D. Pantaleón se atrevió a decir con voz temblorosa:

--¿Sabes lo que es eso?

--¿El qué?

--¿Esa caridad y ese talento que te admiran?

--¿Qué es?

--Cloruro potásico.

--¿Cómo?

--Que no depende más que de una mayor cantidad de cloruro de potasa en

el cerebro.

--Pero, hombre, ¿qué jerigonza es la que estás hablando?

--Para entenderlo es necesario que sepas que todas nuestras ideas y

sentimientos dependen exclusivamente de los alimentos que ingerimos en

el estómago. La albúmina...

--Mira, Pantaleón, déjame en paz, que quiero dormir. ¿Qué te importan a

ti esas cosas? Bien se conoce que estás ocioso. Por ningún motivo nos ha

convenido dejar la tienda.

--Únicamente te quería decir que la albúmina y la fibrina...

--¡Pues yo te digo que no quiero oír sandeces, ea!... Buenas noches.

Y se volvió del otro lado. D. Pantaleón suspiró hondamente y se volvió

también para dormir.

Pero a los pocos días, lleno de celo científico y de buena fe, dijo otra

vez a su esposa:

--Carolina, la otra noche estaba equivocado y te dije una falsedad.

--¿Qué falsedad?--preguntó la buena señora sorprendida.

--El talento de nuestra amiga Felipa no es cloruro potásico, sino ácido

fosfórico.

--¿Volvemos a las andadas?--exclamó irritada.

--El hombre de ciencia debe rectificar con nobleza todos los errores.

--Tú no eres hombre de ciencia, sino de tejidos de algodón y de hilo y

géneros de punto. A mí no me vengas con embelecos, porque no estoy de

humor de oírlos, y además te prohíbo que digas borricadas a la niña,

porque la tienes escandalizada. ¡Vergüenza es que necesite yo recordarte

tu deber!

D. Pantaleón se abstuvo en adelante de verter ninguna de sus fecundas

ideas delante de D.ª Carolina. ¡Era tan severa aquella señora en el seno

de la intimidad!

Sin embargo, cuando llegó la necesidad supo mantener sus derechos de

animal humano frente a su esposa y frente a toda la familia que trataba

de vulnerarlos. Por consejo de Moreno había prohibido que le sirvieran

en las comidas hortalizas, porque éstas no proporcionaban ningún ácido

fosfórico al cerebro, cosa que ellos necesitaban grandemente para sus

dificilísimas investigaciones sobre la naturaleza. A pesar de esta

prohibición, la cocinera se obstinaba en mandar a la mesa patatas,

coles, lentejas, incapaces de producir más que ácido carbónico, celulosa

y otras sustancias no menos despreciables e indignas. Sufrió con

paciencia algún tiempo. Pero llegó un momento en que la lucha por la

existencia exigió de él un rasgo de energía para salvar las

circunvoluciones de su cerebro amenazadas. Y lo tuvo.

--He dicho ya muchas veces, y lo repito ahora por última vez, que estoy

resuelto a no ingerir ningún alimento vegetal. De hoy para siempre sepan

todos ustedes que no quiero carbonatos en mi sangre, sino fosfatos. Si

ustedes se obstinan en servirme vegetales, seré capaz de volverme a mi

gabinete sin comer.

Aunque la amenaza no espantó a la familia tanto como era de esperar, se

convino, no obstante, en no servirle más que alimentos fosfatados.

El origen del pensamiento · 第 18 / 29 题