La familia Sánchez se estrechó un poquito para que cupiese Mario. En el
cuarto donde antes alojaban las dos hermanas se aposentó ahora el
matrimonio. Presentación pasó a dormir en un cuartito interior, donde
antes tenían los armarios de la ropa.
Mario nadó los primeros días en una gloria azul y luminosa sembrada de
estrellas, cercada de querubines alados como las que colocan los
pintores en la esquina del cuadro cuando quieren representar la muerte
de un santo. Don Pantaleón era el Padre Eterno, D.ª Carolina la esposa
del Padre Eterno, Presentación un ángel, y hasta la cocinera Rita
guardaba alguna semejanza con Santa Mónica, madre de San Agustín. En
cuanto a Carlota, era la misma Virgen Santísima concebida sin mancha en
el primer instante de su ser natural.
No se saciaba de mirarla. Por la mañana, con un pañolito rojo de seda al
cuello, los negros cabellos anudados al desgaire y un traje de percal
color lila, barriendo y arreglando el cuarto, estaba verdaderamente
deliciosa. Un poco más tarde, haciendo el café, cortando el pan y
distribuyendo el azúcar y la manteca, le parecía la bella diosa Pomona
cargada de frutos ultramarinos. Por la tarde, lavada, peinada,
perfumada, con una linda bata color crema, sentada al lado del balcón
bordándole a él unas zapatillas, no podía darse nada más correcto y a la
vez más interesante. Cuando salían de paseo y se ponía un sombrerito de
paja adornado con campanillas rojas y el traje negro de seda, regalo de
sus papás, era maravillosa. Por la dignidad del continente, por la
delicadeza del cutis, por su belleza sencilla y serena, no había en todo
Madrid quien pudiese competir con ella. Pero esto no era nada si se
compara a la forma en que se le aparecía los sábados. En este día
Carlota tenía por costumbre lavar sus camisas. Con la cabeza ceñida por
un pañuelo que dejaba sólo ver algunos rizos, la garganta y una buena
porción del pecho al descubierto y los brazos por completo al aire,
estaba sencillamente sublime. ¡Qué ondulaciones de torso! ¡qué pureza de
líneas! ¡qué armonía! ¡qué majestad!
Un día, con el alma llena de esta belleza plástica que nadie mejor que
él podía apreciar, le propuso, no sin ruborizarse, que le dejase tomar
apuntes de uno de sus brazos. Carlota le miró risueña y sorprendida, y
le entregó su hermoso brazo para que lo copiase. Quiso inmediatamente
modelar la cabeza, el pecho, la espalda. La joven se resistió algún
tiempo, y al fin, viéndole triste, se prestó a servirle de modelo.
Consideraba aquella afición de su marido como un capricho, una manía;
pero pensando, como mujer sensata, que esta distracción podía librarle
de otras más peligrosas, no se oponía resueltamente a ella. Limitábase
a sonreír benévolamente y a darle algunos golpecitos maternales en las
mejillas cuando le veía, lleno de ardor y entusiasmo, pasarse el día
modelando alguna Juno (la de los hermosos brazos, como la llama Homero),
que era ella, Carlota, o alguna Diana (la de las hermosas piernas), que
también era ella, por más que no lo confesase.
--¡Qué niño eres, Mario!
En efecto, pocos o ninguno lo serían tanto a su edad.
Su alegría ruidosa, inmotivada, era realmente infantil; su inocencia
para las cosas de la vida rayaba en simpleza. Tan sólo cuando se tocaba
a su arte adquirían aquellos ojos una expresión grave, concentrada, y su
palabra, por lo general incoherente, tomaba inflexiones profundas, se
hacía precisa y enérgica.
Había alquilado en la misma casa una guardilla donde modelaba libre y
tranquilamente. Para estos gastos y para los placeres del matrimonio,
pues en ropa no había que pensar en algún tiempo, le bastaba su sueldo,
del cual nadie le pedía cuentas. Por las noches algunas veces iban al
café con la familia; otras, las más, se escapaban a algún teatro o
vagaban cogidos del brazo por las calles solitarias, mirando los
escaparates, entrando a lo mejor en cualquier tienda para comprar
orejones o cacahuetes. Carlota empezaba a tener caprichos. ¡Qué noches
aquéllas de dicha inefable! Paseaban horas enteras charlando. Mario
dejaba que su mujercita le contase lo que pensaba hacer con el vestido
color fresa cuando la falda se ensuciase demasiado, o bien el número de
camisas que iba a poner apartadas y las que dedicaría al uso, o las
reformas trascendentales que proyectaba en el ramo de chambras. De vez
en cuando también él emitía tímidamente su opinión, y ella en no pocas
ocasiones la aceptaba como muy sesuda, y si no la aceptaba, por lo menos
se reía, que era mucho mejor. Todas estas cosas expresadas con voz
suave, insinuante, entre las sombras de la noche, se convertían en un
arrullo poético, delicioso, que enajenaba los sentidos de nuestro joven.
Sus pies no querían tocar el suelo. A veces el asunto de las chambras y
de las tiras bordadas le conmovía tan profundamente, que sin poder
contenerse, después de cerciorarse con rápida mirada de que nadie
cruzaba por la calle, abrazaba a su esposa con efusión y le aplicaba un
beso en la mejilla. Cierta noche se equivocó. Por la calle no cruzaba
nadie, pero en un balcón debía de haber gente, porque después de su beso
sonó otro más fuerte seguido de alegre carcajada. Carlota, ruborizada
hasta querer saltársele la sangre, echó a correr desatinadamente, lloró
de vergüenza y le hizo jurar que se abstendría en adelante de tales
expansiones imprudentes.
Pues caminando por esta senda deliciosa, alumbrada por los astros más
propicios, tapizada de flores que embalsamaban el ambiente, una espinita
vino al fin a clavarse en el pie de Mario. D.ª Carolina le llamó aparte
un día, estando Carlota con su hermana fuera de casa, y le dijo:
--Me causa pena tener que hablarte de un asunto... No sólo me causa
pena, sino que me repugna, puedes creerlo... Ya sabes que soy una
infeliz mujer que represento poco o nada en la casa... Por mí, toda la
vida seguiríamos lo mismo... Mi dicha consiste en veros a todos vosotros
felices... Pero, hijo mío, donde hay patrón no manda marinero. Pantaleón
me ha advertido el otro día que hacía tres meses que vivías con nosotros
y que aún no habías contribuido con nada a los gastos de la casa...
Una ola de carmín inundó repentinamente las mejillas de Mario. La
vergüenza le impidió al pronto articular palabra. Aturdido hasta un
grado indecible, pudo al cabo balbucir:
--Tiene usted razón... no había pensado... dispénseme usted... En cuanto
cobre este mes le entregaré la parte que a usted le parezca...
D.ª Carolina, perfectamente serena, sonriendo dulcemente, repuso
poniéndole una mano sobre el hombro:
--Lo mejor será que me entregues todo el sueldo. Vosotros los jóvenes no
conocéis el valor del dinero. Cuando lo tenéis en el bolsillo gastáis
sin reparo. En este punto lo mismo eres tú que tu mujer. Dámelo a mí y
yo os iré facilitando poco a poco lo que necesitéis.
Así lo prometió sin reparar lo que hacía. Cuando llegó Carlota se
apresuró a comunicarle lo que con su madre le había pasado. La joven se
puso igualmente colorada. Ambos permanecieron silenciosos un rato sin
saber qué decirse.
--¿Dices que mamá echaba la culpa de este paso a papá?--profirió al cabo
ella.
--Sí, sí, no cabe duda. ¡La pobre mamá es tan bondadosa! ¡Si supieras
qué trabajo le ha costado decírmelo!... Después de todo, no hay por qué
quejarse; tu papá tiene razón.
Carlota hizo una leve mueca de desdén y se fue a su cuarto.
Desde entonces los placeres mundanos de los recién casados sufrieron
merma considerable, quedaron reducidos casi exclusivamente a los paseos
vespertinos y nocturnos. Adiós teatros, adiós regalos y caprichos. Doña
Carolina se apoderaba de la paga íntegra, y a duras penas soltaba de
ella una parte insignificante. Cuando su hija, muerta de vergüenza, le
pedía algún dinero para Mario, la buena señora reía, echaba a broma la
petición y la mitad de las veces no hacía caso de ella. Otras decía que
la llave de la gaveta la tenía su marido y no se atrevía a pedírsela.
Otras, en fin, se dirigía a Mario.
--¿Verdad, Mario, que tú no has pedido dinero? ¿que es esta manirrota la
que se vale de tu nombre para sacarme los cuartos?
El pobre no se atrevía a contradecirla y se resignaba a andar con el
bolsillo vacío. Hubo necesidad de dejar la guardilla que le servía de
taller. Para seguir modelando se vio obligado a pedir licencia a
Presentación para meter en su cuarto los trastos y aprovechar las horas
en que el comedor quedaba desembarazado. Estas molestias no bastaban,
sin embargo, a turbar su ventura.
¡Qué efecto tan grato y a la vez tan melancólico producía esta felicidad
en Miguel Rivera! Frecuentaba la casa, los acompañaba algunas veces en
sus paseos, les demostraba un afecto paternal y les prestaba los
servicios que podía y en todo caso el auxilio de su experiencia.
¡Cuántas veces, sorprendiendo sin querer alguna caricia furtiva, se le
rasaron los ojos de lágrimas recordando los contados días de su dicha
conyugal! Mario lo observaba y le hacía una seña a Carlota. Esta, a
quien impresionaba vivamente la fidelidad de Rivera a su esposa muerta,
se ponía grave y redoblaba sus atenciones cariñosas hacia aquel buen
amigo.
Un día le dijo muy bajito metiéndole la boca por el oído:
--Si es niña, se llamará Maximina.
Miguel le apretó la mano fuertemente y volvió la cabeza para ocultar su
emoción.
Así trascurrieron dos meses más. La dicha de Mario comenzaba a molestar
ya a los dioses. Fuerza era que pagase el tributo debido a su condición
mortal.
En los últimos tiempos había descuidado bastante la oficina. Su amigo y
antiguo jefe Oliveros le había advertido que el director no estaba
satisfecho de él. La culpa no era de Carlota, como pudiera presumirse.
Al contrario, su mujer tenía buen cuidado de recordarle la hora, ponerle
el almuerzo y la ropa a punto para que no se retrasase. Pero aquella
bendita afición a modelar el barro enajenaba sus sentidos. Cuando tenía
entre manos una obra que le agradase, o no iba al ministerio, o iba
tarde. La casa estaba llena ya de adornos esculturales: cabezas, brazos,
torsos, andaban diseminados sobre las mesas y cómodas o colgados de la
pared. Carlota sentía un desprecio profundo hacia estos cachivaches
aunque se abstenía de manifestarlo abiertamente por miedo de disgustar a
su marido. Pero cuando se quedaba sola y tenía que sacudirles el polvo,
en la displicencia con que empuñaba el plumero y en el gesto desabrido
con que tarareaba cualquier cancioncilla de zarzuela se advertía
perfectamente que el arte de Fidias no había logrado apoderarse de su
alma.
Mario fue un lunes algo tarde a la oficina, como de costumbre. En el
despacho, a más de la de él, que era el jefe, había otras tres mesas
para los oficiales. Éstos no levantaron la cabeza cuando entró, ni menos
le recibieron con las alegres chanzas que usaban de continuo, pues
nuestro joven era muy estimado de sus subordinados, por su tolerancia.
Aquel silencio lúgubre le sorprendió un poco. Avanzó hasta su mesa y vio
encima de la carpeta un pliego cerrado con el sobre escrito a su
nombre. Lo abrió con mano trémula, presintiendo su contenido. En efecto,
era la cesantía. Quedó un instante suspenso y pálido; pero, reponiéndose
en seguida, exclamó con alegre semblante:
--¡Caballeros, ya no soy jefe de ustedes!
--Lo habíamos comprendido--dijo uno tristemente.
Y todos a la vez se alzaron de la silla y vinieron a él, expresando su
disgusto con afectuosas palabras. Mario hizo de tripas corazón. Se
mostró tranquilo, risueño; hasta se autorizó algunas bromitas. Pero
cuando después de despedirse cariñosamente salió a la calle, pensó que
el mundo se le venía encima, sintió su corazón atravesado por vivo dolor
y casi se le doblaron las piernas. No se daba razón de tanta congoja.
Era un contratiempo, no una desgracia. Sin embargo, algo lloraba allá en
el fondo de su alma, la ruina de su felicidad.
No quiso ir a casa directamente. Necesitaba refrescar la cabeza,
coordinar las ideas, pensar en algo que pudiera contrarrestar aquel
golpe. Paseó algún tiempo entre calles: al cabo, rendido moral y
físicamente, entró en el café Suizo y pidió una botella de cerveza. Allá
en un rincón, formando tertulia con algunos señores graves, vio a su
amigo Romadonga, que le dirigió un cariñoso saludo con la mano. Poco
después, aburrido de la conversación, o quizá por su característica
necesidad de variar de compañía, se vino hacia él con su paso silencioso
de gato, balanceando gentilmente el torso.
--¿Qué hay, hombre feliz?--dijo sentándose enfrente.--A nadie envidio
hoy en Madrid más que a usted. ¡Qué buenos ratitos! ¿eh?
Mario, a quien molestaban muchísimo las bromas cínicas de D. Laureano,
hizo un esfuerzo penoso para sonreír y no contestó.
--La verdad es, querido Costa, que en nuestra corta y miserable
existencia sólo hay un punto luminoso, un oasis ameno, la mujer.
Chupó en silencio y con placer su cigarro habano, cerró los ojos, como
para mirar el pasado, y prosiguió:
--Ríase usted de la caza, de la música, de los viajes, de todos los
placeres en general. Los he gustado todos. No valen la pena de
molestarse. El único que tiene sabor exquisito, delicado, embriagador,
es la mujer... Mejor dicho, las mujeres, si es que usted no se
ofende.... ¡Las mujeres! ¡muchas mujeres!... Unas por uno, otras por
otro, casi todas merecen ser amadas. La que no tiene el rostro bonito,
tiene un cuerpo escultural; si la mano es fea, el pie es un primor...
¡Usted no ha escogido mal, picarillo!... Carlota no tiene las facciones
correctas de su hermana, pero es una estatua. Mejor que yo lo sabrá
usted. Delgada de talle y ancha de caderas, la cabeza graciosa y bien
plantada, el pecho alto, firme, valiente...
Mario estaba en brasas. Al llegar aquí no pudo reprimir un gesto de
disgusto. Don Laureano lo observó, y soltando la carcajada y poniéndole
una mano sobre el hombro, exclamó:
--Pero ¡qué empeño tienen ustedes los maridos en que nadie admire a sus
mujeres! ¿Por qué? Yo imagino que debiera ser lo contrario. La
convicción de que sólo ustedes son poseedores de sus encantos y que los
demás nos morimos de envidia, debiera ser para ustedes un manantial de
goces. ¿Te gusta mi mujer, eh? Pues contempla y rabia. Nada más
agradable. Ahora también debo de advertirle que yo no serviría para
marido. Una sola mujer me aburre pronto. La misma Carlota, a pesar de
ser tan escultural, pienso que llegaría a cansarme. Es cuestión de
organismo. El mío pide la variedad. A otros les basta la unidad...
Entre el hondo pesar que le embargaba y aquellas palabras desvergonzadas
que le herían como latigazos, el pobre Mario no podía disimular ya más.
Su rostro se iba poniendo sombrío por momentos. Tanto que Romadonga,
aunque no solía fijarse en el semblante de sus amigos, concluyó por
preguntarle:
--¿Qué tiene usted? Me parece que está usted preocupado.
Mario lo negó.
--Vamos, algún disgustillo matrimonial. ¡La ley, querido, la ley! Si el
matrimonio no fuese más que el placer, ¿quién no se casaría? Pero
entiendo que ante todo es sacrificio y que sólo conviene a los hombres
virtuosos. Por eso yo, que no me tengo por tal, he renunciado a sus
placeres como a sus dolores. Es el estado más decoroso, más noble, no lo
niego; pero a las naturalezas egoístas y sensuales como la mía (según
dice Godofredo Llot) les va mejor el celibato. Tiene también sus
quiebras; el hombre jamás puede ser feliz por completo. Los solteros no
tenemos quien nos repase los calcetines ni quien nos enfríe el caldo al
lado de la cama cuando estamos constipados; pero en cambio hay otras
ventajillas, y bien pesadas las de uno y otro estado, me parece que
nosotros no llevamos la peor parte.
Volvió a chupar el cigarro entornando un poco los párpados. Una sonrisa
feliz se esparcía por su rostro correcto y expresivo. Cuando exponía sus
teorías acerca del matrimonio solía hacerlo con moderación: no quería
ofender a nadie. Pero allá en su fuero interno diputaba a los casados
por unos mentecatos que habían venido a hacer el _primo_ a la
existencia. No se hartaba de felicitarse a sí propio de haber tenido
bastante habilidad para no haber caído en la red.
--Amigo Romadonga, por esta vez se ha equivocado usted. No hay tal
disgusto matrimonial--dijo resueltamente Mario.
--Me alegro, me alegro muchísimo. Ojalá no haya entre ustedes jamás
motivo de discordia--repuso Matusalem con amabilidad.
Pero en su afable sonrisa se advertía un leve matiz de duda, algo que
decía: «Si no han venido aún las reyertas, vendrán, querido, no lo dude
usted.»
--Le confieso que tengo un disgusto, pero es de orden más inferior y más
soportable. Acabo de saber que he quedado cesante.
Romadonga se mostró sorprendido. Después procuró poner la cara triste
adaptándose a las circunstancias. Quiso enterarse de los pormenores.
--¡Bah! Yo creo que eso se arreglará. No se apure usted. Su papá tenía
muy buenas relaciones. En cuanto los amigos se enteren, será usted
repuesto. ¿Y no ha habido razón alguna para esa cesantía? ¿Ha tenido
usted algún choque con los jefes?
Mario confesó avergonzado que desde hacía algún tiempo no asistía a la
oficina con la asiduidad que antes.
--...Qué quiere usted, me ha vuelto otra vez la manía de modelar en
barro. Cuando tengo entre manos alguna figura que me interesa no me
acuerdo de nada. Comprendo que hago mal, ¡pero se pasan tan buenos
ratos!
Romadonga le miró risueño, embelesado, con su acostumbrada benevolencia
para todas las locuras.
--¡Bravo! Es usted un hombre original. No deja de tener gracia eso de
perder un empleo por hacer figuras de barro. Comprendo que usted se
arruinara por mujeres de carne y hueso... pero por muchachas de barro o
de mármol, eso, francamente, excede para mí los límites de lo
comprensible.
Pocos momentos después nació en su espíritu la sospecha aterradora de
que la conversación empezaba a aburrirle. Apresurose a levantarse, y
dando algunas palmaditas amicales a su amigo en el hombro y deseándole
que se arreglase pronto el asunto, se alejó balanceando su figura
distinguida, como los perros cuando ya no hay terrones de azúcar que
ofrecerles.