--¡En fisiología!
Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentísimo de risa.
--¡Pero eso es un absurdo!--profirió al cabo con trabajo D. Pantaleón.
--¡Ahí verá usted!--repuso Moreno quitándose las gafas para limpiar los
cristales, que se habían empañado con el vapor de las lágrimas
producidas por la risa.
--¿Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal merecía un severo
castigo--manifestó el caballero, volviendo a su seriedad habitual.
--Yo les hubiera puesto de buena gana una corrección por mi mano...
pero... amigo don Pantaleón, estoy muy débil. El hambre me tiene muy
débil.
--¡El hambre!--exclamó Sánchez estupefacto.
--Sí; el hambre, querido Sánchez, el hambre. Para la lucha por la
existencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitan
glóbulos rojos en la sangre; para que haya glóbulos rojos en la sangre
precisa nutrirse... Yo no me nutro, porque no como carne.
D. Pantaleón le miraba cada vez con mayor asombro. Algo había traslucido
de la mala situación económica en que Moreno se hallaba; pero viéndole
tomar café muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativa
elegancia, aunque siempre sucio y desaliñado, no podía sospechar que su
estado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muy
poco o nada se sabía de sus medios de vivir. Por las frases amargas que
a menudo dejaba escapar se suponía que no eran muchos, y por el cuidado
con que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familia
calculaban que debían de ser bien humildes.
--Señor Moreno, yo no pensaba...
--¡Piénselo usted todo, amigo Sánchez, piénselo usted todo!--exclamó el
joven con un gesto de resolución desesperada.
Y después de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en el
balcón, profirió al fin sordamente:
--La Naturaleza no ha sido para mí suave como para otros. Yo soy un
hombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento,
un germen viene a caer cierto día en las inmundicias de la calle. Los
transeúntes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre él montones de
basura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero como
guarda dentro de sí una fuerza de expansión superior a la mayor parte de
sus hermanos, como tiene además una capa dura que le preserva contra las
influencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externos
consiguen tener en suspenso por algún tiempo sus funciones biológicas,
pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus raíces en la tierra y
alza al aire su tallo. ¿Por qué? Porque viene provisto de armas para la
lucha por la existencia... Tal es la historia de mi vida. Fui arrojado
un día en medio de la sociedad, que me rechazó, que me persiguió, que
hizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamente
en un bosque en la época de la germinación y durante el desenvolvimiento
de los árboles nuevos. Los árboles grandes me interceptaban el sol y la
lluvia benéfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a la
energía indomable de mi carácter pude luchar, sin embargo, y logré
triunfar. Es la ley de la selección que ya conoce usted. En esta gran
batalla de la existencia perecen los débiles; sólo viven los más
aptos... He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Sánchez,
mucha hambre y mucho frío (guarde usted el secreto); aun hoy los padezco
a menudo. Realmente necesité verme admirablemente dotado por la
Naturaleza para no haber perecido hasta ahora.
D. Pantaleón se mostró profundamente interesado por estas confidencias,
y su admiración hacia Moreno, aquel germen tan apto, creció
desmesuradamente. No se atrevió a pedirle pormenores sobre las
peripecias de la lucha ni sobre qué terreno se estaba realizando ahora.
Lo único que se aventuró a decir fue:
--Espero, señor Moreno, que no tardará usted en triunfar por completo de
los agentes externos. Un hombre de tanto mérito como usted no puede
menos de abrirse camino en el mundo.
--¡El mérito! ¡el mérito!--murmuró Adolfo con sonrisa sarcástica.--Ahí
está precisamente el pecado. A causa de su mérito se persigue a los
hombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.
Este símil zoológico causó tan profunda sensación en Sánchez que, con la
viva imaginación que le caracterizaba, desde aquel día, cuando tropezaba
con un hombre de mérito, no podía representárselo sin una bolsita llena
de sustancia aromática debajo del ombligo.
Adolfo se pasaba las horas muertas en aquella casa; tantas, que era
difícil averiguar cuáles destinaba a la lucha por la existencia. D.
Pantaleón se instruía rápidamente con las mil noticias científicas que
diariamente le suministraba. Su inteligencia poderosa y predestinada a
las grandes investigaciones no se desenvolvía como la de la mayoría de
las personas, sino que dando saltos prodigiosos escalaba en poco tiempo
las cimas más altas del saber. Las conversaciones con Moreno sugerían en
su mente grandes, profundas ideas y provocaban deseos y propósitos que
no habían de tardar en realizarse.
Como hubieran hablado durante algunos días de _Zoología_, habiéndole
citado Moreno hechos muy curiosos acerca de los sentidos y el instinto
de los animales, D. Pantaleón quiso hacer por su cuenta inmediatamente
algunos estudios prácticos. Pesó y meditó algún tiempo sobre qué clase
de animales había de dirigir su investigación. Descartó desde luego los
invertebrados. Tenía escasísimas noticias de ellos. Entre los
vertebrados eligió los mamíferos, y entre éstos, después de mucho
vacilar entre los perros y los gatos, decidiose al fin por los primeros.
La razón de esta preferencia no fue exclusivamente científica. Su hija
Presentación tenía un perrillo faldero llamado Clavel, que había dado
repetidas pruebas de inteligencia e ilustración. Por otra parte, en casa
no había gatos ni D.ª Carolina los soportaba. Las circunstancias le
empujaban, felizmente para la civilización, a escribir la monografía del
perro.
Clavel era un perrillo como un puño, tan lanudo que apenas se hallaba
hueso y carne debajo de aquel felpudo sedoso con que la Naturaleza le
había abrigado. Con esto, dotado de una inteligencia enorme y de un
temperamento excesivamente nervioso. Esto dependía, sin duda, del
desequilibrio que existía entre aquel cuerpecillo minúsculo y su
espíritu poderoso. Era sensible, puntilloso, tierno, irascible, terco y
goloso, reflejándose en él alternativamente mil sentimientos opuestos,
todos expresados con igual viveza. No había ejemplar más a propósito
para el estudio.
D. Pantaleón comenzó por observarle atentamente durante horas enteras.
Esta atención inesperada escamó muy pronto al Clavel. La mirada de
Sánchez le ponía inquieto, nervioso. A los pocos minutos no podía menos
de levantarse del sitio donde se hallaba para ir a tumbarse más lejos.
Desde allí, haciéndose el dormido, observaba entreabriendo un ojo al
papá de su dueño; si le veía acercarse para seguir mirándole, se
levantaba acto continuo y salía de la habitación de malísimo humor.
Mientras las observaciones de Sánchez fueron simplemente visuales, las
cosas no pasaron de ahí; pero cuando quiso poner en práctica algunos
medios de cerciorarse del instinto y los sentidos del perro, éste
comenzó claramente a demostrar su desabrimiento.
--Clavel, ven aquí. Mira (y le enseñaba unos guantes). Ve a mi cuarto y
tráeme los otros.
¡Que si quieres! El Clavel le echaba una mirada recelosa y daba la
vuelta con soberano desprecio.
--Toma, Clavel, toma este pañuelo, llévaselo a tu ama.
Algunas veces lo cogía por compromiso y lo dejaba a la mitad del camino.
Otras ladraba tres o cuatro veces para indicar que no eran de su gusto
aquellos insulsos experimentos.
Pero cuando Clavel tomó realmente por lo serio las pretendidas
observaciones de D. Pantaleón fue cuando éste se valió de un medio
ingenioso para convencerse de que los perros distinguían los colores.
Cortó cuatro cartones iguales, dos pintó de azul y dos de rojo. Dejó uno
de cada color en el suelo, y tomando el otro azul se lo mostró al perro,
ordenándole que recogiese del suelo el compañero. ¡Caso extraño! Este
acto tan sencillo como inofensivo despertó profunda indignación en el
ánimo de Clavel. Gruñó, ladró, se revolvió como un loco por la
habitación. Últimamente, después que se hubo bien desahogado, se salió
de la estancia sin dejar de ladrar y gruñir y vomitar amenazas de
muerte.
A la segunda vez que Sánchez le presentó el cartón no se satisfizo con
esto. Lo cogió airado entre los dientes y en menos de un segundo lo hizo
trizas. Sánchez comprendió que era necesario esperar que se calmase
aquella cólera insensata. Dejó trascurrir algunos días sin repetir el
experimento. Y cuando pensó que había desaparecido tal estado de
ferocidad, una mañana antes de almorzar, hallándose el Clavel en el
regazo de su ama dormitando, se presenta en el gabinete con los
cartoncitos en la mano. Verlos el Clavel, lanzarse sobre el sabio a
hincarle los dientes en la mano pecadora, fue una misma cosa. Gritos,
confusión, vivísimas interjecciones. D. Pantaleón, pálido y secándose la
sangre con el pañuelo, se retira profundamente afectado a su dormitorio.
La ciencia, la humanidad pierden una interesante monografía del perro.