Después de esta lectura desabrida, el _Robinsón Crusoé_ le gustó

muchísimo.

Frechón le dijo que debía leer unos tomos que tenía Chipiteguy en su

despacho, _Los crímenes de los Reyes de Francia, desde Clodoveo hasta

Luis XVI_, y _Los crímenes de los Papas, desde San Pedro hasta Pío VI_,

obras las dos de La Vicomterie de Saint-Samson, escritas con mucho

fuego, y que produjeron, al ser publicadas, gran escándalo. También

leyó, por consejo de Frechón, los folletos de Pablo Luis Courier, y más

tarde el _Quijote_, que le hizo mucho efecto y le infundió el deseo de

leer romances y libros de caballería. ¿Pero dónde se encontraban estas

novelas de caballeros andantes? No lo sabía.

Muchas veces Alvaro recitaba, con voz dolorida, el romance del marqués

de Mantua, que aparece en el _Quijote_:

¿Dónde estás, señora mía,

que no te duele mi mal?

O no lo sabes, señora,

o eres falsa y desleal.

Y al recitar este romance pensaba en Manón.

SEGUNDA PARTE

EL SIMANCAS

I

MANIOBRAS DE AVIRANETA

Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo perdón a los

manes de Aristóteles, porque va a dejar a un lado, en su novela,

las tres célebres unidades: tiempo, lugar y acción, respetables

como tres abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas y sus

colchas correspondientes. El autor va a seguir su relato y a marchar a

campo traviesa, haciendo una trenza, más o menos hábil, con un ramal

histórico y otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en las

encrucijadas de una larga novela histórica y tiene uno que llevar del

ramal a su narración hasta el fin.

Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando en los matorrales

de la fantasía, y otras, hundiéndonos en el pantano de la historia.

Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron

la vida cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a

organizar su acción contra el carlismo y a hacer propaganda en favor de

la paz, sobre todo en Guipúzcoa.

Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don

Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de

San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de

Hernani y de Andoain.

La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba

produciendo en el carlismo le vino de la Corte. Se enteró de que en

Madrid, frente a las Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones,

vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un coronel carlista,

llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, y

que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en

Bayona.

Este Calcena era un aventurero, un bandido que había estado mucho

tiempo en América de militar y de jugador de ventaja.

Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la

correspondencia de Calcena y por ésta se supo los preparativos que

hacían los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.

La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante bastante tiempo,

hasta que estalló y se hizo pública con los fusilamientos de Estella.

Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a Maroto y a sus amigos,

es decir, daban la victoria a los moderados del carlismo sobre los

absolutistas, Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica que

debía seguir, resumida en estos consejos: primero, intentar promover

disensiones entre los marotistas que formaban el grupo moderado

militar, por entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo

de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes para que

atacaran a los marotistas, y tercero, impedir que los carlistas,

partidarios de la transacción, se entendieran con los cristinos, de

tendencias parecidas, pensamiento que era el que llevaba interiormente

el padre Cirilo y la princesa de Beira.

A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista y teocrática

sucumbió tan completamente a los golpes de Maroto, por la inercia de

sus jefes y la cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para

reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos a sí mismos, y

hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles.

Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la

derrota y la humillación, convencidos de que su causa estaba perdida.

Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se podía contar con ellos.

Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir una proclama

falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio

de Larraga, confesor de don Carlos y uno de los expulsados después de

los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, Pico de Oro, según

los baztaneses, era un fraile un tanto grotesco. De confesor del duque

de Granada, que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos,

que rezaba a todas horas, en todos los rincones, había pasado a ser

confesor de don Carlos, sustituyendo a don Pedro Ratón. Se decía

que Larraga, en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo

confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les había echado una

plática pedantesca, en medio de la cual, de cuando en cuando, decía con

voz tonante: "Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum."

En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga, se aseguraba

que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era

lo mismo que estar vendidos al demonio.

La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la Religión! ¡Viva Navarra

y sus voluntarios!"

Por entonces también escribió Aviraneta un papel que, traducido al

vascuence, corrió mucho por las provincias. Era la carta fingida

que escribía un labrador vascongado a un hojalatero, en la cual se

intentaba sembrar la cizaña entre vascos y castellanos.

En esta carta se hacía la historia de cómo había empezado la guerra, y

se echaba la culpa de la falta del éxito a los castellanos, flojos y

poltrones, que para andar unas leguas necesitaban macho o burro.

Después de otras explicaciones, maliciosas para el vulgo, se aseguraba

que los vascongados ansiaban la paz, y terminaba la carta con este

refrán:

Naguia bada astoa

emayoc astazayari eroa,

edo astoa illa danean,

garagarra buztanean.

lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que darle arriero loco, y

al asno muerto, la cebada al rabo."

De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron muchas en el campo

carlista.

Recomendó también Aviraneta a sus comisionados de la línea de Hernani y

de Andoain que mandaran poner tabernas y merenderos en los alrededores

y que dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista a las

chicas que quisieran ver a sus novios o a sus parientes.

De esta manera comenzaron a entablarse relaciones entre los de un campo

y los de otro, y corrió por las filas carlistas esa idea, casi siempre

precursora del abandono de una causa, la idea de que se estaban

haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de que los jefes se

preparaban a abandonarles y hacerles traición.

Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, todo el mundo

comenzó a hablar de las penalidades de la guerra, de la vida miserable

que se hacía, de la diferencia de trato entre los oficiales y la

gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un estado de felicidad

perfecta.

Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo y al soldado que

el gran obstáculo para obtener la paz eran don Carlos y los hojalateros

de Castilla, el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no sentían

la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas en fincas del

Mediodía y en Bancos extranjeros.

Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había entrado en

correspondencia con un antiguo maestro de la niñez, don Mariano

Arizmendi, hombre un tanto sombrío, de genio adusto, de gran influencia

entre los personajes carlistas.

No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y él; pero se habló entre

ellos, repetidamente, de que para terminar la guerra era indispensable

un convenio, palabra que corrió por el campo carlista y por el liberal.

Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio condensaba las

aspiraciones de los partidos. Los cristinos no se podían considerar

triunfantes en la guerra, ni los carlistas completamente vencidos; era,

pues, indispensable que unos y otros cedieran algo en sus respectivos

puntos de vista.

Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación en las ideas,

don Eugenio iba preparando los documentos falsos que había de utilizar

en el legajo que pensaba introducir en la corte de don Carlos. A este

legajo llamaba el Simancas.

A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba constantemente y

le seguía los pasos, don Eugenio tenía relaciones con algunos de los

carlistas más perspicuos.

Una de las personas que le dieron datos acerca de las divisiones y

rencillas del campo de don Carlos fué don Manuel Mazarambros, ex

relator del Consejo de Castilla. Mazarambros, persona inteligente,

estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar parte activa en la

política. Mazarambros se hallaba en correspondencia con el intendente

Arizaga, hombre corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno de los

amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba a saber Aviraneta lo

que se pensaba en el Cuartel General. También se aprovechó don Eugenio

de las indicaciones de su amigo Vinuesa.

Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, Aviraneta tenía

confidentes en los dos campos carlistas y sabía día por día y hora por

hora lo que hacían los unos y los otros.

La acción de los marotistas era más pública y había informes oficiales

de ella; la de los antimarotistas, más secreta.

Don Eugenio estaba en relación con el coronel Aguirre, uno de los

antimarotistas exaltados, y éste le escribía a la semana dos o tres

veces. Lo mismo hacían Bertache y Orejón.

Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona contaba con María

de Taboada y con don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, a quien

Aviraneta había conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer

algunas veces en la posada de Iturri, de la calle de los Vascos.

Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los fanáticos

intransigentes, enemigos de Maroto, habían formado sociedades secretas,

verdaderos clubs, en los cuales se conspiraba de continuo contra el

general.

Los dos clubs principales antimarotistas estaban: uno, en Azpeitia, y

el otro, en Tolosa.

En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente a un tal Odriozola,

capitán del ejército carlista, hombre ya viejo, que había estado

en América, donde perdió la carrera por jugador, y que atribuía su

desgracia a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado Rezusta, que

odiaba a Maroto por su poca religión, lo que no era obstáculo para que

él mismo fuera uno de los oficiales más descreídos del ejército de don

Carlos.

II

LOS ENEMIGOS

Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los carlistas desconfiaban

de él, y, aunque no sabían por quién ni por qué trabajaba, claramente

comprendían que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el de los

gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban en todas partes. La

pretensión de Aviraneta de ser un patriota y un liberal entusiasta, de

convicciones, les ofendía profundamente. Ellos, granjeros sistemáticos,

iban con el que más pagara. Les parecía muy natural cambiar de partido,

si esto les convenía. Martínez López escribía libelos a favor o en

contra. El último lo hizo adulando descaradamente al conde de San Luis,

poco antes de la Revolución de 1854.

En el Consulado de España todos eran enemigos de don Eugenio,

comenzando por el cónsul Gamboa.

Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo derecho, don

Prudencio Nenín, antiguo comerciante de Bilbao, establecido en Bayona,

hombre activo y enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había

intervenido en la primera empresa de Muñagorri y vivía en la fonda de

Francia.

A esta fonda se había trasladado también por entonces Aviraneta,

comprendiendo que era más fácil entrar y salir en un hotel, sin ser

espiado, que en una casa particular.

Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole los pasos, cosa

que desagradaba profundamente a don Eugenio; este espionaje de los

liberales, de los suyos, no lo podía resistir.

Por entonces apareció en la fonda un matrimonio algo misterioso: el

conde y la condesa de Hervilly, a quienes Nenín comenzó a acompañar

constantemente.

El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire siniestro, muy

atildado, siempre con guantes. Tenía una cara pálida, fina, de hombre

inteligente; una voz opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un

tanto fría y desdeñosa.

Se decía que era hijo o sobrino de un general francés legitimista, del

mismo título, y, según se afirmó, pensaba entrar en España y alistarse

en el ejército carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante al

andar.

El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros legitimistas

que se consideraban con derecho a intervenir en España. A la cabeza de

este grupo se hallaba el príncipe de Lichnowsky.

El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, fantástico. Creía

que su título de príncipe le autorizaba a todo. Pasó en España una

larga temporada en las filas carlistas. Unos años después de la guerra,

estando en su país, cuando la revolución de 1848, le hicieron miembro

del Parlamento de Francfort. Allí pretendió tratar con desprecio y con

altivez a los republicanos, y en un motín popular le mataron en las

calles.

El conde de Hervilly era un legitimista, un realista, para quien el

mundo tenía dos hemisferios: uno, el de los aristócratas, con todos los

derechos, y otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes.

La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana o mejicana, hablaba el

castellano y el francés a la perfección.

Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. A don Eugenio le

dieron los dos una impresión de misterio, de desconfianza. Le chocó que

tuviera ella deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso y

sabía muy bien que no estaba en el caso de hacer efecto en las mujeres.

La curiosidad que manifestó la condesa de Hervilly por su vida le

impulsó a enterarse de quién era aquella señora curiosa.

Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes de la dama. La

pintaron como una persona extraña, de gustos exóticos, perezosa,

ardiente, muy caprichosa. Le gustaban mucho las flores, los perfumes,

el vivir perezoso e indolente.

Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, otros que haitiana,

otros que gitana y otros que judía o rusa. Al parecer, tenía al marido

dominado.

¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué

esperaban? Los del hotel no lo sabían.

La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del hotel acompañada de

su esposo y de Nenín y visitaba con su marido el Consulado de España.

El conde se manifestaba siempre muy amable y galante con su mujer.

Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona que supiera algo de

aquellos condes misteriosos, tenía que ser Luci Belz, la empleada de la

fonda del Comercio, y fué a verla.

Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de Hervilly era una

aventurera, cómica o bailarina, que había tenido muchos líos. No era

fácil comprender si el señor conde estaba enterado de las aventuras de

su mujer; pero, al parecer, no lo estaba.

--Yo me he de enterar mejor--concluyó diciendo Luci.

Unos días después, la empleada del hotel del Comercio llamó a

Aviraneta. Se había enterado de varias cosas. El conde de Hervilly,

según se decía, era un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi

por completo una pierna y llevaba para andar una de goma. De sus dos

manos, la izquierda era como la de un pato, con una membrana entre dedo

y dedo; en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si alguna vez

el conde se caía, rehusaba ayuda para que no notasen que le faltaba

la pierna. El explicaba su torpeza diciendo que estaba reumático.

Sobre aquel cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida;

pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y lo sustituía una peluca

entre gris y negra. El conde se ocupaba de algunos trabajos históricos

y pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba a

la condesa con gran galantería y ella tenía también para él muchas

atenciones.

Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga de Aviraneta y estaba

enterada de la vida de toda la gente de Bayona, le contó que se decía

que el conde de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en París,

donde vivía con un tabaquero cubano, que pasaba por tío suyo; pero que,

al parecer, era su amante. El conde quedó enamorado de ella como un

loco, al verla, y a los dos días pidió su mano.

Ella parece que le contestó:

--Consúltelo usted con mi tío.

El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con marcado acento de

mal humor:

--Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida.

--¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni derecho sobre ella?

--Yo, ninguno.

--Muy bien.

Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara con él y se

casaron. Al poco tiempo el conde se desafió con el tabaquero y lo mató

de un tiro.

La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta.

La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. Era un americano

mestizo de indio, moreno, delgado, tostado por el sol, con una cara

impasible e inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas;

hombre que hablaba el español, el francés y el inglés con perfección,

pero muy lánguidamente. Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que

debía ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su país; pero

Fernandito el indio no contestó. Este autómata no parecía tener vida

más que ante sus señores.

La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que a Fernandito, Sonia le

había encontrado una noche en una calle de París, tendido en un banco,

abandonado y gravemente enfermo.

Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo salvó, y desde

entonces el indio se había convertido en un perro de presa de aquella

mujer, por la que tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles

no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en aquella gente.

Días después Aviraneta vió en el comedor de la fonda de Francia

a la condesa de Hervilly con la señora de Vargas. El se inclinó

ceremoniosamente y ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no

quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía con motivo para

odiarle; pero la otra, la condesa, ¿qué motivo podía tener contra él?

III

LOS EXPULSADOS

Unos días después de los fusilamientos de Estella fueron expulsados

como intrigantes, por Maroto, más de treinta personas de las

principales de la corte de don Carlos, que pertenecían al partido

apostólico. Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por una

compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo, que llevaba como

ayudantes al coronel Eguía y al teniente coronel Errazquin.

Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes discusiones y

protestas. Estaban allí el obispo Abarca con su secretario Pecondón,

el canónigo guerrillero don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro,

los generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier Valmaseda, el

padre Larraga, el médico don Teodoro Gelos, cirujano de don Carlos; el

padre Domingo de San José, predicador del Real. Estaban también don

Diego Miguel García, el que había sido confidente del general González

Moreno, cuando se preparó la emboscada a Torrijos en Málaga, y doña

Jacinta Pérez de Soñanes, alias "la Obispa".

Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados expuso su

preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito herborizador, ardía por

vengarse de Maroto y pensaba marchar cuanto antes a reunirse con

Cabrera en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría esperaba

sublevar las tropas navarras contra Maroto y apoderarse del Poder;

don Diego Miguel García se preocupaba únicamente de sus maletas,

llenas de dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo de León y

éste hablaba de los dolores del Crucificado, considerando, sin duda,

sus gruesas nalgas y su abdómen piriforme como semidivinos; Arias

Teijeiro habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones, y como

el coronel Aguirre quería volver al valle de Araquil, donde estaban

acantonadas las tropas que mandaba él, le instó a que abandonara el

proyecto y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía a que

Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la causa por la muerte del

brigadier Cabañas, en la que Aguirre estaba complicado.

Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de Puerto a esperar el

levantamiento anunciado de los apostólicos y los demás personajes se

dirigieron a San Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió

a distintos puntos próximos.

Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya de la frontera,

se despidió de los carlistas con gran indiferencia, lo que indignó a

los desterrados, que a voz en grito le acusaron de traidor.

Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra, era poco clerical,

y, a pesar de estar entre las filas carlistas, se le tenía por

contagiado con el liberalismo y por francmasón.

Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián, habían sido

revolucionarios y afrancesados, hasta el punto de trabajar por la

separación de Guipúzcoa de España y su incorporación a la República

Francesa durante la primera revolución, por lo que fueron condenados a

penas graves por un Consejo de guerra español.

Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal. Se contaba que en

un pueblo de Cataluña, donde mandaba como general las tropas catalanas,

alojó en un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse las

cañerías y los cacharros de plomo que encontró allí para fundir balas.

El delegado castrense por don Carlos en el Principado, que era el

obispo de Mondoñedo, negó el permiso para ambas cosas, considerando

la tentativa una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con gran

desdén, contestó: "Que únicamente así se podía hacer la guerra; que si

hubiera objetos de plomo en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque

se ofendiera el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él, hasta

las zapatillas del Papa, si eran de plomo".

Estas palabras produjeron en el partido carlista un asombro y una

indignación, que fueron, en parte, causa de que Urbiztondo estuviera

mucho tiempo de cuartel, hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le

llevó de nuevo al servicio activo.

Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. Era un militar

inteligente, hombre de mucho nervio. Fué de los buenos generales del

carlismo. Pasado al ejército de la Reina, después del Convenio de

Vergara, fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando estuvo muy

acertado; después, ministro de la Guerra con Narváez, en 1856, y al

año siguiente murió en un duelo en un salón del Palacio Real, por una

cuestión de etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido

la entrada. Al menos esta fué la voz popular.

--Probablemente--dijo Urbiztondo a los desterrados, al llegar a la

frontera--, pronto tendré yo también que venirme a Francia.

--Es muy posible--le contestó doña Jacinta de Soñanes, "la Obispa",

con retintín--; pero no será por la misma causa que nosotros ni por el

mismo camino.

--Si es posible, que salga por Behovia--replicó el general, sin dar

ninguna importancia a la alusión.

Esto ocurría a principios de marzo.

Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona los expulsados por

Maroto, cuando un día el cónsul Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta

y le dijo:

--Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo pensaba llamarle.

--¿Qué pasa?

--El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, sin saber qué partido

tomar con los personajes carlistas expulsados por Maroto.

--Pues, ¿por qué?

--El subprefecto es de opinión que se interne a esos carlistas a

cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. Yo no sé qué hacer. He

preguntado al Gobierno, que no contesta. ¿A usted, qué le parece?

--Hay que dejarles vivir en la frontera--contestó don Eugenio--. ¿Para

qué internarlos? El vigilar a un político, no teniéndole encerrado en

la cárcel, es imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras,

nos han de ser útiles a nosotros.

--¿Cree usted...?

--Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer daño alguno.

--¿Supone usted que conspirarán?

--Están conspirando ya.

--¿Contra quién?

Las figuras de cera: novela · 第 5 / 16 段