Desde fuera, con su tejado de pizarra y el pabellón francés ondeando
encima, podía tomársele por una alcaldía rural. Conozco al intérprete;
entremos a fumar con él un cigarrillo. ¡Pitillo tras pitillo concluiré
por matar este domingo sin sol!
Numerosos árabes andrajosos ocupan el patio que precede a la oficina.
Hay allí, haciendo antecámara, una cincuentena, agachados a lo largo de
las paredes, arrebujados en sus albornoces. Aquella antecámara beduina,
aunque está al aire libre, despide fuerte olor a piel humana. Pasemos
pronto de largo... En la oficina veo al intérprete enfrascado con dos
grandes vocingleros completamente desnudos bajo largas mantas
mugrientas, y narrando con airada mímica no sé qué historia de un
rosario robado. Tomo asiento en un rincón, sobre una estera y miro...
Bonito traje el del intérprete. ¡Y qué bien le sienta al intérprete de
Milianah! Parecen pintiparados el uno para el otro. El vestido es azul
celeste con alamares negros y relucientes botones de oro. El intérprete
es rubio, rosado, pelo rizado; un lindo húsar azul, bien humorado e
ingenioso; un poco parlanchín, ¡habla tantas lenguas! un poco escéptico,
¡ha conocido a Renán en la escuela orientalista! gran aficionado al
_sport_, tan satisfecho en el vivac árabe como en las veladas de la
subprefectura, bailarín como nadie y que hace el _cuscús_ como
cualquiera. Parisiense en una palabra; tal es mi hombre, y no es
extraño que las mujeres se pirren por él. En cuanto a _dandysmo_, no
tiene más que un rival: el sargento de la oficina árabe. Este, con su
levita de paño fino y sus polainas con botones de nácar, causa la
desesperación y la envidia a toda la guarnición. Destacado en la oficina
árabe, está rebajado del servicio de cuartel y siempre se le ve en la
calle, de guante blanco, recién rizado, con grandes cartapacios bajo el
brazo. Es admirado y temido. Es una autoridad.
No hay duda; aquella historia del rosario robado lleva trazas de no
acabarse nunca. ¡Buenas tardes! No espero el final.
Al marcharme, está en efervescencia la antecámara. La muchedumbre rodea
a un individuo de elevada estatura, pálido, altivo, envuelto en un
albornoz negro. Ese hombre había luchado ocho días antes con una pantera
en el Zaccar. La pantera fue muerta, pero el hombre sacó medio brazo
devorado. Va diariamente a la oficina árabe para hacer que le curen, y
siempre lo detienen en el patio para oírle referir su historia. Habla
lentamente y con una hermosa voz gutural. De vez en cuando entreabre el
albornoz y muestra, pegado al pecho, el brazo izquierdo arrebujado en
trapos ensangrentados.
* * * * *
Tan pronto como llego a la calle, estalla una violenta tempestad.
Lluvia, truenos, relámpagos, viento siroco... Pronto, a refugiarse en
cualquier sitio. Me meto por una puerta, al acaso, y me encuentro
rodeado de una camada de bohemios, amontonados bajo los arcos de un
patio morisco. Ese patio es una dependencia de la mezquita de Milianah;
es el refugio habitual de la piojería árabe, y se llama el _patio de los
pobres_.
Grandes y escuálidos lebreles, llenos de miseria, se acercan dando
vueltas en torno mío con aire amenazador. Pegado a uno de los pilares de
la galería, procuro conservar buen continente, y sin hablar con nadie,
contemplo la lluvia que rebota en las losas de colores del patio. Los
bohemios están en el suelo, tendidos en grupos. Junto a mí, una mujer
joven y casi guapa, con la garganta y las piernas desnudas, con grandes
brazaletes de hierro en las muñecas y en los tobillos, canta un aire
exótico, de tres notas melancólicas y nasales. Mientras canta, da de
mamar a un niño pequeño completamente desnudo, de color broncíneo rojo,
y con el brazo que le queda libre, machaca cebada en un mortero de
piedra. La lluvia, empujada por un viento cruel, inunda a veces las
piernas de la madre y el cuerpo de su mamoncillo. La bohemia no repara
en ello y prosigue su cántico con las rachas, mientras que muele cebada
y da el pecho.
Cesa la tempestad... Aprovechándome de un claro, me apresuro a abandonar
aquella corte de los milagros y encamínome al banquete de Sid'Omar; ya
es hora... Al cruzar la plaza mayor, he vuelto a encontrar al viejo
judío de antes. Se apoya en su agente de negocios; los testigos caminan
alegres detrás de él; una banda de asquerosos chicuelos judíos salta
alrededor. El agente se encarga de arreglar el asunto. Pedirá ante el
tribunal una indemnización de dos mil francos.
* * * * *
En casa de Sid'Omar me obsequian con una comida espléndida. El comedor
da a un elegante patio morisco, donde murmuran dos o tres fuentes...
Magnífica comida a la turca, que no vacilo en recomendar al barón
Brisse. Entre otros platos, mencionaré un pollo con almendras, un
alcuzcuz con vainilla, una tortuga con jugo de carne, algo pesado, pero
de sabor exquisito, y bizcochos con miel, llamados _bocadillos del
Kadí_... No se sirven más vinos que champaña. A pesar de la ley
musulmana, Sid'Omar bebe un poco de él, cuando los criados no pueden
verlo... Al concluir la comida, pasamos a la habitación de nuestro
huésped, donde nos ofrecen dulces, pipas y café... El mueblaje de este
dormitorio es sencillísimo: un diván, algunas esteras; al fondo, un gran
lecho altísimo sobre el cual hay almohaditas rojas bordadas de oro...
Pende de la pared una antigua pintura turca representando las proezas de
cierto almirante Hamadí. A juzgar por la muestra, en Turquía los
pintores no emplean más que un color en cada cuadro; en este cuadro se
ha utilizado el verde. El mar, el cielo, los navíos, el mismo almirante
Hamadí, todo es verde, ¡y qué verde!...
La costumbre árabe exige retirarse temprano. Después de tomar el café y
de fumadas las pipas, saludo a mi anfitrión y lo dejo con sus mujeres.
* * * * *
¿Dónde acabaré de pasar la velada? Es muy temprano para acostarme, los
clarines de los _spahis_ no han tocado todavía retreta. Además, los
cojines de oro de Sid'Omar bailan en torno mío fantásticas farándulas
que no me dejarían dormir... Estoy delante del teatro; entraré un
momento.
El teatro de Milianah no es otra cosa que un antiguo almacén de
forrajes, transformado bien o mal en sala de espectáculos. Enormes
quinqués que se llenan de aceite durante los entreactos, hacen oficio de
arañas. La cazuela está de pie, la orquesta en bancos. Las galerías
están muy orgullosas porque tienen sillas de paja... Rodea a la sala un
largo pasillo, obscuro, sin entarimar. Parece que se está en la calle,
nada falta para ello... La función había ya empezado cuando entré. Con
gran extrañeza por mi parte, los actores no son malos, me refiero a los
hombres; tienen arranque, vida... Casi todos ellos son aficionados,
soldados del 3º; el regimiento está orgulloso con esto y va todas las
noches a aplaudirlos.
Respecto a las mujeres, ¡ay!... son ahora y siempre ese eterno femenino
de los teatros de provincias, presuntuoso, amanerado, ficticio... A
pesar de todo, entre estas damas hay dos que me interesan; dos judías de
Milianah, jovencitas, que pisan la escena por primera vez... Los padres
están en la sala y parecen encantados. Están convencidos de que sus
hijas van a ganar miles de duros en ese comercio. La leyenda de la
Raquel, israelita, millonaria y cómica, se ha extendido ya mucho entre
los judíos del Oriente.
No hay nada más cómico y enternecedor que esas dos jóvenes judías en las
tablas. Están atemorizadas en un rincón del escenario, empolvadas,
pintadas, despechugadas y tiesas. Tienen frío, se avergüenzan. De vez en
cuando dicen una frase sin comprenderla, y mientras hablan, sus ojazos
hebreos contemplan al público con estupor.
* * * * *
Salgo del teatro... Todo está entre tinieblas. En un extremo de la
plaza, oigo gritos. Acaso algunos malteses en vías de explicarse a
navajazos.
Me encamino lentamente a la fonda, a lo largo de las murallas. De la
llanura suben embriagadores aromas de naranjos y de tuyas. El aire es
tibio, el cielo casi diáfano... Allá abajo, al extremo del camino,
yérguese un viejo fantasma de paredón, resto de algún vetusto templo.
Ese muro es sagrado; todos los días acuden a él mujeres árabes a
colgarle _ex votos_, jirones de jaiques y de otras prendas, largas
trenzas de cabellos rubios sujetos con hilillo de plata, trozos de
albornoz... Al tibio soplo de la noche, y bajo un pálido rayo de luna
vese ondular ese abigarrado pendón de la estulticia humana.
LA LANGOSTA
Consignaré otro recuerdo de Argelia, y regresaré en seguida al molino...
La noche de mi llegada a aquella granja del Sahel, me era imposible
dormir. La novedad del país, la molestia del viaje, el aullar de los
chacales y sobre todo un calor enervante, abrumador, una completa
sofocación, como si las mallas de la mosquitera no permitiesen pasar un
soplo de aire... Al abrir, de madrugada, la ventana, una bruma de estío,
densa y moviéndose lentamente, ribeteada de negro y rosa en los bordes,
flotaba en los aires como una nube de humo de pólvora sobre un campo de
batalla. No se movía una hoja, y en esos frondosos jardines que tenía
ante mis ojos, las viñas espaciadas sobre las laderas bajo espléndido
sol que azucara los vinos, los pequeños naranjos, los mandarineros en
interminables filas microscópicas, todo conservaba el mismo aspecto
mohíno, aquella inmovilidad de hojas en espera de la tempestad. Los
mismos bananeros, esos extensos cañaverales de un color verde claro,
agitados siempre por alguna brisa que enmaraña su fina cabellera tan
leve, alzábanse silenciosos y derechos, como penachos bien puestos en su
sitio.
Permanecí un momento contemplando aquella maravillosa vegetación, donde
estaban reunidos todos los árboles del mundo, produciendo cada cual en
su estación respectiva, flores y frutos exóticos. Entre los campos de
trigo y los macizos de alcornoques, plateaba una corriente de agua
fresca, que agradaba contemplar en esa asfixiante madrugada, y admirando
a un tiempo el lujo y el orden de esas cosas, aquella hermosa quinta con
sus arcos moriscos, sus terrazas completamente blancas, de flor de
espino, las cuadras y los cobertizos agrupados en torno, recordaba yo
que veinte años antes, cuando aquellas intrépidas gentes se habían
instalado en ese valle del Sahel, no habían encontrado más que una mala
casilla de peón caminero y un terreno inculto, erizado de palmeras
enanas y lentiscos. Fue necesario crearlo y construirlo todo. A cada
instante, levantamiento de árabes. Había que abandonar el arado para
disparar. Después, las enfermedades, oftalmías, fiebres, la escasez de
cosechas, los tanteos de la inexperiencia, la lucha con una
administración ciega y siempre flotante. ¡Cuántos esfuerzos! ¡Qué de
fatigas! ¡Qué vigilancia más perseverante!
Ahora, todavía, a pesar de haber pasado los malos tiempos y de la
fortuna con tantos esfuerzos adquirida, ambos, el hombre y la mujer,
eran quienes se levantaban primero en la granja. A aquella hora
matutina, oía sus idas y venidas por las grandes cocinas de la planta
baja, vigilando el café de los trabajadores. No tardó en sonar una
campana, y un momento después los obreros desfilaron por el camino.
Viñadores de Borgoña; labradores kabilas con fez rojo; peones mahoneses,
con las piernas al descubierto; malteses y luqueses; todo un pueblo
heterogéneo, difícil de dirigir. El hacendado, ante la puerta,
distribuía a cada uno de ellos su tarea de la jornada, con voz breve y
algo dura. Cuando terminó el buen hombre, levantó la cabeza y escudriñó
el cielo con desasosiego; después, al verme en la ventana, me dijo:
--Mal tiempo hace para el cultivo... va a soplar el siroco.
Efectivamente, a medida que se alzaba el sol, llegaban del Sur hasta
nosotros bocanadas de aire cálido y asfixiante, como si viniesen de la
puerta de un horno abierta y vuelta a cerrar. No se sabía adónde
guarecerse, ni cómo evitar la angustia. Así transcurrió toda la mañana.
Tomamos el café sobre las esteras de la galería, sin tener ánimo para
hablar ni movernos. Los perros, estirándose y buscando la frescura de
las losas, tumbábanse fatigados. El almuerzo nos reanimó un poco, un
almuerzo abundante y extraño, compuesto de carpas, truchas, jabalí,
erizo, manteca Stanelí, vinos de Crescia, guayabas, bananas, manjares
exóticos, cuyo conjunto semejaban a la naturaleza tan compleja que nos
rodeaba... Estábamos a punto de levantarnos de la mesa, cuando de
repente, por la puerta-ventana, cerrada para resguardarnos del calor del
jardín hecho un ascua de fuego, oyéronse grandes gritos:
--¡La langosta! ¡La langosta!
Mi anfitrión palideció como un hombre a quien anuncian un desastre, y
salimos precipitadamente. Durante diez minutos hubo en aquella casa, tan
sosegada poco antes, un ruido de pasos redoblados y voces indefinidas,
que se perdían como en la agitación de un despertar. Desde la sombra de
los vestíbulos, donde estaban durmiendo, lanzáronse fuera los criados
haciendo resonar con palos, horcas y bieldos todos los objetos de metal
que encontraban a mano, calderos de cobre, palanganas, cacerolas. Los
pastores hacían sonar el cuerno pastoril. Otros llevaban caracolas
marinas, trompas de caza. Aquello era un ruido espantoso, discordante,
que dominaban con notas sobreagudas los «¡yu, yu, yu!» de las mujeres
árabes de un aduar vecino que acudieron corriendo. Parece ser que en
ocasiones un gran ruido, un estremecimiento sonoro del aire, aleja la
langosta y le impide descender.
Pero, ¿dónde estaban esos terribles insectos? En el cielo, vibrante de
calor, no se veía nada más que una nube aparecer por el horizonte,
cobriza, densa, como una nube de granizo, con el ruido de un huracán
entre las mil y mil ramas de un bosque. Aquella nube era la langosta.
Agarrados los unos a los otros estos insectos por sus alas secas
extendidas, volaban en montón, y a pesar de nuestros gritos y de
nuestros esfuerzos, la nube no cesaba de avanzar, proyectando en la
llanura una sombra inmensa. Pronto estuvo sobre nuestras cabezas; en los
bordes viose durante un segundo un desgarrón, una rotura. A semejanza de
los primeros granizos de un turbión de pedrisco, desprendiéronse
algunos, perceptibles, rojizos; al punto se deshizo toda la nube,
cayendo vertical y ruidosa aquella granizada de insectos. Los campos
quedaron cubiertos de saltamontes enormes, gordos como el dedo, en una
extensión inmensa.
Entonces diose principio a la matanza. Horrendo murmullo de
aplastamiento de paja molida. Con gradas, azadones y arados revolvíase
aquel suelo movedizo, y cuantos más insectos se mataba más había.
Rebullíanse por capas, con sus altas patas enredadas unas en otras; los
de encima saltaban ágilmente para salvarse, agarrándose a los belfos de
los caballos enganchados para esa extraña labor. Los perros de la granja
y los del aduar, azuzados a campo traviesa, lanzábanse sobre ellos y los
trituraban furiosos. En ese momento llegaron dos compañías de turcos,
con la banda de cornetas al frente, a ayudar a los infelices colonos, y
la matanza varió de aspecto.
Los soldados no aplastaban los insectos, sino que los quemaban
esparciendo largos regueros de pólvora.
Rendido de fatiga, con el estómago revuelto por el hedor, me metí en
casa. Dentro de la quinta, había casi tantos insectos como fuera.
Entraron por las aberturas de las puertas y ventanas, por los tubos de
las chimeneas. Al borde de los tableros y en los cortinajes, roídos ya,
se arrastraban, caían, volaban, trepaban por las blancas paredes, con
una sombra gigantesca que hacía mayor su fealdad. Y siempre aquel olor
hediondo. En la comida fue preciso pasar sin agua. Las cisternas, las
fuentes, los pozos, los víveres de pesca, todo estaba inficionado.
Por la noche, en mi alcoba, donde, no obstante, se habían matado enormes
cantidades, oía aún rebullicio debajo de los muebles, y ese crujir de
élitros semejante al peterreo de los dientes de ajo que estallan con los
calores fuertes.
Tampoco me fue posible dormir aquella noche.
Además, todos estaban despiertos alrededor de la granja.
Serpeaban a ras de tierra llamaradas, de un extremo a otro de la
llanura.
Los turcos continuaban la matanza.
Al siguiente día, cuando abrí la ventana como la víspera, la langosta
había emigrado. Pero, ¡qué ruina dejaron tras de sí! Ni una flor, ni una
brizna de hierba; todo lo dejaron negro, corroído, calcinado. Los
bananos, los albaricoqueros, los abridores, los naranjos mandarines se
distinguían solamente por el aspecto de sus desnudas ramas, sin el
encanto y la ondulación de hojas que constituye la vida de los árboles.
Empezábase la limpieza de los cauces de agua, de los aljibes. Por
doquiera cavaban los peones la tierra para destruir los huevos puestos
por los insectos. Cada terrón era destripado, desmenuzándolo
esmeradamente. Y al ver las mil raíces blancas, llenas de savia, que
aparecían en esos destrozos de tierra fértil, el corazón se oprimía y el
alma se angustiaba...
EN CAMARGUE
I
LA PARTIDA
El recado del guarda, medio en francés, medio en provenzal, que ha
traído un mensajero, anunciando que han pasado ya dos o tres buenas
bandadas de _galejones_, de _carlotinas_, y otras _aves de primera_, ha
producido gran rumor en el castillo.
«Vendrá usted con nosotros», me han escrito mis amables vecinos. Y esta
mañana a las cinco estaba esperándome al pie de la cuesta su gran
_break_, cargado de escopetas, perros y víveres. Henos aquí rodando por
la carretera de Arlés, algo seca y árida en esta madrugada de diciembre,
en que apenas se distingue el pálido verdor de los olivos y el verde
intenso de las encinas, demasiado de invernadero y como ficticio. No
faltan madrugones que iluminan las vidrieras de las granjas, y en las
cresterías de piedra de la abadía de Montmajour, los quebrantahuesos
aletargados todavía por el sueño revolotean entre las ruinas. Sin
embargo, encontramos ya, a lo largo de las zanjas, campesinas viejas que
van al mercado, trotando en sus borriquillos. Vienen de la
Ville-des-Baux. ¡Seis leguas largas para sentarse una hora en las gradas
de San Trofino y vender paquetitos de hierbas medicinales recolectadas
en la montaña!...
Divisamos ya las murallas de Arlés; murallas bajas y almenadas, como se
ven en las estampas antiguas, donde aparecen guerreros armados de lanzas
sobre terraplenes menores que ellos. Cruzamos a galope esta maravillosa
y pequeña ciudad, una de las más pintorescas de Francia, con sus
balcones esculpidos y barrigudos avanzando hasta el centro de las calles
estrechas, con sus vetustas casas renegridas, de puertas pequeñas,
moriscas, ojivales y bajas, que nos recuerdan los tiempos de Guillermo
Court-Nez y de los sarracenos. A aquellas horas no había aún nadie en
la calle. Sólo está animado el muelle del Ródano. El barco de vapor que
hace la travesía de Camargue calienta las calderas junto a los
escalones, dispuesto a partir. _Caseros_ con blusa roja, muchachas de La
Roquette que van a ganar el jornal en las faenas agrícolas, suben a
cubierta con nosotros, charlando y riéndose. Bajo las amplias mantillas
obscuras, levantadas a causa del fuerte viento de la mañana, la alta
cofia arlesina presta elegancia y empequeñece a la cabeza, con ribetes
de lindo descaro, algo así como deseos de erguirse para que la risa o la
frase picaresca vaya más lejos... Suena la campana; nos ponemos en
marcha. Con la triple velocidad del Ródano, de la hélice y del viento
mistral, extiéndense las dos orillas. De un lado está la Crau, una
llanura estéril y pedregosa. Del otro, la Camargue, más verde, que
prolonga hasta el mar su hierba corta y sus marismas cuajadas de
cañaverales.
El vapor se detiene de vez en cuando junto a un pontón, a la izquierda o
a la derecha (al Imperio o al Reino, según se decía en la Edad Media, en
época del reino de Arlés, y como los marineros viejos del Ródano dicen
hoy todavía). En cada pontón vese una quinta blanca y un ramillete de
árboles. Desembarcan los trabajadores cargados de herramientas, y las
mujeres con la cesta al brazo, erguidas sobre su talle. Hacia el Imperio
o hacia el Reino, poco a poco va quedando vacío el vapor, y cuando
descendemos nosotros en el puente del Mas-de-Giraud, casi no queda nadie
a bordo.
Para esperar al guarda que ha de venir en nuestra busca, entramos en el
Mas-de-Giraud, una antigua granja de los señores de Barbentane. En la
cocina alta, y alrededor de una mesa están todos los hombres de la
hacienda, labradores, viñadores, pastores, zagales, graves, silenciosos,
comiendo despacio, servidos por las mujeres, quienes comerán después. No
tarda el guarda con la carretilla. Verdadero tipo a lo Fenimore,
trampero por tierra y por agua, guardapesca y guardacaza, las gentes del
país le llaman el _Rondador_ porque, entre las brumas del alba o del
anochecer, ocúltase siempre entre los cañaverales, acechando, o bien
inmóvil en su barquichuelo, ocupado en vigilar sus atolladeros en los
estanques y en las acequias. Su profesión de espía perpetuo, es quizá
lo que le hace tan callado y taciturno. Sin embargo, mientras el
carretón lleno de escopetas y de cestas camina delante de nosotros, el
_Rondador_ nos entera de la caza, refiriéndonos el número de bandadas de
paso y los cuarteles en que las aves emigrantes se han posado. Charlando
nos internamos en la comarca.
Después de atravesar los terrenos de cultivo, nos encontramos en plena
Camargue montaraz. Lagunas y acequias brillan hasta perderse de vista
entre los pastos y las salicarias. Bosquecillos de tamariscos y de cañas
ondulan como un mar en calma. Ningún árbol elevado turba el aspecto
liso, inmenso, de la llanura. Apriscos de ganado extienden de vez en
cuando su baja techumbre casi a nivel del suelo. Los rebaños
diseminados, tumbados en las hierbas salitrosas, o marchando apretados
en torno de la roja capa del pastor, no interrumpen la gran línea
uniforme, viéndose achicados por ese espacio infinito de horizontes
azules y claro cielo. Lo mismo que del mar, plano a pesar de sus olas,
despréndese de esa llanura una sensación de soledad, de inmensidad,
aumentada por el mistral que sopla incesantemente, sin trabas, y que,
con su poderoso aliento, parece aplanar y engrandecer el paisaje. El lo
doblega todo. Los arbustos más frágiles conservan la huella de su paso,
quedan torcidos, tumbados hacia el Sur, como dispuestos a fugarse...
II
LA CABAÑA
La cabaña no es otra cosa que un techo de cañas y unas paredes de cañas
secas y amarillas. Tal vez nuestro punto de cita para la caza. Tipo de
la casa camarguesa, la cabaña no tiene más que una habitación alta,
grande, sin ventana; entra la luz por una puerta vidriera, que de noche
se cierra con postigos. A lo largo de los paredones enlucidos,
blanqueados con cal, hay armarios para colocar las armas, los morrales,
las botas que usamos para cruzar los pantanos. En el fondo vense cinco o
seis literas colocadas alrededor de un verdadero mástil plantado en el
suelo y que sirve de apoyo al techo. Por la noche, cuando sopla el
mistral y cruje la casa por todas partes, con el mar lejano y el viento
que lo aproxima, trae su ruido y lo ahueca, puede creerse uno acostado
en el camarote de un buque.