--¿Sabéis por qué está enamorada? ¿A que no?
--Toma, porque le gusta. Es un chico muy guapo.
--No, hija, no es eso. Está enamorada porque es joven aún, y como es
joven hay un desequilibrio entre la asimilación y la desasmilación. Ésta
es la única y positiva razón de ese amor, como de todos los demás. La
ternura de las mujeres, ese cariño que os impulsa a hacer locuras, a
llorar, a quitaros la vida, no significa sino que los productos de la
nutrición, la albúmina, la grasa, el azúcar y el almidón, entran con
exceso en la sangre y no bastan para expeler el sobrante la urea, el
ácido carbónico y las deyecciones intestinales.
--Pero, papá, ¿qué dices ahí?
--El amor no es más que un exceso de nutrición.
--Ésas no son cosas tuyas, papá--exclamó con indignación la hija
menor.--Tú no eres capaz de inventar tales extravagancias. Eso viene del
pelmazo de Moreno que, como no hay chica que le quiera, se venga
diciendo borricadas de nosotras.
--Las mujeres, hija mía--repuso Sánchez con toda la calma y la autoridad
del verdadero sabio,--no podrán jamás llegar a darse cuenta de estas
profundas verdades. Yo he hecho mal en revelároslas sabiendo que hay una
imposibilidad física para que las entendáis. Si no lo tomaseis a mal, os
diría que vuestro cerebro pesa algunos gramos menos que el del hombre
por término medio.
--¿También dice eso Moreno? Pues tiene mucha razón. ¡Cómo no ha de pesar
menos mi cabeza que la de ese fenómeno! ¡Tendría que ver!
D. Pantaleón sonrió lleno de lástima, y con la flexibilidad peculiar de
los grandes hombres se apresuró a llevar la conversación a otro asunto
más adecuado a la capacidad craneana del sexo femenino.
Toda la vida había sido un hombre excesivamente sensible. Su mujer se
reía de la facilidad que tenía para llorar. La música era su pasión más
viva. Para él no había placer comparable a escuchar en una delantera del
paraíso del teatro Real con su hija Carlota, aficionada también a la
música, la _Sonámbula_ o la _Norma_, o cualquier otra ópera del género
dulzón y pegajoso. Lloraba y moqueaba copiosamente en los pasajes más
líricos, avergonzando no pocas veces a su hija.
--¡Papá, que te están reparando!
--¡Qué quieres, hija mía, esto enternece a una roca!
Después de la música lo que más le placía eran los dramas y novelas
sentimentales. Había visto infinidad de veces _La huérfana de Bruselas_,
_La aldea de San Lorenzo_ y _La carcajada_. Se sabía de memoria la
comedia _Flor de un día_ y su segunda parte _Espinas de una flor_. Nunca
le fue posible recitar aquellos famosos versos:
«Si oyes contar de un náufrago la historia,
ya que en la tierra hasta el amor se olvida, etc.»
sin hacer pucheritos y que la voz se anudase en la garganta. Y lloraba
también como un buey con las aventuras de las costureras sentimentales y
reinas afligidas de las novelas por entregas.
Pues bien, Moreno le infundió en seguida un desprecio supremo hacia
estos lirismos que retrasaban la marcha de la humanidad en el camino
del progreso. Se avergonzó de haber empleado tanto tiempo en leer tales
quimeras, cuando estaban ahí los hechos, los hechos _constatados_, la
albúmina, el ácido úrico, el almidón, en triste e injustificado
abandono. Y un día que se trató de la prensa en el café sostuvo con D.
Dionisio Oliveros, el vate burocrático, una acalorada discusión.
Entonces fue cuando profirió aquella frase felicísima que más tarde dio
la vuelta al mundo en alas de la fama.
--Ha concluido el reinado de los poetas y comienza el de los fisiólogos.
Llegó la hora de arrancarse la toga y ponerse la blusa del operador. El
alma está hecha de sustancia gris, el corazón es un músculo encargado de
dar movimiento a la sangre.
Y, sin embargo, después de escuchar tan grandes pensamientos, todavía D.
Dionisio se obstinaba en escribir sonetos en la oficina.
Todos en la casa experimentaban los efectos benéficos de las corrientes
científicas que soplaban en el privilegiado cerebro del jefe de la
familia. Pero la que los sentía más a menudo era Carlota por su buena
pasta. Mario se sustraía cuanto le era posible; inventaba cualquier
pretexto para irse; se hacía el ocupado. Si esto no daba resultado,
escuchaba distraído las disertaciones fisiológicas de su suegro: al cabo
solía dormirse beatamente en la butaca. Presentación era mucho más
expedita.
--Mira, papá, no me des más jaqueca con el ovario, la fecundación y todo
eso. Son porquerías que no debo oír. El confesor me lo ha prohibido.
--Lo creo--respondía con acento profundo el sabio.--Pero si el confesor
tiene interés en mantenerte en la ignorancia, mi deber de padre me
obliga a disipar las tinieblas en que vives. Has de saber que los
espermatozoos...
--¡Dale! Te digo, papá, que no quiero saber eso.
--Son unos microrganismos dotados de movimientos rápidos...
--¡Vaya, esto es insufrible! Me voy a coser a otro lado.
Aquella rebelión contra la ciencia producía en Sánchez grave desaliento.
¡Cuánto tiempo se necesita aún para que la humanidad marche exenta de
preocupaciones por el camino de la experimentación! se decía
tristemente.
Con su esposa no se atrevía a comunicar aquellos altos pensamientos que
continuamente le embargaban. ¡Tenía un genio tan raro! No obstante,
cierta noche, hallándose acostados, habló D.ª Carolina con admiración
del talento y la bondad de una amiga suya que, dando lecciones por las
casas, mantenía a sus padres ancianos y a una caterva de hermanos. La
pobre, no teniendo tiempo a almorzar, llevaba algún fiambre en un papel
y se lo comía en el portal de cualquier casa. ¡Y a pesar de eso siempre
contenta y siempre ingeniosa!