente carlista, al saber la comisión
de Roquet, le acogió con gran entusiasmo y le dió una carta para que
visitara en Guethary al obispo de León.
Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio al obispo; le contó
a solas, sin que estuviera delante su secretario, lo que había pasado
en Tolosa con los militares y le mostró las tres cartas masónicas en
las que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería.
El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas se atrevió a
tocar aquellos papeles infernales; pero, por otra parte, se alegró de
que hubiera datos para probar la traición de Maroto y aplastarlo para
siempre.
--El asunto es importantísimo--le dijo el obispo a Roquet--. Yo
quisiera tener una conferencia con ese francés que posee los
documentos, con esa alma pura y noble que la Divina Providencia ha
dispuesto sea el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su
Majestad.
Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la altura de la boca
y puso los ojos en blanco.
Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet diciendo que el
francés legitimista que tenía los documentos no quería dar la cara
porque se hallaba en una situación económica angustiosa y pretendía un
destino del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer como
carlista y menos como hombre capaz de hacer un abuso de confianza. Que
lo que quería este francés era algún auxilio en dinero.
--Lo tendrá. Lo tendrá--dijo el obispo.
Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les sirvieran el almuerzo a
Roquet y a él, y después decidió ir con el francés a Bayona a visitar a
Miñano.
En el camino el obispo no hizo más que hablar de aquellos preciosos
documentos. Al llegar a Bayona fueron Roquet y él al Seminario a buscar
al cura Echevarría que estaba alojado en una celda.
El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco Xavier Sánchez
de Mendoza a casa de Labandero.
Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se habían encontrado
datos sobre la traición de Maroto y le convenció de que fuese a casa
de Labandero, y si no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera
de ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían encontrado
pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía a la masonería, en la que
tenía un alto cargo, y de que estaba preparando una gran traición.
Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas como fiel a la
causa y hombre de buenas intenciones, aunque fantástico y muy crédulo.
Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió gran crédito a la
noticia; pero, por si acaso, avisó a Echevarría por si quería ir a su
casa. Estaban hablando los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo
de León, que venían del Seminario.
Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría y Labandero se
quedaron maravillados.
Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don Eugenio y
confidencialmente le contó con detalles lo que había ocurrido.
Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet a casa de
Labandero y mostraron los papeles, decidieron todos tener una junta con
el abate Miñano.
Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio Sanz;
Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón apareció con el conde de Hervilly,
y todos, en varios grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza
quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba por los carlistas y
al ver su casa lujosa, su biblioteca llena de libros raros, los cuadros
y los muebles.
En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con el mayor secreto,
Roquet mostró las tres planchas masónicas. Pasaron de mano en mano y
las examinaron con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de una
mixtificación y que aquello podía ser una falsedad.
--¿Qué hacemos?--preguntó el obispo.
--Hay que comunicar eso a don Carlos--contestó Miñano.
--Y cuanto antes--añadió Echevarría.
--¿Usted no tiene un agente en el Real?--preguntó Miñano al obispo.
--Sí: Enciso.
--Pues escríbale usted para que facilite el paso del señor Roquet a
presencia de don Carlos.
El obispo de León estaba asustado y no se atrevía a escribir la carta
por temor a comprometerse.
--¿Cree usted que sea necesaria?--preguntó varias veces a Miñano.
--Sí; me parece indispensable.
Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía así:
"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de hacer que el dador pueda
hablar con nuestro principal en un asunto importante de comercio.--_A._"
Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo en tono solemne y
melodramático:
--Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el traidor!
--¡Abajo!--contestaron todos con frialdad, pensando, sin duda, que era
inoportuno dar gritos en una reunión secreta.
Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias que podía tener
el descubrimiento de las planchas masónicas, los apostólicos, en
grupos, volvieron a Bayona.
Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron con el tiempo en
una junta carlista y apostólica, dirigida por el obispo de León,
Echevarría, fray Antonio de Casares y Labandero, y en la que hacía de
secretario Sanz, el hermano del general navarro fusilado en Estella.
Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito que publicó, decía:
"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes conductos indican
una próxima revolución en el ejército y las provincias, la que parece
es fomentada más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino
pagado que servía de capellán en el 5.º batallón de Navarra; por el
reverendo obispo de León y por el oficial que fué de secretaría de la
Guerra don Florencio Sanz, secretario actualmente de una junta formada
en Bayona, compuesta de los expulsados, y con acuerdo del cónsul en
dicha plaza, por el Gobierno usurpador y revolucionario, en la cual
hace también su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados en
sus mismas doctrinas."
Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el abate no estaba
inficionado en ninguna doctrina; más bien había conseguido
desinficionarse de todas.
Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron una larga conferencia
en casa de Iturri; se pusieron de acuerdo en los más pequeños detalles,
y poco después salía Roquet camino de España. El obispo de León le
indicó al agente que si le veía a don Carlos le dijera que él, Abarca,
garantizaba la verdad de la existencia de las cartas masónicas de
Maroto.
Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; veía a don Miguel
Enciso, le entregaba la carta del obispo de León, y después juntos
Enciso y Roquet encargaban al coronel Soroa que se presentara al
pretendiente con las cartas masónicas y con el recado del obispo de
León.
Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué presentado al intendente
general, don Juan José Marcó del Pont, que unos días más tarde dejó su
cargo de intendente para ser ministro de Hacienda.
Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y enemigo desenmascarado.
Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto un periódico de
Madrid, que contenía copia de las cartas interceptadas, enviadas por
Arias Teijeiro desde el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas
bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba y ponía como un
trapo a Maroto.
Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó del Pont y a
fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le acrecentó con el miedo.
Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas masónicas y llevó a
Soroa y a Roquet a presencia de don Carlos.
El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; las leyó, reflexionó
y dijo, disimulando la gran impresión que le producían (su único
talento era éste: disimular):
--Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya sabía yo que entre
mis generales había algunos masones.