IV

Esperaron, pues, pacientemente a que Sánchez se ablandara. La vida

siguió deslizándose en la misma forma que antes, creciendo de día en día

la confianza y el cariño entre nuestro joven y la familia de su novia.

No salía de la casa. Cuando iban a paseo por Recoletos, Mario y Carlota

marchaban delante y detrás D.ª Carolina y Presentación. Al poco tiempo

todo Madrid los conocía. «Ahí vienen _los novios_,» se decían los

paseantes al verlos. Entre algunos chistosos comenzó a llamárseles _I

promessi spossi_. Y como suele suceder, al cabo de algunos meses

llegaron a aburrir a la gente. ¡Pero, señor! ¿cuándo se casan estos

chicos?

D.ª Carolina consintió al fin, a ruego de Mario, en tutearle, y hasta

llevó su condescendencia a permitir que la llamase mamá, todo en secreto

por supuesto y cuando Sánchez no se hallaba presente. Un día que delante

de éste se le escapó llamarle de tú, ¡Jesucristo, lo colorada que se

puso la buena señora! Mario estaba hechizado; la adoraba.

Pocos meses después acaeció un cambio en la política. Cayó el ministerio

y se formó otro nuevo. El ministro de Ultramar saliente se acordó de

Mario por la amistad que había mantenido con su padre y le dejó

ascendido en lo que se denomina en términos burocráticos testamento.

Tenía diez y seis mil reales de sueldo. D.ª Carolina mostró al saberlo

una alegría verdaderamente maternal. Tanto que a los pocos días le llevó

sigilosamente hacia un rincón y le dijo con misterio que si se lo

permitía iba a dar «otro tiento» a Sánchez: desconfiaba bastante del

éxito, pero iba a hacer un esfuerzo supremo... «Ya veríamos.»

En el pecho del joven escultor renacieron súbito las esperanzas. Se puso

tan nervioso, que la bondadosa señora, para completar su caritativa

obra, mostrose propicia a ir en aquel mismo momento al cuarto del severo

esposo. Mario no pudo contenerse; poco menos que la hizo salir a

empujones de la habitación. Ella sonreía dulcemente llamándole loco.

¡Qué zozobra! ¡qué congojas las de los novios mientras permaneció por

allá! Llegó a tal extremo, que Mario ¡pobre muchacho! consintió en rezar

con Carlota algunos padres nuestros para obtener un resultado favorable.

El cielo escuchó sus oraciones. D.ª Carolina se presentó al cabo de

media hora radiante de dicha. Y antes de que saliese una palabra de sus

labios, corrió hacia su hija y la abrazó estrechamente derramando un

torrente de lágrimas. Después hizo lo mismo con Mario. Éste experimentó

tan fuerte emoción, que quiso volverse loco. Lloró, rió, bailó, besó las

manos a su futura suegra llamándola madre, prometiéndole amarla y

obedecerla siempre como un hijo sumiso; en fin, mil ridiculeces que

harán sonreír a todo el que no haya estado de veras enamorado.

Desde entonces no se habló más que de la boda. Comenzaron a comprar la

ropa blanca; esto es, comenzó el único período de la existencia que

puede dar idea aproximada de lo que acontece en el cielo. Esta memorable

etapa de la ropa interior ejerció tal influencia en la felicidad de

Mario, que muchos años después, al pasar delante de un bazar de ropa

blanca y ver colgadas en el escaparate algunas enaguas y camisas de

señora, aún sentía latir su corazón conmovido. D.ª Carolina fue el

Espíritu Santo de este almo cielo. Cuando nuestro joven la veía ponerse

las gafas y tomar entre sus dedos una chambra, frotarla cuidadosamente,

acercarla a los ojos para ver si descubría alguna pérfida hebra de

algodón entre su cándido hilo, un estremecimiento de dicha inefable

corría por su cuerpo; la emoción le ahogaba; necesitaba volverse de

espaldas para no caer a sus pies y expresarle en términos fervorosos

delante de los horteras toda la veneración, todo el entusiasmo que su

conducta generosa le inspiraba.

Luego se fijó el día: se discutió la forma en que había de celebrarse.

Antes se había convenido en que los novios no vivirían aparte «por

ahora.» El pequeño sueldo de Mario no lo consentía. D. Pantaleón

manifestó por boca de su esposa que mientras el matrimonio no se hallase

en condiciones de establecerse, viviría en su compañía. El mismo D.

Pantaleón resolvió que la boda se celebrase con un día de campo en los

Viveros, como era uso y costumbre entre el elemento distinguido del

comercio de Madrid.

Fue en el primer domingo de Agosto. Mario convidó a sus amigos los

tertulios del café del Siglo, Miguel Rivera, Adolfo Moreno, Llot,

Oliveros, Romadonga y tres o cuatro compañeros de oficina: los señores

de Sánchez, a varias distinguidas familias del comercio, y entre ellas a

la del mismísimo presidente de la _Liga de Productores_, propietario de

una gran fábrica de ladrillo refractario en las afueras de Madrid. Los

esposos Sánchez no mantenían amistad muy íntima con esta familia; pero

comprendiendo todo el lustre que sobre la fiesta recaería si lograban

que asistiese a ella, les escribieron una rendida carta. Los señores de

Corneta, que así se llamaba el presidente de la Liga, respondieron con

una muy amable esquela aceptando y enviando al propio tiempo una precisa

licorera, que enriqueció la serie de regalos que los novios recibieron

en aquellos días. D.ª Carolina los había colocado todos en un gabinete

de la casa en medio de una bonita decoración de percalina para que

hiciesen más impresión. Había muchos y muy lindos, pero entre todos

predominaba una rica colección de barómetros y termómetros de todas

formas y tamaños. Los amigos habían comprendido, con admirable instinto,

que nada puede interesar tanto a unos recién casados como la observación

atenta de los fenómenos meteorológicos.

El primer domingo de Agosto amaneció tan espléndido, tan claro y

caliente como casi todos sus colegas del estío en Madrid. Los asistentes

a las primeras misas en la iglesia de Santiago pudieron ver en una de

las capillas laterales a un joven correctamente vestido de negro hincado

delante de un confesonario. Nada tenía de particular. Pero en el

confesonario de enfrente había una joven también vestida de negro con la

cara pegada a la ventanilla. Esto era ya grave. Así lo entendieron los

fieles, y por eso, pecando contra el tercer mandamiento, no les quitaron

ojo mientras duró la confesión.

El cura tenía abrazado al joven, de suerte que los asistentes no podían

observar más que sus piernas, que no decían nada. Pero la joven dejaba

ver un cacho de mejilla, y este cacho de mejilla, por lo suave, por lo

terso, por lo sonrosado, interesaba profundamente al auditorio, y muy

especialmente al monaguillo que ayudaba a la misa.

«Son unos novios,» se dijeron los fieles rebosando de curiosidad y

penetración. En efecto, eran ellos, la fresca y simpática Carlota y el

venturoso Mario.

Después de la ceremonia y de tomar chocolate en la morada de D.

Pantaleón, trasladaronse los recién casados y su cortejo en dos grandes

ómnibus a los Viveros. Los Viveros guardan entre las filas de sus

árboles enanos y bajo sus cenadores rústicos toda la poesía del comercio

madrileño. Los gremios expresan allí en los días festivos que no son

insensibles al encanto misterioso de la Naturaleza ni ajenos a las

dulces emociones del campo. Como testimonios mudos pero elocuentes de

este fondo poético que algunos pretenden negar, suelen verse bajo los

frescos emparrados, donde la luz se cierne mansa y dormida, o sobre el

fino tapiz de la yerba, entre setos de boj y cinamomo, algunas cabezas

de sardina y no pocos residuos de huevos cocidos.

El Sr. Sánchez, que a pesar de su temperamento meditabundo y soñador no

olvidaba ningún pormenor interesante, había contratado el día antes un

piano mecánico. No fue obstáculo el calor para que aquella juventud

florida se pusiese inmediatamente a bailar con frenesí. Un caballero

tuvo la ocurrencia de quitarse la levita; los demás le imitaron. Se

bailó en mangas de camisa, con esa grata familiaridad que caracteriza a

los hombres de negocios en momentos de alegría. Así y todo, se sudaba

como en los primeros días de la creación. Las mejillas de las damas

echaban fuego. ¡Ah, si pudieran utilizar el hielo que envolvía en aquel

instante el corazón del violinista del café del Siglo, qué bien se

refrescarían!

A fuerza de inteligencia y diplomacia había logrado Timoteo que D.ª

Carolina le invitase a la boda. Por cierto que este rasgo de generosidad

le valió un disgusto. Su hija menor armó la de San Quintín al enterarse,

profiriendo tan pesadas palabras que la buena señora se vio necesitada a

zanjar la cuestión por el método usual, con un par de pellizcos. La niña

puso el grito en el cielo. Y en estas simpáticas disposiciones hacia el

violinista fue a la boda de su hermana. ¡Qué había de suceder! Un

desastre. A la primer coyuntura aquellos dos pellizcos se los aplicó en

el alma al causante de todo.

--Presentacioncita, ¿me haría usted el honor de bailar conmigo esta

polka?

--Gracias, no bailo.

Pocos instantes después llega otro joven y le hace la misma invitación.

Presentación vacila un momento, mira de reojo al violinista, sonríe

maliciosamente y se deja arrastrar al baile por tal odiosísimo sujeto, a

quien desde aquel punto dedica Timoteo toda la hiel que elabora su

organismo.

Este ser repugnante y abyecto, llamado Grass, dedicaba las horas en que

no medita o ejecuta alguna acción vergonzosa, a llevar los libros de

comercio en dos camiserías de la calle del Príncipe. De aquí que

pretendiese eclipsar a todos los demás por el brillo y la forma de su

cuello a la marinera y por el esplendor de la corbata de raso azul con

lunares blancos. Timoteo sentía la superioridad de Grass en este punto,

pero antes le hicieran rajas que confesarlo.

Presentación era, con mucho, la más linda de las niñas que la industria

y el comercio habían enviado a la boda de Mario. Por eso todos los

jóvenes le bailaban el agua, acudían a servirla y festejarla como un

tropel de esclavos. Quién solicitaba humildemente la honra de tener por

su abanico, quién extendía la levita sobre la yerba para que se sentase;

los unos corrían a buscarle un vaso de agua cuando tenía sed y se lo

presentaban con azucarillo y gotas de azahar, o con anís o con jarabe de

grosella, para que eligiese; los otros se consideraban felices con que

de lejos les enviase una ligera sonrisa. Con esto la niña, que había

mostrado siempre marcada inclinación a las pompas mundanas, se puso

insufrible. Parecía una sultana cruel y despótica. A fuerza de ver

inmediatamente obedecidos sus caprichos, ni sabía ella misma lo que

quería. Tan pronto llamaba a un mancebo y le permitía sentarse a sus

pies y le escuchaba y le miraba amablemente, como le arrojaba con ademán

feroz y viento fresco. Unas veces exigía que le contasen algo, otras les

obligaba a permanecer inmóviles y silenciosos. Fortuna fue que no se le

ocurrierra mandar ahorcar de un árbol a Timoteo, porque en el estado en

que se hallaban los espíritus, ¡quién sabe lo que sucedería!

Pero el que logró presto sobreponerse a sus colegas y fijar la atención

de la bella fue Grass. Y esto no sólo por el prestigio de su corbata,

sino porque además era hombre de iniciativa y ocurrente. Cada una de sus

frases, un poema de gracia. Cuando tenía que referirse a su propia

cabeza, la llamaba «la calabaza.» «Yo conocí en Sevilla una

señora--decía--que comía por la boca.»

Poseía asimismo una imaginación fecunda y audaz para toda clase de

farsas divertidas y talento especial para imitar la voz, el gesto y el

modo de andar de cualquier persona. Corría y brincaba con agilidad

pasmosa, a pesar de su obesidad bien pronunciada. Cantaba con voz de

tiple, de tenor, de barítono y bajo, y se sabía que proyectaba figuras

en la pared con la sombra de las manos de modo maravilloso. Finalmente,

era un prestidigitador consumado. A ruego de varias muchachas, hizo

algunos juegos de manos que produjeron entusiasmo en los invitados.

Claro está que para efectuarlos necesitaba ayudantes. Grass los elegía

entre las jóvenes más lindas. Y aunque todas le servían con agrado y

diligencia, se distinguía particularmente por su entusiasmo

Presentación. ¡Las diabluras que aquel hombre festivo llevó a cabo con

ella, sacándole monedas del pelo, de las narices, del cuello!...

¡Timoteo ansiaba beber su sangre!

A las once, poco más o menos, hizo su entrada triunfal en el Vivero la

familia del presidente de la Liga de Productores. En cuanto se tuvo

noticia de que un carruaje estaba a la puerta, la mayor parte de los

invitados abandonaron los placeres y corrieron hacia allá, deseando

hacer ostensible su amistad con personas tan distinguidas, que hacían

viso en la sociedad madrileña y tenían carruaje propio. Venían el

presidente, su esposa y dos hijas. El Sr. Corneta tenía la misma

elegante figura que un carnicero en día de fiesta. Pequeño, obeso,

colorado, con gabán muy largo, las enormes manos aprisionadas por

guantes de color de sangre. Llevaba la cabeza echada hacia atrás y

hablaba a gritos. Los millones, la Liga, la fábrica de ladrillo

refractario, todo le salía de una vez a la cara, pugnando por arrojarse

sobre los infelices que se le acercaban y aplastarlos. ¡Qué modo de

tender la mano mirando hacia otro lado! ¡Qué voz ruda e impertinente

para saludar de lejos! Imposible imaginarse una superioridad más

protectora. Y, sin embargo, mucho más protectoras aún las miradas, las

sonrisas y los saludos de su amable esposa e hijas. Era el juicio final.

Los dos pimpollos vestían con pintoresca elegancia, y la mamá, a pesar

de sus años, no les iba en zaga. Ni feas ni bonitas, pero majestuosas;

con esa calma imponente que presta a los seres superiores la conciencia

de su gloria. Las tres venían provistas de sendos impertinentes, con los

cuales empezaron inmediatamente a llevar a cabo atentas y concienzudas

observaciones sobre los invitados, como el naturalista que estudia al

microscopio la figura y los movimientos de algunos infusorios.

Naturalmente, bajo el poder de esta mirada investigadora, las niñas del

comercio se ruborizaron y los jóvenes dependientes no sabían dónde poner

los pies ni las manos, sobre todo las manos.

--¿No viene Juanito?--preguntó no se sabe quién.

--¡Oh, Juanito!

Las tres damas cayeron al escuchar tal pregunta en un acceso de alegría

que les impidió responder, aunque sin interrumpir por eso el estudio

microscópico de aquellos curiosos seres.

--Juanito no acostumbra a levantarse a estas horas--dijo al cabo una de

ellas.

«¡A estas horas! ¡Las once de la mañana! ¡Qué elegancia! ¡qué

distinción!» pensaban los dependientes a quienes el hado adverso

obligaba a levantarse de la cama a las seis todos los días.

La familia Corneta fue conducida en triunfo hacia uno de los cenadores,

donde Mario y su esposa fueron agasajados por ellos con algunas frases

amabilísimas, de las cuales tanto D.ª Carolina como su digno esposo D.

Pantaleón conservaron por mucho tiempo vivo recuerdo.

Nadie osaría poner en duda entre los convidados la inmensa superioridad

de las señoritas de Corneta en cuanto a brillo aristocrático y gracia

protectora. Sobre todo permaneciendo calladas tales cualidades

adquirían maravilloso relieve. Cuando tomaban la palabra quizá algún

crítico escrupuloso pusiera reparos a la voz bronca un poco aguardentosa

de la menor y a las frases libres y a los ademanes harto sueltos y

descocados de la mayor. Tal vez le arrastrase su espíritu analítico a

encontrar algún vago parecido entre estas distinguidas señoritas y las

jóvenes que comercian con churros y buñuelos en los parajes excéntricos

de la población. Y ¡quién sabe! una vez puesto el pie en el camino de la

investigación, es posible que llegara a explicar este fenómeno por las

leyes de la evolución, viendo en él la supervivencia o degeneración

patológica de las aptitudes orgánicas de su abuela, que freía y vendía

tales comestibles cerca de la puerta de Segovia. Pero como en aquella

florida juventud comercial no imperaban los procedimientos analíticos,

se aceptaron sin controversia alguna el señorío y los privilegios de las

citadas señoritas y se las colocó en el cenador en unión de sus papás

como dioses mayores, a quienes D.ª Carolina y D. Pantaleón y algunas

otras personas de edad asistían como dioses menores.

Por esta razón y porque nadie podía disputar a Presentación el premio de

la belleza, aquélla continuó imperando despóticamente entre los jóvenes

invitados. Su caballero era siempre el odioso Grass, como observaba cada

vez con mayor encono Timoteo. Pero de vez en cuando dirigía intensas

miradas del lado de Godofredo Llot. Esto no lo observaba Timoteo. Aquel

piadoso joven apenas si osaba corresponder levantando de vez en cuando

hacia ella sus ojos místicos. La mayor parte del tiempo parecía no

advertir la honrosa atención de que era objeto, embargado sin duda por

los graves pensamientos ascéticos que continuamente ocupaban su mente.

Después de almorzar, bastante después, cerca ya de las cuatro de la

tarde, apareció a lo lejos la silueta elegantísima del primogénito del

Sr. Corneta. Se acercó sonriente, benigno, y todos pudieron admirar sus

botas de gamuza, el pantalón de punto con botoncitos de nácar a los

lados y la preciosa americana de franela que ceñía su talle. Este arreo

campestre y el látigo con que venía azotando suavemente las ramas de los

arbustos demostraba que había llegado a caballo. Los jóvenes

dependientes, al verle, quedaron petrificados de respeto y admiración.

Juanito era miembro del club de los Salvajes, y en calidad de tal solía

ponerse el frac todas las noches; tenía queridas, caballos, desafíos y

deudas, y pronunciaba mal las erres. A pesar de esto, hay que confesar

que en aquella ocasión no abusó demasiado del prestigio y la gloria que

el cielo había derramado próvidamente sobre él. Saludó al concurso con

impensada afabilidad, llevándose dos o tres veces el látigo a las

narices, y dijo con voz bastante clara que se alegraba de encontrarse

entre tantas chicas bonitas; así; palabras textuales. Naturalmente, las

jóvenes, al escuchar tan favorable sentencia, temblaron de gozo, se

ruborizaron hasta las orejas y la guardaron en el fondo de su corazón

como recuerdo de aquella dichosa tarde. Juanito estaba dotado de mil

preciosas cualidades que saltaban a la vista; pero la que realmente le

caracterizaba era la languidez. Imposible imaginarse nada más lánguido

que este glorioso joven. Cuando hablaba, cuando sonreía, cuando se

atusaba el bigote, cuando se estiraba las piernas, una irresistible

languidez resplandecía debajo de estos actos vulgares.

Presentación no pudo resistirla. Se encontró subyugada desde el primer

momento. En cuanto el joven Corneta, dando pruebas de buen gusto, se

acercó a ella y le hizo el honor de dirigirle algunas palabras galantes,

¡adiós Grass! ¡adiós Godofredo también! Aquellos lindos ojos maliciosos

ya no tuvieron miradas sino para Corneta; aquella fresca boca movible

sólo para él formó sonrisas.

Timoteo observó esto con mezcla de dolor y satisfacción. Le apenaba el

entusiasmo de su ídolo por el sietemesino; pero la derrota de Grass le

llenaba de regocijo. Y en la expansión de su alegría amarga no pudo

menos de acercarse al grupo donde aquel despreciable personaje se

empeñaba todavía en imponerse a la atención por medio de sus ridículos

juegos de manos. No trascurrieron dos minutos sin que le dirigiese una

pulla de mal gusto. Grass no hizo caso. Volvió a la carga con otra:

tampoco el catalán se dio por ofendido. Era hombre de buena pasta y

amigo de las bromas. Mas el violinista llegó a ponerse tan agresivo, que

al fin no pudo menos de decirle seriamente, suspendiendo su juego:

--Oiga usted, amigo, ruego a usted que sea más comedido en las bromas;

de otro modo, me parece que no vamos a parar bien.

Timoteo sonrió ferozmente. Y sin tomar nota de esta severa advertencia,

al poco rato volvió a las reticencias y sarcasmos; de tal suerte que

Grass perdió al cabo la paciencia. Ciego de ira alzó la mano... y el

dulce sosiego del bosque fue turbado por una estrepitosa bofetada.

Veinte manos vinieron instantáneamente a sujetarle. Otras tantas lo

menos acudieron a contener a Timoteo. Formáronse dos grupos a respetable

distancia el uno del otro. Y donde todo era antes alegría y expansión

reinó súbito silencio lúgubre y amenazador. Los de un grupo trataban

confidencialmente de convencer a Grass de que no era sensato ofenderse

por las palabras de un badulaque como Timoteo. Los del grupo de éste le

persuadían de que una bofetada no tenía valor alguno cuando la daba un

ser tan insignificante como Grass. Todos por acuerdo tácito hablaban en

falsete. No se oía más que un murmullo suave como el de un confesonario.

Pero la voz fuerte, estridente de Timoteo rompía de vez en cuando aquel

silencio.

--¡Lo que yo quiero saber es por qué me pega a mí ese tío gordo!

¡Chis! ¡chis! Un gran siseo sumergía y apagaba aquel grito interrogante.

Reinaba otra vez el silencio. Pero cuando parecía que todo iba a quedar

sofocado se oía otra vez a Timoteo que desde el centro clamaba con voz

agria:

--¡Es que yo deseo saber por qué me pega a mí ese tío gordo!

Al cabo estas preguntas peligrosas se fueron atenuando; se hicieron más

raras y débiles. Poco después aquella sociedad bulliciosa volvía con

ansia a los recreos inocentes.

No faltaron los brindis ni las improvisaciones poéticas, ni el joven que

canta a la guitarra con poca afinación y mucha gracia unas coplitas

picantes, ni la niña de seis u ocho años que en esta clase de

solemnidades recita siempre, comiéndose la mitad de las sílabas, un

monólogo de comedia. Don Dionisio Oliveros leyó un largo epitalamio en

tercetos, que pudo escribir, según confesó, robando a duras penas

algunos momentos a sus abrumadoras tareas poéticas, entre el tercero y

el cuarto acto de un drama. Romadonga gozaba de todo paseando su mirada

serena por los circunstantes, en particular por el sexo femenino,

recorriendo los grupos y dejando en cada uno testimonios de su gracia y

amabilidad. Al contrario de los jóvenes del comercio que gustaban de

vocear, don Laureano lo hacía y lo decía todo con sordina. No se le

sentía cuando profería suavemente alguna frase galante que conmovía y

ruborizaba a las doncellitas o hacía soltar alegres carcajadas a las

matronas. Placíanle, sobre todo, los apartes, las conferencias íntimas.

A pesar de los años, sus ojos, a la vez desvergonzados y respetuosos,

dulces y chispeantes, fascinaban a las damas. Todas se hacían lenguas de

él y le pregonaban como uno de los hombres más agradables que hubiesen

conocido en su vida.

Después de varias tentativas había logrado tener un aparte con la novia.

Allá lejos, al pie de un árbol, charlaban los dos animadamente; él

inclinando su gran torso para ponerse a la altura de ella, en actitud

insinuante; ella risueña y tan roja como una amapola.

Miguel Rivera, que paseaba con Mario, había mirado dos o tres veces con

inquietud hacia allá. Al fin, no pudiendo contenerse, exclamó:

--Mira, chico, haz el favor de llamar a tu mujer, porque ese bandido de

Romadonga debe de estar diciéndole alguna desvergüenza.

Mario se apresuró a cumplir el encargo, con gran satisfacción de la

pobre Carlota, que estaba en brasas. Don Laureano, sin darse por

ofendido, se fue deslizando pian piano hacia otro grupo.

En este momento crítico de la jira campestre se efectuó en el Vivero de

Migas Calientes un suceso insignificante en la apariencia, realmente de

una trascendencia tan grande que sólo otros tiempos y otras generaciones

podrán medir por completo su alcance. En la historia del género humano

suele presentarse cuando menos se espera uno de esos fenómenos

humildísimos que determinan por la fuerza portentosa y oculta que

consigo traen cambios radicales, trastornos inmensos en la esfera

científica y más tarde en la vida de los pueblos. Un día Newton, sentado

a la sombra de un pomar, ve caer una manzana. La caída de aquella

manzana le sugiere una idea. Se descubre la teoría de la gravitación.

Otro día Watt ve hervir un puchero. Observa cómo la tapa se levanta.

Medita sobre este hecho vulgarísimo. Se descubre la máquina de vapor.

Otro, cae por casualidad en manos de Carlos Darwin el libro de Malthus

sobre el _principio de la población_. La idea de la selección natural se

presenta a su espíritu. El origen de las especies queda descubierto. De

este orden es el hecho de que vamos a dar cuenta.

Acaeció que el Sr. Sánchez, huyendo el bullicio, que no se compadecía

con su temperamento melancólico y reflexivo, se alejó de los amigos y se

puso a vagar distraídamente por las calles de árboles. Acaeció al mismo

tiempo que nuestro amigo Moreno, arrastrado por sus aficiones

naturalistas, había seguido antes el mismo camino y se ocupaba en

examinar algunas yerbas y flores con una lente de que siempre venía

provisto para casos semejantes. En la confluencia de dos senderos al pie

de una mata se encontraron. ¡Feliz encuentro que a la larga había de dar

por resultado una de las más grandes conquistas del espíritu humano!

Moreno y Sánchez se saludaron cortésmente. Ni uno ni otro podían

sospechar en aquel momento lo que tal saludo iba a representar en la

historia del progreso humano. Cambiadas algunas palabras indiferentes,

Sánchez se quiso enterar de lo que Moreno hacía. Éste, cuya ciencia

estaba siempre al servicio de los amigos y hasta de los que no lo eran,

le mostró la rama que tenía en la mano; le hizo ver con la lente la

textura de las hojas y del tallo, el tejido delicadísimo de sus fibras,

la complejidad maravillosa de su organización. Y una vez en el camino

didáctico no quiso abandonarlo sin dar a D. Pantaleón un curso de

botánica: un curso peripatético. Con las manos a la espalda,

deteniéndose a cada instante para comprobar prácticamente su enseñanza

teórica, Moreno le inició paseando en los secretos del mundo vegetal.

El espíritu virgen de D. Pantaleón recogió con avidez aquella enseñanza,

como la tierra seca recibe la lluvia fecundante. Pocos minutos le

bastaron para enterarse de que en el mundo existían dos reinos

distintos, el uno llamado vegetal y el otro animal, que aquellas plantas

y árboles que tenían a la vista pertenecían al reino vegetal, y él y

Moreno al animal, que los árboles se nutrían por la raíz y por las hojas

y que se reproducían por medio de órganos que tienen a semejanza de los

animales, los cuales están situados en lo que comúnmente se llama la

_flor_, etc.

Por cierto que al hacer el examen minucioso de estos órganos Moreno tuvo

una frase feliz que causó profunda impresión en el antiguo comerciante.

--Este polvo, residuo de la digestión de la planta, es precisamente lo

que, al herir la mucosa de la nariz, nos causa esa sensación agradable

que llamamos aroma. De suerte--añadió con sonrisa de benévola

ironía--que el perfume de las flores, cantado por los poetas y que

enloquece de placer a los temperamentos románticos, no es otra cosa en

realidad que el olor de su excremento.

V

A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la acción

combinada del calor y la humedad, así las preciosas ideas depositadas

por Moreno en el cerebro del ingenioso Sánchez germinaron allí toda la

noche bajo la tibia temperatura de las sábanas. Hasta que el sueño vino

a apoderarse de sus facultades mentales no dejó de repetirse con

creciente asombro: «¡El excremento!» Y esta idea, maravillosamente

fecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de él y le

abría repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormido

jamás había soñado.

Cuando se levantó por la mañana tenía las mejillas enrojecidas, los ojos

brillantes, todo el cuerpo en tan ágil disposición, que su digna esposa

quedó, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresa

fue en aumento cuando Sánchez, después de tomar el desayuno, en vez de

retirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de _La

Época_, se dirigió a la cocina y preguntó si había alguna legumbre

fresca. Como la criada no hubiese traído ninguna aquel día, se apoderó

al fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornilló el objetivo de

unos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pasó la mañana

dando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente su

estructura. Por la tarde salió a dar su acostumbrado paseo por el

Retiro. ¡Ah, este paseo tenía ahora muy diversa significación! Hasta

entonces Sánchez había paseado por puros motivos higiénicos, arrastrado

de la costumbre. Su pensamiento permanecía inactivo lo mismo cuando daba

vueltas en torno del _Ángel caído_ que cuando se sentaba frente al

Estanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arena

con el bastón. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de árboles

estaban iluminadas por la chispa que ardía en su cerebro. Ya no las

cruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturaleza

comenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarle

los secretos que guarda en su seno.

D. Pantaleón, dándose cuenta vagamente del alto destino a que estaba

llamado y del importante papel que pronto iba a representar en el

progreso de los conocimientos humanos, respondió dignamente a los

llamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que se

detuviese a conversar con algún árbol del camino. Arrancaba

delicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba con

atención sus particularidades morfológicas. No sólo los grandes árboles

añosos, que bordaban el paseo, eran objeto de su atención investigadora.

Con admirable intuición comprendía ya que las plantas más diminutas

merecían el mismo examen atento que los árboles seculares, porque en

todas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba a

menudo por encima de los setos y se metía por los cuadros de flores para

estudiar los organismos inferiores.

--¡Eh, abuelo! ¿Qué hace usted ahí plantado en medio del cuadro? ¿No

sabe Usted que está prohibido entrar?

La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profunda

contemplación y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso,

la humanidad perdían cada vez que esto sucedía inapreciables tesoros de

observación. Mas los guardas no lo sabían. El mismo D. Pantaleón, en la

inconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.

Durante varios días realizó, tanto en el Retiro como en el silencio de

su gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura de

todos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo llegó con poderosa

intuición a persuadirse de que el mundo vegetal está constituido por un

tejido de una complicación maravillosa; que en las frutas y las

legumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas,

mientras en la madera duro y resistente, por cuya razón no sirve para la

alimentación. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, se

apresuró a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.

Mientras D. Pantaleón se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferas

más altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de este

memorable suceso, se estrechaba cada vez más. Moreno comenzó a visitar

la casa; se pasaba las horas encerrado con aquél en su gabinete. Había

hallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombre

callado, atento, que se interesase por la morfología y que le creyese un

sabio. En efecto, Sánchez llegó pronto a convencerse de que Moreno era

un hombre distinguidísimo. Al oírle disertar extensamente, unas veces

sobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radiómetro, ahora

sobre el estómago de las plantas, más tarde acerca de la organización y

las costumbres de los coleópteros, quedó vivamente asombrado. Adolfo

Moreno era un ingenio universal. Economía política, medicina, zoología,

química, astronomía, estadística, arte de construcciones, material de

guerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Y

lo más pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramos

del saber lo hacía siempre en un punto concreto y especialísimo, lo cual

probaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiosos

quería suponer que esta especialidad no tanto dependía de la profundidad

de su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen los

conocimientos útiles. Pero esta venenosa observación no merece siquiera

que se la refute. Su fuerte era la biología y particularmente el

desenvolvimiento fisiológico del tipo humano.

--Me sorprende muchísimo, señor de Moreno--le dijo un día D. Pantaleón,

después de oírle exponer asombrosamente durante media hora lo menos «las

enfermedades de la sangre del ratón,»--me extraña muchísimo que con los

grandes conocimientos que usted posee no sea usted médico o ingeniero,

o por lo menos doctor en ciencias.

La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcástica.

Sacudió la cabeza en silencio, resopló tres o cuatro veces por la nariz,

y dijo al cabo sordamente:

--Empecé a prepararme hace algunos años para la carrera de ingeniero de

minas, pero comprendí muy pronto que no era ésa mi vocación verdadera, y

la dejé después de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiar

medicina, que, como usted habrá comprendido, es lo que más concuerda con

mis inclinaciones. Pues bien, al segundo año he tenido que abandonarla

por dignidad. ¿A que no sabe usted en qué asignatura me han dejado tres

veces _suspenso_?

Sánchez le miró con ojos interrogantes.

--Vamos, imagíneselo usted.

El origen del pensamiento · 第 12 / 29 题