¡Oh! No podré olvidar jamás aquella primera descarga en el bosque, aquel

tiroteo que horadaba las hojas como el granizo en abril y señalaba las

cortezas de los árboles. Un conejo pasó huyendo a todo correr a través

del camino, arrancando matitas de hierba con sus uñas extendidas. Una

ardilla descendió precipitadamente de un castaño, dejando caer castañas

aún verdes. Sintiéronse dos o tres pesados revuelos de gordos faisanes y

un barullo entre las ramas bajas y las hojas secas, al viento de ese

escopetazo que agitó, despertó y atemorizó a todo bicho viviente en el

bosque. Los musgaños se ocultaban en lo más hondo de sus agujeros. Un

escarabajo, que salió del hueco del árbol que nos guarecía, movía sus

ojos prominentes y estúpidos, yertos de terror. Por doquiera veíanse

pobres bichitos azorados, libélulas azules, moscardones, mariposas...

hasta un saltamontes pequeñito con alas de color escarlata, que se

detuvo junto a mi pico; pero también yo estaba sumamente asustado para

aprovecharme de su miedo.

El viejo, por su parte, seguía siempre tan tranquilo. Muy atento a los

ladridos y a los disparos, hacíame señas cuando se aproximaban y nos

íbamos un poco más lejos, fuera de la pista de los perros, y muy ocultos

entre el follaje. Sin embargo, una vez mi sobresalto fue tremendo,

porque nos consideramos ya perdidos. La calle de árboles que teníamos

que cruzar estaba guardada a cada extremo por un cazador que atisbaba.

Por un lado, un mocetón con patillas negras, quien sonaba como una

panoplia vieja cuando se movía, con su cuchillo de monte y su cartuchera

y el cuerno de municiones, sin mencionar que sus polainas hebilladas

hasta las rodillas le hacían parecer aún más alto; en el otro extremo,

un viejecito, apoyado muy tranquilamente en un árbol, fumaba en su pipa,

guiñando los ojos como si tuviera sueño. Este no me asustaba, sino el

mocetón de allá abajo...

--No entiendes nada de esto, Rojillo--me dijo mi camarada riéndose. Y

sin temor ninguno, con las alas abiertas de par en par, alzó el vuelo

casi entre las piernas del terrible cazador de las patillas. Y la verdad

es que el pobre hombre estaba tan engolfado con todos sus atavíos de

caza, tan distraído contemplándose de arriba abajo, que cuando se echó

al hombro la escopeta nos encontrábamos ya fuera de su alcance. ¡Ah! ¡Si

cuando los cazadores creen estar solos en un rincón de un bosque,

supieran cuántos ojuelos fijos les miran desde los matorrales, cuántos

piquitos puntiagudos contienen la risa al ver su torpeza!...

Nosotros andábamos, andábamos sin detenernos. Considerando que lo mejor

que podía hacer era seguir a mi viejo acompañante, mis alas se

desplegaban a compás de las suyas, para replegarse y quedar inmóviles

tan pronto como él se detenía. Aun me parece ver todos los sitios por

donde pasamos: el conejar cuajado de brezos, lleno de madrigueras junto

a los árboles amarillentos, con esa gran cortina de robledales donde

creía ver escondida la muerte por doquiera, y la verde sendita por donde

mi madre la Perdiz había paseado tantas veces su pollada bajo el sol de

mayo, donde picoteábamos, saltando, las hormigas rojas que subían por

nuestras patas, donde encontrábamos faisanitos cebados, gordos como

pollastres, y que se negaban a jugar con nosotros.

Vi como en un sueño mi senderito, en el momento en que lo atravesaba una

corza, erguida sobre sus delgadas patas con los ojos muy abiertos y

dispuesta a saltar. Después, la balsa adonde acudíamos en partidas de

quince o treinta, todos al mismo vuelo, alzándonos en un momento de la

llanura, para beber el agua del manantial y salpicarnos de gotitas que

rodaban sobre el lustroso plumaje... En medio de esa charca había una

aliseda, algo así como un ramillete muy espeso, y en aquel islote nos

guarecimos. Hubiera sido necesario que los perros tuviesen una nariz de

primera para ir a buscarnos en aquel sitio. A poco de llegar nosotros,

presentose un corzo arrastrándose sobre tres patas y dejando tras de sí

un surco rojo sobre el musgo. Daba tanta tristeza el verlo, que oculté

la cabeza bajo las hojas; pero oía al herido beber en la charca

resollando y ardiendo en fiebre...

Declinaba el día. Los disparos de escopeta se alejaban y disminuían en

número. Después quedó todo en silencio... Aquello había terminado.

Entonces regresamos despacio a la llanura, para saber algo de nuestra

gente. Al pasar por delante de la casita de madera, presencié una cosa

horrible.

En el borde de un hoyo, los unos cerca de los otros, yacían liebres de

rojo pelo y conejillos grises de cola blanca, con las patitas juntas por

la muerte, en actitud de implorar misericordia, y con ojos empañados

como si llorasen; además, perdices rojas, machos de perdiz grises, con

la _herradura_ como mi camarada, y perdigoncillos de aquel año que, como

yo, tenían todavía pelusa debajo de las plumas. ¿Hay nada más tétrico

que una ave muerta? ¡ Las alas son tan vivas! El verlas plegadas y frías

hace temblar... Un gran corzo, magnífico y tranquilo, parecía dormir,

con su lengüecita sonrosada fuera de la boca, cual si aun fuese a lamer.

Y también estaban allí los cazadores, inclinados sobre aquella

carnicería, contando y tirando hacia sus morrales de las patas

ensangrentadas y de las alas rotas, con menosprecio de todas esas

heridas recientes. Los perros, atraillados para el camino, fruncían aún

sus hocicos en ristre, como si se dispusiesen a volver a lanzarse a los

tallares del soto.

¡Oh, mientras el ancho sol ocultábase allá abajo y se alejaban todos

jadeantes, agrandando sus sombras sobre los terrones de los surcos y las

sendas húmedas con el sereno del crepúsculo, cómo maldecía yo, cómo

odiaba a toda la banda, hombres y animales!... Ni mi compañero ni yo

podíamos lanzar, como de costumbre, unas notitas de despedida a ese día

que expiraba.

Vimos en nuestro camino infelices bestezuelas, muertas por un extraviado

perdigón de plomo y sirviendo de pasto a las hormigas; musgaños con el

hocico lleno de polvo, picazas, golondrinas derribadas al vuelo,

tendidas de espaldas y levantando sus yertas patitas hacia el cielo, de

donde descendía la noche precipitadamente, como suele en otoño, clara,

fría y húmeda. Pero lo que más profundamente conmovió todo mi ser fue

oír en los linderos del bosque, al margen del prado y allá abajo en los

juncales del río, llamamientos angustiosos, tristes y diseminados, que,

no siendo contestados por nadie, iban a perderse en las lejanías del

espacio.

EL EMPERADOR CIEGO

O VIAJE A BAVARIA PARA BUSCAR UNA TRAGEDIA JAPONESA

I

EL SEÑOR CORONEL DE SIEBOLDT

El señor de Sieboldt, el coronel bávaro al servicio de Holanda, señor de

Sieboldt cuyas notables obras acerca de la flora japonesa le han

conquistado merecida reputación en los círculos científicos, llegó a

París, durante la primavera de 1866, para someter al Emperador un vasto

proyecto de asociación internacional para la explotación de ese

maravilloso _Nipon-Jepen-Japon_ (Imperio de la salida del Sol), donde

había residido durante más de treinta años. Esperando que se le

concediera una audiencia en las Tullerías, el ilustre viajero (que no

obstante su larga permanencia en el Japón había continuado siendo muy

bávaro), pasaba sus veladas en una pequeña cervecería del arrabal

Poissonnière, acompañado por una señorita joven de Munich que viajaba

con él, y a quien presentaba como sobrina suya en todas partes. Allí fue

donde lo encontré yo. Al entrar él, volvíanse todos para contemplar la

fisonomía de ese anciano, firme y tieso con sus setenta y dos años, sus

largas barbas canas, su interminable hopalanda, su ojal lleno de cintas

con los distintivos de todas las academias científicas, y aquel extraño

aspecto, que revelaba a un tiempo timidez y desenvoltura. El coronel se

sentaba con mucha seriedad y sacaba del bolsillo un gran rábano negro;

después la joven señorita que lo acompañaba, con todas las trazas de una

alemana, de falda corta, chal de cenefa y sombrerito de viaje, cortaba

ese rábano en rodajas muy finas, al estilo de la tierra, las

espolvoreaba de sal, se las ofrecía a su _tío_, como ella le llamaba con

su vocecita de ratón, y los dos empezaban a rumiar uno frente a otro,

tranquila y sencillamente, sin suponer que su manera de conducirse en

París pudiera parecer a nadie ridícula, puesto que no hacían ni más ni

menos que lo que habían hecho en Munich. Verdad es que eran una pareja

original y simpática, y no tardamos en ser buenos amigos. El bueno del

hombre, viendo la satisfacción que experimentaba oyéndole hablar del

Japón, habíame pedido que revisara su Memoria, y yo me apresuré a

complacerlo, no sólo por amistad hacia ese viejo Simbad, sino también

para enfrascarme más y más en el estudio de ese hermoso país, el amor al

cual me había transmitido. La tal revisión me fue muy penosa. Toda la

Memoria estaba escrita en el francés estrafalario que hablaba el señor

de Sieboldt: «Si yo tenga accionistas... si yo _reuniría_ fondos...»

esos defectos de pronunciación que le hacían escribir desatinos como

éstos: «Los grandes _botes_ del Asia» por «los grandes _vates_ del Asia»

y «el _Jabón_» en lugar de «el _Japón_...» Agréguese a esto, frases de

cincuenta líneas sin signos de puntuación, sin una sola coma, sin ningún

descanso para respirar, y, no obstante, tan bien clasificadas en el

cerebro del autor, que le parecía imposible suprimir ni una sola

palabra, y cuando me ocurría tachar una línea en un lado, la volvía él a

escribir un poco más lejos... ¡Lo mismo da! Lo cierto es que ese diablo

de hombre era tan interesante con su _Jabón_, que me hacía olvidar las

fatigas del trabajo, y llegado el día de la audiencia, la Memoria casi

podía caminar por sí sola.

¡Pobre veterano Sieboldt! Todavía me parece verlo irse a las Tullerías,

con todas sus cruces en el pecho, con ese brillante uniforme de coronel

(grana y oro) que no desembaulaba más que en las grandes ocasiones. Aun

cuando todo el tiempo estaba ¡brum! ¡brum! irguiendo su elevada

estatura, adiviné su emoción por el temblor de su brazo sobre el mío, y

especialmente, por la insólita palidez de su nariz, un narigón de

sabihondo, rojo por el estudio y por la cerveza de Munich. Cuando volví

a encontrarlo, por la noche, estaba triunfante: Napoleón III lo había

recibido entre dos puertas, escuchado durante cinco minutos y despedido

con su frase ordinaria: «Veré... pensaré en ello.» Sin más que eso, el

cándido japonés intentaba ya adquirir en arrendamiento el primer piso

del _Gran-Hôtel_, poner comunicados en los periódicos, publicar

prospectos; costome gran trabajo hacerle comprender que Su Majestad

quizá se tomase mucho tiempo para reflexionar y que, mientras, lo más

conveniente sería que volviera a Munich, donde la cámara estaba

precisamente a punto de votar un crédito para la adquisición de sus

grandes colecciones. Mis advertencias lo convencieron, y en recompensa

del trabajo que me tomé con su famosa Memoria, me prometió al marchar

enviarme una tragedia japonesa del siglo XVI, preciosa obra maestra

desconocida por completo en Europa, y que había traducido _ex profeso_

para su amigo Meyerbeer. Cuando murió el maestro, se disponía a escribir

la música de los coros. Como ustedes ven, el excelente hombre deseaba

hacerme un verdadero obsequio.

Desgraciadamente, algunos días después de su partida, estalló la guerra

en Alemania, y no volví a oír hablar más de mi tragedia. Habiendo

invadido los prusianos los reinos de Würtemberg y de Bavaria, era

bastante natural que su ardor patriótico y el gran trastorno de la

invasión hubieran hecho olvidar al coronel la tragedia japonesa que,

según me había manifestado, se titulaba _Emperador ciego_. Pero yo

pensaba en él más que nunca, y, no sólo por deseos de poseer la obra

ofrecida, sino también por curiosidad de ver de cerca lo que era la

guerra, la invasión (¡Dios mío, ahora la recuerdo muy bien con todos sus

horrores!) lo cierto es que una mañana temprano resolví marchar a

Munich.

II

LA ALEMANIA DEL SUR

¡Pueden ustedes hablarme de los pueblos de sangre gorda! En plena

guerra, con ese sol achicharrante del mes de agosto, todo el país de más

allá del Rhin, desde el puente de Kehl hasta Munich, tenía su aspecto

tan frío y tan poco inquieto. Por las treinta ventanillas del vagón

würtembergués que me conducía lenta y pesadamente a través de la Suabia,

desfilaban paisajes, montañas, torrenteras, quebradas de magnífico

verdor en que se sentía la frescura de los arroyos. Por las pendientes

que desaparecían girando según avanzaban los vagones, había aldeanas

tiesas en medio de sus rebaños, vestidas con sayas coloradas y corpiños

de terciopelo, y los árboles eran tan verdes en derredor suyo, que

parecía todo aquello una pastorela sacada de una de esas cajitas de

abeto, que tan bien huelen a resina y a pino, de los bosques del Norte.

De trecho en trecho, una docena de soldados de infantería vestidos de

verde marcaban el paso en una pradera, con la cabeza erguida y una

pierna al aire, llevando sus fusiles a modo de ballestas: era el

ejército de cualquier principillo de Nassau. A veces también pasaban

trenes tan lentos como el nuestro, cargados con grandes barcas, donde

los soldados würtembergueses, amontonados como en una carroza alegórica,

cantaban barcarolas a tres voces, al huir ante los prusianos. Y nuestras

detenciones en todas las fondas, la inalterable sonrisa de los

camareros, aquellas redondas caras tudescas ensanchadas, con la

servilleta debajo de la barba, ante enormes tajadas de carne en salsa, y

el parque real de Stuttgart por el que circulan multitud de carretelas,

de galas, de cabalgatas, la música tocando valses y cancanes alrededor

de las fuentes, mientras se combatía en Kissingen; cierto que, al

acordarme de todo esto y pensar en lo que he visto cuatro años después

en ese mismo mes de agosto, esas locomotoras frenéticas corriendo sin

saber a dónde, como si la insolación hubiese enloquecido sus calderas,

los vagones detenidos en pleno campo de batalla, los carriles cortados,

los trenes pasando apuros, Francia mermada de día en día según se hacía

más corta la línea férrea del Este, y en todo el trayecto de las

abandonadas vías, el hacinamiento siniestro de esas estaciones,

solitarias en un país perdido, llenas de heridos olvidados allá como

bagajes... creo que aquella guerra de 1866 entre Prusia y los Estados

del Sur no era más que una guerra ficticia, y que, a pesar de cuanto nos

hayan podido decir, _lobo a lobo no se muerde_, si estos lobos son

germanos.

Para convencerse de ello, es suficiente ver a Munich. La noche de mi

llegada, una hermosa noche de domingo llena de estrellas, toda la

población vagaba por las calles. Flotaba en el aire un alegre rumor

confuso, tan vago ante la luz como el polvo que levantaban los pasos de

todos aquellos paseantes. En el fondo de las bodegas de cerveza,

abovedadas y frescas; en los jardines de las cervecerías, donde mecían

sus pálidas luces los farolillos de colores; por todas partes,

mezclándose con el ruido de las pesadas tapaderas al caer sobre la boca

de los jarros de cerveza, percibíanse las notas del triunfo que salían

de los instrumentos de metal y los suspiros de los de madera.

En una de esas cervecerías filarmónicas, encontré al coronel Sieboldt,

sentado, con su sobrina, ante su eterno rábano negro.

En la mesa contigua tomaba un _bock_ el ministro de Negocios

Extranjeros, acompañado del tío del Rey. Alrededor, burgueses con sus

familias, oficiales con gafas y estudiantes con gorritas encarnadas,

azules, verdemar, graves todos y silenciosos, escuchaban muy atentamente

la orquesta de M. Gungel, y miraban subir el humo de sus pipas sin

importárseles un ardite de Prusia, como si no existiera. Al verme, el

coronel pareció turbarse un poco, y advertí que bajaba la voz para

hablarme en francés. En torno nuestro cuchicheaban: _Franzose...

Franzose..._ Todos me miraban con manifiesta antipatía: Salgamos--me

dijo el señor de Sieboldt, y cuando estuvimos fuera, encontré en él su

agradable sonrisa de otros tiempos. El buen hombre no había olvidado su

promesa, pero la clasificación de su colección japonesa, que acababa de

vender al Estado, le tenía ocupadísimo. Por eso no me había escrito. En

cuanto a mi tragedia, estaba en Würzburgo, en poder de la señora de

Sieboldt, y para llegar hasta allá necesitaba una autorización especial

de la Embajada Francesa, porque los prusianos se acercaban a Würzburgo y

era ya muy difícil el conseguir entrar en dicha población. Tenía tales

deseos de poseer mi _Emperador ciego_, que a no ser por el temor de

encontrar acostado al señor de Trevise, hubiera ido aquella misma noche

a la Embajada.

III

EN «DROSCHKE»

El fondista de la _Grappe Bleu_ me hizo montar al día siguiente bien

temprano en uno de esos pequeños vehículos de alquiler que no faltan

nunca en los patios de las fondas para enseñar a los viajeros las

curiosidades de la ciudad, y desde donde se os aparecen como entre las

hojas de una guía los monumentos y las calles más importantes. No se

trataba entonces de llevarme a ver la ciudad, sino de conducirme a la

Embajada Francesa:--_¡Französische Ambassad!_--repitió el fondista dos

veces. El cochero, un hombrecillo con traje azul y un sombrero enorme,

parecía muy asombrado del nuevo destino que se daba a su coche, a su

_droschke_ (según dicen en Munich). Pero mi sorpresa fue mucho mayor que

la suya, cuando le vi volver la espalda al barrio noble, entrar en una

larga ronda de arrabal, llena de fábricas, casas de obreros y

jardinillos, atravesar las puertas y conducirme fuera de la ciudad.

--¿Embajada Francesa?--le preguntaba yo frecuentemente con inquietud.

--_Ya, ya_--respondía el hombrecillo, y seguíamos rodando. Deseaba pedir

algunos otros informes; pero era imposible porque mi conductor no

hablaba francés, y yo mismo por aquella época sólo conocía de la lengua

alemana dos o tres frases muy elementales, en que se trataba de pan,

cama y comida, y en manera alguna de embajador. Y aun esas frases no

podía pronunciarlas más que cantando; he aquí por qué.

Algunos años antes, había emprendido con un camarada tan loco como yo, a

través de Alsacia, Suiza y el Ducado de Badén un verdadero viaje de

buhonero, con el saco a cuestas, a jornadas de doce leguas, rodeando las

poblaciones de las cuales sólo deseábamos ver las puertas, y marchando

siempre por sendas y atajos sin saber a dónde nos conducirían. Esto nos

proporcionaba, frecuentemente, la sorpresa de pernoctar a campo raso o

bajo el alero desmantelado de alguna granja; pero lo que hacía más

accidentada nuestra excursión es que ni uno ni otro sabíamos una palabra

alemana. Con el auxilio de un diccionario de bolsillo, que compramos al

pasar por Basilea, llegamos a construir algunas frases muy sencillas,

tan inocentes como _Vir vóllen trínken bier_ (deseamos beber cerveza),

_Vir vóllen essen käse_ (queremos comer queso); desgraciadamente, por

poco complicadas que parezcan, nos costaba mucho trabajo retener en la

memoria esas malditas frases. No las teníamos en la punta de la lengua,

como dicen los cómicos. Ocurriósenos entonces la idea de ponerlas en

música, y tan bien se adaptaba a ellas la tonadilla que compusimos, que

las palabras penetraron en nuestra memoria con las notas, y ya no podían

salir de allí las unas sin arrastrar consigo las otras. Curiosísima era

la cara que ponían los posaderos badeneses cuando por la noche

entrábamos en el gran comedor del Gasthaus, y después de desatar

nuestras mochilas, cantábamos con voz retumbante:

Vir vóllen trínken bier (_bis_)

Vir vóllen, ya, vir vóllen

¡Ya!

Vir vóllen trínken bier.

Pero desde entonces acá me he _perfeccionado_ en el alemán. ¡He tenido

tantas ocasiones de aprenderlo!... Mi vocabulario se ha enriquecido con

una infinidad de locuciones, de frases. Aunque ya las hablo, no las

canto... ¡Oh, no; no me entran deseos de cantarlas!...

Pero volvamos a mi coche.

Andábamos muy despacio, por una avenida orillada de árboles y casas

blancas. De repente, detúvose el cochero.

--_¡Da!_--me dijo, señalándome una casita oculta bajo las acacias, y que

me pareció muy silenciosa y retirada para ser una Embajada. En un ángulo

de la pared brillaban junto a una puerta tres botones de cobre

superpuestos. Tiro de uno al azar, ábrese la puerta y entro en un

vestíbulo elegante y cómodo, con flores y alfombras por doquier. En la

escalera estaban colocadas media docena de camareras bávaras que habían

acudido al oír mi campanillazo, con aquel aspecto de pájaros sin alas

tan poco gracioso, que tienen todas las mujeres del lado allá del Rhin.

Pregunto:--¿Embajada Francesa?--Me lo hacen repetir dos veces y hete

aquí que empiezan a reír, pero a reír haciendo retemblar la baranda con

sus estremecimientos. Me vuelvo furioso hacia mi cochero, y le hago

comprender a fuerza de gestos que se ha equivocado, que la Embajada no

está allí.

--Ya, ya--responde el hombrecillo sin inmutarse, y volvemos a Munich.

Forzoso es creer que nuestro embajador de entonces variaba de

domicilio, frecuentemente, o bien que por no alterar mi cochero las

costumbres de su coche se le había antojado hacerme visitar, que quieras

que no, la ciudad y sus inmediaciones. Lo cierto es que pasamos toda la

mañana recorriendo Munich en todos los sentidos, en busca de aquella

fantástica Embajada. Después de otros dos o tres intentos, acabé por no

apearme ya del coche. El cochero iba y venía, deteníase en ciertas

calles y hacía como que se informaba. Me dejé llevar sin hacer otra cosa

que mirar en mi derredor. ¡Qué ciudad más aburrida y fría ese Munich,

con sus grandes paseos, sus alineados palacios, sus calles

extraordinariamente anchas y donde resuenan los pasos, su museo al aire

libre de notabilidades bávaras tan muertas dentro de sus blancas

estatuas!

¡Qué gran número de columnas, de arcos, de frescos, de obeliscos, de

templos griegos, de propíleos, de dísticos en letras doradas sobre los

frontones! Todo esto esforzándose por parecer grandioso, pero parece

como que se siente el vacío y el énfasis de aquella falsa grandeza, al

ver en todos los confines de las avenidas los arcos triunfales por

donde no pasa más que el horizonte, los pórticos abiertos sobre el

espacio azul. Del mismo modo me imagino yo esas ciudades fantásticas,

mezcla de Italia y de Alemania, por donde Musset hace pasearse el

incurable tedio de su Fantasio y la peluca solemne y necia del príncipe

de Mantua.

Cinco o seis horas duró esta carrera en coche, después de las cuales el

cochero volvió a llevarme triunfalmente al patio de la _Grappe-Bleue_,

haciendo restallar su látigo, orgullosísimo de haberme enseñado a

Munich. En cuanto a la Embajada, terminé por encontrarla dos calles más

allá de mi fonda, pero el descubrimiento no me sirvió para nada, porque

el canciller se negó a darme pasaporte para Würzburgo. Según parece,

éramos muy mal vistos por aquellos días en Baviera, un francés no

hubiera podido aventurarse sin peligro hasta los puestos avanzados.

Fueme por lo tanto preciso aguardar en Munich a que la señora de

Sieboldt tuviera ocasión de hacer llegar a mis manos la tragedia

japonesa.

IV

EL PAÍS DE LO AZUL

¡Rareza humana! Esos buenos bávaros, que tanto nos vituperaban por no

haberles ayudado en esa guerra, no experimentaban la más mínima

animosidad contra los prusianos. Ni vergüenza por las derrotas, ni odio

al vencedor. ¡Es el primer ejército del mundo!--me decía orgulloso el

fondista de la _Grappe-Bleue_, al siguiente día de la batalla de

Kissingen;--y ésa era la opinión general en Munich. En los cafés

arrebatábanse de las manos los periódicos de Berlín. Reían hasta

desternillarse las cuchufletas del _Kladderadatsch_, esas burdas

chacotas berlinesas tan pesadas como el famoso martillo-pilón de la

fábrica de Krupp, de cincuenta mil kilogramos. No dudando nadie acerca

de la próxima entrada de los prusianos, cada cual preparábase a

recibirlos bien. Las cervecerías almacenaban gran número de salchichas

y de cochinillos de leche. En las casas particulares preparaban

alojamientos de oficiales.

Los únicos que mostraban alguna inquietud eran los Museos. Un día, al

entrar en la Pinacoteca, encontré desnudas las paredes, y a los

empleados clavando grandes cajones llenos de cuadros preparados para

salir hacia el Sur. Se temía que el vencedor, muy respetuoso para con la

propiedad particular, no lo fuese tanto con las colecciones del Estado.

Por esta razón, de todos los Museos de la ciudad, sólo permanecía

abierto el del señor de Sieboldt. En su calidad de oficial holandés y

condecorado con la cruz del Aguila de Prusia, pensaba el coronel que

nadie intentaría atacar su colección en su presencia. Y mientras

esperaba la llegada de los prusianos, paseábase con su uniforme de gala

a través de los tres largos salones que el Rey le había concedido en el

jardín de la corte, especie de Palais-Royal más verde y tétrico que el

francés, rodeado de claustrales muros pintados al fresco.

Cartas de mi molino · 第 7 / 8 段