IX

Sintió Carlota profundo pesar cuando su marido le notició la cesantía.

Quedaron ambos larguísimo rato silenciosos y tristes. Algo sonaba

también lúgubremente dentro del alma de ella, profetizando la muerte de

su dicha. D.ª Carolina la recibió con tranquilidad. Únicamente se le

advirtió más seria a la hora de comer. Después, habiéndose suscitado una

conversación propicia, expresó algunos conceptos acerca de la

holgazanería, de la presunción y la ligereza que a Mario se le antojaron

alusivos. Tal vez no serían: no había motivo fundado para suponerlo,

pues su suegra le había dado repetidas pruebas de afecto y

consideración. De todos modos, no pudo menos de sentir el corazón

apretado. Cuando se retiraron a su cuarto nada dijo de esta sospecha a

su esposa. Se acostaron en silencio y fuertemente preocupados.

La vida de la familia siguió el mismo curso metódico y apacible. No

había pasado nada. Mario, a las horas de oficina, se iba de paseo solo o

con su mujer. Por las noches continuaban asistiendo al café. A las

comidas la conversación solía animarse. Presentación embromaba a su

cuñado. Mario la embromaba a ella. Carlota escuchaba sonriente aquel

tiroteo, tomando parte alguna vez por su marido. D. Pantaleón les asaba

a explicaciones científicas: el vino, el pan, el azúcar, todo era motivo

para exponer largamente la muchedumbre de secretos que iba arrancando a

la naturaleza. D.ª Carolina seguía con el mismo humor benigno, rigiendo

la casa a su talante, aunque siempre por delegación de su esposo.

No obstante, una nube de malestar y tristeza, de la cual en el fondo

todos se daban cuenta, envolvía a la familia. Las relaciones entre ella

seguían siendo en la apariencia tan cordiales; pero cada cual percibía

un dejo de inquietud, cierto embarazo que procuraban ocultar exagerando

la sonrisa, acentuando la nota cómica. Mario sentía la falsedad de su

situación en aquella casa y notaba bien que todos los demás la sentían

igualmente. La mayor amabilidad de su cuñada con él era un modo de

expresárselo; el silencio de D.ª Carolina, la humildad de su esposa para

responder a una y a otra, lo mismo. Un sentimiento insoportable de

vergüenza iba apoderándose de él.

Carlota también lo padecía. D.ª Carolina y Presentación dejaron poco a

poco de llamarla a cónclave para resolver los asuntos domésticos. Entre

las dos se lo arreglaban todo, callando cuando ella aparecía. Con esto

se hizo más tímida, más humilde; no se atrevía a quejarse de las faltas

de la criada; trabajaba cada día más en la casa, echando sobre sí,

cuando podía, el trabajo de su hermana; hacía esfuerzos por aparecer

amable y simpática como si estuviera en casa extraña.

D.ª Carolina trataba a su yerno con más ceremonia. Mario se sentía

turbado por esta actitud, sin entender por completo lo que significaba.

No se le mandaba cerrar la puerta, ni escribir los sobres de las cartas,

ni que las acompañase hasta casa de unas amigas, ni se le daban encargos

para la calle. Cuando doña Carolina rechazaba cualquiera de sus

servicios el inocente exclamaba:

--¡Pero, mamá, no tiene usted confianza conmigo!

--Sí, hijo, sí; pero no hay necesidad de que tú te molestes. Pantaleón,

que no tiene nada que hacer, se encargará de ello.

¡Que no tiene nada que hacer! Estas palabras, pronunciadas con perfecta

naturalidad y hasta con la sonrisa en los labios, sonaban a sarcasmo.

Tampoco él tenía nada que hacer; demasiado le constaba a ella. A veces,

cuando el matrimonio joven venía de paseo y entraba en el gabinete donde

estaban la señora y su hija Presentación, aquélla les interrogaba con

cierta condescendencia irónica:

--¿Qué tal, hijos míos, habéis paseado muy largo? ¿Hasta dónde habéis

llegado? ¿Os habéis divertido? El tiempo está muy hermoso. Hacéis bien

en no desperdiciar tardes tan deliciosas.

Carlota sorprendió en estas conversaciones más de una mirada burlona

entre su mamá y hermana; pero había devorado la vergüenza sin decírselo

a Mario. Era tan inocente, tan bondadoso, aquel muchacho, que daba pena

hacerle sentir las espinas de la vida. Como esposa fiel y generosa las

guardaba todas para sí.

Pero el poco dinero con que Mario se había quedado para sus gastos

feneció muy pronto. Llegó un instante en que no tuvo un solo ochavo en

el bolsillo. Nada dijo. Aquel día no fumó; al día siguiente tampoco. Su

mujer lo observó al cabo y le preguntó la causa. No estaba bien del

estómago, le repugnaba el cigarro. Pero ella, no fiándose, le registró

los bolsillos cuando se hubo dormido y los halló vacíos. ¡Pobre Mario!

Lloró en silencio largo rato. Por la mañana salió temprano a misa y tuvo

valor para subir a una casa de préstamos y empeñar una sortija. Cuando

su marido se levantó, le dijo sacando un billete de su cómoda:

--Oye, Mario. Cuando salgas hazme el favor de pasarte por la Mahonesa y

traerme unas yemas de coco... pero que no se enteren en casa. Ya sabes

que me da vergüenza... ¡Ah! Y quédate con el resto del dinero, porque a

ti puede hacerte falta y a mí no.

Mario quedó suspenso. Una vaga inquietud agitó momentáneamente su

espíritu; pero con la inconsciencia que le caracterizaba no pensó más en

ello. Sin embargo, a la segunda vez que esto pasó no pudo menos de

preguntar:

--¿Y de dónde sacas tú el dinero?

Carlota se puso colorada.

--He ido ahorrando algún dinerillo estos meses pasados para los dulces

del bautizo, ¿sabes?... Pero le encajaré la cuenta a mamá... ¡vaya si se

la encajaré!

Y reía a carcajadas. Pero su corazón lloraba, porque sabía muy bien que

si esperaba por su madre no se comerían dulces en el bautizo del hijo de

sus entrañas.

El dinero de la sortija concluyó pronto. Empeñó otra. Tampoco tardó en

gastarse. A Mario le hacían falta botas y guantes; el sombrero de copa

estaba ya grasiento; llegaba el verano y era necesario también hacerse

ropa. Todas sus joyas de poco valor fueron pasando por la casa de

préstamos. El aderezo regalo de sus padres, que era lo que más valía, lo

guardaba D.ª Carolina.

--¿Pero ese gato que tienes no se agota nunca?--le preguntó inquieto

Mario.

Tenía la respuesta preparada.

--Sí, hijo, sí; ya hace tiempo que se ha agotado. Pero papá me ha

llamado el otro día a su cuarto y me dio dinero.

El semblante de Mario se oscureció. Quedó profundamente pensativo. No,

aquello no podía tolerarse. Era preciso buscarse alguna ocupación donde

quiera que fuese. Hasta entonces todas sus gestiones habían sido

infructuosas. Visitó a los amigos de su padre: no le faltaron buenas

palabras, promesas magníficas. Nada llegaba sin embargo. Miguel Rivera

habló al ministro de quien era secretario, y éste prometió colocarle en

una carrera que iba a organizar para la inspección de los

ferrocarriles.

Carlota había concluido con sus objetos más o menos preciosos. Entonces

la mentira que había dicho a su marido convirtiose en realidad. Antes de

verle sin dinero en el bolsillo se arriesgó heroicamente a pedírselo a

su madre. Fue una escena baja, sórdida, repugnante. Carlota sufrió con

valor los sarcasmos de su madre y venció a fuerza de paciencia y

tenacidad sus repetidas negativas. Consiguió arrancarle diez duros: se

fue a su cuarto y dio rienda suelta a las lágrimas que había podido

reprimir. Su marido la encontró con los ojos hinchados.

--¿Por qué has llorado?--preguntole impetuosamente.

--Por nada, hombre; no te asustes. Son cosas de mujeres. ¿No sabes el

estado en que me encuentro?

Se convenció. Había oído a los médicos hablar de estas crisis.

Pero la pobre Carlota fue desde aquel día la víctima, la cenicienta de

la casa. Su madre la trataba con increíble desprecio; no perdonaba

ocasión de vejarla con indirectas crueles. Presentación la ayudaba en

esta tarea simpática.

--A mí me gustaría colocarme así, espléndidamente, como mi hermana.

¡Casarme con un pobrete! ¡Puf! Oyes, Carlota, ¿tu marido compra por fin

_mylord_ o _faetón_? Supongo que este año no dejaréis pasar la temporada

del Real sin abonaros como el año pasado...

Su madre le mandaba callar con risita maligna, que era una invitación a

proseguir. Rara era la tarde en que Carlota se sentase a coser con ellas

que al fin no se levantase llorando. Un día, encarándose con

Presentación, los ojos rasados de lágrimas, le dijo:

--Haces mal en burlarte de mí. Pretendes que deje de querer a mi marido

porque no es rico. Piensa que Dios puede castigarte algún día.

De estos sufrimientos no daba cuenta a su esposo. Al contrario, en su

presencia mostraba el mismo semblante tranquilo, risueño. Pero volviendo

a necesitar dinero, la escena con su madre fue mucho más cruel. D.ª

Carolina se enfureció, llamó pobrete, hambrón y holgazán a Mario, y se

negó resueltamente a soltar un cuarto.

--Si te figuras--concluyó diciendo--que nosotros vamos a mantener vagos

toda la vida, estás muy equivocada.

Esta amenaza la llenó de terror. Se humilló, procuró desarmarla

prometiendo no volver a pedirle dinero. Y corrió, como siempre, a

encerrarse en su cuarto para llorar perdidamente.

Mario no fumó otra vez en dos días. En su semblante no se traslució, sin

embargo, ningún malestar. Su esposa le miraba con el rabillo del ojo

haciendo esfuerzos por reprimir las lágrimas. Pero al pasar por delante

del cuarto de su padre vio las llaves puestas en el cajón de la cómoda.

Se detuvo herida por una tentación irresistible; echó una mirada en

torno, y no viendo a nadie, avanzó con cautela, tiró del cajón sin hacer

ruido y escudriñó rápidamente su contenido. Allá, en un rincón, había

dos libras de tabaco picado. Tomó una y, cerrando de nuevo, salió

precipitadamente, ocultándola debajo del vestido. Por la noche se la dio

a su marido, diciendo con afectada naturalidad:

--Toma; luego dirás que no me acuerdo de ti.

--¿Dónde has comprado este tabaco?

Respondió que a una prendera amiga suya que lo vendía de contrabando. La

había hallado en la calle y habían hecho mercado en un portal para

evitar indiscreciones. Pero a los dos o tres días su padre lo echó de

menos y se armó el consiguiente tumulto. Hubo quejas, recriminaciones.

D. Pantaleón sospechaba de la criada, que tenía un novio soldado.

Carlota, viendo con terror aquel motín y temblando que D.ª Carolina

averiguase la verdad, llamó en secreto a su padre al cuarto, le echó los

brazos al cuello y le dijo llorando:

--He sido yo, papá; he sido yo la que te ha llevado el tabaco... Pero

que no se entere mamá, que no se entere Mario cuando vuelva. Sé que no

fuma porque no tiene dinero y yo tampoco lo tengo para dárselo.

El sabio naturalista quedó estupefacto.

--Pero, hija, ¿por qué no me lo has pedido? Dinero no puedo daros,

porque ya sabes...

--Sí, papá... no me digas nada.

El ingenioso Sánchez aprovechó la ocasión para instruir a su hija. El

tabaco era una planta solanácea de olor fuerte y característico, cáliz

tubulado, raíz fibrosa, tallo velloso de médula blanca, hojas alternas

laureadas y glutinosas, etc.

Carlota escuchó llorosa y distraída aquellas científicas explicaciones

que por el estado de su alma no produjeron el resultado que era de

esperar. D. Pantaleón rebañó de su bolsillo algunas pesetas y se las

dio.

La situación de la infeliz muchacha era cada día más triste. Todos los

rencores y desprecios que D.ª Carolina y su hija menor atesoraban para

Mario, que no había tenido talento para hacerse inamovible en el puesto

que ocupaba, se los arrojaban a ella a la cara. Con el verdadero

culpable estaban reservadas, pero finas. No se le hería directamente,

pero la atmósfera estaba cargada de electricidad, y a la postre había de

estallar el rayo. D.ª Carolina sacudía la cabeza con ira cada vez que su

yerno volvía la espalda.

Al fin, una mañana en que Carlota estaba fuera de casa, la sagaz señora

hizo una seña expresiva a su hija menor, y ésta se apresuró a

levantarse y salir del gabinete. Quedaron solos suegra y yerno. Sin

alzar la cabeza de la costura D.ª Carolina comenzó a hablar con voz un

poco alterada.

--Mira, Mario, hacía días que necesitaba hablarte de un asunto bastante

desagradable lo mismo para ti que para mí. Lo he ido aplazando de un

momento a otro, porque a la verdad me duele en el alma tocar este

punto... Pantaleón me ha mandado decirte que sus medios de fortuna no le

permiten manteneros a ti y a tu esposa. «Si fuéramos ricos, me dijo, no

tendría mayor inconveniente en que Mario se divirtiese y pasase la vida

holgando, pero, hija, nosotros tenemos sólo lo necesario para vivir

decorosamente... Dile que la obligación primera de todo casado es

sostener a su familia con el producto de su trabajo. Así lo he hecho yo

y así espero que lo haga él. Es joven y tiene el mundo por delante; que

trabaje y se haga hombre...» Hijo mío, yo cumplo el encargo. Espero que

no te ofenderás por ello.

Mario quedó tan aturdido que no habló una sola palabra. Las de su

suegra le sonaban en el cerebro como martillazos. Una vergüenza inmensa,

infinita, corrió por todo su ser hasta las últimas fibras y le paralizó

enteramente. D.ª Carolina, con una rápida ojeada, advirtió su estado

lastimoso.

--No creas que esto es puñalada de pícaro. Te habla así Pantaleón por mi

boca porque tiene confianza en tu honradez, en tu dignidad, en que

sabrás cumplir perfectamente tus obligaciones. Yo creo que con el tiempo

le darás las gracias. Si no te ofendieras--añadió con benévola

sonrisa,--te diría que te hace falta un estímulo como éste para abrirte

camino.

La lengua se le desató aunque no de buen modo. Se excusó balbuciendo de

no haber tomado él la iniciativa en este asunto. Su suegro llevaba mucha

razón en lo que decía. Él buscaría trabajo inmediatamente en cualquier

parte y de cualquier clase. Estaba dispuesto a dejar la casa al

instante...

--Ya te he dicho que no es cosa de apuro...

--Sí, señora; lo es para mí--replicó con dignidad el joven.

Pero la grave cuestión era que Carlota no podía irse con él a la

ventura. Se hallaba ya bastante adelantada en su embarazo, y mientras no

tuviera casa era expuesto llevársela. D.ª Carolina se mostró magnánima.

Carlota se quedaría con sus padres hasta que Mario hallase un medio de

vivir. Éste le dio las gracias con acento sincero. Desde aquel punto

doña Carolina se hizo de miel, le agasajó cuanto pudo, le auguró un

bello porvenir, haciendo visibles esfuerzos para borrar la mala

impresión que sus palabras habían causado. Mario se retiró al fin grave

y tranquilo.

Al llegar Carlota adivinó a la primera mirada su disgusto.

--¿Qué te ha pasado?

--Nada... he tenido una conversación algo seria con tu madre. Me ha

dicho--añadió sonriendo tristemente y tomándole las manos--que tu papá

no puede sostenerme más tiempo en su casa...

Carlota se puso blanca como un papel.

--¿Ha dicho eso de veras?

--Sí; a mí no me sorprende; creo que lleva razón. Ya ves, parece feo un

hombre sin trabajar, comiendo la sopa boba... Así que me voy desde

luego... Pero no te apures, que yo encontraré ocupación; todo se

arreglará.

Al proferir estas palabras sonreía con esfuerzo, apretando las dos manos

a su esposa. Ésta permaneció muda y pálida mirando con insistencia por

encima de su cabeza a un punto fijo. Al fin sus ojos grandes, serenos,

se nublaron de lágrimas y dijo sin que los rasgos de su fisonomía se

alterasen poco ni mucho:

--Está bien; me voy contigo.

--¡No!--exclamó Mario aterrado.--¿Dónde quieres ir?

--A pedir limosna, si es necesario--repuso tranquilamente.

--¡Pero eso es una locura! No te precipites...

Y con palabra fogosa le puso de manifiesto los terribles inconvenientes

de tal resolución. Un hombre puede rodar por cualquier lado, dormir en

un desván, al sereno si es necesario; ¡pero una señora y en el estado en

que ella se encontraba! La separación era de absoluta necesidad por el

momento. Cuando diese a luz y él hallase medio de vivir, que lo hallaría

pronto seguramente, entonces vendría a sacarla para siempre de casa y

vivir juntitos hasta la muerte.

Carlota se dejó convencer. La idea de causar el más insignificante daño

al ser cuya aparición esperaba con impaciencia la llenaba de congoja.

Quedaron, pues, en que él sólo se marcharía.

--¿Pero dónde te vas?--preguntó clavándole una mirada de estupor

doloroso.

--No te preocupes de eso. Tengo infinidad de sitios donde ir. Lo

importante es que tú estés tranquila. Piensa en que se trata de muy poco

tiempo.

Carlota permaneció algunos instantes inmóvil con la cabeza baja.

--Bueno, te arreglaré la ropa--repuso al cabo enjugándose las lágrimas.

Y ahogando los suspiros en la garganta y reprimiendo los sollozos que

pugnaban por estallar, su naturaleza tranquila, razonable, valerosa,

concluyó por triunfar. Empezó a sacar ropa de la cómoda y a colocarla

esmeradamente en un baúl. En aquella operación se mostraba su carácter

paciente y sólido. Mario la contemplaba con interés, trataba de

ayudarla, pero lo hacía tan mal que renunció en seguida. Poco a poco, en

la absorción de aquel trabaja mecánico, se fueron olvidando de su pena.

Discutían lo que se había de meter en el cofre como si se tratase de un

viaje. A Carlota todo le parecía mucho, creyendo así reducir los días de

separación. Mario, al contrario, insistía suavemente en que se pusieran

más camisas, calcetines, etc. Preveía que el viaje iba a ser largo,

aunque se guardaba de manifestar esta opinión.

Al fin quedó arreglado el equipaje. Entonces permanecieron turbados uno

frente a otro sin saber qué decirse, afectando serenidad, insistiendo

una y otra vez en tono indiferente sobre pormenores ya resueltos. La

emoción que les embargaba advertíase en el timbre velado de la voz, en

el leve temblor de las manos. El corazón se les quería salir por la

garganta.

--Bueno--dijo al fin Mario poniéndose el sombrero.--Quedamos en que

tendrás el baúl preparado. Ya enviaré por él, y me mandarás al mismo

tiempo la sombrerera. Por los útiles de modelar ya mandaré más adelante.

Estas palabras provocaron en Carlota una explosión del sentimiento

comprimido. Quedaron abrazados estrechamente y llorando en silencio

largo rato. Mario logró desasirse, y besando con efusión las manos de su

esposa, exclamó sonriendo, mientras bañaban su rostro las lágrimas:

--¡Qué niños somos! Parece que me estoy despidiendo para el fin del

mundo.

Y salió de la estancia precipitadamente. Carlota le siguió, y en lo alto

de la escalera volvieron a abrazarse.

X

Cuando hubo salido a la calle y traspuesto la esquina, se detuvo.

Aquellos infinitos sitios de que había hablado a Carlota eran una

piadosa mentira. Quedó inmóvil, con el pensamiento vacío y el corazón

apretado. Unas ansias atroces de sollozar le subían del pecho a la

garganta amenazando ahogarle. Pero logró tenerlas encerradas: sólo

algunas lágrimas brotaron a sus ojos sin darse cuenta hasta que vio la

mirada de los transeúntes fijarse con curiosidad en él. Entonces se

llevó el pañuelo a la cara como para sonarse, y prosiguió su camino.

¿Adónde iba? Marchó a la ventura largo rato, tratando de coordinar sus

ideas. Al fin no halló otra cosa mejor que dirigirse a su antiguo

alojamiento. Pero esto le causaba profundo disgusto y humillación. ¿Cómo

responder a las preguntas de su antigua patrona? ¿Qué explicación iba a

dar a sus compañeros? Al llegar a la puerta cambió de resolución y pasó

de largo sin entrar. Subió a la primera fonda que tropezó, alquiló una

habitación y volvió a salir. Su inquietud y dolor no menguaron por esto.

Al contrario, la idea de que no tenía dinero para pagar el pupilaje le

atormentó de modo indecible. Pensó entonces en algún amigo con quien

comunicar sus pesares y que le diese algún buen consejo, y los pies le

guiaron a casa de Miguel Rivera. Aunque le llevase éste bastantes años y

tuviese un carácter burlón y agresivo que a menudo pinchaba a los que se

le acercaban, Mario sentía hacia él irresistible inclinación: debajo de

aquella cáscara amarga adivinaba un corazón dulce y generoso. Además, si

para alguno limaba un poco la punta afilada de su lengua Rivera, era

para nuestro joven. Fácilmente se advertía su predilección cuando se

hallaba en la tertulia del café.

El antiguo periodista vivía solo con su hijo en un cuarto sin lujo, pero

limpio y agradable, de la calle de Recoletos.

--¿Qué traes por aquí a estas horas, Praxíteles?--exclamó alegremente al

ver a nuestro joven entrar en su despacho.

--Molestias para usted, D. Miguel. ¿Está usted muy ocupado?

La sonrisa de Rivera se desvaneció al ver la triste y penosa que

contraía los labios de su amigo. El semblante de Mario expresaba

abatimiento profundo.

--¡Ocupado! Sólo lo está el que espera algo. Yo he renunciado a todo

hace tiempo, querido. Di lo que quieras y tómate el tiempo que se te

antoje.

Tímidamente y ruborizándose muchas veces, Mario le contó lo que le

pasaba, rogándole con insistencia el secreto. Cuando terminó de hablar,

Miguel permaneció grave y pensativo. Al cabo dejó escapar un leve bufido

de desprecio.

--¡Camarada, qué suegra te ha tocado! Es de lo más fino que he visto en

su género.

--¡Si mi suegra no se ha mezclado para nada en este asunto! No ha hecho

más que cumplir las órdenes de su marido. ¡Anda, pues si dependiera de

mi suegra, ni ahora ni nunca saldría yo de su casa! Usted no sabe el

cariño que me profesa la buena señora. Me quiere como una madre, una

verdadera madre, don Miguel.

Este le contempló en silencio unos momentos asombrado de su inocencia.

Tuvo impulsos de proferir una de sus chufletas sangrientas, pero se

contuvo. La maciza bondad y el candor de aquel muchacho le conmovían.

Después de todo, pensó, ¿qué se adelanta con sacar a los hombres de los

errores que los hacen felices?

--Sí, sí; D.ª Carolina es muy buena--dijo al cabo, sin gran

calor.--Puede que tenga en realidad la culpa el loco de su marido.

--Yo creo que mi suegro nada tiene de loco, D. Miguel--se apresuró a

decir Mario.--Aunque un poco difuso en sus explicaciones, siempre le he

hallado muy razonable. Y además, crea usted que es bastante instruído y

que tiene un corazón excelente.

Volvió a contemplarle Rivera con sorpresa, y repuso sin poder evitar una

sonrisa de lástima:

--Puede, puede ser. Yo le he tratado muy poco, ¿sabes? Desde que ese

idiota de Moreno le ha tomado por su cuenta, temía que se hubiese

extraviado.

Mario sonrió algo contrariado.

--¡Qué duro está usted con Adolfo, D. Miguel!

--¡Alto ahí, amigo! Pase por tu suegro y tu suegra, pero lo que es ése

me lo tienes que dejar entre las uñas. En todos los días de mi vida he

conocido un ser más pedante y grotesco. ¡Es un infame!

--¿Cómo infame?--exclamó asustado.

--Sí, cuando la tontería llega a cierto límite degenera en infamia. Creo

haberlo leído en Santo Tomás.

--Pues Adolfo estudia mucho: se pasa la vida entre libros.

--No importa, es un infame. ¿Tú has estudiado lógica? Bien, pues sabrás

que para que el conocimiento se produzca son necesarios dos términos:

_sujeto_ y _objeto_. Aquí falta sujeto... Pero dejemos eso ahora.

Hablemos de ti. ¿Qué piensas hacer? ¿Cuáles son tus proyectos?

Mario alzó los hombros sonriendo y no despegó los labios. Aquel gesto

volvió a poner serio y meditabundo a Rivera.

--Es necesario ante todo buscarte una ocupación lo más pronto posible.

La carrera de que te he hablado en los ferrocarriles aún tardará en

organizarse... ¿Quieres ayudarme en los trabajos de la secretaría? Hace

falta un empleado inteligente... Aunque el sueldo es pequeño.

--¡Cualquier cosa, D. Miguel!--exclamó Mario, viendo el cielo abierto.

No existía tal plaza vacante en la secretaría, pero Rivera la inventó

proponiéndose pagarle con una parte de su sueldo. Además le obligó a

quedarse en su casa. Nada le estorbaría: al contrario, en la soledad en

que vivía le estaba haciendo falta un amigo con quien comunicar sus

pensamientos. Mario, embargado por la emoción, le apretó la mano

llorando de gratitud.

Poco después escribió una larga carta a su esposa rebosando de ternura.

Al final le decía que al día siguiente iría a verla. Al despertarse por

la mañana recibió la contestación de Carlota.

«No vengas a verme. No quiero que pises esta casa. Espera a que te

indique el sitio y la hora donde podemos vernos. Eres demasiado bueno,

Mario.»

Y otras frases por el estilo que indicaban que la fiel esposa volvía por

la dignidad de su marido con más cuidado que él mismo. En cambio, ella

se humillaba la pobrecilla y siguió padeciendo los desdenes de su madre

y de su hermana sin quejarse.

Mario no pudo resistir la tentación de pasar aquella mañana por delante

de la casa. Los balcones estaban cerrados y no vio a nadie. Pero al

llegar de nuevo a la de Rivera se encontró con una esquela de Carlota.

«A las cinco espérame en la plaza de la Independencia, esquina a la

calle de Alfonso XII.»

Y una hora antes de la convenida ya estaba nuestro joven en espera con

la impaciencia de un galán primerizo. Al verla llegar, al cabo, con su

vestidito gris, soportando gallardamente las dos existencias en que su

ser se partía, una emoción intensa hizo palpitar su corazón. Corrió

hacia ella y se apretaron las manos y se miraron a los ojos con

embeleso. Luego, cogiéndose del brazo, entraron en el Retiro, y pasearon

charlando bajo los árboles. Carlota no se cansaba de preguntarle todos

los pormenores de su existencia en aquellas veinticuatro horas. Mario no

tenía tiempo para darle completas explicaciones. Se quitaban la palabra

de la boca, se perdían en divagaciones insustanciales, gozando el placer

de hallarse juntos, como si no se hubiesen visto en largo tiempo.

Carlota aprendió que su marido tenía ya un sueldo, aunque pequeño, y que

esperaba en plazo no muy lejano obtener la plaza en los ferrocarriles

que le habían prometido.

--Creo que no se pasarán muchos meses sin que vuelva otra vez a casa y

vivamos unidos--dijo dando palmaditas cariñosas en el dorso de la mano a

su esposa.

Ésta se puso repentinamente grave.

--No pienses en eso, Mario. Nosotros no podemos vivir ya con mis padres.

Aunque sea en una buhardilla viviremos si es preciso. ¡En casa, nunca!

--¡Oh, qué orgullosita!--exclamó él pellizcándola.--¿Y por qué, si yo no

me doy por ofendido?

--Porque yo no quiero, y basta--replicó ella con firmeza.

Mario se había acostumbrado a obedecerla y no le iba mal. Así que no

insistió.

La noche se echaba encima y bajaron despacio por la calle de Alcalá. Al

pasar por delante de un _restaurant_, Mario tuvo una inspiración.

--¡Si entrásemos aquí a comer!

Carlota se opuso. No estaban ellos para gastar el dinero tontamente. Y

siguieron caminando hacia casa. Pero Mario se había quedado silencioso y

melancólico. Unos pasos antes de llegar Carlota se volvió hacia él con

semblante risueño.

--¿Qué? ¿Estás triste porque no comemos juntos?

Mario sonrió avergonzado.

--Bien, pues volvámonos. Pero nada más que hoy, ¿sabes?

La alegría entró de nuevo como un torrente en el alma de nuestro joven.

Volvieron sobre sus pasos, entraron en el _restaurant_ y pidieron un

gabinete.

¡Qué hermosas y puras emociones experimentaron en aquella comida! Mario

parecía un colegial escapado. Todo lo hallaba sabrosísimo: hablaba por

los codos; cubría de atenciones y finezas a su esposa. Estaba como loco;

formaba proyectos descabellados; perdonaba a todo el mundo y se deshacía

en elogios de su suegra.

--¿Sabes lo que te digo, Carlota? Que quiero a tu madre como si fuese la

mía, y que me alegraría que viniese un día a comer con nosotros.

Ella, serena, tranquila, sonreía dulcemente contemplando la ruidosa

alegría de su marido con el placer no exento de protección con que se

miran los juegos de los niños. Cuando el camarero salía, Mario se alzaba

repentinamente, corría a su esposa, la besaba frenéticamente y volvía a

sentarse.

--No sé lo que tienes en la cara hoy, cielo mío, que me enajena. Hay en

tu fisonomía una dulce gravedad que me recuerda siempre la expresión de

la Diana cazadora del Louvre.

--¡Ya salió la mitología!

--Sí, ya salió y saldrá siempre, porque veo en tu rostro la misma

expresión dulce, grave, protectora que en las estatuas de las diosas;

porque no hallo en el mundo ninguna mujer que se parezca a ti, y sobre

todo, te comparo a ellas porque no tengo nada más hermoso a que

compararte.

Carlota sonrió y le tendió su mano por encima de la mesa. Mario la besó

con el mismo tierno respeto que Peleo besaría la de Tetis, su inmortal

querida.

Pero acabado de hacerlo, casi en el mismo instante pareció el mozo con

una fuente entre las manos, y Carlota reveló su condición mortal

ruborizándose hasta las orejas. Como la puerta hubiese quedado abierta,

Mario vio cruzar por el pasillo un hombre que por su figura arrogante y

proporcionada, por su alto desprecio de los cuidados terrenales, por la

varonil grandeza con que había matado en su corazón hasta los más

pequeños gérmenes de la sensibilidad, por la perfecta seguridad con que

gozaba de la vida debía de recordarle aún mejor que su esposa los seres

que habitaban en la cima del Olimpo. Este hombre privilegiado, semejante

a un dios, no podía ser otro que don Laureano Romadonga. Iba acompañado

de una joven con mantón y pañuelo a la cabeza.

--¿Has visto?

--Sí.

--¿Esa joven es la del café?

--Me parece que sí. ¡No obstante, como ese hombre trae tantos líos!...

El mismo D. Laureano, entrando repentinamente en el gabinete, vino a

sacarlos de dudas.

--¿Conque tenemos juerga conyugal, eh? ¡Bien por los esposos!... También

yo vengo a gozar honestamente como un burgués tranquilo... Mi Conchita

cumple hoy diez y ocho años, ¿sabéis? y me dijo: «Convídame a comer en

la fonda» (para Concha, comer fuera de casa es comer en la fonda). Yo le

contesté: «Sí, hija de mi alma, te llevaré a la fonda y beberás

champagne.» El champagne es para Concha algo elevado, de un orden

sobrenatural, inaccesible a todo el mundo excepto al patriarca de las

Indias, a los ministros y al capitán general.

--¿Dónde la ha dejado usted?

--Ahí, en un gabinete. Carlota, no me mire usted con severidad. Yo no

tengo más que un defecto. Soy aficionado a pasarlo bien en este pícaro

mundo. ¿Y quién no lo es? ¿Quién, pudiendo divertirse, opta por estar

aburrido?

--¡No, si yo no le recrimino a usted ni con los ojos ni de

palabra!--exclamó la joven sonriendo.--Lo único que me atreveré a

decirle es que valdría más que usted se divirtiera con placeres lícitos.

--No lo crea usted. Yo no he podido gozar jamás los placeres lícitos. Me

aburren. Soy una naturaleza móvil y subversiva. Necesito saber que soy

independiente en todos los momentos de la existencia. La idea de que el

goce que disfruto es un goce impuesto le quita todo su encanto... Pero

perdone usted, Carlota, yo no sé si debo...

--Siga usted, siga usted; no me escandalizo.

--El matrimonio no ha tenido nunca para mí color. Y ya sabe usted que yo

soy excesivamente colorista. Considero esto como una desgracia, pero si

he nacido así, ¿qué culpa tengo? ¿Por qué disfrutar de una sola obra

hermosa de Dios, me he dicho, cuando en el mundo existen tantas y tan

preciosas? ¿Hay nada más agradable que repetir la luna de miel, ese

feliz estado en que ustedes se encuentran ahora, una y otra vez? Crea

usted que aquellos versos de Musset

_Parlons de nos amours; la joie et la beauté_

_Sont mes dieux les plus chers, après la liberté._

deben tomarse por divisa. Mientras el corazón tenga fuerzas, echarle

combustible para que palpite con las dulces emociones de la pasión.

Quiero cantar endechas como el ruiseñor mientras me quede un soplo de

vida.

El rostro varonil, expresivo, de Romadonga se contraía con sonrisa

mefistofélica al pronunciar estas palabras. Se había sentado; puso los

codos sobre la mesa con su habitual libertad y enviaba columnas de humo

al aire, revelando un estado de beatitud envidiable. Mario reía; pero en

el fondo de su alma estaba inquieto y molesto, como siempre que don

Laureano hablaba delante de su esposa.

--No está mal que usted ame lo que quiera--dijo ésta.--Lo malo que hay

es que ese amor de usted cuesta muchas lágrimas a algunas criaturas

inocentes.

--¡Es la ley de la vida!--repuso el seductor alzando los hombros con

resignación y sacudiendo la ceniza del cigarro con su dedo meñique

cubierto de sortijas.--Balzac ha dicho muy bien que en el amor hay

siempre un dios y un esclavo... Después de todo--añadió al cabo de una

pausa,--el destino de la mujer es ése, amar y llorar. El amor en las

mujeres engendra fatalmente el llanto, y esto consiste en que es más

vivo y más tierno que en nosotros. No hay, pues, que compadecerlas a

ustedes tanto, porque si la pena es mayor, mayor ha sido también el

goce... Pongamos el caso de esa muchacha que está ahí. Esa chica vivía

en un estado de marasmo casi vegetativo. Comer, dormir, barrer la casa,

lavar la ropa. Si se hubiera casado con un hombre de su misma condición,

ese estado se hubiera prolongado hasta la muerte, corregido y aumentado

por los mil dolores que la vida miserable trae consigo. Llegué yo, y no

por mis méritos, sino por cierta práctica del oficio, he logrado

despertar esa alma, infundir en ella nueva vida, hacer vibrar su corazón

con ciertas emociones y gozar de ciertos placeres que probablemente

hubiera desconocido...

--¡Pobrecilla!--exclamó Carlota.--¿Y no sentirá usted pena y

remordimiento cuando abandone a esa niña y la deje entregada a la

desesperación?

--¿Pena? ¿remordimiento? No sé lo que es, ni quiero saberlo. Sospecho

que será algo triste que me impida divertirme a mi gusto. No es mi

negocio. Creo que la vida no se nos ha dado para sentir pena,

remordimiento, sino amor, alegría. Si se desespera cuando deje de

quererla, suya será la culpa. Yo, cuando entablo relación con una mujer,

no me considero comprometido a amarla siempre, sino mientras pueda. Lo

que hace la desgracia de las mujeres es esa inclinación particular que

sienten hacia la eternidad. Si vivieran convencidas de que en este mundo

todo es temporal y finito, comprenderían que el amor no puede sustraerse

a esa ley y estarían de antemano resignadas a todo lo que pueda

sobrevenirlas. Por mi parte, tengo horror instintivo a la eternidad. La

palabra _siempre_ me crispa los nervios.

--¡Oh, qué malvado!--dijo riendo Carlota.--No puedo creer, por más que

usted lo asegure, que le falte a usted de tal modo el corazón.

--Al contrario, precisamente por tener demasiado corazón es por lo que

cometo esos pecados que usted me echa en cara. Lo tengo tan grande, que

caben en él todas las mujeres hermosas que hay sobre la tierra. Con

todas quisiera poder hacer lo que con esa chica que está ahí.

--Infundirles nueva vida, ¿verdad?--dijo Carlota maliciosamente.

--¡Eso es!--repuso D. Laureano riendo.

En aquel momento apareció en la puerta la arrogante figura de Concha.

--Oye tú, guasón, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que voy a estar hasta

que amanezca sola en esa alcoba?--profirió sin dirigir el más leve

saludo a la compañía, clavando su mirada colérica en Romadonga.

--No, hija, me iba a marchar en seguida--contestó aquél, bastante

confuso y apresurándose a levantarse.

--¡Te ibas, te ibas! Adonde te vas a ir es a lo que tú sabes, hablando

con perdón de estos señores. Pus hombre, ni que fuera una...

Hablaba con el desgarro peculiar a la chula de Madrid, acentuando cada

sílaba de un modo tan insolente que D. Laureano, avergonzado, no pudo

menos de salir por su dignidad.

--¡Niña, niña, cuidado con la lengua! Mira que te puede costar un

disgusto.

--¿A mí? ¡Ja, ja! ¡Qué infeliz eres!

--¡A ti, sí, desvergonzada!--profirió colérico el tenorio avanzando

hacia ella con ademán amenazador.

Concha permaneció absolutamente inmóvil con una calma provocativa capaz

de irritar a un santo.

Sus labios perdieron, no obstante, el hermoso carmín que tenían y sus

grandes ojos negros brillaron con expresión sombría.

--No corras tanto, que puedes tropezar--dijo con sosiego impertinente,

mientras una sonrisa de burla contraía sus labios descoloridos.

--Ahora verás--dijo Romadonga mordiendo los suyos de coraje,

abalanzándose a ella.

--No me toques, que puedes pincharte--manifestó con la misma

tranquilidad, sin mover un dedo siquiera.

--¡Sí te toco! ¡te toco, deslenguada!--gritó aquél, ciego de ira,

sacudiéndola violentamente por un brazo.

Concha cambió repentinamente de actitud. Todo lo que antes fue calma y

sorna se convirtió en feroz exaltación. Luchó valerosamente por

desasirse chillando al mismo tiempo.

--¿A mí me pegas tú, viejo gorrino? ¿A mí? ¿a mí?

No logrando arrancar de sí las tenazas que la oprimían, le echó la mano

a la cara y le clavó en ella las uñas.

La lucha había hecho rodar algunos vasos. Carlota estaba aterrada: se

había refugiado en un rincón, mientras Mario, ayudado por el mozo que

había acudido al ruido, trataba inútilmente de separarlos. Al cabo de

muchos esfuerzos lo consiguieron.

D. Laureano tenía un arañazo en la mejilla, del cual brotaban algunas

gotas de sangre.

--¡Qué loca! ¡qué loca!--decía limpiándose con el pañuelo.--Perdonen

ustedes el mal rato.

Concha, en pie debajo del dintel de la puerta, se arreglaba con mano

nerviosa la ropa y los cabellos.

--Ven aquí--dijo en tono imperioso a su querido.

Pero éste hizo un gesto de desprecio y se volvió hacia el matrimonio

para disculparse.

--¡Vaya unos postres que les he dado!... ¿Quién iba a suponer?...

Carlota, usted es muy buena y me perdonará esta grosería.

--¡Ven aquí!--gritó con más furia la joven.

D. Laureano la miró, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza con

indignación.

--¡Allá voy, escandalosa, allá voy!--respondió entre resignado y

furioso, y volviéndose a los esposos añadió bajando la voz:--Me voy por

evitarles otro disgusto. El peor de los males no es tratar con animales,

sino con locos. Perdonen ustedes. Buenas noches.

Y salió detrás de su querida. En el pasillo se oyó la voz de la chula

que decía dirigiéndose al mozo:

--Chico, traiga usted un poco de agua y vinagre.

Los esposos quedaron solos. Se miraron uno a otro con asombro, y ambos a

la vez soltaron la carcajada.

--Me parece--dijo Mario cuando hubo sosegado la risa--que D. Laureano ha

infundido demasiada vida a esa chica.

El origen del pensamiento · 第 19 / 29 题