Esas curiosidades expuestas con rótulos en ese gran palacio triste

constituían, efectivamente, un museo, conjunto melancólico de cosas

traídas de países muy lejanos, separadas de su medio ambiente. El mismo

veterano Sieboldt parecía que formaba parte de él por su aspecto

extraño. Todos los días lo visitaba y pasábamos juntos largas horas

hojeando esos manuscritos japoneses ilustrados con láminas, esos libros

científicos o históricos, unos tan inmensos que no se podían abrir más

que en el suelo, otros tan largos como una uña, solamente legibles con

una lupa muy potente, dorados, finos, preciosos. El señor de Sieboldt me

hacía admirar su enciclopedia japonesa en noventa y dos tomos, o me

traducía una oda del _Hiah-nin_, obra valiosísima que había sido

publicada bajo los auspicios de los emperadores japoneses, y donde están

las biografías, los retratos y fragmentos líricos de los cien poetas más

famosos del Imperio. Después ordenábamos su colección de armas, los

cascos de oro con anchas carrilleras, las corazas, las cotas de mallas y

esos largos sables de mandoble que requirieron su caballero templario y

con los cuales puede abrirse el vientre tan bien.

Explicábame las divisas de amor pintadas sobre las frágiles láminas de

nácar, me introducía en los hogares domésticos japoneses mostrándome el

modelo de su casa en Yeddo, una miniatura de laca, al que no faltaba un

solo detalle, desde las cortinillas de seda de las ventanas hasta las

grutas artificiales de rocalla del jardín, un jardinillo minúsculo

adornado con plantas enanas de la flora indígena. Lo que me agradaba

también mucho eran los objetos del culto japonés, sus diminutos dioses

de madera pintada, las casullas, los vasos sagrados y esas capillas

portátiles, verdaderos teatros de muñecas, que conservan los fieles en

un rincón de su casa. Los pequeños ídolos rojos están alineados en el

fondo, hacia adelante pende una cuerdecita con nudos. Al ir a comenzar

el japonés su oración, se inclina y toca con este cordón un timbre que

brilla junto al altar, excitando de este modo la atención de sus dioses.

Tenía yo un placer infantil en hacer sonar estos timbres mágicos y

dejando que mis ensueños volasen en alas de esas ondas sonoras hasta el

fondo de esas Asias orientales donde el sol que nace parece haberlo

dorado todo, desde las hojas de sus enormes sables hasta los cantos de

sus diminutos libros.

Las calles de Munich producíanme un extraño efecto al salir de allí con

los ojos deslumbrados por todos aquellos reflejos de laca y jade, por

los chillones colores de los mapas geográficos, especialmente los días

en que el coronel me había leído una de aquellas odas japonesas de una

poesía casta, sublime, tan original como profunda. El Japón y Baviera,

estos dos países nuevos para mí, que iba conociendo casi al mismo

tiempo, mirando al uno al través del otro, se mezclaban y confundían

dentro de mi cerebro, convertidos en una especie de paisaje vago, en el

país de lo azul. Aquella línea azulada de los viajes que acababa de

contemplar en las tazas japonesas, representando los rasgos de las nubes

y el boceto de las aguas, la percibía en los azulados frescos de los

muros. ¡Y esos soldados azules que se adiestraban en el manejo de las

armas en las plazas, con sus cascos japoneses, y ese cielo despejado y

tranquilo, azul como la flor del _Vergiss-meinnicht_, y ese cochero

azul, que me conducía a la fonda de la _Grappe-Bleue_!

V

PASEO SOBRE EL STARNBERG

También se armonizaba con las visiones azuladas del país entrevisto por

mí el lago centelleante, que espejea en lo más recóndito de mi memoria.

Sólo con escribir ese nombre de Starnberg, he vuelto a ver cerca de

Munich la extensa superficie de agua, tersa, llena de cielo, familiar y

viva por el humo de un vaporcillo que costeaba sus orillas. Rodeándola,

las obscuras masas de los grandes parques, separadas de trecho en

trecho, y como rotas por la blancura de las casas de campo. Más arriba

villorrios con los aleros apiñados, nidos de casas colocados sobre los

ribazos escarpados, más arriba aún, las montañas del Tirol, lejanas, del

color del aire en que flotan, y en un extremo de ese cuadro algo

clásico, pero tan encantador, el viejo, viejísimo batelero, con sus

largas polainas y su chaleco rojo con botones de plata, quien me paseó

un domingo entero enorgulleciéndose de llevar un francés en su barca.

No era la primera vez que disfrutaba semejante honor. Acordábase

perfectamente de haber hecho pasar en su juventud el Starnberg a un

oficial. Hacía de esto sesenta años, y por el respeto con que me hablaba

el buen hombre, comprendí la impresión que debió de causarle aquel

francés de 1806, algún gracioso Oswaldo del primer imperio, con su

pantalón colán, sus botas con arrugas en la caña, un gigantesco

_schapska_ y atrevimientos de vencedor. Si el barquero del Starnberg

vive todavía, dudo que admire tanto a los franceses.

Los habitantes de Munich pasean sus alegrías del domingo sobre ese

hermoso lago y dentro de los abiertos parques de las residencias que lo

circundan. La guerra no había alterado esta costumbre: El día que yo

pasé en él, al borde del agua, estaban atestados de gente los

merenderos, gruesas señoras sentadas en corro ahuecaban sus faldas sobre

las praderas. Por entre las ramas que se cruzan sobre el lago azul,

veíanse grupos de Gretchen y de estudiantes, envueltos en una aureola de

humo de las pipas. Algo más lejos, en un claro del parque Maximiliano,

una boda de campesinos, lucida y ruidosa, bebía delante de largas tablas

colocadas en banquillos, en tanto que un guarda de monte, con uniforme

verde y escopeta en mano, en la actitud de un hombre que dispara,

enseñaba a manejar ese maravilloso fusil de aguja, que con tanto éxito

empleaban los prusianos. Me era necesario el verlo para acordarme de que

se combatía a tan corta distancia de nosotros. Y sin embargo, era de

creer que había guerra, puesto que aquella misma noche, cuando regresaba

a Munich, vi en una plazuela, abrigada y recogida como una capilla de

iglesia, cirios que ardían alrededor de una _Maria-Säule_, y mujeres

arrodilladas, cuyos prolongados sollozos eran interrumpidos por las

plegarias.

VI

LA BAVARIA

No obstante lo mucho que desde hace algunos años se ha escrito acerca de

la patriotería francesa, nuestras necedades patrióticas, nuestras

vanidades y nuestras fanfarronadas, no creo que exista en Europa un

pueblo más pretencioso, más vano, más infatuado consigo mismo que el

pueblo de Baviera. Su cortísima historia, diez páginas sueltas de la de

Alemania, puede leerse en las calles de Munich, gigantesca,

desproporcionada, toda en pinturas y en monumentos, como uno de esos

libros que se regalan a los niños como aguinaldo, con poco texto y

muchas láminas. En París sólo tenemos un arco de triunfo. En Baviera hay

diez, el pórtico de las Victorias, el pórtico de los Mariscales, y no sé

cuántos obeliscos erigidos _Al valor heroico de los guerreros bávaros_.

Ser grande hombre en este país es conveniente, porque está seguro de

que su nombre será grabado en todas partes en mármoles y bronces, y se

le erigirá una estatua, por lo menos, en medio de una plaza o en lo alto

de algún friso entre victorias de mármol blanco. Esa monomanía por las

estatuas, las apoteosis y los monumentos conmemorativos, hasta tal

extremo llega entre estas buenas gentes, que en las esquinas de las

calles tienen puestos pedestales vacíos, dispuestos para los

desconocidos grandes hombres que surjan en el porvenir. En este momento

deben de estar ya ocupados casi todos ellos. ¡Les ha suministrado la

guerra de 1870 tantos héroes, tantos episodios gloriosos!

Me complazco figurarme, por ejemplo, al ilustre general _von der_ Than

ligero de ropas, según la antigua usanza, en medio de un verde

jardinillo, con un hermoso pedestal adornado con bajos relieves que

representen por un lado los _Guerreros bávaros incendiando la aldea de

Bareilles_, y por el otro, los _Guerreros bávaros rematando a los

heridos franceses en la ambulancia de Woerth_. ¡Qué grandioso monumento

será!

No contentos con tener tan profusamente esparcidos por la ciudad sus

grandes hombres, los bávaros los han reunido en un templo construido a

las puertas de Munich, y al cual denominan la _Sala de la gloria_. Bajo

un ancho pórtico con columnas de mármol que dan vuelta formando tres

lados de un cuadrado, están colocados en repisas los bustos de los

electores, de los reyes, de los generales, de los abogados, etcétera.

(El catálogo está de venta en la portería).

Algo delante elévase una colosal estatua, una _Bavaria_ de noventa y dos

pies de altura, erguida sobre el último rellano de una de esas grandes

escalinatas tan melancólicas que ascienden al descubierto entre el verde

follaje de los jardines públicos. Con su piel de león al hombro, su

espada en una mano, y la corona de la gloria (¡en todas partes la

gloria!) en la otra, al ver aquella inmensa mole de bronce, al fin de

uno de esos días de agosto en que las sombras se alargan de un modo

extraordinario, llenaba la silenciosa llanura con su actitud enfática.

Alrededor de ella, a lo largo de la columnata, los perfiles de los

hombres célebres hacían muecas al sol poniente. ¡Y todo aquello tan

desolado, tan tétrico! Al oír resonar mis pasos sobre las losas, volvía

a experimentar aquella impresión de grandeza en el vacío que me

atormentaba desde mi llegada a Munich.

Una escalerilla de fundición asciende dando vueltas por el interior de

la _Bavaria_. Se me antojó subir hasta lo más alto y sentarme un momento

dentro de la cabeza del coloso, un saloncito redondo alumbrado por dos

ventanas que son los ojos. A pesar de esos ojos abiertos un dirección al

horizonte azul de los Alpes, el calor allá dentro era asfixiante. El

bronce caldeado por el sol, me envolvía en un calor pesadísimo. Fueme

preciso bajar más que a escape. Pero, lo mismo da. Eso me fue suficiente

para conocerte, ¡oh, gran _Bavaria_ inflada y sonora! Había visto tu

pecho sin corazón, tus rollizos brazos de cantante hinchados y sin

músculos, tu espada de metal repujado, y sentido dentro de tu hueca

cabeza la pesada borrachera y el aplanamiento cerebral de un bebedor de

cerveza. ¡Y pensar que, al emprender esa insensata guerra de 1870,

contaron contigo nuestros diplomáticos! ¡Ah, si ellos se hubiesen

tomado también la molestia de subir por dentro de la _Bavaria_!

VII

¡EL EMPERADOR CIEGO!

A los diez días de estancia en Munich, no había recibido aún ninguna

noticia de mi tragedia japonesa. Comenzaba a desesperar de poseerla,

cuando una noche, en el jardín de la cervecería donde acostumbrábamos

comer, vi llegar a mi coronel con la cara llena de júbilo.

--¡Ya está en mi poder!--me dijo,--venga mañana por la mañana al museo.

La leeremos juntos. ¡Ya verá qué bonita es!

Estaba muy animado aquella noche. Sus ojos brillaban al hablar. Recitaba

en alta voz pasajes de la tragedia e intentaba cantar los coros. Más de

una vez creyose obligada su sobrina a hacerle callar:--¡Tío, tío!--Yo

atribuía aquella fiebre, aquella exaltación, a un puro entusiasmo

lírico. Efectivamente, eran muy bellos los fragmentos que me recitaba,

y sentía prisa por posesionarme de mi obra maestra.

Al día siguiente, al llegar al jardín de la corte, sorprendiome

extraordinariamente el encontrar cerrada la sala de las colecciones. La

ausencia del museo era tan extraña en el coronel, que corrí a su

domicilio con una vaga inquietud. La calle en que habitaba, una calle

del arrabal, tranquila y corta, con jardines y casitas bajas, me pareció

más agitada que de ordinario.

La gente charlaba formando corrillos delante de las puertas. La de la

casa de Sieboldt estaba cerrada, pero las persianas no.

Todo era entrar y salir las gentes con aspecto triste. Presentíase allí

una de esas catástrofes sumamente grandes para caber dentro del hogar, y

que se desbordan hasta el exterior. Cuando llegué, percibí gemidos

sollozantes. Salían del fondo de un pequeño corredor, de dentro de una

gran habitación atestada y clara como una sala de estudios. Veíase en

ella una larga mesa de madera blanca, libros, manuscritos, anaqueles con

colecciones, álbums encuadernados en brocato de seda; pendientes de la

pared había armas japonesas, estampas, grandes mapas geográficos, y

entre ese desbarajuste de viajes y de estudios, el coronel tendido sobre

su cama, con sus largas barbas blancas sobre su pecho, y la pobrecilla

sobrina llorando de rodillas en un rincón.

El señor de Sieboldt había muerto repentinamente aquella noche.

No quise detenerme más y aquella misma tarde salí de Munich sin ánimo

para perturbar toda aquella desolación nada más que por un antojo

literario, y por esta causa no pude saber de la maravillosa tragedia

japonesa más que el título: _¡El Emperador ciego!_ Más tarde he

presenciado la representación de otra tragedia, a la cual hubiera

convenido perfectamente este título importado de Alemania: tragedia

siniestra, saturada de lágrimas y sangre, y que no tenía nada de

japonesa.

FIN

Cartas de mi molino · 第 8 / 8 段