grandes terrores.
La preocupación por los sueños, que le había inculcado su madre, le
tenía amedrentado. Muchas noches se despertaba temblando y creía oír la
respiración de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la cama.
Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le aterrorizaban.
Había una vieja enlutada, a quien se había encontrado en la escalera
varias veces, al anochecer, y le había mirado con una sonrisa
insinuante, y pensar en ella le ponía la carne de gallina.
Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al anochecer, las orillas
del río, todo esto le impresionaba.
Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación de misterio y de
pavor. Había una que había visto en un escaparate que le perturbaba.
Representaba una dama elegante con un talle esbelto, al lado de un
joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el frac. La escena
ocurría en el salón de un palacio, delante de un piano. La dama tenía
un aire lánguido; en cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco.
Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella escena le daba
impresión de vértigo. Como predispuesto a ver cosas raras, en ocasiones
las veía o las creía ver. Una de las veces que salió de noche en Bayona
a dar un recado a un personaje carlista, su padre estaba enfermo, iba
por una calle casi obscura, con tapias a un lado y a otro, que no tenía
más que algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un jorobado
pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y perilla cana; al cabo de
poco tiempo, otro jorobado, y poco después, otro. Estos tres jorobados
le produjeron tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su
madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados serían
reales o imaginarios, y si eran imaginarios, qué podían representar.
Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, la inquietud,
nacían en él antes que el motivo y que después encontraba el motivo
para legitimar su alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando lo
comprendió, se sintió más miserable y más desvalido que nunca.
VII
PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD
Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse a Alvarito, éste miró
la expresión de sus padres, y al ver que los dos aceptaban, fué a su
cuarto, se vistió con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y a
su hermana y salió de casa con el viejo trapero. Marcharon los dos por
el muelle de los Vascos, cruzaron el puente Panecau y entraron en la
plaza del Reducto.
Alvarito se encontró poco contento en el almacén y en la tienda de
Chipiteguy; le pareció todo aquello desordenado y sucio; pero cuando le
avisaron para comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la mesa
abundantemente servida y se sentó entre Manón y la andre Mari, se dijo
que, si no le echaban por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de
la mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena voluntad todo
lo que le mandaron; cenó también opíparamente y, después de cenar,
la Tomascha llevó al pequeño español, como le llamaron a Alvarito en
la casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno de trastos
viejos, y le mostró su cama.
En aquella guardilla había una estantería con algunos libros, un reloj
de cuco, parado, y sobre unas arcas antiguas gran cantidad de manzanas,
peras y membrillos, que echaban un olor excelente.
En las vigas de aquel camarachón había muchas arañas y Alvarito podía
contemplar sus ejercicios gimnásticos en sus hilos.
Por la ventana se veía el río y los tejados del muelle de los Vascos.
Desde los primeros momentos que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy
se pudo comprender que tenía actividad y deseo de trabajar; lo malo era
que a estas condiciones y a su buena intención se unía gran timidez.
Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco tenía soltura ni
confianza en sí mismo. Desconfiaba y pensaba que no sería simpático
ni oportuno. Esta idea y la de verse precisado a ganarse la vida de
cualquier manera le daba una actitud encogida y torpe.
Chipiteguy se reía de él.
--El pequeño aristócrata, el pequeño español con blasones parece que no
da pie con bola--decía a su nieta.
--Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone toda su buena
intención.
--Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es un chico que está bien,
muy delicado, no se quedará con un céntimo. Tiene un amor propio un
poco cómico.
--Eso no es un defecto.
--No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas! Cuando le faltan sus
rentas y tienen que emigrar, ya no sirven para nada.
A las dos o tres semanas de estar en el almacén, Chipiteguy dedicó a
Alvarito a llevar cuentas.
El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez de Mendoza, no
muy alegre, entristecía al muchacho. Era un cuarto casi obscuro, con
un ventanal que daba al patio, con los cristales rotos, compuestos
con papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en este cuarto
una estantería negra con fajas de facturas, una caja de caudales, una
mesa y dos bancos. Desde el ventanal se veían los montones de chatarra
roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa muchas ratas,
algunas tan atrevidas que le miraban descaradamente a Alvarito, lo que
a éste le hacía gracia. De noche se les oía roer la madera.
Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario y malhumorado,
declaró la guerra a Alvarito desde que le vió e hizo lo posible
para que le resultara todo al revés. Frechón le ponía siempre mala
cara, le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba a
silbar y a descoyuntarse las falanges de los dedos y a hacer un ruido
desagradable, como de huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro.
Unas veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y otras se
apretaba los nudillos, que resonaban como una carraca.
Frechón, que era republicano y patriota francés, mortificaba al
muchacho como español carlista.
--Don Carlos es un imbécil--le solía decir con frecuencia, como quien
lanza un esputo--; los españoles son unos asnos.
Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito.
--¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con vuestro Rey, con
ese papanatas de don Carlos?--le preguntó un día.
--¿Qué?
--Llevarlo a la guillotina y crac.
Otro día le preguntaba:
--¿Tú sabes quién era Marat?
--Un monstruo.
--Eso creéis vosotros los realistas. Era un hombre admirable, que pidió
la cabeza de trescientos mil aristócratas.
Otro día le decía:
--¿Tú no has oído hablar de la papisa Juana?
--Yo, no.
--Pues era una mujer que fué papa y que parió cuando iba en una
procesión.
Alvarito iba tomando gran antipatía por Frechón y pensaba que algún día
tendría que desafiarle.
Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación. Creía que
depender de un trapero y vivir en su casa era una heroicidad para un
aristócrata como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba que
consistía en vencer el ridículo. Encontrarse bien de dependiente en
una tienda de trapos y de hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya
socialmente tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo.
Prefería la trapería a una camisería, o a una bisutería, o a una tienda
de guantes, donde hubiese tenido que tratar a clientes distinguidos que
le hubieran mirado de arriba abajo.
Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse prendado de la
nieta del patrón y pensaba que con el amor ya no podía haber ridiculez
posible.
Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo. La idea sola
le hacía palidecer y su amor propio le pintaba ocasiones de quedar
humillado en todas partes.
Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran adivinado su flaco,
parecían empeñadas en burlarse de él. El chico de una tienda próxima
de la calle de Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se
titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero. Sin duda había
notado que le molestaba, y por eso mismo repetía con más frecuencia la
palabra.
Varias veces el chiquillo salía a la calle con un saco, se lo echaba al
hombro y gritaba:
--¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!--y miraba a los balcones.
Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba.
También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba antipatía por el
joven Sánchez de Mendoza. Con su bigote grande, la barba sin afeitar y
los ojos rojos, solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía
la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y a sacar la lengua y a
ponerse bizco para asustar al muchacho. Alvarito se estremecía de miedo.
Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se paseaba arriba y
abajo con un sombrero metido hasta las orejas y un gabán raído. A veces
tenía ataques y entonces daba unos gritos espantosos.
Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo y Tripa seca, y él
mascullaba una serie de frases violentas contra ellos. Este loco tenía
las orejas grandes, los ojos torcidos y la cara cómica.
Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía decirle a voz en
grito:
--Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!
Y un loro de un balcón que se había aprendido la retahíla repetía
también:
--Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!
Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una gran tristeza al
verse en la tienda del trapero. Allí, en casa de Chipiteguy, nadie le
conocía; comprendía que pensar en su pobre situación era mortificarse
por capricho, que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar el
sentimiento de vergüenza de estar empleado en una trapería.
Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó que podría darse
por muy contento si la suerte le hiciera sustituír a Chipiteguy
casándose con Manón.
En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio de Aviraneta y le
oyó hablar. Don Eugenio solía ir a comer con frecuencia en compañía de
Chipiteguy, y en estos días la comida era todavía más cuidada que de
costumbre.
Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba; también solía
hablar con Alvarito y le hacía preguntas acerca de su vida y de su
familia y se reía al oír las contestaciones del muchacho.
Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy y Aviraneta
procedían de ser los dos masones. Esta suposición aguzó la curiosidad
del joven Sánchez de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones?
¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy solían
hablar mucho a solas de sobremesa, con su copa de licor delante, el uno
fumando su pipa, y el otro, su cigarro habano.
Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta contaba un sin
fin de hechos y de anécdotas de gente que había encontrado en Francia,
en Egipto, en Grecia, en América y en España.
Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba:
--¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet de Montarlot?
Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos, franciscanos,
cordeleros, de gentes de Obispado, creyó que la Revolución francesa la
habían hecho los frailes.
Alvarito era demasiado correcto para espiar a su amo y se decidió a
hacerle preguntas, y como vió que a Chipiteguy no le molestaban, sino
que, por el contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones con el
viejo, sobre todo después de cenar.
--¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la Revolución
francesa?--le preguntó una vez Alvaro.
--Había de todo; algunos eran demasiado buenos y demasiado honrados.
Yo fuí una vez con Basterreche al Ministerio de Hacienda durante el
Terror, y vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se componía
las medias con una aguja en un salón y tenía millones en las cajas.
Claro que hubo muchos abusos. Aquí se contó que un convencional, unos
decían que Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida del
padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba al convencional,
y luego parece que se guillotinó al padre. Los hombres, vistos de
cerca, indudablemente valen poco--decía el viejo trapero--; no va a
haber a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro.
Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del Terror en París, en
Burdeos y en Bayona, y las recordaba en todos sus detalles.
Había conocido también la ciudad de Estrasburgo bajo la tiranía del
fraile revolucionario Eulogio Schneider y de su sociedad La Propaganda.
Había hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado
Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo, un Marat a la
alemana, predicador y místico. Chipiteguy le vió en París cuando le
guillotinaron.
En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció a Etchepare y a
algunos otros vascos, amigos de Basterreche, de Pereyra, etc.
Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa de este Pereyra,
judío de Bayona, que tuvo en la época del Terror una tienda de tabaco
en París, en la calle de San Dionisio, en la que se veía como muestra
un gorro frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente, se
deshizo la tertulia.
Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de soldado republicano en
la Vendée y luego marchó a vivir a Bayona.
Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío de Aviraneta,
de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero a quien él debía
favores, Juan Gorostarzu, había sido guillotinado en Ezpeleta por
contrarrevolucionario.
Poco después, al suprimir el Gobierno el convento de Visitandinas de
Hasparren, la cuñada de Gorostarzu, que estaba en este convento, fué a
su casa, Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde enseñaba
a los chicos y chicas las primeras letras mientras ella hilaba. En esta
escuela había estudiado el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán
Duvoisin, a quien Chipiteguy había conocido de niño.
Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario--decía él--para
implantar una sociedad nueva, con menos abusos, más justicia y más
libertad. Según él, en todo el país vasco y en las Landas la población
estaba en contra de los republicanos franceses y a favor de los
monárquicos españoles, dispuestos a entregarse a éstos; de aquí que los
convencionales Pinet y Cavainac tuvieran que extremar la violencia.
Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour, formado por Hiriart,
Dithurbide y Daguerrezar, no habían tenido éxito, ni las proclamas
llamando a los emigrados, escritas en vascuence y en francés en _Juan
de Luz_ (estaban suprimidos los santos hasta en los nombres de los
pueblos) y firmadas por Izoard, Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel.
Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias de su tiempo, con
grandes detalles; el desarrollo de las intrigas políticas, el cómo
había conseguido su fortuna la mayoría de los ricos del pueblo y la
marcha de los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y de la
Restauración.
A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo por la
Revolución. En cambio, de la guerra hablaba siempre mal.
--¡_La guerre_!--decía--. _C'est une saleté abominable._
--¿De verdad?
--Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de la guerra, pues tiene
razón; además de ser una porquería, es una pobre estupidez.
Solía añadir también otras veces:
--Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra ocasión. Se
aprende a conocer a los hombres.
--Sí, así debe ser--afirmaba Alvarito.
--Lo que no impide para que sea una porquería abominable.
A veces Chipiteguy decía convencido:
--A aquel pobre Maximiliano le engañaron.
--¿A qué Maximiliano?
--A Robespierre.
A Alvarito le parecía como una obligación de su empleo el escuchar las
opiniones del viejo sin protestar.
Hablaba también Chipiteguy de los amigos que había tenido durante el
Imperio.
Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario Bonneville,
republicano entusiasta, que tenía en su vejez una librería de viejo en
París, en el Barrio Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien
había visto, por última vez, hacía quince años. Este Bonneville había
escrito bastantes libros, entre ellos uno muy absurdo: _Los jesuítas
echados de la masonería y sus puñales rotos por los masones_, en el que
trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos, que los jesuítas
eran masones, de la secta de la Rosa Cruz.
Había conocido también Chipiteguy a Albertina Marat, la hermana de
Marat, que vivía en 1838 en una guardilla de la calle de la Barillerie,
en el mayor aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para la
casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre, Carlota,
desconocida en París, que se hacía llamar la señorita Delaroche.
A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta decía que los
franceses habían arreglado tan bien la historia de la Revolución
francesa, que a todo le habían dado un aire grandioso; así la toma de
la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes, que no eran en sí
grandes acontecimientos, parecían cosas épicas.
--No, no--replicaba Chipiteguy--. Esos acontecimientos se consideraron
como símbolos.
Cuando no había visitas en casa del trapero se leían los periódicos. Se
recibían _El Constitucional_ y _Le Journal des Debats_, de París, y los
dos diarios de Bayona, _El Faro_ y _El Centinela de los Pirineos_.
La sobremesa de noche tenía otras compensaciones. A veces cantaba y
tocaba el piano Manón, y con frecuencia venían su prima Rosa y otras
amigas y se bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al ajedrez.
Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún talento para estos
juegos. Como Alvarito se hallaba pobremente vestido, Chipiteguy le
envió al muchacho al sastre para que le hiciera un traje a la moda,
con el cual estaba muy bien.
Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba más tarde que los
días de labor; se ponía elegante, con su traje nuevo, y mientras un
mendigo con su organillo pasaba por delante de la casa del Reducto y
tocaba casi siempre el vals de _El Carnaval de Venecia_, él bajaba
las escaleras y salía a la plaza. Veía la procesión de aguadores, de
muchachas y de judíos que venían por el puente de barcas de Saint
Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego a ver a su
familia. Llevaba todo el dinero que le daban a entregárselo a su madre,
y luego ella le volvía a dar uno o dos francos para el bolsillo, como
le decía.
Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a pesar del amor a la
familia, encontraba la comida de la calle de los Vascos muy deficiente.
Alvarito nunca había comido como en casa de Chipiteguy; probablemente
había supuesto, hasta antes de entrar en ella, que el estado natural
de la Humanidad era el del hambre; jamás había visto, hasta entonces,
aquellos platos de carne suculenta, los capones blancos y grasos, los
pavos rellenos, los pescados sonrosados, las verduras de todas clases,
las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción, los vinos de
buena marca que se bebían a pasto, el café cargado y aromático y la
variedad de licores.
La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez de Mendoza una extraña
impresión de cinismo.
¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar para nada en los
demás? Le parecía absurdo que se pudiera gastar lo que se gastaba allí
en comer y beber.
El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía en nada al de
la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá, todo pompa, decoro y vida
exterior, sin realidad alguna; aquí, por el contrario, todo positivo.
En la familia de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia.
Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en la casa era la
cocina, grande, clara, espaciosa, con todos los cacharros bruñidos,
en donde ardía el fuego desde la mañana hasta la noche. La cocina se
consideraba como lo más trascendental de toda la casa; allí no faltaba
nada. En el comedor pasaba lo mismo; los muebles no eran elegantes,
pero los manteles eran magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la
cristalería, muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana, y una,
soberbia, para los días de convite, con los bordes de oro.
Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba llenándose y
haciéndose macizo y fuerte.
A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy desapareció el
aire espiritado y débil que había tenido siempre el joven.
Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado y le decían a
cada paso que los españoles eran unos muertos de hambre, que no comían
más que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde.
Los domingos, después de pasar el día con su familia, Alvarito andaba
por el pueblo.
Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos domingos de Bayona en
las calles; pero era peor quedarse en su casa.
En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de los Vascos no se
respiraba alegría. Su madre estaba siempre fregando o limpiando; su
hermana Dolores, bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba
constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo, de genealogía
y de blasón.
El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas con los escudos de su
familia y con aquella barra de bastardía que aparecía en unos Pérez del
Olmo, antecesores suyos.
Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria de aceite, que daba
luz de ánimas benditas.
De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa del hidalgo y se
comía frío. Alvarito veía cómo su madre ponía en la mesa unos platos
desconchados, unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los
cubiertos de metal.
Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se lo agradecía, porque
mermaba la cantidad de la comida, ya escasa.
El chico se despedía de su familia e iba hacia la plaza del Reducto.
Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a orillas del Adour, en
las avenidas marinas y en las de Boufflers.
El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos de maderas
negras de algunos almacenes del barrio de Saint Esprit, alzaban sus
brazos giratorios, con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en la
orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla gris, sobre una
colina verde, con taludes de hierba.
Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía tranquilo, con
un color de perla. En el fondo, hacia su desembocadura, se veía una
línea de colinas bajas con árboles, algunas gentes en los bancos y
algunos pescadores, inmóviles, con la caña en la mano.
A veces, en los anocheceres espléndidos, con el cielo de color de rosa
y lleno de nubes incendiadas, el río ancho tomaba reflejos de escarlata
y de nácar. En el otoño, en los días de bruma, todos los objetos
adquirían un aire espectral, principalmente los barcos amarrados al
muelle.
Alvarito se veía muchas veces invadido por la tristeza de aquellos
crepúsculos; pero luchaba con ella como podía. En ocasiones, al llegar
delante de la casa algún día de lluvia, oía que Manón tocaba el piano.
En vez de subir, se detenía en la plaza del Reducto, mojándose y
soñando.
¡Qué de cosas no hubiera hecho él para conquistarla! En un momento
inventaba mil intrigas de novelas de aventuras, tan imposibles las
unas como las otras. Luego pensaba con tristeza que no tenía medios de
atraer a Manón.
De noche, después de cenar, se asomaba a la ventana de su guardilla,
fumaba y fantaseaba, veía enfrente el Reducto con sus tejados, sus
murallas y sus garitas, y el río de aguas obscuras, verdaderamente
siniestro. Era un espectáculo sombrío y amenazador el contemplar de
noche cómo las aguas negras del Nive iban entrando, de una manera
silenciosa y con un murmullo confuso, en el ancho cauce, igualmente
negro, del Adour.
Los días de temporal, en la casa del Reducto, azotaba mucho el viento,
sobre todo del Noroeste. De noche se le oía zumbar y silbar, y a veces
lamentarse con sus quejidos tristes. En la guardilla donde dormía
Alvarito resonaban las gotas de lluvia en el tejado, haciendo un ruido
metálico, agradable para oirlo desde la cama.
Al cabo de una temporada, Alvarito tenía partidarios en la casa del
Reducto; Chipiteguy le consideraba mucho; la andre Mari y la Tomascha
estaban de su parte, porque era obediente y no faltaba nunca a la
misa del domingo; Manón le trataba con cierto desdén amistoso, como
si creyera que no valía la pena de perder el tiempo hablando con
un jovencito insignificante. Ella se colocaba en la actitud de una
muchacha al lado de un niño.
Manón le prestó a Alvarito varios libros. El tenía paciencia y ganas
de ilustrarse, y leyó _Los Mártires_, de Chateaubriand; el _Viaje del
joven Anacharsis_, el _Telémaco_ y otros libros enfáticos, capaces de
hacer dormir de pie al más predispuesto al insomnio.