muchísimo.
Frechón le dijo que debía leer unos tomos que tenía Chipiteguy en su
despacho, _Los crímenes de los Reyes de Francia, desde Clodoveo hasta
Luis XVI_, y _Los crímenes de los Papas, desde San Pedro hasta Pío VI_,
obras las dos de La Vicomterie de Saint-Samson, escritas con mucho
fuego, y que produjeron, al ser publicadas, gran escándalo. También
leyó, por consejo de Frechón, los folletos de Pablo Luis Courier, y más
tarde el _Quijote_, que le hizo mucho efecto y le infundió el deseo de
leer romances y libros de caballería. ¿Pero dónde se encontraban estas
novelas de caballeros andantes? No lo sabía.
Muchas veces Alvaro recitaba, con voz dolorida, el romance del marqués
de Mantua, que aparece en el _Quijote_:
¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Y al recitar este romance pensaba en Manón.
SEGUNDA PARTE
EL SIMANCAS
I
MANIOBRAS DE AVIRANETA
Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo perdón a los
manes de Aristóteles, porque va a dejar a un lado, en su novela,
las tres célebres unidades: tiempo, lugar y acción, respetables
como tres abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas y sus
colchas correspondientes. El autor va a seguir su relato y a marchar a
campo traviesa, haciendo una trenza, más o menos hábil, con un ramal
histórico y otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en las
encrucijadas de una larga novela histórica y tiene uno que llevar del
ramal a su narración hasta el fin.
Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando en los matorrales
de la fantasía, y otras, hundiéndonos en el pantano de la historia.
Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron
la vida cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a
organizar su acción contra el carlismo y a hacer propaganda en favor de
la paz, sobre todo en Guipúzcoa.
Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don
Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de
San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de
Hernani y de Andoain.
La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba
produciendo en el carlismo le vino de la Corte. Se enteró de que en
Madrid, frente a las Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones,
vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un coronel carlista,
llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, y
que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en
Bayona.
Este Calcena era un aventurero, un bandido que había estado mucho
tiempo en América de militar y de jugador de ventaja.
Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la
correspondencia de Calcena y por ésta se supo los preparativos que
hacían los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.
La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante bastante tiempo,
hasta que estalló y se hizo pública con los fusilamientos de Estella.
Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a Maroto y a sus amigos,
es decir, daban la victoria a los moderados del carlismo sobre los
absolutistas, Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica que
debía seguir, resumida en estos consejos: primero, intentar promover
disensiones entre los marotistas que formaban el grupo moderado
militar, por entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo
de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes para que
atacaran a los marotistas, y tercero, impedir que los carlistas,
partidarios de la transacción, se entendieran con los cristinos, de
tendencias parecidas, pensamiento que era el que llevaba interiormente
el padre Cirilo y la princesa de Beira.
A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista y teocrática
sucumbió tan completamente a los golpes de Maroto, por la inercia de
sus jefes y la cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para
reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos a sí mismos, y
hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles.
Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la
derrota y la humillación, convencidos de que su causa estaba perdida.
Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se podía contar con ellos.
Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir una proclama
falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio
de Larraga, confesor de don Carlos y uno de los expulsados después de
los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, Pico de Oro, según
los baztaneses, era un fraile un tanto grotesco. De confesor del duque
de Granada, que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos,
que rezaba a todas horas, en todos los rincones, había pasado a ser
confesor de don Carlos, sustituyendo a don Pedro Ratón. Se decía
que Larraga, en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo
confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les había echado una
plática pedantesca, en medio de la cual, de cuando en cuando, decía con
voz tonante: "Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum."
En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga, se aseguraba
que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era
lo mismo que estar vendidos al demonio.
La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la Religión! ¡Viva Navarra
y sus voluntarios!"
Por entonces también escribió Aviraneta un papel que, traducido al
vascuence, corrió mucho por las provincias. Era la carta fingida
que escribía un labrador vascongado a un hojalatero, en la cual se
intentaba sembrar la cizaña entre vascos y castellanos.
En esta carta se hacía la historia de cómo había empezado la guerra, y
se echaba la culpa de la falta del éxito a los castellanos, flojos y
poltrones, que para andar unas leguas necesitaban macho o burro.
Después de otras explicaciones, maliciosas para el vulgo, se aseguraba
que los vascongados ansiaban la paz, y terminaba la carta con este
refrán:
Naguia bada astoa
emayoc astazayari eroa,
edo astoa illa danean,
garagarra buztanean.
lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que darle arriero loco, y
al asno muerto, la cebada al rabo."
De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron muchas en el campo
carlista.
Recomendó también Aviraneta a sus comisionados de la línea de Hernani y
de Andoain que mandaran poner tabernas y merenderos en los alrededores
y que dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista a las
chicas que quisieran ver a sus novios o a sus parientes.
De esta manera comenzaron a entablarse relaciones entre los de un campo
y los de otro, y corrió por las filas carlistas esa idea, casi siempre
precursora del abandono de una causa, la idea de que se estaban
haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de que los jefes se
preparaban a abandonarles y hacerles traición.
Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, todo el mundo
comenzó a hablar de las penalidades de la guerra, de la vida miserable
que se hacía, de la diferencia de trato entre los oficiales y la
gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un estado de felicidad
perfecta.
Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo y al soldado que
el gran obstáculo para obtener la paz eran don Carlos y los hojalateros
de Castilla, el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no sentían
la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas en fincas del
Mediodía y en Bancos extranjeros.
Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había entrado en
correspondencia con un antiguo maestro de la niñez, don Mariano
Arizmendi, hombre un tanto sombrío, de genio adusto, de gran influencia
entre los personajes carlistas.
No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y él; pero se habló entre
ellos, repetidamente, de que para terminar la guerra era indispensable
un convenio, palabra que corrió por el campo carlista y por el liberal.
Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio condensaba las
aspiraciones de los partidos. Los cristinos no se podían considerar
triunfantes en la guerra, ni los carlistas completamente vencidos; era,
pues, indispensable que unos y otros cedieran algo en sus respectivos
puntos de vista.
Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación en las ideas,
don Eugenio iba preparando los documentos falsos que había de utilizar
en el legajo que pensaba introducir en la corte de don Carlos. A este
legajo llamaba el Simancas.
A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba constantemente y
le seguía los pasos, don Eugenio tenía relaciones con algunos de los
carlistas más perspicuos.
Una de las personas que le dieron datos acerca de las divisiones y
rencillas del campo de don Carlos fué don Manuel Mazarambros, ex
relator del Consejo de Castilla. Mazarambros, persona inteligente,
estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar parte activa en la
política. Mazarambros se hallaba en correspondencia con el intendente
Arizaga, hombre corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno de los
amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba a saber Aviraneta lo
que se pensaba en el Cuartel General. También se aprovechó don Eugenio
de las indicaciones de su amigo Vinuesa.
Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, Aviraneta tenía
confidentes en los dos campos carlistas y sabía día por día y hora por
hora lo que hacían los unos y los otros.
La acción de los marotistas era más pública y había informes oficiales
de ella; la de los antimarotistas, más secreta.
Don Eugenio estaba en relación con el coronel Aguirre, uno de los
antimarotistas exaltados, y éste le escribía a la semana dos o tres
veces. Lo mismo hacían Bertache y Orejón.
Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona contaba con María
de Taboada y con don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, a quien
Aviraneta había conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer
algunas veces en la posada de Iturri, de la calle de los Vascos.
Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los fanáticos
intransigentes, enemigos de Maroto, habían formado sociedades secretas,
verdaderos clubs, en los cuales se conspiraba de continuo contra el
general.
Los dos clubs principales antimarotistas estaban: uno, en Azpeitia, y
el otro, en Tolosa.
En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente a un tal Odriozola,
capitán del ejército carlista, hombre ya viejo, que había estado
en América, donde perdió la carrera por jugador, y que atribuía su
desgracia a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado Rezusta, que
odiaba a Maroto por su poca religión, lo que no era obstáculo para que
él mismo fuera uno de los oficiales más descreídos del ejército de don
Carlos.
II
LOS ENEMIGOS
Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los carlistas desconfiaban
de él, y, aunque no sabían por quién ni por qué trabajaba, claramente
comprendían que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el de los
gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban en todas partes. La
pretensión de Aviraneta de ser un patriota y un liberal entusiasta, de
convicciones, les ofendía profundamente. Ellos, granjeros sistemáticos,
iban con el que más pagara. Les parecía muy natural cambiar de partido,
si esto les convenía. Martínez López escribía libelos a favor o en
contra. El último lo hizo adulando descaradamente al conde de San Luis,
poco antes de la Revolución de 1854.
En el Consulado de España todos eran enemigos de don Eugenio,
comenzando por el cónsul Gamboa.
Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo derecho, don
Prudencio Nenín, antiguo comerciante de Bilbao, establecido en Bayona,
hombre activo y enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había
intervenido en la primera empresa de Muñagorri y vivía en la fonda de
Francia.
A esta fonda se había trasladado también por entonces Aviraneta,
comprendiendo que era más fácil entrar y salir en un hotel, sin ser
espiado, que en una casa particular.
Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole los pasos, cosa
que desagradaba profundamente a don Eugenio; este espionaje de los
liberales, de los suyos, no lo podía resistir.
Por entonces apareció en la fonda un matrimonio algo misterioso: el
conde y la condesa de Hervilly, a quienes Nenín comenzó a acompañar
constantemente.
El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire siniestro, muy
atildado, siempre con guantes. Tenía una cara pálida, fina, de hombre
inteligente; una voz opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un
tanto fría y desdeñosa.
Se decía que era hijo o sobrino de un general francés legitimista, del
mismo título, y, según se afirmó, pensaba entrar en España y alistarse
en el ejército carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante al
andar.
El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros legitimistas
que se consideraban con derecho a intervenir en España. A la cabeza de
este grupo se hallaba el príncipe de Lichnowsky.
El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, fantástico. Creía
que su título de príncipe le autorizaba a todo. Pasó en España una
larga temporada en las filas carlistas. Unos años después de la guerra,
estando en su país, cuando la revolución de 1848, le hicieron miembro
del Parlamento de Francfort. Allí pretendió tratar con desprecio y con
altivez a los republicanos, y en un motín popular le mataron en las
calles.
El conde de Hervilly era un legitimista, un realista, para quien el
mundo tenía dos hemisferios: uno, el de los aristócratas, con todos los
derechos, y otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes.
La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana o mejicana, hablaba el
castellano y el francés a la perfección.
Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. A don Eugenio le
dieron los dos una impresión de misterio, de desconfianza. Le chocó que
tuviera ella deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso y
sabía muy bien que no estaba en el caso de hacer efecto en las mujeres.
La curiosidad que manifestó la condesa de Hervilly por su vida le
impulsó a enterarse de quién era aquella señora curiosa.
Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes de la dama. La
pintaron como una persona extraña, de gustos exóticos, perezosa,
ardiente, muy caprichosa. Le gustaban mucho las flores, los perfumes,
el vivir perezoso e indolente.
Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, otros que haitiana,
otros que gitana y otros que judía o rusa. Al parecer, tenía al marido
dominado.
¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué
esperaban? Los del hotel no lo sabían.
La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del hotel acompañada de
su esposo y de Nenín y visitaba con su marido el Consulado de España.
El conde se manifestaba siempre muy amable y galante con su mujer.
Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona que supiera algo de
aquellos condes misteriosos, tenía que ser Luci Belz, la empleada de la
fonda del Comercio, y fué a verla.
Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de Hervilly era una
aventurera, cómica o bailarina, que había tenido muchos líos. No era
fácil comprender si el señor conde estaba enterado de las aventuras de
su mujer; pero, al parecer, no lo estaba.
--Yo me he de enterar mejor--concluyó diciendo Luci.
Unos días después, la empleada del hotel del Comercio llamó a
Aviraneta. Se había enterado de varias cosas. El conde de Hervilly,
según se decía, era un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi
por completo una pierna y llevaba para andar una de goma. De sus dos
manos, la izquierda era como la de un pato, con una membrana entre dedo
y dedo; en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si alguna vez
el conde se caía, rehusaba ayuda para que no notasen que le faltaba
la pierna. El explicaba su torpeza diciendo que estaba reumático.
Sobre aquel cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida;
pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y lo sustituía una peluca
entre gris y negra. El conde se ocupaba de algunos trabajos históricos
y pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba a
la condesa con gran galantería y ella tenía también para él muchas
atenciones.
Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga de Aviraneta y estaba
enterada de la vida de toda la gente de Bayona, le contó que se decía
que el conde de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en París,
donde vivía con un tabaquero cubano, que pasaba por tío suyo; pero que,
al parecer, era su amante. El conde quedó enamorado de ella como un
loco, al verla, y a los dos días pidió su mano.
Ella parece que le contestó:
--Consúltelo usted con mi tío.
El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con marcado acento de
mal humor:
--Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida.
--¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni derecho sobre ella?
--Yo, ninguno.
--Muy bien.
Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara con él y se
casaron. Al poco tiempo el conde se desafió con el tabaquero y lo mató
de un tiro.
La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta.
La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. Era un americano
mestizo de indio, moreno, delgado, tostado por el sol, con una cara
impasible e inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas;
hombre que hablaba el español, el francés y el inglés con perfección,
pero muy lánguidamente. Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que
debía ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su país; pero
Fernandito el indio no contestó. Este autómata no parecía tener vida
más que ante sus señores.
La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que a Fernandito, Sonia le
había encontrado una noche en una calle de París, tendido en un banco,
abandonado y gravemente enfermo.
Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo salvó, y desde
entonces el indio se había convertido en un perro de presa de aquella
mujer, por la que tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles
no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en aquella gente.
Días después Aviraneta vió en el comedor de la fonda de Francia
a la condesa de Hervilly con la señora de Vargas. El se inclinó
ceremoniosamente y ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no
quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía con motivo para
odiarle; pero la otra, la condesa, ¿qué motivo podía tener contra él?
III
LOS EXPULSADOS
Unos días después de los fusilamientos de Estella fueron expulsados
como intrigantes, por Maroto, más de treinta personas de las
principales de la corte de don Carlos, que pertenecían al partido
apostólico. Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por una
compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo, que llevaba como
ayudantes al coronel Eguía y al teniente coronel Errazquin.
Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes discusiones y
protestas. Estaban allí el obispo Abarca con su secretario Pecondón,
el canónigo guerrillero don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro,
los generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier Valmaseda, el
padre Larraga, el médico don Teodoro Gelos, cirujano de don Carlos; el
padre Domingo de San José, predicador del Real. Estaban también don
Diego Miguel García, el que había sido confidente del general González
Moreno, cuando se preparó la emboscada a Torrijos en Málaga, y doña
Jacinta Pérez de Soñanes, alias "la Obispa".
Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados expuso su
preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito herborizador, ardía por
vengarse de Maroto y pensaba marchar cuanto antes a reunirse con
Cabrera en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría esperaba
sublevar las tropas navarras contra Maroto y apoderarse del Poder;
don Diego Miguel García se preocupaba únicamente de sus maletas,
llenas de dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo de León y
éste hablaba de los dolores del Crucificado, considerando, sin duda,
sus gruesas nalgas y su abdómen piriforme como semidivinos; Arias
Teijeiro habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones, y como
el coronel Aguirre quería volver al valle de Araquil, donde estaban
acantonadas las tropas que mandaba él, le instó a que abandonara el
proyecto y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía a que
Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la causa por la muerte del
brigadier Cabañas, en la que Aguirre estaba complicado.
Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de Puerto a esperar el
levantamiento anunciado de los apostólicos y los demás personajes se
dirigieron a San Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió
a distintos puntos próximos.
Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya de la frontera,
se despidió de los carlistas con gran indiferencia, lo que indignó a
los desterrados, que a voz en grito le acusaron de traidor.
Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra, era poco clerical,
y, a pesar de estar entre las filas carlistas, se le tenía por
contagiado con el liberalismo y por francmasón.
Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián, habían sido
revolucionarios y afrancesados, hasta el punto de trabajar por la
separación de Guipúzcoa de España y su incorporación a la República
Francesa durante la primera revolución, por lo que fueron condenados a
penas graves por un Consejo de guerra español.
Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal. Se contaba que en
un pueblo de Cataluña, donde mandaba como general las tropas catalanas,
alojó en un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse las
cañerías y los cacharros de plomo que encontró allí para fundir balas.
El delegado castrense por don Carlos en el Principado, que era el
obispo de Mondoñedo, negó el permiso para ambas cosas, considerando
la tentativa una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con gran
desdén, contestó: "Que únicamente así se podía hacer la guerra; que si
hubiera objetos de plomo en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque
se ofendiera el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él, hasta
las zapatillas del Papa, si eran de plomo".
Estas palabras produjeron en el partido carlista un asombro y una
indignación, que fueron, en parte, causa de que Urbiztondo estuviera
mucho tiempo de cuartel, hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le
llevó de nuevo al servicio activo.
Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. Era un militar
inteligente, hombre de mucho nervio. Fué de los buenos generales del
carlismo. Pasado al ejército de la Reina, después del Convenio de
Vergara, fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando estuvo muy
acertado; después, ministro de la Guerra con Narváez, en 1856, y al
año siguiente murió en un duelo en un salón del Palacio Real, por una
cuestión de etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido
la entrada. Al menos esta fué la voz popular.
--Probablemente--dijo Urbiztondo a los desterrados, al llegar a la
frontera--, pronto tendré yo también que venirme a Francia.
--Es muy posible--le contestó doña Jacinta de Soñanes, "la Obispa",
con retintín--; pero no será por la misma causa que nosotros ni por el
mismo camino.
--Si es posible, que salga por Behovia--replicó el general, sin dar
ninguna importancia a la alusión.
Esto ocurría a principios de marzo.
Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona los expulsados por
Maroto, cuando un día el cónsul Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta
y le dijo:
--Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo pensaba llamarle.
--¿Qué pasa?
--El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, sin saber qué partido
tomar con los personajes carlistas expulsados por Maroto.
--Pues, ¿por qué?
--El subprefecto es de opinión que se interne a esos carlistas a
cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. Yo no sé qué hacer. He
preguntado al Gobierno, que no contesta. ¿A usted, qué le parece?
--Hay que dejarles vivir en la frontera--contestó don Eugenio--. ¿Para
qué internarlos? El vigilar a un político, no teniéndole encerrado en
la cárcel, es imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras,
nos han de ser útiles a nosotros.
--¿Cree usted...?
--Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer daño alguno.
--¿Supone usted que conspirarán?
--Están conspirando ya.
--¿Contra quién?