XI

Repitiéronse metódicamente aquellos festines conyugales todas las

semanas. Esta singular posición les apenaba y alegraba a un mismo

tiempo. Sentían dolor cuando pensaban en que vivían separados, como si

no estuvieran unidos para siempre por vínculo indisoluble. Pero sus

entrevistas tenían por esto mismo sabor dulcísimo, un encanto especial

que compensaba todos sus dolores. Hasta que una noche sintió Carlota los

precursores del alumbramiento. Se envió recado al médico y a Mario, y

éste corrió desalado a la casa de sus suegros, pisándola otra vez contra

la voluntad de su esposa. Vino al mundo un niño robusto y hermoso.

Según los datos suministrados por algunas vecinas que asistieron o

tuvieron conocimiento inmediato de su presentación, había motivos para

afirmar que poseía además ingenio profundo y ameno a la vez, unido a un

corazón verdaderamente heroico.

Con tal motivo, Mario siguió entrando en la casa, aunque sin comer ni

dormir en ella. Su suegra, viéndole en camino de hacerse independiente,

le acogía con más agrado, pero siempre mostrando reserva, apercibida a

romper toda relación en cuanto tuviese la osadía de quedarse sin qué

comer. D. Pantaleón comenzó a sentir por él una predilección tan

señalada que el muchacho estaba sorprendido. Al fin paró en lo que paran

generalmente estas predilecciones repentinas, en leerle un par de

folletos manuscritos que pensaba dar muy pronto a la imprenta. El uno se

titulaba _Ensayo para una patología administrativa_; el otro era una

_Terapéutica del comercio_. Se estudiaba en ellos lo mismo la

administración pública que el comercio desde un punto de vista

fisiológico, con los modernos métodos de la ciencia positiva,

explicándose admirablemente los reglamentos y los aranceles por la

acción combinada de las fuerzas naturales, como un simple fenómeno de la

vida orgánica, sin necesidad de acudir para nada a la voluntad de los

directores y jefes de sección.

Todavía le dio otra prueba de particular confianza y afecto. Después que

le hubo hecho saborear los interesantes fenómenos patológicos que su

penetrante inteligencia había logrado arrancar a la vida administrativa

y comercial, un día le llamó aparte con misterio y le dijo:

--Te voy a enseñar, Mario, una cosa que te ha de sorprender y admirar.

Abrió el cajón de la cómoda y sacó una cajita de madera, y de ella un

sello de cauchouc. Tomó un papel blanco después y lo selló.

--Mira.

--¿Qué es esto?

--Un sello que pienso aplicar sobre las dos obras que voy a dar a luz y

sobre todas las demás que escriba en adelante.

--¿Pero qué dice aquí? No leo nada.

--No hay palabras; no hay más que una figura. Obsérvala bien.

--Parece una mancha de tinta.

El ingenioso Sánchez sonrió con benevolencia.

--Fíjate bien.

--Pues no puedo descifrarla--repuso después de sacarse los ojos y dar

vueltas al papel cerca de la ventana.

--Es un zoófito.

--¿Cómo?

--La figura de un zoófito.

Y como viese el asombro pintado en el rostro de su hijo político, añadió

con sonrisa triunfal:

--Lo he escogido como blasón por ser un símbolo. El zoófito es el primer

peldaño de la escala animal. De él procede todo el género humano. Por lo

tanto, así como los nobles ponen en sus escudos las hazañas de sus

abuelos, yo, como hombre de ciencia, pongo en el mío con orgullo el

primero de mis antepasados. ¿Qué te parece? ¿No es una idea feliz?

Mario le contempló con la misma estupefacción, pero sin revelar que se

hallase poco ni mucho admirado. Y es porque su espíritu aún no se

hallaba maduro para las grandes concepciones científicas.

Luego su suegro le llevó a la buhardilla, donde él había modelado en

otro tiempo, y le mostró un verdadero laboratorio. Frascos, retortas,

cristales, cacharros grandes y pequeños, se hallaban esparcidos por el

suelo y sobre una gran mesa de cocina. Allí era donde don Pantaleón y su

amigo Moreno se encerraban para impulsar el progreso de la humanidad.

--De esta pequeña buhardilla saldrá al fin algo que el mundo acogerá con

asombro y aplauso--dijo con profética iluminación poniendo una mano

sobre el hombro a su yerno.

Éste volvió a mirarle estupefacto.

--¿Tiene usted algún proyecto?

El ingenioso Sánchez no contestó. Quedó largo rato pensativo, y por sus

grandes ojos tristes, meditabundos, pasó algo grandioso.

--Sí, tengo un proyecto--dijo al cabo con voz solemne, llevándose una

mano a la frente.--Es un proyecto grande, asombroso. Nadie tiene de él

conocimiento, ni el mismo Moreno. No saldrá una palabra de mis labios

mientras no lo haya realizado.

Mario no quiso preguntarle más, respetando su silencio, y cambió de

conversación.

D. Pantaleón le manifestó que le molestaba mucho no tener fogón en el

laboratorio. Todos los ingredientes que necesitaba poner al fuego los

llevaba abajo. Pero esto turbaba la cocina y además era expuesto. Su

esposa se enfadaba y amenazaba con tirar las retortas al patio. La única

que le ayudaba algo era Presentación.

--Pero esto es por interés--dijo tristemente,--porque me necesita para

llevarla a paseo. En cuanto se case me abandonará.

En efecto, el amor había hecho presa al fin en el corazón de la hija

menor del naturalista. Los ojos místicos, el cutis nacarado y la

inocencia de querubín de Godofredo Llot lograron lo que no pudieron el

ingenio ático y los modales desenvueltos de los chicos del comercio que

la festejaban a porfía en el café del Siglo. Estos jóvenes, por lo

general, eran hombres de mundo. El trato frecuente con las damas de la

aristocracia que entraban por la mañana a escoger enaguas o medias les

había hecho adquirir formas elegantes y distinguidas. Todos sabían

decir: «¡Ah! no señora, a nosotros nos cuesta más» de modo tan correcto

y con sonrisa tan persuasiva que no era posible resistirles. Al mismo

tiempo, las aventuras galantes que los domingos solían correr les

infundían la audacia y habilidad indispensables para apoderarse de los

corazones femeninos. En este punto llevaban inmensa ventaja al piadoso

Godofredo, que era todo candor, y que al acercarse a cualquier mujer se

arrebolaba como una nube herida por el sol.

Pero las dotes de Godofredo eran interiores y por lo mismo más sólidas.

No sólo poseía alma pura y virginal y un cuerpo inmaculado, sino que su

inteligencia, acalorada por el entusiasmo místico, producía hermosas

obras, frescas y brillantes como las rosas de Mayo. Sus artículos,

leyendas y poesías en _El Pensamiento Católico_ y en otras publicaciones

religiosas eran cada día más gustadas por el público sano de la España

tradicional. Lo que caracterizaba estos trabajos literarios y les

prestaba aroma penetrante y embriagador eran la devoción de la Virgen y

el entusiasmo por la Edad Media; los dos amores de Godofredo Llot. A la

Virgen la requebraba en sus odas con un ardoroso flujo de epítetos que

no se agotaba jamás. La Edad Media era el tema constante de sus

ditirambos. Las catedrales góticas. ¡Ah, las catedrales góticas!

Godofredo no se hartaba jamás de describir la luz «filtrándose por los

cristales de colores, la voz del órgano resonando en sus altas bóvedas,

las oraciones de los fieles elevándose entre nubes de incienso, la

flecha calada de la torre señalando como un dedo al cielo.»

Por esta razón todas las damas caían en éxtasis cuando se hablaba de él.

Presentación, cansada de hacer víctimas en el comercio, sintió el

encanto de aquel estilo florido, y le amó. D.ª Carolina se inflamó casi

al mismo tiempo de amor maternal hacia él. Las relaciones de Godofredo

siguieron las mismas etapas que las de Mario. Fue presentado en el

café. ¡Qué rubor tiñó sus mejillas nacaradas! Después, en actitud

humilde, rogó a D.ª Carolina que le permitiese, no acompañarlas en el

paseo, sino tan sólo seguirlas de cerca respetuosamente. Y por muchos

días se vio a aquel rubicundo joven por los paseos a tres o cuatro pasos

de distancia de dos señoras, sin osar acercarse a ellas. Por último,

entró en la casa y comenzó a hablarse de matrimonio.

En este tiempo Godofredo se hallaba terminando una historia de Santa

Isabel de Hungría, que se preparaba a dar a la imprenta. Y como quisiese

poner al frente del libro el retrato de la Santa, pidió a Presentación

el suyo para hacerlo grabar. Este rasgo ingenioso y delicado causó

impresión profunda, tanto en su novia como en D.ª Carolina. La buena

señora empezó a ser para él lo que había sido para Mario, una verdadera

madre. Convinieron en que Godofredo la llamase mamá, pero no en

presencia de D. Pantaleón, ¡cuidado! y le tuteó y le permitió besarla, y

le reprendía, y le gobernaba. En fin, se repitió punto por punto lo que

había pasado con Mario. Y si tuviera veinte hijas, veinte veces se

repetirían aquellas escenas conmovedoras; porque D.ª Carolina tenía un

corazón muy grande y muy maternal.

Cualquiera podría imaginar que Timoteo el violinista del Siglo, en vista

del curso torcido de los sucesos, había desistido de su desgraciada

pasión por la hija menor de los señores de Sánchez. ¡Ah! Los que tal

imaginasen no saben lo que es el amor cuando prende en el corazón de un

artista. Timoteo se complace siempre en alimentar este amor con

incesantes y secretas meditaciones y gusta de exhalar sus quejas

lánguidamente por medio del violín. Presentación lo sabe. Sabe que todos

los nocturnos melancólicos, lo mismo que las arias trágicas

desgarradoras, a ella van dirigidos. Percibe el dejo amargo del

_andante_, la fuga impetuosa del _allegro_ y hasta la ficticia, nerviosa

alegría del _scherzo_. Y no se enternece. Al contrario, en cuanto

observa que el violín arrastra las notas de cierto modo particular

extraordinariamente lánguido, se pone inquieta, nerviosa, no sabe lo que

dice, se muerde los labios y sacude la cabeza con desesperación. Es

posible que la niña menor de D. Pantaleón suponga que un violín no tiene

derecho a expresarse de modo tan ardoroso, o bien considere como un

insulto personal aquel juego inusitado de las corcheas.

Todavía si se circunscribiese al lenguaje musical la pasión de Timoteo,

podría hallar tolerancia, si no en Presentación, cuyo entendimiento

estaba lleno de prejuicios desfavorables para el artista, al menos para

las personas sensatas e imparciales. El lenguaje de la música es vago;

las ofensas que puede inferir débiles; se expresan generalmente por un

_trémolo_ donde hay más resignación que soberbia. Pero en cuanto

terminaba con el violín nuestro joven se venía hacia la mesa donde la

familia Sánchez tomaba café y les rociaba de saliva a poco que se

descuidasen. Esto, en verdad, no lo sufriría ninguna persona, por

sensata que fuese.

--Buenas noches, D.ª Carolina. Buenas noches, D. Pantaleón. Buenas

noches, Presentacioncita.

Era horrible. Presentación le deseaba de todas veras la muerte.

La actitud de Timoteo respecto a Godofredo, su aborrecido rival, estaba

llena de calma y desdén. La mayor parte de las veces cuando se acercaba

a la mesa no le daba las buenas noches ni le dirigía siquiera una

mirada. Pero en ocasiones, atacado de cierto espíritu sarcástico y

jocoso, pretendía burlarse repitiendo del modo más desdichado las bromas

de Moreno.

--Hola, Sr. Llot, ¿cuántas misas ha oído usted hoy? ¿Ha estado usted en

las Góngoras esta tarde?

Godofredo no se daba por ofendido; sonreía dulcemente, acostumbrado a

aquellos martirios que a causa de su piedad le infligían los amigos.

Pero su novia se crispaba, se ponía pálida de ira y solía responder por

él:

--¡Caramba, que tiene usted gracia, Timoteo! Es usted espontáneo como

pocos.

D.ª Carolina no se ofendía menos con la insistencia irracional que el

violinista mostraba en enamorar a su hija. Podía perdonarle que su boca

fuese una regadera cuando hablaba, y la medida anormal de esta boca, y

otros defectos corporales; pero, francamente, que pretendiese estorbar

el matrimonio de su niña, que un rasca-tripas como él tratase de

competir con aquel claro fanal de todas las virtudes, con aquel lirio

fragante que la Providencia iba a darle por yerno, para esto no había

perdón ni en la tierra ni en el cielo. Se enfurecía cuando le veía

acercarse a la mesa, le daba toda clase de desaires, le demostraba de

mil maneras que estaba ejecutando una acción infame. Nada, Timoteo no

cejaba. «Buenas noches, D.ª Carolina.--Buenas noches, D.

Pantaleón.--Buenas noches, Presentacioncita.» La irritada señora llegó a

pretender que Mario le hablase para hacerle desistir de su locura, y si

fuera necesario le amenazase. Pero aquél se negó a este paso ridículo.

Afortunadamente el matrimonio de su niña avanzaba rápidamente hacia su

consumación, y muy pronto quedarían libres de tan enfadosa mosca.

Godofredo había insinuado ya varias veces su casto deseo. D.ª Carolina

le presentó al instante las consabidas dificultades. Era necesario

arrancar el consentimiento de Sánchez, un hombre severo, intratable;

ella intercedería; haría cuanto estuviese en su mano, etc., etc. Con

esto el deseo de Godofredo se encendió más y más, y no paró hasta que lo

puso en vía de ejecución. Pero, como joven virtuoso y timorato, quiso

dar a este asunto la solemnidad debida, haciendo intervenir en él un

representante de la religión.

Godofredo tenía numerosos amigos en el clero de Madrid, alto y bajo. Era

el niño mimado de las sacristías. Pero con quien mantenía amistad más

estrecha era con cierto presbítero pálido, delgado, huesudo y miope

llamado don Jeremías Laguardia. Este D. Jeremías desempeñaba un cargo en

el Tribunal de la Rota, tenía el título de predicador de S. M. y el de

prelado doméstico de S. S. Era activo, intrigante, de genio vivo y trato

campechano. Godofredo y él se hicieron en poco tiempo íntimos amigos.

Laguardia tenía tendencias a la dominación; le gustaba servir a los

amigos, pero dominándolos. Godofredo, por su temperamento suave y dócil,

se acomodaba admirablemente a estas tendencias. Todas las tardes, sin

dejar una, venía D. Jeremías a buscar a Godofredo para salir de paseo, y

todas las mañanas, sin dejar una tampoco, iba Godofredo a oír la misa

que D. Jeremías decía en San Ginés. Recientemente el prelado doméstico

había hecho un viaje a Roma, y trajo para su amigo nada menos que un

título de _hijo predilecto de la Iglesia_. Godofredo estaba loco de

alegría. Decía que no cambiaría aquella distinción por la cartera de

ministro. D.ª Carolina lloró de gozo y le abrazó con efusión al saber la

noticia. Presentación se ruborizó de placer.

Pues este presbítero, tan servicial como voluntarioso, fue el encargado

de conducir las negociaciones para el matrimonio. Godofredo le confió

sus poderes o se los tomó él; no es fácil averiguarlo. De todos modos,

cierta mañana llegó a casa del ingenioso Sánchez y tuvo una larga y

secreta conferencia con los señores. Lo que pasó en esta entrevista no

se supo, pero sí pudo observar quien le siguiera los pasos que Laguardia

se quitó las gafas para limpiarlas tres o cuatro veces antes de llegar a

casa; signo evidente de preocupación: las habituales contracciones

nerviosas de su rostro se multiplicaron hasta llamar la atención de los

transeúntes.

No se alteró el curso de los sucesos en apariencia. Godofredo siguió

acudiendo a casa de su novia. El matrimonio parecía definitivamente

concertado. No obstante, cuando menos podía esperarse, Presentación

recibió una larga epístola de su futuro en que a vueltas de mil frases

dulces, untuosas, impregnadas de resignación cristiana, le manifestaba

que por el momento le era imposible pensar en casarse. ¡Rudo golpe para

él, que se juzgaba próximo a realizar el sueño de su vida! El deber, un

deber penosísimo, le obligaba a desatar el lazo que con tal anhelo

aspiraba a hacer indisoluble. Sólo la Religión (con r grande), la fe y

la tranquilidad de la conciencia podrían esparcir un bálsamo sobre

aquella herida incurable. Godofredo guardaba silencio sobre la

naturaleza del deber que le obligaba a faltar a su palabra.

La carta cayó como una bomba sobre la familia Sánchez. D. Pantaleón,

aunque sintió el disgusto de su hija, sólo vio en la determinación de

Llot un fenómeno fisiológico, pero se guardó bien de explicarlo. En el

estado de exaltación en que se hallaban los ánimos pudiera levantar un

conflicto. D.ª Carolina era la única que sabía a qué atenerse. El

presbítero, en su conferencia, había insinuado la palabra dote. La buena

señora manifestó que no eran ricos y que sus hijas no podían llevarla al

matrimonio. Con esto el presbítero protestó de su intención al

pronunciar aquella palabra, declarando que nada había más indiferente a

insignificante en el matrimonio que el dinero. «Una niña virtuosa,

inocente, piadosa, como su hija, era un tesoro inapreciable. Los

intereses cosa deleznable que un joven virtuoso también y de talento,

como su amigo, despreciaba absolutamente.» Sin embargo, D.ª Carolina

tenía la certeza que ésta era la clave de la incomprensible epístola.

Presentación lloró, pateó, escribió una carta llena de insultos al

traidor, y durante varios días fue el tormento y la compasión de sus

padres. Mario tomó parte también muy viva en su pesar. Con él desahogó

su pecho la dolorida niña, comunicándole las sospechas que agitaban su

alma.

--Créeme, Mario, Godofredo está muy engreído. Tanto le adulan por lo

bien que escribe, tantos piropos le echan las condesas y las duquesas

con quienes trata, que ha llegado a despreciarnos. Sobre todo, desde que

le han hecho hijo predilecto de la Iglesia, te aseguro que se había

puesto irresistible. Me hablaba con un tono de superioridad y hasta de

compasión que me hería; estaba distraído, me contradecía en todo lo que

hablaba y se manifestaba tan frío que me dejaba casi todos los días

llorando. Ya ves... Mario--añadió limpiándose las lágrimas que le

brotaban a los ojos,--el que sea hijo predilecto de la Iglesia no me

parece motivo para que desprecie a una mujer que tanto le quería.

--¡Claro que no!

Tan mal le pareció la conducta de su amigo que resolvió pedirle

explicaciones acerca de ella. Presentación se oponía.

--No es por ti solamente--le respondió Mario.--Es que lo que contigo ha

hecho resulta en ofensa mía, y quiero saber si puedo seguir siendo su

amigo.

Trató de verle en el café; pero Godofredo no asistía allí desde el

rompimiento de sus relaciones, por no tropezar con la familia Sánchez.

Entonces se decidió a ir a su casa. Llot vivía en una de huéspedes,

modesta y patriarcal, de la calle de Jesús del Valle. El paraje

tranquilo, los tiestos de flores que observó en los balcones, la

escalera limpia y blanqueada y la sencilla amabilidad de la portera

produjeron excelente impresión en nuestro escultor. La casa tenía

marcado sabor conventual; había allí algo puro, inmaculado, que

correspondía admirablemente con la inocencia y las costumbres devotas de

su amigo. Es imposible, pensó al tirar del cordón de la campanilla, que

ese muchacho haya ejecutado una acción tan fea si no es por algún motivo

invencible. Salió a abrirle una vieja, y luego acudió otra, y luego

otra, todas muy limpias, muy charlatanas, muy risueñas. La primera se

informó de lo que traía por allí. Al saberlo, cayó en un espasmo de

alegría tal que nuestro joven no pudo menos de sonreír.

--Viene a ver a D. Godofredo--dijo comunicándole la feliz noticia a la

segunda.

Ésta la recibió con el mismo gozo y se apresuró a ponerla en

conocimiento de la tercera, que se sintió no menos satisfecha. Las tres

se le quedaron mirando en silencio, dulces y placenteras, como si

estuviesen contemplando una persona querida que no hubiesen visto en

mucho tiempo.

--Pero en fin, ¿está en casa?--preguntó al cabo, un poco molesto de

aquella risa inmotivada.

--¡Pues no ha de estar, señor! ¡A estas horas no ha de estar!--exclamó

la primera en el colmo de la sorpresa.

--D. Godofredo no sale nunca después de almorzar--dijo otra.

--Espera a D. Jeremías para tomar café. No hace más que un momento que

ha llegado--manifestó la última.

--¡Ah! ¿Tiene visita? Entonces me vuelvo--replicó Mario retrocediendo.

Pero ya una de las viejas había cerrado la puerta.

--¡Cómo! ¡No faltaba más! Pase usted, caballero, pase usted. D. Jeremías

no es visita. Siga, siga, señor; siga adelante.

Y las tres le empujaban por el pasillo hablando a un tiempo, asustadas

sin duda de que por motivo tan baladí quisiera destruir su felicidad.

El pasillo resplandecía de blancura. Aquí y allá había colgadas algunas

estampas piadosas. Mario creía percibir el olor del incienso. Al llegar

a cierta puertecita adornada con una cortina de cuero, como sólo se ve

en las iglesias, una de las viejas llamó con los nudillos.

--¿Se puede?

--Adelante--respondió de adentro una voz que no era la de Godofredo.

La vieja levantó el pestillo y empujó la puerta. La estancia que

apareció a los ojos de Mario semejaba talmente una capilla. Había allí

tanta estampa con marco dorado, tanto fanalito, tantas palmas y flores

contrahechas, que sorprendía no oír el sonido del órgano y el rezo de

los fieles. Las cortinas de damasco con una franja de galón dorado. Los

muebles viejos y lustrosos por el uso. Había una cómoda con un San

Antonio de madera encima y dos candeleros de plata a los lados, que

parecía exactamente un altar. Para que la semejanza fuese más completa,

había también su pila de agua bendita.

En aquel tabernáculo no podía alojar un hombre como los demás, sino un

alma pura y virginal, una blanca paloma, un cordero místico, un San Luis

Gonzaga o una Santa Catalina de Sena. Mario notó, al poner el pie

dentro, el perfume de placidez y candor que exhalaba y sintiose poseído

de respeto. Sin embargo, en el fondo de la estancia no había ningún

ángel en oración o virgen en éxtasis, sino dos hombres tomando café al

pie de un velador y saboreando copitas de ron. D. Jeremías Laguardia,

muellemente recostado en una mecedora, chupaba un tabaco habano de

tamaño disforme. Se había quitado los manteos, quedándose en sotana,

libre y desembarazado como si estuviera en su casa. Godofredo se

levantó apresuradamente al ver a Mario y sus cándidas mejillas se

tiñeron de vivo carmín.

--¿Tú por aquí? ¡Cuánto me alegro!

Y le abrazó cariñosamente y le obligó a sentarse, poniéndole una copa

delante.

D. Jeremías no se levantó. Su cortesía se satisfizo con incorporarse

levemente y enviar al advenedizo, a guisa de saludo, una mueca que

quería parecer sonrisa. Mario se sintió cohibido. Aquel cura no le era

simpático.

Godofredo, repuesto de la sorpresa, se mostró amabilísimo con su amigo,

le colmó de atenciones, hablando sin cesar. De tal modo, que parecía

evitar cuidadosamente por medio de una conversación varia e interesante

que Mario tuviese ocasión para decirle a qué había venido. Pero éste se

mostraba a cada instante más taciturno. Bruscamente le dijo:

--Godofredo, necesitaba hablarte algunos instantes a solas. Tú me dirás

a qué hora puede ser.

--¿A solas?--preguntó el terso joven, ruborizándose de nuevo.--¿Por qué

a solas?

--Pueden ustedes hacerlo ahora mismo, porque yo me voy--dijo el

presbítero levantándose.

Pero Godofredo le tiró de la sotana y le obligó a sentarse de nuevo.

--De ninguna manera, padre. ¡No faltaba más! Todo lo que Mario ha de

decirme puede usted escucharlo muy bien. ¿Verdad, querido?--añadió

dirigiéndose a su amigo con amable sonrisa.

Mario quedó confuso.

--Sin embargo, podemos dejarlo para otro día... Yo quisiera que nuestra

conversación fuese sin testigos.

--¡Si el padre Laguardia es mi director espiritual!--exclamó el piadoso

joven volviendo hacia éste su rostro iluminado por una sonrisa de

afección filial y sumisión.--Cuanto puedas decirme no importa que sea

escuchado por él. Si no tiene importancia, porque es indiferente que lo

sepa. Si atañe a mi conciencia, porque estoy obligado a comunicárselo en

el tribunal de la penitencia.

La fisonomía nerviosa del presbítero ejecutó algunas fuertes

contracciones. Para mostrarse enteramente neutral dio un largo chupetón

al cigarro, envió la bocanada de humo al aire y se quedó mirando al

techo.

La sorda irritación que Mario abrigaba contra su amiguito creció. Pensó

que no quería quedarse a solas con él por miedo a las recriminaciones. Y

resolviéndose de pronto dijo con cierta aspereza:

--Pues bien, el objeto de mi visita ya debes suponerlo.

Godofredo le miró con ojos de asombro, tan dulces y candorosos que su

irritación se calmó un poco.

--No quiero que supongas--añadió evitando su mirada--que nadie me envía

a ti. Lo mismo mi cuñada que sus padres tienen bastante dignidad para no

acordarse más del santo de tu nombre. Pero has sido mi amigo hasta

ahora, me has dado parte de tu matrimonio con mi hermana política, y al

romperlo tan bruscamente creo tener derecho a pedirte una explicación.

Deseo saber si desde que este señor ha ido a casa de mis suegros a

pedirles la mano de Presentación tienes algún agravio de ellos o de

ella.

Godofredo se puso rojo de nuevo y luego pálido. Al cabo balbució con

trabajo:

--Yo creo que mi carta...

--Tu carta es un verdadero cien pies. Después de haberla leído con

cuidado dos veces, nada he sacado en limpio. Hay en ella una vaguedad

que parece premeditada y hasta ofensiva. Reconozco tu derecho a romper

un lazo que la ley no había consagrado todavía, pero debes de comprender

que sobre la ley está la decencia, y que entre personas decentes la

palabra algo vale. El que la rompe sin motivo podrá no tener pena, pero

desde luego queda castigado en la conciencia de las personas honradas.

--¡Mario, por Dios! Me estás tratando con mucha dureza--respondió

atribulado el joven, haciendo pucheros para llorar.

--Va usted a dispensarme que intervenga en este asunto--manifestó

entonces el presbítero con voz que parecía el chirrido de una bisagra

enmohecida, incorporándose un poco y llevándose nerviosamente la mano a

las gafas para sujetarlas.--Las relaciones que mi amigo Llot sostenía

con su señora cuñada han terminado no porque mediase agravio alguno,

sino por un deber de conciencia.

--¡Ah, no sabía que Godofredo tuviese un compromiso de honor! De todos

modos, debiera declararlo antes del paso que ha dado, o usted en su

nombre.

--No es eso, querido, no es eso--repuso el cura con sonrisa de lástima,

recostándose de nuevo y chupando el cigarro.--No se trata de un

compromiso como el que usted supone maliciosamente. Mi amigo Llot es un

joven de costumbres intachables. ¡Ojalá hubiese muchos como él! Lo que

hay es que por las cualidades que Dios le ha concedido se le ofrece un

porvenir brillante, y que este porvenir brillante puede ser cortado por

un matrimonio hecho a tontas y a locas, esto es, sin ciertas condiciones

que yo juzgo de absoluta necesidad en este caso.

Mario se sintió molestado por estas palabras y replicó con viveza:

--¿Pero qué tiene que ver con esto el deber de conciencia de que usted

hablaba?

--¡Ahí verá usted!--replicó el presbítero con la misma sonrisa de

lástima. Y añadió después de una pausa que se prolongó hasta rayar en la

insolencia:--Los hombres a quienes la Providencia tiene reservados

ciertos destinos, Sr. Costa, no se pertenecen.

Mario quedó sorprendido.

--¡Ah! ¿De modo que porque Godofredo tiene un porvenir brillante está

exento de cumplir sus palabras?

--¡Eso es!--replicó el padre Laguardia, sonriendo de igual modo

insolente.

Levantó un poco los pies para mecerse y chupó el cigarro con

voluptuosidad.

Aunque nuestro joven no tuviese un temperamento irritable, antes al

contrario había dado siempre pruebas de paciencia, los modales groseros,

despreciativos, del presbítero estaban a punto de hacérsela perder.

--El porvenir de Llot--se dignó al cabo decir--es de un género

particular. En la actualidad, como usted debe de saber, no es fácil

hallar hombres que desde el comienzo de la vida manifiesten

sentimientos piadosos, se unan con el corazón y la inteligencia a la

doctrina de nuestra madre la Iglesia. La juventud está corrompida hasta

los huesos. No hay muñeco que no haga gala en el día de pisotear los

preceptos religiosos. Así, cuando aparece un joven como Llot, que a un

corazón puro y a una piedad ardiente une el talento, la ilustración, la

elocuencia...

--¡Padre, por Dios!--exclamó Godofredo angustiosamente.

--Cuando al talento, la ilustración y la elocuencia--siguió Laguardia

sin mirar hacia él y dirigiéndose siempre a Mario--une además la

modestia, entonces cualquiera puede decir: «Ese muchacho está llamado

por Dios para algo grande, para ser un baluarte de la fe y combatir los

perniciosos errores que andan esparcidos por el mundo.» Los que tenemos

la dicha de mantenernos firmes en medio de la tempestad, los que

flotamos por la gracia de Dios en este mar de la incredulidad, tenemos

el deber de ayudarle. Ahora bien, un matrimonio realizado con ciertos

requisitos que no necesito explicarle puede matar en flor las esperanzas

que sobre él tenemos fundadas.

--Usted me permitirá. Yo pienso que un hombre debe portarse bien en

todos los momentos de su vida, cualesquiera que sean las esperanzas que

sobre él funden sus amigos.

--Hay que distinguir, amigo; hay que distinguir--dijo el presbítero

volviendo a su actitud grosera.--Los hombres no somos iguales. Hay

deberes generales a todos y los hay particulares a cada uno según sus

circunstancias. Si Llot fuese un cualquiera, un empleadillo de mala

muerte, eso que usted dice estaría perfectamente. Siendo un hombre

excepcional no puede sacrificar deberes altísimos a otros más pequeños,

teniendo en cuenta que en sus relaciones amorosas nada hubo que pueda

perjudicar en lo más mínimo la honra de su señora cuñada.

Mario se sintió herido y confuso. Pensó, y acaso no le faltaba razón,

que lo del empleadillo de mala muerte iba con él. La sonrisa

despreciativa del presbítero le enrojecía la cara como una bofetada.

--Dígale usted ahora, padre--profirió Godofredo,--que yo, en este

asunto, no he hecho más que acatar los consejos de mi confesor.

--Los consejos no; los mandatos--chilló Laguardia.--Yo, como su director

espiritual, le he ordenado renunciar a ese matrimonio. Sé que se ha

hecho violencia para ello. ¡Tanto más meritorio!

Al pobre Mario, poco diestro y menos aficionado a las polémicas, no se

le ocurrió nada para combatir las teorías del presbítero. Las dio por

buenas guardando silencio. Sintió malestar indecible y pesar de haber

venido.

Godofredo se apresuró a cambiar de conversación. Se habló de los amigos

del café; le hizo mil preguntas acerca de él mismo, enterándose con vivo

interés de su niño. Estuvo obsequioso y amable como él solo sabía

estarlo. Era la dulzura personificada. En cambio Laguardia, que por lo

visto había medido el alcance de Mario en los negocios de la vida, no

hizo ya de él caso alguno. Habló, chilló, rió, manoteó, dirigiéndose a

su amigo como si estuvieran solos. Imposible mostrar una indiferencia

más despreciativa.

Cada vez más triste y confuso, Mario se levantó al fin y se despidió

fríamente. Godofredo le acompañó hasta la puerta de la escalera.

--Puedes creerme, Mario; me ha costado muchas lágrimas el obedecerle. Si

no fuese por el cumplimiento de mi deber, jamás hubiera renunciado a la

dicha de contraer matrimonio con tu cuñada. Te ruego se lo hagas

presente, y que nunca la olvidaré en mis oraciones--le dijo al darle la

mano, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

¡Pero qué facilidad tenía aquella criatura para liquidar sus penas!

Mario marchó, con la cabeza baja y el alma llena de repugnancia, hacia

casa de sus suegros. Y en el camino fue cuando se le ocurrieron mil

argumentos para desbaratar el sofisma del cura Laguardia. Siempre le

pasaba lo mismo. No era pronto más que para ver y sentir: su

inteligencia perezosa necesitaba tomarse tiempo para formar

razonamientos. Llevaba el propósito de aconsejar a su cuñada que

olvidase enteramente a Godofredo. Éste, en su concepto, era un chico de

corazón excelente, dulce y sensible como pocos, pero tan débil de

carácter que cualquiera le dominaba. Esto, unido a su devoción

exagerada, le haría vivir en poder del padre Laguardia.

Cuando llamó a la puerta de su suegro percibió algo que le inquietó.

Tardaban en abrirle: creyó oír un gemido doloroso y llamó de nuevo con

sobresalto. La criada tenía la fisonomía descompuesta y le miró con ojos

extraviados.

--¿Qué pasa?--exclamó anhelante.

Pero en aquel instante su suegra salió de uno de los cuartos y se abrazó

a él sollozando.

--¡Ay, Mario del alma, no sabes lo que acaba de suceder!

El joven se puso horriblemente pálido y profirió con voz ronca:

--¡Carlota!...

Su mujer apareció por el extremo del pasillo pálida y grave y avanzó

lentamente.

--¡Carlota! ¿el niño?...--volvió a gritar acongojadamente.

Carlota hizo un signo negativo con la cabeza. En aquel momento, un grito

desgarrador hirió sus oídos. Era la voz de Presentación.

D.ª Carolina quiso contarle lo que pasaba, pero los sollozos le impedían

hablar: no articulaba más que frases incoherentes, de dolor unas y de

indignación otras. Su mujer entonces le cogió por la muñeca, le arrastró

hacia la sala y le puso al cabo de lo que ocurría. D. Pantaleón había

dado como otras veces una retorta a Presentación para que la pusiera al

fuego. La niña cumplió el encargo, pero al llevársela de nuevo a su

padre, cuando éste se la pidió, el líquido se había inflamado y le quemó

la cara espantosamente. Se llamó al médico corriendo y la estaba curando

en aquel momento.

Mario experimentó vivo dolor. Aunque la desgracia no hubiera recaído en

los dos seres que más amaba en el mundo, era tan afectuoso y tenía tal

predilección por su cuñada, que el disgusto no fue mucho menor. Trémulo,

acongojado, acudió al cuarto de la enferma. La desdichada Presentación

exhalaba gemidos lastimeros mientras el médico reconocía las heridas

minuciosamente. Eran tan fieras, que Mario al verlas volvió la cabeza

con espanto. Sin embargo, pudo vencerse y dijo esforzándose en dar a su

voz una inflexión natural:

--No te asustes, mujer, que eso no vale nada. Tu madre y tu hermana me

habían asustado. ¿Verdad, doctor, que eso no es nada?

--¡Mario! ¿Eres tú, Mario?--gritó la niña.--¡No te veo, Mario!... ¡No te

veo!... ¡no te veo!

Y su grito era cada vez más alto y desgarrador.

--Ya me verás... No te asustes--repuso el joven, a cuyos ojos acudieron

las lágrimas.

Al mismo tiempo hizo un signo interrogativo al médico. Éste respondió

sacudiendo la cabeza con expresión de duda.

Un ayudante preparaba hilas. La criada iba y venía atortolada. D.ª

Carolina sollozaba en un rincón. Sólo Carlota tenía ánimo para sostener

a su hermana y mirar sin pestañear las horribles quemaduras. Su honda

emoción no se leía más que en la blancura de cera de su tez.

La desdichada Presentación no cesaba de exhalar quejas a las cuales

añadía frases desesperadas que desgarraban el alma.

--¡Dios mío, qué pronto se ha concluido el mundo para mí!... ¡Quién

había de pensar hace un instante que no os volvería a ver más! Decidme,

mamá, Carlota, Mario, ¿he sido tan mala que merezca este horrible

castigo?

--Calla, calla, Presentación--decía suavemente su hermana.--Es más el

susto que el daño. Dentro de ocho días no tienes nada.

Cuando terminaba la cura, Mario preguntó a su esposa en voz baja:

--¿Y tu padre, dónde está?

No lo dijo tan bajo que no llegara a los oídos de D.ª Carolina.

--¡En el infierno!--exclamó con acento rabioso.--¡Allí debía estar ese

bárbaro!

Todo el respeto que durante una larga vida había ido acumulando sobre la

cabeza de su marido huyó repentinamente, barrido por la tempestad que

rugía en su alma. ¡Qué recriminaciones! ¡Qué desprecios! ¡Cuánto

denuesto! Carlota y Mario hacían esfuerzos inútiles por calmarla.

Al cabo éste, pensando en la tribulación de su suegro, le buscó por toda

la casa sin hallarlo. Subió a la buhardilla, que le servía de

laboratorio, y antes de llegar escuchó sus pasos, firmes, acompasados,

por la habitación. Miró por el agujero de la cerradura. En efecto, el

célebre fisiólogo se paseaba lentamente, con las manos en los bolsillos,

de un rincón a otro de la estancia, atestada de frascos y retortas,

estampas de anatomía e instrumentos de física. Tenía los bigotes aún más

caídos que de ordinario; los ojos aún más opacos. Éstas eran las únicas

insignificantes alteraciones que se observaban en su continente. Por lo

demás, la misma suave serenidad se esparcía por su rostro reflexivo; la

misma dignidad científica surgía de sus movimientos. Mario empujó la

puerta. D. Pantaleón detuvo el paso y volvió hacia él su mirada vaga.

Avanzó algunos pasos y le estrechó largo tiempo entre sus brazos en

silencio. Al cabo dijo, apartándose, con acento solemne:

--Transformaciones de la materia. ¡Una mártir más de la ciencia!

Mario le contempló lleno de pasmo, como siempre que se acercaba desde

hacía algún tiempo a aquel hombre extraordinario.

El origen del pensamiento · 第 20 / 29 题