Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto, que tenía de noche

grandes terrores.

La preocupación por los sueños, que le había inculcado su madre, le

tenía amedrentado. Muchas noches se despertaba temblando y creía oír la

respiración de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la cama.

Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le aterrorizaban.

Había una vieja enlutada, a quien se había encontrado en la escalera

varias veces, al anochecer, y le había mirado con una sonrisa

insinuante, y pensar en ella le ponía la carne de gallina.

Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al anochecer, las orillas

del río, todo esto le impresionaba.

Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación de misterio y de

pavor. Había una que había visto en un escaparate que le perturbaba.

Representaba una dama elegante con un talle esbelto, al lado de un

joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el frac. La escena

ocurría en el salón de un palacio, delante de un piano. La dama tenía

un aire lánguido; en cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco.

Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella escena le daba

impresión de vértigo. Como predispuesto a ver cosas raras, en ocasiones

las veía o las creía ver. Una de las veces que salió de noche en Bayona

a dar un recado a un personaje carlista, su padre estaba enfermo, iba

por una calle casi obscura, con tapias a un lado y a otro, que no tenía

más que algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un jorobado

pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y perilla cana; al cabo de

poco tiempo, otro jorobado, y poco después, otro. Estos tres jorobados

le produjeron tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su

madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados serían

reales o imaginarios, y si eran imaginarios, qué podían representar.

Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, la inquietud,

nacían en él antes que el motivo y que después encontraba el motivo

para legitimar su alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando lo

comprendió, se sintió más miserable y más desvalido que nunca.

VII

PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD

Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse a Alvarito, éste miró

la expresión de sus padres, y al ver que los dos aceptaban, fué a su

cuarto, se vistió con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y a

su hermana y salió de casa con el viejo trapero. Marcharon los dos por

el muelle de los Vascos, cruzaron el puente Panecau y entraron en la

plaza del Reducto.

Alvarito se encontró poco contento en el almacén y en la tienda de

Chipiteguy; le pareció todo aquello desordenado y sucio; pero cuando le

avisaron para comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la mesa

abundantemente servida y se sentó entre Manón y la andre Mari, se dijo

que, si no le echaban por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de

la mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena voluntad todo

lo que le mandaron; cenó también opíparamente y, después de cenar,

la Tomascha llevó al pequeño español, como le llamaron a Alvarito en

la casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno de trastos

viejos, y le mostró su cama.

En aquella guardilla había una estantería con algunos libros, un reloj

de cuco, parado, y sobre unas arcas antiguas gran cantidad de manzanas,

peras y membrillos, que echaban un olor excelente.

En las vigas de aquel camarachón había muchas arañas y Alvarito podía

contemplar sus ejercicios gimnásticos en sus hilos.

Por la ventana se veía el río y los tejados del muelle de los Vascos.

Desde los primeros momentos que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy

se pudo comprender que tenía actividad y deseo de trabajar; lo malo era

que a estas condiciones y a su buena intención se unía gran timidez.

Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco tenía soltura ni

confianza en sí mismo. Desconfiaba y pensaba que no sería simpático

ni oportuno. Esta idea y la de verse precisado a ganarse la vida de

cualquier manera le daba una actitud encogida y torpe.

Chipiteguy se reía de él.

--El pequeño aristócrata, el pequeño español con blasones parece que no

da pie con bola--decía a su nieta.

--Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone toda su buena

intención.

--Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es un chico que está bien,

muy delicado, no se quedará con un céntimo. Tiene un amor propio un

poco cómico.

--Eso no es un defecto.

--No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas! Cuando le faltan sus

rentas y tienen que emigrar, ya no sirven para nada.

A las dos o tres semanas de estar en el almacén, Chipiteguy dedicó a

Alvarito a llevar cuentas.

El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez de Mendoza, no

muy alegre, entristecía al muchacho. Era un cuarto casi obscuro, con

un ventanal que daba al patio, con los cristales rotos, compuestos

con papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en este cuarto

una estantería negra con fajas de facturas, una caja de caudales, una

mesa y dos bancos. Desde el ventanal se veían los montones de chatarra

roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa muchas ratas,

algunas tan atrevidas que le miraban descaradamente a Alvarito, lo que

a éste le hacía gracia. De noche se les oía roer la madera.

Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario y malhumorado,

declaró la guerra a Alvarito desde que le vió e hizo lo posible

para que le resultara todo al revés. Frechón le ponía siempre mala

cara, le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba a

silbar y a descoyuntarse las falanges de los dedos y a hacer un ruido

desagradable, como de huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro.

Unas veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y otras se

apretaba los nudillos, que resonaban como una carraca.

Frechón, que era republicano y patriota francés, mortificaba al

muchacho como español carlista.

--Don Carlos es un imbécil--le solía decir con frecuencia, como quien

lanza un esputo--; los españoles son unos asnos.

Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito.

--¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con vuestro Rey, con

ese papanatas de don Carlos?--le preguntó un día.

--¿Qué?

--Llevarlo a la guillotina y crac.

Otro día le preguntaba:

--¿Tú sabes quién era Marat?

--Un monstruo.

--Eso creéis vosotros los realistas. Era un hombre admirable, que pidió

la cabeza de trescientos mil aristócratas.

Otro día le decía:

--¿Tú no has oído hablar de la papisa Juana?

--Yo, no.

--Pues era una mujer que fué papa y que parió cuando iba en una

procesión.

Alvarito iba tomando gran antipatía por Frechón y pensaba que algún día

tendría que desafiarle.

Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación. Creía que

depender de un trapero y vivir en su casa era una heroicidad para un

aristócrata como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba que

consistía en vencer el ridículo. Encontrarse bien de dependiente en

una tienda de trapos y de hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya

socialmente tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo.

Prefería la trapería a una camisería, o a una bisutería, o a una tienda

de guantes, donde hubiese tenido que tratar a clientes distinguidos que

le hubieran mirado de arriba abajo.

Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse prendado de la

nieta del patrón y pensaba que con el amor ya no podía haber ridiculez

posible.

Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo. La idea sola

le hacía palidecer y su amor propio le pintaba ocasiones de quedar

humillado en todas partes.

Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran adivinado su flaco,

parecían empeñadas en burlarse de él. El chico de una tienda próxima

de la calle de Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se

titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero. Sin duda había

notado que le molestaba, y por eso mismo repetía con más frecuencia la

palabra.

Varias veces el chiquillo salía a la calle con un saco, se lo echaba al

hombro y gritaba:

--¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!--y miraba a los balcones.

Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba.

También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba antipatía por el

joven Sánchez de Mendoza. Con su bigote grande, la barba sin afeitar y

los ojos rojos, solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía

la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y a sacar la lengua y a

ponerse bizco para asustar al muchacho. Alvarito se estremecía de miedo.

Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se paseaba arriba y

abajo con un sombrero metido hasta las orejas y un gabán raído. A veces

tenía ataques y entonces daba unos gritos espantosos.

Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo y Tripa seca, y él

mascullaba una serie de frases violentas contra ellos. Este loco tenía

las orejas grandes, los ojos torcidos y la cara cómica.

Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía decirle a voz en

grito:

--Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!

Y un loro de un balcón que se había aprendido la retahíla repetía

también:

--Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!

Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una gran tristeza al

verse en la tienda del trapero. Allí, en casa de Chipiteguy, nadie le

conocía; comprendía que pensar en su pobre situación era mortificarse

por capricho, que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar el

sentimiento de vergüenza de estar empleado en una trapería.

Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó que podría darse

por muy contento si la suerte le hiciera sustituír a Chipiteguy

casándose con Manón.

En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio de Aviraneta y le

oyó hablar. Don Eugenio solía ir a comer con frecuencia en compañía de

Chipiteguy, y en estos días la comida era todavía más cuidada que de

costumbre.

Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba; también solía

hablar con Alvarito y le hacía preguntas acerca de su vida y de su

familia y se reía al oír las contestaciones del muchacho.

Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy y Aviraneta

procedían de ser los dos masones. Esta suposición aguzó la curiosidad

del joven Sánchez de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones?

¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy solían

hablar mucho a solas de sobremesa, con su copa de licor delante, el uno

fumando su pipa, y el otro, su cigarro habano.

Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta contaba un sin

fin de hechos y de anécdotas de gente que había encontrado en Francia,

en Egipto, en Grecia, en América y en España.

Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba:

--¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet de Montarlot?

Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos, franciscanos,

cordeleros, de gentes de Obispado, creyó que la Revolución francesa la

habían hecho los frailes.

Alvarito era demasiado correcto para espiar a su amo y se decidió a

hacerle preguntas, y como vió que a Chipiteguy no le molestaban, sino

que, por el contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones con el

viejo, sobre todo después de cenar.

--¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la Revolución

francesa?--le preguntó una vez Alvaro.

--Había de todo; algunos eran demasiado buenos y demasiado honrados.

Yo fuí una vez con Basterreche al Ministerio de Hacienda durante el

Terror, y vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se componía

las medias con una aguja en un salón y tenía millones en las cajas.

Claro que hubo muchos abusos. Aquí se contó que un convencional, unos

decían que Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida del

padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba al convencional,

y luego parece que se guillotinó al padre. Los hombres, vistos de

cerca, indudablemente valen poco--decía el viejo trapero--; no va a

haber a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro.

Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del Terror en París, en

Burdeos y en Bayona, y las recordaba en todos sus detalles.

Había conocido también la ciudad de Estrasburgo bajo la tiranía del

fraile revolucionario Eulogio Schneider y de su sociedad La Propaganda.

Había hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado

Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo, un Marat a la

alemana, predicador y místico. Chipiteguy le vió en París cuando le

guillotinaron.

En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció a Etchepare y a

algunos otros vascos, amigos de Basterreche, de Pereyra, etc.

Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa de este Pereyra,

judío de Bayona, que tuvo en la época del Terror una tienda de tabaco

en París, en la calle de San Dionisio, en la que se veía como muestra

un gorro frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente, se

deshizo la tertulia.

Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de soldado republicano en

la Vendée y luego marchó a vivir a Bayona.

Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío de Aviraneta,

de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero a quien él debía

favores, Juan Gorostarzu, había sido guillotinado en Ezpeleta por

contrarrevolucionario.

Poco después, al suprimir el Gobierno el convento de Visitandinas de

Hasparren, la cuñada de Gorostarzu, que estaba en este convento, fué a

su casa, Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde enseñaba

a los chicos y chicas las primeras letras mientras ella hilaba. En esta

escuela había estudiado el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán

Duvoisin, a quien Chipiteguy había conocido de niño.

Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario--decía él--para

implantar una sociedad nueva, con menos abusos, más justicia y más

libertad. Según él, en todo el país vasco y en las Landas la población

estaba en contra de los republicanos franceses y a favor de los

monárquicos españoles, dispuestos a entregarse a éstos; de aquí que los

convencionales Pinet y Cavainac tuvieran que extremar la violencia.

Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour, formado por Hiriart,

Dithurbide y Daguerrezar, no habían tenido éxito, ni las proclamas

llamando a los emigrados, escritas en vascuence y en francés en _Juan

de Luz_ (estaban suprimidos los santos hasta en los nombres de los

pueblos) y firmadas por Izoard, Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel.

Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias de su tiempo, con

grandes detalles; el desarrollo de las intrigas políticas, el cómo

había conseguido su fortuna la mayoría de los ricos del pueblo y la

marcha de los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y de la

Restauración.

A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo por la

Revolución. En cambio, de la guerra hablaba siempre mal.

--¡_La guerre_!--decía--. _C'est une saleté abominable._

--¿De verdad?

--Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de la guerra, pues tiene

razón; además de ser una porquería, es una pobre estupidez.

Solía añadir también otras veces:

--Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra ocasión. Se

aprende a conocer a los hombres.

--Sí, así debe ser--afirmaba Alvarito.

--Lo que no impide para que sea una porquería abominable.

A veces Chipiteguy decía convencido:

--A aquel pobre Maximiliano le engañaron.

--¿A qué Maximiliano?

--A Robespierre.

A Alvarito le parecía como una obligación de su empleo el escuchar las

opiniones del viejo sin protestar.

Hablaba también Chipiteguy de los amigos que había tenido durante el

Imperio.

Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario Bonneville,

republicano entusiasta, que tenía en su vejez una librería de viejo en

París, en el Barrio Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien

había visto, por última vez, hacía quince años. Este Bonneville había

escrito bastantes libros, entre ellos uno muy absurdo: _Los jesuítas

echados de la masonería y sus puñales rotos por los masones_, en el que

trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos, que los jesuítas

eran masones, de la secta de la Rosa Cruz.

Había conocido también Chipiteguy a Albertina Marat, la hermana de

Marat, que vivía en 1838 en una guardilla de la calle de la Barillerie,

en el mayor aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para la

casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre, Carlota,

desconocida en París, que se hacía llamar la señorita Delaroche.

A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta decía que los

franceses habían arreglado tan bien la historia de la Revolución

francesa, que a todo le habían dado un aire grandioso; así la toma de

la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes, que no eran en sí

grandes acontecimientos, parecían cosas épicas.

--No, no--replicaba Chipiteguy--. Esos acontecimientos se consideraron

como símbolos.

Cuando no había visitas en casa del trapero se leían los periódicos. Se

recibían _El Constitucional_ y _Le Journal des Debats_, de París, y los

dos diarios de Bayona, _El Faro_ y _El Centinela de los Pirineos_.

La sobremesa de noche tenía otras compensaciones. A veces cantaba y

tocaba el piano Manón, y con frecuencia venían su prima Rosa y otras

amigas y se bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al ajedrez.

Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún talento para estos

juegos. Como Alvarito se hallaba pobremente vestido, Chipiteguy le

envió al muchacho al sastre para que le hiciera un traje a la moda,

con el cual estaba muy bien.

Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba más tarde que los

días de labor; se ponía elegante, con su traje nuevo, y mientras un

mendigo con su organillo pasaba por delante de la casa del Reducto y

tocaba casi siempre el vals de _El Carnaval de Venecia_, él bajaba

las escaleras y salía a la plaza. Veía la procesión de aguadores, de

muchachas y de judíos que venían por el puente de barcas de Saint

Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego a ver a su

familia. Llevaba todo el dinero que le daban a entregárselo a su madre,

y luego ella le volvía a dar uno o dos francos para el bolsillo, como

le decía.

Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a pesar del amor a la

familia, encontraba la comida de la calle de los Vascos muy deficiente.

Alvarito nunca había comido como en casa de Chipiteguy; probablemente

había supuesto, hasta antes de entrar en ella, que el estado natural

de la Humanidad era el del hambre; jamás había visto, hasta entonces,

aquellos platos de carne suculenta, los capones blancos y grasos, los

pavos rellenos, los pescados sonrosados, las verduras de todas clases,

las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción, los vinos de

buena marca que se bebían a pasto, el café cargado y aromático y la

variedad de licores.

La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez de Mendoza una extraña

impresión de cinismo.

¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar para nada en los

demás? Le parecía absurdo que se pudiera gastar lo que se gastaba allí

en comer y beber.

El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía en nada al de

la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá, todo pompa, decoro y vida

exterior, sin realidad alguna; aquí, por el contrario, todo positivo.

En la familia de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia.

Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en la casa era la

cocina, grande, clara, espaciosa, con todos los cacharros bruñidos,

en donde ardía el fuego desde la mañana hasta la noche. La cocina se

consideraba como lo más trascendental de toda la casa; allí no faltaba

nada. En el comedor pasaba lo mismo; los muebles no eran elegantes,

pero los manteles eran magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la

cristalería, muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana, y una,

soberbia, para los días de convite, con los bordes de oro.

Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba llenándose y

haciéndose macizo y fuerte.

A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy desapareció el

aire espiritado y débil que había tenido siempre el joven.

Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado y le decían a

cada paso que los españoles eran unos muertos de hambre, que no comían

más que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde.

Los domingos, después de pasar el día con su familia, Alvarito andaba

por el pueblo.

Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos domingos de Bayona en

las calles; pero era peor quedarse en su casa.

En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de los Vascos no se

respiraba alegría. Su madre estaba siempre fregando o limpiando; su

hermana Dolores, bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba

constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo, de genealogía

y de blasón.

El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas con los escudos de su

familia y con aquella barra de bastardía que aparecía en unos Pérez del

Olmo, antecesores suyos.

Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria de aceite, que daba

luz de ánimas benditas.

De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa del hidalgo y se

comía frío. Alvarito veía cómo su madre ponía en la mesa unos platos

desconchados, unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los

cubiertos de metal.

Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se lo agradecía, porque

mermaba la cantidad de la comida, ya escasa.

El chico se despedía de su familia e iba hacia la plaza del Reducto.

Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a orillas del Adour, en

las avenidas marinas y en las de Boufflers.

El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos de maderas

negras de algunos almacenes del barrio de Saint Esprit, alzaban sus

brazos giratorios, con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en la

orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla gris, sobre una

colina verde, con taludes de hierba.

Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía tranquilo, con

un color de perla. En el fondo, hacia su desembocadura, se veía una

línea de colinas bajas con árboles, algunas gentes en los bancos y

algunos pescadores, inmóviles, con la caña en la mano.

A veces, en los anocheceres espléndidos, con el cielo de color de rosa

y lleno de nubes incendiadas, el río ancho tomaba reflejos de escarlata

y de nácar. En el otoño, en los días de bruma, todos los objetos

adquirían un aire espectral, principalmente los barcos amarrados al

muelle.

Alvarito se veía muchas veces invadido por la tristeza de aquellos

crepúsculos; pero luchaba con ella como podía. En ocasiones, al llegar

delante de la casa algún día de lluvia, oía que Manón tocaba el piano.

En vez de subir, se detenía en la plaza del Reducto, mojándose y

soñando.

¡Qué de cosas no hubiera hecho él para conquistarla! En un momento

inventaba mil intrigas de novelas de aventuras, tan imposibles las

unas como las otras. Luego pensaba con tristeza que no tenía medios de

atraer a Manón.

De noche, después de cenar, se asomaba a la ventana de su guardilla,

fumaba y fantaseaba, veía enfrente el Reducto con sus tejados, sus

murallas y sus garitas, y el río de aguas obscuras, verdaderamente

siniestro. Era un espectáculo sombrío y amenazador el contemplar de

noche cómo las aguas negras del Nive iban entrando, de una manera

silenciosa y con un murmullo confuso, en el ancho cauce, igualmente

negro, del Adour.

Los días de temporal, en la casa del Reducto, azotaba mucho el viento,

sobre todo del Noroeste. De noche se le oía zumbar y silbar, y a veces

lamentarse con sus quejidos tristes. En la guardilla donde dormía

Alvarito resonaban las gotas de lluvia en el tejado, haciendo un ruido

metálico, agradable para oirlo desde la cama.

Al cabo de una temporada, Alvarito tenía partidarios en la casa del

Reducto; Chipiteguy le consideraba mucho; la andre Mari y la Tomascha

estaban de su parte, porque era obediente y no faltaba nunca a la

misa del domingo; Manón le trataba con cierto desdén amistoso, como

si creyera que no valía la pena de perder el tiempo hablando con

un jovencito insignificante. Ella se colocaba en la actitud de una

muchacha al lado de un niño.

Manón le prestó a Alvarito varios libros. El tenía paciencia y ganas

de ilustrarse, y leyó _Los Mártires_, de Chateaubriand; el _Viaje del

joven Anacharsis_, el _Telémaco_ y otros libros enfáticos, capaces de

hacer dormir de pie al más predispuesto al insomnio.

Las figuras de cera: novela · 第 4 / 16 段