En nuestros buenos días de invierno meridional, me agrada estar solo
junto a la alta chimenea, donde arden humeantes algunas matas de
tamariscos. Con las rachas del mistral o de la tramontana, cruje la
puerta, chillan las cañas, y todas esas sacudidas son un ligero eco de
la gran conmoción de la naturaleza que me circunda. El sol de invierno,
agitado por la enorme corriente, se esparce, reúne sus rayos, los
dispersa. Corren grandes sombras bajo un cielo azul admirable. La luz y
los ruidos llegan por sacudidas, y las esquilas de los rebaños, oídas
repentinamente y olvidadas después, perdiéndose entre el viento, suenan
de nuevo bajo la puerta desencajada, con el hechizo de un estribillo de
canción... La hora exquisita es el crepúsculo, un poco antes del regreso
de los cazadores. Entonces el viento está tranquilo. Salgo un instante.
El ancho sol rojo desciende en paz, inflamado y sin calor. Llega la
noche, y roza con sus alas negras y húmedas, cuando pasa. Allá abajo, al
nivel del suelo, vese un fogonazo, con el brillo de una estrella roja
avivada por las tinieblas circunvecinas. En la escasa claridad que
resta, apresúrase todo bicho viviente. Un largo triángulo de patos vuela
muy abajo, cual si deseara tomar tierra; pero de pronto los aleja la
cabaña, donde brilla encendido el candil. El que va a la cabeza de la
columna, yergue el cuello, remonta el vuelo nuevamente, y todos los
demás se elevan tras de él con gritos salvajes.
No tarda en oírse un inmenso pataleo, que se asemeja a un ruido de
lluvia. Miles de carneros llamados por los pastores y hostigados por los
perros, cuyo galopar confuso y alentar jadeante se perciben, amontónanse
con prisa, medrosos e indisciplinados, hacia los apriscos. Véome
envuelto, rozado, confundido dentro de ese torbellino de vellones
rizados, de balidos; una verdadera marejada, en que parece que los
pastores son arrastrados con su sombra por olas que saltan... Detrás de
los rebaños percíbense pasos conocidos, voces alegres. La cabaña está
llena, animada, ruidosa. Chisporrotean, al arder, los sarmientos
formando llama. Hay tanta mayor risa, cuanto mayor es el cansancio. Es
un aturdimiento de regocijada fatiga; las escopetas arrinconadas, las
grandes botas tiradas y revueltas, los morrales vacíos y junto a ellos
plumajes rojos, áureos, verdes, plateados, todos con manchas de sangre.
La mesa está puesta, y entre el husmillo de una sabrosa sopa de anguila,
queda todo en silencio, ese gran silencio de los apetitos robustos, que
solamente interrumpe el feroz gruñir de los perros lamiendo a tientas
sus cazuelas delante de la puerta.
La velada no se prolongará mucho. Ya no quedamos junto al fuego, que
también parpadea, más que el guarda y yo. Charlamos; es decir, nos
dirigimos uno al otro frases a medias palabras al uso campesino, esas
interjecciones casi indias, breves y rápidas como las postrimeras
chispas de los consumidos sarmientos. Al fin, pónese de pie el guarda,
enciende la linterna, y piérdese su paso perezoso en la calma y
obscuridad de la noche silenciosa...
III
¡A LA ESPERA!
_¡La espera!_ ¡Qué expresivo nombre éste, con el que se designa el
puesto donde aguarda emboscado el cazador, y esas horas imprecisas en
que todo _espera_, vacilando entre el día y la noche! El puesto de la
mañana, poco antes de amanecer; el puesto de la tarde, cuando el sol se
hunde en el ocaso. El de mi predilección es este último, sobre todo en
esos países de marismas, donde el agua de los estanques conserva la luz
tanto tiempo...
En ocasiones, se utiliza como puesto el chinchorro, barquichuelo sin
quilla, estrecho, y que al movimiento más leve se pone por montera.
Oculto tras de los cañaverales, el cazador ojea los patos desde el fondo
de la barca, de la que sobresalen únicamente la visera de una gorra, el
cañón de la escopeta y la cabeza del perro, que olfatea el viento y papa
mosquitos, o bien inclina, con sus patazas extendidas, toda la barca
sobre una borda llenándola de agua. Esta _espera_ es sumamente
complicada para mi inexperiencia. Esta es la razón por la que casi
siempre voy a la espera a pie, zabulléndome en pleno pantano, con
enormes botas hechas de toda la longitud que el cuero permite. Camino
con lentitud, prudentemente, temeroso de hundirme en el légamo. Me
separo de los cañaverales, lleno de olores salitrosos y de saltos de
ranas.
Por fin me acomodo en el primer islote de tamariscos, o rincón de tierra
seca, que encuentro. El guarda, en prueba de respetuosa consideración,
permite que me acompañe su perro, un enorme perro de los Pirineos, con
sus grandes lanas blancas, gran cazador y pescador inteligente, cuya
presencia me intimida un poco. Cuando pasa a mi alcance una chocha de
agua, me mira irónicamente echando atrás, con un movimiento de cabeza, a
lo artista, sus largas orejas flácidas que le cuelgan delante de los
ojos; después, posturas de parada, meneos de cola, toda una mímica de
impaciencia, como queriendo decirme:
--¡Tira!... ¿Por qué no tiras, tonto?
Tiro, y yerro la puntería. Entonces, con todo su cuerpo estirado,
bosteza y se alarga, fatigoso, aburrido, insolentemente...
¡Pues bien, sí! No lo niego, soy un mal cazador. La _espera_, para mí,
es la tarde al caer, la luz que desaparece y se refugia en el agua, los
estanques que relucen, abrillantando hasta el tono de plata fina el
tinte gris del cielo ensombrecido. Me deleita este olor del agua, esta
misteriosa agitación de los insectos en los cañaverales, este suave
murmullo de las largas hojas estremeciéndose. Oyese a veces una nota
triste, y retumba en el cielo como el zumbido de una caracola marina. Es
el alcaraván que esconde en el fondo del agua su inmenso pico de ave
pescadora, y sopla... _¡ruuú!_ Bandadas de grullas vuelan por encima de
mi cabeza. Oigo el roce de las plumas, el ahuecamiento del plumón con el
viento fuerte, y hasta el crujido de la minúscula osamenta, rendida de
cansancio. Después, nada. La noche, las profundas tinieblas, siguiendo a
la escasa claridad del día, que sobre las aguas ha quedado retrasada.
De repente advierto un estremecimiento, una especie de molestia
nerviosa, como si hubiese alguien detrás de mí. Al volverme veo a la
compañera de las noches hermosas, la luna; una ancha luna, enteramente
redonda, que llega suavemente, con un movimiento de ascensión muy
perceptible al principio, y que se retarda mientras que aquélla se aleja
del horizonte.
Ya son bien perceptibles junto a mí los primeros rayos, y luego otros un
poco más lejos... Ahora está iluminada toda la marisma. La más pequeña
mata de hierba proyecta sombra. Concluyose la _espera_, las aves nos
ven; es forzoso volver a casa. Caminamos envueltos por una inundación de
luz azul, ligera, polvorienta, y cada uno de nuestros pasos en los
estanques y en las acequias, revuelve en ellos millares de estrellas
caídas y fulgores de rayos de luna que llegan hasta el fondo del
agua...
IV
ROJO Y BLANCO
En una cabaña semejante a la nuestra, pero algo más rústica, y de la que
sólo dista un tiro de fusil, habita nuestro guarda, con su esposa y sus
dos hijos mayores: la moza, que prepara la comida de los hombres y
compone las redes para la pesca; y el mozo, que ayuda a su padre a
levantar las artes y a vigilar las compuertas de los estanques. Los dos
más jóvenes viven con su abuela en Arlés, y allí permanecerán hasta que
hayan aprendido a leer y celebrado la primera comunión, pues aquí están
muy lejos de la iglesia y la escuela, además de que el aire de Camargue
no vendría bien a esas criaturas. El hecho es que cuando llega el
verano, cuando las charcas se secan y el blanco légamo de las acequias
se agrieta con los grandes calores, es imposible habitar la isla.
Yo pude apreciar eso una vez en el mes de agosto, viniendo a cazar
ánades silvestres, y jamás olvidaré el aspecto triste y feroz de este
paisaje abrasado. De trecho en trecho humeaban al sol los estanques como
inmensas cubas, conservando en el fondo un resto de vida en movimiento,
un hormigueo de salamandras, arañas y moscas de agua en busca de
rincones húmedos. Había allí un aire hediondo, una bruma de miasmas
densamente flotante, que innumerables torbellinos de mosquitos
espesaban. Todo el mundo tiritaba en casa del guarda, todo el mundo
padecía fiebres, y apenaba ver las caras amarillas y largas, los ojos
agrandados y con ojeras, de aquellos infelices que durante tres meses se
arrastraban bajo ese ancho sol inexorable que abrasa a los febricitantes
y no consigue hacerlos entrar en calor... ¡Triste y penosa vida la de
guardacaza en Camargue! Y menos mal que puede tener a su lado a su mujer
y sus hijos; pero dos leguas más lejos, en la marisma, vive un guarda de
caballos, completamente solo todo el año, de cabo a rabo, haciendo una
verdadera vida de Robinsón. En su choza de cañas, construida por él
mismo, no hay nada que no sea obra de sus manos, desde la hamaca tejida
con mimbres, y las tres piedras negras reunidas en forma de hogar, y los
troncos de tamarisco dispuestos en forma de escabeles, hasta la llave y
la cerradura de madera blanca con que se cierra esta extraña habitación.
Este guarda es por lo menos tan extraño como su residencia. Es una
especie de filósofo silencioso como los solitarios, que oculta su
desconfianza de labriego bajo unas cejas espesas como matorrales. Cuando
no está en los pastos, vésele sentado junto a su puerta, descifrando
pacientemente, con una aplicación infantil y conmovedora, uno de esos
folletos de color de rosa, azules o amarillos en que están envueltos los
frascos de medicina que emplea para los caballos. El pobre diablo no se
distrae más que en la lectura, ni tiene más libros que éstos. Aunque
vecinas sus cabañas, nuestro guarda y él nunca se visitan. Hasta evitan
encontrarse. Un día que pregunté al _rondeîron_ la razón de esa
antipatía, me respondió con seriedad:
--Tenemos distintas opiniones... El es rojo, y yo soy blanco.
Y de esta manera, hasta en ese desierto cuya soledad hubiera debido
amistarlos, esos dos salvajes, tan ignorantes y sencillos uno como el
otro, esos dos boyeros de Teócrito, que solamente una vez cada año van a
la ciudad, y a quienes los cafetuchos de Arlés, con sus dorados espejos,
les deslumbran como si contemplasen el palacio de los Tolomeos, ¡las
opiniones políticas les ha proporcionado una razón para odiarse!
V
EL VACCARÉS
El Vaccarés es el espectáculo más hermoso que puede presenciarse en
Camargue. Muchas veces, abandonando la caza, vengo a sentarme a orillas
de este mar salado, un mar pequeño que asemeja un trozo del grande,
encerrado entre las tierras y amansado por su mismo cautiverio. En vez
de esa sequedad, de esa aridez que comúnmente entristecen la costa, el
Vaccarés, con su ribera un poco alta, toda ella verde por la hierba
menuda, aterciopelada, ostenta su flora extraordinaria y hechicera:
centauras, tréboles acuáticos, gencianas y esas lindas salicarias,
azules en invierno, rojas en verano, que mudan su color con los cambios
atmosféricos, y con una floración no interrumpida, marcan las estaciones
por lo diverso de sus matices.
Allá, a las cinco de la tarde, cuando el sol se pone, ofrecen admirable
perspectiva esas tres leguas de agua, sin una barca, sin una vela que
limite y dé variedad a su extensión. No es ya el íntimo deleite de los
estanques y acequias que aparecen, distanciados, entre los repliegues de
un terreno arcilloso, bajo el cual se filtra el agua por doquiera,
dispuesta a reaparecer en la menor depresión del terreno. Aquí la
impresión es grande, vasta. A lo lejos, ese cabrilleo de las ondas atrae
bandadas de fulgas, garzas reales, alcaravanes, flamencos de vientre
blanco y alas rosadas, alineándose para pescar a lo largo de las
márgenes, disponiendo sus diferentes colores en una larga faja igual, y
además ibis, verdaderos ibis de Egipto, que parecen estar en su propia
casa entre ese espléndido sol y ese mudo paisaje. Efectivamente, desde
mi sitio no percibo más que el chapoteo del agua y la voz del guarda que
llama a sus caballos, diseminados en la orilla. Todos tienen retumbantes
nombres: «¡Cifer!... ¡L'Estello!... ¡L'Estournello!»... Cuando se oye
nombrar cada bruto, corre dando al viento las crines, a comer avena en
la misma mano del guarda...
Más lejos, en la misma orilla, vese una gran manada de bueyes, paciendo
libremente como los caballos. De vez en cuando distingo por encima de
unas matas de tamariscos la arista de sus dorsos encorvados, y sus
cuernecitos que se yerguen en forma de media luna. La mayoría de estos
bueyes de Camargue se crían para ser lidiados en las fiestas de los
pueblos, y algunos tienen ya fama en todos los circos de Provenza y
Languedoc. Así, por ejemplo, la manada que está más cerca, cuenta entre
otros con un terrible combatiente llamado _Romano_, que ha despanzurrado
a no sé cuántos hombres y caballos en las plazas de Arlés, de Nimes, de
Tarascón. Por eso, sus compañeros le han confiado la jefatura; porque en
esas extrañas piaras los brutos se gobiernan por sí mismos, agrupados
en torno de un toro viejo a quien eligen como guía. Cuando en la
Camargue descarga un huracán, terrible en esa gran llanura donde nada lo
desvía ni lo detiene, es curioso ver replegarse la manada detrás de su
jefe, con todas las cabezas inclinadas, volviendo hacia el lado de donde
el viento sopla, esas anchas testuces en que se condensa la fuerza del
buey. Los pastores provenzales llaman a esta maniobra: _volver cuernos
al viento_. ¡E infelices los rebaños que no se conformen con ello!
Cegada por la lluvia, empujada por el huracán, la manada en derrota gira
sobre sí misma, se extravía, se dispersa, y corriendo enloquecidos los
bueyes hacia adelante, pretendiendo alejarse de la tempestad, arrójanse
en el Ródano, en el Vaccarés o en el mar, donde casi todos perecen.
NOSTALGIA DE CUARTEL
Esta madrugada, cuando empezaba a alborear, me despierta con sobresalto
un tremendo redoble de tambor... ¡Rataplán, rataplán!...
¿Qué es esto? ¡Un tambor en mis pinos, y a tales horas!... ¡Qué cosa más
extraña!
Pronto, a prisa, me levanto y corro a abrir la puerta.
¡No veo a nadie! Cesó el ruido... De entre unas labruscas húmedas,
vuelan dos o tres chorlitos sacudiéndose las alas. Entre los árboles se
mece una suave brisa... Hacia el Oriente, sobre la aguda cresta de los
Alpilles, amontónase un polvo de oro, de donde surge lentamente el
sol... El primer rayo roza ya la techumbre del molino. En el mismo
instante, el invisible tambor vuelve a redoblar en el campo bajo la
espesura... ¡Rataplán, rataplán!...
¡El demonio llévese la piel de asno! Ya lo había olvidado. Pero, en fin,
¿quién será el bruto que saluda a la aurora en el fondo de los bosques
con un tambor?... Aunque miro, no veo a nadie... no diviso nada más que
las matas de alhucema y los pinos que se precipitan cuesta abajo hasta
el camino... Quizá se oculta en la espesura algún duende, resuelto a
burlarse de mí... Sin duda, es Ariel o maese Puck. El pícaro habrá
pensado, al pasar por delante de mi molino:
--Ese parisiense está muy tranquilo ahí dentro; vamos a darle la
alborada.
Y seguramente habrá tomado un bombo, y... ¡rataplán!... ¡rataplán!...
--¿Quieres callarte, pícaro Puck? Vas a despertarme a las cigarras.
* * * * *
Pero no era Puck.
Era Gouguet François, alias _Pistolete_, tambor del regimiento 31 de
infantería, a la sazón con licencia semestral. _Pistolete_ está
aburrido en el país, siente nostalgias, y cuando le prestan el
instrumento del cabildo municipal, se marcha melancólico a los bosques a
tocar el tambor, soñando con el cuartel del Príncipe Eugenio.
Esta mañana ha venido a soñar a mi verde colinita... Allí está de pie,
recostado contra un pino, con el tambor entre las piernas, tocando si
Dios tiene qué... Bandas de perdigones espantados corren a sus pies sin
que lo note. Las hierbas aromáticas perfuman el aire en torno suyo, sin
que él las huela.
No ve tampoco las sutiles telarañas que tiemblan al sol entre el ramaje,
ni las agujas de pino que caen sobre su tambor. Absorto en su sueño y en
su música, mira con amor moverse ligeros los palillos, y su caraza
estúpida se ensancha de placer a cada redoble.
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Es muy hermoso el gran cuartel, con sus patios de anchas losas, sus
ventanas bien alineadas, su población con gorra cuartelera, y sus
galerías, bajo cuyos arcos se oye constantemente el ruido de las
tarteras!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Oh, la sonora escalera, los corredores enlucidos con cal, la oliente
cuadra, los correajes que se lustran, la tabla del pan, las cajas de
betún, los camastros de hierro con manta gris, los fusiles que brillan
en el armero!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Oh, qué días más hermosos los vividos en el cuerpo de guardia; los
naipes que ensucian los dedos y se pegan como pez, la sota de espadas
horrible con adornos a pluma, el incompleto tomo de una vieja novela de
Pigault-Lebrun arrojado encima de la cama de campaña!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Oh, las interminables noches de centinela en la puerta de los
ministerios, la garita vieja donde entra la lluvia y en que los pies se
hielan!... ¡Los coches de lujo, que salpican de barro cuando pasan!...
¡Oh, el trabajo suplementario, los días de limpieza general, el cubo
pestífero, la cabecera de tabla, la fría diana en las mañanas lluviosas,
la retreta entre niebla a la hora de encender el gas, la lista por la
tarde, a la cual se llega arrojando el bofe!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Oh, el bosque de Vincennes, los vastos guantes de algodón blanco, los
paseos por las fortificaciones, la barrera de la Estrella, el cornetín
de pistón de la sala de Marte, la bebida en las afueras, las
confidencias entre los hipos, los útiles de encender que se desenvainan,
la romanza sentimental que se canta con una mano puesta en el
corazón!...
* * * * *
¡Sueña, sueña, hombre infeliz, que no he de ir yo a impedírtelo!...
Golpea de firme en el tambor, toca haciendo un remolino con los brazos.
No puedes parecerme ridículo.
Si sientes la nostalgia de tu cuartel, ¿no experimento yo la nostalgia
del mío?
A mí me persigue mi París hasta aquí como el tuyo. Tú tocas el tambor
bajo los pinos. Yo emborrono cuartillas... ¡Somos los dos unos
provenzales! Allá, en los cuarteles de París, echábamos de menos
nuestros Alpilles azules y el silvestre olor del tomillo; ahora, aquí,
en plena Provenza, nos falta el cuartel, y amamos todo cuanto nos lo
hace recordar...
* * * * *
Las ocho suenan en la aldea. _Pistolete_, sin dejar sosegar los
palillos, ha decidido regresar... Oyesele bajar por el bosque, siempre
tocando... Y yo, tumbado sobre la hierba, enfermo de nostalgia, al oír
el ruido del tambor que se aleja, creo ver desfilar entre los pinos a
todo mi París...
¡Ah, París!... ¡París!... ¡París siempre!
LAS EMOCIONES DE UN PERDIGON... ROJO
No ignoran ustedes que los perdigones andan en bandadas y anidan juntos
en el hueco de los surcos, para alzar el vuelo a la alarma más
insignificante, desparramándose como los granos que arrojan a la tierra
para que produzcan. Mi acompañamiento particular es alegre y numeroso y
acampa en un llano junto a la linde de un gran bosque, donde tenemos
buen botín y magníficos refugios a uno y otro lado. Por eso, desde que
sé correr, tengo buen plumaje y estoy bien alimentado, experimento la
alegría del vivir. Sin embargo, una cosa teníame algo intranquilo y era
esa célebre conclusión de la veda, de que nuestras madres hablan en voz
baja unas con otras. Un viejo de nuestra banda me decía siempre acerca
de esto:
--No temas, Rojillo--me llaman Rojillo a causa de mi pico y de mis
patas, del color de la serba,--no temas, Rojillo. Yo te protegeré el día
de la apertura de la caza, y estoy seguro de que no ha de ocurrirte nada
desagradable.
Es un macho viejo muy bribón y vivaracho todavía, aun cuando tiene ya
señalada la _herradura_ en el pecho y algunas plumas blancas esparcidas
por el cuerpo. De joven recibió en un ala un perdigón de plomo, y como
esto le ha hecho ser un poco pesado, mira dos veces antes de volar, mide
bien el tiempo y sale del apuro. Con frecuencia me llevaba consigo hasta
la entrada del bosque. Hay allí una rara casita, escondida entre los
castaños, muda como una madriguera vacía y siempre cerrada.
--Mira bien esa casita, Rojillo--me decía el viejo;--cuando veas que
sale humo por la techumbre y están abiertas la puerta y las ventanas,
mala señal para nosotros.
Y yo me fiaba de él, sabiendo positivamente que él era ducho en eso de
las aperturas de la caza.
Efectivamente, la otra mañanita, al rayar el alba, oí que me llamaban
muy bajito dentro del surco...
--Rojillo, Rojillo.
Era mi viejo macho. Miraba de una manera extraña.
--Vente en seguida--me dijo,--y haz lo que yo.
Lo seguí medio adormilado, deslizándome por entre los terrenos, sin
volar, sin saltar casi, como un ratón.
Íbamos por el lado del bosque, y al pasar observé que había humo en la
chimenea de la casita, luz en las ventanas, y frente a la puerta, de par
en par, unos cazadores, unos cazadores equipados completamente y una
traílla de perros que saltaban. Al pasar nosotros, gritó uno de los
cazadores:
--Vamos a registrar el llano esta mañana, y luego, después de almorzar,
registraremos el bosque.
Entonces comprendí por qué mi viejo compañero nos conducía tan aprisa a
la arboleda. A pesar de esto palpitábame el corazón, especialmente al
acordarme de mis pobres amigos.
De repente, cuando llegábamos al lindero, echaron al galope detrás de
nosotros a los perros...
--¡Agáchate, agáchate!--me dijo el viejo bajándose; al mismo tiempo, a
diez pasos de nosotros, una codorniz atemorizada abrió cuanto pudo sus
alas y su pico, y tendió el vuelo dando un grito de miedo. Oí un
formidable ruido y nos rodeó un polvo de un olor extraño, blanco y
caliente, aunque apenas había salido el sol. Estaba yo tan asustado que
ya me era imposible correr. Felizmente entrábamos en el bosque. Mi
camarada se acurrucó tras una pequeña encina, yo me coloqué junto a él y
ambos estuvimos allí ocultos, mirando por entre las hojas.
En los campos oíase un terrible fuego de fusil. A cada escopetazo
cerraba yo los ojos despavorido; después, cuando los volvía a abrir,
veía el llano inmenso y desnudo, y los perros corriendo, olfateando
entre las briznas de hierba, entre las gavillas, girando sobre sí
mismos, alocados. Los cazadores juraban detrás de ellos y los llamaban;
las escopetas brillaban al sol. Hubo un momento en que me pareció ver
volar como hojas sueltas entre una nubecilla de humo, aun cuando en los
alrededores no había árbol alguno. Pero el viejo macho me dijo que eran
plumas, y efectivamente a cien pasos frente a nosotros un hermoso
perdigón gris cayó dentro de un surco, doblando su cabeza ensangrentada.
Cuando ya el sol quemaba en lo alto, cesó repentinamente el tiroteo. Los
cazadores regresaban hacia la casita, donde se oía chisporrotear una
gran hoguera de sarmientos. Conversaban con la escopeta al hombro,
discutían los disparos hechos, y mientras tanto sus perros seguíanles
jadeantes, con la lengua colgando...
--Van a almorzar--me dijo mi compañero;--vamos a hacer nosotros lo mismo
que ellos.
Entramos en un sembrado de trigo morisco junto al bosque, un gran campo
blanco y negro, en flor y granado, con perfumes de almendra. Picoteaban
también allí unos hermosos faisanes de irisadas plumas, bajando sus
crestas rojas por temor a ser vistos. ¡Ah! ¡Estaban menos altivos que de
ordinario! Mientras comían, nos pidieron noticias preguntándonos si
había caído alguno de los suyos. Durante este tiempo, el almuerzo de los
cazadores, silencioso al principio, hacíase cada vez más bullicioso,
oíamos chocar las copas y saltar los corchos de las botellas. El viejo
macho me previno que ya era hora de volver a nuestro refugio.
Podía decirse que a la sazón el bosque dormía. La charca adonde acuden
los gamos a beber no estaba enturbiada por ningún lengüetazo. No se veía
un hocico de conejo entre los serpoles del vivar. Percibíase solamente
un estremecimiento misterioso, como si cada hoja, cada brizna de hierba
protegiese una vida amenazada. ¡Esa caza de monte tiene tantos
escondrijos! Las gazaperas, la montanera, las fajinas, las malezas y
además los hoyitos de bosque que durante tanto tiempo conservan el agua
llovediza. Confieso que me hubiera agradado estar en el fondo de uno de
esos agujeros; mas mi acompañante prefería estar al descubierto, tener
anchuras, ver a lo lejos y sentir ante sí el campo libre. Hicimos bien,
porque los cazadores se internaban en la selva.